Chat Noir corría hacia la mansión Agreste como si le fuera la vida en ello.
El corazón le latía a cien por hora, los músculos de las piernas le ardían pero no por agotamiento físico, y tenía un sabor raro en la boca, como a podrido.
Cierta sensación de alerta persistía en su estómago, como si aún no estuviera fuera de peligro. Aunque tal vez fuese por lo repentino que había sido despertar sobre el Arco del Triunfo, convencido de que su mayor enemigo amenazaba la vida de la chica que amaba, y descubrir que, en realidad, Hawk Moth ya se había ido.
«Lo has ahuyentado», había dicho Ladybug.
Pero ¿cómo? ¡¿Qué demonios había pasado?!
Chat tenía una ligera idea, pero sus recuerdos estaban confusos y borrosos.
Había… ¿perdido en control?
Eso le había dicho Ladybug, pero el Arco del Triunfo seguía de una pieza, así que Chat esperaba que no hubiese sido tan grave.
Oh, Ladybug…
El sermón que le esperaba de ella la próxima vez que se vieran iba a ser monumental.
Y cuando le pidiera explicaciones…
No, no, no.
Chat definitivamente no podía confesarle a su lady que lo que le había hecho perder el control habían sido las similitudes entre su padre y Hawk Moth. Porque esa parte la recordaba. Por desgracia, esa parte, justo antes de que todo se volviera negro, la recordaba perfectamente.
Sin embargo, también recordaba esa sonrisa, siniestra y malvada… una que resultaba tan fuera de lugar en la cara de su padre que tal vez fuese la prueba más convincente hasta la fecha de que Gabriel Agreste no era un terrorista.
La mente de Adrien era un nido de avispas, los pensamientos y los recuerdos saltaban de un lado a otro interponiéndose en el camino de cualquier razonamiento coherente, sin dejarle concentrarse en nada en particular.
Por si fuera poco, los gritos de Plagg en el fondo de su mente tampoco ayudaban, así que trató de ignorarlos, por lo menos hasta que pudiera de-transformarse en su habitación y, una vez allí, se detendría a reflexionar sobre lo que acababa de ocurrir.
Bueno, si su padre no lo mataba antes. (Figuradamente.)
De hecho, aquel había sido el primer pensamiento de Adrien al darse cuenta de que el peligro había pasado: tenía que volver a la mansión antes de que alguien se percatase de su ausencia. Su padre podría perdonarle una escapada nocturna, pero ¿dos? Dos lo dudaba mucho.
(Una parte de él había sentido la urgencia de volver a la mansión precisamente porque Hawk Moth también había vuelto a su guarida, pero Adrien no le hizo mucho caso.)
Por fin, Adrien entró por su ventana de un salto y deshizo la transformación antes de que sus pies tocaran el suelo. De inmediato, su enfurecido kwami salió del miraculous y comenzó a pegar berridos:
—¡¿Cómo te atreves?! —bramó Plagg.
Adrien trastabilló hacia atrás, tomado por sorpresa . Se había esperado que Plagg le echara la bronca, pero su kwami estaba mucho más furioso de lo que había previsto. Daba la impresión de que volutas de humo negro le salían por las orejas y Adrien habría jurado que sus ojos se habían vuelto un tono de verde más oscuros.
Plagg no se enfadaba en serio por casi nada —era un kwami bastante despreocupado — así que verlo tan encolerizado hizo que Adrien comenzara a digerir la gravedad de la situación.
—¡¿Cómo te atreves a robarme mi poder?! ¡¿Tienes idea de lo que podría haber pasado?! ¡¿De lo cerca que ha estado el mundo de acabarse si hubieras tenido una pizca menos de autocontrol?!
Adrien supuso que eran preguntas retóricas, así que se limitó a doblar los labios en un puchero y bajar la cabeza en señal de arrepentimiento. Pese a no tener ni idea de qué había ocurrido, sospechaba que se merecía la diatriba que le estaba cayendo.
—¡Sabía que era muy extraño que hubieras conseguido la… —Burbujas— …en tan poco tiempo! ¡Sabía que la… —Burbujas— …no era una buena idea! ¡Has llegado a la… —Burbujas— … demasiado rápido! ¡No estás preparado para…! —Burbujas.
Plagg siguió regañándolo pero la mitad de lo que decía se perdía entre burbuja y burbuja antes de que saliera de su boca. Adrien quiso interrumpirlo para explicarle que no estaba entendiendo absolutamente nada, pero antes de que pudiera hacerlo, Plagg gritó, lleno de frustración:
—¡Malditas reglas de la Orden!
Dicho esto, cruzó sus pequeños brazos y comenzó a menear sus bigotes como hacía siempre que estaba pensando. Adrien se sentó en el borde de su cama y lo observó flotar de un lado para otro, sin duda rumiando en cómo decir lo que quería decir sin las restricciones de la magia de los kwamis.
¿Tan grave había sido?, se preguntó Adrien. El chico recordaba bastante poco, pero al salir del trance había encontrado a Ladybug más bien cansada, no enfurecida ni presa del pánico, así que había asumido que tampoco era para tanto. Sin embargo, la reacción de su kwami apuntaba a lo contrario.
Adrien sintió un nudo en el estómago.
¿De verdad había metido tanto la pata?
Al final, Plagg suspiró hastiado, pero cuando se giró hacia Adrien, su ceño fruncido se había suavizado.
—Nada de esto hubiera pasado si pudiera explicarte cómo funciona el poder de la Destrucción… —dijo, apesadumbrado—. Por desgracia, no puedo. Son las reglas. Lo único que puedo decirte es que has estado yendo demasiado rápido, así que a partir de ahora tienes que… —Burbujas— . ¡Mierda!
Sin embargo, Adrien lo entendió:
—He estado desarrollando mis poderes demasiado rápido y ahora me pides que pise el freno, ¿no?
Plagg asintió aliviado. ¡Gracias al Gran Mago que su portador no era tan estúpido como los medios lo pintaban!
—¿Es por eso que… perdí el control en el Arco del Triunfo? —preguntó Adrien.
—Es una de las razones. La otra es… —Burbujas. Plagg puso los ojos en blanco, lo pensó un momento, y luego voló hasta el pecho de Adrien y le dio unos toquecitos sobre el corazón—. Esto. Esta es la otra razón.
De forma instintiva, Adrien se llevó una mano al pecho, pensativo. Podía sentir su pulso más claramente que nunca, incluso demasiado claramente.
—Mis emociones. Mis emociones negativas —dedujo, aunque no era una deducción muy difícil. El miedo a que su padre fuese Hawk Moth había sido el desencadenante de ese episodio de frenesí, y por mucho que quisiera negarlo, la posibilidad seguía ahí, provocándole pesadillas. Sin embargo, no lo admitió en alto porque entonces se hubiera hecho más real de lo que podía soportar—. Por eso perdí el control: porque no supe resistir mis emociones negativas.
De nuevo, Plagg suspiró aliviado. A veces, porque no se tomaba nada en serio, parecía que Chat Noir no tenía más que una neurona, suerte que no fuese verdad.
—Pero, en ese caso, ¿por qué no perdí el control la noche que…? —Se aclaró la garganta, sin saber cómo expresarlo—, la noche que… ya sabes… que ocurrió lo de Markov.
—Estabas en shock. Estabas bloqueando tus emociones.
Un silencio tenso se instaló entre ellos.
El recuerdo de esa noche… aún hacía que a Adrien le entrasen ganas de vomitar. Y lo que había sugerido Markov…
No, no podía ser cierto. No era cierto, y punto.
—Adrien —lo llamó Plagg, y solo el tono severo hizo que su portador sintiera un escalofrío—. Lo que ha pasado hoy… no es nada comparado con lo que puede pasar si te dejas llevar por tus emociones .
—Lo sé —trató de asegurarle Adrien, pero Plagg no lo dejó acabar:
—No, no lo sabes. No tienes ni idea de lo que el miraculous de la Destrucción puede llegar a hacer. Tikki y yo no somos como el resto. No somos meros kwamis. Somos las fuerzas originales, estábamos aquí incluso antes de que el universo naciese y seguiremos aquí mucho después de que perezca.
»Hasta ahora solo has tenido acceso a una milésima parte de mi poder, pero ahora que Hawk Moth tiene todos los miraculous… el anillo lo ha sentido. Eso, junto a que estás a punto de convertirte en adulto y a que llevas ya dos años adaptándote al poder de la Destrucción, ha abierto unas puertas que no se pueden cerrar. Y lo que hay detrás va a seguir presionando tus límites, tanto físicos como mentales, hasta extremos que ahora mismo no puedes ni imaginarte.
»¿Lo entiendes, Adrien?»
Plagg hizo una pausa para dejar que Adrien asimilase la lección y su portador tragó saliva, sonoramente. Al final, Adrien asintió despacio. No quería tomarse sus palabras a la ligera, y aunque quería asegurarle a Plagg que lo entendía, que conocía y era consciente de los riesgos, la verdad es que no lo hacía.
Hasta entonces había estado usando sus poderes por puro instinto. Cuando recibió el Cataclismo por primera vez, no tardó en pillarle el tranquillo. ¿Una habilidad que destruye todo lo que toca? No era muy difícil de comprender. Lo único que tenía que hacer era no errar el tiro, y punto.
Con sus recientes y nuevos poderes le había ocurrido lo mismo. ¿El Disparo Cataclismo? Pfff. Como quitarle un caramelo a un niño . ¿Los sentidos aumentados? Un poco abrumadores al principio, pero era cuestión de acostumbrarse. ¿El Orbe…? Eso no lo consideraba una "nueva habilidad".
Sin embargo, lo que había sentido en sus entrañas esa tarde…
Había sentido algo primario, algo antiguo. Algo que había sacudido su alma de formas a las que no estaba acostumbrado.
Por primera vez, había sentido el impulso de la destrucción pura, cruda, sin pulir. Sin Plagg como intermediario. Había sido tentado por el instinto primario de dejarse llevar y arrasar con el mundo, y había sido tan difícil resistirse…
Aún en ese momento, escuchaba el eco de la llamada de la Destrucción resonar en sus oídos…
Los restos de esa magia eran feos, sucios, y estaban podridos…
Y sin embargo… había algo familiar en ellos. Algo que, pese a la brutalidad con la que estaba envuelto, había encajado tan fácilmente dentro de Adrien que al dejarlo ir había sentido que renunciaba a una parte de sí mismo. Como si hubiera un vacío en su corazón y hubiera estado esperando a que el poder de la Destrucción lo llenase desde incluso antes de que el miraculous llegara a su vida.
(Aunque era imposible, ¿verdad?)
Pero no podía ceder a la Destrucción. Era demasiado peligrosa, en especial si lo que había dicho Plagg era cierto y sus emociones negativas podían hacerle perder el control. Porque Adrien era perfectamente consciente de que, pese a mantener la fachada de hijo perfecto, su salud mental eran un desastre desde hacía años.
Adrien llevaba pensando en silencio un buen rato, bajo la atenta mirada de Plagg. El chico estaba sentado en el borde de su cama y en ese momento se miraba la palma de la mano —la mano con la que invocaba el Cataclismo— con una intensa concentración.
Plagg tuvo que carraspear para volver a captar su atención, y Adrien levantó la cabeza tan abruptamente que sintió un tirón en el cuello, porque estaba tan sumido en sus pensamientos que se había olvidado de la presencia de su kwami.
—¿Puedo seguir? —preguntó Plagg.
—¿Hay más? —protestó Adrien. No le apetecía escuchar el manual entero sobre cómo «hacer buen uso del miraculous de la Destrucción para que la humanidad no acabe como los dinosaurios».
(Tal vez no hubiera tenido la misma opinión si hubiera recordado cómo sus garras habían estado a punto de hundirse en el pecho de Hawk Moth.)
—Sí, hay más —continuó Plagg, y Adrien hubiera jurado que se sonrojaba ligeramente al mascullar sus siguientes palabras—. Eres probablemente el humano con el que mejor he encajado desde hace cuatro mil años… así que mis poderes fluirán hacia ti más fácilmente de lo que estoy acostumbrado. —Lo dijo con la boca pequeña , como si le diese vergüenza.
Y Adrien se hubiera sentido halagado, incluso muy orgulloso de sí mismo, en cualquier otra circunstancia, pero en esa situación comprendió que lo de "fluir más fácilmente" era más una maldición que una bendición.
Iba a hacer un comentario cuando Plagg abrió la boca de nuevo:
—¡Pero que no se te suba a la cabeza!
Adrien no pudo evitarlo: prorrumpió en una carcajada tan grande que tuvo que contenerla tapándose la boca con las manos.
—¡No es gracioso! —protestó Plagg—. De hecho, ¡es horrible! ¡Hará todo eso de mantener la Destrucción a raya mil veces más difícil!
—Lo entiendo, lo entiendo, de verdad. —Adrien tomó una gran bocanada de aire y, pese a que aún tenía ganas de reírse (más para contrarrestar preocupación que le revolvía el estómago que para expresar felicidad) se obligó a recuperar la seriedad y dijo—: Nada de habilidades nuevas. Nada de presionar mis límites, y si siento el cosquilleo de la Destrucción dentro de mí, la reprimo. ¿Es eso?
Plagg arrugó el hocico, no demasiado convencido. Al final, asintió. Sin embargo, sus bigotes seguían meneándose, lo que significaba que Plagg estaba cavilando en algo importante, así que Adrien se mantuvo callado hasta que su kwami decidiera escupir lo que estaba rumiando.
Al cabo de un momento de intenso silencio, Plagg decidió sacar un tema que hacía mucho tiempo que debería haber tratado, pero que no se había atrevido a sacar hasta entonces:
—Tenemos que hablar del vídeo del monóculo.
La mención al monóculo tuvo el efecto esperado en su portador: todos los músculos de su cuerpo, incluso los más pequeños bajo la mandíbula, se tensaron de una forma tan brusca que a Plagg le dolió solo de verlo.
Inmediatamente, Adrien evadió la mirada de su kwami y dijo, con voz rasposa:
—No creo que haya nada más que añadir.
«Sí, sí que lo hay», pensó Plagg. «Cada día estoy más convencido de que tu padre es Hawk Moth, pero ninguno de nosotros puede salir a buscar pruebas sin que él descubra que sospechamos, o incluso peor, me descubra a mí. Y si resulta ser cierto… no quiero ni pensar en el impacto que esas emociones negativas tendrían sobre ti, Adrien.»
Sin embargo, lo que Plagg dijo fue:
—No podemos retrasar más lo de Félix.
—Lo sé.
—Tenemos su dirección, podríamos ir a buscarlo ahora mismo.
—Después de lo que acaba de ocurrir, Ladybug no lo permitirá.
—En realidad no quieres encontrarlo, ¿verdad?
—¡Por supuesto que quiero! —saltó Adrien, elevando la voz como para sonar más convincente, aunque en realidad el efecto fue el contrario—. Quiero preguntarle a qué se refería con eso de que Amelie está muriéndose por lo mismo que mi madre. Quiero que confirme de una vez por todas que mi padre no es Hawk Moth. Pero sabes que Ladybug no dejará que vayamos hoy a por él. Además, estoy castigado, ¿recuerdas?
«¿Desde cuándo estar castigado ha detenido a Chat Noir?», pensó Plagg, pero dedujo que esa no era la objeción más útil. En cambio, lo que preguntó fue, con suma cautela:
—Pero… ¿y si el nombre que os da Félix es…?
—No te atrevas a acabar esa frase.
Plagg era un Dios, había asistido al auge y la caída de civilizaciones. Había escuchado la risa de Calígula al ver cómo sus opositores eran devorados por los leones. Había saboreado la sed de sangre en los ojos de Vlad "el Empalador" cuando atravesaba a sus víctimas con enormes estacas. Incluso había presenciado las muchas masacres de la Revolución francesa.
Y sin embargo, la mirada de advertencia que le dirigió Adrien le hizo mearse en sus inexistentes calzoncillos.
—Vale. Vale. Ya me callo —concedió Plagg, alzando los bracitos en señal de rendición, y el gesto de Adrien se suavizó.
Sin embargo, su portador había empalidecido, como si la mera posibilidad de que Gabriel fuese el terrorista contra el que había estado luchando durante más de dos años lo pusiese enfermo.
—Apuesto a que Marinette sigue preocupada por lo que ocurrió la otra noche —dejó caer Plagg como quien no quiere la cosa, siendo bien consciente de que la proximidad del poder de la Creación lo ayudaría a resistir la tentación de la Destrucción—. Tal vez esté esperando que la visites, para aclarar las cosas.
Ante la mención de coletitas, el color volvió al rostro de Adrien. Durante un segundo ponderó esa opción, y Plagg pudo ver las ganas en sus ojos, pero al final lo que dijo fue:
—No, no puedo volver a verla tan pronto. Esa noche metí la pata hasta el fondo, Plagg. Le hablé de mi padre, y Marinette es una de las pocas personas que comprenden la relación entre Adrien y Gabriel. Si ata cabos y descubre mi identidad… —Adrien torció el gesto—. No podría perdonarme a mí mismo si traicionara la confianza de Ladybug de esa forma.
Plagg contuvo las ganas de gritar de frustración.
Traicionar a Ladybug… con Ladybug. De verdad, ¿acaso la situación podía volverse más absurda?
Nunca, en sus incontables eones de existencia, Plagg había conocido a una pareja de héroes que tuviese una relación tan problemática. Bueno, Lady Marceus y Don Julian habían tenido una historia algo enrevesada, pero… aparte de ellos, Plagg jamás había asistido una historia tan ridícula como la de Adrien y Marinette.
(¡¿Un crush recíproco durante dos años?! ¡¿En serio?!)
¡Lo fácil que sería todo si se revelasen el uno al otro!
Pero no podían, claro que no. Por las reglas. Porque las reglas se entrometían entre ellos.
Reglas, reglas y más reglas. Plagg odiaba las reglas.
Malditas reglas… Maldita Orden…
Plagg tenía muy claro que su portador estaba deseando visitar a coletitas de nuevo, pero como era habitual, Adrien siempre encontraba una excusa para privarse a sí mismo de los placeres de la vida.
—¡Vale! —cedió Plagg, y el grito le salió un poco más frustrado de lo que pretendía—. En ese caso, no me puedo creer que vaya a decir esto, pero… —Plagg bajó hasta el bolsillo delantero de Adrien y hurgó en él hasta sacar el Orbe, que en sus patas parecía del tamaño de un balón de fútbol—. Úsalo cuando lo necesites. ¡Pero solo si es estrictamente necesario! Y no abuses de él, ¿entiendes?
—Pero me habías dicho que…
—¡Sé lo que te dije! Pero si tengo que elegir entre el Orbe o perder el control de tus emociones, el Orbe es la opción menos peligrosa.
Adrien vaciló, pero Plagg le estaba ofreciendo la canica delante de sus narices, así que acabó tomándola. La tormenta que se revolvía dentro del Orbe seguía luchando por salir, aunque a esas alturas Adrien ya había supuesto que no era una tormenta, sino algo muy diferente, solo que Plagg no podía decirle qué.
Con esas, Adrien decidió sentarse en su escritorio para acabar la tarea de chino que su tutor particular le había asignado.
Había esperado que Natalie irrumpiera en su habitación en cualquier momento para comprobar que hubiera estado estudiando como le había pedido su padre, pero no lo hizo.
De hecho, Natalie no apareció en todo el día. (Gabriel tampoco, pero eso era previsible.) Y al día siguiente, que era lunes, se limitó a enviarle a Adrien su horario por email, sin molestarse siquiera en aparecer durante el desayuno.
Qué raro…
En cuanto Hawk Moth y Vritra atravesaron el portal hasta el observatorio, Gabriel Agreste se desplomó en el suelo con un gruñido de dolor.
Chat Noir le había roto por lo menos dos costillas, y a judgar por el dolor, el trozo de hueso partido estaba presionando algún órgano interno. Pero su vida no peligraba, y eso era suficiente.
—Voy a llamar a… —iba a decir Vritra, aún en su forma akumatizada, pero Hawk Moth la detuvo:
—No. Ladybug usará la Cura y entonces todo volverá a la normalidad.
Natalie no parecía muy convencida, pero Gabriel estaba decidido. Así que esperaron.
Un par de minutos después (lo que tardó Chat Noir en volver en sí), una marea de pétalos rosas entró por la ventana del observatorio y envolvió el pecho de Hawk Moth. Cuando la magia se retiró, ya no quedaba dolor ni herida, y tanto ella como él dejaron escapar largos suspiros: ella de alivio, él porque acababa de redescubrir lo que significaba respirar con normalidad.
Inmediatamente después, la mente de Hawk Moth fue a parar a Chat Noir…
Al parecer, el portador del miraculous de la Destrucción, ni más ni menos, tenía un lado oscuro. O mejor dicho, un lado torturado…
Hawk Moth se había metido en la cabeza de suficientes parisinos como para reconocer cuándo una persona estaba rota por dentro.
Y ese chico estaba hecho pedazos.
Sonrió.
Puede que aquella tarde no hubiera podido akumatizarlo, pero ahora que sabía lo que se retorcía dentro de…
Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Natalie se desplomó a su lado, aferrándose la cabeza con las manos como si un taladro se la estuviera perforando. Una nube violeta la envolvió, deshaciendo su akumatización y revelando a la Natalie de siempre, cuyo rostro estaba contraído en una expresión de silencioso dolor.
—¡Alas oscuras abajo! —gritó Gabriel, la voz temblando, mientras se agachaba junto a Natalie con el corazón batiendo como loco contra su caja torácica—. No, no, no. Sabía que no debería haberte dejado usar el dragón… Y al final, ¿para qué? No ha servido de nada —añadió mientras apretaba los dientes con rabia. Pero se arrepintió de inmediato, porque lo más importante en ese momento no era su misión ni robar los miraculous del gato y la mariquita, sino Natalie.
—Estoy bien. No es nada —mintió ella mientras tomaba la mano de su jefe para levantarse. Pero apenas se había puesto de pie de nuevo cuando un dolor agudo le golpeó las sienes y cayó de rodillas otra vez.
De inmediato, Gabriel se llevó las manos al bolsillo para coger su teléfono y marcar el número del doctor de Natalie.
Trató de mantener la calma, pero el miedo lo estaba carcomiendo por dentro.
Si perdía a Natalie de la misma forma que había perdido a Emilie…
Jamás se lo perdonaría.
Así que, por muchas ganas que tuviera de volver a ver a su esposa, no iba a desatender a su asistente por ello.
Además, tras la traición de Chloe y la clara ineptitud de Lila… no le quedaban paladines a quién enviar tras Ladybug y Chat Noir, y la idea de luchar contra ellos en persona… estaba fuera de su zona de confort.
Hawk Moth iba a tener que desaparecer por un tiempo para planear con cuidado su siguiente movimiento.
