En esta historia vamos a ir viendo el punto de vista de los dos protagonistas. Ahora nos toca conocer un poco a aquel que se oculta en el bosque prohibido...


Capítulo Dos

En el bosque


Tras los milenarios árboles la vida era dura, pero él no la habría cambiado por nada. Se sentía tan libre como el viento, nadie le decía lo que tenía que hacer y pocos se atrevían a plantarle cara... y los que lo hacían, no salían con vida.

El Bosque Yōkai era su hogar. llevaba dos siglos recorriendo todos sus rincones y luchando contra los enemigos que encontraba por el camino, que a veces eran demasiados.

Los árboles que se extendían por miles de hectáreas eran gigantescos, el ambiente desprendía humedad y salvajismo, y tras una buena pelea la tierra olía a sangre.

Varias cordilleras rodeaban el bosque. Algunas montañas eran tan altas que siempre tenían nieve en sus picos y solo los yōkai de sangre fría vivían allí.

Inuyasha apenas se acercaba a las pequeñas ciudades que había. Solían estar alrededor de alguno de los cuatro palacios para contar con su protección y era de los pocos sitios donde los demonios podían vivir tranquilos, sin tener que estar en alerta constante y pendientes de cualquier amenaza que pudiera aparecer.

Era su naturaleza. A los demonios les costaba aceptar órdenes y lo normal era que cada pocos años hubiera una rebelión para intentar acabar con alguno de los Lores, aunque nunca duraban demasiado. Cualquier insurgente era aplastado sin piedad.

Solo había dos normas que todos debían cumplir: respetar los palacios y a sus habitantes, y no intentar salir del bosque.

Los pocos yōkai que habían construido sus hogares lejos del control de los Lores estaban siempre sufriendo ataques de otros demonios que querían robarles todo lo que tenían, o que simplemente estaban aburridos y tenían ganas de luchar.

A él no le importaba pelear, pero prefería poder dormir tranquilo. Por eso eligió su cueva. Estaba en un lugar apartado, un pequeño valle atravesado por un río lleno de peces que le servían de alimento y con una pradera cubierta de flores de todos los colores imaginables. Algunas eran pequeñas y otras le doblaban en tamaño, incluso existían flores carnívoras de las que era mejor mantenerse lejos... pero no en esa pradera. Inuyasha se había librado de ellas hacía mucho.

Era el único lugar donde podía tumbarse, cerrar los ojos y disfrutar de la calidez de los rayos de sol, del suave susurro del viento, y donde pasaba las noches contemplando el cielo estrellado y contando estrellas fugaces.

Siempre con una oreja alerta, claro. Sabía bien que en cualquier momento podía aparecer un yōkai con ganas de problemas y tenía que estar preparado.

Había pocas praderas en su mundo. Los árboles lo cubrían prácticamente todo y pocas flores eran capaces de crecer entre ellos, pues la luz solar apenas atravesaba sus ramas y todo estaba sumido en una penumbra constante.

Por eso decidió instalarse allí cuando encontró ese lugar, aunque no solía quedarse más de dos días. Le gustaba correr por el bosque y descubrir cada uno de sus rincones, tenía el objetivo de conocerlo por completo y todavía estaba lejos de conseguirlo.

Se había encontrado con muchos tipos diferentes de yōkai. Casi todos le despreciaban aunque algunos toleraban su presencia y hasta hablaban un rato con él cuando los encontraba, pero no era lo normal.

De pequeño no entendía muy bien lo que les pasaba, pero al ir creciendo aprendió a despreciarlos él también. Si buscaban pelea se la daba, si lo insultaban les contestaba y si lo ignoraban los imitaba.

Lo único que lamentaba era no tener a alguien, un amigo con el que poder compartir aventuras y su tiempo... pero tampoco lo necesitaba. Estaba bien solo, llevaba mucho tiempo así y no le importaba.

Por todo el bosque el suelo estaba cubierto de hojas, algunos helechos rodeaban los árboles y le daban a todo un aspecto salvaje y misterioso que le encantaba. Era como vivir en medio de una leyenda.

Y las leyendas eran la base de su mundo, sin duda. Pocos conocían la historia completa de cuando los yōkai se separaron del mundo humano para siempre y él era uno de ellos. No lo vivió pero se lo habían contado, incluso vio las pruebas con sus propios ojos cuando todavía no sabía ni leer.

El sol ya estaba bastante alto en el cielo mientras Inuyasha comía lo que acababa de cazar en su pequeña cueva junto al río, totalmente inmerso en sus propios pensamientos.

Al terminar, apagó el fuego que había encendido echándole tierra con uno de sus pies y se levantó, colocándose mejor su chaqueta roja y escondiendo las manos en sus mangas de campana para protegerse del frío.

Sus ropas, similares a un kimono, eran el único recuerdo que le quedaba de su padre junto con la espada que llevaba atada en un cinturón de tela. Estaban hechas con pelo de rata de fuego, uno de los materiales más fuertes que existía y era mil veces mejor que llevar una armadura.

Tanto el kimono rojo como la espada le habían servido para protegerse desde hacía dos siglos, en cuanto abandonó el palacio de su hermano mayor para vivir por su cuenta.

Como era un híbrido los demás demonios lo odiaban y por eso había decidido vivir en soledad, sin tener que aguantar sus burlas y sus golpes. Pero, si lo atacaban... Inuyasha se encargaba de que no vieran otro amanecer.

A pesar de su condición se enfadaba cuando pensaba en su padre, que fue uno de los demonios (o yōkai, como los llamaban los humanos) más poderosos de Japón y Lord del Oeste del bosque, función que desempeñaba su hermano Sesshomaru desde su muerte.

Aunque era parte de la realeza demoníaca, su padre abandonó a su esposa yōkai al enamorarse de una humana que vivía fuera del bosque.

¿Cómo pudo hacer eso? Una simple humana no era digna de ser la compañera de un demonio tan importante como Toga Taisho y mucho menos de engendrar un hijo suyo... y así había nacido él, un medio demonio al que todo el mundo despreciaba.

No tenía recuerdos de sus padres porque ambos murieron al año de su nacimiento, dejándolo completamente solo. Según le había contado su hermano Sesshomaru, su padre murió intentando proteger a su madre del ataque de varios yōkai muy poderosos. Él lo buscó en cuanto se enteró y lo llevó al palacio donde vivía con su madre, que aún seguía dolida por la traición del gran Toga Taisho y se negó a aceptar que esa pequeña y horrible criatura se quedara a vivir en sus dominios.

Sesshomaru insistió en que era demasiado pequeño para valerse por mí mismo y, aunque fuera un híbrido, tenía la sangre de su padre y por lo tanto no podían dejarlo morir en el bosque. Al final su madre aceptó, pero exigiendo que él se encargara por completo de su cuidado. Nadie más iba a querer estar cerca de un medio demonio y ella no lo pensaba permitir.

Y así creció Inuyasha, en un palacio gigantesco en la zona oeste del Bosque Yōkai donde todos lo ignoraban menos su hermano Sesshomaru. En las escasas ocasiones en las que vio a su madre, llamada Irasue, ella le dedicaba miradas de odio y se alejaba a toda velocidad en dirección contraria sin dirigirle una sola palabra.

Sus ojos dorados rezumaban desprecio cada vez que se encontraban con los suyos. Aquella demonio siempre llevaba ropas delicadas y una estola peluda sobre sus hombros, muy parecida a la de su hermano. Recogía su larga melena plateada en dos moños a los lados de su cabeza, dejando que cayera sobre su espalda, y tenía una línea magenta bajo cada uno de sus ojos. Eso y la luna de su frente eran sus marcas de yōkai. Todos la respetaban e inclinaban la cabeza cuando ella pasaba cerca, era la señora del palacio y muy poderosa.

Inuyasha sacudió la cabeza para deshacerse de los recuerdos de su infancia y apoyó una mano en la empuñadura de su espada, mirando hacia el horizonte. Estaba en una zona bastante elevada y desde allí podría ver la ciudad humana.

De un salto se subió a uno de los gigantescos árboles y trepó usando sus garras hasta que llegó a las ramas más altas. Sí, desde allí se veían los rascacielos de Tokio a lo lejos. Debía darse prisa si quería llegar a tiempo para verla pasar por aquella esquina y observarla. Esa chica se había convertido en su pesadilla personal desde que la vio dos días antes... pero eso no duraría mucho más.

Inuyasha conocía un poco aquella enorme ciudad humana, aunque solamente su hermano lo sabía.


Los híbridos como él tenían una noche al mes donde perdían su sangre demoníaca, quedando reducidos a simples humanos y en peligro constante al estar rodeados de demonios sedientos de sangre.

En todo el bosque de Japón apenas vivían medio demonios y eso se debía a que, al perder los poderes las noches de luna nueva (o noches tenebrosas como a él le gustaba decir), si los demonios los encontraban no les costaba nada acabar con ellos. Inuyasha nunca había visto a alguien como él.

Los híbridos eran un mal que debía ser eliminado de la faz de la tierra. No eran ni humanos ni yōkai y por lo tanto no merecían vivir en ninguno de los dos mundos.

Esas noches siempre se había escondido en el interior de una de las montañas más altas del bosque, ocultando su rastro y esperando en la oscuridad a que volviera a salir el sol, para que su cuerpo se transformara de nuevo en un medio demonio y pudiera ser capaz de protegerse a sí mismo.

Pero una noche tenebrosa estaba cerca del límite con el mundo humano y decidió que saldría del bosque para explorar aquella ciudad tan extraña. Nadie se daría cuenta de que era diferente porque parecía un humano más, por lo que podría camuflarse entre ellos y no tendría que pasar aquellas horas escondido, temiendo que los demonios lo encontraran y lo mataran aprovechando su debilidad.

Normalmente tenía las uñas largas y fuertes, como garras, y con ellas era capaz de destrozar a un yōkai débil de un solo zarpazo. También tenía unos colmillos gruesos y afilados, aunque eran pocas las ocasiones en las que los utilizaba para desgarrar la garganta de algún enemigo. Su cuerpo tenía forma humana, pero las dos orejas peludas que asomaban encima de su cabeza dejaban bien claro que por sus venas corría sangre de demonio. Y sus ojos eran de color dorado, al igual que los de su hermano y su padre.

Los tres también compartían el color de pelo, aunque la melena plateada de Inuyasha parecía ser casi blanca. Él lo llevaba muy largo, aunque no tanto como Sesshomaru. La melena de su hermano le llegaba a las rodillas y no le gustaba nada cortársela, otra cosa que tenían en común.

El pelo largo era símbolo de poder entre los yōkai de alto rango, si se lo cortaban significaba que les habían vencido en batalla y estaban avergonzados. Ni su hermano ni él habían perdido contra ninguno de sus enemigos demonios y por eso lucían con orgullo sus largas melenas plateadas.

Esas noches de luna nueva el color de pelo de Inuyasha cambiaba, volviéndose completamente negro, y sus ojos también se oscurecían. Las orejas de perro desaparecían al igual que sus colmillos y garras, aparentando ser un humano normal y corriente.

Así que aquella noche salió del bosque con tranquilidad a las afueras de la ciudad, asegurándose de que no hubiera nadie cerca.

Como era tan sigiloso aprovechó para colarse en una de las casas y robar algo de ropa porque sospechaba que con su kimono rojo llamaría demasiado la atención. Lo dejó bien oculto en el borde del bosque y se adentró en la ciudad humana vistiendo unos vaqueros oscuros y una camisa gris.

Se ató su larga melena negra en una coleta alta, dejando ver las orejas humanas que tendría durante esa noche, y empezó a caminar por las calles de Tokio.

Los edificios eran enormes. Los había visto muchísimas veces desde lejos, pero caminar entre ellos era una experiencia totalmente diferente. Había mucho ruido y cientos de olores, algunos de los cuales le hicieron arrugar la nariz.

Los humanos paseaban por las calles tranquilamente. Los observó con disimulo, estudiando sus movimientos y su forma de actuar para poder imitarlos y pasar totalmente desapercibido. Por el centro de las calles pasaban humanos dentro de unas máquinas con ruedas que expulsaban un humo muy desagradable. Escuchó a varios de ellos hablando de la contaminación y comprendió que se quejaban de lo que ellos mismos estaban creando. Aquello no tenía ningún sentido, los humanos estaban locos.

Inuyasha puso los ojos en blanco y siguió adentrándose en la ciudad, deteniéndose cada vez que se encontraba con una zona llena de árboles. Era raro que hubiera tan pocos, estaba acostumbrado a estar rodeado de ellos y no entendía que a los humanos les pudiera gustar vivir así, ahogándose en su propia mierda y tan lejos de la naturaleza.

Gracias a la educación que le dio su hermano sabía leer y escribir, y tenía en su poder algo de oro que le regaló cuando se marchó del palacio, aunque nunca lo había usado porque era capaz de buscar su propio alimento. No le costó encontrar una tienda donde le cambiaran ese oro por un fajo de billetes, lo que los humanos utilizaban para comprar.

Aquella primera vez en el mundo humano Inuyasha se dedicó a pasear por la ciudad y por sus parques durante horas, deteniéndose en varios puestos para probar la comida humana. Así descubrió los noodles, una especie de pasta que se hacía en solo tres minutos tras añadirle agua caliente y llevaba trozos de carne y verduras.

Antes de que saliera el sol volvió a las afueras de la ciudad con una bolsa llena de paquetes de noodles, más ropa que había comprado en una de las tiendas y un mapa de la ciudad para sus próximas noches tenebrosas. Desenterró el kimono de su escondite y se vistió con él, contemplando como los primeros rayos de sol aparecían en el horizonte.

Inuyasha sintió un cosquilleo recorriendo su piel y observó cómo sus uñas se alargaban. Con una de sus garras atrapó un mechón de pelo de su coleta y lo vio cambiar de color, volviendo a ser completamente blanco plateado. Al llevarse las manos a los lados de las mejillas ya no tenía las orejas humanas. Subió los dedos lentamente hasta la parte más alta de su cabeza y pudo tocar esas orejas peludas que conocía tan bien y que le ayudaban a escucharlo todo a su alrededor.

Por fin volvía a ser él mismo, un medio demonio.

La noche tenebrosa en la ciudad no había estado nada mal. Decidió que, a partir de ese momento, las dedicaría a recorrer Tokio y mezclarse con los humanos. Cuando viera a su hermano le pediría algo más de oro, necesitaba conseguir más ropa para sus incursiones en el mundo de los mortales.

A toda velocidad, Inuyasha volvió hasta su cueva y dejó allí todo lo que había traído de la ciudad.

Tras dormir durante horas abrazado a su espada por si lo atacaban, calentó agua con una olla en el fuego y la vertió en dos de los paquetes de noodles instantáneos, devorándolos con rapidez. Esa maldita comida humana estaba deliciosa, al mes siguiente volvería a salir y se traería todos los paquetes que pudiera.

Recordando que necesitaría oro para eso, Inuyasha se incorporó y subió a uno de los árboles desde donde se veía el atardecer. Con gran agilidad fue saltando de rama en rama hacia los límites del bosque. Llevaba varias semanas sin ver a su hermano, pero sabía que ese mes le tocaba encargarse de controlar la frontera que daba a la ciudad humana.

Sesshomaru nunca lo había tratado mal, aunque tampoco se llevaban especialmente bien. Lo respetaba y él también, se ayudaban mutuamente cuando lo necesitaban y sabía que podía contar con él para cualquier cosa. Además, seguro que le interesaría saber cómo había ido su aventura secreta en el mundo de los humanos.

Cuando estaba a menos de un kilómetro del final del bosque Inuyasha notó un olor extraño y se detuvo. Cerró los ojos, olfateó en el aire y su corazón se aceleró, bombeando a toda velocidad.

¿El olor de su compañera?