Adrien no sabía qué esperar cuando llegó a clase al día siguiente. Tenía mil preocupaciones en la cabeza: el ultimátum de Su-Han, el hecho de que hubieran pasado tres días y Hawk Moth no hubiera movido ficha… y también el súbito silencio de Plagg, que entre los nuevos poderes de Chat y la repentina aparición de la Orden se había vuelto un poco arisco.
Adrien supuso que la historia entre Plagg y la Orden no era agradable, a judgar por cómo el humor de su kwami parecía agriarse cada vez que Adrien le preguntaba por el tema.
―Son una panda de estirados ―fue lo único que logró sonsacarle a Plagg.
Al final, Adrien desistió. Tuviese lo que tuviese Plagg contra la Orden, si no quería hablar de ello, él no iba a presionarlo.
En fin, el caso era que Adrien tenía mil cosas en la cabeza cuando llegó a la escuela al día siguiente, y tener que lidiar con Marinette no era una de ellas. Nino le había prometido que la extraña actitud de su amiga se le pasaría en seguida y Adrien le había creído, porque Nino sacaba su información de Alya, que era una fuente fiable. Sin embargo, cuando Adrien llegó a clase e intentó saludar a Marinette, esta escondió la cabeza tras su libro de biología y no le devolvió el saludo.
Adrien se quedó con la mano en alto y un puchero que no se le pasó por alto a nadie.
¿Qué había hecho mal? ¿Cómo podía compensarlo?
Adrien no entendía nada.
―No te preocupes. Se le pasará pronto ―trató de consolarlo Nino, aunque ni siquiera él lo tenía claro.
Cuando Adrien se sentó y comenzó a sacar sus libros, Nino giró la cabeza hacia atrás y le dirigió una mirada cargada de intención a Alya. Sin embargo, ella le contestó con un encogimiento de hombros que significaba «Lo siento, pero no puedo hablar de ello».
Nino se enfurruñó. Hacía no mucho se habían prometido no ocultarse nada, ¡y ahora le decía que no podía explicarle algo que le estaba haciendo tanto daño a su mejor amigo! Tal vez Ladybug se había enfadado con ella por no mantener en secreto a Rena Furtive, discurrió Nino, y por eso Alya pensaba que debía poner nuevos límites. Aun así, se sintió muy traicionado.
Miró a Adrien, que se había convertido en un pozo de tristeza.
Si Marinette seguía ignorándolo por más tiempo, Nino no estaba seguro de ser capaz de sacarlo de ese agujero.
Lila entró en clase justo detrás de Adrien, así que tuvo una vista privilegiada de cómo Marinette lo ignoraba por completo y cómo el humor de él decaía en consecuencia. Al principio, no supo si sentir alegría por la brecha que se estaba abriendo entre ellos o envidia porque a él le importase tanto. Pero luego vio a Chloe y una tercera emoción se abrió paso entre las otras dos: la satisfacción de descubrir una oportunidad inesperada.
Así que caminó hasta colocarse delante del escritorio de Chloe y Sabrina y entonces exclamó, con fingida preocupación:
―Pobrecito, ¡mira qué triste está!
De inmediato, Chloe se cruzó de brazos y apartó la vista de Adrien.
―¡Bien! ¡Así por fin se dará cuenta de lo patética que es Dupain-Cheng! ―dijo, con esa voz chillona que tanto la caracterizaba.
Lila fingió que no la había escuchado y luego habló como si lo sintiera mucho por ellos dos:
―Adrien es un chico muy sensible. Dime, ¿se puso tan triste cuando le retiraste la palabra después de ser akumatizada en Reina Banana?
Chloe apretó los puños por debajo de la mesa. Casi sin pretenderlo, le echó un vistazo de reojo a Adrien, que era la viva imagen de la melancolía. Y sintió un enorme dolor al darse cuenta de que Adrien jamás pondría una expresión así por ella. Pero no le iba a confesar eso a Lila. No le daría era satisfacción.
No, Chloe era una reina. Y, como tal, no podía rebajarse al nivel de súbditos como Lila.
―Oye, escúchame bien, copia barata de mí ―le soltó―. Puede que nuestros intereses coincidan de vez en cuando, pero no somos amigas. Así que no me hables como si lo fuésemos.
Lila se tapó la boca con la mano para pretender estar sorprendida, cuando en realidad su mano ocultaba una sonrisa maliciosa que no había podido contener.
―Ay, lo siento mucho, Chloe, no pretendía ofenderte ―dijo. La rabia en los ojos de Chloe le dio a entender que su trabajo estaba hecho, así que concluyó la conversación―. En fin, la clase empezará pronto y no queremos que Miss Bustier nos regañe, ¿verdad? ¡Adiosito!
Se despidió alegremente y puso rumbo hasta su sitio en el fondo del aula.
Mientras caminaba hasta su asiento, Lila toqueteó el colgante que llevaba al cuello. Con el miraculous del zorro sería tan fácil desatar el caos… una ilusión por aquí, una ilusión por allá… y pondría su clase patas arriba.
La idea era muy tentadora, pero entonces recordó las palabras de Hawk Moth: no usar el miraculous para su propio beneficio, porque entonces Ladybug y Chat Noir descubrirían que poseía uno y se lo arrebatarían en cuanto tuviesen oportunidad.
Así que Lila tuvo que contener sus ganas. Sabía que la única razón por la que Hawk Moth le había dado un miraculous y le había ordenado que no lo usase había sido para probar su lealtad. Y si era verdad que los miraculous de la creación y la destrucción podían moldear el mundo a su antojo, entonces el premio que había al final del trayecto era mucho mejor que la satisfacción de ver a Dupain-Cheng ahogarse en sus propias lágrimas. Valía la pena esperar.
Mientras Lila pensaba esto y se sentaba, Trixx se ocultaba dentro de su chaqueta, incapaz de pedir auxilio pese a saber que su verdadera portadora se encontraba apenas unos metros de distancia.
¿Cuánto más tendría que soportar ese infierno?
―¡No lo entiendo, Plagg! ―exclamaba Adrien mientras daba vueltas por su habitación―. ¿Qué he hecho? ¿Por qué ya no me habla? ¿Tanto he metido la pata?
Plagg, sin embargo, no le daba mucha importancia. Primero, porque lo atribuía a uno de los ataques de vergüenza de Marinette. Y segundo, porque seguía pensando en la Orden y en su repentina reaparición después de todos esos años.
―Una panda de estirados. Eso es lo que son. Una panda de estirados… ―mascullaba para sí con rabia, sin hacer mucho caso a los lamentos de Adrien.
―Tal vez pueda preguntarle a Alya ―continuo el chico, absorto en sus propios problemas―. Quizá ella pueda decirme cómo solucionarlo.
―Sabes lo leal que es Alya. Si ni siquiera se lo ha explicado a Nino, ¿qué te hace pensar que te lo va a explicar a ti? ―repuso Plagg.
―Pero entonces… ¡¿qué puedo hacer?! ―Adrien se había llevado las manos a la cabeza y se tiraba de los pelos desesperadamente.
―Podrías hablar con Marinette.
De pronto, Adrien detuvo sus vagabundeos nerviosos y se le iluminaron los ojos.
―¡Eso es! ―exclamó, eufórico de repente― ¡Por supuesto, Plagg! ¿Cómo no se me había ocurrido antes?
Plagg pegó un respingo, muy sorprendido. No esperaba que Adrien tomase su idea en serio, precisamente porque era la solución más evidente y Adrien jamás optaba por la solución más evidente. Plagg se sintió muy orgulloso porque, por una vez en su vida, su portador decidiera enfrentarse a sus problemas con madurez. Por lo menos hasta que Adrien soltó:
―Si Marinette no quiere hablar con Adrien Agreste, ¡tal vez lo haga con Chat Noir!
Plagg contuvo las ganas de lanzarle el trozo de queso que estaba comiendo a la cara. No lo hizo porque él jamás desperdiciaba un buen trozo de queso.
―¿Y cómo justificarás tu visita? ¿No sería un poco raro que Chat Noir apareciera en su azotea sin ninguna excusa? ―repuso Plagg. Odiaba cuando era obligado a ser la voz de la razón. Tareas aburridas como esa se las dejaba a Terroncito.
―No tiene por qué ser raro. De hecho, yo diría que hace demasiado tiempo que no voy a visitar a Marinette. Al fin y al cabo, Chat Noir ha comido en su casa, ha ido al cine con ella, ¡y la ha salvado más veces que a cualquier otro ciudadano de París! Bueno, después del Señor Pichón. Yo creo que ya somos amigos, ¿no? Y los amigo se hacen visitas inesperadas.
Adrien parecía tan emocionado que Plagg decidió no intervenir.
―Además ―continuó el chico―, nadie me verá ir a su azotea porque usaré esto. ―Nada más decirlo, sacó un trozo de queso amarillo de uno de los cajones de su escritorio.
―¡Oh, no! ¡La poción de invisibilidad no! ¡Siempre me da gases! ―se quejó Plagg, pero fue tarde. Adrien ya había dicho las palabras mágicas para transformarse en Chat Noir, y luego se zampó el trozo de queso amarillo.
En cuanto lo hizo, se volvió una figura transparente de la cabeza a los pies. Se sentía un poco raro, como si tuviera un nido de hormigas recorriéndole el cuerpo, pero aun así sonrió complacido.
Nunca había tenido oportunidad de usar la poción amarilla. Por desgracia, debía darse prisa, porque sus efectos duraban solo cinco minutos.
