Code Geass: Bloodlines

Capítulo once:

Lazos de Sangre (parte I)

El interior del Lombarghini era mullido, cómodo, frío y luminoso. Los asientos estaban forrados con cuero negro. El aire acondicionado estaba prendido a su máxima potencia. El exterior se veía a oscuras por los cristales ahumados. Lelouch se deslizó en el asiento frente al presidente Schneizel que se estaba sirviendo un Paul Masson en su copa redonda.

—Bien, ¿ya puedo saber por qué el presidente de Britannia Corps me honra con su presencia?

El aludido ingirió un trago. Sin prisa. Colocó la copa encima del minibar a su izquierda. Sacó un sobre de manila y se lo tendió. Lelouch lo agarró y abrió con cierta suspicacia.

—Mis palabras no lo explicarán mejor que esto. Las muestras de sangre usadas fueron la que había en las gasas cuando te cortaste y la de unos exámenes médicos del presidente Charles.

—Me hicieron una prueba de ADN a mis espaldas —masculló Lelouch y levantó la mirada del papel en sus manos hacia el presidente.

—No es ilegal —aclaró el presidente Schneizel tranquilamente.

—Fue sin mi consentimiento —indicó Lelouch con voz contenida.

—No lo hubieras aprobado —se justificó—. Dudaba que hubieras comprendido la urgencia de comprobar esta información. Espero no te ofendas, hermanito.

La nota dulce en la voz del presidente Schneizel repugnó a Lelouch. A leguas era falso. Como su persona. Al principio, sus ojos recorrieron las palabras despacio; mas, a medida que Lelouch iba entendiendo todo, acelaraba el ritmo de la lectura. Era tal su ansiedad por llegar a la siguiente línea que apenas alcanzaba a interpretar el sentido de la que estaba leyendo. Empalideció terriblemente. De pronto, sus dedos se contrajeron estrujando el papel y lo arrojó con violencia.

—¡Es un truco! ¡No es posible!

—¿Por qué no? Lelouch, ¿quién es tu padre? ¿Qué te dijo Marianne? —indagó el presidente Schneizel inclinando la cabeza como los adultos solían hacer cuando adoptan una postura condescendiente con sus hijos o hermanos pequeños. Lelouch frunció el ceño en respuesta—. Me resulta curioso. Pudiste deshacerte de tu identidad por previsión, pero no te ocultaste. Supongo que planeabas exponer tus intenciones en el devenir, ¿por soberbia quizás? Para que estuviéramos al tanto del nombre del autor de nuestras desdichas venideras —tanteó él. Hizo una pausa para beber otro poco de su vino—. «La sangre atrae a la sangre». Así dijo Macbeth. Literalmente en este caso. Sino fuera por la muerte de Marianne, no hubieras venido hacia nosotros para vengarte y yo no sabría que tenía un hermano —razonó, girando su copa distraídamente—. Es un dilema espantoso. Nuestros objetivos nos ubican en lados opuestos del tablero. Como el sucesor del jefe de familia y actual presidente de Britannia Corps, es mi obligación proteger lo que pretendes destruir; pero, eres sangre de mi sangre y yo debo apegarme a nuestro lema y si está a mi alcance la solución pacífica optaré por ella. Te extenderé mi oferta una vez más. Acéptala y no solo tendrás un puesto en nuestra firma, tú y Nunnally vivirán y serán tratados y respetados como miembros de los Britannia. Ya que no reside en mí el poder para hacerlos mis hermanos por la vía legal ni devolverles a su madre, los haré formar parte de su familia verdadera, como tuvo que haber sido, adoptándolos informalmente…

—Mi única familia es Nunnally —interrumpió Lelouch con los dientes prietos.

—…A cambio, desistirás de tu venganza —prosiguió el presidente Schneizel desatendiendo la réplica de su hermano—. Sé que eres razonable y no intentarás atacar a tu propia sangre…

—Mi sangre clama por justicia y voy a tomarla como sea —declaró Lelouch arrastrando las palabras por lo bajo, asegurándose así de articularlas con claridad para no repetirse—. No vine a esta ciudad para negociar con usted, vine para hacerles una advertencia…

—Te lo ruego, Lelouch. No permitas que tu orgullo obnibule tu juicio. No son tus acciones las que deben preocuparte. Son las consecuencias devastadoras y los alcances reales sobre los que debes reflexionar —señaló el presidente, muy serio, como nunca en su vida—. No te gustarán. Créeme —alzó la voz en ese término—, aun si no quieres. Estás peleando una guerra perdida —insistió él. Esta vez el dolor matizaba su voz—. En este mundo no existe la justicia…

—Sino existe, ¡la crearé! —siseó Lelouch con fría determinación. Por una ráfaga de segundo, el presidente Schneizel sintió la espada de la justicia atravesarlo como sus orbes violetas se clavaban en sus ojos—. Convertiré tu cuidad en mi corte y yo presidiré. ¡Mi justicia juzgará a los corruptos de forma implacable y furiosa!

Se hizo un silencio sepulcral que duró una eternidad. El rostro del presidente se había tornado una máscara dura. Le creía. Lelouch tenía el puño crispado sobre el muslo y la espalda pegada fijamente sobre el respaldo, resguardándose de la luz, lo que ensombreció la mitad de su cara, aunque sus ojos fulgorosos sobresalían en la oscuridad. Ninguno rompió el contacto visual.

—Temía esto. Lo lamento —susurró el presidente de Britannia Corps y por el modo en que lo decía daba la impresión de que de verdad lo sentía en su corazón.

—Si eso era todo, me voy. No tengo más de qué hablar con usted.

Lelouch salió del coche temblando por efecto de la violenta conmoción que la noticia produjo en él, mezclada con una intensa cólera y algo de euforia. Lelouch se subió a su auto y lo puso en marcha. El motor rugió al encenderse. Giró en redondo y embistió la autopista con rudeza.

«¿Cómo Charles zi Britannia puede ser mi padre?». Lelouch exprimió sus sesos en busca de recuerdos de su niñez con su padre. Fracasó rotundamente. Se acordaba de que su madre había llegado a hablarle de él en algunas ocasiones porque, como todo niño, tenía curiosidad en saber cómo era. Siempre ella se había referido a él como un hombre inteligente, determinado y admirable y añadía que se le parecía bastante, lo que lo había llenado de orgullo. De algún modo, había sido su modelo a seguir. «¡¿Qué puedo tener en común con esa escoria?!». Lo peor era que entre más vueltas le daba, más le parecía posible. Eso lo asqueaba profundamente.

Lelouch bisbiseaba maldiciones inteligibles. A cada rato, aumentaba la velocidad pisando el acelerador hasta el fondo y de vez en cuando golpeaba el volante, iracundo.

«¡¿Por qué no tengo recuerdos de mi padre?!». Por largo tiempo, su memoria prodigiosa había sido objeto de su vanidad. Podía recordar detalles que nadie más podía. No tenía sentido que su mente se pusiera en blanco cada vez que intentaba pensar en él, como si lo hubiera olvidado por completo. «¿Será que jamás compartimos momentos juntos?».

Absorbido por sus pensamientos, Lelouch casi chocó contra un auto. Se desvió oportunamente. Los neumáticos chirriaron contra el asfalto. Con gran agilidad, Lelouch sorteó los vehículos que pasaron a su lado. El velocímetro rebasaba los cien kilómetros por hora.

De cualquier manera, el abandono era el menor de sus problemas. «¡Mi padre mandó a matar a su amante y a sus hijos sin miramientos!». Solamente una cosa era aún más horrible que la clase de persona que era su padre: su plan. ¿Podría seguir adelante, incluso sabiendo que iba a estar con su medio hermana? De golpe, lo invadió la sensación pavorosa de que un objeto cortopunzante atravesó su ojo izquierdo. «¡No! ¡No ahora una jaqueca!». Lelouch se presionó el ojo como si eso fuera a contener el dolor.

Deseaba con todas sus fuerzas llegar a casa, darse un baño, pararse bajo el agua caliente por horas, enjabonarse con lentitud, sentir la espuma descender por su piel blanca, volver a estar limpio e inmaculado. Eso hizo, en efecto. El agua se regó por su espalda, sus hombros anchos, su pecho, su rostro, enrojeciendo su piel. No obstante, ni toda el agua del más inmenso océano podía lavar el nefasto pecado que había cometido. Lelouch salió de la ducha. Pasó la mano por el vidrio empañado del espejo y encaró la imagen que allí estaba aguardándolo. Lo acometió una sensación monstruosa. Su propia imagen se le hacía insoportable. Cerró las manos, descargó un grito aterrador y estrelló su puño contra el reflejo. El espejo se fragmentó en una telaraña. A pesar de que algunos pedazos de vidrio se habían incrustado en sus nudillos, no sintió dolor alguno en su mano ni sus ojos se apartaron del espejo. Este le devolvió una imagen rota de sí mismo. Por fin, un espejo le estaba enseñando algo real.

C.C. recién había vuelto de hacer unas compras. En unas noches, entrarían en fase de luna creciente, lo que era perfecto para llevar a cabo un ritual de prosperidad. Nada más le faltaban hojas de laurel y dientes de ajo. Tenía los demás elementos guardados en un armario. Justo al cerrar la puerta, escuchó el grito de Lelouch y un crujido. Temerosa, dejó todo lo que había comprado y corrió hacia donde procedía el grito. Halló a Lelouch en el baño sentado en el retrete, cabizbajo y con los brazos colgándole a ambos lados del cuerpo como un muñeco de trapo. Descalzo y semidesnudo. Alrededor de su cintura se había enrollado una toalla. Oteó la brillante sangre brotar de su mano y el espejo roto y ató los cabos. Enseguida, fue a traer el maletín de primeros auxilios, arrimó la papelera y se arrodilló a sus pies. Examinó la herida y comenzó a retirar las esquirlas con unas pinzas con movimientos rápidos y seguros. Lelouch fruncía la boca a duras penas, en respuesta a los leves aguijonazos.

—Tú no eres de los que hacen destrozos cuando se cabrea. ¿Qué pasó?

Tic, tic. Las esquirlas las iba botando una tras otras en la papelera. Él perseveró en su mutismo, lo que motivó a C.C. a echarle un vistazo rápido —no quería distraerse. Notó que tenía la mirada extraviada, como si estuviera sumido en un estado catatónico.

—Es mi padre —soltó—. Charles zi Britannia es mi padre. Schneizel me mostró la prueba. Usaron como muestra la sangre de las gasas que me dieron la noche que fui a cenar con ellos.

C.C. vaciló unos instantes, pestañeó y retomó el trabajo. Tic, tic.

—¿Y qué hay con eso? —preguntó, impávida.

—«¿Y qué hay con eso?» —jadeó, escandalizado—. Mi padre mandó asesinar a mi madre y a sus hijos. ¡Yo follé con mi hermana! ¡C.C., tengo sentimientos por ella!

—Sabías que habría riesgos y que enfrentarías obstáculos.

C.C. había terminado de extraer los cristales. Iba a agacharse para hurgar en el maletín cuando él capturó su muñeca impidiendo que retirara su mano de la suya. C.C. subió la cabeza. Sus miradas se cruzaron. Había tanto coraje y tanto dolor en aquel hermoso rostro trastornado por el sufrimiento que algo en ella se agitó.

—No que la sangre de mi enemigo corre en mis venas —murmuró con voz contenida—, ¡¿no lo entiendes?! Esto lo cambia todo. Mi plan era casarme con Euphemia y destruir a Britannia desde adentro. ¡¿Cómo voy a pasar la noche de bodas con ella fingiendo que no es mi hermana?! —la interpeló. Lelouch desafinó, sin querer—. ¿Cómo me consta que Schneizel no le está diciendo ahora mismo nuestro parentesco?

C.C. asintió con la cabeza. Puso su mano sobre la suya y se la apretó con cariño.

—De la misma manera que entraste a su vida: con arrojo y decisión. No te tortures por lo que no puedes cambiar. ¡Lo hecho, hecho está! —susurró C.C., doblando los labios en una sonrisa dolorosa. Se inclinó, sujetó su nuca y apoyó su frente contra la suya—. Hiciste lo que tenías que hacer para traer justicia a tu madre y a tu hermana. Discúlpame. No entendía lo duro que era para ti —se separó un poco y lo atrapó con sus ojos ambarinos—. Ahora que sabes esta verdad, te toca hacerte la misma pregunta que tantas veces formulaste a otros: ¿qué es lo que quieres?

Por un eterno lapso, bebieron sus miradas. La angustia que había poseído a Lelouch empezó a disolverse tan pronto penetró en el significado de la pregunta. Acabó sustituida por una fría calma que puso en orden sus ideas. Fue como si hubiera recordado su motivación.

—Justicia —susurró él con harta seguridad. Se puso de pie bruscamente y atravesó el umbral. C.C. lo siguió con la mirada. Luego con los pies—. Yo le prometí a Nunnally que iba a traer justicia para nuestra madre. Si abandono todo a estas alturas, habré abortado años de cuidadosa planeación y preparación —recalcó. Sus pasos lo trasladaron a su habitación. Se volvió a las ventanas panorámicas que mostraba una preciosa vista de los edificios a contraluz de una pacífica tarde anaranjada que demudaba al rojo. En medio de todo, se erguía una imponente infraestructura de color blanca que llegaba a rascar las nubes—. Nadie siente temor por la justicia. Todos la conciben como benévola y mesurada. No es la visión que tengo. La justicia no puede ser sino dura como el hielo y ardiente como el fuego y haré que todos piensen igual —juró Lelouch—. Ese edificio que está ahí representa el poder y la riqueza que mi enemigo y sus ancestros han acumulado por generaciones. Por ese edificio, mi madre fue asesinada y Nunnally y yo casi perecimos con ella. Lo destruiré. Ya lo verás, C.C. Pondré fin a la dinastía de los Britannia destruyendo su legado —siseó con un acento lúgubre. C.C. vaciló. No estaba segura si lo decía en el sentido literal o metafórico del término. Lelouch perfectamente era capaz de soltar tal declaración con cualquier sentido. Y antes de que ella alcanzara a preguntar, él cambió de tema—: un aspirante solicitó el puesto de secretario, por cierto. Se llama Rolo Haliburton. Sospecho que es un espía. ¿Tengo razón?

—Sí —confirmó—. En realidad, es un asesino a sueldo. Schneizel lo contrató para vigilarte y deshacerse de ti si era menester.

—Bien. Ya lo contraté —sonrió Lelouch con aire divertido—. Me será útil. Planeo volver el arma de mi hermano en su contra.

—La vieja jugada: «mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos más cerca», ¿no? —se rió—. ¿Cómo lo descubriste? No pudiste solo mirarlo y sospechar.

—Nos habíamos visto antes. En el hotel en que mataron a nuestro testigo. Por supuesto, no se me ocurrió que él había sido el asesino y solo empecé a sospechar cuando nos encontramos hoy —contestó a secas. Cambió de tema—. ¿Comprobaste que la información que me dio nuestro amigo Asprius era cierta?

—Todavía no. Casi, casi. Yo te avisaré cuando lo haya hecho. De quien si ya tengo algo es sobre el sujeto que arrolló a la madre de Kallen Stadtfeld.

—Perfecto. El período de pruebas de Kallen está por completarse. Sé que ella no me decepcionará.

—¿Así lo prevees?

—Confío en ella —aseguró, echándole una mirada—. Últimamente he sentido confianza.

C.C. sonrió de oreja a oreja. Satisfecha. La confianza era una fuerza poderosa, aunque voluble. Por eso mismo, Lelouch prefería guiarse por sus instintos antes que depositar su confianza en otros. Le agradaba escucharlo con un aire optimista. Sabía que sus miedos no podían socavar el odio que llevaba años cociéndose en su corazón y que ella simplemente atizó. El odio era un sentimiento vivo y caliente como el fuego. Pero el odio de Lelouch era gélido, aunque igual era capaz de quemar. El corazón es una flecha que apunta hacia lo que quiere y el corazón de Lelouch sabía muy bien qué era lo que quería y estaba encaminando a su dueño hacia la destrucción de Britannia Corps.


Las conversaciones con Lelouch resultaron como había presagiado: un rotundo fracaso. Dios sabía que lo intentó. Nadie salvo él podía comprender la bondad y la sinceridad de sus intenciones. Le abrió los brazos para recibirlo en su familia y, a su vez, resarcirlo por el gran error de su padre. Le advirtió que saldría más afectado por sus acciones directas que sus propios objetivos. Le pidió medir las consecuencias que entrañaban sus planes. ¡Por todos los medios él trató de extinguir la llama de venganza en su corazón! Pero no había nada que hacer. Era muy tarde. Su cólera lo tenía cegado completamente. Su odio lo enloqueció. Sus ojos eran un profundo abismo oscuro. Era su mayor miedo. Su pequeño hermano no estaba ahí. Estaba un monstruo. Lelouch Lamperouge era un cascarón vacío y lo que sea que lo habitaba y lo hacía moverse y hablar amenazaba a su familia. Iba a necesitar que la divina providencia lo dotara con la fuerza para protegerla. Schneizel retornó a la mansión. Alicaído. Cruzaba el gran vestíbulo para subir por la escalera cuando, al alzar la cabeza, notó que arriba estaba la dulce Euphemia. Sus hermosos ojos lilas eran insondables. No sonreía. Su rostro era serio y su postura, aplomada. La luz de la lámpara de cristal colgante hacía ver más blanca y brillante su piel. Pese a que aquel último efecto se debía más por el cuadro de la Virgen María detrás de ella.

—¡Euphie!

—Sé lo que sucedió hace diecisiete años —espetó Euphemia—; sé que perseguiste al abogado Lamperouge y su hermana cuando eran niños para asesinarlos; sé que ellos son mis hermanos; sé que enviaste a un subalterno para espiarme y sé que tú sabes que lo sé todo.

La mujer bajó unos peldaños para observar su rostro. Con todo, seguía estando por encima de él. El estupor de Schneizel era inexpresable. Se engañaría a sí mismo si afirmaba que no predijo aquel diálogo. Lo que ignoraba era cómo iba a mantenerlo.

—Quieres una explicación.

—No —disintió Euphemia con la cabeza—. Te busqué para revelarte mis intenciones porque no me gusta ocultarme como si estuviera haciendo algo malo y porque quería que tuviéramos una conversación sincera por una vez —explicó con tesón—. Voy a reunir evidencia que demuestre el asesinato de Marianne Lamperouge y la corrupción de Britannia Corps y se la voy a entregar al fiscal Kururugi para que el abogado Lamperouge y su madre consigan la justicia que ustedes le arrebataron.

—Vas a traicionar a tu familia —sintetizó Schneizel, apenas separando los labios.

—Si eso es hacer lo correcto, sí —confirmó a su pesar.

Las facciones de Schneizel se endurecieron. Debía ser fácil para ella, desde esa alta posición, juzgarlo. Subió dos escalones para ver más allá de su barbilla solemne. Se agarró del pasamanos en el proceso.

—Los negocios no son limpios, Euphemia. Son como los cultivos. Tienes que ensuciarte de tierra y a veces no te queda más remedio que utilizar abono hediondo y pesticidas venenosos para que tus semillas crezcan y obtengas las frutas —ilustró, mirándola directamente—. Son negocios de miles y miles de dólares que ganamos gracias a esos fertilizantes. Si lo piensas, no hicimos nada ilegal, fueron favores a colaboradores de nuestro campo.

—Te dije que no quería explicaciones —aclaró—. Entiendo por qué lo has hecho, y no puedo aprobarlo. Si te viste en la necesidad de justificarte es porque tu conciencia está intranquila.

Aquella sentencia provocó que Schneizel tensara la mandíbula. Instintivamente, apoyó el pie derecho en el escalón debajo. Estaba pálido por la furia y el dolor.

—¿Estás decepcionada de mí? —preguntó Schneizel luchando por guardar la compostura—. No soy el hermano perfecto que creías que era. Sí. Soy muy humano. Es una excusa patética, pero te estoy hablando con la verdad. No soy el primer Britannia con las manos sucias ni fui quien empezó todo.

—No me interesan nuestros antepasados, me interesas tú. Podías haber sido diferente. Y no estoy decepcionada precisamente. Estoy triste. Mi hermano ha roto mi corazón de formas que ni sabía que existían.

El tono de su hermana era calmado. No era incisivo ni duro. Ni débil. Sin embargo, su mirada estaba llena de absoluto desprecio. Fue una sensación pasajera y se le quedó grabada en su mente.

—Perdóname —suplicó casi imperceptible.

—Tú eres quien debe perdonarse a sí mismo y es a Lelouch quien debes ofrecer disculpas. No a mí —gimió Euphemia, que continuó bajando las escaleras. Schneizel tragó saliva—. Me es imposible odiarte. Eres mi hermano y lo seguirás siendo, por lo que de lo único que recibirás de mí de ahora en adelante será mi indiferencia.

—Si no te he decepcionado ni vas a perdonarme, ¡si esta es la ruptura definitiva de nuestros lazos! Al menos, permíteme despedirme con un beso.

Schneizel acortó el espacio que lo separaba de Euphemia subiendo despacio los escalones hasta quedar prácticamente a la misma altura. Tomó su cara entre sus manos y besó su frente con dulzura. Sus labios estaban fríos. No hicieron estremecer a Euphemia. Cuando se apartó, lo flageló el desdén que había visto desde abajo. El semblante de ella era impasible. Después, lo rodeó y bajó las escaleras. Schneizel permaneció estático. Su asistente, que había presenciado parte de la acalorada plática, se le acercó discreto. Fingiendo no haber visto nada, le preguntó:

—¿Ícaro?

—Ícaro —corroboró Schneizel, acariciando el anillo en su mano—. Hizo su elección. Vendrá por nosotros. No tengo opción, Kanon. Mi sangre me obliga a responder por los pecados de mi padre. Juré proteger el legado de mi familia, ante todo. Y lo haré. Será como él desea.

Al término de su frase, condujo las manos detrás de su espalda. Entretanto estuviera sentado en la silla del presidente, ni un huracán ni Dios derrumbaría a Britannia Corps. Estaba listo para atender el llamado de guerra.


Sobrevino el día del juicio. Y el Dr. Asprius le devolvió a Lelouch su grabadora por correo a su bufete. La reprodujo hasta el hartazgo en la soledad íntima del búnker secreto. Una sonrisa petulante vagó por sus labios. Era la confesión que anhelaba escuchar. Cuando pensó que ya se había excedido de mimar su ego, se levantó y dibujó una «X» roja sobre la foto del doctor en su pared de relaciones. Cerró el marcador, se colocó su chaqueta y fue en su coche al prestigioso Palacio de Justicia, el juzgado más importante de Pendragón y donde acordó reunirse con Kallen. Rolo y Tamaki también asistirían en calidad de espectadores. Lelouch quería que el nuevo secretario empezara a familiarizarse con el oficio y pensó que esta sería una buena ocasión para hacer las presentaciones formales con el resto de miembros del bufete. Después de todo, su bufete era un equipo unido y quería contagiar al nuevo con el espíritu de camadería (y Tamaki era el hombre indicado para la tarea). Eso sin mencionar que deseaba que mucha gente observara el desenvolvimiento del juicio. Lelouch, a la vez, contactó a Luciano por vía telefónica y confirmó su presencia. Todo estaba alineándose según sus planes.

Lelouch y Kallen coincidieron en el pasillo frente a la sala de audiencias. Lelouch observó con agrado que Kallen vestía una chaqueta y un pantalón negro ajustado y una blusa lavanda, cuyo delicado escote dejaba asomar su brassiere negro. Estaban combinados, pues él llevaba una corbata púrpura y un traje negro. Pudiendo hacer el comentario, prefirió reservárselo y regalarle una sonrisa traviesa.

—¿Preparada para regresar al trabajo, charlatana? —la saludó con sorna.

—Siempre lo estoy —respondió, lacónica—. ¿Qué demonios te pasó en la mano?

Su mano derecha estaba vendada y, por supuesto, ella se percató.

—Me corté con la navaja de afeitar —mintió, cubriéndose con su otra mano—. ¿Entramos?

Lelouch realizó un amago de invitación extendiendo su brazo hacia ella, rozándole la cintura sin querer. Ella dio un respingo al sentir una corriente recorrerle el cuerpo. «¿Qué carajo…?». El aire alrededor debía estar cargado eléctricamente. Meneó la cabeza con energía y penetró en la sala. El hombre la siguió a posteriori. Los fiscales ya ocupaban sus posiciones. Anya le envió una mirada furtiva a Lelouch, la cual correspondió de igual forma. Entretanto iba llenándose la sala, un policía le abrió una puerta al Dr. Asprius que pasó a sentarse junto a sus abogados, quienes estaban repasando sus notas. Parecía estar pensando en las musarañas. Todavía estaba bajo el influjo de su estado de ánimo en su conversación con Lelouch: enajenado e intranquilo. Aquella sala disponía de asientos en un piso de arriba. En uno se tendió Suzaku. Había hecho un hueco en su agenda de fiscal para presenciar el juicio. Cualquier duda del encuentro entre su colega y su mejor amigo se resolvería allí. Rolo y Tamaki se decantaron por sentarse en la parte baja.

—¿Primera vez en un juicio? ¡No te preocupes! —exclamó Tamaki, propinándole un codazo amistoso a Rolo—. Yo te indicaré lo que va sucediendo. Sé todo lo que hay que saber porque soy el asistente de Lucho —afirmó—. Te ves joven, te calculo veinticinco, yo tengo treinta y cinco años, sí, lo sé, no los aparento; así que seamos hermanos inseparables, ¿vale?

—Sí —musitó Rolo, visiblemente incómodo.

Tamaki le sonrió con complicidad y lo estrechó en sus brazos efusivamente. Siendo un tanto tosco. Para su buena o mala suerte, no era tan avispado como le gustaba aparentar y no reparó que Rolo se había tensado. En esto, Luciano llegó al juicio. Eligió sentarse en una esquina. El juez, el personaje más importante de la corte, hizo su acto presencia al poco rato y pudieron dar inicio a la sesión.

—Observa atentamente, Rolín —le susurró Tamaki al oído—. Van a rechazar la admisión de toda la evidencia.

En efecto. Apegándose a su declaración de inocente del juicio anterior, los nuevos abogados del Dr. Asprius se centraron en eliminar las pruebas una por una. La fiscalía las presentaba:

—…El análisis gráfico arrojó que durante el interrogatorio su presión sanguínea era alta, sus respiraciones eran irregulares y había sudoración —indicó la fiscal Alstreim alzando el papel impreso que aludía—. En la opinión de los poligrafistas, el examinado no fue verídico en sus respuestas a las preguntas sobre el asunto de investigación y no pasa la prueba del polígrafo demostrando que el acusado asesinó a la víctima.

Y la defensa las rechazaba:

—…Un polígrafo está diseñado con el fin de detectar los cambios fisiológicos del organismo en el transcurso del interrogatorio sin decirnos por qué; no está capacitado para detectar una mentira porque no lo sabe por definición —refutó el abogado Lamperouge—. La prueba del polígrafo se administra en un ambiente tenso, por lo que los resultados no tienen credibilidad y, por tanto, no pueden ser admitidos como evidencia.

Los abogados no trataron de desmentir la presencia de su cliente en la escena del crimen. Era un despilfarro de tiempo: las evidencias eran bastantes. Mas la buena relación que había entre el acusado y la víctima les permitió justificar su presencia. Y, tal como le comunicaron en su día, las evidencias eran circunstanciales. Fáciles de desmontar.

—…El día del incidente, el acusado usó su tarjeta de crédito en la gasolinería. Cuesta cerca de $180 llenar el auto que maneja el acusado, pero él gastó $250. ¿Para qué comprar gasolina extra?... —cuestionó el fiscal Waldstein—. El vídeo de la gasolinería muestra que efectuó la compra treinta minutos antes del incendio.

—…El acusado planeaba visitar a su familia en Kaminejima el fin de semana. No hay muchas gasolineras en esa ruta y el camino es muy largo —replicó la abogada Stadtfeld—. Necesitaba tener combustible por si surgía una emergencia.

La mujer le lanzó a su compañero una mirada rápida. Él le dirigió una sonrisa cómplice. Acto continuo, tachó de su lista el recibo de compra y el vídeo de la gasolinera. La fiscal Alstreim, de mala gana, tuvo que hacer lo mismo. No era menester tener conocimientos jurídicos para entender que en aquel momento la balanza se estaba inclinando a favor de la defensa.

Ni el CCTV que fue exhibido luego parecía que iba a salvar los muebles de la fiscalía.

—¿Este es el vídeo de la caja negra? —preguntó el juez entornando los ojos.

—Sí —confirmó el fiscal Waldstein.

—¿No hay uno que esté más claro?

—No, su señoría.

Las imágenes eran oscuras y confusas. En teoría, revelaban a una persona salir de la casa de Sawazaki, subirse a un coche, volver y entrar de nuevo a la casa —lo que suponía que en ese lapso había ido a comprar la gasolina, de acuerdo con el alegato de la fiscalía—; más adelante, aquel hombre retornaba arrastrando lo que parecía ser un cuerpo y salía de cámara. El ángulo no era bueno. Difícilmente se podía distinguir si era el Dr. Aspirius. En consecuencia, el juez tuvo que descartar la evidencia. El abogado Lamperouge intercambió una mirada con el Dr. Aspirius. El hombre, que ya estaba la mar de melindroso, le rehuyó. «¿Sería el último vídeo que la fiscalía mostraría o habría más?».

Empezaron a convocar los testigos al estrado. El ama de llaves, que había dado su testimonio al primer juicio como testigo de la fiscalía, una vez más asistiría, esta vez como testigo de la defensa. La abogada Stadtfeld consintió que su compañero la interrogara. A final de cuentas, era el experto en retórica. Si existía alguien que podía volver las palabras de una persona en su contra era él. Y en ese juicio estaba prohibido equivocarse. El abogado Lamperouge había ordenado a investigarla. Para el poco tiempo que disponían, no se recaudó una información tan exhaustiva ni completa, aunque hubo algo que captó su atención y lo consideró suficiente.

—En su declaración, dijo que había visto a un hombre salir de la casa de la víctima —recontó el abogado. La testigo asintió con la cabeza—. Dígame, ¿cuán lejos estaba de la escena?

—¡Uhm! Quince metros —contestó la mujer tras unos segundos.

—¿Podría describir al hombre?

—Alto, 1.80 probablemente, y corpulento.

—¿Recuerda cómo vestía?

—Tenía un pantalón de vestir, llevaba una bata médica, corbata y una camisa.

—¿Sería tan amable de decirnos cuáles fueron los colores de esas prendas?

—Yo… —vaciló. Guardó silencio, de pronto, cual si fuera hecho una pausa para buscar sus siguientes palabras— …no diferencio bien el color —confesó.

El juez suspiró. Un suave murmullo se produjo en la sala. El abogado esbozó una sonrisa que significaba que había terminado con el testigo. Tamaki era otro que sonreía. Lelouch y Kallen habían trapeado el piso con la fiscalía deshaciéndose de toda la evidencia. El fiscal Waldstein hizo el ademán de levantarse, entonces. Su compañera lo retuvo jalándolo por el brazo.

—¿Qué haces?

—Que tenga una parcial discapacidad visual no la hace ciega, seguro que puede describir que es el Dr. Aspirius de otra forma —susurró el fiscal Waldstein—. ¡La interrogaré!

—¡No! No vale la pena. El testigo ya perdió su credibilidad —disuadió la fiscal Alstreim.

—Pero…

—Confía en mí.

Al fiscal Waldstein le parecía un desacierto garrafal dejar pasar la oportunidad de interrogar a la testigo y reestablecer su credibilidad; pero respetaba a la fiscal Alstreim y confiaba en su criterio. Había trabajado en casos iguales de complejos, de modo que tenía cierta experiencia. Se volvió a sentar con resignación. Por otra parte, Suzaku escudriñaba el juicio con sus cinco sentidos. El rendimiento de Lelouch y Kallen había sido bueno. Sino era excelente era porque la fiscalía estaba rindiéndose de antemano, cual si lo estuviera haciendo a propósito. Aquella dejadez no tenía sentido. Impropio de Anya y Gino. La sensación de mal presagio crecía cada vez en él. Se había previsto que en aquel juicio el traficante de personas comparecería como testigo de la fiscalía. Eso cambió cuando se suicidó en circunstancias extrañas. La policía y sus superiores creían que Zero había ingresado de incógnito para matarlo. Suzaku no era de la misma opinión. Si Zero hubiera querido matar al traficante, lo habría hecho cuando lo tenía en su poder. Su visión de la justicia era retorcida, pero aún se apegaba al sistema judicial al dejar que juzgaran. Fuera de eso, la fiscalía ya no tenía más evidencia. Finalmente, el abogado solicitó al juez llamar otro testigo. Su petición fue admitida. Luciano iba a testificar. Prestó juramento, se sentó y se identificó. La espinita de déjà vu lo jodió de sobremanera.

—Testigo, ¿dónde estuvo la noche del 27 de agosto del 2027?

—Estaba en la Mansión Britannia cumpliendo mi deber como guardaespaldas del presidente Schneizel —contestó, inexpresivo, evitando mirar al abogado—. En algún punto de la noche, el Dr. Aspirius me llamó. Me pidió que viniera. Lo sentí exasperado, por lo que pedí permiso para retirarme y acudí a su encuentro en la casa de Atsushi Sawazaki.

El abogado no se inmutó. Cabía de esperarse que no mencionara que había ido allá acatando las órdenes de Charles ni Schneizel ni que ya estaba en el lugar de los hechos cuando Aspirius fue, como este le había dicho. En este aspecto, le creyó.

—¿Para qué lo llamó el acusado?

—Necesitaba mi ayuda.

—¿Por qué?

Nada respondió. Se quedó caviloso. Parecía que no había escuchado la pregunta. El abogado iba a repetirla cuando lentamente giró la cabeza hacia él. Su semblante se iluminó tan pronto una sonrisa maligna se curvó en sus labios.

—Porque mató a un hombre y tenía que deshacerse el cuerpo —dijo. En vista de que su voz era ronca, la réplica sonó como un ronroneo—. ¡Me amenazó! Dijo que si no lo ayudaba iba a matarme como a Sawazaki.

La razón por la cual Schneizel no había ordenado a sus matones registrar su casa y el bufete para recuperar el vídeo era por esto. ¿Para qué poner una ciudad patas arriba en la búsqueda desesperada de un vídeo, cuando era más efectivo usar a Luciano como cebo con el propósito de asegurar un veredicto de culpabilidad para el doctor? Lelouch contaba con que Schneizel trazara su misma estrategia, a los efectos de enmendar el error de su guardaespaldas. Aquella amistosa partida de ajedrez no solo sacó a relucir sus verdaderos colores, los de su enemigo también quedaron expuestos. El preso se incorporó con violencia.

—¡¿Qué estás diciendo?! ¡¿Enloqueciste?! —vociferó.

La abogada Stadtfeld se puso de pie. Trató de contenerlo sujetándolo por los brazos.

—¡Dr. Aspirius, siéntese, por favor! Déjennos controlar la situación.

—¡¿Por qué está mintiendo?! —inquirió el Dr. Aspirius a su abogada. La voz se le quebró a la mitad de la pregunta—: ¡era su testigo! ¡Ustedes dijeron que iba a ser mi coartada!

—Al parecer, fuimos traicionados —balbuceó la abogada—. El presidente Schneizel adivinó nuestra estrategia y la usó en nuestra contra.

—¡¿Cómo?! ¡¿Eso quiere decir que voy a ir a prisión?! —el chillido gutural que profirió su garganta sugería que se estaba ahogando—. ¡No! ¡Se deshicieron de toda la evidencia!

—La declaración del testigo es la evidencia contra usted —susurró la abogada Stadtfeld.

El Dr. Aspirius se derrumbó en su asiento. La corte se sacudió. Los cuchicheos del público y el mazo del juez zumbaron en sus oídos. Sus ojillos barrieron erráticamente su entorno. Quien lo viera, diría que había caído en el delirio.

—¡Maldita sea! Algo salió mal —Tamaki chasqueó la lengua—. Se suponía que Luciano iba a testificar a nuestro favor y luego el doctorcito cantaría…

—¿De verdad crees que el abogado Lamperouge quería que fuera el doctor quien confesara? —cuestionó Rolo—. Luciano vendió al doctor para salvarse a sí mismo y a su empresa. Me parece que el abogado usó el dilema del prisionero.

—¿El qué del qué? —preguntó haciendo un mohín.

«El dilema del prisionero». Era el mismo pensamiento que circulaba por la cabeza de Suzaku. Se había inclinado inconscientemente con el fin de estudiar con más precisión los rostros de los implicados. Tenía las comisuras caídas y los labios entreabiertos, lo que permitía entrever unos dientes relucientes. No le estaba gustando nada el curso que estaba tomando el juicio.

—¡Testigo! —tronó el juez—. ¡¿Admite haber infringido en el delito de encubrimiento?! Sea consciente que puede retratarse de su confesión: no hay evidencia que lo incrimine.

—No lo haré, su señoría. Admito lo que hice —aclamó Luciano adoptando un gesto adusto.

—Acusado… —comenzó a decir el juez volviéndose al Dr. Aspirius.

—¡Todo es tu culpa, maldito bastardo! ¡Lo sabías! ¡No debí confiar en ti!

Impulsado por un frenesí, de un empujón el prisionero hizo de lado la mesa de la defensa, lo único que interfería entre su objetivo y él, y se arrojó sobre su abogado para desconcierto de los asistentes, no sobre Luciano, el hombre cuyo testimonio lo condenó, derribándolo con un puñetazo. Como estampida, los policías corrieron a separar los dos hombres. Ellos alzaron al doctor en brazos y, en plan de contención, lo golpearon en el estómago con sus macanas. El abogado Lamperouge se limpió la sangre de la nariz con el dorso de su mano y se incorporó. Avizoró como Aspirius forcejeaba desesperadamente de rodillas. Envuelto en aquel nudo de brazos humanos que halaban en dirección contraria hacia donde quería ir, el reo no le quitaba la vista de encima a Lelouch. Sus ojos estaban encendidos de cólera. Había depositado en él su confianza y lo había traicionado en el juzgado. Tal cual hizo el doctor hace diecisiete años. Ese pensamiento le sacó una sonrisa endemoniada al abogado.

—Uno —articuló con los labios de forma inaudible.

Seguidamente, el abogado se dio la media vuelta y abandonó la sala del tribunal. Fue al baño. Abrió el grifo, unió las manos y recogió agua en ellas. Se lavó el rostro y las manos. Se frotó la nariz, sobre todo. Cuando sintió que el agua se le metía por los ojos, se detuvo y apoyó las manos en el lavamanos. Las puntas del flequillo se habían mojado y se le pegaron a la frente. Se miró en el espejo. La ausencia de sangre no era todo lo que le mostró el cristal. El reflejo de Suzaku apareció detrás de él. La furia había distorsionado sus facciones suaves.

—¡Tú sabías lo que pasaría en la sala! —masculló Suzaku—. Alguien tan listo como tú debió haber sospechado que Luciano no era una coartada fiable y que confesaría para culpar al Dr. Aspirius. ¡Por eso lo citaste como testigo! Usaste el dilema del prisionero en ellos.

Sin perder los estribos, Lelouch sacudió sus manos al aire. Se dirigió al dispensador de toallas de papel, arrancó un pedazo de un tirón y se secó. Suzaku permaneció a la expectativa.

—Ese hombre era culpable y no quería ir a la cárcel —repuso él sin mirarlo—. ¿Cómo podría estar en paz conmigo mismo sabiendo que un asesino salió impune por mi culpa? Tomé una decisión, actué conforme a mis creencias y se hizo justicia.

—¡¿Justicia?! ¡¿O venganza?! —rebatió Suzaku, escéptico—. ¡Vamos, Lelouch! No habrías trazado un plan para tenderle una emboscada a un simple hombre ni lo habrías buscado para representarlo en la corte si no significara nada para ti, ¿o lo vas a negar?

—Una cosa no tiene nada que ver con la otra. Sus intereses me pusieron en conflicto con mis principios y mi deber —alegó seco—. Tenía que recibir un castigo en proporción a su crimen.

—¡Exactamente ese es el problema! ¿Quién te nombró a ti para juzgar a ese hombre? ¡¿Cómo sabes que era lo que le correspondía?! ¡No podías! Tú no eres la justicia, Lelouch —enfatizó Suzaku, regurgitando su bilis—. ¡Eras su abogado y actuaste como su fiscal!

Lelouch, quien se había desecho del papel, fijó sus fríos ojos como el hielo en los de Suzaku. Su boca había delineado una línea tensa.

—¿Y qué es la justicia sino las personas que materializan una abstracción? —indagó Lelouch con malhumor—. ¡Tú estás aquí juzgándome también! ¿Por qué no le reprochas a tus amigos fiscales por no reunir las evidencias concretas para encerrar a ese hombre? ¡¿Por qué solo yo me llevo la culpa, Suzaku?! Si hubieran hecho su trabajo, no había tenido que diseñar un plan —se envaró Lelouch. Hizo una pausa y soltó—: ¿qué hubieras hecho en mi lugar? ¡¿Habrías defendido a un culpable a pesar de todo?!

—¡¿Qué que hubiera hecho?! Le habría preguntado por qué lo mató, lo habría escuchado, lo habría persuadido de entregarse, ¡habría hecho mi trabajo de abogado! ¡Lo que tú tenías que haber hecho! —profirió Suzaku avanzando hacia él y acusándolo enérgicamente con el dedo.

—¿Crees que ese hombre estaba dispuesto a escuchar una sola palabra de mí? Tú no lo viste. No confiaba en mí. Ni siquiera me dijo que mató a ese hombre.

—O sea que determinaste que era culpable con una mirada…

—…Siempre actuó a la defensiva conmigo, como si le asustara que tramara algo en su contra.

—Al final, resultó ser cierto… —siseó.

—¡Por favor, Suzaku, abre los ojos! ¡Tu idealismo te ciega! ¡En el mundo real no todos hacen lo correcto! —lo encaró—. Algunos simplemente no les remuerde la consciencia y no quieren responder por sus actos. Bartley Aspirius es uno de ellos. Bajo ningún motivo iba a entregarse y mi deber de abogado me obligaba a actuar en función de sus intereses. Más no podía hacer.

—¡¿Y esa fue tu razón para que engañaras a tu cliente pactando con la fiscalía?! ¡Maldición, Lelouch! —gimió con frustración—. ¡Jamás esperé esto de ti! ¿Qué te diferencia del abogado Gottwald, el fiscal Waldstein y el presidente Charles que amañaron el juicio de tu madre hace diecisiete años? ¡Dímelo!

Suzaku lo sujetó por las solapas de su chaqueta. Lelouch agarró con brusquedad sus muñecas, a fin de quitárselo de encima. No respondería pasivamente. Suzaku apretó con más fuerza. Los amigos forcejearon sin salirse de su sitio. Ninguno iba a ceder.

—¡No es igual! —ladró él, resintiéndose—. En aquella ocasión, Luciano era culpable y ellos concentraron sus esfuerzos en exonerarlo de sus cargos en beneficio de sus intereses. ¡Aquí, Aspirius lo era también e hice lo que tenía que hacer! Fue un mal por un bien mayor. No soy el primero en pecar. ¡Nadie es inocente! ¡Ni siquiera tú! —bramó, rechinándole los dientes—. ¡¿Sabes por qué me fui sin despedirme aquella noche hace diecisiete años?! Porque descubrí que tu padre planeaba entregarnos a Nunnally y a mí a Charles. No quise involucrarte ya que te habías puesto en su contra, así que tomé a Nunnally y escapamos y esa misma noche quien murió, en nuestro lugar, fue tu padre. ¿Por qué te has callado que Britannia Corps provocó la muerte de tu padre? ¡Debiste haberlo sabido: ocurrió en tu casa!

—¡A mi padre no lo mataron los matones del presidente Charles! ¡Fui yo! —aulló. Lelouch abrió tamaños ojos ante aquella declaración—. Tuve que matarlo para protegerlos. Él no iba a detenerse y yo era un niño al que se le agotaban las opciones. Creí que mi buena intención purgaría mis pecados; pero he estado torturándome por diecisiete malditos años. Aprendí por las malas que obtener resultados por los métodos incorrectos deja una herida que no cicatriza nunca ¡y que mi padre de lo único que era culpable fue de caer en los engaños del presidente Charles! Exactamente de la misma forma que el Dr. Aspirius, ¡era una víctima y yo lo ejecuté! —manifestó Suzaku, aguándosele los ojos—. Solo logró aliviar mi dolor el hecho de que mis «buenos» amigos seguían vivos —apuntó, sarcástico. Lelouch pudo sentir toda la frustración de Suzaku en aquel entrecomillado—¡y hoy escupiste en mi padre y en mí, Lelouch! —estalló empujando a su amigo contra el lavabo con ira. Este se aferró a los bordes para no perder el equilibrio—. ¡¿Por qué tenías que corromperte?! ¡Tú eras el mejor de los dos!

Suzaku forzó a sus párpados a cerrarse, frunció los labios, sacudió la cabeza sin ganas y se largó pisando fuerte. Lelouch se incorporó morosamente. La zona baja de la espalda le palpitaba de dolor. Holgaba decir que seguía procesando la inopinada confesión. En su rostro quedaban retazos de su conmoción. «¿Era cierto? ¿Suzaku se había ensuciado las manos por…?». Justo en ese mal momento, sintió una punzada hiriente en su ojo izquierdo. Gimió.

«¡¿Qué me sucede?!».


Tras la testificación de Luciano, el juez sentenció a Bartley Aspirius a treinta años de prisión sin derecho a libertad condicional y lo privó para siempre de su licencia médica. Aun cuando había quedado demostrado que aquel hombre era culpable, a Kallen se le pegó en el paladar una sensación agridulce. Si hizo lo correcto, ¿por qué reflexionaba sobre lo sucedido? Intentó ignorar el hormigueo en su estómago y continuar adelante. No podía revertirlo, de cualquier manera. Al finalizar el juicio, se reunió con Tamaki y Rolo y salieron de la sala del tribunal. Quiso hacer una pregunta de interés a Tamaki, aprovechando que Lelouch había desaparecido del mapa. Quién sabía cuándo aparecería de nuevo y tendría otra oportunidad.

—¡Oye, Tamaki! ¿Cómo Lelouch y tú se conocieron?

—¡Ah! ¡Es una bonita historia! Bueno, para empezar, no nací en Pendragón. Soy inmigrante japonés. Mis primeros años fueron un grano en el culo si tuviera que describirlos. No querían darme trabajo en ningún lado porque era japonés y el centro abierto en donde estaba viviendo me estaba presionado para que me fuera y aunque no había conseguido en donde mudarme, ya cuando el límite de tiempo se venció, me desalojaron esos malditos —Tamaki se atragantó con un gruñido que se le escapó del pecho. El silencio no se hizo largo porque retomó el hilo del relato—. Estuve viviendo en la calle por varios meses y fue ahí que conocí al Rey Negro. Durante once años «estuve trabajando» para él. Hacía todo lo que me pedía, ya te imaginarás. Hasta que me envió a negociar con el abogado de los Rowe, una familia criminal, para discutir la expansión del tráfico del refrain. El Rey Negro sabía mi talento para los negocios, así que me confiaba con su vida estas cosas —alardeó él sonriente. Kallen dudó que un cabecilla mafioso delegara en Tamaki, un simple matón, una responsabilidad tan enorme; empero no descartó su presencia ni quería interrumpirlo—. La negociación se fue al carajo: los chicos de azul nos cacharon y a varios nos detuvieron. Creí que pasaría el resto de mi vida pudriéndome en prisión. El Rey Negro no iba a arriesgar su pellejo por mí —explicó, frotándose el cuello—. ¡Fue entonces cuando apareció Lelouch! Le fue fácil porque no tenía antecedentes penales y con ayuda de un contacto en la poli ¡me liberaron! —exclamó recuperando la emoción con que comenzó a contar su retahíla—. Al jefecito le dolió un montón mi partida, pero decidí irme con Lelouch cuando renunció a ser su abogado. Tenía otros planes. No tenía puta idea de cuáles eran y no me importaba, quería estar con él, ¡éramos compadres, quiero decir! —se apremió en agregar, percibiendo que la selección de palabras no era la más acertada—: ni él ni yo tenemos esos gusticos. ¡Nosotros somos machos!

—Entonces, ¿sigues a Lelouch porque estás agradecido por haberte sacado de la cárcel?

—No, sigo a Lelouch porque es tremendo tipo —corrigió Tamaki—. Además, no discrimina a los japoneses ni a las personas con antecedentes. ¿En dónde voy a obtener un mejor empleo?

Era oficial. Lelouch nunca la dejaría de sorprender. Primero, su pasado con Britannia Corps y su hermano y, ahora, sus vínculos con la mafia. Kallen sospechaba que Tamaki había tenido una vida delictiva, luego de su charla con C.C. Y confirmó que eran ciertas sus suposiciones, así como también pudo comprender más el discurso de Lelouch sobre los diamantes en bruto. Algo en común que la pelirroja se percató con las historias de C.C. y Tamaki con la suya era que la intervención de Lelouch fue justo en el instante en que sus vidas estaban vueltas mierda para permitirles regenerarse con una segunda oportunidad. Tal cual si fuera un ángel enviado por la providencia. No era el ser con el que se le hubiera ocurrido establecer una comparación. Al volver la vista al frente, vio a Lelouch caminar hacia ellos.

—¡Ah, ahí están! Estaba buscándolos —pregonó. Dibujándosele una gran sonrisa.

—¿Estás bien, Lelouch? Te dieron una golpiza en el juicio y luces aún conmocionado…

—Sí, lo estoy. No te preocupes —afirmó Lelouch cálidamente, volviéndose a la pelirroja—. Sé que no tuvimos el efecto deseado en el juicio, pero no quita que hoy sea el primer día de trabajo de Rolo —indicó extendiendo su mano hacia el joven secretario que seguía a Tamaki y Kallen quedamente. Rolo respondió a su nombre girando la cabeza. Lo había sorprendido—. Celebremos yendo a almorzar. Yo invitaré, ¿les parece?

—¡Genial! —gorjeó Tamaki, chispeándole los ojos.

—Sí, ¿por qué no? —asintió Kallen.

Rolo se encogió de hombros. En realidad, ni le iba ni le venía; sin embargo, como su objetivo era Lelouch, le daba igual en donde estuvieran.

—¿Dónde te gustaría comer, Rolo? ¿Cuál es tu comida favorita?

—Donde sea. No tengo comida favorita.

—¡Tonterías! Todos tenemos nuestros gustos y encontraremos el tuyo —Lelouch se acarició la barbilla con gesto meditabundo—. Tú tienes pinta de que te gusta la comida mediterránea. ¡Probemos qué tal!

Lelouch realizó un ademán amable, convidándolo a seguirlo y, bajo ningún concepto, lo dejó rezagado. Tamaki y Kallen marcharon a su mismo compás.


El refrain era una droga psicoativa clasificada como alucinógeno debido a que inducía a sus usuarios a revivir experiencias amenas. Esto a razón de que afectaba los neurotransmisores; entre ellos: opioides, cannabinoides, dopamina y 5-ht, sobreexcitando las neuronas a tal grado que la sinapsis disparaba constantemente, lo que se traducía como el entorpecimiento de la capacidad del consumidor para pensar y comunicarse de forma racional y disociándolo de su entorno y de sí mismo. En altas dosis provocaba síntomas similares a los de la esquizofrenia, incluyendo paranoia, ansiedad y conductas violentas. Nina había observado esos efectos y se preguntó si no existía un modo de potenciarlos. De tal forma que el individuo no tuviera que ingerir grandes dosis de refrain para alcanzar tales extremos.

Estuvo trabajando por semanas en una versión más poderosa del refrain hasta que lo logró. O eso parecía. Había que verificarlo. Por suerte, habían liberado a dos sujetos experimentales del Proyecto Geass que no superaron las fases de pruebas —los ratones de laboratorio estaban bien, pero nada se equiparaba al ser humano. Los confinaron en una habitación aislada y les inyectaron la droga por vía intravenosa. Pasado varios minutos, los individuos enloquecieron. En el clímax, uno de ellos saltó sobre el otro con la misma intensidad que la colisión de dos piedras. La pelea no fue duradera. Todo terminó cuando uno hincó sus dientes en el abdomen del otro y lo desgarró con una facilidad perturbadora. En su boca bañada en sangre se deshizo la carne en tiras. Al incorporarse, la pobre víctima se abrió la camisa de un tirón y una espiral resbaladiza de intestinos cayó el piso. Trató de recogérselos como pudo y volvió a metérselas en el cuerpo. Nina y el presidente Charles contemplaban la carnicería humana desde el lado seguro del vidrio. En los ojos de Nina no se leía el miedo ni un placer sádico. Solo curiosidad y una cierta medida de satisfacción. Su droga sintética había tenido éxito. Nada podría traerle más regocijo. Eso sí, su pecho subía y bajaba con rapidez. El espectáculo era inquietante. No se atrevería a negarlo. El presidente no se hallaba impresionado. Su expresión era impasible.

—…En cuanto el refrain se administre a los inmigrantes, nadie dudará de que representan un peligro para la seguridad nacional. La ciencia los hará creer en usted —explicaba Nina.

—Bien. Lo distribuiremos lo más pronto posible —anunció el presidente Charles.

—¡Nina!

La aludida se volteó en dirección de aquella voz familiar. Sonrió de oreja a oreja.

—¡Profesor Lloyd! —exclamó. Era el reencuentro tras el juicio en el que no tuvieron ocasión para charlar debidamente. La joven corrió contenta hacia él—. ¡Lo conseguí! Soy parte del Proyecto Geass. ¡Me moría por decírselo en persona! Tenía intención de hacerlo es solo que usted no estaba…

—No me gusta que estés aquí —la cortó, molesto.

—¿Qué? ¿Por qué? —tartamudeó, confundida.

—¡Es peligroso! Estás lidiando con fuerzas oscuras que no te imaginas. ¡No voy a dejar que cometas mis mismos errores! ¡Te sacaré de aquí!

El profesor la jaló de la muñeca, pero ella puso resistencia y se zafó de un tirón.

—¡Sé perfectamente con lo que estoy lidiando! Incluso antes de que el presidente Charles me explicara ¡y está bien! —refunfuñó, irritada—. Hace ocho años, me dijo que el verdadero científico se mantiene apartado del universo porque este era relativista e indeterminado y que las consideraciones morales y religiosas son distracciones y que lo único en lo que tiene que enfocarse era su trabajo. Me advirtió, además, que algún día me tocaría tomar una decisión: casarme y formar una familia y vivir de un sueldo de profesora o renunciar a eso y dedicarme a la ciencia y convertirme en una mujer exitosa. Me dijo que pensara bien en lo que yo quería para mi vida entonces. Yo le respondí ese día y aquí estoy. No lo he olvidado —musitó Nina. Su tono reflejaba una tensa calma. No quería faltarle el respeto a su maestro. Como tampoco iba a permanecer muda—. Usted ya recibió gloria y reconocimiento, ahora es mi turno. Es lo que quiero, ¿o cree saberlo mejor que yo?

Nina se largó dando bufidos. El profesor Lloyd se mesó los cabellos, impotente. Sin moverse de su sitio. El presidente Charles se rió suavemente.

—Los niños son algo serio —comentó, risueño.

—Es la mejor pupila que he tenido —contó el profesor Lloyd. Se tendió en una silla y sacó un cigarrillo y un yesquero de su bata—. Si hay una cualidad que supera su inteligencia es su creatividad. Cuando la conocí, era tímida e insegura. La motivé a salir de su zona de confort mostrándole las maravillas de la ciencia. Luego de que dio su salto de fe se convirtió en una mocosa orgullosa y terca. ¡Una mujer científica! —resopló. Se puso a fumar—. ¿Existe algo peor?

—Lo entiendo. Ninguno de mis hijos ha cumplido con las expectativas que fijé para ellos —manifestó. El pensamiento hizo desvanecer su sonrisa—. Tuve una camada de seis crías, de las que solamente mis hijas salieron leonas. Cornelia es todo lo que un Britannia debe ostentar ante el mundo: poder y temor. Nadie que yo haya conocido se enorgullece más de su apellido que ella; pero se rehúsa a asumir su destino casándose y teniendo hijos apellidados como ella. Una leona que quiere ser un león —frunció la nariz en señal de desaprobación—. Euphemia es una idealista de corazón —el presidente escupió aquella palabra de una manera especial, casi irónico—. Ruge como una leona, pero aún es una cachorra. Y Nunnally sigue sus huellas —declaró—. Mis hijos varones han sido más decepcionantes. Odiseo heredó la enfermedad de Víctor. Lo amé. Era mi primogénito. Un hombre de carácter noble. Un pendejo y bueno para nada —aclaró, cabeceando—. Schneizel siempre fue un zorro con piel de león. Ni las mejores familias están exentas de ovejas negras. Astuto, ambicioso e hipócrita —gruñó con desagrado—. Lelouch es el más rebelde y el más soberbio. Es un gato con la fuerza y el orgullo de un león y el ingenio de un zorro.

—No los ha perdido de vista, ni aun con el paso de los años —observó el profesor exhalando humo por la boca.

—Son la sangre de mi sangre, Lloyd—los labios del patriarca Britannia dibujaron una sonrisa misteriosa—. Lelouch podría ser la piedra angular del Proyecto Geass. Por ese motivo, tenía que vigilarlo y me aseguré de poner esta misión en las mejores manos —indicó el presidente. Por cosa del azar o quizás de premeditación, se abrieron de par en par las puertas de acero en donde una sombra esperaba—. No tengo que presentarlos. Ustedes se conocen bastante bien.

La figura caminó hacia la luz. Sus modales eran parsimoniosos y flemáticos. El «tac, tac» de sus tacones retumbaba haciendo eco en las paredes recubiertas de plomo.

—Sí, así es —afirmó el profesor Asplund con cierto cansancio lastrando su voz, al reconocer la figura que poco a poco iba tomando forma—. Me contenta que hayas estado bien, querida. Teníamos tiempo que no nos veíamos.

—He estado algo ocupada. Aunque, por azares del destino, casi te iba a hacer una visita hace unas semanas. No se llevó a cabo porque temía que tu reacción al verme delatara mi misión. Afortunadamente, la excusa que metí me libró de eso y de cualquier sospecha —repuso una voz pastosa—. Yo también me alegro de encontrarte bien, padre.

El profesor esbozó una débil sonrisa de agradecimiento que C.C. tuvo el placer en devolver.

—Por lo general, no me das tus reportes personalmente, C.C. —terció el presidente Charles—. ¿Hubo una novedad interesante?

—No hubiera venido sino fuera así. Lelouch sabe que usted es su padre. Schneizel se lo dijo.

El presidente Charles le echó una mirada larga a C.C. Se absorbieron en un silencio sepulcral. El profesor no se fijó que estaba botando sin querer las cenizas de su cigarrillo. Entonces, la sonrisita del viejo Britannia se amplió. Giró la cabeza.

—¿Y cómo se lo tomó? —preguntó fingiendo curiosidad.

—Fatal. Primero, entró en un estado de negación total por el asco y el odio que le tiene, luego lo analizó fríamente y admitió que tenía sentido. Allí pudo haber terminado, pero le dio una crisis. Empezó a dudar. Estaba tan horrorizado por el descubrimiento y sentía tanta repulsión de sí mismo que si hubiera podido abandonar su cuerpo lo habría hecho —describió. La mujer agachó la cabeza al conjurar el semblante afligido del susodicho con sus palabras—. Lelouch procura con tanto ahínco mantener su imagen inquebrantable que debía estar muy mal como para no importarle que yo lo viera vulnerable —prosiguió en un hilo de voz.

—¿Te preocupa mi hijo, C.C.? —inquirió el presidente. Esta vez su curiosidad era sincera.

—No me importa lo que haga ni lo que sienta Lelouch, siempre y cuando no cancele su plan —replicó C.C. sonriendo con frialdad, como si le hiciera gracia la idea. Se aguantó en añadir «y satisfaga mi deseo»—. Le recordé sus motivaciones y le dije que sus deseos de venganza eran mayores al dolor, la impotencia y la repugnancia que sentía y así recobró el sentido.

—Bien, bien, temía que Lelouch te hubiera ablandado…

—Mi relación con él jamás será igual que la nuestra. Usted es mi cómplice —aseguró C.C.—. Schneizel también llamó a Lelouch. Trataba de formar una tregua. Desde luego, lo rechazó.

—¡Digno de Lelouch! Sabía que no me iba a defraudar. ¿Quieres respuestas, hijo mío? ¡Ven por mí! Aquí te esperaré —el presidente Charles dejó la frase flotando en el aire para retener la atención de sus interlocutores. Acto seguido, caminó hacia una mesa donde tenía un tablero y tomó la pieza del rey negro, la movió al centro—. Pero para poder llegar hasta aquí tendrás que vencer a tu hermano, ¿crees que podrás hacerlo?

Y así el presidente Charles celebró el comienzo del mortal juego entre Lelouch y Schneizel.


N/A: ¡y en este punto pausaremos el capítulo por ahora! Si quieren leer la continuación, deberán esperar el 29 de marzo. Así es, malvaviscos asados, este mes corresponde doble actualización; ya parece que lo he planeado deliberadamente, pero no es así: los astros y las señales cósmicas se han alineado para que vean el final de la primera parte en este mismo mes. Resulta algo cómico, a razón de que esta historia se me ocurrió a finales del 2019 (de repente tenía ganas de escribir un fanfic de Code Geass, pues es una serie que amé y me marcó personalmente, creo que lo mencioné); no obstante, no fue hasta marzo del año pasado que empecé a escribirlo debido a la cuarentena (¿ven, señores? No todo es malo). Decidí publicarlo en mayo cuando ya había adelantado suficientes capítulos a fin de no tenerlos esperando por demasiados meses. Ni siquiera yo había finalizado la primera parte y miren, me encuentro escribiendo actualmente el capítulo veinticinco, o sea, el primero de la tercera y última parte. Quizás estaría más lejos, pero he atravesado por el típico bloqueo de escritor. Trato de no desanimarme, pues mis bloqueos no duran mucho. Afortunadamente. Me imagino que varios quedaron desconcertados con el final del capítulo: ¿C.C. es cómplice de Charles? Bueno, sí. ¿Cuál es la surprise? En el animé lo era. Usó a Lelouch para su beneficio. Ocultó información valiosa que jamás reveló ni cuando se volvió definitivamente aliada de Lelouch —esa afirmación de que la relación de Lelouch y C.C. se basaba en la sinceridad no es tan cierta si se entiende como tal que sabían todo el uno del otro—. De hecho, soy de la opinión que debería haber tenido un vínculo más profundo con Charles, Marianne y V.V. que con Lelouch —aunque, claro, la serie es condescendientes con ella; el guionista, SUNRISE y el fandom la miman mucho. Ya había dejado caer en capítulos pasados que C.C. tenía dos misiones y hoy, por fin, se descubre cuál era esa misión de incógnito. Lo que nadie imaginaba, y seguro algunos cerebros explotaron, fue que C.C. llamara a Lloyd «padre». En vez de resolverse dudas, se plantearon más preguntas. Eso es porque este capítulo final, dividido en dos, asienta las bases de lo que leeremos en la segunda parte del fanfic. Así que vayan tomando nota.

Pero la revelación de C.C. no fue lo único que tuvimos y, si bien, disfrutamos de buenas escenas, mi favorita es la de Lelouch y Suzaku. Es uno de mis momentos predilectos de esta primera parte. ¡Y con razón! Me costó una teta escribir esa conversación y la estuve retocando incluso mucho después. Sin embargo, hoy en día me encuentro satisfecha con el resultado. Espero que ustedes como yo hayan podido sentir esa vibra que transmitían esos dos en la serie. Creo que esa confesión de Suzaku no podía ser dicha de otro modo.

Para no extender aún más estas notas, pasaré a dejar mis preguntas: ¿a qué se referirá el presidente Schneizel con «consecuencias»? ¿Les parece que fue un error de Lelouch no aceptar la tregua? ¿Cumplió con sus expectativas la aceptación de Lelouch de sus lazos de sangre? ¡Euphemia le declaró la guerra a Schneizel! La fachada de la familia perfecta se está desmoronando, ¿qué opinan ustedes? (Yo opino que es el momento más badass de Euphemia en lo que hemos leído). ¿Qué les pareció el juicio del Dr. Aspirius? Había leído que tenían grandes expectativas porque Lelouch y Kallen iban a enfrentar a Anya y Gino, por lo que prometía ser un encuentro muy parejo (además de que sería la primera vez que Lelouch y Kallen colaborarían juntos). ¡¿Y qué tal el encontronazo entre los dos amigos en el baño?! ¿Creen que hay una esperanza para su amistad luego de esto? Ahora sí, vamos con el momento estelar del capítulo: ¿a qué se referirá Charles con que Lelouch es la piedra angular del Proyecto Geass? ¿Por qué envió a C.C. a espiar a su propio hijo? ¿Cuáles son sus pensamientos de C.C. ahora? [Abro paréntesis para añadir que AMÉ escribir el monólogo de Charles en que nos habla de cada uno de sus hijos]. ¿Cuál fue su escena favorita? ¿Cómo creen que culminará la primera parte del fanfic?

Agradezco de antemano todos los comentarios que deseen enviarme. Ya saben que este fanfic es sin fines de lucro (pues obviamente los personajes ni la historia son míos), por lo cual que me hagan saber cuánto les gusta esta historia me incentiva a continuarla.

Sin más nada que decir, ¡nos leemos este 29 de marzo en «Lazos de Sangre» (parte II)! ¡Se les quiere y se les respeta!


Respondiendo review:

Malvavisco malvado: de nuevo te felicito por el primer comentario de este capítulo. Ya no te sientas mal por tardarte. Aunque no seas puntual, siempre llegas y eso es algo que te agradezco. Fue un capítulo crucial que desembocó en lo que estamos leyendo. Pues me alivio de que esas lesiones autoinfligidas hayan fallado y que te hayas sobrepuesto a tu enfermedad. No podría disfrutar leyendo tus comentarios si así fuera. Espero que no te abrumaras con el bombardeo de información. Me parece que todo iba a dispararse en el momento justo. De hecho, sentí bastante orgánico al escribir el capítulo. Me alegra leer que te fijes en los detalles. En ellos en los que se cuenta la historia. Bueno, ya tú ves que Schneizel citó a Lelouch para revelarle la verdad sobre sus lazos de sangre porque tenía cubierto el caso de Aspirius. Pero no estuvo mal tu suposición. También hubiera pensado que habría mencionado algo al respecto. Mira que eso es muy cierto: el padre y sus hijos se espían entre ellos; si bien, la espía de Lelouch es la misma que la de Charles —ya no nos queda muy claro cuál es la lealtad de C.C. ¡Ña! Lamento que la gente solo recuerde a Rolo como el asesino de Shirley. Él es mucho más que eso. Tienes razón. Él planeaba decirle la verdad a Kallen en algún punto. Recordemos que le pidió a Kirihara que no cerrara la puerta del todo. Lelouch no es descuidado. Volviste a acertar. Suzaku no se lo tomó para nada bien. Era lógico. La moral de Suzaku coincide con la ética de la sociedad. No así la de Lelouch. No iba a aplaudir lo que hizo. Según parece, Kallen continúa investigando sobre el tipo de persona que es Lelouch con alguien que lo conoce bien: Tamaki, ¿lo confrontará en el futuro? Quién sabe. Tampoco Lelouch se fía y ha asignado a C.C. a comprobar la credibilidad de este testimonio. Podría ser todo lo que tú dijiste. Aspirius nunca estuvo cómodo de Lelouch. Lo perseguía la sensación de que iba a hacer algo en su contra. A su padre, no, pero sí desafió a su hermano. Sí, es verdad. El mundo de Euphemia se vino abajo. La muerte del padre de Suzaku es decisiva en su personaje. Me encantó escribir y leer esa escena. Me complace que a ti también. Te diré que pensaba revelar esa verdad sobre Suzaku en este capítulo final, pero a última hora decidí cambiarlo. Euphemia tenía que enterarse de ello antes que Lelouch y los lectores necesitaban tiempo para procesar esta información. Casualmente, tu escena favorita es la mía también. Vemos a Lelouch tenderle una trampa mental a Luciano y vencerlo con sus medios. Creo que es uno de los momentos más satisfactorios que hemos tenido en el fic. "Capítulos (y meses) atrás tuvimos al "monstruo" enseñando sus garras y colmillos con violencia, la bestia desatada a punto de desollar a nuestro protagonista. Hoy, Lelouch es quien se sobrepone y encadena a la bestia con su ingenio". ¡Adoré como lo sintetizaste aquí! ¡Estupendo! No soy la única que piensa que Shirley debió ser el primer amor de Lelouch. Qué bueno leer eso. Ojalá el capítulo haya superado tus expectativas. Ahora me toca ser yo quien espere con ansias tus comentarios.

PD: concuerdo. Suena imponente.