Aclaraciones para los que no han visto la serie, leído el manga, o simplemente no se acuerdan bien:
Sesshomaru es hijo de Toga e Irasue, los dos son demonios (yōkai) y por lo tanto él también lo es.
Inuyasha es hijo de Toga y una humana llamada Izayoi. Por eso él es un medio demonio y una vez al mes, las noches de luna nueva, se transforma en humano sin poder evitarlo.
Inuyasha y Sesshomaru son medio hermanos, tienen el mismo padre pero diferente madre.
Si alguien tiene alguna duda, que pregunte sin miedo :)
Capítulo Tres
Esperando
¿Sería otra medio demonio?
En ese caso tal vez lo aceptaría, pero si era una yōkai sabía que lo rechazaría y probablemente intentaría matarlo. Para cualquier demonio sería una gran ofensa que su compañero destinado resultara ser un híbrido.
Necesitaba comprobarlo al menos. Si resultaba ser una medio demonio como él a lo mejor lo aceptaba, podría marcarla y estar con ella. A Inuyasha no le agradaba mucho la idea de dejar de estar solo, le gustaba ser independiente... pero sabía que cambiaría de opinión en cuanto la viera. Siguió el rastro del aroma hacia el final del bosque pensando en que tal vez era una de las encargadas de la frontera como su hermano.
Al llegar al último árbol se sentó en cuclillas sobre una de sus ramas y observó a su alrededor, olfateando en todas direcciones. A un par de metros podía ver la enorme valla metálica que los humanos habían construido hacía ya bastante tiempo para no entrar en su territorio. Todos los que se habían atrevido a hacerlo no habían vivido para contarlo, así que era buena idea que se mantuvieran alejados.
Tras unos segundos, Inuyasha se dio cuenta de que el olor parecía venir de fuera del bosque... provenía de la ciudad.
Frunció el ceño y trepó más alto por las ramas, hasta que pudo ver las calles más cercanas al bosque. Escudriñó a las personas que estaban pasando por allí, mirando a cada humano con atención. A pesar de estar tan lejos, su visión de demonio le permitía verlos perfectamente y distinguir cada detalle de sus rostros sin esfuerzo. Algo se removió en su interior al ver a una chica que estaba parada en una esquina, observando el bosque con ojos curiosos.
Un rugido nació en su pecho y la rabia lo invadió por completo. No, una humana no podía ser su compañera. Eso era peor que una maldición.
Inuyasha sintió que la vista se le nublaba y, al mirar sus manos, vio que sus garras se estaban alargando. Cuando se enfadaba o alteraba demasiado, su sangre demoníaca reaccionaba dándole mucho más poder y transformándole por unos minutos en un yōkai completo para poder luchar mejor.
Sus ojos se teñían por completo de rojo, menos el iris que dejaba de ser dorado para cambiar a un color azul eléctrico muy intenso. Incluso le aparecía una línea horizontal de color morado atravesando cada una de sus mejillas, muy parecidas a las dos que tenía su hermano. Seguramente sería algo heredado de su padre, aunque nunca había visto una imagen de él así que no podía saberlo. Los yōkai más poderosos eran los únicos que tenían ese tipo de marcas por el cuerpo.
Clavó una de sus garras en el tronco del árbol y rugió, furioso y preparado para salir de un salto del bosque y correr hacia esa chica. Gracias a su velocidad, el resto de humanos no se daría cuenta de nada hasta que la hubiera matado. Le arrancaría la cabeza de un solo zarpazo y volvería al bosque antes de que su sangre llegara al suelo, y seguiría con su vida como si aquello no hubiera pasado nunca. Inuyasha sabía que no tardaría mucho en olvidarlo.
Nunca había asesinado a humanos, pero en este caso haría una excepción. No cometería el mismo error que su padre y no permitiría que una patética humana fuera su compañera. Aunque eso significara quedarse solo para siempre, Inuyasha estaba dispuesto a renunciar a esa unión destinada por tal de no estar con alguien tan inferior.
Un látigo luminoso y amarillento se enredó en sus pies y le hizo perder el equilibrio justo cuando cogió impulso para saltar hacia el otro lado de la valla, precipitándose sin remedio hacia el suelo del bosque. Inuyasha detuvo el golpe con los brazos y giró en el aire, aterrizando sobre sus cuatro extremidades. Alzó la mirada buscando a su agresor y mostrando los colmillos, que le habían crecido hasta sobresalir por fuera de sus labios.
Se quedó paralizado al ver a su hermano mayor frente a él, contemplándolo con gesto serio y una mirada reprobatoria. Su presencia era imponente y el maldito lo sabía.
—¿Qué pretendías hacer, Inuyasha? —preguntó Sesshomaru, frunciendo el ceño y entrecerrando los ojos.
Él resopló y se incorporó, poniéndose de pie. Apretó los puños, clavándose sus propias uñas. Necesitaba controlar la rabia o acabaría atacando a su propio hermano.
—¡Tengo que salir y matarla! —gritó, furioso y señalando hacia la ciudad humana.
—Ya sabes lo que te pasará si sales del bosque, estúpido —gruñó Sesshomaru, acercándose más.
Vestía un kimono blanco con estampados rojos y morados, colores que pertenecían a la realeza, y llevaba una espada en su cinto. En su frente tenía la marca de una luna creciente de color morado igual a la de su madre Irasue, sus mejillas estaban atravesadas por dos líneas de color magenta y también tenía otra siguiendo el borde de sus párpados superiores. Todas esas eran marcas de yōkai perro de las que se sentía muy orgulloso.
Una armadura cubría su pecho y sobre su hombro descansaba una estola blanca muy peluda, que era parte de su cuerpo y podía extenderla y contraerla a voluntad. Inuyasha lo había visto usarla más de una vez para atrapar a un yōkai enemigo y estrangularlo hasta asfixiarlo.
Los demonios más poderosos y temibles eran los que tenían forma humana, como él y su hermano. Sesshomaru se lo había repetido cientos de veces mientras le enseñaba a luchar, y lo había comprobado por sí mismo cuando empezó a vivir solo. A los yōkai con forma animal se les podía derrotar en menos de un pestañeo, pero los humanoides eran otra historia.
Sesshomaru agitó la mano y el látigo soltó sus piernas, volviendo a sus dedos y contrayéndose hasta desaparecer entre ellos. Recorrió el cuerpo de su hermano menor con sus ojos dorados y bufó al ver que estaba en su forma de yōkai, sabiendo que a Inuyasha algo le tenía que haber afectado mucho para que se transformara.
—A mí no me ocurrirá nada. Recuerda que soy un medio demonio —contestó Inuyasha, volviendo a gruñir.
—Ahora estás transformado en yōkai, idiota. Además, no pienso permitirlo. Mi deber es que ningún humano entre y ningún demonio salga.
Inuyasha se llevó las manos a la cabeza y tiró de sus orejas blancas, furioso.
—¡Necesito acabar con ella! ¡Entiéndelo, Sesshomaru!
—¿Quién es ella? —preguntó Sesshomaru con curiosidad. Pestañeó varias veces al comprenderlo todo y una sonrisa burlona apareció en su rostro. —No me digas que has encontrado a tu compañera al otro lado —añadió con voz divertida.
Inuyasha gruñó y saltó hacia él, agarrándole del cuello de su kimono con fuerza. Lo último que necesitaba en ese momento era aguantar sus burlas, la rabia le estaba quemando las entrañas y su sangre ardía en busca de venganza.
—No te burles. Pienso destruirla, no seré como nuestro padre.
—Eres un híbrido, supongo que es normal que tu compañera sea una despreciable humana.
—La mataré. Para eso prefiero no tener compañera.
Sesshomaru agarró sus manos y las apartó, resoplando con desprecio.
—No vuelvas a tocarme y contrólate. Tengo una idea.
Su hermano siempre tenía buenas ideas, eso no podía negarlo. Inuyasha se sentó en el suelo cruzando las piernas y cerró los ojos, intentando ralentizar su respiración.
—Con el pelo recogido así y esas rayas púrpura en las mejillas me recuerdas a nuestro padre —comentó Sesshomaru en voz baja.
Poco a poco Inuyasha sintió el típico cosquilleo en su rostro. Las marcas moradas estaban desapareciendo y notó que sus colmillos volvían a su tamaño normal, al igual que sus garras. Cuando abrió los ojos de nuevo sabía que eran dorados otra vez.
—¿Padre llevaba coleta? —preguntó, levantando la vista.
Sesshomaru asintió. Se sentó frente a él y observó a su alrededor antes de hablar, comprobando que no hubiera otros demonios cerca.
—¿Qué tal te fue anoche en el mundo humano? —susurró, levantando una ceja.
—Bien, me trataron como si fuera uno de los suyos y nadie me vio salir ni volver a entrar en el bosque —contestó Inuyasha, apretando los puños para controlar la rabia.
Su hermano mayor lo contempló en silencio, seguramente pensando en si podía confiar en su palabra. Finalmente suspiró y se inclinó un poco más hacia él, hasta que sus ojos quedaron a la misma altura.
—El mes que viene, cuando vuelva a ser luna nueva y salgas... búscala. Si es tu compañera, podrás sentir su presencia aunque seas humano y ella se sentirá atraída hacia ti en cuanto te vea.
Sí, era un buen plan. Su aroma era tan intenso que Inuyasha estaba seguro de poder sentirlo aunque estuviera en su forma humana. Podría encontrarla y ella sentiría el vínculo nada más verlo, lo que le facilitaría mucho las cosas.
—Entonces me resultará fácil convencerla de que me siga hasta el bosque... y, en cuanto amanezca, podré atravesarla con mis garras —añadió Inuyasha con una sonrisa malvada.
Sesshomaru asintió lentamente.
—Las hembras humanas suelen ser débiles, incluso podrás acabar con ella en tu forma humana... pero lo mejor es que lo hagas en el bosque, a salvo de las miradas del resto de mortales.
—De acuerdo. Esperaré un mes, la buscaré y me encargaré de que no siga respirando —gruñó él, cruzando los brazos y escondiéndolos dentro de las mangas de su kimono rojo.
Sesshomaru se levantó y empezó a levitar, desapareciendo entre los árboles. Algunos yōkai como él podían volar, pero otros tenían que conformarse con correr a toda velocidad y saltar grandes distancias, lo que era suficiente para Inuyasha.
Ya habían pasado dos días desde aquel horrible descubrimiento y le tocaba esperar hasta la próxima noche tenebrosa. Pero cada mañana se acercaba al borde del bosque para verla pasar, controlando todo su ser para no transformarse de nuevo al oler su aroma y no abalanzarse sobre ella para matarla.
Solo unas semanas más y su tortura acabaría. En cuanto ella dejara de existir su vida volvería a la normalidad.
Inuyasha resopló con fastidio y se ocultó mejor entre las hojas de los árboles. Otra vez ella estaba en la misma esquina, siempre escaneando el bosque en busca de algo... y siempre mirando hacia la zona donde él estaba.
Sus ojos marrones tenían un brillo especial cuando estaban observando los árboles, como si sintiera mucha curiosidad.
Una sonrisa torcida curvó los labios de Inuyasha. Si esa humana supiera lo que había dentro del bosque, no le llamaría tanto la atención... seguramente correría hasta su casa y no volvería a salir de allí jamás, teniendo pesadillas el resto de su vida.
Por desgracia para ella, se había cruzado en su camino y le quedaban solo unas semanas de vida. Con suerte esta sería la última vez que un demonio encontraba a su compañera en el mundo humano. Primero su padre y luego él... más que suficiente, era como una jodida maldición familiar que Inuyasha esperaba que no se repitiera.
Ella se mordió el labio inferior y, tras echar un último vistazo a los árboles, dio media vuelta y caminó por la acera, probablemente en dirección a su hogar. Inuyasha la vio alejarse y no se movió hasta que la perdió de vista. En cuanto llegara la noche tenebrosa iría a esa calle y seguro que podría sentir su olor. No sería difícil seguirlo y encontrar donde vivía.
De un salto bajó al suelo del bosque y empezó a correr entre los árboles, descargando un poco de la adrenalina que había acumulado mientras la observaba. Inuyasha aceleró el paso todo lo que pudo y llegó hasta el pie de una de las montañas. Sin pensarlo, saltó y empezó a subir entre las rocas, sin detenerse hasta llegar a la cima. Una vez allí, se acercó hasta un grupo de árboles y con dos zarpazos los partió por la mitad.
La tierra tembló cuando los gigantescos troncos cayeron al suelo e Inuyasha observó sus afiladas uñas un momento. Ya se sentía algo mejor y no estaba lleno de rabia. Cargó uno de los troncos sobre su hombro y bajó por la ladera en dirección a su cueva. Había usado esos árboles para descargar su furia, pero al menos los utilizaría para hacer fuego.
Dejó de correr cuando llegó a la pradera cubierta de flores y apoyó el tronco junto a la entrada de su cueva, partiéndolo antes en varios trozos. Olfateó el aire y detectó el aroma de un jabalí cerca.
Hora de cazar.
A Kagome las clases en la universidad le resultaban más pesadas que nunca, seguramente porque sabía que eran las últimas que iba a tener y estaba deseando que terminaran.
Ayumi le dio un codazo y ella pestañeó varias veces, volviendo a la realidad. El profesor estaba hablando y había estado a punto de quedarse dormida. Giró su bolígrafo entre los dedos y suspiró, volviendo a mirar sus apuntes. Solo unos meses más y terminaría la carrera, al final todo el esfuerzo merecería la pena.
Su amiga volvió a pincharle en las costillas y Kagome la miró con el ceño fruncido. Ya estaba atenta y no tenía que seguir intentando espabilarla. Ayumi sonrió al ver su cara y señaló las páginas de su libro. Al mirar, vio que había un pequeño trozo de papel con algo escrito.
Kagome lo cogió y enseguida reconoció la letra de Eri, que estaba sentada dos filas atrás.
La semana que viene, cuando terminemos las clases, vamos a salir para celebrarlo y no podéis decir que no. Iremos al centro y bailaremos hasta el amanecer, id eligiendo los vestidos.
Volvió a mirar a Ayumi y negó con la cabeza mientras sonreía. Eri era la más fiestera de todas, las clases y los estudios les quitaban demasiado tiempo y hacía semanas de la última vez que habían salido juntas así que no había forma de negarse. Escribió su respuesta junto a la de Ayumi y volvieron a pasar el papel hacia atrás con disimulo, pendientes de que el profesor no se diera cuenta de nada.
Unas horas después las tres salieron juntas de clase y caminaron entre los edificios de la universidad, dirigiéndose a la zona arbolada donde siempre comían. Allí ya estaba Yuka esperándolas con un bento en su regazo. Se sentaron en la hierba junto a ella y sacaron los suyos, poniéndolos en el centro para compartir la comida entre todas.
—Tú también vendrás el viernes, ¿no? —preguntó Eri.
Yuka asintió, atrapando un trozo de tortilla con sus palillos.
—Contad conmigo. Tengo ganas de una noche loca de las nuestras.
Las cuatro se rieron y Ayumi suspiró.
—A ver si conocemos a algún chico guapo. Los de esta universidad ya los tenemos muy vistos y ninguno me interesa.
—Somos nueve millones de personas en esta ciudad, seguro que alguien habrá que consiga llamar tu atención —respondió Kagome en tono burlón.
—Tú no hables, Kagome. Desde el primer año tienes a uno coladito por ti —dijo Eri, entre risas.
Ella puso los ojos en blanco y resopló.
—Mejor ni me lo recuerdes —bufó, volviendo a centrarse en la comida.
—¿Sigue sin interesarte? —preguntó Ayumi con voz curiosa.
—No es mi tipo —contestó Kagome, negando con la cabeza.
—¿Y cuál es tu tipo? —cuestionó Yuka, mirándola de reojo.
—Cuando lo sepa os lo diré.
Sus tres amigas resoplaron.
—Ya tienes edad de salir con algún chico, o al menos de que te den tu primer beso. No sé a qué estás esperando —protestó Yuka, cruzándose de brazos.
Ella se encogió de hombros y sujetó un cuenco lleno de arroz.
—No tengo prisa. Ya aparecerá alguien que me deje sin aliento.
Por suerte, Eri cambió de tema y empezó a contarles que le gustaba un chico de la facultad de filosofía y que iba a invitarlo a ir con ellas esa noche, a él y a otros amigos que conocía del colegio.
A los pocos minutos Kagome desconectó de la conversación y contempló el cielo azul. A lo lejos se veían unas nubes oscuras que anunciaban una tormenta para esa misma tarde.
Ojalá hubiera sabido lo que le esperaba en el futuro.
Kagome no tenía ni idea de la tempestad que venía en su dirección. Alguien estaba deseando dejarla sin aliento... pero de forma literal, para que no volviera a respirar jamás.
