Capitulo 7. El Rey Azul y la reina Blanca.

—¿Mei?

Llamándola tentativamente en una voz muy baja y suave, Minato tras echar un vistazo alrededor y determinar que no había peligro, se agachó frente a ella, sus manos permitiéndose apartar el rojo cabello de su rostro para examinarlo y exhalando el aire que había estado conteniendo tras verificar que no existía ni un solo rasguño.

Aun así, ella no lo miró con sus preciosos ojos verdes, más concentrada mirando la sangre en las rosas que en el hombre frente a ella, cuyo corazón se encogió ante tal muestra de absoluta indiferencia.

—Mei por favor, debemos irnos —buscando hacer contacto visual con ella de nuevo le llamó, agachándose incluso un poco más mientras permanecía de rodillas tratando de que lo mirara, pero ella no reaccionó hasta que él, en un intento un tanto desesperado, acarició con ambas manos las de ella, quien parpadeó y por fin levantó la mirada hacia él.

—Pero no tengo ningún otro sitio a dónde ir.

—Ven conmigo, a Konoha —le ofreció inmediatamente él, descartando por completo el seguir buscando a la tortuga que ella tanto perseguía.

Desde su perspectiva, seguir haciéndolo era una completa pérdida de tiempo, considerando la manera en que él la trató junto a la mesa del té, y tal vez ella comenzaba a pensar lo mismo pues mientras intercambiaban miradas y Minato aún sujetaba sus manos, el bonito semblante de Mei poco a poco fue cambiando de la absoluta desolación que padecía a la seguridad y absoluta confianza de que lo que él le decía estaba bien.

—Konoha —repitió como si estuviera saboreando la palabra en su boca, sus ojos verdes fijos en los azules de Minato, quien asintió—. Konoha, donde está Rin, Kakashi y Obito —le dijo, y Minato de nuevo asintió.

—Sí, exacto. ¿Qué dices, vamos? —preguntó, el ansia apenas palpable en su voz, buscando ferviente su aprobación, misma que Mei en el acto entregó.

—Sí. Sí, vamos —accedió dándole una sonrisa honesta que lo alivió.

Sin más palabra, el rubio se incorporó ayudándola también a ella a ponerse de pie, sus intenciones de volver tras sus pasos echas a un lado cuando ella dijo que debían cruzar por el castillo, mismo al que se adentraron aún tomados de la mano.

La mayoría de los pasillos y salones por los que pasaron se encontraban vacíos, solitarios incluso de mobiliario salvo una serie de retratos a los que, ninguno de los dos prestaron, mucha atención más concentrados en la búsqueda de la salida que Mei estaba segura de conocer.

—Es por aquí —le dijo girando en un pasillo a la derecha, cruzando una gran puerta ornamental que recordaba las grandes olas del mar y Minato notó incluso un cambio de piso en el salón: mosaicos blancos y azules se alternaban los unos a los otros y al fondo una gran ventana emitía una delicada luz exterior.

Mei apretando de su mano con alivio sonrió, mirándolo.

—Es ahí —afirmó, dando ambos un par de firmes pasos cuando una voz les interrumpió.

—Llegas tarde —dijeron y apartando los ojos de su objetivo la pelirroja se giró.

—Yagura.

—Ya era hora de que llegaras —dijo el hombre bajo, puesto que ahora que Mei había crecido era evidente la baja estatura de la supuesta tortuga, que escoltado por un grupo de personas se posicionó sobre uno de los mosaicos azules, acto que algunos otros miembros de dicho grupo imitaron mientras que los otros, gente como el anciano del sombrero ayudado por un muchacho de cabellera azul y gogles, cruzaron la estancia para llegar a donde estaban ellos, sonriendo.

—Ya es tiempo de que tome su puesto —dijo el gentil anciano ocupando su sitio sobre un mosaico blanco, mientras el jovencito, con el rostro sonrojado la miraba casi con devoción.

—Juro que la protegeré —le dijo repentinamente actuando con mucha convicción, tomando su sitio sobre otro de los mosaicos blancos.

El corazón de Minato se aceleró cuando Mei poco a poco le fue soltando y giró para mirar en dirección a los oponentes ubicados en los mosaicos de color azul, que él mismo miró y casi comprendió la situación: aquello era un campo de batalla, como el shogi o el ajedrez.

—Mei… Mei vamos, debemos marcharnos... —suplicó el rubio en un susurro, adivinando de pronto sus intenciones, negándose a dejarla ahí.

—El duelo está por comenzar —dijo entonces un hombre alto y de mayor edad, uno de sus ojos cubierto por un parche como rasgo distintivo de entre todos los demás.

Mei asintió y su rostro serio no podía mostrarse más de acuerdo.

—Mei por favor–interrumpió el rubio alarmado. Entonces el hombre del parche en el ojo, ese que actuaba cual Rey le miró y ordenó:

—Tu: apártate. No perteneces aquí; desiste de todos tus intentos, aunque quieras no podrás llevártela.

—Pero ella quiere irse —protestó entonces él, su voz acallada al sentir la mano de Mei sobre su brazo.

—Descuida Minato, te prometo que estaré bien —habló entonces Mei—. Lo venceré, dejaré de ser la reina blanca y me convertiré en la reina azul, entonces podré salir. —Con gran convicción le habló, sus ojos verdes fijos en los azules de él cuyas manos se aferraron a ella, a su bello rostro mientras algo tiraba de su cuerpo hacia la ventana.

—Mei… Mei no quiero dejarte...

—No lo harás. Nunca lo harás porque siempre estarás aquí —aseguró, sus manos tomando las de Minato entre las suyas, un beso depositado sobre ellas antes de soltarlo y señalar a su corazón.

Aquella fuerza que tiraba de él, al no estar más anclado a ella, sin la menor resistencia lo elevó y absorbió hacia la ventana, sumergiéndolo nuevamente en una helada agua que por un instante le dejó sin respiración y lo sumió en una profunda oscuridad.