Capítulo 2. Muerdeme.
La sensación de caída no fue tan prolongada como la sensación de flotar en el agua, en donde Minato contuvo la respiración y abrió los ojos buscando a Mei para ir directamente hacia ella.
Su principal prioridad, pese al impulsivo acto de ella, era sacarla del agua: si lo que había visto desde lo alto era en verdad una tortuga gigante sin duda alguna ambos se encontraban en peligro de ser comidos… sin embargo y pese a todos sus esfuerzos de llegar a ella, los pulmones de Minato reclamaron la ausencia de aire. Aire que en el agua no existía… y no obstante eso, sabiendo que no lograría llegar a la superficie el rubio aspiró descubriendo que no se ahogaba y lo mejor: que en realidad no estaba nadando en agua sino flotando sobre una fría y húmeda niebla a través de la cual podía ver la silueta difusa de Mei.
O al menos eso creía porque mientras seguía avanzando le pareció notar un par de largas espadas flotando a su lado.
—¿Mei? —Le llamó con desconfianza, porque ver espadas flotar no era algo normal.
Además, ¿qué tal que la tortuga ya se los había comido?
—Por aquí, la tortuga siguió el camino de las siete espadas —la escuchó contestar con cierto entusiasmo en la voz, entusiasmo que Minato no compartió.
Sin embargo, haciendo uso de sus manos y pies el rubio se impulsó para avanzar mas rápido en aquella densa niebla, identificando la silueta cada vez menos difusa de la pelirroja que de pronto le advirtió:
—Ten cuidado con Sameheda, no te vaya a morder —le dijo y el rubio casi pudo escucharla reír.
No a Mei sino a la espada junto a la que pasaba, y desconfiando todavía mas de aquel lugar, tras contar las siete espadas (cada una más peculiar que la anterior), el rubio sintió que sus pies tocaban el suelo y que a su alrededor todas las cosas se reorientaban mientras que la niebla se dispersaba en una nueva dirección quedando completamente a su espaldas mientras un pasillo rocoso y largo se esclarecía frente a él, permitiéndole ver allá cerca del fondo a su compañera que sin esperarlo viraba hacia la derecha gritándole a la tortuga que la esperara.
—¡Por favor espérame! ¡Yagura por favor! —Minato claramente la escuchó, y reaccionando a toda prisa, el muchacho también corrió entre las piedras yendo detrás de ella.
—¡Mei! ¡Para, no se a donde vas! —a su vez le pidió, sus manos yendo al shuriken de tres puntas que poseía dispuesto a lanzarlo y llegar más rápido a donde estaba la pelirroja, mas al llegar al recodo en donde ella giró, Minato se encontró con ella postrada de rodillas junto a una pared, echando un vistazo a través de un agujero del tamaño de un ratón—. ¿Mei? —Desconcertado, Minato la llamó dando un par de pasos en su dirección.
Fue entonces que, sentándose en el piso, la muchacha de nuevo lo miró, sus grandes ojos verdes mirándolo con atención
—Yagura se fue por aquí, pude verlo cuando cruzó —le dijo con angustia en la voz, por lo que Minato pronto comenzó a buscar a su alrededor.
—Debe haber otra salida, o tal vez algo más que nos pueda ayudar —dijo apurando sus pasos en dirección al único mueble en la habitación.
Mei de inmediato se levantó y lo siguió.
—¿Qué es, qué encontraste? —preguntó mientras Minato examinaba los objetos sobre la mesa, frascos vacíos que no contenían ni siquiera una gota de líquido alguno por lo que con un gesto negó.
—Nada, ¿estás segura que…?
—¿Muérdeme? —interrumpió de pronto ella ganándose una mirada por parte de Minato que al verla acercarse a él se sonrojó, notando segundos después de que si lo había hecho era porque su mano estaba extendiéndose por sobre la mesa para tomar una lámina de papel que estaba junto a él.
El sonrojo se incrementó debido a su vergüenza al creer que ese "muérdeme" era una petición y no algo que ella había encontrado y leído, para después mostrárselo.
—¿Crees que funcione? —le preguntó alternando la mirada entre la oblea, el rubio y el agujero de ratón.
—Pues… no se —admitió mirando también al hueco antes de mirarla a ella y su corazón se saltó un latido cuando la vio simplemente morder un trozo de aquello—. ¡Mei! —exclamó extendiendo la mano para quitarle el objeto de las manos, viéndola de inmediato caminar hacia la pared.
Y sorpresivamente frente a sus ojos Minato presenció cómo el cuerpo de Mei se encogía con cada paso que daba, no solo en tamaño sino también en edad.
—Funciona, ¿lo ves? —dijo entonces ella con una dulce voz infantil, esbozando una amplia sonrisa para después dar media vuelta y entrar en el agujero, dejando a Minato pasmado unos instantes antes de morder también el diminuto papel y echar a correr en su dirección.
De ninguna manera se iba a quedar atrás.
