Chat Noir visita a Marinette y Adrien acude a Markov.
Chat Noir cruzaba la noche camuflándose entre las sombras. Antes de Contraataque no se hubiera molestado en ocultarse de las miradas curiosas de los transeúntes, pero con Hawk Moth en posesión de todos los miraculous... el peligro acechaba en cada esquina.
Por supuesto, su destino era el balconcito de cierta compañera de clase. Llevaba todo el día esperando a que cayera la noche solo para verla. ¡Incluso Ladybug había notado que estaba distraído y le había llamado la atención!
Dado que no podían salir a patrullar como antes, ambos héroes habían quedado hacía unas horas en el taller del escultor para tratar de descubrir nuevos poderes. Chat ya había comenzado a llamarlo "su guarida", a veces incluso su "nidito de amor" para provocar a Ladybug cuando la veía decaída. Sin embargo, ella aún se negaba a llamar a la nave algo más que "el taller".
Con respecto a su lady... aquella tarde ella y Chat habían tenido una conversación muy rara. Al averiguar que Félix seguía en París, Chat había propuesto pedirle ayuda a su primo, Adrien Agreste, para encontrarlo.
«Si quiso darle el miraculous del perro, y antes el de la serpiente, significa que Ladybug confía en Adrien, ¿verdad?», pensó Chat. Para su sorpresa, la respuesta de su lady fue una negativa rotunda:
―No quiero involucrar a nadie más ―se justificó Ladybug, pero evadió los ojos de Chat mientras lo decía.
Chat había recibido ese mismo gesto tantas veces desde que su lady se había convertido en guardiana que supo que Ladybug le estaba ocultando algo. Así que, para sonsacárselo, insistió:
―Pensaba que habíamos decidido no guardar más secretos entre nosotros.
Ladybug pegó un respingo, sorprendida por la aspereza en su tono. Chat se dio cuenta de que había dejado escapar sin querer una pizca de la frustración que llevaba acumulando por las mentiras y los secretos, pero antes de que pudiera disculparse, ella habló:
―Tienes razón. Te lo prometí. ―Bajó la cabeza, avergonzada―. La verdad es que... ver la cara de Adrien Agreste me recuerda lo que hice, el error que cometí y que nos ha llevado a esta situación. No quiero encontrarme con él, Chat, no aún. No puedo soportar estar cerca de Adrien.
Cualquier mentira hubiera resultado menos dolorosa para Chat. Primero Marinette lo despreciaba, ¿y ahora Ladybug decía que no quería volver a verlo? No era el mejor momento para ser Adrien, en definitiva.
Durante un instante sintió la tentación de llevarse la mano al bolsillo del traje y hacer uso del Orbe, pero entonces recordó la advertencia de Plagg: «Usar magia que no entiendes puede ser peligroso». Así que, en vez de eso, tragó saliva y contestó:
―Si no quieres verlo, yo puedo hacer de intermediario.
Ladybug aceptó sin pensárselo dos veces. En retrospectiva, aquel había sido el mejor desenlace. De esa forma Chat no tenía que preocuparse por engañarla con complicadas artimañas para justificar que Chat y Adrien nunca estuvieran en la misma habitación.
En fin, volviendo al presente...
Pese al duro golpe que había sido enterarse de la opinión que tenía Ladybug de Adrien Agreste, Chat aún consideraba que había pasado una tarde entretenida junto a su lady. El humor de Ladybug parecía estar mejorando, ya no parecía estar consumida por la culpa. Recuperar el miraculous del zorro le había devuelto la sonrisa, por lo menos en parte. Incluso había vuelto a responder a los flirteos de Chat con contraataques de lo más astutos.
La tarde con su milady y la noche con su princesa... Chat sonrió ante este pensamiento. No había compañía mejor, pensaba, mientras saltaba de azotea en azotea, envuelto en las sombras de la noche.
Estaba a punto de llegar al balcón de Marinette cuando advirtió su propio reflejo en una ventana y no pudo resistir la necesidad de detenerse. Primero comprobó que no hubiera nadie al otro lado del cristal y luego dio un paso atrás para mirarse mejor a sí mismo.
Adrien sabía que era guapo: había cientos de artículos, fotos y comentarios en internet dedicados a la simetría de su rostro y a los diversos tonos de verde en sus ojos. Sin embargo, ¿era Chat igual de atractivo? La máscara ocultaba su mejor atributo, que era su cara, aunque Chat opinaba que los ojos de gato eran mucho más interesantes que los ojos verdes que tenía como Adrien.
Sin embargo, en defensa de Chat, el ajustado traje negro resultaba de lo más favorecedor. Dejaba bastante poco a la imaginación, algo que a él no le importaba porque era el caso de casi todos los trajes de héroe. Cuando se lo había puesto por primera vez, a los catorce años, no había mucho que enseñar. Ahora, a los dieciséis... en fin, Chat no se explicaba cómo Ladybug aún no había caído rendida a sus pies.
Pero, por supuesto, si Ladybug fuera la clase de chica que se dejaba llevar por tales banalidades, él no estaría enamorado de ella.
Y sobre Marinette... ¿qué tipo de chica era Marinette?
Casi sin darse cuenta, Chat comenzó a comprobar que su aspecto estuviese en orden. ¿Su pelo? Salvajemente despeinado, como correspondía a Chat Noir. ¿Sus ojos? De un verde imposiblemente brillante. ¿Su cinturón-cola? Le resaltaba el trasero de forma espectacular. Y sobre el resto del traje...
Con un pensamiento peligroso, Chat agarró el cascabel de su cuello y bajó la cremallera del traje un poco, para enseñar un poco más de piel. Pero en cuanto se dio cuenta de lo que acababa de hacer, se lo subió hasta la barbilla como una monja.
«¡Dios mío, Chat! ¡Es a Marinette a quien vas a ver!», se reprendió a sí mismo.
Sacudiendo las tentaciones en su cabeza, retomó la marcha y llegó a la panadería de los Dupain-Cheng en apenas tres largos saltos. Se sorprendió al descubrir que Marinette lo estaba esperando en su balcón.
Nada más verla, Chat se sintió estúpido por haberse preocupado por su aspecto: Marinette estaba esperándolo en su pijama, sin importarle lo más mínimo mostrarse "presentable" ante Chat.
Chat aterrizó justo delante de ella y le dedicó una exagerada reverencia:
―Buenas noches, princesa.
Tomó su mano y le plantó un educado beso sobre los nudillos, lo que hizo que ella alzara una ceja con diversión. Lo miraba directamente, sin libros de historia de por medio, y a Chat le pareció que esa sola mirada compensaba el suplicio que había tenido que sufrir en la escuela.
―Supongo que vienes a recoger esto ―dijo Marinette, sosteniendo el videojuego Ultimate Mecha I que Chat se había "olvidado" tan convenientemente la noche anterior.
―¡Así que lo tenías tú! ¡Qué ladronzuela estás hecha, princesa! ―Chat fingió una sorpresa tan teatral que incluso él no pudo evitar reírse.
Marinette también se rio, por supuesto, aunque ese apelativo ―princesa― aún le chirriaba en los oídos. Era demasiado... íntimo.
―Bien. Tómalo y vete.
Sin más dilaciones, Marinette le lanzó el videojuego a Chat ―que lo recogió con torpeza porque el gesto lo había tomado desprevenido― y luego se agachó para abrir la trampilla que daba a su cuarto como dando la conversación por terminada.
Sin embargo, en un acto reflejo, Chat pisó la trampilla e impidió que Marinette la abriese. Lo hizo sin pensarlo, así que cuando la chica se giró hacia él con una expresión inquisitiva, no supo qué decir.
El rostro de Chat era la viva imagen de la confusión. ¿No iba a invitarlo a pasar? Después del «Hasta mañana» del día anterior, Chat había asumido que Marinette querría repetir la experiencia. ¿Lo habría malinterpretado? Ese pensamiento lo sumió en un agujero negro de decepción y vergüenza...
Por su parte, Marinette también miraba a Chat con una expresión de incredulidad. La noche anterior se había planteado que Chat se hubiera "olvidado" su videojuego a propósito para tener una excusa para volver a verla, pero había descartado la idea de inmediato.
Al fin y al cabo, ¿qué podría querer Chat de una civil normal y corriente como Marinette? Sin embargo, las emociones que en aquel momento cruzaban el rostro de su gatito no dejaban lugar a dudas: confusión, vergüenza... pero sobre todo una inmensa decepción.
Marinette se dio cuenta de que su primera impresión había sido acertada: Chat se había olvidado el videojuego a propósito.
Oh, Dios mío.
Marinette entró en pánico y en el séptimo cielo al mismo tiempo. ¿Sospecharía Chat de su identidad como Ladybug? No lo parecía, o por lo menos no le había dado esa impresión la noche anterior. ¿Y si Chat de verdad había disfrutado su tiempo con Marinette? La chica no supo cómo sentirse al respecto.
Al sentir la mirada de Marinette perforándole la cabeza, Chat retiró el zapato que estaba bloqueando la trampilla y cambió el peso de un pie a otro, bastante incómodo. Por primera vez en su vida, no supo qué decir.
―Puedo irme, si quieres, pero... ―Dejó el final de la frase en el aire, echándole una miradita muy significativa a Marinette.
Marinette no deseaba más que invitarlo a su cuarto, charlar de banalidades mientras sus pulgares golpeaban los mandos con violencia y burlarse de sus chistes malos. Pero las palabras que Chat había dejado salir hacía un par de horas aún pesaban en su conciencia: «Pensaba que habíamos decidido no tener más secretos entre nosotros».
El corazón de Marinette se había partido en mil pedazos nada más advertir su tono dolido. Chat aún le guardaba rencor, Ladybug estaba segura de ello, pese a que su compañero fingiese haberla perdonado y afirmase que su pequeña riña era cosa del pasado.
Pero la verdad era que Ladybug lo había hecho a un lado porque había intentado ser la líder perfecta. Después de Chat Blanc, se había obsesionado en proteger a su compañero mediante el control y los secretos, asumiendo todas las responsabilidades sobre sus hombros. En su mente, mantenerlo a oscuras había sido lo mismo que mantenerlo a salvo, pero lo que no había tenido en cuenta era que Chat jamás encajaría en el equipo perfecto que Ladybug había tratado de formar. Chat jamás se doblegaría a un sistema en el que Ladybug quisiera controlarlo todo porque Chat era, simplemente, incontrolable.
Después de aprender esa lección por las malas, Marinette no quería tener que mentirle más a Chat, pero si lo invitaba a entrar, ¿no estaría haciendo justamente eso? ¿O era una mentira justificable?
Chat percibió que Marinette estaba comenzando a ceder y se aprovechó de ello: juntó sus manos como rezando y compuso su más adorable expresión de súplica, con los ojos bien abiertos y el labio inferior doblado hacia fuera.
Marinette se derritió ante esos ojos de cachorrito. «Dios mío, Chat, ¿acaso no tienes nada mejor que hacer?», protestó en su mente.
Dejarlo entrar era una jugada peligrosa. Chat conocía a Ladybug como nadie. ¿Y si se percataba de las pistas sutiles? ¿Y si descubría a Tikki? ¿Y si se tropezaba con la caja de costura y descubría la caja de los miraculous?
Había tantas formas de que aquello acabara en desastre...
«Me he vuelto loca, completamente loca», pensó Marinette, mientras preguntaba:
―¿Quieres la revancha?
Inmediatamente, Chat lanzó un puñetazo al aire como gesto de victoria mientras exclamaba:
―¡Por supuesto que quiero!
Y así, juntos, se deslizaron a través de la trampilla hacia el interior de la habitación de Marinette.
―Oye, Kagami, si hubiera, digamos, molestado a una buena amiga pero no supiera exactamente qué he hecho, ¿cómo podría arreglarlo?
Kagami bloqueó la estocada de Adrien antes de preguntar:
―¿Estamos hablando de Marinette?
Detrás de su máscara de esgrima, Adrien abrió mucho los ojos.
―¿Cómo lo has sabido? ¿Te ha contado algo? ¿Qué te ha dicho? ―reclamó, muy ansioso.
Se distrajo, así que Kagami le clavó la punta del sable en el hombro y se anotó un tanto fácilmente. Al darse cuenta de qué rumbo estaba a punto de tomar la conversación, la chica decidió hacer una pausa. Levantó su máscara de esgrima, así que Adrien la imitó, cada vez más esperanzado.
―¿Y bien? ―quiso saber.
Antes de contestar, Kagami examinó su expresión con detenimiento. La mirada anhelante en sus ojos, la forma en la que sus labios se fruncían con la mayor seriedad... todo delataba lo mucho que le importaba Marinette.
«¿Cómo no pude verlo antes?», se lamentó Kagami. Se hubiera ahorrado muchos disgustos de haberlo hecho. Aunque, por otra parte, él tampoco se había dado cuenta aún, así que tal vez no fuera tan obvio.
―No te preocupes, se le pasará ―contestó la chica, asumiendo (cómo siempre) que Marinette estaba sufriendo una de sus «crisis Agreste» y que en un par de días superaría su vergüenza y podría volver a hablar con Adrien con toda la normalidad con la que era capaz de hablarle, que no era mucha.
Adrien soltó un gruñido de frustración. ¿Por qué todo el mundo le decía lo mismo? ¿Qué sabían ellos que él no supiera? ¿Qué había hecho mal?
Estaba punto de insistirle a Kagami cuando reparó, por el rabillo del ojo, que Max y Nathaniel estaban entrando en el aula de artes, para participar en las reuniones semanales del club de ajedrez.
―¿Podemos retomar la conversación en un rato? ―le pidió Adrien a Kagami―. Tengo que ir al baño.
Sin esperar su respuesta, Adrien corrió hacia los vestuarios con los dedos cruzados. Para su sorpresa, la suerte le sonrió: encontró a Markov justo donde esperaba encontrarlo, flotando sobre uno de los bancos de los vestuarios, aparentemente absorbido por algún musical de Bollywood, a judgar por la música que salía del aparato.
El club de ajedrez y Markov ―el robot creado por Max― habían tenido un pequeño desacuerdo hacía una semana, algo sobre que Markov no podía participar en los torneos oficiales porque, en fin, no contaba como un humano. Como resultado, mientras Max acudía a las reuniones, Markov mataba el tiempo en los vestuarios.
Antes de dirigirse a él, Adrien comprobó que estuvieran solos. Recorrió la zona de los casilleros y luego se asomó al baño. La suerte que le había faltado los últimos tres días debía de haberse volcado en ese momento, porque no encontró ni un alma.
―¿Adrien? ―Markov lo sorprendió desde atrás e hizo que el chico se girase bruscamente―. ¿Buscas a alguien? ―preguntó el robot mientras flotaba a la altura de la cabeza de Adrien.
―En realidad... ―Adrien se aclaró la garganta y luego bajó mucho la voz―: Es a ti a quien necesito. Me envía Ladybug, tiene una misión para ti. Pero es una misión secreta, ¿entiendes? Absoluto secreto. Ni siquiera se lo puedes contar a Max.
Los ojos digitales de Markov se abrieron todo lo que podían abrirse, pero luego se entrecerraron en un gesto de sospecha.
―Pero... ¿por qué yo? ―quiso saber.
―Sé que Max es Pegasus, que es parte del equipo, así que, por extensión, tú también lo eres ―contestó Adrien.
Después de esa confirmación, Markov no ocultó su alegría:
―¡Por fin! Max nunca me deja ayudarle cuando se transforma en Pegasus. Pero sabía que Ladybug acabaría reconociendo mi valía. Dime, dime. ¿Qué debo hacer?
―Markov, esto tiene que quedar entre nosotros dos, ¿lo entiendes? ―insistió Adrien. Sabía que Max y Markov lo compartían todo, incluida la identidad de Max como Pegasus. El problema era que Max lo compartía todo con Kim, y Kim con Alix... y Adrien temía que el supuesto "secreto" se le fuera de las manos.
―Ladybug puede confiar en mí. Al fin y al cabo, no le he revelado la identidad de Pegasus a nadie ―aseguró el robot.
A pesar de que Adrien aún tenía reparos, sabía que no había otro hacker mejor a quien acudir, así que no tenía más remedio que confiar en Markov.
Lo arrastró hasta uno de los cubículo del baño, por si acaso alguien entraba en los vestuarios y los pillaba con las manos en la masa. Markov no puso objeciones a las precauciones de Adrien, gracias a Dios. En vez de quejarse, colocó su portátil encima de la tapa del váter y preguntó:
―¿Y bien? ¿Cuál es la misión?
―Necesito que rastrees este número de teléfono ―contestó Adrien, mientras le mostraba el número de Félix en la pantalla de su móvil―. Debería encontrarse en algún lugar de París. Pero no puedo darte más detalles, lo siento.
Markov no se hizo de rogar: lo introdujo en el portátil y acto seguido la pantalla de su ordenador se convirtió en una sucesión veloz de ceros y unos. Adrien se apoyó en la puerta del cubículo, dispuesto a esperar lo que hiciera falta, pero para su sorpresa, el programa de Markov tardó menos de treinta segundos en cumplir con su cometido.
―Aquí lo tienes, Adrien. Número 151 de la calle de Sant Honoré. Por desgracia no puedo concretar el piso.
Durante un momento, Adrien se quedó helado, mientras miraba el mapa de París en la pantalla de Markov sin creerse lo que estaba viendo. El mapa marcaba claramente la localización del móvil de su primo, algo que Adrien había estado anhelando saber durante lo que ya parecía una eternidad.
Necesitó un par de segundos para reaccionar, y cuando lo hizo, no cupo en sí de gozo. ¡Había sido tan fácil! Hubiera besado a Markov allí mismo de no ser porque, en fin, era un robot y hubiera resultado bastante incómodo.
Félix había cometido un error tremendo al volver a París, y un error aún peor al irrumpir en la mansión Agreste. Había subestimado los recursos de Adrien.
¡Tan fácil! ¡Había sido tan fácil! A Adrien aún le costaba creérselo, pero tenía que volver junto a Kagami antes de que su perspicaz amiga viniera a buscarlo, así que se obligó a espabilar.
―¡Eres un genio, Markov!
―No te olvides de hablarle bien de mí a Ladybug, por si alguna vez necesita las habilidades de un hacker experto.
―Se lo haré saber, te lo prometo ―dijo Adrien distraídamente, mientras apuntaba la dirección en su móvil―. No tienes ni idea de la importancia del favor que le has hecho a Ladybug, Markov. ¿Cómo podría recompensártelo?
―Podías comenzar por dejarme echarle un vistazo a esa cosa que llevas en el bolsillo.
Entonces Adrien levantó los ojos de su móvil con un gesto de puro terror. ¿Lo que llevaba en el bolsillo? ¿Se refería al Orbe? ¿Pero cómo, si se suponía que los robots no podían percibir la magia?
Decidió hacerse el tonto:
―¿A qué te refieres?
―¡Al Spyfox 3000, por supuesto!
Fue entonces cuando Adrien se llevó la mano al otro bolsillo y palpó algo que se había olvidado que estaba ahí: el monóculo. Cuando lo sacó, Markov dejó escapar una musiquita rara que Adrien interpretó como una muestra de entusiasmo.
―¡El Spyfox 3000! ―exclamó Markov, claramente ilusionado―. ¿Cómo lo has conseguido? ¡Debería ser solo un prototipo!
Adrien frunció el ceño y miró el monóculo con nuevos ojos.
―¿Me estás diciendo que esto es un ordenador?
―Es tecnología punta. ¡La crème de la crème! ¿Puedo echarle un vistazo? ―suplicó el robot.
Una idea bastante traviesa comenzó a gestarse en la cabeza de Adrien.
―Claro que puedes. Pero tendrás que hackearlo, porque no es mío y ni siquiera sé cómo encenderlo.
―No te preocupes por eso. No por nada soy el mejor hacker de París. ¡De Francia, incluso!
Adrien le tendió el monóculo a Markov sin pensárselo dos veces. Le estaba costando aceptar la suerte que estaba teniendo ese día. «Tal vez estén cambiando las tornas», pensó.
No tenía ni idea de lo equivocado que estaba...
Markov conectó el monóculo a su portátil y tardó lo que había tardado en averiguar la localización de Félix en hackearlo.
―¡Qué maravilla! Es el código más hermoso que he visto... ―celebró―. Aunque la memoria está prácticamente vacía. Solo hay un vídeo. ¿Quieres que lo reproduzca?
Adrien se inclinó hacia el ordenador, tratando de ocultar sus ansias sin mucho éxito. La curiosidad lo estaba matando. ¿Era el monóculo propiedad de Félix, como había deducido? En ese caso, ¿y si contenía pistas sobre lo que ocultaba su primo? Fuese como fuese, Adrien estaba a punto de averiguarlo.
―Reprodúcelo.
Una sola palabra, una orden, bastó para que el mundo de Adrien se viniera abajo.
Antes de que alguien lo pregunte: sí, los personajes tienen 16 en este fanfic. Ha sido una decisión reciente así que puede que algunas referencias temporales en los capítulos anteriores no concuerden. (Creo que escribí por alguna parte que CN y LB llevan un año luchando contra HM, pero ahora acabo de decir que han sido dos.) Pero no, en este fanfic no habrá lemon ni smut ni nada de eso. Besitos y achuchones solo.
Siguiente cap el SÁBADO día 23 sobre las 19 hora de California.
