Ethan aprendió a desplazarse de un extremo a otro largo de su cuna, apretando los puños en los barrotes de madera que le impedían llegar más allá y alcanzar la cama donde madre estaba gimiendo.

Sus mejillas se inflaron y frunció el ceño, como lo hacía su padre cuando estaba pensativo, antes de caer hacia adelante y golpear su frente contra el borde de la cuna. Lloriqueó largo rato un poco, pero el instinto alfa que surgía de forma natural dentro de él le instó a cerrar la boca y soportar el suave cosquilleo que estremecía su delicada piel de bebé.

Su estómago gruñó y mecánicamente se desplazó hasta la esquina del lecho donde su padre alfa había torpemente atado la botella con alimento –ahora- frío que sujetó como pudo para succionar la punta y extraer los restos que quedaban en el interior.

Los ojos de Ethan eran verdes y vivaces como los de su padre, el cabello alborotado de color chocolate y la nariz respingada y completamente desarrollada para captar cualquier feromona ajena dentro de su nido. El vivo retrato de Eren.

Succionó con fuerza parpadeando y echándose de espaldas sobre la blanda colcha, hundiendo la redondeada nariz en la suavidad de su manta que todavía olía a omega y consuelo.

Afuera apestaba a alfa potente y territorial, quemando su delicado olfato cruelmente, entonces pensó en madre y en lo fuerte que gritaba fuera de la cuna donde no le permitían mirar porque padre gruñiría otra vez y el instinto de Ethan le decía que a pesar de ser un alfa todavía era demasiado pequeño para hacer frente a otro alfa mucho más agresivo.

Ethan miró el techo hasta quedar dormido con el estómago lleno y los sueños vacíos de monstruos y pesadillas.

En ese entonces la relación de Eren y Levi todavía estaba en pie y el joven alfa había entrado en celo por fin. A las tres de la tarde, como Levi recordaría siempre, cuando los rayos de junio quemaron el huerto de tomates del vecino y una bandada de pájaros se reunieron cerca del aspersor automático para refrescarse.

Levi lo sabía porque se había entretenido observando a esos animales de mierda desde la ventana e, involuntariamente, sonrió con sus juegos estúpidos y cuerpos rechonchos revolcándose en el fango. Hasta que su alfa apareció de repente en el umbral de la puerta y cruzó la sala con parsimonia demente para tomarle por la cintura y poder respirar a bocanadas, como si esa fuese la primera vez que probara el aire y naciera de nuevo.

Este era el primer celo de Eren y el chico estaba tan fuera de sí como cualquier joven alfa inexperto deslizándose a través de su primer calor, pero los jóvenes alfa utilizaban juguetes que eran destruidos una y otra vez por sus inexpertas manos y fuerza descontrolada…en cambio Eren lo había usado a él.

Sus cuerpos estaban acostumbrados a compartir su celo de omega, así que susurró cosas calmantes en el oído del alfa y le limpió la frente agolpada de sudor.

Los besos no se hicieron esperar y Eren había gemido lastimeramente con los puños cerrados y la mandíbula apretada, confuso y desorientado ante la dolorida sensación del instinto envolviéndolo lentamente, hasta que fue rodeado por la oscuridad y sus ojos adoptaron el color del luto. Las potentes feromonas obligándole a él a presentar la nuca y morderse la lengua para no decir algo fuera de lugar cuando el alfa que había criado lo deshizo como un montón de paja seca.

Eren no era amable cuando el instinto dominaba en sus ojos.

Boqueó y dejó que la saliva cayera ente sus labios al igual que un animal asustado, estaba peleando. Sus manos arañaron y rompieron, doblegaron y retrocedieron culpables de lo que hacían.

Entonces el instinto ganó la pelea y Eren se convirtió en un verdadero alfa.

Levi se quejó con más fuerza, lo suficientemente obnubilado para ignorar todo a su alrededor, sin embargo una dura mano empujó su cara contra las sábanas torciendo su tabique nasal. Sus dientes crujieron y se apresuró en soltar muchas feromonas para adormecerse a sí mismo, concentrándose en lubricar abundantemente para que la penetración no doliera.

Aun así dolió y por más que estuviese acostumbrado al sexo rudo con su alfa y hubiera lubricado correctamente no pudo evitar soltar un áspero gemido cuando algo grande y dolorido se abrió paso hasta sus entrañas.

Dobló los dedos de sus pies clavando las rodillas en la suavidad de las sábanas, recibiéndolo todo y meciendo la frente cuando el alfa comenzó a moverse al mismo tiempo que lo sujetaba por la cintura para que no pudiera escapar.

Los embistes eran ásperos y rudos, sin descanso.

Levi miró hacia arriba para encontrar al alfa jadeando de placer con la boca abierta y lo ojos fuertemente cerrados, sus piernas temblaron cuando escuchó el potente gruñido que vibraba en su pecho y volvió la cabeza a la almohada.

Se preguntó si así era como Eren se sentía cuando pasaban el celo juntos y él, drogado en su propio instinto, no reparaba en usarlo como un objeto.

Contuvo la respiración y abrió la boca para soltar todo el aire retenido en sus pulmones, repitiendo el proceso varias veces más hasta que de su garganta no salieron más que gemiditos bajos y débiles con cada golpe húmedo que estallaba en sus caderas amenazando con partirlo en dos.

Dulce y húmedo, Levi se mantuvo dulce y húmedo por todo lo que valía.

El sudor hizo que su cabello se pegara en su frente y lagrimeó cuando unas cuantas hebras apuñalaron su pupila, por demás, prefirió mantenerse inmóvil hasta que el nudo del alfa comenzó a crecer, solo entonces llevó las manos a su flácido miembro para masturbarse y al menos ganar un orgasmo decente.

Su alfa gruñó en aprobación, perdido en el instinto, con los ojos desenfocados y las pupilas dilatadas, no se parecía al Eren torpe y estúpido de siempre. Meciendo las caderas una y otra vez hasta que sus embestidas se volvieron erráticas, obligándole a arquear la espalda en sumisión cuando el nudo se hinchó y alcanzó el máximo limite quedando atascado en lo más profundo de todo su ser.

Parecía decidido a preñarlo otra vez, así que gimió cuando el dolor comenzó a desvanecerse y el placer envolvió sus sentidos.

El nudo era mucho más grueso que de costumbre y su omega interior estalló eufórico, más Levi se mantuvo quieto y relajado, un mal movimiento podía herir a cualquiera de los dos y causar una experiencia en verdad desagradable si se separaban.

—Eres pesado —resopló, sin aliento.

Eren hizo una especie de gruñido primitivo y se puso de costado arrastrándolo consigo, con cuidado de no rasgar el nudo.

Dolía, pero este solo era el primer surco, entonces Eren estaría mucho más despabilado cuando reclamara su cuerpo por segunda vez.

Entonces quizá le permitiera satisfacerlo y disfrutaran juntos como en los tiempos donde Eren era pequeñito y sin nada más que una bonita boca para darle comodidad y una polla que ni siquiera se sentía cuando entraba en su interior.

Levi resopló, masturbándose con más fuerza y dejando que todo su instinto saliera a flote para que la excitación atravesara cada poro de su piel y comenzó a perderse a sí mismo, delirante por el estímulo de estar atascado para siempre en los latidos de ese nudo.

Suspiró aliviado cuando los labios del alfa comenzaron a dejar una hilera de marcas a lo largo de su cuello tratando de que hiciera más ruidos, los balbuceos sin sentido cada vez más nítidos.

Quería más de eso.

Entonces sus ojos se abrieron y de sus labios escapó un gemido ahogado, sacudió su cuerpo y movió las manos tratando de percatarse de lo ocurrido, sin embargo los dientes de Eren mordían firme y fuerte en la carne de su nuca.

Siempre recordaría que ya era demasiado tarde para gritar o asirse de las sábanas buscando algún punto de apoyo.

Estaba ayudando a su pareja a pasar su primer celo y rato después terminó en un estado catatónico tan fuerte que hizo que se corriera por segunda vez y que el nudo de Eren estalla caliente en su interior.

Esos perlados dientes perforaron su glándula de olor hasta el punto que el mundo se volvió blanco durante unos segundos y luego comenzó a girar y girar, deprisa, junto con el cúmulo de emociones que había almacenado durante toda su vida.

La oxitócica invadía su sangre y los martilleos de su corazón eran tan fuertes que podía contarlos.

Escuchó el ronco y largo gemido de Eren, seguramente él también había sentido el repentino cambio de aroma sobre su glándula y con suerte el mundo también estaba girando desenfrenadamente en su cabeza cuando volvió en sí y tuvo un orgasmo tan fuerte, y tan poco recomendable para un joven alfa de su edad, que estaba seguro que sintió una quemazón por la forma como gritó adolorido.

El alfa marcaba a su omega por primera y última vez, la marca de los dientes no se borrarían nunca y el lazo por fin había sido completado.

A Levi no pudo importarle menos, el mundo se oscureció junto con la claridad de sus ojos, entre tanto su cerebro no dejaba de enviar señales eléctricas por todo su cuerpo ocasionando ligeras contracciones en su vientre. Intentó hablar, más su lengua se volvió pesada, esponjosa y al final del túnele encontró la luz.

La sangre se filtró por su cuello, goteando en finas líneas hasta la sábana blanca, ensuciando todo a su paso, renovando.

Pestañeó y lentamente, volviendo en sí, fue capaz de escuchar dos latidos.

El suyo propio y el de Eren. La sangre que corría por las venas de Eren, los cientos de feromonas que había creado a lo largo de los años y el anhelo salvaje por destrozar cosas que a veces hervía en su sangre.

Cada célula, cada mota de olor, podía percibirlo. Sintió el placer, el calor y la temperatura de su alfa cuando todo su mundo estalló en luz.

Y ese lazo invisible que la naturaleza había creado para ellos dos desde que nacieron se hizo fuerte, brillante, irrompible delante de sus ojos.

Sus vidas se entrelazaban, tejiendo imposibles redes de incalculable alcance.

Irrompibles.

Una vez que su lazo de sangre estaba completo, no había poder que los separara y los límites dejaban de existir.

Eren le pertenecía tanto como él le pertenecía a Eren.

Si moría, Eren iba a seguirlo a través de la muerte. Nunca jamás estaría solo.

Le habían enseñado que entonces él sería feliz.

¿Así es como se sentía la felicidad?

Respirando pesadamente, con la piel resbaladiza y húmeda por el sudor, dejó que su espalda descansara junto al pecho de Eren.

Eren se estremeció por la temperatura de su piel mojada, los nervios enviando leves señales a través de todo su sistema nervioso, entonces, como si se tratara de un solo cuerpo, un poco de esa sensación golpeó a Levi.

Un milagro. Algo incomprensible, sin respuesta. Real e intangible.

Eren y él por fin habían traspasado las barreras para convertirse en uno solo.

Levi pensó en cuan orgullosa estaría su familia si lo viera ahora, esa misma familia que desaprobó la relación que tenía con el niño y lo miró con lástima porque nunca tendría una marca oficial en el cuello y sería demasiado viejo para cuando hubiese completado el lazo con su pareja.

Si tan solo vieran todo lo que había logrado ahora…

Se despabiló cuando notó a Ethan ya despierto y sentado en el interior de su cuna nido, con los ojos verdes y grandes –semejantes a los de un búho- observándole fijamente y apestando a pañal mojado.

Por un momento su mente se dividió entre quedarse recostado junto al caliente pecho de Eren y dejar que Ethan aguantara un poco más o ir en su ayuda.

Cuanto detestaba tomar decisiones.

Levi dejó que su alfa durmiera un poco más, revisó su temperatura y lo cubrió con cobijas hasta el cuello. Era hora de alimentar a su hijo.

.

.

.

Eren besó la piel magullada del omega, lamiendo y limpiando la cicatriz con dedicación.

Sentía culpa y remordimiento por lo que había hecho, pero Levi le dijo que no sintiera culpa o remordimiento y eso le asustó.

Levi le dijo que no se asustara.

—Lees mis pensamientos —exclamó, rebotando en la cama.

—No. Solo hueles diferente cada vez que sientes algo y ahora puedo leer tus feromonas —le dijo el omega, moviendo el dedo para que retomara su trabajo de limpieza.

Eren obedeció, hundiendo el rostro nuevamente.

Era la conexión, el lazo que los unía, no tenía por qué sentir que Levi invadía su mente o privacidad.

—Realmente hubiera querido estar consiente cuando te mordí —masculló, con el ceño fruncido.

—Estabas en celo —explicó Levi, cansado—. Nos ayudamos mutuamente cuando estamos en celo.

Las manos de Eren amasaron la almohada que tenía enfrente.

—Se sintió como una violación.

—Vete a la mierda.

—No maldigas frente a Ethan.

Ambos miraron en dirección a la cuna que habían instalado en la habitación desde que Eren no despertara a tiempo para cambiarle el pañal y tuvieron que llevarlo al médico por una escaldadura.

—Está dormido.

—Quieto y silencioso, como un animal.

—Lo aprendió de ti.

Levi estaba aturdido.

—Yo no arruino los modales de mi cría.

—Por favor, nunca dije…

—Solo déjame dormir.

Volvieron a quedar en silencio, mirando el techo blanco y los últimos rayos de sol que se ocultaban por la ventana.

—El lazo que nos une —comenzó Eren, echado de espaldas y con un brazo doblado para apoyar su nuca— ¿Tiene que ser tan fuerte? Tengo ganas de mear cuando tú vas al baño.

—Solo los primeros días —respondió el omega, la mejilla apretada y el cuerpo enteramente relajado como un gato— pronto todo volverá a la normalidad.

Normalidad, no le gustaba como sonaba esa palabra.

Eren aspiró pausadamente, feromonas maternas volaban en el aire, el aroma de Ethan desde la cuna y su propio aroma escurriendo de la entrepierna de su omega luego de la última rutina de sexo que tuvieron.

Realmente no pudo evitar introducir la mano dentro de la cobija para corroborar que los sensibles muslos del omega continuaban mojados.

Un corto gruñido brotó de la garganta del omega, quien le miró rasposamente soltando un poco de sus propias feromonas ya sin rastros del pesado olor de omega recién parido, y Eren pudo jurar que su estómago se contrajo. Mordió su mejilla interna, evitando dejar escapar el sonido de su alfa interior.

Realmente, no necesitaban palabras para comunicarse entre ellos, estaban sudando y lanzando feromonas aleatoriamente, como dos mofetas que cortejan durante la primavera y solo porque…porque era divertido.

En ese momento supo que Levi también pensaba lo mismo y no estaba mal.

Se miraron a los ojos y Eren podía jurar que era la primera vez que lo hacían.

Un pájaro chilló en el patio del jardín, el sonido de las patas de JJ arrastrándose por el suelo se escuchó con toda claridad y si afinaba el oído, podía jurar que oía la respiración del bebé que dormía.

El silencio del vecindario nunca había sido tan evidente como hasta hora.

Los alfas y omegas eran tan silenciosos y preferían utilizar su propio lenguaje para comunicarse.

Las orbes gris azuladas no se apartaron de las verdes y aquel omega que su alma añoraba tanto…sonrió. Entonces Eren se abalanzó sobre él, atrayéndole hacia su pecho para demostrarle cuanto afecto le tenía.

Juguetearon como dos crías, en un lenguaje mudo de aromas que los consumía como una llama ardiente.

Y el tiempo no existió más para ninguno.

De pronto los pantalones cortos de dormir de Eren no eran tan cómodos como aseguraba la etiqueta y podía decir lo mismo de la ropa interior de Levi que se perdió en lo más recóndito de la colcha cuando esas cortas y delgadas manos se encargaron de deslizarla por sus piernas.

Solo porque el efecto era divertido.

Los fuertes aromas mezclándose y creando sensaciones en ambos, sensaciones compartidas. De repente hacía frio y ninguno encontró objeción en juntar sus cuerpos, restregarse sin llegar al acto sexual.

Eren reprimió otro ruido cuando la nariz del omega cayó sobre su pecho, aspirando hasta llegar a la clavícula, embriagado.

El lazo era tan fuerte, tan intenso como una ráfaga de adrenalina que congestionaba las venas de sus fosas nasales hasta no sentir nada más.

Levi insistió en cavar profundo hasta su nuca, saboreando su glándula de olor como nunca antes se habría atrevido a hacerlo.

—Joder, tu olor es tan fuerte —sopló contra su oreja.

Eren gruñó, ronco y apacible. Cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás.

Casi olvidando las palabras que podía crear con sus cuerdas vocales, se inclinó e hizo lo mismo, aspirando, esnifando la nuca de su omega y sin proponérselo siquiera rozaron sus pieles como dos brazas que colisionan y generan fuego.

Su cuerpo se sacudió cuando la carga de hormonas estalló en una vorágine de dolor, su nariz dolía y levantó una mano para tocarse, pero no sintió la humedad de hierro en sus yemas porque era la nariz de Levi la que sangraba.

Tres tiras de papel higiénico después, Eren cuidó del tabique del omega con el pulgar y el anular mientras le decía que mantuviese la cara levantada.

—Suficiente —dijo Levi, apartando el brazo de su alfa, su ronca y suave voz salió nasal y aguda, culpa en parte de los dos corchos de papel blanco que tapaban los hoyos de su nariz.

Ambos rieron, limpiando sus narices y preguntándose qué tipo de sensación era aquella que les hacía lagrimear como si estuviesen picando cebollas.

—Es magia —comenzó él. Cerrando los ojos para controlar el mareo que circulaba en su estómago.

La satisfacción quemándole las entrañas, aquel extraño sentimiento que nunca había conocido antes de emparejar con Levi.

—No es magia —los labios de Levi formaron una línea recta—, es felicidad.

Hubo un silencio en el dormitorio.

La sonrisa de Eren titubeó unos minutos cuando supo que Levi estaba hablando en serio.

—Felicidad —repitió, de pronto sintiéndose mucho más viejo de lo que era cuando todo el peso de los ojos de su omega cayeron sobre su espalda.

Los alfas y omegas no necesitaban de los sentimientos, por eso no conocían la felicidad y no sabían cómo llamar al vacío que se abría en sus corazones cuando pasaban los años y ya nada les satisfacía, pero cuando emparejaban con sus pares destinados entonces podían jactarse de ser estar completos, y la gente completa siempre es feliz. Atesoraban aquel sentimiento con suma avaricia, porque les pertenecía.

Vivirían una vida larga y plena.

Encontrarían el paraíso.

Levi había recitado esas palabras, una y otra vez, desde que él era un niño. Era su mantra personal.

Aunque solo fuera un mito, aunque ya a ningún omega o alfa le importaba aquel ambiguo concepto que les enseñaban desde siempre para disciplinarlos en la firme creencia de que solo serían felices cuando encontraran a su pareja destinada.

Y aunque él quisiera decirle a su omega que no creía que aquella sensación, que estaban sintiendo gracias a la marca, fuera felicidad. No tenía el coraje para romper la enraizada creencia, que parecía haber sido el soporte de su omega durante toda su vida y tampoco creía que alguna vez fuera posible deshacerla.

No quería borrar esa chispa de amor que brotaba en la sonrisa de Levi, la magnífica sonrisa de Levi que enviaba mariposas directamente a su estómago.

Ambos eran pareja, ambos habían sido destinados a estar juntos desde que nacieron y en cierta manera eran iguales.

Les gustaba el mismo tipo de música y tenían los mismos tipos de alergias. Sus manos encajaban a la perfección, él disfrutaba que le escucharan y Levi parecía contentarse con escucharle. Sus aromas mezclados olían bien y en algunas ocasiones hacían un buen trabajo en equipo.

Conformaban un binario creado por la naturaleza para ser uno y morir como uno.

Empero solo en una cosa no estaban de acuerdo, el concepto de felicidad de cada uno era tan opuesto, con un enorme abismo que los separaba y por culpa de ello estuvieron sacrificando muchas cosas para complacer al otro.

Era un enorme muro que Levi fingió nunca haber visto y que él nunca pudo cruzar.

Su estabilidad de pareja se afirmaba en nunca tocar el muro o preguntar porque estaba ahí, o en el peor de los casos, tratar de romperlo.

No sabía porque, pero algo muy en el fondo, más allá de su instinto, le decía que cosas malas surgirían si trataba de destruir la balanza que los separaba.

—Sí. Felicidad —asintió entonces, por primera vez, dispuesto a extender los brazos en lugar de luchar. Siendo el que sostenía la balanza en lugar de empujar.

Besó la frente del omega y cedió.

Y estaba bien.

Nada malo iba a pasarles.

Besó, amó y fue feliz.

Creció y se convirtió en un alfa.

Una tarde en especial rodaron por el pasto del jardín como dos tontos adolescentes.

Ethan pataleaba en su jaula-cuna que estaba llena de brillantes pelotas de goma.

Levi sintió frio y Eren fue el primer en percibirlo.

Eren reprobó un examen y tuvo un breve ataque de ira, Levi sintió el arrebato en su propio cuerpo, cuando enojado –sin saber porque- abolló una de sus ollas favoritas.

—Soñé lo mismo que tú —afirmó un día, somnoliento y convencido de que la telepatía era real.

El omega terminó de cepillar sus dientes y enjuagar su boca antes de encararle.

—Imposible —le dijo después de salir del baño.

—Lo hice.

Las delgadas cejas del omega se contrajeron.

—Galletas —dijeron al unísono.

Eren podía jurar que el corazón de Levi bombeó de alegría junto con el suyo.

El efecto del enlace duró treinta días, hasta que la cicatriz en la nuca de Levi sanó por completo y la supuesta telepatía se apagó.

Él fue el primero en darse cuenta, cuando trataba de atrapar al viejo gato y cayó por la cerca, abriendo una herida cerca de su rodilla derecha, regresó a casa y para su sorpresa, Levi no había sentido el dolor en su cuerpo.

Se miraron y cada uno estuvo consciente de que los días de juego habían llegado a su fin.

Era comprensible, sería terriblemente molesto si sintieran todo lo que el otro sentía durante toda una vida.

Aunque el efecto seguía ahí, leve e invisible. Cuando Eren estaba enojado, cuando Levi tenía un mal día, cuando alguno veía una araña gigante en el techo y su pulso se disparaba.

Perfectamente etéreo.

Levi no supo cómo reaccionar y Eren desvió la mirada dejando que resolviera la mierda por si sola. Ese omega siempre había sido independiente y él todavía no tenía la suficiente entereza para decirle que hacer.

La vida siguió su curso.

Volvía del parque una mañana nublada, con Ethan balbuceando vocales raras mientras iba sentado en un fuerte cochecito azul oscuro.

Entró a casa y sintió que algo iba mal, porque Levi no estaba separando las estampitas de su nuevo trabajo en la mesa y porque su instinto decía que algo estaba realmente mal.

Dejó al niño al cuidado del gato en la alfombra y se precipitó dentro de la habitación, sintiendo la picazón de la preocupación en su pecho en cuanto vio la pequeña figura del omega en la esquina más alejada de la cama.

—¿Qué sucede? —preguntó.

Los hombros del omega saltaron, por primera vez viéndose sorprendido.

—Eren —Levi parecía preocupado, casi afligido, distinto—, la felicidad ya no se siente en mi pecho.

Eren abrió los ojos, sorprendido.

Vaciló y se sintió perdido como un niño de pecho, inseguro de que hacer.

Era diferente a lo habitual, Levi regañándolo o mascullando insultos porque no dejó el vaso de soda en el portavasos para la soda. Era diferente y aunque se sintiera orgulloso de que Levi le confiara algo tan importante, no estaba preparado para ser el alfa que consolaría a su omega cuando tuviera una crisis de…de omega. Porque para ser preciso, nunca se imaginó –o no quiso ver- que incluso a veces los omegas más fuertes podían ser tan débiles como el vidrio.

Levi siempre se encargó de sus propios demonios y de los suyos. Ese era el curso normal de sus vidas, no al revés.

Su alfa interior picó en su pecho.

—No es de extrañar —susurró, escogiendo y rebuscando las palabras adecuadas— tu cicatriz cerró y nuestro lazo sigue ahí, pero ya no es tan potente como antes. No necesitas…no necesitas que nuestras feromonas nos digan cuando ser felices y cuando no —bromeó o al menos lo intentó.

Su omega cruzó sus piernas, reflexionando, repasando cada palabra con serenidad.

Entonces Eren se percató, por primera vez, de las ojeras que marcaban los ojos de Levi y la palidez de sus manos.

—No lo sé —resolvió al fin el omega, chispeando feromonas y frotándose la frente—, no sé qué demonios me sucede.

—Acaso estas… ¿Estas encinta otra vez? —preguntó entonces, cautelosamente, a sabiendas de que no habían tenido contacto físico desde su último celo.

Levi frunció los labios, como un gato en reposo constante y Eren sabía muy bien que aquella extraña y fea mueca era en realidad un puchero.

—No lo creo —respondió.

¿No crees?

Eren se desesperó, rascó su nuca apartando las hebras de cabello café que no se había tomado la molestia de cortar desde hacía meses y crecía sin control hasta su cuello, avanzó unos pasos.

—¿Sabes que compré de la tienda beta? —dijo— Unos pequeños focos de luz que se extienden con un cable de color verde —titubeó, sin obtener la atención requerida—. Hannes dice que sirven para iluminar las casas beta cuando van a tener una fiesta —se apresuró en recalcar—. A Ethan le gustan.

—¿Qué? —preguntó el omega con una punzada de molestia en su voz.

Eren suspiró.

—Honestamente no tengo idea, pero quería que fuera una sorpresa para ti.

—Como quieras.

Se pusieron de acuerdo.

Levi se encogió de hombros, mitigando el dolor de su pecho junto con las feromonas de melancolía que hicieron llorar a Ethan, pero lo mantuvo seguro y apretado en su regazo.

Eren se entretuvo colgando el aparatoso cable con bolitas de cristal que efectivamente desprendían luz.

—Creo que esto es suficiente —dijo Eren, buscando el interruptor y encendiendo el artefacto recién descubierto con cierta torpeza.

El gato, Levi y el cachorro alfa en sus brazos observaban desde el sofá. Atentos a cada uno de sus movimientos y a la novedad que nunca habían visto en sus vidas.

Eren nunca se había sentido tan…tan alfa.

Bajó el interruptor y las luces se apagaron, las pesadas cortinas de la sala opacaron los últimos rayos de sol del patio y Levi hizo una mueca de desconcierto al contemplar todas esas luces de diferentes colores que bailaban uniformemente.

—Es bonito —sentenció Eren.

El gato no pensó lo mismo e intentó atacar una de las luces, Eren lo retuvo en su pecho para que no causara destrozos.

—Bastante mundano —masculló Levi, sin dejar de observar el descubrimiento con asombro.

Se sentó a lado omega y expandió sus propias feromonas alfa, tranquilidad, calma y bienestar. Haciéndolo cuidadosamente, como había visto que los adultos alfa hacían con sus omegas, pero Levi ni siquiera pestañeó, absorto en sus pensamientos depresivos.

Su alfa interior se retorció dentro de su pecho, vomitando esa extraña incomodidad.

La vida siempre había seguido un curso diferente.

Eren caería raspándose las rodillas y Levi estaría allí para retarle por ser tan tonto y luego soltaría feromonas de consuelo con disimulo para aplacar las gruesas gotas de lágrimas que brotaban de sus ojos. Eren fracasaría en su intento por convertirse en presidente de la clase y Levi estaría ahí para decirle que era un alfa sin cerebro y luego besaría sus labios murmurando que no importaba y que podía intentarlo al año siguiente porque era un alfa estúpido, terco e insistente.

Siempre fue Levi salvando al pequeño e ingenuo Eren, que era poco alfa para valerse por sí solo y siempre que tuvo una discusión en la infancia ocultaba su cara de bebé en el pecho de Levi, reprimiendo las lágrimas de la vergüenza y aspirando bocanadas de aire dentro de sus mejillas hinchadas.

Levi siempre tenía las palabras adecuadas para calmar su dolor.

Y Eren se sentía tan impotente al no ser igual de eficaz que su omega que ni siquiera se inmutó ante sus feromonas de consuelo y parecía pensativo mientras contemplaba las luces, por las que tanto esfuerzo había puesto, con hastío.

Eren se enojó y la sangre hirvió en sus venas.

Dejó de ser la mofeta molesta que parecía ser y se levantó del sofá, arrancando su creación de cuajo y tirándola al cesto de basura. Callando al gato y asustando al cachorro, llamando la atención del omega.

Las luces no le gustaron a Levi, no valía la pena mantenerlas ahí, no valía nada.

Una de las bolas de vidrio se rompió en el piso y Eren maldijo a su instinto y la forma rabiosa con la que reaccionaba cuando se sentía acorralado.

JJ escapó y Levi suspiró desde el mullido sofá, cansado, mirándole con censura y condena ante su berrinche alfa. Como a un mocoso que no puede controlar el instinto.

Pequeño. Eren quería convertirse en una pequeña bola y rodar hasta el rincón más alejado de aquellos ojos de plata acusadores, todo menos estar acuclillado frente al desastre que él mismo causó.

—Lo siento —dijo cuándo el omega ya se había retirado tratando de consolar a un lloroso Ethan que estaba asustado por el arrebato de su padre.

Cenaron en silencio, Levi recostó a su cría y tomó una ducha antes de meterse en la cama.

Eren había meditado mucho, demasiado, y cuando sus cuerpos se tocaron dentro de la caliente colcha deseó poder estar mucho más cerca.

Como alfa, a veces detestaba no tener el control absoluto.

Quiere sacudirlo. Y también quiere abrazarlo. Quiere preguntarle…y una parte de él, quiere escapar.

—Levi —comienza entonces, con el vívido miedo que le ha carcomido por años, sabiendo que si no suelta la lengua ahora quizá no tenga otra oportunidad nunca— ¿Me amas?

Eren tiene la vista en el techo, Ethan ronca plácidamente y el cuerpo del omega se estremece bajo el peso de sus brazos, se mueve y se queda quieto.

Entonces, como siempre, Levi deja caer sus migajas con la certeza de que él se conformará con ellas.

—¿Tú que crees? —responde.

Y Eren se conforma.

Siempre se conforma.

-DILEMAS DE UN OMEGA CASADO-

PARTE FINAL: Cinco veces cometimos errores, pero solo una vez fuimos descubiertos.

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.

.

La tierra mojada por la lluvia de anteanoche era suave, húmeda y fácil de separar, con lombrices rosas que tiraban sus anillados cuerpos escapando de la luz del mediodía.

Eren apretó el agarre del mango de la pala y el metal penetró perfectamente en el distorsionado hoyo del jardín donde enterrarían a JJ.

Había sido un grande y gordo gato feliz, hasta que estaba tan viejo que no pudo bajar del árbol adecuadamente cuando la lluvia de enero aplastó toda la poca vida que le quedaba.

Levi encontró el cuerpo cerca de casa y cargó con el hasta el patio trasero donde Eren y Ethan –quien ya podía mantenerse de pie y perseguir una pelota- aprendían a armar una lámpara con cera.

Ethan no conocía bien al gato y la idea de la muerte todavía era una sombra difusa en sus pensamientos, así que se limitó a chuparse el pulgar y mover los grandes ojos de búho en dirección a la pesada bola de pelo negra y luego a su madre.

Levi prefería que continuara siendo un niño inocente, así que había escondido el cuerpo de JJ en su abrigo y pausadamente les dijo que ya era hora de dormir.

Eren estaba mortificado, todavía tenía los ojos rojos cuando cavaron la tumba y cubrieron el cuerpo con tierra y piedras.

—Fue mi culpa, esa noche no dejé que entrara—meditó al fin, un mechón del ya largo cabello castaño cubriéndole un ojo.

Levi pensó en decirle que se lo cortara, pero se contuvo porque hoy era un día importante. La graduación de Eren.

—No tendremos otro gato —prometió luego de unos instantes.

Eren asintió al mismo tiempo que su pequeño hijo le llamaba a gritos desde el interior de la sala.

Dejó a su alfa y miró la hora, todavía estaban a tiempo de llegar a la secundaria.

—¡Eren! —gritó Ethan, pateando y moviendo los puños, tratando de liberarse de sus manos— ¡Eren! ¡Papá!

—Eren está ocupado —explicó, mirando de reojo por la ventana al alfa que fingía ser un objeto inamovible junto a la tumba.

Se suponía que los cachorros preferían instintivamente el calor de sus madres, las feromonas omega y los brazos que le dieron la vida con lágrimas, sudor y sangre. Sin embargo, Ethan tenía una seria obsesión con Eren, favoreciendo al alfa y siguiendo sus pasos como una pequeña y alborotada sombra.

—¡Eren! —aulló el niño, lagrimas aflorando entre sus párpados.

Levi dejó que el cuerpo resbalara entre sus rodillas y se desprendiera de sus manos.

Corriendo con las cortas piernas, el cachorro alcanzó la puerta más sus dedos no lograron tocar la perilla, gruñó con frustración alocada y cayó al suelo gimiendo cortos y agudos lamentos.

Él esperó, se sentó frente al sofá y cruzó las piernas como siempre veía hacer a su padre cuando alguno de sus hermanos comenzaba el berrinche de la tarde.

Los alfas tenían que aprender a contenerse desde pequeños.

Ethan balbuceó algunas palabras limitadas por su edad, por fin llamando a su madre y ya no a Eren.

—¿Mejor? —preguntó cuándo su cachorro se arrastró hasta sus pies, levantando las manos para ser cargado.

—Papá llora —ceceó el niño, apuntando con el dedo hacia el patio y haciendo un acuoso sonido con la nariz.

—Lo sé, necesita estar solo, déjalo en paz —un poco asqueado y celoso por la genuina preocupación que su cachorro siempre mostraba por Eren, sacó un pañuelo para limpiarle la cara y tomar su mano para llevarlo hasta el baño.

La orden es firme y Ethan no hace nada para contradecir a su madre, traga sus lágrimas y se deja conducir como el buen alfa que es.

Levi tiene treinta minutos para bañar al pequeño, vestirlo apropiadamente y peinar sus revoltosos, pero cortos, cabellos achocolatados.

Tan solo han pasado veinte y Ethan se queja porque mamá ha lastimado su brazo al colocarle la diminuta camisa que tiene innecesarios botones dobles.

Levi suspira y suelta un poco de feromonas para que el niño se distraiga, ocurre lo contrario y ahora Ethan está olisqueando su brazo con jodida entretención. Frotando su cabeza como un gato y Levi puede sentir como el rechazo se pierde y destila frente a las atenciones del pequeño dando cabida a la ternura.

Es hermoso, suave y ama a su cachorro tanto como detesta el parecido que tiene con su padre.

Eren se asoma por la puerta, la cara lavada y una toalla envuelta en sus caderas.

"Ayúdame" pide él con la mirada.

Eren se apresura en entrar y separar al cachorro de su madre.

—Papá va a vestirte —le dice el alfa y Ethan se percata de su presencia, sonriendo con verdadera alegría.

Otra punzada de celos acomete su corazón y Levi quiere reír histéricamente, algo turbado por su propio instinto que algunas veces comienza a ser indiferente con su propio hijo.

Ethan ya es un niño grande, piensa, y él no ha tenido más hijos.

Su instinto solo quiere otra cría más joven que cuidar y necesita separarse de la más vieja, pero Levi no piensa en ello ni por un segundo. Le gusta Ethan, le gustan sus mejillas de bebé y su fresco olor de alfa recién nacido.

Aleja esos vanos pensamientos y deja que el agua que cae de la cebolleta se los lleve por el drenaje.

Las voces de felicidad de Ethan y las de Eren se hacen más tenues, los músculos de su cuerpo de relajan y Levi casi maldice cuando el agua comienza a helar y las manillas del reloj no se detienen.

Hoy es la graduación de su alfa y mañana viajarán fuera de los muros.

Todo lo que necesitan está empacado junto a la puerta, cajas precintadas y gruesas maletas de cuero, la caseta del gato –recién comprada- tendrá que almacenarse en el sótano y Levi se ha encargado personalmente de embalar los libros de ficción de Eren para que –finalmente- logren extraviarse de camino al exterior.

También compró lonas de plástico para cubrir los muebles y evitar que el polvo convierta la casa en una tétrica guarida de suciedad hasta que regresen.

Todo está listo, tan perfecto como un omega puede ser.

Levi abre el armario y saca el traje de Eren junto a su propia ropa comprada para la ocasión, le gusta vestir a la moda.

Siempre y cuando él se vea bien todos creerán que Eren es un alfa ordenado y culto. Aunque en el fondo no lo sea.

Toma el traje y lo lleva a la habitación de Ethan, donde Eren por fin ha logrado vestir y peinar al pequeño.

—Relevo —le dice Eren, depositando al cachorro en sus brazos y quitándole el traje.

Ethan chilla y Levi le pregunta si quiere comer.

Deja que el niño se siente en su silla de plástico y corta un poco de fruta en triángulos.

Algunos cachorros del vecindario son caprichosos y sueltan chillidos de puerco cuando sus madres no han cortado la merienda de tal manera que luzcan como animales o extrañas caras sonrientes, Ethan no es así y nunca se queja cuando la cara de huevo sonriente que ha pedido para el desayuno se parece más a una corrida de caballo.

Realmente lo ha criado bien, mejor que a Eren.

Coloca un tenedor en la diminuta mano y deja que el niño pruebe algunos bocados, el utensilio grande temblando y la concentración del pequeño alfa centrada en no dejar caer nada sobre su ropa.

Cuando el último trozo ha sido pulverizado, Eren hace aparición envuelto en el traje azul oscuro que le queda a la perfección, resaltando sus cualidades alfa.

Levi hace una inspección breve y gruñe, arrepentido por no haberle pedido que se cortara el cabello. No quería que la gente creyera que estaba viviendo con un vagabundo y Eren era un alfa, los alfas siempre estaban impecables, esa era su carta de presentación más fuerte.

De pronto está cepillando con un poco más de fuerza de lo usual los hombros de su alfa y ¿ahí hay un poco de pelusa? No logró limpiar bien el traje y no queda tiempo. ¿Debería pedirle que se quite el saco y comenzar de nuevo?

Sus manos son sujetadas por las del alfa y levanta la vista.

Los orbes verdes, mucho más oscuros que las de Ethan, están mirándole y la curva del labio atisba una sonrisa congelada.

—Estoy contento —le dice Eren y él se prepara para un beso que nunca llega, con un alfa como el suyo nunca se sabe, es tan excéntrico—. Lo logramos, Levi.

Lo logré, quiere corregir, pero no lo hace.

Últimamente está conteniendo muchas de sus palabras solo para contentar a Eren.

No sabe lo que le pasa, su instinto parece dormido y tiene los nervios a flor de piel, siempre preparado para lo peor, pero hasta ahora no ha pasado nada.

—Solo trata de no hacer ninguna tontería —dice— la gente no tiene por qué enterarse de nuestra mierda personal.

—Sabes que soy un alfa perfecto —Eren se aparta de sus brazos— ¿Estas avergonzado de mí?

—No.

Esta orgulloso, pero no piensa decírselo. Tampoco dirá que estuvo planchando ese traje toda la noche y que tardó más de tres horas en escoger el regalo que ahora cuelga del cuello del alfa.

Hay muchas cosas que no está dispuesto a contar y otras que simplemente no merecen la importancia de ser mencionadas.

Eren es un buen alfa, le ha visto luchar y salir delante a lo largo de los años y él mismo se clavaría un cuchillo en el pecho si dijera que no estaba orgulloso.

Pero no se lo dijo, a pesar de que Eren se inclinó y esperó unos segundos más, esperando, siempre esperando por algo más que migajas.

No fue capaz de hacerlo.

—Lo sé —susurró Eren, plantando un beso en sus labios—. Te has esforzado lo suficiente.

—Tú también —musitó, pero para entonces Eren ya estaba cargando a su hijo y encaminándose hasta la puerta.

El chico era todo un adulto ahora.

Mentiría si no le dolió saber que Eren ya no le necesitaba más.

Y sobre todo detestaba que toda esta escena pareciera una despedida, una que siempre retendría en la memoria.

.

.

.

Eren había pasado la mayor parte de su vida tratando de llenar las expectativas de las personas, principalmente de Levi, y a veces simplemente quería tomar un respiro.

Pero los alfas no tenían respiros ni tiempos de descanso.

No podía oprimir el botón de pausa y esperar que todo se detuviera, como generalmente sucedía en sus juegos de Nintendo.

Mostró su mejor sonrisa cuando tuvo que recibir su elegante diploma, y afiló la mirada con orgullo al notar que ahora era mucho más alto que el malévolo profesor de biología que tanto se había empeñado en hacerle la vida imposible.

Estaba orgulloso.

La recepción fue sencilla, Eren se esforzó en crear recuerdos con sus amigos y hacer promesas para el futuro.

Eren, Mikasa y Jean irían a la misma universidad para rendir la prueba de aptitud médica durante un año. En cambio Reiner y Marco fueron destinados a lugares mucho más lejanos, pero eso no impidió que Reiner les mostrara fotos de su omega que se quedaría en casa de sus padres porque todavía era muy joven para viajar con él.

—Dejarán que un omega asista a la universidad con nosotros —mencionó Jean.

Eren, quien hasta entonces estaba buscando los lugares donde Levi y su hijo estuvieran sentados, volcó su total atención a las palabras del alfa.

—Mi padre lo mencionó en la cena —contestó Marco—. Dijo que era un escándalo porque se trata de un omega que no tiene pareja.

Armin, pensó entonces, tenía que tratarse de Armin.

Después del nacimiento de Ethan, se había abstenido de encontrarse con el omega rubio. No fue fácil, al principio se sintió culpable de haber perdido un buen amigo, pero luego pensó en el beso y en las consecuencias que pudo ocasionar aquel desliz.

Hizo una rabieta silenciosa y maldijo a Levi por no dejarle ser libre, por no dejarle hacer lo que le diera la gana. Incluso, a pesar del miedo, pensó en desobedecer. Entonces su omega le había ignorado de forma tan tajante y cualquier tipo de culpa que pudo haber sentido para con Armin se multiplicó doblemente al ver a Levi.

Y luego estaba Ethan.

Su cachorro.

Eren trabajó, estudió e invirtió gran parte de su tiempo en explorar las maravillas de ser padre. Ethan era tan perfecto y tan similar a él. Ethan había unido a la familia.

Cuando Levi volvió a hablarle su enojo y pesar se habían convertido en cenizas.

Se aferró a la esperanza de que algo parecido al amor era capaz de surgir entre ellos si se esforzaban lo suficiente. Ethan no se merecía el silencio, Levi no se merecía aquello.

Cuando formaron el lazo sintió que ya nada podía lastimarlo.

No fue Levi, ni Armin, ni el cachorro, fue el lazo lo que le hizo reconsiderar las cosas.

El destino le puso junto a su omega y aunque quisiera cambiarlo no podía, tampoco quería.

No volvería a cometer el error dos veces, prometió.

Disfrutó su nuevo descubrimiento, se hizo fuerte.

Ahora había pasado tanto tiempo y pensar que volvería a ver al omega lo golpeó muy duro, no porque lo amara, no porque lo deseara, sino porque la idea del que hubiera pasado si ese día le hubiese dicho que sí, todavía seguía en su mente.

Vio desfilar a un grupo de alfas y por último dijeron el nombre de ese omega.

A la gente no le importó, no se mostraron ofendidos ante la decisión que un omega asistiera a la universidad. Poco ortodoxo, pero si el chico se lo había ganado nadie iba a contradecirlo porque esas eran las reglas, y la gente obedecía sin rechistar siempre y cuando esas decisiones no dañaran su negocio.

Rubio, bonito y dulce.

La atracción era innata. Ofuscó a su instinto que no comprendía del todo lo que sucedía.

—¡Papá! —gritó su hijo, tambaleándose para trepar por sus rodillas.

La sonrisa del omega rubio vaciló y sus ojos de cielo bajaron hasta encontrarse con los suyos y joder, juraría que su corazón dio un vuelco cuando un par de manos tocaron sus hombros.

—¿Escuchaste lo que dije?—el aliento cálido con olor a menta quemó sus oídos.

—Lo siento, estaba distraído —respondió a Levi.

Los ojos de su omega se estrecharon, buscando aquello que le había llamado la atención y Eren desvió la mirada con rapidez.

Entonces Levi se inclinó, presionando la nariz contra la superficie lisa de su cuello y frotándose.

A Levi le gustaba hacer eso en público, decía que la gente miraba con aprobación a los alfas que tenían omegas cariñosos y Eren necesitaba mucho de esa aprobación.

Ethan apuñaló sus rodillas para que lo cargaran y Eren tuvo que perder el brillo del omega rubio porque se entretuvo escuchando el relato que su pequeña cría quería contarle, pero esos ojos de cielo continuaron ahí cuando Mikasa le quitó de encima a Ethan para cargarlo y apretar sus mejillas de bebé, cuando Levi se sentó a su lado y se entretuvo hablando con una omega que parecía conocer.

Una sonrisa vaciló en los labios del omega rubio y Eren cerró los ojos, alejando el dolor de sus pensamientos, de que nunca fue y de lo que puso ser.

—Vamos a casa —ordenó Levi, tocándole el hombro.

Tenían mucho que terminar de empacar, Ethan abrazó cada uno de sus peluches, los besó y solo escogió unos cuantos para meterlos en su mochila.

Él fingió ver la estática de la televisión sin canales, prendado del azul del portavasos que se burlaba en silencio, con los ojos fijos y el punzante dolor atorado en el pecho.

Levi hizo que Ethan comiera y luego lo arropó en su cama. Levi regó las plantas y dijo algo sobre el olor de sus feromonas. Levi le recordó que su hermano vendría por ellos en un par de horas y tomó su tiempo para quitarse la ropa y colgarla en una silla, Levi se inclinó apoyado en la mesa ratona y le dijo que lo jodiera rápido y duro.

Eren se puso de pie y desabrochó sus pantalones.

Los labios de Levi eran mucho más dulces que los de Armin, mucho mejores. Eren ni siquiera sabía porque estaba pensando en ellos cuando se tocó a sí mismo para estar duro y caliente para su omega.

Eren cierra los ojos y sujeta sus caderas meciéndose, es rápido y no hay nudo. Aprieta los gruesos muslos de Levi, hace que el blanco se vuelva rojo y entonces encuentra placer, hacen esto para que el olor de ambos quede marcado en sus cuerpos antes del viaje.

Levi le dice que quiere ir a bañarse y Eren sale con cuidado, viendo como la sustancia lechosa resbalar hasta los tobillos del omega.

Se limpian y arreglan antes de que Ethan despierte y a tiempo cuando River entra y le dice que deje las maletas en la camioneta, que él tiene algo que hablar con su hermano.

Eren obedece y guarda todo el equipaje en la brillante camioneta estacionada cerca de la casa.

La universidad central queda fuera de los muros, atravesando la ciudad de los betas donde reposarán en un hotel para alfas y omegas. Eren espera llegar a tiempo para encontrarse con Mikasa y Jean en aquel lugar y tal vez logre verlo.

Espera una buena media hora en la entrada.

—¿Dónde está el gato? —pregunta River cuando sale con Ethan cargado en brazos.

—Murió.

La seca respuesta solo hace que la sonrisa del odioso alfa se ensanche aún más.

Los tres caben perfectamente en los asientos delanteros y Ethan es puesto en las rodillas de Levi, que está en medio con la nariz arrugada y los hombros caídos.

—¿Qué demonios estas tomando? —pregunta a su hermano—. Huele a mierda.

—Potenciadores —responde, River—. Incrementan el instinto.

Eren se encuentra un poco interesado y mira a su cuñado a través del retrovisor.

—¿Por qué?

—Era el trabajo de Grisha, tu padre, quería curar a alfas que no alcanzan un desarrollo completo —indicó señalándolo a él— logramos producir la medicina antes de que muriera y funciona para incrementar el instinto hasta casi devolverlo a su estado primitivo. Es un proyecto personal, quiero implementarlo en todo el mercado para consumo alfa el año que viene.

—Pero si era el trabajo de mi padre ¿Por qué lo tienes tú?

River le guiñó el ojo a Levi.

—Digamos que tu padre me apreciaba como a un hijo —miró a Eren—. Y ya sabes, ahora somos familia, da lo mejor de ti y yo seré uno de tus contactos favoritos.

—No quiero que la gente crea que logré entrar a la escuela de medicina solo porque eres hermano de mi omega.

Nadie dijo nada más en todo el camino, ni siquiera cuando Levi se esforzó en dormir a Ethan con sus potentes feromonas, cualquiera pensaría que era un mal omega, Eren sabía que solo estaba cansado y cansado de algo de lo que nunca hablaba.

Vio pasar las tiendas beta y el muro, el bosque se alzó ante sus ojos, solo que esta vez no le llamaron la atención las criaturas voladoras que saltaban sobre la copa de los árboles ni el neón de los carteles de la ciudad beta que fulguraba como cientos de estrellas cuando se hizo de noche y llegaron al hotel Sina.

Fueron recibidos por empleados que no era ni betas, ni alfas, ni omegas, River no les dio importancia y continuaron su camino hacia el ascensor junto a las extrañas personas sin olor alguno. River les dijo que eran traidores que habían tratado de huir de los muros, traidores a quienes se les extirpaba el género secundario y terminaban siendo peones en la ciudad beta, peones destinados a servirles a ellos.

Ninguno se animó a comentar más en todo el camino.

Levi fue el primero en abrir la boca y preguntó si en el hotel ofrecían servicio de niñeras.

Trajeron a un beta pequeño y de género masculino que trabajaba ahí y era bueno con los niños, se llamaba Connie y a duras penas logró sostener a Ethan y llevarlo hasta el cuarto de juegos cuando Levi salió corriendo hacia el sanitario de su nueva habitación y vomitó todo lo que había cenado.

Estaba pálido y Eren no pudo evitar sentirse culpable por ello, recogió a su omega para meterlo en cama.

—¿Tienes fiebre? —preguntó acariciándole la frente.

—No —masculló Levi—. Quiero algo dulce, algo dulce de afuera.

Eren abrió la boca, más no contradijo a Levi.

—Bajaré a buscar algo para ti —ofreció dejándolo solo.

Eren no conocía el exterior, pero uno de los empleados ofreció en buscar el pedido y traerlo lo más pronto posible, Eren esperó sentado en el interior de la gran recepción donde los alfas adultos salían y entraban portando un extraño aparato que River había llamado "teléfono móvil".

Minutos más tarde Mikasa y los demás bajaron para encontrarse con él, Armin estaba entre ellos.

Le invitaron a visitar la playa.

—¿Vienes con nosotros? —pidió Jean.

—Levi está enfermo.

—Aún mejor.

—¿Qué has dicho?

—Solo era una sugerencia, debes desestresarte un poco. Mikasa también lo cree ¿Verdad?

Ella asintió sin dejar de mirarlo.

—Siempre quisiste conocer la playa —dijo luego de un rato.

Eren bajó la cabeza para que el omega rubio no se fijara en él.

—Realmente no quiero dejar solo a Levi —murmuró—. Y debo esperar el pedido por el que envié. Levi quiere dulces.

Armin ha recortado su cabello y lleva sandalias rojas, Armin todavía huele a flores.

Armin interviene.

—Dicen que los mejores dulces betas se encuentran en la playa —sonríe como un rayo de sol y todo el hastío de una vida fingida se evapora, todo el amor se desvanece y un extraño sentimiento surge en su pecho—, estoy seguro que ha Levi le encantara si los compras por ti mismo.

Y realmente, el débil corazón de Eren no puede decir que no.

Sin embargo ese no fue el primer error que precipitó la caída.

.

.

.

Levi tiene un fuerte dolor de cabeza esta noche y la lengua hinchada con deseo de probar algo dulce que no tenga el amargo gusto del azúcar que tienen en casa.

Dormita y respira en la habitación vacía, cierra los ojos y cuenta lentamente.

Los dulces que ha pedido son difíciles de encontrar y el instinto le dice que todo va a salir mal, pero Levi abre los ojos con lentitud y sus labios se mueven repasando los segundos y minutos que faltan.

Entonces extraña a su cachorro y marca los dos dígitos de cinco en el teléfono del hotel para pedir que el niñero beta le devuelva a Ethan ahora mismo, no le importa si está haciendo amigos en el parque infantil para alfas o no, solo él decide que amigos son lo suficientemente buenos para su cachorro.

Ethan salta de los brazos del joven beta apenas entran y corre hacia él, Levi hace señas al beta para que le prepare un baño caliente y deja que su pequeño busque su cuello para aspirar las feromonas maternas.

—¿Dónde papá? —pregunta el pequeño con ingenuidad.

—Buscando alimento.

Se bañan juntos y Connie, el beta, seca al pequeño mientras él se viste con lo mejor que tiene. Es un omega bonito y los omegas bonitos hablan bien de su alfa.

Es un omega perfecto.

—Oi, ¿conoces bien el exterior? —pregunta entonces al beta que mantiene la cabeza gacha para no verlo desnudo.

—Señor…si, pero no puede salir sin su pareja —se apresura a decir Connie.

Levi frunce el ceño.

—¿Tratas de decirme lo que debo hacer?

—No señor, pero mis superiores podrían castigarme.

Se acerca lentamente y toma al beta por los hombros, decidido.

El tiempo se agota.

Entonces le da un beso y Connie se sonroja, trata de alejarse, pero Levi es mucho más fuerte.

—Tengo influencias que van más allá de tus superiores —sisea cuando lo suelta al fin—. Solo obedece si no quieres que mi alfa se entere de lo que pasó aquí. Tu olor está impregnado en mis labios. Eren te destrozaría, miembro por miembro.

Connie tiembla.

—S-sí, señor.

—Bien —le alienta Levi y busca algo dentro de las maletas, da la vuelta cuando lo encuentra—. Ahora busca un hombre sin género que trabaja aquí, uno que conozca la ciudad, me apetece salir.

—¿Cómo se llama?

Levi abre la caja que River le entrego a escondidas y saca un fino collar que cubrirá su marca y bloqueara los olores, entonces arregla los zapatos de Ethan y lo carga entre sus brazos antes de dignarse en mirar al beta.

—Farlan, su nombre es Farlan.

Continuará…