Lista de cosas que Marinette no sabía de Chat Noir:

· Escribe mensajes de texto con puntos, comas y mayúsculas. (¿Qué tiene, 60 años?)

· Es una persona madrugadora. Incluso durante los fines de semana. (¿Por elección? ¿Por hábito? ¿Porque se golpeó la cabeza de pequeño?)

· Habla chino. (Esto lo había descubierto hacía poco, pero no dejaba de sorprenderla.)

· Es bueno con las matemáticas. (¡MATEMÁTICAS! ¡Y LE GUSTAN!)

· No puede mantener la boca cerrada más de dos minutos y cuarenta y ocho segundos. Lo ha cronometrado. (¡Gracias a Dios! ¡Algo que tiene sentido! Ya estaba comenzando a pensar que Chat Noir había sido reemplazado por un alienígena.)

· Es bastante humilde, en realidad. Dadas sus bromas, a veces parece lo contrario. (Le sentó bien aclarar este punto, porque nunca estuvo del todo segura.)

· PERO, es horrible en la cocina, limpiando y con las tareas del hogar en general. (¿Tiene su educación algo que ver o es que es simplemente un desastre?)

Cuando Marinette dejó el cuaderno sobre la cama —sí, esa era una lista que de verdad había escrito—, dejó escapar un bufido cansado y se pasó una mano por el pelo. Cada día la lista se hacía más larga y la verdad era que a Marinette le dolía un poco que hubiera tantas cosas que desconocía sobre su compañero.

Sabía que era honesto, valiente, leal y que le confiaría su vida sin pensárselo dos veces, pero no sabía cuál era su color favorito. Jamás se lo había preguntado. Era demasiado personal.

Ladybug y Chat Noir tenían conversaciones mundanas, por supuesto, pero tanto uno como otro solían limitar la información que compartían sobre su vida privada con cuentagotas. Y Marinette era bien consciente de que ella lo había iniciado.

Y ahora cada punto que añadía a esa lista era como un disparo directo al corazón.

El karma era una mierda.

La conclusión que Marinette había sacado desde que Chat había comenzado sus visitas diarias era que su compañero no solo ocultaba su dolor con mucha habilidad, no solo era una caja de sorpresas… sino que era una persona completamente distinta a la que Marinette había asumido.

Resultaba que sí era capaz de respetar la autoridad. Sacaba buenas notas. No se pasaba el día en los laureles. (Más bien todo lo contrario, de hecho.)

¡Madrugaba, por Dios! ¡Madrugaba!

¡Venga ya!

Hacía una semana, si alguien le hubiera dicho a Marinette que Chat Noir era una persona madrugadora, no hubiera dejado de reírse hasta Navidad.

Ahora, sin embargo…

Marinette no quería seguir pensar en ello, así que decidió lanzar la libreta a su diván —no acertó, cayó en el suelo, pero le dio igual— y luego apagó las luces para tratar de dormir.

Pero al día siguiente pensaba acribillar a Chat Noir a preguntas para averiguar todas esas pequeñas cosillas que nunca había querido saber.


Chat Noir no tenía mucha experiencia con adolescentes de su edad, pero estaba bastante seguro de que la tensión entre dos personas solía disminuir a medida que pasaban tiempo juntos.

Y en cambio, allí estaban, dos semanas después de que Felix descubriera la identidad de Adrien, dos semanas después de comenzar su pequeño arreglo en el que él se pasaba por la panadería (casi) todas las noches… y por alguna razón la tensión entre él y Marinette podía cortarse con un cuchillo.

(Adrien podía pasar las tardes con Marinette porque su padre le estaba dejando bastante tiempo libre últimamente, dado que Natalie había sufrido un deterioro inesperado en su estado de salud. No era una razón agradable, pero poco podía hacer él.)

Esa noche en particular Chat y Marinette habían decidido ver Toy Story 2, así que se habían metido en la cama como hacían siempre. Sin embargo, Marinette estaba tiesa como un poste, los brazos pegados a los costados como los de un soldadito de plomo y el ordenador sobre las rodillas.

Chat Noir había tratado de pasar un brazo por debajo de su cabeza, pero ella había presionado la nuca contra la almohada y no le había dejado. Luego había tratado de deslizar su brazo bajo su cintura, pero Marinette se había pegado al colchón y no le había dejado espacio para hacerlo.

Como no quería forzarla, Chat se había limitado a pegarse hombro contra hombro —que era todo el contacto físico que le había permitido—, y al final había acabado en la misma postura incómoda que ella: como un muerto en un ataúd.

Chat no tenía ni idea de a qué se debía ese cambio tan repentino. Hacía apenas dos días habían visto Big Hero Six acurrucados el uno junto al otro, y apenas cinco días atrás Marinette se había pasado dos horas dibujando sobre el regazo de Chat.

Sin embargo, Chat no quería entrar en pánico aún. No quería asumir que hubiera metido la pata y hubiera logrado que lo odiase, como había ocurrido con su otra identidad. (Después de muchos intentos de conversación, Adrien había conseguido que Marinette lo saludara en clase, pero poco más.)

Que Marinette no quisiera tantos achuchones como antes no era el fin del mundo, ¿verdad? Seguro que había una explicación razonable.

Además, en ese momento Marinette era su única distracción dado el retraso de Felix. Ya habían pasado dos semanas y no había noticias de su primo, ni buenas ni malas. Adrien entendía que necesitara tiempo para aclararse las ideas, pero ¿cuánto tiempo iba a necesitar?

Lo raro era que, durante dos semanas, tampoco había habido ni un solo avistamiento de akuma. Ladybug creía que Hawk Moth y Mayura se estaban reagrupando, tal vez preparándose para lanzar un ultimátum. O quizá usar tantos miraculous a la vez estuviera pasándoles factura por fin.

Alya, por otra parte, pensaba que no era casualidad y que Felix había tenido algo que ver, pero Chat no estaba de acuerdo y Ladybug, sorprendentemente, lo había apoyado a él. (¡Increíble! ¡Sin precedentes!)

Fuese como fuese, más le valía a Felix darse prisa, porque Hawk Moth no iba a desaparecer para siempre.

Sin embargo, todas esas preocupaciones no eran una prioridad para Chat en ese momento.

En ese momento, lo único que lo carcomía era por qué Marinette se había vuelto tan distante de la noche a la mañana. ¿Qué significaba esa extraña tensión que había aparecido de la nada entre ellos? Una tensión que era unilateral, por supuesto, porque Chat Noir no quería más que envolverla entre sus brazos para continuar la película en una postura que fuera cómoda.

Así que hizo una evaluación rápida de la situación y decidió que él y Marinette ya tenían suficiente confianza como para poder tentar los límites de su zona de confort sin enfadarla. Conque se incorporó en la cama y se colocó de lado, apoyando el codo en la almohada y la cabeza en la palma de la mano, de cara a Marinette.

—A ver, ¿vas a decirme qué te pasa o te lo tengo que sonsacar a cosquillas?

La sombra de una sonrisa se deslizó en la cara de Marinette, pero la reprimió rápidamente.

—¿Por qué lo dices?

—Porque pareces incómoda. —Chat abandonó el tono burlón y lo sustituyó por uno de sincera preocupación—. ¿He hecho algo?

En circunstancias normales, Marinette hubiera suspirado «Oh, gatito…» y luego le hubiera acariciado la mejilla para tranquilizarlo.

Sin embargo, lo que hizo fue chasquear la lengua, girar la cabeza hacia él y soltar:

—Nunca te enteras de nada, ¿no es así?

—¿Qué? ¡Pero si soy perspicaz como un sabueso! —se defendió él, pero ladeo la cabeza confuso.

¿Qué era lo que no estaba notando?

—Sí, para algunas cosas —contestó ella poniendo los ojos en blanco—. Pero para otras estás ciego como un topo.

Al ver que Chat seguía sin entender, Marinette decidió pasar a la acción. Se incorporó en la cama de la misma forma que él y alzó un dedo para trazar el perfil de su barbilla, en la que ya se notaban los primeros indicios de una barba adolescente. Luego llevó su mano a su cabello rubio y se lo despeinó en un gesto cariñoso, lo que les arrancó una sonrisa a ambos.

Y por último —el colmo del colmo, Marinette no se podía creer que hubiera caído tan bajo—, le pasó el pulgar por sus labios color caramelo. Lenta, sensualmente… de una manera que dejaba muy claras sus intenciones…

Solo había una forma de interpretar que una chica pasara el pulgar por los labios de un chico, pero él simplemente sonrió, con esa mirada que irradiaba tanto amor que era casi insoportable.

Un amor sin artificios, al descubierto. Un amor que quemaba.

Pero un amor que solo ella era capaz de ver.

Eso era lo que más la confundía de toda esa situación: Marinette no tenía claro que el mismo Chat fuese consciente de sus propios sentimientos. ¡Y siempre había sido tan directo con Ladybug!

Desde que habían comenzado lo que fuese que hubiesen comenzado, Chat la abrazaba, la achuchaba, alargaba los besos que le daba en la mejilla más de lo que debería… y sin embargo no iba más allá, porque no quería ir más allá.

Chat estaba enamorado de ella. De ambas. De Marinette y de Ladybug, era un hecho.

Marinette estaba tan segura de ello como de que el cielo fuese azul y los ojos de él fueran verdes, porque Chat podría ocultar muchas cosas, pero definitivamente no podía ocultar sus crushes.

Y sin embargo permanecía felizmente ajeno a sus sentimientos.

Sobra decir que era un problema enorme. (No lo de no ser consciente de lo que sentía, sino lo de tener sentimientos en sí. O eso se repetía Marinette.)

Cuando Marinette había visto las primeras señales, las había ignorado a propósito. (Ya le había roto el corazón a Chat una vez; sería una desgracia tener que hacerlo dos veces.)

Luego, sin embargo, sus roces se habían hecho más íntimos, sus cumplidos más atrevidos, gracias a que él tenía el increíble superpoder de no avergonzarse de nada que saliese de su boca. Había llegado un momento en el que se hizo tan evidente que estaba enamorado de ella que Marinette no pudo ignorarlo más.

El problema era que Marinette no sabía cómo ponerle freno antes de que fuera demasiado lejos.

Si Chat la adorase abiertamente como había hecho con Ladybug, entonces Marinette hubiera trazado los límites desde el principio y hubieran regresado a la dinámica a la que estaba acostumbrada: incesante flirteo y divertidas disputas verbales.

Pero Chat no se lo ponía fácil. En vez de su enfoque habitual —absurdos juegos de palabras en los peores momentos posibles—, Chat se había propuesto desarrollar una amistad sincera con Marinette.

Los gestos amables, las miradas dulces… Todo era tan inocente y casto que Marinette se sentía culpable cada vez que intentaba sentar los límites.

Como la situación en la que se encontraban, sin ir más lejos. Había tratado de mantener una "distancia de amigos" entre ellos mientras veían la película, y como resultado Chat había percibido que "le pasaba algo" y en el ese momento la estaba mirando con esos ojitos de cordero a los que ella no se podía resistir.

Chat Noir la estaba mirando sin entender por qué le había cerrado su corazón y Marinette sintió oleadas de culpa.

Así que se le escapó un suspiro. Un mero suspiro que Chat interpretó como su señal para dejarse de tonterías.

Le pasó un brazo por debajo de la espalda, con el otro levantó el ordenador, y de esa forma la atrajo hacia sí hasta que Marinette tuvo medio cuerpo encima de él. Luego apoyó su cabeza sobre la coronilla de ella, colocó el ordenador sobre sus rodillas, y le dio al play.

Ninguno de los dos dijo nada.

Marinette se limitó a soltar otro suspiro resignado. Ya estaban otra vez: abrazados el uno al otro en una postura bastante inapropiada para dos amigos.

Y él no notaba nada raro.

Marinette pensó durante un instante fugaz que tal vez fuese culpa suya, por dejarlo mantener tan pocos límites cuando se trataba de contacto físico con Ladybug, y por lo tanto permitir que construyera una imagen incorrecta sobre lo que significaba una "amistad".

De cualquier forma, era de noche, había sido un día largo… a Marinette no le apetecía lidiar con ello en ese momento, así que decidió no resistirse al abrazo de Chat y acabó la descansando la cabeza en su pecho.

Lo notó sonreír satisfecho un momento después. Y apenas había pasado un segundo cuando lo notó inclinarse hacia ella y plantarle un beso en el pelo.

¿De verdad Chat Noir pensaba que envolver a una chica en un abrazo de oso y plantarle un beso en el pelo eran cosas que hacían los "amigos"?

¿Qué clase de sociópata había criado a ese chico?

Marinette planteó esa pregunta en su mente de forma retórica, pero nada más ocurrírsele, le entró curiosidad. (Ahí va otra cosa que no se había esperado de Chat: era virgen. Y no solo en el sentido estricto de la palabra; también era virgen en la vida, así en general.)

—¿Por qué no captas las pautas sociales? —le preguntó.

Sin pensárselo, Chat cambió de posición para poder mirarla a los ojos mientras hablaba y abrió la boca para contestar, pero en el último momento —justo antes de decir «fui educado en casa»— se dio cuenta de que la respuesta era demasiado específica como para revelársela a Marinette.

Su expresión culpable —como pillado in fraganti comiéndose el último trozo de pizza— fue suficiente como para que Marinette anticipara lo que iba a decir. Así que murmuró un «lo entiendo» como tantos otros había murmurado a lo largo de esas dos semanas.

Sin embargo, Chat ya se había movido para poder hablar cara a cara. Pero como estaban tumbados, "cara a cara" significaba que sus narices casi podían tocarse si uno de los dos se inclinaba un poco.

Estaban cerca. Demasiado cerca.

Marinette tenía los labios de él a la altura de su boca.

—Tus labios son de un color curioso, ¿sabes? —dijo de repente, porque si entretenía su boca hablando no la entretendría con la boca de él—. Son del color del melocotón.

—Me lo dicen mucho, de hecho —soltó él, bajando la vista como si pudiera ver el color de sus propios labios—. Los de mi madre eran del mismo color.

—Qué…

«Qué interesante», iba a decir Marinette, o algo por el estilo. Pero se detuvo en seco en cuanto reparó en el tiempo verbal.

«Eran», habían dicho Chat.

No «son», sino «eran».

En pasado.

Chat percibió el horror en los ojos de Marinette y se tensó. Pero no fue hasta un par de segundos después que cayó en la cuenta de lo que acababa de decir.

Hasta entonces habían hablado un par de veces de su familia —había sido el primer tema que Marinette había sacado dado que sabía lo de su horrible padre—, pero Chat había sido muy cuidadoso con no mencionar a su madre.

Justo para evitar la reacción que Marinette le estaba mostrando en ese mismo instante: estupor, compasión, y tristeza.

—¿Tu madre está…? —preguntó ella, dejando la pregunta abierta a propósito.

—Marinette, sabes que no puedo hablar de ello… —murmuró Chat, en un tono ronco de advertencia.

Y en efecto, Marinette lo sabía bien. Si Chat revelaba su identidad, la Guardiana se vería obligada a quitarle el miraculous. Ella misma había mantenido la regla en vigor después de que el Maestro Fu no pudiese obligarlos a cumplirla.

Qué tonta había sido. Había cavado su propia tumba.

Así que, en vez de insistir, se limitó a acurrucarse junto a Chat Noir —aunque en realidad no podían estar más cerca el uno del otro— y brindarle el contacto físico que era tan evidente que escaseaba en su casa.

Mientras tanto, Adrien la observaba nervioso. Marinette ya sabía que tenía un padre de mierda y ahora sabía que su madre estaba muerta.

Era un milagro que aún no hubiese atado cabos.

Chat Noir estaba jugando con fuego.


—Maestro —llamó Duusu a Felix—. Ya casi han pasado dos semanas, ¿no crees que es hora de hablar con vuestro primo?

Felix suspiró.

Desde su nuevo escondite —un hotel, esta vez— se podía divisar la mansión Agreste a lo lejos. Felix estaba sentado al lado de la ventana, la vista fija en la enorme casa, y llevaba cavilando durante horas.

Días, mejor dicho.

Semanas, incluso.

Felix sabía que su tío era muchas cosas, pero no era un tonto. Y sin embargo había sido engañado por su propio hijo durante dos años.

¿Era el amor tan cegador? ¿O se trataba de la obsesión?

¿Acaso él mismo había sido cegado por el amor que le profesaba a su madre? ¿Había tomado el camino incorrecto porque no había sabido ver lo que realmente había delante de él?

Eran preguntas para las que Felix aún no tenía respuesta.


¡Sip! ¡He logrado acabar el cap antes del lunes!

Espero poder publicar el siguiente el próximo lunes, pero cabe la posibilidad que no, porque me voy de viaje.