Solo para refrescaros la memoria: Chat no ha vuelto a ver a Marinette desde el día que vio el vídeo del monóculo de Felix. Chat se ha encontrado con Ladybug, obviamente, y Adrien con Marinette en la escuela (aunque recordad que Marinette sigue sin querer hablar con Adrien). Pero Chat y Marinette llevan sin verse desde lo del monóculo.
Maldito Plagg, maldito Felix y maldito sentimiento de culpa.
Chat sabía que no debería haber escuchado a su kwami. Sabía que debería haberse quedado esperando en la mansión Agreste hasta que Felix decidiera dar el siguiente paso —rendirse o unirse al equipo—, pero a la sola mención a Marinette, Adrien no había podido evitar volcar toda su atención en Plagg, sin importar lo que tuviera que decir.
Y es que la idea de Plagg era mala pero que muy mala.
¿Desde cuándo el kwami de la Destrucción se preocupaba por los sentimientos de los demás?
Fuese como fuese, después de dos días de escuchar «Tienes que disculparte con Marinette» de manera incesante, Chat había cedido.
El plan era simple: disculparse y largarse cagando leches. Sin distracciones, sin pasar allí más tiempo del necesario. Con Felix suelto y Hawk Moth al acecho, ser visto junto a Marinette —como Chat Noir, por supuesto—, era peligroso para ambos, por no decir que era peligroso para la identidad de Chat Noir, porque no parecía saber cómo mantener la boca cerrada en su presencia.
Por eso, mientras cruzaba París a la velocidad del rayo, Chat no dejaba de enumerar las razones por las que no debería estar saltando de azotea en azotea en dirección a la panadería de los Dupain-Cheng, pero ninguna de esas razones era capaz de contrarrestar la fuerza primaria que lo estaba arrastrando hacia el balcón de Marinette, sus ganas de verla y que ella le hablara de verdad (porque, sí, Marinette seguía haciéndole el vacío a Adrien).
Chat había resistido dos días (el martes y la mayor parte del miércoles), pero la noche del miércoles, después de cenar solo y luego acabar sus deberes, Adrien se había sentado en su sofá, con la mirada clavada en la enormidad del cielo parisino, y se había sentido… muy solo.
Esa casa siempre le había resultado demasiado grande, demasiado fría, demasiado vacía. La habitación de Marinette, sin embargo, era pequeña, cálida y acogedora.
Y así, antes de que se diera cuenta, Chat Noir estaba saltando sobre los tejados de París en dirección a la panadería.
En ese momento el balcón de Marinette era un puntito en la distancia, aunque se estaba haciendo cada vez más grande a medida que se acercaba. Chat entrecerró los ojos y le pareció ver luz en la habitación, pero estaba demasiado lejos como para estar seguro, así que decidió activar sus sentimos aumentados y entonces el mundo ya no le pudo guardar secretos.
De esa forma, Chat se dio cuenta de que Marinette estaba en su balcón, envuelta en una manta rosa sobre la hamaca. (¿Qué demonios hacía fuera con el frío que hacía?) También tenía una taza humeante entre las manos a la que daba sorbos de pajarillo.
Pero lo que hizo a Chat detenerse en seco fue la segunda taza que vislumbró en la mesilla al lado de la hamaca.
Dos tazas.
Dos personas.
Marinette tenía compañía.
Como huyendo de un monstruo, Chat corrió a esconderse detrás de una chimenea cercana antes de que ella pudiera verlo. Se apoyó —más bien se estrelló— de espaldas contra el muro con la respiración entrecortada, el corazón desbocado, y maldiciendo su propia ingenuidad.
Marinette no estaba sola. ¡Por supuesto que no estaba sola! ¿Quién no querría pasar el tiempo junto a una chica tan alucinante?
Chat se sintió como un tonto por haber pensado que podría simplemente aparecer sin avisar y ella lo dejaría todo para dedicarle unos minutos.
Vale, habían pasado un par de tardes juntos jugando a videojuegos, ella lo había llamado "amigo" una vez y él definitivamente la consideraba unas de sus mejores amigas, pero… ¿eran lo suficientemente cercanos como para que ella quisiera atender sus caprichos?
Parecía que la respuesta era "no".
¿Y ahora qué hacía? ¿Volver a la mansión? ¿Probar suerte y acercarse? ¿Quedarse espiándola toda la noche, porque nunca se cansaría de mirar a Marinette?
Antes de poder decidirse, Plagg habló dentro de su mente:
—¡Mira otra vez, idiota!
Su tono fue sorprendentemente autoritario, así que Chat asomó la cabeza por detrás de la chimenea. Marinette seguía igual que antes: envuelta en una manta rosa, con la taza entre las manos para mantenerse caliente, la vista perdida en algún lugar entre las azoteas de París… pero no había nadie más en el balcón. Su invitado estaría dentro, dedujo Chat. ¿Tal vez en el baño?
Después de un par de minutos, sin embargo, Marinette consultó su reloj de muñeca y cuando volvió la vista al cielo parecía impaciente, incluso nerviosa. Pero seguía sin haber nadie más a la vista.
¿Estaría esperando a alguien?
¿Pero a quién podría estar esperando en su balcón?
El único que solía entrar en la casa por el balcón era…
Oh.
El corazón de Adrien dio un vuelco.
¿De verdad podría tener tanta suerte?
—Deberías ir a comprobarlo —le aconsejó Plagg. ¿Había una pizca de burla en su voz o Chat se lo estaba imaginando?
De todas formas, por intentarlo no perdería nada —como mucho, se avergonzaría a sí mismo por haber creído que una chica tan maravillosa lo estaría esperando a él—, así que hizo acopio de valor y luego salió de su escondite.
Se había ocultado mucho más cerca del balcón de Marinette de lo que le había parecido al principio, de modo que en cuanto saltó por encima de la chimenea, Marinette giró la cabeza hacia él como impulsada por un resorte invisible.
Sus ojos se agrandaron como si estuviera presenciando un milagro y se iluminaron con lo que a Chat le pareció… ¿ilusión? ¿alivio? Ninguna de las dos emociones tenía sentido, así que Chat asumió que se estaba imaginando cosas.
—¡Chat! —lo llamó Marinette, levantándose de la hamaca en un movimiento tan rápido que estuvo a punto de perder el equilibrio, y a él se le encogió el corazón porque se dio cuenta de que, en efecto, lo estaba esperando a él.
Joder, lo estaba esperando a él. A Chat Noir.
Chat se quedó tan visiblemente paralizado que Marinette, al otro lado de la calle, frunció el ceño.
Pero era demasiada coincidencia que lo hubiera estado esperando precisamente el día que él había decidido dejarse caer por su casa, siguió razonando Chat. Lo que significaba que seguramente se había pasado cada noche desde el viernes en su balcón, para poder hablar con él, y él la había dejado en vilo durante casi una semana.
Dios, era un amigo horrible.
—¡Chat! —volvió a exclamar ella, agitando los brazos como si le preocupara que no la estuviese viendo.
Pero Adrien la veía. Siempre la estaba mirando. La miraba mucho más de lo que le gustaba admitir.
Así que, armándose de valor, Chat salió de su estupor y usó su bastón para lanzarse hasta la panadería.
Aterrizó de la forma más elegante que pudo, de cuclillas sobre la barandilla. Se encaramó a la barra de metal a cuatro patas, pero no bajó al suelo del balcón. Haberlo hecho le hubiera dado entender a Marinette que no tenía prisa en marcharse, cuando su intención era disculparse brevemente y no quedarse más de lo necesario.
Ojalá pudiera quedarse, pero no era seguro hacerlo. No cuando a su maldita boca no le llegaba la orden de quedarse cerrada.
Conque la única solución era mantener la profesionalidad. Poner distancia entre ellos. No comprometer su identidad.
Tenía que mantenerse firme.
Sin embargo, nada más tenerlo a su alcance, Marinette se lanzó sobre él y lo envolvió entre sus brazos, dejando la manta caer sobre la hamaca como un trapo viejo.
—¡Chat! Ya pensaba que no ibas a venir… —lo saludó, y había tanto alivio en su voz que Chat sintió mariposas en el estómago—. Gracias al cielo que estás aquí. Te he echado de menos, ¿sabes? —Las mariposas se convirtieron en un huracán que arrasó con toda su convicción.
Chat aguantó alrededor de… ¿medio segundo?
Por desgracia, cuando tenía puesto el traje a Adrien nunca se le había dado bien resistir sus impulsos. Antes de que se diera cuenta, estaba correspondiendo al abrazo sentándose en la barandilla y rodeándola con sus cuatro miembros: las piernas alrededor de la cintura de ella y sus brazos alrededor de su cuello, mientras que ella le rodeaba el torso y apoyaba la mejilla en su pecho.
El espacio entre ambos se volvió prácticamente inexistente.
De inmediato, toda su resolución previa sobre hacerle una visita fugaz y no entretenerse se esfumó, reemplazada por una necesidad visceral de tenerla más cerca.
Más, más, más cerca.
¿Hacía cuánto que no recibía un abrazo así? Tan largo, tan reconfortante.
¿Días? ¿Meses? ¿Años?
No importaba. Nada importaba.
Le pasó una garra por el cabello, deseando poder tocarla sin guantes pero maravillándose de todas formas de lo suave que era. Luego hundió la nariz en su cuello, aspirando su olor a macarones y pegamento.
—¿Chat? —lo llamó Marinette de repente.
Una pequeña parte de la consciencia del chico detectó su tono intranquilo, pero en ese momento Chat había cerrado los ojos y se había dejado llevar por el abrazo, así que no reaccionó.
—¿Chat? Hum… no es que me queje, pero ¿me vas a soltar en algún momento?
Fue entonces cuando Chat se dio cuenta de que los brazos de Marinette ya no estaban alrededor de él, sino colgando a ambos lados de su cuerpo. ¿Cuánto llevaban pegados el uno al otro? A judgar por la mirada inquisitiva de Marinette —inquisitiva, no molesta, reparó Chat con gran alivio—, demasiado.
—¡Lo siento! —gritó Chat, soltándola como si le hubiera alcanzado un rayo. Volvió a encaramarse a la barandilla, en posición alerta, preparado para salir corriendo en cualquier momento.
Sin embargo, Marinette simplemente rio; una risilla grácil, genuina.
Se giró hacia las tazas que había en la mesita y levantó ambas. Luego volvió hacia Chat y le ofreció una de ellas.
—Es chocolate —dijo, con la mirada clavada en cualquier lugar menos en sus ojos—. Lo he hecho para ti.
Chat parpadeó una, dos, tres veces.
—Marinette —comenzó, y su tono firme hizo que ella pegara un brinco—. Marinette, ¿me has estado esperando desde el viernes pasado?
«En realidad desde el lunes. Desde que convencí a Tikki para que convenciera a Plagg de que te convenciera a ti para que volvieras aquí», pensó Marinette, pero evidentemente no podía decir eso, así que en su lugar contestó:
—Sí. Estaba preocupada.
Un millón de emociones cruzaron el rostro de Chat: arrepentimiento, preocupación, tristeza, miedo, arrepentimiento otra vez…
—Oh, Marinette, lo siento tanto… Lo siento muchísimo, de verdad, no debería haber…
—Se me está cansando la mano, Chat. ¿Vas a aceptar el chocolate o no? —lo interrumpió Marinette, porque no iba a dejarlo ahogarse en sus remordimientos.
Chat cogió la taza sin pensarlo, pero luego dijo:
—Sé que estuvo mal aparecer así en tu balcón y luego marcharme sin dar explicaciones, pero tuve un mal día, nada más. A veces el trabajo de un héroe es muy estresante. Pero no debes preocuparte por mí. Ya lo he superado. —Casi pareció que era él el que había ido a consolarla a ella, y no al revés. Su tono era suave, relajante, y la sonrisa con la que lo acompañó fue tan agradable que Marinette estuvo a punto de creérselo. A punto.
Pero Marinette ya había aprendido a ver a través de sus mentiras, así que por pura frustración, soltó:
—Alya me dijo que perdiste el control de tus poderes durante la pelea contra Miracle Queen.
La sonrisa de Chat desapareció. Puro miedo se instaló en su rostro.
—Eso no es…
Marinette alzó una ceja como retándolo a mentirle otra vez y él cerró la boca de inmediato.
Entonces Marinette decidió cambiar de estrategia. Ladybug ya había intentado el enfoque firme aunque amable; Marinette optaría por ser dulce y comprensiva.
—Chat… —suspiró, mientras posaba una mano amiga en su rodilla—. Sabes que puedes contarme lo que sea, ¿verdad? Sé guardar secretos.
Chat tragó saliva. Bajó la mirada. Vaciló.
Eso era más de lo que había conseguido Ladybug y Marinette no sabía cómo sentirse al respecto.
—Hace frío fuera, Marinette. No deberías estar aquí —dijo al final.
Marinette puso los ojos en blanco. ¿Así que iba a esquivar la pregunta como un cobarde?
—Vayamos dentro, entonces —contestó ella.
Chat bajó la cabeza. Se mordió el labio. Agarró la taza con ambas manos. Tomó una larga bocanada de aire.
No podía. No debía. Pero quería.
Al final, levantó la vista hacia los ojos de Marinette —enormes, azules, expectantes, llenos de amor, aunque ninguno de los dos tuviese claro de qué tipo— y supo que había perdido la batalla.
—Vale. Cualquier cosa mientras pueda evitar que pilles un resfriado.
—¡En la cara no, princesa! —gritó Chat Noir, mientras se lanzaba escaleras arriba para evitar el pincelazo mortal de Marinette.
—¡Quédate quieto, gatito! ¡Y deja de llamarme princesa! —le respondió ella, persiguiéndolo hasta la cama entre risas.
Pero antes de que pudiera alcanzarlo, Chat se escabulló entre las vigas, saltó hasta el suelo con una pirueta digna de un trapecista y se escapó de ella con éxito, y cuando volvió la mirada hacia arriba con una sonrisilla de suficiencia se deleitó en la expresión de pura frustración de Marinette, que se rompería una pierna si saltase de la cama como acababa de hacer él.
—¿Sabes? Cuando Ladybug y yo recuperemos todos los miraculous, la convenceré de que te deje volver a usar a Mullo y entonces tal vez tengas una oportunidad contra mí.
Marinette dejó escapar un gruñido. Si estuviera transformada… si Hawk Moth no se interpusiera entre ellos… entonces ese gatito bufón no tendría escapatoria.
Pero Marinette también tenía recursos. Tenía ideas. Y no iba a dejar que Chat Noir se saliera con la suya.
Pese a conocer los peligros de hacerlo sin estar transformada, saltó tras él. Se precipitó hasta el suelo sin red ni colchón para amortiguar el golpe. Porque sabía que él la cogería. Porque sabía que él nunca dejaría que se hiciese daño.
Como era de esperar, la reacción de Chat Noir fue la prevista: abrió los ojos llenos de terror e inmediatamente se lanzó hacia delante para atraparla antes de que se estrellase contra el suelo.
Marinette cayó entre sus brazos con la gracia de una princesa, pero en vez de interpretar el papel de dama en apuros, no perdió ni un segundo y se abalanzó sobre él como una pantera.
Chat Noir trastabilló hacia atrás emitiendo lo que a Marinette le pareció un maullido de socorro, pero ella no se sentía misericordiosa en ese momento, así que, pincel aún en mano, le inmovilizó la cabeza con los codos y comenzó a pintarle un bigote a lo Dalí con acrílico azul.
Chat Noir trató de liberarse de tal funesto sino, pero Marinette le aprisionaba la cintura con las piernas como una cobra constrictor y apretaba los codos a ambos lados de su cabeza, tratando de mantenerlo lo más quieto posible.
Chat comenzó a dar tumbos hacía atrás. Se resistió. Trató de girar la cabeza a un lado. Trató de contonearse para quitársela de encima.
No lo consiguió.
Forcejeó un poco con ella, pero no en serio porque no quería hacerle daño. Ella, en cambio, no pensaba contenerse.
—¡Quédate quieto!
—¡No! ¡No dejaré que…! ¡Ah!
Sus palabras fueron interrumpidas cuando su pie se topó con el caballete de Marinette. Entre el peso de ella, la complicada postura en la que estaban enredados y que no quería estropear el lienzo en el caballete, Chat perdió el equilibrio.
En su caída arrasó con todo lo que Marinette tenía en el escritorio: las pinturas, los bocetos inacabados y el agua sucia para lavar los pinceles les cayeron encima a los dos.
Ambos acabaron hechos una maraña de brazos y piernas sobre la alfombra, riendo como locos, manchados de pintura, polvo y agua sucia. Sin embargo, Marinette, aparentemente ajena al desastre que habían montado, logró colocarse sobre él y apuntó el pincel hacia su cara como si fuera una pistola.
—¡Yo gano, gatito!
En dos pinceladas vertiginosas, consiguió pintarle un bigote a Chat Noir, aunque los trazos no fueron exactamente precisos porque no logró dejar de reír.
—¡Nooooo! ¡Ahora tendré que vivir con este horrible look para siempre! —se lamentó Chat Noir, echando la cabeza hacia atrás dramáticamente.
—Yo creo que te queda bien. Te hace mayor.
—¿Me granjearía el respeto de esta linda princesa?
—Hace falta mucho más para ganarse mi respeto.
—¿Ah, sí? ¿Tienes una lista?
—Pues, para empezar, podrías dejar de comportarte como un payaso.
—Lo dice quien me ha perseguido por toda la habitación para intentar pintarme un bigote.
—Pero si has quedado monísimo.
En algún momento de la conversación, Chat Noir había deslizado sus garras hasta la cintura de Marinette, probablemente para estabilizarla sobre él y que no rodase hacia un lado, pese a que tampoco es que fuera a caer desde muy alto.
Después de una semana viéndose todos los días, Marinette aún no había descifrado si lo hacía por su instinto natural de proteger a los demás o por su necesidad insaciable de contacto físico.
Hacía mucho tiempo que Ladybug se había dado cuenta de lo primero, pero Marinette acababa de descubrir lo segundo: lo mucho que Chat buscaba el contacto físico, aún sin darse cuenta.
La sentaba en su regazo sin preguntar, se enganchaba de su brazo a la mínima ocasión, se acurrucaba junto a ella bajo las mantas cuando veían una película… pero todos sus roces eran inocentes, platónicos.
Se acercaba a ella de la misma forma que un niño de cinco años buscaría el calor de su madre, que era la única razón por la que Marinette lo dejaba invadir su espacio personal sin oponer resistencia.
Pero al mismo tiempo, Marinette se preguntaba, ¿lo hacía porque era parte de su personalidad, o es que sufría de falta de afecto en su vida privada?
Eran cosas que Marinette nunca se había preguntado pero que ahora se negaban a abandonar su cabeza.
Así que, cansada de forcejear con él y un poco afónica por haberse reído tanto, Marinette se dejó caer sobre Chat Noir como si fuera un colchón. Apoyó la mejilla en el material negro del traje, que era sorprendente suave considerando que parecía piel, y aspiró su aroma a Camembert y a… ¿Adrien: La Fragancia?
Chat tenía buen gusto.
De inmediato, lo notó relajarse bajo ella, respirando plácidamente.
Se quedaron así, descansando sobre la alfombra después de una persecución llena de adrenalina.
Marinette había estado pintando un paisaje para la clase de artes cuando Chat había aparecido. Al ver que estaba ocupada, Chat se había ofrecido a marcharse, pero la verdad es que ella apreciaba la compañía, aunque le pidió silencio. Y para él cualquier cosa era mejor que estudiar chino a solas en su cuarto, así que se quedó.
Se suponía que iba a ser cosa de una vez. Se suponía que mantendría las distancias. Se suponía que ya había dicho demasiado la noche que descubrió el monóculo de Felix, que era demasiado peligroso volver a verla.
Se suponía que era por el bien de Chat. Se suponía que era un riesgo calculado. Se suponía que Marinette acabaría sonsacándole la verdad a Chat, luego se lo "diría" a Ladybug y ella arreglaría las cosas.
Y sin embargo, aquí estaban. Ni siquiera era jueves. Ni viernes. Ni sábado.
Era martes. De la semana siguiente. Porque desde que Marinette había conseguido que Chat aceptara su chocolate la noche del miércoles, él había vuelto.
Cada noche. Sin falta.
Y ella lo había despedido con un "hasta mañana".
Cada noche. Sin falta.
Y ahora Chat respiraba bajo ella y Marinette no tenía ninguna objeción sobre la posición en la que se encontraban.
Debería haberlo tenido. Debería haberse extrañado de la rapidez con la que Chat Noir había estrechado lazos con Marinette, probablemente vislumbrando algo de Ladybug en ella. Y en cambio lo agradecía.
Mientras pensaba esas cosas, Marinette alzó la cabeza hacia Chat. Al notarla moverse, él bajo la cabeza hacia ella, y sus miradas se encontraron.
Chat le sonrió de oreja a oreja. Una sonrisa enorme, sincera. Pero lo que era peor: una sonrisa cariñosa, anhelante, tierna.
Dios, Chat podía ocultar su sufrimiento como un experto, pero no era capaz de disimular otras cosas.
Y Marinette no sabía qué hacer al respecto.
Felix pasaba las páginas del diario de Emilie de forma frenética.
Buscaba un milagro. Buscaba algo que le diera a entender que no se había equivocado.
Porque Adrien tenía la clave para descifrar el diario. Pero Felix no había acudido a él porque lo había considerado demasiado débil como para meterlo en aquel lío.
Y ahora resultaba que había estado metido desde el principio.
Si le hubiera dicho la verdad a Adrien… Si no hubiera decidido trabajar solo…
Entonces el diario ya estaría decodificado y tal vez tendría las respuestas que tan desesperadamente había estado buscando.
Y Hawk Moth no tendría todos los miraculous.
Felix se pasó una mano por el pelo. Estaba húmedo de tanto sudor. Y ni siquiera tenía calor.
