Adrien examinó su reflejo con cuidado. La imagen que el espejo le estaba devolviendo no hubiera quedado fuera de lugar si la esculpieran en mármol y la colocaran en un museo.

En todos los sentidos, Adrien era la viva imagen de la perfección.

Ni un solo mechón fuera de lugar. Ni un milímetro de más en la punta de su nariz. Ni siquiera había un solo mancha, punto negro o cicatriz en su piel, mucho menos ojeras o granos.

No, ese tipo de "imperfecciones" no eran propias de un Agreste. Los Agreste no tenían defectos.

A Adrien le daba mucho asco.

Sabía que no tenía sentido amargarse por su buen cutis, pero daba igual. En ese momento Adrien estaba amargado por todo: por su cabello de mechones dorados, por su sonrisa de anuncio de pasta de dientes y, sobre todo, por sus brillantes ojos verdes, porque ese verde combinaba perfectamente con sus zapatos grises y su traje blanco.

¡Blanco! ¡Jodidamente blanco!

Blanco como el nácar, como la nieve y como uno de esos conejitos tiernos e inofensivos de los dibujos animados. Evidentemente, el traje no había sido elección suya.

Nada más despertarse, Adrien había seleccionado un esmoquin negro para el baile, teniendo en cuenta el rojo del vestido de Marinette. Se había pasado una hora entera probándose pajaritas y corbatas, pero al final había decidido que lo más "Chat Noir" sería llevar el cuello al descubierto.

Sin embargo, después de desayunar su padre se había plantado en su habitación por primera vez en semanas y había tendido un traje blanco sobre su cama.

Así, sin más, obviando los saludos y los "buenos días".

—El negro es para los adultos —había explicado Gabriel, con las manos cruzadas tras la espalda y una mirada tan gélida que sumió la habitación en temperaturas árticas—. Tú debes representar la pureza, Adrien. Así que vestirás de blanco.

Adrien tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no partir la cama en dos en ese mismo instante. Consiguió contener su furia de milagro hasta que su padre se marchó, y entonces necesitó un par de segundos para calmarse.

Gabriel ni siquiera le había preguntado qué color prefería vestir. Había asumido que no le llevaría la contraria, y punto.

Así que en ese momento Adrien se miraba al espejo de su habitación planteándose seriamente hacer añicos ese impoluto traje blanco.

¡Blanco, por el amor de Dios! Lo haría parecer Papá Noel al lado del rojo de su princesa.

Adrien soltó un bufido de frustración. ¿De verdad tenía que aparecer delante de Marinette con esas pintas? Normal que no quisiera ni mirarlo…

Sus contemplaciones fueron interrumpidas cuando su teléfono vibró sobre la cama. Adrien no tuvo ni que mirar la pantalla para saber que era su padre metiéndole prisa. Faltaban cinco minutos para las siete, lo que significaba que tendrían que irse ya si querían llegar "elegantemente tarde" a la gala, y no "rotundamente tarde".

Aflojándose un poco la corbata —le estaba asfixiando—, Adrien practicó su «sonrisa Agreste» por última vez y luego salió del baño en dirección a la entrada de la mansión.

Plagg no dijo nada cuando Adrien abrió la solapa del traje, un gesto silencioso para que se escondiera dentro. Estuviera lo que estuviera pensando el kwami —podía notar la rabia de Adrien hirviendo en sus venas—, no lo expresó en voz alta.

Cuando Adrien apareció en el vestíbulo, Gabriel ya lo estaba esperando. Iba vestido con un traje blanco idéntico al suyo, pero al contrario que Adrien, al que no le habían dejado llevar ningún toque de color, Gabriel había mantenido la corbata a rayas de su atuendo habitual.

Nada más poner un pie en el último escalón, Adrien sintió el escrutinio de su padre sobre él. No era nada nuevo: si su aspecto era algo menos que impecable, Adrien ya conocía el rapapolvo que le iba a caer. Así que, en una rutina que ya se sabía de memoria, Adrien caminó hasta el centro del vestíbulo y se plantó delante de su padre, tan obediente como siempre.

Normalmente esbozaría una sonrisa, con la vaga esperanza de que su padre le correspondiera con el mismo gesto, pero esa vez no le dedicó más que una mirada asesina. Gabriel no se dio cuenta.

Sin necesidad de palabras, Gabriel apretó el nudo de la corbata de Adrien —que Adrien había aflojado hacía medio minuto— y luego asintió con la cabeza en señal de aprobación.

Si reparó en la forma en la que Adrien rechinó los dientes, no hizo ningún comentario al respecto.

Con esas, padre e hijo se dirigieron hacia la limusina sin intercambiar ni una sola palabra más.

Era todo un acontecimiento que Gabriel acudiera en persona a una gala. Normalmente enviaba a su hijo para representarlo, y si tenía algún negocio que tratar, Natalie solía acompañarlo. Para los temas más importante, de los que solo se podía encargar él personalmente, solía convencer a sus socios para acudir a la mansión ellos mismos, para que él no tuviera que salir. Si no estaban dispuestos, no había trato.

Ese era el modus operandi de Gabriel Agreste.

Sin embargo, aquella era una ocasión especial: Natalie estaba fuera de servicio y el anfitrión, Gérard Kanes, era un empresario tan ermitaño como el señor Agreste. Por eso, por primera vez desde que su esposa había desaparecido, Gabriel había cedido y había accedido a acudir él mismo a la reunión que el señor Kanes había convocado.

Al fin y al cabo, Gérard Kanes no salía de su cueva por minucias. Algún negocio importante debía de estar planeando si había volado hasta París, y Gabriel no quería quedarse fuera.

Era precisamente Gérard Kanes con lo que se distraía Gabriel Agreste mientras él y su hijo se subían a la limusina que los llevaría hasta Le Grand Paris. Si mantenía la mente ocupada evitaría pensar en Natalie, que se había quedado sola en la mansión.

Sola.

Encamada.

Enferma.

Como Emilie.

Gabriel apretó los puños sobre las rodillas.

Si no le hubiera dejado usar el miraculous del dragón…

Justo entonces, como si pudiera leerle la mente, Adrien preguntó:

—¿Cómo está Natalie?

Gabriel fue invadido por un súbito arrebato de ira. Le entraron ganas de gritarle a su hijo, de cerrarle la boca de un aullido. (¡¿Cómo se atrevía a preguntar algo así?!) Sin embargo, recordó que no estaban solos y que Gorila estaba conduciendo la limusina, y se contuvo.

—Se está recuperando —mintió.

Algo en su tono debió delatarlo, porque su hijo lo miró como si sospechara que no estaba diciéndole la verdad. Es más: lo miró como si viera a través de él, como si supiera a lo que se dedicaba en su tiempo libre y lo judgara por ello.

A Gabriel esa mirada no le gustó nada. Rozaba el desafío.

—No frunzas el ceño, Adrien —le dijo, con un tono cortante y autoritario—. O te saldrán arrugas.

Adrien pareció sorprendido por un segundo, pero luego hizo lo que su padre le pedía: suavizó el gesto hasta transformar sus facciones en una máscara inescrutable.

Ninguno de los dos abrió la boca en lo que quedaba de trayecto.


Marinette dio un par de vueltas frente al espejo de su habitación.

Ese vestido rojo… ¿y si era demasiado? ¿Y si no cabía por la puerta del coche de Nora? ¿Y si no podía bailar con él puesto? ¿Y si molestaba a los otros invitados porque era demasiado grande?

Marinette no podía dejar de enumerar todas las cosas que podían ir mal mientras comprobaba que ninguna costura se hubiera deshilachado. Le hubiera gustado dar unos últimos retoques al vestido antes de ponérselo, ¡pero es que quedaba media hora para que la gala comenzara!

Lo había acabado a tiempo por los pelos. Esperaba que no se cayese a pedazos antes de poder bailar con Chat.

Bueno, si Chat aparecía, porque después de lo de anoche, a Marinette no le había quedado muy claro.

Debería haber acordado una hora y un lugar con él, estaba pensando. Algo como: en la terraza a las doce. Por desgracia, Marinette se había centrado tanto en el vestido que se había olvidado el resto de detalles, como asegurarse de que su pareja de baile supiera dónde encontrarla.

Se mordió el labio inferior, un poco preocupada. No, un poco no. Mucho. Muchísimo.

¿Y si Chat no aparecía?

¿Y si la dejaba plantada?

¿Y si el vestido no le gustaba?

—Relájate, Marinette —la tranquilizó Tikki, notando el nerviosismo de su portadora—. Chat aparecerá. Estoy segura de ello.

Marinette tomó una gran bocanada de aire. Se había asegurado de que el vestido no le oprimiera las costillas, pero en ese momento sentía que no podía respirar.

Tal vez no debería haber tomado las medidas con el estómago vacío. ¿O quizá eran los nervios, que le provocaban gases?

Debería cancelar todo el plan. Debería quedarse en casa. Debería quemar el vestido, llamar a Chat y pasar la noche viendo películas. Seguro que él lo entendería. Seguro que ni siquiera tenía interés en verla con el vestido puesto. Seguro que…

Por suerte, la voz de su madre desde el piso de abajo interrumpió sus divagaciones:

—¡Marinette, tu carruaje está aquí!

—¡Por fin! —exclamó Tikki, mientras volaba a esconderse en un pequeño bolsillo que Marinette había cosido entre los pliegues de la falda.

Armándose de valor, Marinette se abrigó con la última prenda que había preparado y bajó las escaleras como una bala.

Vio a Nino antes que a Alya. A juego con el traje de la tortuga, Nino se había agenciado un esmoquin verde oscuro. No le quedaba mal, y por lo menos lo haría destacar entre los cientos de trajes negros que debía de haber en la fiesta. Por desgracia, había decidido dejarse la gorra puesta, una decisión estilística que, aunque Marinette no aprobaba, decidió no criticar.

Luego vio a Alya. Uf, estaba preciosa. Normal que Nino tuviera una mancha de baba en la solapa de la chaqueta y que no pudiera despegar los ojos de ella. Llevaba un vestido color pardo que hacía juego con su piel, y su cabello estaba recogido en un moño alto, a excepción de dos mechones que le caían a ambos lados de la cara.

El único que faltaba era Adrien, pensó Marinette soltando un largo suspiro. No tenía muy claro que su ausencia fuera una maldición o una bendición.

Su suspiro llamó la atención de sus dos amigos y de sus padres, que se encontraban charlando en la cocina. Nora, que los iba a llevar en coche hasta Le Grand Paris, debía de estar esperándolos abajo, porque Marinette no la vio.

Los señores Dupain-Cheng trataron de ocultar sendas expresiones de asombro al verla bajar. Nino arrugó la nariz por el mismo sentimiento. Alya, por su parte, abrió mucho los ojos, pero no debido al asombro, sino al horror.

—No irás a ir así al baile, ¿verdad? —preguntó. La incredulidad en su voz dio a entender lo que opinaba sobre el atuendo de Marinette.

Sin embargo, Marinette se cruzó de brazos, intercambió un gesto de desafío con Alya y declaró:

—No intentes detenerme.


Debería haber llevado flores.

Era en lo único en lo que Adrien pensaba a medida que la limusina se acercaba a Le Grand Paris.

Debería haberle llevado flores a Marinette, a riesgo de atraer la ira de su padre. Marinette era mucho más importante que un hombre que quizá —solo quizá, por lo menos hasta que Felix le confirmara lo contrario— podía ser Hawk Moth.

Un escalofrío le recorrió la espina dorsal ante ese pensamiento. La idea de que su propio padre pudiera ser el enemigo número uno de Francia aún le ponía los pelos de punta. Sin embargo, se miró la manga del traje, blanco como la nieve, y parte de esa angustia se disipó.

Fuera o no fuera Hawk Moth, Gabriel Agreste no se merecía que Adrien se preocupara por su destino.

El caso era que Adrien debería haberle llevado flores a Marinette. Tal vez aún estaba a tiempo, si se escabullía hacia la calle Auber y luego…

Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando la limusina frenó en seco. Habían llegado al hotel. Ya era tarde.

Con un suspiro que debió de expresar más decepción de la que debería, Adrien se desabrochó el cinturón y siguió a su padre hasta el exterior. Antes de que la frescura de la noche le acariciara la cara, decenas de flashes fueron disparados hacia él como balas de una ametralladora.

Un ejército de fotógrafos flanqueaba la alfombra roja que se extendía desde la limusina hasta la entrada principal del hotel. A ambos lados, confinados tras sendas barreras policiales, los periodistas apuntaron sus objetivos hacia Adrien y su padre nada más verlos llegar, esperando fotografiar la portada del día siguiente.

Los Agreste no eran los únicos famosos en la alfombra roja en ese momento, pero eran los más esquivos. Tomar una foto de padre e hijo juntos era una oportunidad que ocurría una vez cada dos años.

Por supuesto, Gabriel hizo caso omiso. Ignoró las cámaras y puso rumbo hacia la entrada del hotel, sin dignarse a comprobar si su hijo lo seguía o no.

Adrien, por su parte, caminó un paso por detrás de su padre en todo momento, esforzándose para que su deslumbrante sonrisa compensara la falta de emociones en el rostro de Gabriel. (Estaba especialmente huraño, se fijó Adrien. ¿Sería por haberse visto obligado a salir de la mansión? ¿O por Natalie?)

Definitivamente, ya era tarde para comprar flores, pensaba Adrien mientras caminaba por la alfombra roja. No podría escabullirse para conseguir el ramo de rosas que Marinette se merecía. Debería haber planeado mejor la velada… pero es que no había querido pensar en qué pasaría si Marinette se negaba a hablar con Adrien en toda la noche, que era un escenario bastante probable.

Sin embargo, Adrien trató de mantener la «sonrisa Agreste» intacta. Había demasiados ojos sobre él, demasiada atención. No podía permitirse flaquear en ese momento. El espectáculo debía continuar.

Por desgracia, la alfombra roja le parecía infinita. Caminaba a paso de tortuga porque había mil fotógrafos a su alrededor y todos querían una foto donde estuviese mirando a la cámara.

Los flashes eran cegadores, las mejillas estaba comenzando a dolerle de tanto mantener esa sonrisa y su padre tenía la misma expresión que Grumpy Cat mientras desfilaba delante de Adrien.

Estaba de mal humor, de muy mal humor, y Adrien se preguntó si era por haber sido obligado a salir de casa o porque habia dejado a Natalie sola en la mansión.

Por fin, padre e hijo llegaron al final de la alfombra roja y entraron al hotel. La primera sala en recibirlos fue un silencioso y tranquilo vestíbulo, cuyas ventanas habían sido cubiertas por cortinas traslúcidas que lo resguardaban de las cámaras y las miradas indiscretas de los periodistas.

Una vez dentro del hotel, Adrien pudo deshacerse de su brillante sonrisa. Allí no habia fotógrafos ni gente, porque el baile en sí se ofrecía en el primer piso y la reunión a la que su padre debía acudir en el último, así que el vestíbulo era solo una zona de paso.

El único personal en el vestíbulo era el recepcionista y tres mayordomos dispuestos a indicarles el camino en caso de que no supieran leer las indicaciones. También había un par de grupos de invitados que se habían alejado del ruido de la fiesta para charlar tranquilamente.

En realidad Adrien y su padre llegaban elegantemente tarde, porque cuanto más tarde llegasen, más corta se haría la velada, que era lo que quería Gabriel.

Como resultado, la despedida fue breve.

—Ya sabes qué hacer, Adrien —fue la última orden de Gabriel Agreste, y acto seguido puso rumbo al ascensor, donde un mayordomo ya lo esperaba para llevarlo al último piso, donde se llevaría a cabo la "reunión de adultos".

Adrien solo pudo respirar tranquilo cuando las puertas se cerraron y se quedó solo en el vestíbulo. Desde el exterior, algún que otro fotógrafo aún trataba de sacarle fotos a escondidas a través de las ventanas, pero Adrien les hizo caso omiso.

Se frotó los ojos con las manos.

Por Dios, ¿pero qué estaba haciendo?

¿Por qué se esforzaba tanto por contentar a su padre cuando sabía que no le valdría su reconocimiento, mucho menos su aprecio? Por si fuera poco, ¿por qué aún se empeñaba en perseguir su amor cuando era prácticamente una realidad que detrás de la fachada de excéntrico millonario se encontraba el villano que París más temía?

Adrien trató de deshacerse de ese pensamiento. No quería plantearse cuáles eran las probabilidades de que su padre fuese Hawk Moth. Prefería disfrutar el tiempo que le quedaba viviendo una mentira hasta que Felix apareciera y la echara abajo.

Hasta entonces, decidió convencerse a sí mismo de que no era el hijo de un terrorista.

Además, ¿para qué perder el tiempo amargándose cuando podía disfrutar los placeres de la vida? Y con «placeres de la vida» se refería a Marinette, por supuesto.

Adrien subió la escalinata que lo llevaba hasta el primer piso sintiendo los pasos pesados. De repente, le sudaban la manos. Vaya, ¿desde cuándo lo ponía más nervioso ver a Marinette que enfrentarse a Gabriel Agreste?

Tenía unas ganas tremendas de poder bailar con ella… si es que le hacía ese favor.

Un mayordomo lo recibió ante la puerta. Ni siquiera le hizo falta enseñarle su invitación, sabía exactamente quién era Adrien.

Antes de dejar que el mayordomo le abriese la puerta, sin embargo, Adrien sacó su teléfono de bolsillo. Tenía un mensaje de Nino, diciéndole que lo estaban esperando a la derecha del bar. «Esperaban», en plural. O sea, que Marinette también estaría allí.

Sintió una punzada de pena al saber que él no había sido el primero en ver el vestido, pero había sido un deseo imposible desde el principio. Se conformaría con ser el primero en sacarla a bailar; o por lo menos intentarlo, porque no estaba seguro de que Marinette accediera.

A Chat Noir no se lo negaría, pero ¿a Adrien?

«Aceptará», se dijo a sí mismo. Se lo repitió tres, cuatro, cinco veces más, hasta convencerse de ello.

—¿Tienes grandes planes para hoy, señor? —le preguntó el mayordomo de repente, sin duda notando sus nervios. Bajo su bigote se podía adivinar una sonrisilla divertida; seguramente Adrien no era el primer chico que se ponía nervioso por los «grandes planes» que tenía para esa noche.

Adrien le sonrió en respuesta. No la «sonrisa Agreste» que le había enseñado a los fotógrafos, sino una sonrisa de verdad, agradecida.

—Algo así —le contestó, y acto seguido asintió para que le abriera la puerta al baile.