Capítulo 18- Vacío del alma.
Un nuevo día comenzó.
Las nubes eran grisáceas y el aire era frío. Bueno, literalmente el sol no estaba presente ahí...
Con trabajo Todomatsu abrió sus ojos, aún un poquito irritados, y se enderezó inspeccionando el lugar aún modorro. Le dolía un poco la nuca; seguro se había torcido en aquel incómodo sofá. Sonrió apenas un poco cuando miró a su blanquecina mascota en la jaula, pero al recordar lo de la noche anterior un dolor le recorrió por el abdomen, revolviéndole el estómago. Hizo un gesto de molestia y cerró fuertemente sus ojos, agachándose y abrazándose a un cojín.
- Ah... Lo olvidé.
Abrió y cerró sus ojos varias veces. Después se levantó y caminó trastabillando; sus pies le dolían a causa del frío, púes no traía calcetines. Se quedó de pie un rato en medio de la alfombra esponjosa de la sala y después miró hacia las escaleras. Suspiró y decidió subir, pero al estar ya en la planta de arriba recorrió sigilosamente los pasillos y se sorprendió al darse cuenta de que Atsushi no estaba en casa. Se preguntaba en dónde estaría o a dónde había salido ayer en la noche.
En realidad se dejó consumir por el enojo y tristeza. Atsushi tenía que volver a la oficina a entregar unos documentos, y además seguramente tuvo que haberse quedado a trabajar toda la noche y mañana ahí como acostumbraba. Lo de siempre, sólo que lo olvidó.
Resopló y fue cabizbajo a lavarse los dientes. Después fue a la cocina a prepararse el desayuno. Atsushi no había cocinado nada esta vez porque estaba muy ocupado. Realmente lo estaba...
Se sentó a la mesa y comió lentamente un poco de nabemono que cocinó sólo para él. Apenas un pequeño plato. Creía que algo ligero lo tranquilizaría, y quizá le daría un poco de calor en aquel frío día.
Pasó su día esperando a que Atsushi llegara, y cuando por fin lo hizo (hasta la noche) no se dirigieron la palabra. Todomatsu ni siquiera había volteado a verlo. Cuando Atsushi entró, lo miró en el primer piso de espaldas, con todas las luces apagadas, y la vista clavada completamente en la televisión. Atsushi sólo fue al piso de arriba sin decir nada, y sin tratar de ocultar que ya había llegado. Ni siquiera se molestó en decir dónde estaba...
Todomatsu había preparado la comida, pero Atsushi no fue a la cocina a buscar ni un sólo bocado. Se metió a su oficina de nuevo.
Los siguientes tres días continuaron así, de nuevo.
Todomatsu para el día siguiente despertó, se lavó los dientes y desayunó. Jugó con Pichi mientras pasaba el rato, y a veces dormía. Aún se encontraba mal físicamente, sin mencionar la inestabilidad emocional.
Aquel día hubo una llovizna mañanera, lo cual hizo que se preocupara por Atsushi. No sabía si estaba sufriendo de frío, o si tan siquiera había desayunado... No lo sabía.
Pero algo sí sabía. Ahora no podía acercarse a él igual que antes. No después de haberlo ofendido de aquella manera imperdonable.
Ni una llamada telefónica. Ni un mensaje de texto. Ni un e-mail. Absolutamente nada.
Estaba devastado.
El día pasaba rápido, y el oír y escuchar el aguacero lo hacía transportarse más allá de la realidad.
- ¿Tú qué crees que debería hacer? - dijo Todomatsu sonriendo, dirigiéndole la palabra al ave que ahora estaba en su hombro izquierdo, con él en el sofá. - No puedo llamar a nadie para que venga por mí... - inhaló y exhaló - Porque después de todo, Atsushi-kun fue quién me buscó en algún lugar y me trajo aquí. Alguien ya "vino por mí".
Parpadeó varias veces viendo el ventanal, y después se levantó del sofá.
- Bueno - continuó hablando para el ave o quizá para sí mismo -, esforcémonos una vez más.
Dicho esto, preparó la cena para cuando Atsushi llegara. Tenía la esperanza de poder hablar con él, tan siquiera un poco. Aunque al pensar eso su corazón se agitaba y sus manos comenzaban a temblar. El sólo imaginar sus ojos serenos viéndolo fijamente y teniendo su rostro tan cerca del suyo lo ponía nervioso.
Meneó la cabeza varias veces cerrando los ojos.
Al terminar, acomodó los tazones con el arroz y el curry en la mesa en sus respectivos lugares, junto con los palillos. Curioso miró el reloj.
Atsushi no tardaría en llegar.
Esperó y esperó, pero él nunca llegó.
La comida en los platos se enfrió. Todomatsu permaneció ahí un poco más, impaciente, esperando ver a su amado entrar por la puerta; pero nunca pasó.
Él solo comió su plato con curry y se quedó ahí, viendo sin ver a la ventana.
Suspiró y se levantó después de recoger todo.
- Al menos hazme saber que estás bien... - susurró con los ojos llorosos.
Se tiró al sofá y se durmió, junto a su agobiante dolor de cabeza.
Cuando abrió los ojos, advirtió que ya debía de ser bastante tarde. No tenía idea de cuánto había dormido, pero ya no había luz en aquella habitación. Revisó la hora en su celular. Aproximadamente la una con cuarenta de la mañana.
Se enderezó un poco y entrecerrando los ojos pudo divisar entre la oscuridad un hilo de luz que se arrastraba por el piso, viniendo desde abajo de una puerta cerrada. Atsushi ya había llegado, y estaba dentro de su oficina de nuevo.
Con cuidado se acercó y pegó su oído a la puerta. Podía escuchar a Atsushi decir algo; al parecer hablaba por teléfono. Era verdad que estaba ocupado, pues sólo podía escuchar cosas sobre negocios, negocios, y más negocios...
Aún con malestar fue a la cocina a tomar un poco de agua sigilosamente y volvió al sofá.
No sentía la confianza de poder volver a la habitación de arriba, junto con Atsushi. Creía que sería un acto horrendo el volver a dormir junto a él, después de haber echado a perder parte de su relación. O quizá la relación misma.
Se abstuvo a considerarlo, y se quedó ahí en la sala.
Todomatsu y Atsushi dejaron de dormir juntos durante los próximos días.
Atsushi llegaba bastante cansado, y algunas veces sólo se pasaba de largo a la habitación o a su oficina. Ya sea para seguir con su trabajo, o para dormir un poco.
Y a pesar de no intercambiar ahora ninguna palabra y de no dormir más juntos, ni pasar tiempo juntos, Todomatsu seguía preparando la comida.
Pero siempre por una u otra razón, Atsushi no llegaba nunca a la hora indicada, ni se sentaba a la mesa. La comida permanecía sobre la mesa y se enfriaba mientras Todomatsu comía solo y seguía esperando.
Ahora tenían días que no comían juntos.
Atsushi al salir de casa, de vez en cuando llegaba rápidamente a cualquier tienda que se le cruzara por el camino, y compraba cualquier cosa que mirase. Algunas veces algún pan de melón, u otras veces algo de yakisoba instantáneo o comida rápida cualquiera.
No tenía siquiera tiempo para comer, ni tiempo para él mismo. Aunque, poco le importaba lo que consumía.
Ya estaba demasiado exhausto con tan sólo ver la misma oficina gris en aquel aburrido edificio todos los días. Además, se sentía extraño cada vez que volvía a su hogar. No podía negar que Todomatsu lo había hecho sentir mal, pero, ¿qué era lo que pensaba? Ahora incluso estaba evitándolo quedándose a dormir en la sala todas las noches. ¿Eso qué significaba? Se sentía culpable por no poder pasar tiempo con él, pero ciertamente quería darle un tiempo, y a veces se centraba en poder tardar un poco más en las oficinas. ¿Qué más daba? Incluso si volviese temprano, no tendría tacto con Todomatsu. Y si le preguntaba algo, seguramente lo evitaría o ignoraría de nuevo... No quería intentar algo y ser rechazado de nuevo. Se había esforzado demasiado, pero creía que quizá Todomatsu nunca abriría totalmente su corazón hacia él.
Atsushi se acostó en medio de aquella enorme cama fría, ausente del calor que emergía de aquellos dos cuerpos abrazados. Pero, ahora sólo estaba él ahí, viendo hacia el techo en medio de la oscuridad.
Teniendo en mente el rostro del menor, cerró sus ojos y se durmió.
Era la madrugada.
Al abrir los ojos nuevamente apenas y percibía un poco de luz. Estaba completamente nublado, como si el cielo hubiera conspirado con su estado de ánimo. Se dio una ducha con agua caliente, se lavó los dientes, se acicaló rápidamente y bajó al segundo piso; apresurado pero tratando de ser silencioso.
Antes de salir con su portafolio en mano pasó rápidamente por el pasillo alumbrando parte de la sala y ahí estaba Todomatsu.
Lo observó unos instantes con la vista serena, indiferente. El más pequeño yacía ahí, durmiendo profundamente con una expresión cansada, frunciendo un poco el ceño; quizá porque inconscientemente la tenue luz le molestaba.
Atsushi meneó la cabeza y sin perder más tiempo se giró hacia el recibidor, dispuesto a salir de su casa. Encendió el auto, y frotándose los brazos para darse calor, salió rumbo a la autopista. Se comenzaba a sentir un poco más oprimido.
En fin, llegó a la oficina y su jornada de trabajo comenzó de nuevo. El aguacero llegó y él sólo se limitó a pensar por un momento en Todomatsu, para después fruncir el ceño y seguir con lo suyo tras menear la cabeza para despabilarse.
Las horas pasaron lentamente.
Después de que las pesadas y negras nubes se descargaron, los rayos del sol se abrieron paso entre éstas, iluminando los rincones de la ciudad.
En la casa Matsuno, los cinco hermanos miraban la televisión mientras comían naranjas, cobijados. Choromatsu decidió llamar a Todomatsu, después de ya algo de tiempo.
Como había mencionado anteriormente, creía que darle algo de tiempo era lo mejor, pero seguía preocupado. Debía de preguntarle algo, lo que sea. Por lo menos quería escucharlo.
Bajaron el volumen del televisor y estando todos atentos al teléfono que sostenía el tercer hermano, esperaban la contestación del menor, Todomatsu.
Hubo sólo un momento de silencio en la línea y después nada. La operadora.
Todomatsu aún posado sobre el sofá color vino, abrió sus ojos pesadamente y se incorporó al escuchar su teléfono sonar. Lo tomó entre sus manos y al ver el nombre de su hermano mayor en la pantalla hizo un gesto algo extraño y colgó.
Pero volvieron a insistir. Esta vez, dejó perder la llamada.
- Rayos, ¿por qué no contesta? - bufó Choromatsu.
- Tranquilízate, seguro no escuchó - dijo Karamatsu.
- Debería de contestar siempre su celular. Me preocupa un poco... - dijo Jyushimatsu, con sus manitas entrelazadas y las mangas largas por encima.
- Yo digo que deberíamos de ir por él, Choromatsu - opinó el mayor, Osomatsu.
- Con esta lluvia impredecible, no podemos. Además ni siquiera yo sé exactamente dónde está - aclaró Ichimatsu desganadamente.
- ¿No sabes dónde vive su...? - Choromatsu calló y carraspeó un tanto nervioso. Sus mejillas se coloraron - Su...
- Su acompañante de vida – rió Jyushimatsu.
- La verdad no tengo idea - dijo Ichimatsu. - Lamento no poder ayudar.
- Es el tipo de aquella vez, ¿verdad? - dijo Osomatsu.
- ¿El que estaba con Totty en el hospital? Osomatsu, es obvio que... - Karamatsu hablaba serio.
- Lo sé - Osomatsu interrumpió a Karamatsu. - Pero incluso antes de eso, ya lo había visto y apenas lo recordé. Aquella vez hace casi cuatro meses, cuando Totty llegó ebrio a la casa. Aquel tipo lo dejó hasta la puerta y aunque no bajé hasta el recibidor, pude verlo desde arriba de la casa. Observé cuando se retiraba en su auto hasta perderlo de vista. Ichimatsu, tú lo viste más de cerca porque tú fuiste por Todomatsu preocupado. Dime, ¿qué pensaste? - Osomatsu acabó la pregunta con una sonrisa.
Todos voltearon a ver al cuarto hermano.
- Te diré qué pensé. Nada - dijo Ichimatsu con un tono arisco. - En aquel entonces, no hacía más que preocuparme por Todomatsu. Yo tampoco confiaba en Atsushi-san del todo, pero aún así confíe en mi intuición de que Todomatsu podría cuidarse solo, aunque ahora ya no lo haré más. Como todos, él necesita ayuda.
- ¿Atsushi? ¿Así se llama? - preguntó Choromatsu, abriendo un poco los ojos.
- Ah, sí. Lo siento. Con toda esta conmoción olvidé decírselos. No lo hice, ¿verdad? Bueno, incluso si lo hice, debieron olvidarlo - exclamó Ichimatsu.
- Pero aún así, me parece haberlo visto de algún lugar... Cuando lo vi de espaldas en el hospital me pareció conocido - dijo Jyushimatsu, poniendo una mano en su boca mientras pensaba.
- ¿Eh? - dijo Ichimatsu.
Jyushimatsu trató de recordar, y como si fuese un choque eléctrico, un vago recuerdo llegó a su cabeza.
- ¡Oh! ¡Lo tengo!
- ¿Qué, my sunshine? - preguntó Karamatsu.
- ¿Acaso Atsushi-san no es el mismo Atsushi que...?
Fue interrumpido. Era su madre tocando la puerta de la habitación.
- Eh... Adelante - accedió Choromatsu.
Matsuyo entró a la habitación y al ver a todos su hijos reunidos en bolita no pudo evitar cuestionarlos.
- Ninis, ¿está todo bien?
- Intentamos hablar con Todomatsu - dijo Osomatsu de golpe - pero no contesta el teléfono.
- Ya veo... - dijo Matsuyo con tristeza.
- Mom, tú dijiste que...
- Lo sé, Karamatsu. Vengo a decirles algo al respecto. Algo acerca sobre el caso con Todomatsu - aclaró la mujer antes de cambiar el tema. - De hecho, me alegra que ustedes lo hayan mencionado.
- ¿Eh? - exclamaron al unísono.
- Ayer por la noche intenté hablar con su padre de nuevo, aunque al principio no quería escuchar... Justo como aquel día.
- ¿Y? - preguntó Ichimatsu.
- Bueno, parece ser un poco menos accesible que aquella vez. Está desganado, ¿entienden? Pero supongo que es normal, no todos los papás opinan lo mismo de las mismas cosas. Creo que era lo que se podía esperar.
- ¿Qué le dijiste, mamá? - cuestionó esta vez Osomatsu.
- En pocas palabras, traté de hacerle saber lo valioso que es Todomatsu, y que por ser o hacer lo que declaró aquel día, él no es menos que nosotros. Pero... - parecía que su madre se echaría a llorar. - Mi bebé... No debí dejar que esto pasara. Lo siento, ninis, yo dije que hablaría con su padre sobre esto para darle remedio, pero al final no he podido hacer nada...
- Don't worry, mom! Ya verás que lo haremos cambiar de opinión. Además, ¡nosotros somos aliados de Todomatsu!
- ¡Lo somos! - dijo Jyushimatsu ante el comentario del segundo hermano.
- Aunque, a Todomatsu lo que más le importa es la opinión de papá - bufó Osomatsu.
- Bueno, puede que parezca así, pero también le importa lo que digamos nosotros, ¿no? - dijo el tercero.
- ¿Por qué lo dices? - Ichimatsu apenas balbuceó.
- Bueno - contestó Choromatsu -, porque cuando corrimos tras él nos miró con preocupación y dijo que no quería que lo "ayudáramos" dándole una plática acerca de lo que debía o no hacer. Eso es todo. Lo que él quiere es ser libre...
- Ya veo. Pero él entiende mal las cosas - gruñó Osomatsu. - Porque a pesar de que nosotros nunca le dijimos nada malo en la cara, corrió con sólo vernos. Era normal que pondríamos cara de sorpresa, ¿no? Pero eso no quiere decir con convirtamos una situación como esta en una calamidad. Él no deja que nos le acerquemos y eso es lo que más odio de él. ¡Es un idiota! Él no quiere saber nada de nosotros. ¿Cómo demonios puede saber si lo odiamos o no si ni siquiera contesta el teléfono? Necesitamos hablar... ¿Ni siquiera va a intentarlo?
Hubo silencio tras aquel rudo comentario.
- Pues, es verdad... - admitió Karamatsu.
- ¿Cómo podemos hacérselo saber? - preguntó Jyushimatsu con una sonrisa nerviosa, dirigiendo la vista hacia Ichimatsu aunque éste último no tuvo reacción.
- Por ahora lo único que podemos hacer es hablar con papá. Lo demás ya lo veremos después - ordenó el tercero.
- ¿Papá sigue en casa? - preguntó Ichimatsu.
- Sí, aunque se irá a trabajar en unos minutos... - dijo su madre, encogida.
- ¡Vamos con él! - dijo Choromatsu saliendo de la habitación tan rápido como pudo. Incluso sintió que casi le daba un calambre en el pie, pero se reincorporó apoyándose en la pared y siguió corriendo.
- ¡Choromatsu nii-san! - Jyushimatsu corrió seguido de él.
El resto salió corriendo igual, y al último quedó Karamatsu, que se acercó lentamente hacia su madre y la abrazó fuertemente.
- Gracias, mommy. Ahora déjanos el resto a nosotros - le dio un beso en la mejilla y fue tras sus hermanos también.
Su madre sonrió con las mejillas ruborizadas, quedándose sola en aquella habitación.
Los hermanos llegaron hasta la entrada de la casa bajando rápidamente por las escaleras, alcanzando a su padre Matsuzo, justo en el recibidor.
- ¡Papá! - lo alcanzó Choromatsu. - ¿Podemos hablar un momento?
- ¿Ahora?
- Sí, este...
- ¿Qué le has dicho a mamá? - preguntó Karamatsu.
- Bueno, ¿y eso a qué viene?
- Papá, mamá está preocupada, y... nosotros también.
- Sé claro, Karamatsu. ¿Qué dices? - preguntó el hombre.
- ¡Hablo sobre Todomatsu! Papá, él no puede volver por culpa tuya... Lo que dijiste fue...
- ¿Qué? Si tienes algo que decir dilo de una vez.
- Papá, ¡Todomatsu no se encuentra bien y hace tiempo que no hemos podido verlo ni estar en contacto con él! Estamos preocupados. Pero, necesitamos tu aprobación y así iremos juntos a buscarlo y hablaremos, ¡como una familia!
- No hay nada de qué hablar. ¿Qué buscan exactamente?
- Es broma... ¿verdad? - dijo un trémulo Choromatsu.
- ¿No es obvio? Papá... ¿Cómo puedes rechazar a uno de tus hijos? - balbuceó Karamatsu.
- ¿Qué era lo que esperaban? Era obvio que si uno de ustedes echaba a perder su vida sólo por irse a vivir con un sujeto, estaría defraudado. Es una pena...
- ¿Ese es el problema? - dijo Karamatsu.
- Papá, lo que Todomatsu haga no es culpa tuya. Él ya es un adulto como todos en esta casa y sabe tomar sus decisiones. Si el problema es que a Todomatsu "no lo criaste así", puedes olvidarlo. Porque, a pesar de que a todos nos criaron igual seguimos siendo todos diferentes... - opinó Ichimatsu.
- Papá, por favor escucha a mis hermanos. Necesitamos ayuda tuya, no podemos ayudar a Totty nosotros solos - suplicó Jyushimatsu.
- No lo entiendo... ¿Cómo pueden perdonar a su hermano después del terrible comportamiento que tuvo? Todomatsu no es normal... Nunca lo ha sido.
- ¡Papá, no digas eso! - exclamó Osomatsu.
- ¿Qué, Osomatsu? ¿Tienes algo que decir? Lo que habías dicho aquel día no es diferente a lo que acabo de decir - riñó Matsuzo.
- Ya lo dije varias veces... No estaba pensando. Y no me había dado el tiempo de meditarlo, y me di cuenta de que me equivoqué. ¡Cometí muchos errores! Por eso, ahora sólo quiero ayudar a mi hermanito con lo que pueda - aclaró el primer hijo.
Matsuyo estaba observando desde las escaleras la escena, aunque no podían verla a ella.
- Todomatsu debe reflexionar acerca de lo que ha hecho mal. Tarde o temprano volverá. Este era el lugar donde mejor le podía ir...
- Papá... - Choromatsu intentó hablar con su padre pero fue interrumpido.
- Choromatsu, déjalo. Nada de lo que digan va a hacerme cambiar de opinión. ¿Cómo podríamos decírselo a los demás? El simple hecho de que tenga esas preferencias ya le ha arruinado gran parte de su vida. No, más bien, le ha arruinado la vida. Todo lo que hicimos por él no fue más que una pérdida de tiempo y esfuerzo...
- ¡Papá! ¡No digas eso! ¡Totty es una buena persona! - Jyushimatsu alzó considerablemente la voz.
- ¡Ya basta! Ustedes están peor, por prestarle tanta atención a un necio como él. Muchachos, Todomatsu necesita ayuda. No es como todos nosotros, él está... enfermo. Y no necesitamos comprender nada. Él debería siquiera sentir algo de empatía por nosotros. Sin necesidad de que hagamos algo ya volverá. Pronto se le ofrecerá, así como esta vez vino a casa. Así que pueden quedarse aquí sin hacer nada, como siempre hacen.
- ¡Pero, pa...! - Karamatsu fue interrumpido.
- Esta es mi última palabra, adiós. Llegaré tarde al trabajo.
Dicho esto, el hombre salió de la casa.
- No puede ser... - balbuceó Choromatsu, e Ichimatsu lo miró con impotencia, así que se limitó a posar una de sus manos en su hombro.
- Qué porquería... ¿Cómo todo se volvió así? - bufó Osomatsu.
- Osomatsu nii-san.
- ¿Qué, Jyushimatsu?
- Gracias por... decir lo de antes.
Osomatsu frunció el entrecejo.
- Ah, ¿eso?
- Sí - Jyushimatsu asintió. - Me da la sensación de que has cambiado para bien. ¡Gracias, hermano! Necesitábamos de ese hermano mayor.
Osomatsu un poco ruborizado sólo se frotó la nariz con su dedo índice como le era costumbre, desviando la mirada.
- No se preocupen, brothers. Lo seguiremos intentado.
- Así será - afirmó Ichimatsu, decaído.
Matsuyo apretó los dientes y se encerró en su habitación. Más tarde salió de compras al mercado local; no era el mejor clima, pero lo haría antes de que la lluvia llegase de nuevo. Todos ordenaron sus cosas, se vistieron con sus sudaderas o alguna otra chamarra por encima y después de su madre, quizá como por una hora, salieron a tomar algo y quizá también irían a comer cualquier cosa por ahí.
La casa quedó sola.
El tiempo pasaba lento aquel día para todos, y más para Atsushi que se encontraba en aquella oficina gris y fría desde temprano, y que seguramente abandonaría hasta la madrugada de nuevo.
Parecía como si todos le llevaran la contra. Todomatsu apenas abrió sus ojos estando acostado boca arriba y sintió un nudo en la garganta que le provocó algo de dolor. Tomó su celular y lo revisó.
Miles de llamadas pérdidas de sus hermanos. Revisó nuevamente, y además de llamadas, mensajes que no se molestó en abrir. Temía que hubiese algo escrito ahí que pudiese desear no haber leído...
Aunque algunos le llamaron la atención. Había algunos mensajes de Sacchi y Aida; como si se hubiesen puesto de acuerdo para enviarle un mensaje al mismo tiempo. Le preguntaban que cómo estaba, o en dónde, qué hacía, cómo le iba, cómo se sentía...
No tuvo que pensar mucho. Creyó que quizá una respuesta superficial como las acostumbradas estaría bien. Después de todo, no podían verle el rostro detrás de aquella pantalla, ¿verdad? Además de todo, no había nada que alguien pudiese hacer para ayudarle...
"¡Estoy bien! Muchas gracias por preocuparse".
Cualquier cosa bastaba.
Se enderezó, pues ya era tarde. Tenía que comer algo y seguir con el día. Pero, ¿qué haría?
Se lavó los dientes y cepilló su cabello.
Al ir a la cocina se sentía culpable por intentar tomar algo para comer, además de que no tenía mucha hambre. Tomó una pera del frutero solamente, quizá con eso bastaría hasta mucho más tarde.
Era un día normal como los anteriores, aunque aburrido y triste. Como solía ser y lo había sido las últimas semanas.
No podía dejar de pensar: "¿a qué hora llegará Atsushi-kun a casa? ¿Cómo estará?".
Pero fuera de eso, se sentía vacío. Y no creía que Atsushi lo necesitara para nada. Después de todo él ya había vivido varios años solo. Casi toda su vida, a diferencia de él que siempre había estado junto a sus excéntricos hermanos.
No hacía falta. Por ende, estaba de más ahí.
Se sentía roto. Haciendo de lado la pésima situación con su familia, al ver la fría mirada de Atsushi sentía que se le ponía la piel de gallina y los pelos de punta. Nunca lo había visto así.
Su relación comenzó de la nada, como algo mágico y bonito, pero poco a poco aquel apegó se deterioró.
Conforme pasaba el tiempo se sentía un poco más distante. Y aunque debía ser lo contrario, había algo ahí que no lo dejaba ser él.
Como siempre, sacó al pajarito blanco de la jaula y jugó un rato con él. Era su único amigo, en las buenas y en las malas...
Acarició su suave plumaje, y después de algunas horas, lo encerró de nuevo. Se tiró un momento en la cama.
Creía y sabía que no debía de estar ahí, pero no le importó. Se metió en la cama, se enrolló en las sábanas blancas y agachando su cabeza lloró.
Se sentía muy impotente ante todo aquello que le estaba sucediendo. No sabía qué hacer, y no sabía cómo actuar. Estaba muy asustado, todo le aterraba.
Tenía miedo de decir algo y volver a meter la pata como ya lo había hecho anteriormente, o de callar algo y de igual manera echar a perder las cosas.
No estaba seguro acerca de lo que debía hacer y eso ya no le permitía pensar correctamente.
No estaba feliz con la vida que estaba llevando y al estar abrumado no hacía más que deprimirse en silencio y soledad.
Los hipídos pronto aparecieron y aunque no le permitían respirar bien, no hizo el esfuerzo mínimo por callarlos. Temía llorar a cántaros y sollozar sin temer por que alguien lo escuche...
Nunca lo hacía por vergüenza hacia el mismo, y la posible repugnancia que le podría provocar a su consciencia, pero esta vez se dio el lujo se hacerlo. Se dio el lujo de llorar todo lo que quería, y lo que pudiera. Dejaría que las lágrimas empaparan su rostro con libertad. Permitiría que aquellos lamentos y gemidos de pena y dolor salieran de su garganta hasta que se secara y no quedara más que dolor en ella...
Se aferró a las sábanas y lloró mucho tiempo más.
Había momentos en los que se calmaba, y de repente cuando cualquier otro recuerdo vago pasaba por su cabeza, los sollozos volvían de nuevo.
Su nariz y mejillas se tornaron rojas, al igual que sus irritados ojos de bonito color miel.
Después de estar varias horas llorando y ahogando las penas, se levantó de la cama.
Aún había luz entre las nubes, pero parecía que pronto llovería. Una extraña combinación, pues los rayos del sol se abrían paso imponentes entre las grisáceas nubes.
Salió al balcón a sentir la brisa fresca. Levantó su vista hacia el cielo mientras se sujetaba del barandal, con sus ojos cerrados. Inhaló y exhaló el aire helado.
Después volvió tranquilo adentro.
Tendió bien la cama sin dejar rastro alguno de que había estado ahí. Limpió todo lo que había desordenado.
3:32 pm.
Caminó por toda la casa inquieto, pensando en todo y a la vez en nada...
Se quedaba en ratos viendo hacia el suelo, fijamente a sus trémulos pies, y otros mirando a su celular deseando llamar a alguien, pero no lo haría.
Sin poder hacer nada más, aunque era temprano, preparó la comida para Atsushi. No podría evitar que se enfriara, pero al menos trataría de mantener un poco calientita la comida. Sirvió la comida en una caja para almuerzo y la envolvió en una furoshiki cuidadosamente.
Cocinó algo de arroz con curry, y aunque era algo muy sencillo, sabía que a Atsushi le gustaba mucho, así que lo hizo con mucho cariño.
Colocó la cajita en la mesa color marrón y se retiró. Era algo precipitado, pero no podría esperar por mucho a Atsushi...
Se quedó estático en el pasillo.
Se tronaba los dedos de las manos con nerviosismo, y después sin tener una razón fue a la oficina de Atsushi. Bajó por las escaleras sin ninguna prisa y buscó entre los papeles.
Se sentía muy sola aquella habitación. Movió algunas cosas sin desordenar nada. No sabía que era lo que hacía y no sabía por qué lo hacía...
Pero, deseaba encontrar algo incluso en el último momento. Algo que no supiera, para bien o para mal. Algo que lo pudiese hacer sonreír, pero nada.
- Es cierto. No tienes nada que ocultarme, Atsushi-kun.
Susurró para sí mismo poniendo una mano en su frente con pesar. Atsushi y el ya llevaban más de medio año saliendo y aún así parecía que todo pasaba demasiado rápido. Temía que aquellos momentos jamás volvieran... Y en ese plazo de tiempo, Atsushi logró mostrarle y enseñarle todo sobre él. Pero, Todomatsu no podía y no se dejaba.
¿Por qué? Todo por miedo.
Se sentó en la silla frente al escritorio y dejó reposar su cabeza sobre éste, recargándose a su vez con sus brazos cruzados.
Tomó su celular de nuevo, y miró aquella fotografía que se había tomado con Atsushi. Apenas torció un poco los labios al verla. Suspiró y presionó el celular contra su pecho, como si estuviese abrazando a su amado.
Tomó una hoja que salía de una carpeta. Al parecer era el horario de trabajo de Atsushi, que por lo que se veía no era respetado. Seguramente llegaría hasta la madrugada.
Pensó por unos segundos y se enderezó. Tomó una hoja de papel y un bolígrafo.
Escribió algo en ella. No duró mucho.
Después acomodando todo tal y como estaba salió cerrando la puerta despacio, con la hoja en mano. También, dejó su celular dentro de la oficina, sobre el escritorio.
Fue y acomodó la hoja en la mesa de la cocina, justo al lado de la cajita con comida que había preparado momentos atrás. Creía estar seguro de que Atsushi la vería.
Se dirigió a la entrada, y estando justo en frente del recibidor se colocó un abrigo algo grueso y sin llevar nada más consigo sujetó la chapa de la puerta para abrirla, pero algo no le permitió hacerlo.
Estaba olvidando algo.
Subió un poquito apresurado hasta el último piso y sacando al ave de la jaula, Pichi, le dio un beso en el lomo sujetándolo con las dos manos. Se dirigió al ventanal, abrió, caminó hasta el balcón, y abriendo sus manos gentil y lentamente, permitió que el ave emprendiera vuelo.
- Supongo que... al mantenerte aquí encerrado te sentías igual que yo. Lo siento, no fui capaz de comprender…
Perdió de vista al pajarito entre las casas y árboles. Nunca lo volvería a ver.
Cerró el ventanal. Pasó cerca de un espejo que había en la sala, y al verse apartó la mirada con desagrado.
De nuevo caminó hasta la entrada y echando un vistazo al interior de la casa, melancólico, cerró la puerta. Caminó hasta el portón y sin voltear de nuevo atrás siguió su camino.
De ser posible le gustaría ver a Atsushi en aquel momento, pero claro estaba que no se podría. Y no podía esperar, porque al verlo estaba seguro de que su corazón se rompería más. Y no sabía que debía decir para reparar algo tan grave como un: "Si no te hubiese conocido".
Estuvo fuera de aquella casa. El aire se sentía grotescamente helado. La casa estaba realmente cálida a comparación de afuera, y aunque sentía aquel frío hasta sus huesos, no volvió.
Había algo que debía hacer.
