Ese es el capítulo más laaaaaargo que he publicado. (Lo normal son 3000-3500 palabras, este tiene más de 5000.) Me planteé dividirlo en dos partes, pero... ya habéis sufrido suficientes cliffhangers. Así que poneos cómodos, porque esto os va a llevar un buen rato.
El poder de la destrucción pura se arremolinaba alrededor de Chat Noir en forma de cientos de gusanos ansiosos por devorar carne, ladrillo o cualquier cosa que encontrasen a su paso. Giraban y se retorcían pegados a su traje, demandando ser liberados, pero Chat Noir estaba logrando de contenerlos.
Por el momento.
Encima del Arco del Triunfo, Adrien era apenas consciente de sus alrededores. Tan solo sabía que le ardía todo el cuerpo y que una parte de él estaba tentándolo peligrosamente para lanzarse a destruir, a matar.
¡Pero él no quería matar a nadie! Lo único que deseaba era cerciorarse de que su padre no fuese el hombre que se encontraba tras la máscara púrpura de la mariposa, y de alguna forma, ese deseo, o mejor dicho, el miedo a que Hawk Moth fuera en efecto su padre, había despertado sus instintos más primitivos, que ahora estaban luchando por tomar el control.
Pero todo eso era lo que zumbaba en su cabeza. Fuera de ella, encima del Arco del Triunfo, tres personas lo observaban expectantes, completamente ajenas a las razones por las que el portador de la destrucción se estaba comportando como una especie de bestia.
Hawk Moth tenía una mano sobre sus costillas, un dolor insoportable palpitaba en su abdomen. Vritra, un dragón humanoide de escamas rojas, estaba plantada entre su jefe y Chat Noir en una actitud protectora, mientras que Ladybug giraba su yo-yo al lado de su compañero, pero a una distancia prudencial porque Chat no parecía estar en su cabales, así que ni siquiera Ladybug se fiaba de él.
Los ojos de Chat Noir eran negros como el petróleo, su cuerpo emanaba energía. Estaba encorvado hacia delante como preparado para atacar y su respiración era violenta, jadeosa, como un lobo. Por si fuera poco, dos colmillos anormalmente largos sobresalían bajo sus labios y brillaban como dos navajas aún bajo la luz del sol.
Todo en él era salvaje y amenazante. A primera vista, era una bestia cerniéndose sobre sus presas.
Sin embargo, Ladybug miró más allá y se fijó en que sus poderosos músculos palpitaban en tensión y sus puños estaban cerrados con tanta fuerza que sendos hilos de sangre goteaban desde sus palmas hasta la piedra blanca del Arco del Triunfo.
Eso fue lo que le dio a entender que Chat Noir no estaba fuera de sí por completo. Se estaba resistiendo, estaba esforzándose al máximo por mantener el control, estaba luchando contra sus instintos. Pero a judgar por cómo su respiración se hacía más pesada por momentos, Ladybug sospechaba que estaba al borde de perder la batalla.
Así que tenía que hacer algo.
Justo entonces, Hawk Moth hizo un movimiento inesperado para apoyar el bastón en el suelo y poder descansar parte de su peso sobre él, y como respuesta, Chat Noir dejó escapar un gruñido de advertencia que hizo que los tres pegaran un respingo.
Ladybug entendió al instante por qué Hawk Moth y Mayura —perdón, Vritra— estaban plantados sobre el Arco del Triunfo sin mover ni un músculo: porque sabían que, si trataban de huir, Chat Noir se lanzaría a perseguirlos. Ladybug intuyó también que la razón por la que Hawk Moth esbozaba una mueca de dolor y se abrazaba el pecho era precisamente porque ya había tratado de escapar y había sufrido las consecuencias.
(En realidad, Hawk Moth tenía otros tres miraculous encima: la tortuga, el mono y el caballo, pero ninguno sería de ayuda en esas circunstancias. El escudo de Carapace no era rival para el Cataclismo, el poder del mono solo empeoraría las cosas si hacía que la energía destructiva se saliese de control, y aunque Kaalki estaba alimentado y listo para largarse de ahí, el problema era que Hawk Moth sabía que no sería lo suficiente rápido como para invocar el Teletransporte antes de que Chat Noir lo hiciera pedazos.)
La heroína cambió en peso de su cuerpo de un pie a otro, vacilante. Dada la situación, solo había una solución posible, pero solo pensar en ello hacía que se le revolviese el estómago. Sin embargo, al final hizo de tripas corazón y echó una mirada muy significativa a Hawk Moth y Vritra, esperando que ellos captaran el mensaje sin necesidad de palabras: si querían salir de allí ilesos, iban a tener que acordar una tregua temporal.
Oh, Dios, Ladybug no podía creer que hubiera caído tan bajo.
Pero fue justamente eso lo que trató de transmitirles a Hawk Moth y a Vritra con la mirada, por miedo a que el sonido de su voz alertara a Chat Noir. Y a judgar por como ambos villanos compusieron sendas muecas de asco, ellos habían pensado lo mismo: ¿de verdad estaban tan desesperados como para cooperar con Ladybug, de todas las personas?
Pues sí, lo estaban. Estaban contra las cuerdas, y ninguno de los tres quería enfrentarse solo a un poder capaz de convertir cualquier cosa que tocara en polvo. Incluso a una persona.
Si querían salir de esa, tenían que trabajar juntos. Por mucha rabia que les diera.
Ladybug analizó la situación de nuevo: Chat Noir parecía no querer que sus enemigos se marcharan —aunque Ladybug estuviera deseando que lo hicieran—, pero por otra parte, estaba conteniéndose de atacarlos, seguramente porque sabía que las probabilidades de que los matara en ese estado de frenesí eran altas.
«No, no lo hagas por ellos», se dijo Ladybug a sí misma, «Hazlo por él. Hazlo por Chat. Está sufriendo, ¿no lo ves?»
«Eso», dijo de repente una voz en su cabeza.
«¿Tikki?», la llamó Ladybug, pero su kwami no contestó. La conexión entre ellas aún no era lo suficientemente fuerte como para mantener una conversación con normalidad. Aunque Tikki escuchara todos los pensamientos de Marinette, el kwami no podía transmitirle a su portadora más que palabras sueltas. «Tikki, si tienes alguna idea, por favor, dila ahora.»
Ladybug esperó a la respuesta de su kwami, pese a que Hawk Moth estaba aguardando con impaciencia a que se le ocurriese algún plan brillante. (Qué giros daba la vida…)
Al cabo de un rato, Tikki soltó: «Emociones positivas. Determinación. Amor.»
Ladybug sintió una opresión en el pecho. ¿Amor? ¿Qué se suponía que significaba eso? Ladybug quería a Chat, por supuesto… pero como amigo.
Así que, incapaz de comprender lo que su kwami quería decirle, decidió ignorar las palabras de Tikki e hizo lo que siempre hacía cuando todo parecía perdido, cuando parecía que no había solución: invocó su Lucky Charm.
Lo invocó con un susurro y un movimiento mínimo, tratando de no perturbar a Chat. Sin embargo, él ni siquiera la miró, concentrado como estaba en mantener a sus enemigos a raya.
Y lo que apareció de la nada y cayó en las manos de Ladybug fue… una caja de música.
Tanto Hawk Moth como Ladybug entendieron el significado de la caja al instante: la música amansa a las fieras, era sabido por todos. Sin embargo, a ambos les pareció… demasiado fácil, demasiado simple. Aunque, por otra parte, Chat Noir era un tipo simple y directo; tal vez por eso la solución al problema fuese también simple y directa.
Como Ladybug se estaba tomando su tiempo en examinar la caja, por si acaso, Hawk Moth dio un pisotón impaciente en el suelo, para apremiarla para que la hiciera sonar de una vez.
El golpe no le hizo ninguna gracia a Chat Noir, que levantó la cabeza bruscamente, y de forma automática, Vritra se preparó para su ataque.
Por suerte, el ataque no llegó porque Chat Noir dio un paso vacilante hacia atrás, apretando los dientes como si el mero gesto le produjera un inmenso dolor. Parecía en conflicto, indeciso entre atacar o contenerse. Una parte de él escuchaba el corazón de Hawk Moth latir como loco y sentía los rastros del poder de los miraculous que estaban escondidos en la solapa de su traje, y no deseaba más que destruir, destruir, destruir. Otra parte de él, la racional, no quería herir a nadie.
Por ese movimiento, Ladybug confirmó que se les acababa el tiempo, así que accionó la manivela de la caja de música. De ella comenzó a sonar una canción sencilla, rítmica, como una nana. Apenas eran seis compases que se repetían en bucle una y otra y otra vez.
Dos personas se tensaron al escuchar esa melodía: Chat Noir… y Hawk Moth.
Gabriel Agreste giró la cabeza hacia la caja de música debido a un déjà-vu inesperado. Esa melodía le sonaba vagamente familiar, pero… ¿por qué? La había escuchado en alguna parte, de eso estaba seguro, pero no sabría decir dónde. Sin embargo, alejó esos pensamientos de su cabeza —no era el momento de revivir recuerdos dolorosos— y volcó su atención sobre Chat Noir. En cuanto ese poder negro que se agitaba alrededor de él se apagara, él y Natalie saldrían corriendo.
Sin embargo, lejos de amansarse, Chat Noir comenzó a jadear cada vez más rápido. Apenas Ladybug comenzó a hacer funcionar la manivela, el chico giró la cabeza hacia ella con un fuerte latigazo, porque reconoció la canción apenas hubo escuchado las tres primeras notas.
Re, mi, sol…
La parte racional de Adrien, la parte que estaba tratando de liberarse, reconoció la melodía y se sintió desfallecer. Confirmó que se trataba de la canción —su canción— en cuanto llegó el segundo compás, que era inconfundible…
La, sol, si…
Era una partitura extremadamente simple, una que incluso un niño de siete años podría haber tocado al piano porque, al fin y al cabo, ese había sido su origen. Adrien la había compuesto para su madre a esa edad, cuando estaba aprendiendo a tocar, y ella la había recibido con suma ilusión, e incluso la había transcrito para él. En realidad apenas eran un montón de notas al azar que guardaban cierta consonancia por pura casualidad, pero de vez en cuando, cuando se sentía nostálgico, Adrien las tocaba al piano y se imaginaba a su madre aplaudiendo en bajito detrás de él.
Adrien se la sabía de memoria, lo que era una suerte porque la partitura original se había perdido hacía mucho. Así que podría decirse que la única copia que existía estaba en su mente.
¿El nombre que Emilie le había dado a la melodía? La canción de la luna llena.
Adrien no era del todo consciente de dónde estaba saliendo la música —tampoco se dio cuenta de que era imposible que alguien más supiera tocarla—, lo único que sintió fue que de repente una ola de recuerdos agridulces lo abrumaba: su madre y él aprendiendo a cantar y a tocar el piano, bailando al son de Bach, jugando al baloncesto y al ajedrez (ella solía dejarlo ganar)…
Las imágenes se reproducían en su cabeza, una tras otra, en una sucesión vertiginosa. Eran ráfagas fugaces, flashes que le sentaron como puñaladas y que al principio le dolieron tanto que lo hicieron resistirse, revolverse de una manera rabiosa que hizo que Ladybug pegara un respingo, pero no dejó de hacer girar la manivela.
Sin embargo, poco a poco, Adrien —no Chat, no la bestia descontrolada, sino Adrien— logró ralentizar las imágenes hasta lograr aferrarse a una de ellas. Logró enfocarla para poder revivirla con claridad.
Él y su madre, compitiendo por quién podía alcanzar la nota más alta. Él y su madre, apostando por quién podía columpiarse más alto. Él y su madre, huyendo de la escena del crimen porque acababan de decapitar a un maniquí (no a propósito, claro, pero Emilie le había comprado a Adrien una pelota de baloncesto nueva y él no había querido esperar hasta llegar a casa para comprobar lo alto que podía botarla).
La mayoría de esos recuerdos estaban cubiertos por un velo de tristeza, pero también eran memorias felices, luminosas. Su madre siempre había sido el sol de la mansión Agreste, su vivacidad era realzada por el contraste con la frialdad de su esposo (cómo habían acabado juntos, era un misterio). Al contrario que Gabriel, Emilie era todo sonrisas y palabras amables; era como un imán para todo aquel que se le acercara, su mera presencia iluminaba una habitación.
Y sin embargo, bajo a su fachada de grácil florecilla, Emilie Agreste era, en realidad, una fuerza de la naturaleza. Que Dios se compadeciera del pobre desgraciado que se interpusiera en su camino. Cuando se le metía algo entre ceja y ceja, no había quien lograra hacerla cambiar de idea, fuese para defender una causa noble, para corregir una injusticia o para conseguir en rojo ese body tan lindo para su bebé.
Aunque, por supuesto, Emilie no era perfecta. Muy al contrario: si no fuera por Natalie, habría llegado tarde incluso a la entrega de los Premios César, que ganó cuatro veces en su corta carrera como actriz. Así que menos mal que era de alta cuna y se podía permitir cocineros y personal doméstico que le organizasen la vida, porque de otra forma, Emilie hubiera sido un desastre con patas (en realidad sí que era un desastre con patas, pero sabía ocultarlo bien).
Chat no se dio cuenta, pero una lágrima solitaria comenzó a deslizarse por su mejilla izquierda. En cuanto la vio, Ladybug se sobresaltó tanto que dejó de girar la manivela de la caja de música.
Fue entonces cuando la negrura en los ojos de Chat, que se había diluido hasta adoptar un tono grisáceo, volvió a oscurecerse, y la cabeza del héroe, que había estado apuntando a Ladybug, se giró abruptamente hacia Hawk Moth otra vez, gruñendo desde la parte más profunda de su garganta.
Así que Ladybug retomó la música de nuevo, y la postura de Chat Noir se relajó.
Hawk Moth intercambió una mirada inquisitiva con su enemiga acérrima: «¿Está funcionando?», quería saber.
Ladybug se limitó a encogerse de hombros.
Algo estaba ocurriendo, solo que ninguno de ellos entendía exactamente qué. ¿Qué tenía esa canción de especial? Ladybug no quería indagar demasiado en ello, no fuera a ser que descubriera la identidad de su compañero sin querer.
Fuese como fuese, aunque su primera reacción había sido algo brusca, poco a poco Chat comenzó a recobrar algo de normalidad. Dejó de estar encorvado hacia delante para enderezarse hasta adoptar una postura mucho más… humana, digamos, mientras que sus jadeos violentos se transformaron en una respiración agitada pero mucho menos espeluznante.
Sin embargo, su atención seguía fija en los villanos, que ya habían acordado con gestos un plan de escape.
La música seguía sonando. Repitiendo las mismas notas una y otra y otra vez.
Re, mi, sol…
La, sol, si…
Poco a poco, la extraña melodía llegó hasta Plagg, que había sido encerrado —sin querer— por Adrien dentro de una jaula mental. Al captar por fin un resquicio del mundo exterior, el kwami comenzó a agitarse esperanzado, tratando de atraer la atención de su portador. Un momento más tarde, cuando sintió que algunas hebras de su poder comenzaban a colarse por entre los barrotes de su celda, las agarró sin vacilación y tiró de ellas todo lo fuerte que pudo. Tiró y tiró hasta sentir que las riendas de su magia volvían a él.
Los gusanos de poder puro que danzaban alrededor de las extremidades de Chat Noir comenzaron a desvanecerse, y Hawk Moth y Vritra lo interpretaron como su señal para irse.
Así que, con un movimiento veloz, Hawk Moth sacó las gafas del caballo de debajo de la solapa de su traje y gritó:
—Kaalki, ¡a todo galope!
Craso error.
Nada más percibir movimiento, toda la calma que la canción había imbuido a Chat Noir desapareció.
En un instante, se abalanzó sobre los villanos como un león sobre una gacela y el grito asustado que pegó Ladybug no fue suficiente como para hacerlo cambiar de idea.
Después todo ocurrió muy rápido.
En cuanto los pies de Chat Noir se separaron del suelo, Tikki le pegó un chillido tan fuerte a su portadora que estuvo a punto de romperle los tímpanos: «¡DETERMINACIÓN! ¡CARAPACE!».
Diría que Ladybug frunció el ceño pero es que no le dio tiempo ni a eso. Su línea de pensamiento fue más o menos la siguiente, y atravesó su cabeza en menos de un suspiro:
Tengo que contener a Chat Noir, o de otra forma hará algo que nunca se perdonará.
Tengo que hacerlo. Tengo que salvarlo. Lo haré. Por él. Por mi gatito.
Tengo que salvarlo.
Tengo que salvarlo.
Tengo que salvarlo.
El tiempo se ralentizó. Ladybug estiró el brazo hacia su compañero, a la desesperada, y pese a que sus dedos no pudieron alcanzarlo, algo lo hizo.
Una chispa.
Un vínculo.
¿Poder? ¿Magia?
Y ese algo hizo clic dentro de Ladybug, porque antes de que Chat llegara a Hawk Moth, una burbuja rosada se materializó a su alrededor y lo atrapó.
Chat se estrelló contra ella de bruces, y la superficie de la burbuja se estiró bajo la presión de sus patas, pero luego, como si estuviera hecha de goma, Chat rebotó hacia atrás y cayó de culo sobre el Arco del Triunfo.
Durante un instante Chat Noir —más bien, la bestia de ojos negros— olisqueó su prisión improvisada con una tremenda confusión, pero luego decidió volver a cargar contra Hawk Moth y el resultado fue exactamente el mismo: se estrelló contra la superficie rosa y elástica y fue lanzado hacia atrás. Al ver que la fuerza bruta no le iba a ayudar, comenzó a tratar de desgarrar su jaula con sus afiladas garras, sin resultado. Luego invocó el Cataclismo —sin pronunciar más que gruñidos incoherentes—, que tampoco funcionó.
Mientras Chat arañaba, pateaba y disparaba a la burbuja impulsivamente, Ladybug se había quedado de piedra. ¿Eso lo había hecho ella? Tenía que haberlo hecho, porque dudaba mucho que Hawk Moth pudiera haber invocado una bola de chicle mágica.
Chat aporreaba su prisión, pero ni siquiera el poder de la destrucción pudo liberarlo. (Al fin y al cabo, aunque aún no lo sabían —lo descubrirían al día siguiente—, esa burbuja estaba hecha a partir del poder puro de la creación, que era lo único capaz de contrarrestar los poderes de Plagg.)
En otras circunstancias, Marinette se hubiera sentido eufórica por haber desarrollado una nueva habilidad, y en efecto durante una fracción de segundo dejó que la alegría le inundara el pecho, pero luego cayó en la cuenta de cómo las tornas habían cambiado, y comenzó a sentir un sudor frío goteándole en la frente.
Hasta entonces, Chat había mantenido a Hawk Moth y a Vritra a raya, pero ahora que estaba contenido…
Lentamente, Ladybug giró los ojos hacia sus enemigos. Y de golpe, el miedo que hasta entonces había estado bloqueando para concentrarse en rescatar a Chat Noir volvió a ella como un tsunami: porque Hawk Moth estaba allí mismo, llevaba dos miraculous encima (por lo menos) y un enorme monstruo rojo llamado Vritra, con garras del tamaño de tenedores para trinchar carne, se elevaba tras él.
Sintió un escalofrío al descubrir que ellos también la estaban mirando a ella, y no a Chat, con una expresión indescifrable.
Hawk Moth estaba gravemente herido, pero la fuerza de Vritra sería suficiente como para ponerla de rodillas si decidía romper la tregua que habían acordado tácitamente.
Por otra parte, ninguno de los dos villanos sabía cómo funcionaba la burbuja —bola de chicle mágica— que Ladybug acababa de invocar, y lo que era más importante: no sabían cuánto control tenía Ladybug sobre ella (que era absolutamente ninguno).
Dicho de otra manera, Hawk Moth no sabía si Ladybug tenía el poder de liberar a Chat Noir y lanzarlo sobre ellos.
Así que Ladybug tenía que hacer algo para inclinar la balanza a su favor.
Se enderezó, sacó pecho y alzó ligeramente el mentón, como si tuviera control de la situación, como si realmente supiera cómo funcionaba ese nuevo poder suyo (que no lo sabía). Tomó aire y luego dijo, con toda la autoridad que pudo imprimir en la voz:
—Huid, porque no podré contenerlo mucho más. —No era del todo una mentira; fuese lo que fuese esa burbuja, dudaba que pudiera aguantar para siempre.
Como si lo hubieran ensayado, Chat dejó escapar un gruñido especialmente iracundo en ese mismo instante, lo que dio fuerza a las palabras de Ladybug. (La apoyaba incluso sin querer.)
Sin embargo, el rostro de Hawk Moth se mantuvo inexpresivo. Fuese lo que fuese lo que estaba pensando, no se reflejó en su semblante; ni siquiera Vritra, su secuaz más leal, supo qué estaba pasando por su cabeza, a judgar por cómo le lanzaba miraditas discretas e inquisitivas.
¿Estaría ponderando sus opciones?, se preguntó Ladybug. ¿Estaría calculando el riesgo de atacarla, llevarse su miraculous y lidiar con un Chat Noir enloquecido más tarde?
Por fortuna para ella, Gabriel Agreste era un hombre cauteloso. Podría haber atacado a Ladybug, pero no se atrevió a afrontar los riesgos. Así que se limitó a invocar el poder de Kaalki, hizo aparecer un agujero de gusano a sus espaldas, y sin apartar la mirada de sus enemigos, él y Vritra lo atravesaron.
De repente, habían desaparecido. Donde antes habían estado el monstruo-dragón más horroroso que Ladybug había visto en su vida y el villano que había puesto en jaque a París, ahora solo quedaban los residuos del poder de Kaalki.
Ladybug cambió el peso de un pie a otro, aún intranquila. Luego tomó una gran bocanada de aire…
…y colapsó.
Ni siquiera trató de mantenerse en pie. En cambio, se dejó caer sobre la piedra blanca porque, ¡joder!, Hawk Moth había estado a un paso de distancia y por algún milagro ella y Chat habían salido ilesos.
Un paso. Hawk Moth había estado a un solo paso.
Un paso de arrebatarles los miraculous, y de alguna forma, lo que normalmente hubiera sido un problema muy gordo —Chat perdiendo el control— los había salvado de una desgracia aún mayor.
La tensión que se había acumulado en sus músculos fue liberada de golpe y sacudió todo su cuerpo como si hubiera metido los dedos en una toma de corriente.
La dejó temblando: de miedo, de adrenalina…
Sin embargo, todavía no estaban fuera de peligro.
Para nada.
Ladybug alzó la vista hacia la burbuja, donde Chat había dejado de intentar escapar. En cambio, su compañero se había quedado quieto como una estatua y tenía la mirada perdida en el lugar donde Hawk Moth había estado apenas unos segundos antes. Su mirada estaba vacía, como si de repente ya no tuviese un objetivo, un propósito, pero sus ojos…
Un escalofrío recorrió a Ladybug en cuanto se fijó en sus ojos, negros como el petróleo. Por suerte, el poder de la destrucción ya no rondaba sobre su cuerpo, y tampoco parecía tan fuera de sí como antes.
Así que, con un movimiento cansado, Ladybug estiró el brazo para recoger la caja de música —que había caído al suelo a su lado— y volvió a girar la manivela.
De inmediato, Chat volcó su atención en ella.
Las notas sonaban. La melodía acariciaba sus oídos.
Re, mi, sol…
Chat parpadeó, la luz de la razón por fin centelleando en sus ojos.
La, sol, si…
El negro dio paso al gris, y luego el verde comenzó a intuirse y Ladybug tragó saliva, expectante.
Entonces Chat Noir se acuclilló, hasta que sus ojos —entre grises y verdes— quedaron a la misma altura que los de ella, que seguía espatarrada en el suelo.
Su postura seguía recordando más a un gato que a un humano, pero así era Chat Noir. Su lenguaje corporal, por lo menos dentro del traje, se resumía en andar a cuatro patas y frotarse contra cualquier cosa que le pareciera apetecible.
Tras tocar la canción durante un rato pero no percibir ningún cambio, Ladybug se atrevió a retirar su mano de la manivela para apoyar su palma contra la superficie rosada de la burbuja. Descubrió que era lisa como el cristal y un poco más dura de lo que le había parecido a primera vista. En respuesta, Chat imitó el gesto: alzó su mano y la colocó sobre la de ella. Pese a que la música se había detenido, no dio señales de perder la calma.
Marinette se sorprendió de lo largos que eran sus dedos en comparación con los de ella; eran firmes y hábiles, como los de un pianista. Le hubiera gustado entrelazarlos entre los suyos, pero la burbuja rosada aún se interponía entre ellos. De nuevo, Ladybug se preguntó en qué momento Chat había crecido tanto; había pasado de ser un adolescente larguirucho a ser casi un hombre hecho y derecho de la noche a la mañana, y la verdad es que ella aún no se había acostumbrado al cambio.
Aunque, pese a haber pegado el estirón, por dentro Chat seguía siendo el de siempre: infantil, travieso, desvergonzado, imprevisible y, de vez en cuando, demasiado pícaro para su propio bien.
Casi sin querer, Marinette sonrió. Pese al poder oscuro en sus ojos, Chat ya no le parecía amenazante en absoluto.
Todo lo contrario: sus ojos estaban muy abiertos y sus labios estaban ligeramente separados, completamente cautivado por el rostro de Ladybug, tan embelesado que Marinette sintió que el color le invadía las mejillas (y aunque normalmente intentaría esconder el rubor, esa vez lo dejó esparcirse por su rostro porque, al fin y al cabo, dudaba que Chat lo recordase).
—¿Gatito? —lo llamó, con voz suave—. Gatito, Chaton, ¿me escuchas?
Al principio Chat no reaccionó. Ladeó la cabeza como si escuchara su voz pero no pudiese reconocer las palabras, así que Ladybug gateó hacia delante hasta prácticamente pegar la frente a la burbuja y luego repitió:
—Chat. Chat Noir. Hawk Moth se ha ido. Estamos solos. Puedes volver —susurró, como si estuviera tratando de dormir a un bebé—. Vuelve, mi gatito. Vuelve a mí.
Chat se inclinó hacia delante y apoyó la frente sobre la de ella, su mirada clavada en la de Ladybug, pero sus ojos seguían siendo entre grises y verdes y no daban señales de decantarse por ninguno de los colores.
Ladybug chasqueó la lengua. ¿Qué más tenía que hacer para que Chat volviera en sí? Durante un instante se planteó volver a hacer sonar la caja de música, pero sus pensamientos fueron interrumpidos por un breve ¡pop! y, de repente, la burbuja que estaba apresando a Chat Noir explotó.
Ladybug perdió el equilibrio —se había apoyado sobre la burbuja— y cayó encima de Chat, que fue lo suficiente rápido como para agarrarla de los hombros y mantenerla erguida.
El súbito movimiento pareció —¡por fin!— sacarlo de su trance. Mientras aún la mantenía sujeta, Ladybug fue testigo de cómo el gris en sus ojos desaparecía poco a poco y daba paso al verde habitual, y Chat comenzó a parpadear como loco, sumido en una confusión tremenda.
Nada más recuperar el control, el chico miró a su alrededor nervioso. De inmediato, todos sus instintos debieron activarse al mismo tiempo porque se puso en pie como un rayo al grito de:
—¡HAWK MOTH!
De inmediato, agarró su bastón y se colocó en una postura defensiva, mirando a todas partes como si esperase que su mayor enemigo apareciese de la nada en cualquier momento.
Ante su evidente desconcierto, sin embargo, Ladybug se rio.
—No está aquí… —trató de decir, pero su compañero no la dejó explicarse.
—¡Pero lo he visto! Te lo juro, milady, lo vi. Lo sentí. Estaba llevando a Chloe al hotel, pero sentí un… no sé… un cosquilleo…. y di la vuelta… y cuando llegué aquí, ahí estaba él, y luego… y luego…
Chat contrajo el gesto en una mueca, como si no fuera capaz de recordar lo sucedido e intentarlo le resultase doloroso.
En respuesta, Ladybug también torció el gesto, preocupada. Aunque el alivio de haber sobrevivido a un enfrentamiento contra Hawk Moth era grande, no podía ignorar que Chat había perdido el control de su poder, lo que no solo era peligroso para él, sino también para París.
Una imagen fugaz atravesó su cabeza. El recuerdo de un gato blanco. Pero se obligó a apartarlo porque lo que acababa de ocurrir no tenía ni punto de comparación con el incidente con Chat Blanc.
—Lo ahuyentaste, Chat —acabó resumiendo.
Chat dirigió la cabeza hacia ella sin comprender.
—¿Que yo hice qué?
Ladybug asintió lentamente, demasiado cansada como dar explicaciones detalladas. (¿Así era como Chat se había sentido después de invocar el Disparo Cataclismo por primera vez?)
Pero aún le quedaban fuerzas para sonreír, y le dedicó a su compañero una sonrisa tierna, porque no quería preocuparlo más de lo necesario.
—Perdiste el control, Chat. Lo atacaste. Y tuvo que huir.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Adrien. Comenzó a recordar vagamente el momento en el que su visión se había vuelto negra, el sonido del corazón de Hawk Moth en su oído y la sed de destrucción que tanto le había costado contener. Echó un vistazo al Lucky Charm de su lady, que era una caja de música, y la memoria de su madre tocando la canción de la luna llena junto a él lo golpeó como un tren.
Trastabilló hacia atrás, mareado.
—¿Estás bien? —le preguntó Ladybug, que seguía en el suelo.
—¿Hace cuando que se han ido? —preguntó Chat, tratando de organizar sus ideas.
—Hace un par de minutos. —Un pitido de advertencia salió del miraculous de Ladybug, indicando que solo le quedaban cuatro minutos antes de que la transformación se desvaneciera, pero no quería dejar solo a Chat, con lo desorientado que estaba—. Tengo que alimentar a Tikki. ¿Crees que puedes reunirte conmigo en diez minutos en el taller?
Levantó la cabeza hacia su compañero, pero descubrió que Chat había empalidecido.
—No. Yo… yo… Tengo que irme.
Ladybug frunció el ceño.
—Eso es lo que he dicho. ¿En diez minutos en el taller? Pero vas a tener que bajarme de aquí, porque mis brazos no…
—No, no, no. No lo entiendes. No lo entiendes. —De repente, la respiración de Chat se volvió agitada, intranquila, y Ladybug temió por un momento que sus ojos se volvieran negros otra vez—. Si ve que no estoy… Si mi padre vuelve y ve que no estoy… él… él… ¡Tengo que irme! ¡Adiós!
Y así, sin más, Chat extendió su bastón y saltó del Arco del Triunfo, para dirigirse a quien-sabe-dónde.
Ladybug estiró el brazo instintivamente para detenerlo, pero no alcanzó. Se quedó atónita mientras observaba a su compañero alejarse como alma que lleva el diablo.
¡¿Qué mosca le había picado?!
Primero perdía el control, ¡¿y luego huía de ella sin querer explicarle qué demonios le había ocurrido como para perder el control de sus poderes?!
Ladybug sintió que el enfado se acumulaba en su interior, pero luego reparó en cierta palabra entre los balbuceos de Chat Noir: «padre». Había dicho que tenía que irse debido a su padre.
Hacía apenas unos días, aquello no hubiera justificado el comportamiento de Chat Noir. Pero las cosas eran diferentes. Estaba comenzando a intuir que la familia de Chat no era exactamente como los Dupain-Chen, así que las prisas de Chat por marcharse tomaron un nuevo cariz.
Aún así, Ladybug sabía que iban a tener que reunirse pronto.
¡Chat había perdido el control, por el amor de Dios! Pese a que había acabado siendo una suerte, no podía ignorarlo sin más.
Iban a tener que una conversación larga y tendida sobre ello, a mayores de la conversación con Alya.
Ladybug dejó escapar un resoplido.
La idea no le atraía en absoluto, pero si aprender a liderar significaba tener conversaciones difíciles con sus compañeros, pues que así fuera…
Siguiente capítulo el sábado 28. (Aunque estoy de exámenes, así que me temo que no puedo prometer nada...)
¡Gracias por leer!
P.D.: ¿qué os ha parecido?
