Chat entró en su habitación por la ventana, como solía hacer siempre que no quería ser visto. Se de-transformó enseguida y se dejó caer sobre el sofá, sin saber por qué estaba tan cansado.
―Eso te pasa por experimentar con mis poderes ―lo regañó Plagg.
Adrien levantó la cabeza y frunció el ceño.
―¿Por qué te parece mal?
Plagg no le contestó, sino que se enfurruñó y le dio la espalda. Sin embargo, a judgar por la forma en la que se movían sus bigotes, Adrien supo que estaba pensando, así que esperó hasta que su kwami decidiera hablar por sí mismo:
―Las otras veces que alguno de mis portadores logró mejorar sus poderes... no salió bien.
Adrien se incorporó y al hacerlo se mareó un poco. Seguía sintiéndose extrañamente cansado y hambriento, pero trató que Plagg no lo notase.
―¿Por qué? ―preguntó.
―¿No es obvio? ¡Soy el kwami de la destrucción! ―exclamó Plagg, con una mezcla de miedo y pena poco habituales.
Sin embargo, Adrien no estaba preocupado. Como mucho, acababa de descubrir que usar el nuevo Disparo Cataclismo hacía que le entrase hambre. Así que estiró el brazo y rascó la cabecita de Plagg, que ronroneó sin querer.
―Soy más fuerte de lo que la gente piensa, Plagg ―le dijo con un tono suave, esperando consolarlo un poco―. De todas formas... ―añadió mientras se levantaba del sofá y le quitaba importancia a los miedos de Plagg con un gesto―, tenemos trabajo que hacer, ¿recuerdas?
―¿Te refieres a lo mismo en lo que has ocupado las noches los últimos dos días, sin hacer ni un solo avance?
Adrien asintió, serio de repente.
―No dejaré en paz a mi primo hasta que conteste. Lo encontraré aunque tenga que volar hasta Londres a por él.
«Félix...», pensó.
Solo con evocar su nombre, Adrien sentía que le hervía la sangre, pero no por odio o por ira, sino por una enorme culpa. Si no se hubiera dejado engañar, o si hubiera tenido las agallas para enfrentarse a su padre, entonces Hawk Moth nunca se hubiera hecho con los miraculous. En el fondo, Adrien se culpaba tanto como Ladybug de lo ocurrido, pero él no podía desahogarse con nadie, solo con Plagg.
Por esa razón pensaba que era su responsabilidad encontrar a su primo e interrogarlo sobre cómo había logrado contactar con Hawk Moth. La información que podía poseer Félix era la pista más valiosa en años sobre la identidad del villano que llevaba atormentando París ya demasiado tiempo. ¿Quién sabe? ¡Quizá Félix supiera su identidad secreta!, aunque Adrien lo veía poco probable.
Además, Adrien también quería saber qué había empujado a Félix a traicionar a Ladybug. Sabía que su primo no era un monstruo, no podía haber condenado París por mero capricho. Así que, pese a la aplastante evidencia, Adrien aún quería creer que Félix había tenido alguna razón de peso para haber hecho lo que hizo. Algo que, aunque no justificase sus acciones, pudiera abrirle las puertas a la redención algún día.
Y si tal razón no existía...
La sola posibilidad de que un familiar al que apreciaba tanto ocultase ese tipo de maldad en su interior ponía enfermo a Adrien.
Por eso lo llamaba una y otra vez, con la esperanza de escuchar la voz de su primo al otro lado de la línea. Por desgracia, Félix lo ignoraba a propósito. Es más: había tomado medidas extremas para no ser encontrado.
Según su madre, Amelie, Félix se había subido a un avión rumbo a Atenas el día que Contraataque apareció, pero Adrien bien sabía que había viajado hasta París. Desde entonces, Félix había estado publicando fotos con el Partenón de fondo en sus redes sociales, pero Adrien no era estúpido. Conocía las habilidades de su primo con el Photoshop y con la tecnología en general, y por eso sabía que, a esas alturas, Félix podría encontrarse en cualquier lugar del mundo.
En resumen: Félix era tan astuto y esquivo que era casi imposible dar con él a menos que él quisiera. Sin embargo, su primo no podría mantenerse lejos de casa para siempre, ¿verdad? Y cuando volviese, Adrien estaría ahí para recibirlo. Mientras tanto, buscarlo era un callejón sin salida.
El monóculo era otro callejón sin salida. Adrien lo había encontrado en el suelo del despacho de su padre justo antes de que Contraataque hiciera su aparición, y como Gabriel Agreste no lo había reclamado en dos días, Adrien había supuesto que pertenecía a Félix. El problema era que tan solo era un círculo de cristal que no hacía nada. Era un trozo de basura que Adrien guardaba solo por precaución.
Adrien escuchaba por enésima vez el contestador automático de su primo cuando le rugieron las tripas.
―¿Un viajecito a la cocina? ―propuso Plagg
Adrien asintió conforme, y se dispuso a cruzar hasta el otro lado de la mansión con el mayor silencio posible. Si su padre lo descubría saltándose la dieta a mitad de la noche se metería en un gran lío.
Así que, casi de puntillas, salió de su dormitorio, bajó las escaleras y recorrió el pasillo hasta la habitación del fondo, que debía encontrarse vacía a esas horas pero que no lo estaba.
Cuando Adrien entró en la cocina en silencio y descubrió a Natalie preparando un tentempié de medianoche, se mordió el labio inferior.
―¿Adrien? ―se extrañó ella―. ¿Qué haces aquí?
―Yo.. eh... ―balbuceó. Al final, decidió decir la simple verdad―: Tenía hambre.
―Eres consciente de que tendré que informar a tu padre, ¿verdad? ―Lo dijo sin alteraciones en el tono, como si fuese un robot. (Que solía ser la impresión que daba siempre.)
Adrien bajó la cabeza arrepentido. ¿Por qué tenía que soportar una regañina solo por tener hambre? ¡No era justo! Sin embargo, no se defendió.
―Volveré a la cama. Lo siento ―dijo, y se dispuso a dar media vuelta.
―Espera ―lo detuvo ella. Acto seguido, recogió uno de los platos que había preparado y se lo entregó. Era un bol con parmesano y uvas―. Te gusta mucho el queso, ¿no?
Adrien sonrió encantado.
―Entonces... ¿no se lo dirás a mi padre?
―No, debo decírselo. Pero no creo que le importe. Estos días está de muy buen humor.
―¿Ah, sí? ―se sorprendió Adrien.
Al fin y al cabo, ¿cómo iba él a saberlo? No se había cruzado con su padre desde que Hawk Moth obtuvo los miraculous. Según Natalie, estaba muy ocupado diseñando su nueva línea de bombines y por eso no quería salir de su despacho, lo que significaba que tampoco tenía interés en interactuar con su hijo. Pero Adrien estaba acostumbrado al rechazo, así que prefería ver el lado bueno: sin que su padre planease nuevas sesiones de fotos, tenía tiempo libre para amueblar el taller, para buscar a su primo y para pasar tiempo con sus amigos.
Adrien prefería caminar por la vida con optimismo.
Con esos pensamientos, volvió a su habitación.
―¡Kaalki, a todo galope! ―gritó Hawk Moth, con las gafas colocadas sobre la nariz.
El kwami fue absorbido por el miraculous y durante un momento, un solo momento, pareció que los cristales se ensombrecían y una pequeña herradura aparecía bajo el cuello de Gabriel, pero entonces el hombre sintió un dolor intenso las sienes y le cedieron las rodillas. Cayó al suelo emitiendo un gemido de frustración y sorpresa, mientras que los cinco kwamis que llevaba puestos salieron disparados de sus miraculous, deshaciendo las transformaciones al instante.
―¡Gabriel! ―exclamó Natalie, que acaba de aparecer en el observatorio con un tentempié de medianoche.
Corrió hacia él con un gesto preocupado en el rostro y lo ayudó a levantarse.
―¿Cuántos has podido usar esta vez? ―preguntó.
Gabriel Agreste apenas podía contener su frustración. Apretaba los dientes con rabia cuando contestó:
―Solo cuatro.
Cuatro, ese era el límite que soportaba su mente. Si trataba de usar más de cuatro a la vez, sentía como si la cabeza fuera a estallarle, y que los kwamis no quisieran colaborar con él no lo hacía más fácil. Además, después de la aparición de su esposa, su mente se encontraba en otra parte, sumida en cavilaciones y miedos que le impedían concentrarse. En ese estado, ¿cómo iba a arrebatarles los miraculous a Chat Noir y a Ladybug?
―Lo conseguirá, señor, sé que lo hará ―lo animó Natalie―. Pero por ahora, tómese un descanso ―añadió mientras le tendía los platos con queso, tostas, fruta y todo lo que había podido encontrar en la cocina.
Sin embargo, Gabriel estaba comenzando a perder la paciencia. Había pensado que con todos los miraculous en su poder sería imparable, pero si solo podía usar cuatro, ¿de qué le valían? Natalie se había ofrecido a convertirse en portadora de nuevo, pero Gabriel no se lo iba a permitir, no después del daño que le había infligido el miraculous del pavo real.
Gabriel tomó aliento. Había otra opción, una idea que llevaba rondándole durante días.
―Le hice una amenaza a París y voy a cumplirla ―sentenció―. Si no puedo usar los miraculous yo mismo, entonces encontraré un paladín digno de mi favor.
«Y sé exactamente por dónde empezar a buscar», pensó, mientras recordaba las caras de dos señoritas que le habían servido muy bien en el pasado.
