Capítulo 3. La oruga que soplaba.

El agujero de ratón era literalmente eso: un hueco en la pared que la atravesaba y descendía, cambiando poco a poco del piso y techo de piedra a uno de tierra de entre la cual surgían pequeñas raicillas que si no se tenía el cuidado adecuado se enredarían en el cabello... tal y como le pasó en más de una ocasión a Mei cuyas facciones aniñadas Minato encontraba adorables mientras la ayudaba vez tras vez a desenredarse.

—Debes ser un poco más cuidadosa y paciente —sugirió él durante la última vez en que sus manos se encargaron de retirar el cabello de las raíces que le habían detenido y jalado el rojo cabello de la niña cuyo puchero anunciaba un llanto de desesperación.

—¡Pero la tortuga esta alejándose! —Insistió, se mano señalando el punto blanco ya no tan lejano a través del cual suponían la tortuga había tenido que cruzar.

Minato le sonrió con dulzura, sacudiendo los últimos resquicios de tierra de su cabeza antes de ofrecerle su mano para que ella la tomara y no se le adelantara.

—Estoy seguro de que lo alcanzaremos —le dijo con su propia voz infantil, mirando un instante la indecisión de la chiquilla quien se decidió a corresponder el gesto y sonrió de esa forma tan bonita y contagiosa que a Minato le hizo sentir más liviano al andar tomados de la mano por el agujero de ratón, parpadeando y alzando la mano que tenían libre cuando al llegar al punto blanco al fondo que resultó ser la luz del exterior.

—¿Puedes verlo? —Preguntó con sus ojos aún entrecerrados Mei, apretando un poco más la mano de Minato cuyos ojos azules se estaban llenando rápidamente de lágrimas para contrarrestar el efecto enceguecedor de la luz.

—No... Aún no —respondió.

Un segundo después, ambos escucharon un bufido y viraron la cabeza en aquella dirección: parecía que había algo ahí, ¿era una oruga gigantesca reposando sobre un gran hongo...?

—Ustedes los Kage no serían capaz de ver la realidad, aunque la tengan frente a la cara —escuchó tal aseveración Minato, proviniendo de una desagradable voz masculina que le hizo parpadear todavía más...

—¿Utakata?

En especial cuando escuchó la voz de Mei y sintió como soltaba su mano con toda la intención de alejarse de él un par de titubeantes pasos.

—Espera Mei —llamó extendiendo de nuevo su mano hacia ella, sintiendo cómo algo húmedo reventaba contra sus dedos, parpadeando con insistencia mientras sus ojos terminaban por adaptarse a la luz para permitirle verla.

A ella y, por supuesto, al sujeto que aunque parecía una enorme oruga al permanecer recostado de lado en la cima del gran hongo en realidad no lo era, y que además estaba soplando un montón de burbujas directo al rostro de la pequeña pelirroja que se cubría con las manos mientras le suplicaba que se detuviera, aunque de manera infructuosa.

—Mei ¿lo conoces? —Preguntó tirando de ella tras verlo mejor, buscando alejarla del exhibicionista, cuyo kimono azul parecía estar demasiado flojo y mostraba más de lo que cualquier hombre decente mostraría, y protegerla del ataque de burbujas que no cesaba.

Aunque no podía asegurarlo, el nombre que Mei había pronunciado parecía ser el de ese sujeto, quien al no poder seguir lanzando sus burbujas al rostro de la pelirroja, guardó su soplador en el frasco de burbujas, entrecerrando sus ojos al verla asentir mientras se tallaba aún los ojos.

—Sí, él es Utakata...

—Te equivocas, yo no soy esa persona que mencionas —interrumpió de pronto el susodicho con más enfado del que debería, sentándose sobre el hongo y bajando de él con un ágil movimiento que contrastaba con la pereza antes mostrada, mientras guardaba el recipiente de burbujas en el interior de su kimono, se daba la media vuelta y caminaba.

Minato, al ver los ojos todavía llorosos de la pelirroja que hizo ademán de ir detrás de Utakata, le entregó un pañuelo para que se limpiara lo jabonoso que pudiera haberle quedado en las manos y el rostro, además de sostenerla para que no avanzara

—Entonces ¿por qué parece que estás listo para huir de mí, igual que lo hizo él? —cuestionó entonces ella, recibiendo de Minato el pañuelo, pero sin quitar sus ojos verdes de la espalda del hombre de cabello negro que supuestamente no era Utakata, quien mirándola con absoluto desinterés por sobre su hombro, negó con su cabeza.

—Yo no estoy huyendo. Estoy avanzando.

—¿Avanzando lejos de mi?

—Avanzando hacia delante, yendo a un sitio mejor —explicó de forma escueta para volver la vista al frente y abrir su propio camino.

—Utakata... ¡Utakata! —le gritó desesperada ella, pero el hombre de las burbujas perdiéndose entre la maleza jamás se giró, y aunque Minato y Mei trataron de seguir sus pasos, no encontraron ni un solo rastro de él, lo cual puso muy triste a Mei.