Capitulo 6. Las rosas y el rey de espadas.
Mientras andaban por el camino, Minato notó como la espesa niebla invadía todo a su alrededor, salvo quizás el sinuoso camino por el que andaban. De hecho, Minato creía que era una verdadera suerte que pudieran ver lo que tenían al frente, aunque fuesen solo unos cuantos pasos...
En especial porque podía notar también que Mei crecía de forma progresiva. Y no solo se trataba de estatura: sus rasgos infantiles habían madurado poco a poco convirtiéndose en los de una mujer hermosa de mayor edad que cuando la encontró cerca del lago, con unos pómulos afilados, sus labios aun sonrosados y un cuerpo curvilíneo y tan bien proporcionado que el vestidito se le ajustaba tanto al cuerpo que en algún momento y casi sin notarlo, se había ido desgarrando hasta crear una larga abertura hacia la pierna izquierda dejándole ver lo torneado de sus muslos…
Y aunque imaginaba que un cambio similar se había generado en su propio cuerpo, salvo el sentir que su propia ropa le quedaba un poco ajustada, no había nada más.
Excepto tal vez esa necesidad de mirarla convirtiéndose de niña a mujer.
Por supuesto, en cuanto ella se detuvo y lo miró, el corazón de Minato dio un salto y sintió el rostro caliente al verse descubierto en el acto.
—¿Escuchas eso? —preguntó, al parecer sin notar el poco recatado escrutinio del que era presa, haciéndole poner atención a algo aparte de ella.
Y aún antes de que Minato pudiera reaccionar a las dos voces que de pronto se escucharon la vio salir del camino hacia donde estas se escuchaban, y actuando rápido, Minato la alcanzó.
—Se quedan las de color azul.
—No, mejor las blancas.
—Azul.
—Blancas.
—Azul.
—¡Blancas!
—¿Por qué gritan? ¿Qué les pasa? —cuestionó sin la menor duda Mei, deteniéndose al otro lado del rosal en que los dos sujetos de cabello blanco hablaban, atrayendo sobre ella su atención.
Y eran ambos tan parecidos, casi tan iguales en el color de sus ojos y dientes afilados que Minato supo que eran hermanos sin necesidad de preguntarlo.
—Suigetsu dice que debemos cortar todas las flores azules y quedarnos solo con las blancas, pero yo digo que no. Debemos cortar las blancas y dejar las azules que son mejores —respondió uno de ellos, el que era solo un poco más bajo que el otro hermano, cuya boca chasqueó.
—Eso no es cierto. Mangetsu está mintiendo —declaró el otro muchacho, cruzándose de brazos y mirando con sus ojos violetas a la pelirroja, que junto a Minato presenciaron el comienzo de una nueva discusión en la que un "estas mintiendo" y un "no, no lo estoy" dio paso a un "que si" y "que no", que podría volverse eterno si ella no se hubiese decidido a actuar—. ¡Basta! ¡A nadie le importa quién miente y quién dice la verdad! —interrumpió y ambos hermanos la miraron.
—Entonces no importa tampoco si te corto la cabeza —se escuchó una tercera voz.
Y ante la sorpresa de Minato, la niebla repentinamente se cristalizó formando decenas de paredes de cristal que se interponían en su camino y reflejaron al dueño de la voz: un hombre de cabello negro y rostro parcialmente cubierto por una venda que sostenía una larga espada en cuyo filo más cercano al mango existía un semicírculo, lugar mismo en que el cuello blanco y terso de Mei se encontraba amenazado.
Su corazón dio un vuelco al verla en peligro, no solo en una imagen de cristal sino a tan solo uno o dos pasos de distancia, y sin dudar él mismo trató de atravesar el cristal, sus dedos empujando la fina lámina y después golpeándola con todas sus fuerzas, llamándola, logrando únicamente que la placa temblara y entre los reflejos viera de forma momentánea su propia cara.
Y no obstante sus temores, gracias a todos los cristales que frente a él actuaban como espejos, Minato pudo ver con absoluta y total claridad el rostro sereno de la pelirroja cuya carnosa boca formaba una bonita pero peligrosa sonrisa mientras que su único ojo visible se dirigía hacia el propio rostro de su atacante cuando habló.
—Ambos sabemos que no podrías hacerme ni un solo rasguño, aunque quisieras —le retó.
Entonces los peores temores de Minato se materializaron frente a sus ojos al ver que el hombre empujaba a Mei por la espalda y con la otra mano tiraba de la espada con toda intención de degollarla... mas ella, actuando con gran agilidad logró desviar el arma y salvar literalmente el cuello, agachándose y dándole una patada al enmascarado, que saltó como respuesta arrastrando el filo de la larga espada unos instantes antes de embestir de nuevo contra ella, cuyas manos formaron una secuencia de sellos rápidos e infló el pecho para escupir un chorro de lava ardiente y roja por la boca, fundiendo los cristales que les separaban convirtiéndolos de nuevo en esa espesa niebla que por algunos angustiosos instantes, le obstruyó a Minato la vista y le impidió ir en su ayuda...
