ºSUMMARY: La navidad ha llegado y con ella un gran regalo para los amantes del InuxKag. Una serie de 30 drabbles no co-relacionados donde veremos a Inuyasha consolando a una Kagome "indispuesta", roces indecentes, una Kagome celosa, peleas, los problemas que conlleva ser padres ¡Y más! Durante todo el mes de diciembre ¡Feliz navidrabble, lectores míos!

ºDISCLAIMER: Los personajes y serie no me pertenecen. Son propiedad de la mangaka Rumiko Takahashi. Únicamente el Fanfic y su trama son de mi propiedad. No se aceptan copias, adaptaciones y/o plagio. ¡Muchas gracias!

Celos

Se quitó el flequillo de la frente por enésima vez y se secó el sudor con el dorso de la mano. La tarde apenas comenzaba y ya no daba más de tanto calor. El traje de sacerdotisa no ayudaba mucho, lo único que podía consolarla un poco era el hecho de tener el pelo recogido en un improvisado rodete. Siguió caminando intentando no agitarse demasiado mientras hacía las compras correspondientes para cenar esa noche. La cesta se volvería muy pesada para ella si seguía comprando, pero no encontraba a Inuyasha por ningún lado. ¿Dónde se habría metido el muy pillo?

—¡Inuyasha-kunnn!

Una voz aguda, chillona y extremadamente dulce llegó a sus oídos. Apretó los dientes y trató de contar mentalmente hasta cien. ¿Es que esa mujer nunca se cansaría de echarle los perros a su…? Momento, ¿Lo había llamado? Sostuvo con firmeza la canasta antes de voltearse. Efectivamente, allí venía caminando el susodicho muy campantemente mirando a quién sabe dónde. Lo miró ceñuda y observó cómo Hana iba corriendo a su encuentro, trayéndolo de vuelta a la tierra.

—¡Inuyasha-kun! Llevo buscándolo toda la tarde. Verá, mi cabaña tiene un agujero en el techo. Me preguntaba si… —la vio tocarse el cabello exageradamente, peinándolo con sus dedos— podría venir a arreglarlo.

Rio para sus adentros, como si Inuyasha fuera a ayudar a otra persona en su tiempo libre. Prefería pelear con Shippo antes que…

—Está bien.

¡¿Qué?!

Creyó escuchar mal, pero ver como su marido se iba detrás de esa mujer le dijo que había escuchado todo perfectamente bien. Sintió patadas en el vientre y supo que su hijo estaba igual de sorprendido que ella. Apretó más la canasta y se fue del lugar dando pasos fuertes. Debió de dejar muy en claro que estaba furiosa porque el mercader ni siquiera le reclamó que se llevaba cosas sin pagar. ¡A la mierda el que se le cruzara ahora en el camino!

Llegar a su cabaña en medio del bosque le supuso un gran esfuerzo. Tenía la cara roja, el cuerpo sudado y la respiración agitada. Tiró la cesta con verduras y carne al piso, sin delicadeza alguna y se fue rumbo a su habitación. Se deshizo de su ropa y se colocó una yukata mientras sentía cada vez más movimientos en su vientre, el pequeño estaba realmente inquieto pero ella no podía deshacerse de su enojo.

¡Maldito sea Inuyasha! ¡Maldito por enamorarla! Maldito por embarazarla, maldito por pasearse todas sus tardes en completa libertad mientras que ella estaba cada vez más gorda. Maldito por hacer que su cintura desapareciera, por hacer que sus pechos le dolieran todo el día. Maldito por ni siquiera estar para sostener las pesadas cargas de su esposa o para ayudarla a cocinar. Pero, por sobre todo, ¡Maldito sea por irse con la maldita de Hana!

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Casi anochecía cuando al fin se dignó a venir. Entró en la pequeña cabaña y lo primero que se encontró fue a su mujer preparando la cena.

—Llegué a casa —anunció, pero ella no le contestó, en cambio, siguió mirando fijamente la olla mientras la revolvía— ¿Kagome? —nada— ¿Ocurre algo? —seguía moviendo el cucharón— ¡Oye, mujer, contesta!

Pero la joven seguía callada, algo extremadamente raro en ella. Se sentó en silencio, decidiendo que era mejor dejarla tranquila en su condición. El lugar olía a tristeza y furia, la notaba especialmente decaída. ¿A qué podría deberse? ¿Cómo podría animarla? ¿Sería buen momento para darle eso? Bueno, él no era de pensar mucho así que hizo lo que su instinto le dictó. Se acercó a Kagome con cautela, casi agazapándose. Como si quisiera tantear el terreno.

—Oye… Kagome, te traje algo —normalmente ella se habría mostrado ansiosa por recibir un regalo, pero esta vez continuó ignorándolo—. Bueno, no sé si sea exactamente para ti… pero espero que te quite esa cara que tienes.

Kagome no estaba de humor para verlo. No estaba de humor para escuchar su voz hablándole del servicio tan desinteresado que le hizo a Hana. Quería comer algo e irse a dormir, sola. Lo echaría por esta noche de la cabaña y colocaría un campo para que no entrara. Seguramente se iría con Hana, ella era muy linda y dulce —cuando no intentaba hacerle alguna maldad—, buena cocinera y tenía un cuerpo en verdad hermoso. ¿Y ella qué? Aún después del parto su cuerpo no sería el mismo. Se llenaría de estrías, canas prematuras, los pechos se caerían, su vientre sería flácido…

La escuchó soltar un ligero sollozo y la abrazó por detrás, ella no pareció darse cuenta. Lo que sea que la haya puesto tan sensible esperaba que pudiera irse pronto gracias al regalo que le trajo. Apartó las manos femeninas del cucharón y depositó algo en ellas, la miró atentamente esperando su reacción.

Sintió calidez en sus manos y un peso ser depositado en ellas, era algo suave y ligero. Abrió los ojos y parpadeó un par de veces intentando apartar las lágrimas de ellos. Miró sus manos, encontrándose con un pequeño trozo de tela, era realmente diminuto. Era de un color celeste con pequeños detalles en azul, por la calidad podría decir que estaba hecho de un hilo muy costoso. Miró hacia su marido, por primera vez desde que llegó, y lo interrogó con la mirada.

—Hace unos meses viste esto mientras caminábamos por la aldea y quisiste comprarlo pero no tenías el dinero. Así que se lo encargué a la mujer que los hacía… es para el cachorro —explicó—. Solo que era muy costoso y me llevó tiempo reunir el dinero, hoy por la tarde pude ir a retirarlo —vio como Kagome abría enormemente los ojos, como sorprendida—. ¿Qué?

—Entonces, lo de hoy a la tarde… —la miró sin saber bien a qué se refería— lo de Hana —aclaró.

Finalmente entendió todo. Ella los había visto, con razón no la encontraba por ningún lado. Por eso estaba tan triste. Kagome estaba especialmente sensible debido a su embarazo y podía malentender todo con el doble de facilidad que antes, además de ponerse celosa a menudo sobre todo si esa aldeana estaba de por medio. La abrazó y besó su coronilla.

—Fui a arreglar esa cosa solo porque podría reunir lo último que me faltaba para pagar la ropa del cachorro. Se enojó mucho cuando le pedí que me pagara.

La escuchó reír por primera vez en todo el día y no pudo menos que sonreír. Al fin Kagome volvía a la normalidad.

—Creo que deberías controlar tus celos.

—Y mira quién lo dice —bromeó.

Fin

Lo hice más largo de lo que debería porque creo que esta pequeña viñeta merecía más de 500 palabras para que no se pierda tanto la esencia :0

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