Capitulo 4. El tiburón que sonreía.

Mirando un poco a Mei, Minato no sabría decir si sus lágrimas eran por el jabón de las burbujas que le había caído en los ojos o por la tristeza de ver a Utakata marcharse.

Sea como fuera, verla de aquella manera estrujaba fuerte el corazón del rubio quien, tomándola de la mano, trató con todas sus fuerzas de animarla al recordarle el por qué estaban ahí.

—Ven, vamos. Tenemos que encontrar a esa escurridiza tortuga, ¿recuerdas? —Le dijo esbozando para ella una sonrisa, cálida y optimista, que no obstante ella no correspondió.

—No quiero —dijo con su infantil voz, su mano soltándose de la de Minato quien sorprendido la vio alejarse de él un par de pasos y agacharse junto al enorme hongo en que había estado Utakata recostado.

—¿Por qué no? —Desconcertado le preguntó acercándose, pero ella se negó a verlo a la cara cuando contestó.

—¡Porque no tiene caso! Yagura se fue, igual que lo hizo Utakata —aseguró.

De pronto una risa se escuchó, una risa tan inoportuna que Minato palideció y Mei, ceñuda se giró para verlo a él de manera acusadora.

—¿De qué te ríes? —preguntó y Minato de inmediato lo negó.

—¡No fui yo, lo juro! —aseguró, justo cuando la risa volvió a escucharse por lo que la pelirroja de inmediato se levantó.

—¿Qué es tan divertido? —preguntó sus ojos verdes oteando aún a su alrededor, caminando hacia el sitio en que había escuchado el sonido con Minato yendo detrás de ella, sorprendiéndose (al menos Minato) de ver una sonrisa que era toda dientes, o mejor dicho colmillos afilados, flotando—. ¡Responde! ¿Qué es tan divertido, dientes de tiburón? —Con un grito y una patada al piso, la enfadada niña exigió una respuesta.

Y ante la mirada ya sorprendida de Minato, un rostro comenzó a tomar forma alrededor de todos esos dientes blancos: primero unos muy finos labios entre el gris y el azul, después un mentón cuadrado, seguido de la nariz pequeña y chata junto con unos pómulos sobre los cuales surgieron unas agallas tan delgadas, que enmarcaron una detrás de otra los párpados de unos ojos blancos y diminutos que en realidad sí parecían ser los de un tiburón o un pescado que, sin dejar de sonreír, miraba fijamente a la muchachita.

—Todo es mejor con una sonrisa, ¿recuerdas? Así la gente no sabe cuánto duele lo que te hacen y puedes arrancarles la cabeza cuando menos lo esperen —dijo la cabeza flotante, deslizándose hacia abajo a través del espacio para quedar a la altura del rostro de la pelirroja. Y Minato no supo si fue algo en su mirada o las propias palabras que fueron pronunciadas que lo alertaron y despertaron en él su instinto protector, llevándolo a sujetar a Mei por el codo e intentar llamar su atención.

—Mei vamos, la tortuga... —murmuró tirando gentilmente de ella, pero sus ojos verdes siguieron fijos en los diminutos ojos de la cabeza de tiburón cuyo cabello azul surgió como magia frente a sus ojos.

—¿Y qué pasa si no quiero hacerlo? ¿Qué pasa si no quiero matar a nadie, pero tampoco quiero huir más? —preguntó ella dando incluso un par de pasos hacia el hombre tiburón, soltándose del contacto de Minato como si no lo sintiera, incapaz también de notar el horror en los ojos azules cuando se materializó una mano tan grande y tan azul como el rostro del hombre tiburón.

—A veces hay sacrificios que tienen que hacerse... —dijo el hombre en voz más suave, su mano acercándose al rostro de la pequeña Mei, sus dedos rozando con suavidad el largo mechón de cabello rojo con que cubría uno de sus ojos mientras su brazo completo se materializaba sin que ninguno, salvo quizás Minato, pareciera notarlo—… y a veces tienes que despedirte de la gente, aunque no lo desees —aseguró, sus ojos de pescado reflejándose en la infantil mirada, cuya voz expresó toda la inocencia de la que era capaz al preguntar.

—Pero siempre me recordarán. Ellos no me olvidarán, y tú tampoco, ¿verdad?

Y ensanchando todavía más la sonrisa, el hombre soltó su cabello y retrocedió desvaneciéndose mientras se alejaba, permaneciendo únicamente su sonrisa en el espacio mientras contestaba.

—No, nunca te olvidarán. Para bien o para mal —aseguró, su risa escalofriante volviendo a escucharse en el lugar provocando no obstante una sonrisa en el rostro de la chiquilla que de mejor humor se giró dándole la espalda a la sonrisa y encarando de nuevo a Minato, cuyos ojos alternaron entre la desvaneciente sonrisa y el rostro de la niña.

—¿No es ese el camino que debió tomar la tortuga? —preguntó ella de mejor humor, al parecer sin notar el desconcierto y la confusión de Minato, quien queriendo más que nada alejarse de los últimos dientes que quedaban, retrocedió un paso, asintió y sonrió.

—Ven, vamos. No creo que se haya adelantado demasiado —le animó y viéndola también sonreír esperó a que ella avanzara primero, antes de dar la vuelta e ir justo detrás de ella, echando una última mirada hacia atrás tan solo para confirmar que no quedaba ni un solo rastro de aquella enigmática y escalofriante sonrisa.