En el que el gatito necesita unos mimos.
―Se habrá olvidado ―la reconfortó Tikki―. Chat tiene su propia vida, ¿sabes? No es la primera vez que algún imprevisto le ha impedido salir a patrullar.
―Esta vez es diferente. ¿Y si le ha pasado algo? ¿Y si Hawk Moth le ha tendido una emboscada? ¿Y si se encuentra herido? ¿Y si...?
―¡Marinette! ―la detuvo Tikki, antes de que su portadora continuara con su retahíla de escenarios catastróficos―. Seguro que está bien. Sabe cuidar de sí mismo.
Pero Marinette no estaba nada convencida. En ese momento correteaba de un lado a otro en su habitación mientras se mordía las uñas como si fueran la galette más deliciosa jamás horneada. Había quedado con Chat a las siete de la tarde, en el taller, pero su compañero no había aparecido.
Ladybug lo había esperado durante dos horas, y cuando se hizo evidente que no iba a presentarse, a Marinette le había entrado un ataque de nervios.
―Debería haberme quedado en el taller ―se regañó a sí misma―. Tal vez se encuentre ahí ahora mismo. Tal vez me esté esperando. Tal vez...
―Si ese fuera el caso, entonces Chat hubiera contestado a tus mensajes ―le dijo Tikki.
―¡Pero no lo ha hecho! ¡Que es aún peor!
Tikki frunció el ceño. En realidad ella también estaba un poco preocupada, pero que ambas perdiesen los nervios no ayudaría a nadie. Además, lo que Marinette no sabía pero Tikki sí era lo controlador que era el padre de Adrien. Si su hijo hubiera desaparecido, ya estaría en las noticias y todo París estaría buscándolo. (Había ocurrido una vez, en Navidad.)
Entonces el teléfono de Marinette vibró sobre el escritorio. La chica le dirigió una mirada de reojo, demasiado ocupada en otros asuntos como para contestar a Alya, pero cambió de opinión en cuanto leyó su mensaje: «Creo que deberías saber que Chat Noir ha sido visto en Londres».
Marinette tomó su teléfono tan rápido que estuvo a punto de escurrírsele de entre las manos. Alya había adjuntado una foto, que Marinette abrió con unas ansias incontrolables.
La foto mostraba una figura alada flotando en frente del Big Ben. Alya tenía razón: era el traje de Astrocat. Era Chat Noir sin ningún género de duda, Marinette podría reconocerlo en cualquier parte.
De inmediato, Marinette presionó el botón de «llamar» junto al nombre de su mejor amiga, que contestó sin hacerse de rogar, seguramente porque estaba esperando su respuesta.
―¿A qué hora fue tomada la foto? ―preguntó Marinette, sin saludos ni rodeos.
Alya percibió la preocupación en su voz y se contagió de ella un poco.
―Sobre las siete y media de esta tarde. ¿Por? ―respondió. Alya había asumido que Ladybug había enviado a Chat Noir a Londres para buscar a Félix, pero al advertir el tono de su amiga, sospechó que no era el caso.
―Eso no... eso no tiene ningún sentido... ―musitó Marinette. Chat y ella habían quedado a las siete en el taller. ¿Por qué iba Chat a dejarla plantada para irse a Londres?
Al otro lado de la línea, Alya se mordió el labio inferior con una mezcla de culpa y frustración que la atormentaba con frecuencia aquellos días. Le estaba costando horrores contenerse y no preguntar por qué Marinette sonaba tan preocupada, qué hacía Chat en Londres y cómo demonios había conseguido Chat disparar el cataclismo en su pelea con Volpina.
Pero sobre todo le estaba costando horrores no preguntar sobre Trixx.
Alya sabía que Ladybug había recuperado el miraculous del zorro a principios de semana, y sin embargo ya era viernes y su mejor amiga no le había mencionado nada al respecto. Se había convertido en un tema tabú que llenaba sus conversaciones con silencios incómodos, y a Alya no le gustaba ni un pelo. Prefería que Marinette le diese una negativa rotunda a que la dejase en vilo de esa manera, pero tras Contraataque su mejor amiga había dejado de compartir su faceta de superheroína con ella casi por completo y Alya no era quien para reprochárselo.
Después de un largo silencio en el que Alya escuchó los engranajes del cerebro de Marinette funcionar a toda máquina, la aspirante a reportera propuso:
―Puedo no colgar la foto en el Ladyblog, si prefieres que nadie se entere de la excursión internacional de Chat Noir.
Marinette vaciló.
―Sí... yo... hum... no publiques la foto ―pidió al final.
―Nadie le dará mucho crédito si no está en el Ladyblog, pero la imagen ya corre por las redes sociales. Poco puedo hacer sobre eso.
―Ajá.
Marinette no le estaba prestando atención, se percató Alya. Se sintió ofendida, por supuesto, pero también sabía que era culpa suya. Si no le hubiera contado a Nino lo de Rena Furtive, traicionando así la confianza de su mejor amiga...
―Buenas noches, Marinette ―se despidió Alya, y Marinette, tan absorta como estaba en esclarecer las posibles razones para el comportamiento de Chat, no advirtió el arrepentimiento en su voz.
Cuando Alya colgó el teléfono, Marinette ya había tomado una decisión:
―Voy a ir a buscarlo, Tikki.
El kwami abrió mucho los ojos.
―¡¿A Londres?!
―A donde haga falta.
Tikki no estaba muy de acuerdo, ¿pero cómo negarse a los deseos de su portadora?
Así que Marinette se subió a su cama, salió al exterior a través de la trampilla y se plantó en su balcón con una determinación inquebrantable.
Estuvo a punto ―¡a punto!― de gritar «¡Puntos fuera!», cuando advirtió un bulto negro por el rabillo del ojo.
Marinette pegó tal salto hacia atrás que su espalda chocó contra la barandilla de su balcón. Tuvo que frotarse los ojos para asegurarse de que no estaba teniendo visiones, o que la escasez de luz ―ya era de noche― no le estaba haciendo ver espejismos.
Chat Noir estaba hecho un ovillo en el suelo, arrinconado en una esquina del balcón de Marinette. Estaba recogido sobre sí mismo, abrazando sus rodillas con la cara hundida entre ellas de forma que el único toque de color visible era su mata de pelo rubio. Sus hombros subían y bajaban de la misma forma que hubieran hecho si se hubiera estado riendo, pero por los leves aunque desconsolados sollozos que provenían de él, Marinette supo que no era el caso.
La chica necesitó unos instantes para procesar la escena que se presentaba ante ella: Chat estaba en su balcón. Y estaba llorando.
Marinette se acercó muy despacio, temiendo sobresaltarlo. Quiso pegarle un toquecito en el hombro para advertirlo de su presencia, pero en vez de eso, puede que por hábito o en un acto reflejo, sus dedos se hundieron en el cabello rubio de él y comenzó a acariciarle la cabeza con cariño.
En cuanto notó su mano, Chat se estremeció, pero Marinette no dejó de enredar sus dedos en sus mechones rubios. Lo había hecho más veces, pero nunca sin sus guantes moteados. Descubrió que el cabello de Chat era sedoso y agradable, y que podría pasarse horas acariciándolo.
El gesto pareció sacar a Chat de un trance. Poco a poco, muy lentamente, el chico alzó la cabeza y la miró.
―¿Ma-Marinette? ―se extrañó.
Sus ojos estaban húmedos e hinchados, e hicieron que a Marinette le diera un vuelco al corazón. Había visto a Chat triste, enfadado, contento e incluso poseído, pero jamás, ¡jamás!, lo había visto llorar hasta el punto de acabar con los ojos agrietados.
De repente, Chat comenzó a mirar a su alrededor como si no supiese dónde se encontraba, pero en cuanto cayó en la cuenta, se apresuró a levantarse del suelo con una expresión de pánico.
―¡Lo siento! Oh, lo siento tanto. No pretendía... Yo... No sé cómo he llegado aquí. No quería ir a casa y... Te juro que no sé cómo he llegado hasta aquí. Ahora mismo me marcho.
―No hace falta.
Chat la miró sin entender, pero Marinette ya había tomado una decisión: no pensaba dejarlo ir. No después del susto que le había pegado, faltando a su cita en el taller unas horas antes. No después de aparecer de improviso en su balcón. Y mucho menos iba a dejarlo solo cuando era tan evidente que había estado llorando hasta que se le habían acabado las lágrimas.
―Acabas de decir que no quieres ir a casa. Quédate en la mía, entonces ―propuso Marinette, aunque en realidad no era una propuesta: era una súplica. Si Chat se marchaba, Marinette era consciente de que no podría conciliar el sueño sabiendo que, en algún lugar de París, su gatito sufría y ella no estaba cerca para consolarlo.
Puede que fuese porque el repentino ofrecimiento le tocó la fibra sensible, o puede que fuese porque Chat era un dique de emociones a punto de reventar, que sus ojos comenzaron a empañarse de nuevo. Sus mejillas se sonrojaron de la vergüenza y apartó la cabeza para que Marinette no lo viese en un estado tan lamentable.
«¡Contrólate, Adrien! ¡Estás delante de Marinette!», se dijo a sí mismo. Casi pudo escuchar la voz de Félix añadiendo: «Eres patético».
Ese pensamiento, por supuesto, solo hizo que le entraran más ganas de llorar.
Lo siguiente que ocurrió no fue iniciativa suya. Marinette lo agarró del brazo y prácticamente lo empujó a través de la trampilla para meterlo en su cuarto. (¡Qué fuerte era para ser tan pequeña!)
Chat cayó de espaldas sobre la cama de Marinette, aún algo desubicado. Era cierto que no tenía ni idea de cómo había acabado en su balcón. Al caer la noche en Londres, Chat había puesto rumbo hacia París, pero a medio camino había decidido que no quería volver a la mansión fría y solitaria de los Agreste, así que de alguna manera había ido a parar al lugar que representaba todo lo contrario: la acogedora y familiar panadería de los Dupain-Cheng.
En definitiva, Chat no pensaba con claridad esa noche.
Marinette cayó sobre la cama un segundo después y cerró la trampilla tras ella. El frío de la noche fue sustituido por el calor ―literal y figuradamente― de esa habitación cubierta de rosa.
De repente, estaban el uno enfrente del otro, agachados sobre el colchón con un millón de mensajes tácitos flotando entre ellos pero sin saber muy bien qué decir o hacer.
Marinette gateó en dirección a Chat, resistiendo la tentación de tomarlo entre sus brazos porque no sabía si Chat se sentía lo suficiente cómodo junto a ella como para permitirlo. Sin embargo, el chico no se alejó. Tampoco reaccionó.
Chat se había perdido en la mirada de Marinette. Sus ojos eran tan grandes y tan azules como el océano, pensó. «Déjame ayudarte», gritaban. Era una mirada cálida y cariñosa que Adrien no hubiera recibido de haber vuelto a la mansión Agreste. Todo lo contrario, se imaginó: de haber vuelto a la mansión, hubiera sido recibido con una reprimenda dura y un castigo por haber escapado de sus clases de esgrima. Además, sus lágrimas solo empeorarían la situación. (Llorar no era digno de un Agreste, al fin y al cabo.)
Y en cambio Marinette lo había acogido con una preocupación tan genuina, con tanta empatía, con tanta amabilidad... que derritió su corazón.
Mucho más tarde, Adrien reflexionaría sobre el poco control que tenía sobre sus acciones aquella noche, porque de haber estado en su sano juicio no se hubiera abalanzado sobre Marinette, no hubiera buscado su cercanía con unas ansias que rozaban la desesperación, y definitivamente no se hubiera acurrucado sobre su regazo como si fuera una maldita almohada.
Pero eso fue exactamente lo que hizo Chat. Y ella, muerta de la preocupación y dispuesta a perseguir con horcas y antorchas al responsable de haber lastimado a su gatito, lo apretó entre sus brazos como tratando de protegerlo de las crueldades del mundo exterior.
―Está bien, gatito. Estás a salvo. Estás a salvo ―le susurró.
Su voz era como un hechizo, pensó Chat. Era mucho más efectiva que el Orbe, que solo lo había hecho vomitar. En cambio, la voz y la presencia de Marinette lograron serenarlo como la magia de Plagg no había podido.
De repente, se sorprendió a sí mismo respirando plácidamente. Aún tenía las mejillas húmedas, pero ya no sentía ese nudo en la garganta que lo hacía querer echarse a gritar.
Se mantuvieron en esa posición durante un buen rato: él tenía la cabeza sobre el regazo de ella y sus brazos le rodeaban la cintura; mientras que ella había comenzado a acariciarle la cabeza como si fuera un gato de verdad.
―¿Quieres... quieres contarme qué ha pasado? ―preguntó Marinette casi de inmediato.
En realidad sabía que no debería estar preguntando. Al fin y al cabo, tenía toda la pinta de ser un asunto personal, solo eso podría haber alterado tanto a su compañero, y sabía que Chat no podría hablar abiertamente de asuntos personales con ella.
En efecto, la respuesta de Chat fue la prevista:
―Yo no... no puedo contártelo.
«No insistas. No insistas», se repitió Marinette, pero es que la preocupación la estaba matando.
―No tienes por qué darme nombres, ni detalles. Pero tal vez hablarlo con alguien te ayude.
Marinette esperó y esperó mientras continuaba mimando a Chat con una técnica perfeccionada con los años. Mientras esperaba, recordó la primera vez que Chat se había quedado dormido en su regazo: había ocurrido cuando tenían catorce años, después de una larga patrulla. Por aquel entonces su compañero era más esbelto que robusto, no exactamente delgaducho, pero sí tenía más fibra que músculo.
Chat había pegado el estirón tan de repente que a Ladybug le había costado seguirle el ritmo. Seguía siendo esbelto, seguía teniendo esa agilidad gatuna que lo caracterizaba, pero ya no era un niño. Marinette admiró su espalda ancha, su torso bien definido y su porte escultórico. Se hubiera avergonzado de estar pensando en su compañero de esa forma de no ser porque la situación no daba pie a eso. En su lugar, sintió nostalgia.
Todo era tan fácil antes de convertirse en Guardiana...
―Es mi padre.
Marinette se había dejado llevar tanto por los recuerdos que cuando Chat por fin abrió la boca, pegó un respingo.
―¿Tu... tu padre?
El chico se removió incómodo. No sabía si debería estar hablando de eso. Más bien: sabía que no debería estar hablando de eso, pero necesitaba sacárselo de encima.
―Él es... una persona difícil. Pero me quiere, sé que me quiere.
Marinette dejó escapar un sonido para darle a entender que quería que continuase, pero entonces Chat debió de arrepentirse de sus palabras, porque cambio de tema:
―Siempre he envidiado a tu familia, ¿sabes? Tu madre, tu padre y tus abuelos te adoran. Los cuatro han sido akumatizados por ti, ¿verdad?
Marinette no pudo evitar una risita.
―¿Eso te parece digno de envidia? ―se burló.
Sin embargo, la respuesta de Chat no contuvo ni una pizca de humor:
―Mi padre jamás sería akumatizado por mi bien.
Sobrevino un silencio cargado de tensión.
Marinette reflexionó sobre las palabras de Chat con un sabor amargo en la boca. El ánimo de Chat Noir no se quebraba fácilmente, y cualquiera que lo conociese afirmaría sin ningún género de duda que era una persona feliz. Por eso y porque su brújula moral apuntaba en la dirección correcta, Marinette siempre había asumido que su entorno familiar no podía ser muy diferente al de ella: lleno de amor incondicional.
Sin embargo, Marinette estaría mintiendo si dijese que nunca había sospechado que Chat era una persona más compleja de lo que se apreciaba a simple vista. Más de una vez lo había pillado perdido en sus pensamientos, mirando a la nada como si solo así pudiese apagar el ruido en su cabeza. Pero Ladybug siempre se había esforzado por ignorar la tristeza en sus ojos, porque no inmiscuirse en los asuntos del otro era una de las desventajas de las identidades secretas.
Ahora Marinette estaba reevaluando todo lo que sabía ―había asumido― de Chat.
Chat, por su parte, sabía que se había ido de la lengua y no había marcha atrás. En realidad, no estaba preocupado por proteger su identidad ―sabía que Marinette era de confianza, y de hecho sería un alivio poder dejar de mentirle―, sino por lo que pensaría Ladybug si se enteraba.
Pobre de él, no sabía que era la mismísima Ladybug la que lo estaba interrogando. Marinette insistió, porque Chat acababa de abrir la caja de Pandora y Ladybug no pudo resistirse a averiguar qué más se ocultaba detrás de la permanente jovialidad de Chat Noir:
―¿Es por eso que estás así? ¿Por tu padre?
Chat se encogió sobre sí mismo. Tenía tantas ganas de sincerarse con ella, pero tanto miedo a traicionar la confianza de Ladybug...
―Hoy he descubierto algo sobre él ―continuó Chat, tratando de ser lo menos concreto posible―. Bueno, en realidad no lo he hecho. Es más bien... he encontrado una pista que podría significar que él no es... la persona que creo que es.
―En el mal sentido, supongo.
Chat asintió.
―Ya no sé qué pensar, Marinette. No quiero creérmelo, de verdad que no quiero. No podría soportar que... que mi padre fuera un monstruo.
Marinette pegó un respingo. «Monstruo» era una palabra muy fea, y usarla para describir a su propio padre... Marinette se estremeció. ¿Tan malo era lo que Chat acababa de descubrir?
El recuerdo hizo que el chico retomase sus letárgicos sollozos. Seguía con la cabeza apoyada en el regazo de Marinette, así que sus lágrimas mojaron el pantalón de la chica, pero a ella no le importó. Marinette solo quería llegar al fondo del asunto, quería consolar a Chat, quería hacerlo sentir mejor, pese a los riesgos que conllevaba saber demasiado sobre su vida privada.
Así que lo único que se le ocurrió decir fue:
―Si algo he aprendido de mi experiencia con Chloe, es que padres horribles crían a hijos horribles. Tú no eres horrible, Chat. Eres la persona más amable, generosa y valiente que conozco. Así que no creo que tu padre sea un monstruo, no si ha criado a un hijo como tú.
De repente, Chat levantó la cabeza como una centella y miró a Marinette. Había una luz extraña en sus ojos, como si Marinette acabase de revelarle los secretos del universo. Marinette no se dio cuenta, pero esa luz era esperanza.
―¿Eso crees? ―preguntó Chat, cauteloso―. Crees que... ¿que mi padre no puede ser tan malo?
Marinette vaciló. En realidad no tenía ni idea de lo que estaba hablando; no sabía absolutamente nada sobre la situación familiar de Chat. ¿Era su opinión válida? Sin embargo, estaba desesperada por animar a su compañero, que tantas veces le había infundido valor a ella. Así que reafirmó sus palabras, con una convicción que en realidad no albergaba:
―Creo que se merece el beneficio de la duda.
Aquello fue la guinda del pastel. Chat se incorporó en la cama y prácticamente la placó con una gratitud que no cabía en él:
―Gracias. Gracias. Gracias. Gracias.
Marinette ―ahora debajo de Chat, envuelta en un abrazo de oso― se sintió muy bien consigo misma, aunque una parte de ella temía que hubiera hablado demasiado a la ligera. Le devolvió el abrazo a Chat, aunque tuvo que decirle de forma amable que la estaba aplastando.
Cuando se dio cuenta de que estaba descargando todo su peso sobre ella, Chat se apartó un poco. Acabó con medio cuerpo sobre Marinette y la otra mitad sobre la cama. Luego, simplemente porque quería y porque a ella no parecía importarle su cercanía, hundió la cabeza en el cuello de Marinette, su nariz haciéndole cosquillas en la clavícula. La chica no pudo evitar una risilla; a veces Chat se comportaba demasiado como un gato, y ella no sabía si se trataba del efecto del miraculous o si Chat se metía demasiado en el papel.
―¿Puedo quedarme un poco más? ―suplicó Chat, mientras se acurrucaba junto a Marinette.
La chica bajó la cabeza hacia él, y aunque solo le veía la cocorota, fue suficiente. «Es injusto que sea tan lindo», pensó.
―Por supuesto, gatito.
Y así, acurrucados y compartiendo calor corporal, ambos perdieron la noción del tiempo.
A Marinette aún le carcomía no saber qué había causado una herida tan profunda en su compañero, y también le dolía no poder hacer más.
Chat, en cambio, se encontraba sumido en pensamientos mucho más turbulentos. ¿Y si Marinette tenía razón? ¿Y si había llegado a conclusiones precipitadas? Al fin y al cabo, lo que había visto en el video no era prueba definitiva de que su padre fuese Hawk Moth, eso lo había deducido Markov. Era prueba de que Gabriel guardaba secretos, secretos más turbios de lo que Adrien había creído, pero eso no era ninguna novedad.
Tal vez... tal vez había sido muy injusto con su padre al haber asumido que era un supervillano, pensó Adrien. Era su padre, al fin y al cabo, no un genio del mal. Quizá Gabriel no fuese un modelo a seguir como figura paterna, pero amaba a su hijo, aunque le costase demostrarlo.
Así que, tal y como había sugerido Marinette, Adrien decidió concederle el beneficio de la duda. Aun así, el beneficio de la duda no era lo mismo que estar fuera de sospecha, así que Adrien descartó confrontarlo directamente.
En primer lugar, porque no quería tener esa conversación con él, y en segundo lugar, porque si era cierto que su padre era Hawk Moth y se enteraba de que Adrien lo sabía... entonces probablemente encerraría a Adrien en la mansión y le prohibiría cualquier comunicación con el mundo exterior, todo con tal de proteger su secreto.
Conque solo había una manera de destapar la verdad: Félix. Como Markov había conseguido la dirección de su escondite, Adrien pensó que no podría ser muy difícil atraparlo. Lo interrogarían, y Adrien estaba convencido de que su primo les daría cualquier otro nombre que no fuera en de su padre.
Exacto. Seguro que Félix les daba cualquier otro nombre que no fuera el de su padre.
Poco a poco, Chat comenzó a adormecerse. En realidad, fue Marinette la que cayó rendida antes, y la cadencia letárgica de su respiración hizo que Chat se relajase hasta sumirse en un sueño profundo.
Seguuuuuuro que Félix les da un nombre que NO es el de Gabriel Agreste...
Además: ¿quién más quiere estrangular a Marinette ahora mismo?
Por cierto, este fic ya tiene 100 páginas en mi documento de Word. ¡Muchas gracias a todos/as por haber llegado hasta aquí! Y lo que aún me queda por contar... Si estáis pensando que este fic está a punto de llegar a su final, estáis muy equivocados. Apenas he llegado a escribir un tercio de lo que tengo planeado.
Como ya he avisado con anterioridad, esto es un longfic. Énfasis en lo de "long".
El siguiente capítulo sale el sábado por la noche y se titula "Chloe".
