Capitulo 5. La hora del té.
El camino por el que anduvieron era tan grande como lo fue el hongo en que encontraron al hombre de las burbujas: pasto que los sobrepasaba en altura, flores todavía más altas que hacían de techo con sus pétalos de colores entre los que se filtraba el sol y a veces tenían que saltar de un guijarro a otro para evadir los agujeros entre ellos.
Sin embargo, por muy extraño que todo fuera, la verdad era que tanto Minato como Mei parecían estar disfrutado el recorrido, a veces deteniéndose para mirar el color de su piel o su cabello bajo el efecto de la luz sobre los pétalos, otras cuando escuchaban con atención tratando de descubrir si el zumbido que escuchaban era de una abeja o un abejorro, y otras más cuando se detenían a inspeccionar qué tan profundo podría ser el agujero que había entre guijarro y guijarro, evaluando si convenía bajar o simplemente saltarlo.
Sea como fuera, para cuando llegaron a algún punto del camino y ambos aguzaron el oído al escuchar algo distinto de los zumbidos, identificando el sonido como murmullos y voces, Minato no necesitó intercambiar una mirada con la pelirroja para saber que ésta saldría corriendo en aquella dirección.
—¡Es la tortuga! ¡Por fin hemos alcanzado a la tortuga! —anunció saltando de guijarro en guijarro, olvidándose ya de mirar lo que encontraban en el camino e inclusive un poco de Minato, quien apuró el paso para seguir a su lado, esquivando un poco de hierva antes de poder ver el lugar al que ambos se dirigían, identificando sin el menor problema una larga mesa y a tres personas, dos de las cuales hablaban mientras una tercera dormía apoyando la cabeza sobre el blanco mantel—. ¡Ahí está! Minato ¿puedes verla? —entusiasmada la pelirroja preguntó señalando incluso al sujeto de cabello gris y bufanda verde, y el rubio mirándola a ella y a las tres personas que en apariencia tomaban te, aunque confundido asintió.
—Si, claro que puedo —contestó, no obstante, notando algo sumamente extraño.
Y no solo era que la tortuga en realidad no parecía una tortuga (ni siquiera tenía un caparazón, aunque si llevaba un bastón con una flor medio extraña), en realidad lo que tenía confundido y desorientado a Minato era ni más ni menos que, en lugar de ver a aquellas personas en un tamaño proporcional, mientras más se acercaban ellos a la mesa, todo en ella estaba creciendo mucho más del doble de su tamaño actual.
—Ya te he dicho que no puedo quedarme mucho tiempo más, debo ir al castillo, todos están esperándome. —escucharon decir a la tortuga que no era en realidad una tortuga, viéndole incluso empujar la taza de té antes de ponerse de pie.
—¡Yagura espera! —Gritó Mei para hacerse oír por aquellas grandes personas mientras Minato se esforzaba por seguirle el paso, y tanto la tortuga como su acompañante más cercano (un anciano completamente calvo que apenas podía moverse) miraron hacia abajo, mientras el tercer personaje en el comedor (otro anciano que aparentemente estaba dormido sobre el mantel) se incorporó hasta de su silla y gritó.
—¡No, de ninguna manera firmaremos ningún tratado que no beneficie a nuestra aldea! —dijo, interrumpiendo al sujeto de cabello claro, atrayendo sobre él la mirada de sus acompañantes.
Tanto el anciano como la tortuga que no era tortuga suspiraron.
—Vuelve a dormir Byakugen —ofreció amablemente el anciano con voz pausada mirando al otro anciano que parecía estar medio visco, pero se sentó sin problemas, tomando entonces la taza de té frente a él para beber.
Tanto Mei como Minato llegaron en ese momento hasta la mesa y la pelirroja no dudó ni un instante en acercarse a la tortuga-no-tortuga sin importarle siquiera que con su escasa estatura apenas le llegara a la altura de la rodilla.
—Yagura —insistió, su mano tirando de la tela del pantalón del muchacho y Minato notó entonces la cicatriz que cruzaba el ojo izquierdo, además del desagrado en su rostro al voltear y mirarla.
—Apártate. No tengo tiempo para ti: se me hace tarde —dijo, y Minato se apresuró para sujetar a Mei cuando la mano de Yagura le dio un empujón sin la menor consideración para apartarla de su camino.
—¡Que grosero! —se quejó el anciano visco, devolviendo la taza a su lugar—. En mis tiempos castigábamos a los niños para enseñarles a respetar más a las figuras de autoridad —farfulló, dándole entonces una mirada por sobre el borde de la mesa a Mei, quien se apoyaba aún contra el cálido cuerpo de Minato que permanecía a su espalda y la sujetaba tratando de reconfortarla por el desdén con que inexplicablemente fue tratada.
El anciano calvo asintió desde su asiento lento, muy, muy lento, pero también la miró.
—Todos sabemos que no es su culpa. Pero es bueno que llegaras —expresó su gusto por verla esbozando una sonrisa desdentada que la propia Mei devolvió—: las cosas tienen que cambiar. Irás al casillo, ¿verdad? Tengo un bonito sombrero para adornar tu cabeza. Es azul y hace juego con tu vestido —explicó levantando uno de sus dedos en dirección a la pequeña pelirroja quien se puso de puntitas al ver que el anciano, aunque con gran lentitud, buscaba algo sobre la mesa: algo que pronto encontró y tomó, pero que tardó en acercar por su vejez y falta de fuerza a la pelirroja, cuyas manos extendió para recibirlo con gran honor.
—Prometo que lo cuidaré —aseguró la chiquilla, recibiendo con ayuda de Minato más que sombrero, una especie de capacillo romboidal de color azul con blanco. El anciano desdentado les sonrió y asintió.
—Confiamos en ti —dijo y con gran calma apartó su cansada vista de ellos para posarla sobre el viejo visco que comenzó a hablar tonterías sobre cómo él fundó una aldea de la nada y construyó castillos mientras una densa neblina se asentaba en los alrededores y Mei, mirando a Minato le sonrió con dulzura.
—Vamos, hay que ir al castillo.
—¿Por el camino de la tortuga? —cuestionó el rubio y ella mirando al frente asintió sin soltar el capacillo que era como del triple de su tamaño y que recién le habían entregado.
