Capítulo Seis
Visita a palacio
Estudiar para los últimos exámenes de su vida la tenía agotada. Kagome estaba deseando que llegara el mes de junio y que todo hubiera terminado, poder celebrar la graduación con sus amigos y familia, entrar en el mundo laboral... pero todavía lo veía muy lejano.
Su vida ahora consistía en estudiar, comer y dormir. No podía permitirse el lujo de sacar notas mediocres, tenían que ser lo más altas posibles para que luego le resultara más fácil encontrar un trabajo. La competencia en Tokio era bestial y todos los sabían, para conseguir cumplir sus sueños tenían que ser los mejores y destacar sobre los demás.
Y eso es lo que ella pensaba hacer. No pararía hasta convertirse en la mejor doctora de su curso, preparando la especialidad de oncología como había decidido tras la muerte de su padre.
Le gustaba ayudar a los demás y su objetivo era salvar el mayor número de vidas que pudiera. No permitiría que otra niña de doce años perdiera a su padre por culpa del cáncer, como le pasó a ella.
Kagome subió las escaleras hacia su templo con cansancio. Había pasado toda la mañana en la biblioteca de su facultad repasando los datos más importantes sobre inmunología, el primer examen que tendría en diez días.
Entró en casa y dejó casi todas sus cosas junto a la puerta, pero subió sus apuntes a su habitación antes de dirigirse al salón para saludar a su familia. Después de cenar seguiría estudiando hasta bien entrada la noche.
Habían pasado demasiados días desde la conversación con el misterioso chico de la discoteca. Kagome le escribió un par de días después, pero los mensajes no se entregaban. Supuso que estaría en algún sitio sin cobertura y no le dio importancia en el momento, pero ya empezaba a estar mosqueada.
Suspiró y se sentó en su escritorio, extendiendo los apuntes sobre él. Necesitaba dejar de pensar en Inuyasha y concentrarse en sus exámenes, que eran lo más importante. Le quedaba poco para terminar la carrera y no podía distraerse de esa forma.
Si quería volver a verla, le escribiría. Eso fue lo que hablaron y todavía quedaban dos semanas para que regresara a Tokio, así que no merecía la pena preocuparse.
Aunque le resultaba raro llevar tantos días sin saber nada de él y le sacaba de quicio no poder sacarlo de su mente. Tan solo habían pasado unas horas juntos, pero era como si tuviera su imagen tatuada en el cerebro. Y su voz... la seguía escuchando en sus sueños, tan grave y profunda como cuando la oyó de verdad.
¿Qué demonios le estaba pasando? Ya no era una niña para estar así por un chico, y menos por uno al que apenas conocía. Kagome se golpeó varias veces en la frente, obligándose a sí misma a dejar de pensar en él, y se volvió a levantar para bajar las escaleras.
Horas después, mientras cenaba con su familia, escuchó el sonido de su teléfono en la lejanía. Tuvo la intuición de que era él, pero reprimió el impulso de levantarse y correr hacia su cuarto hasta que terminó toda la comida.
Solo entonces subió las escaleras con un nudo en la garganta y se acercó a su mesa, donde había dejado su móvil. Lo desbloqueó y vio que tenía una llamada perdida... de Inuyasha.
Con manos sudorosas y el corazón acelerado, pulsó en su contacto y se acercó el teléfono al oído. No tardó en oír esa voz con la que tanto había soñado.
—¿Estabas ocupada?
A pesar de ese saludo tan estúpido, todo su cuerpo reaccionó al escucharlo y un escalofrío le recorrió la espina dorsal.
—Sí, perdona. Estaba cenando con mi familia —respondió Kagome, agarrándose al borde de su escritorio con fuerza para intentar controlar lo que estaba sintiendo.
Después de trece días era increíble volver a escuchar su voz, aunque no podía entender que le afectara tanto.
—No importa. Solo llamaba para decirte que en dos semanas vuelvo a Tokio... ¿sigues queriendo verme?
Kagome apretó los labios. En realidad estaba un poco disgustada por no haber sabido nada de él durante tantos días, pero dudaba que fuera buena idea decírselo.
—Ah... ¿Entonces tú sigues queriendo verme a mí? Pensaba que no, como no hemos vuelto a hablar desde ese día... —murmuró, cerrando los ojos y tirándose de un mechón de pelo con frustración.
No había sido capaz de mantener la boca cerrada, como siempre. Cuando algo le molestaba no podía callarse.
Escuchó un resoplido al otro lado de la línea.
—Donde estoy apenas hay cobertura, pero sigo pensando igual. Quiero volver a verte y enseñarte el bosque prohibido.
Kagome suspiró y se mordió el labio inferior. Todos los días miraba la foto que él le había enviado del bosque, pero había cumplido su promesa y no se la había enseñado a nadie más.
—Yo también quiero volver a verte, aunque no estoy muy segura de esa visita al bosque. ¿Sería de noche?
—Sí.
—No sé, Inuyasha... la verdad es que me da un poco de miedo, preferiría ir de día —dijo, sentándose en el borde de su cama.
—Bueno, ya lo hablaremos cuando nos veamos. Podríamos cenar juntos, pero tú eliges el sitio. Todavía no conozco mucho la ciudad.
Ella pestañeó varias veces con confusión. ¿Le estaba pidiendo una cita?
—Vale... ¿Tienes comida favorita? —preguntó, todavía alucinada por la conversación que estaban teniendo.
Inuyasha tardó un poco en contestar.
—Me gustan los noodles.
Kagome no pudo evitar sonreír. Esa respuesta no le pegaba al chico misterioso y frío de sus recuerdos.
—Entonces iremos a un restaurante japonés. Conozco uno donde tienen diferentes tipos de noodles y podrás elegir.
—Genial. Tengo cosas que hacer, intentaré escribirte cada pocos días. Hasta pronto, Kagome.
—Sí, hasta pronto —dijo ella, y escuchó a Inuyasha colgar la llamada.
Dejó el teléfono sobre la almohada y sacudió la cabeza. Esa conversación había sido demasiado extraña para su gusto, aunque su estómago estaba lleno de mariposas al pensar en tener una cita con él.
Una sonrisa arrogante se extendió por la cara de Inuyasha al recordar lo mucho que le había molestado a Kagome no saber de él esos días. Había tenido que pelear con varios yōkai que encontraron su cueva y también estuvo enseñándole a Shippo a cazar y a camuflarse. Todavía era muy débil y su mejor opción para protegerse era no ser visto.
Estaba seguro de que esta vez conseguiría que Kagome lo acompañara al bosque. Por fin volvería a ser libre y dejaría de pensar en ella y en su aroma.
Su estómago rugió mientras ataba el teléfono en el cinturón del kimono, recordando sus palabras.
Ella lo iba a llevar a comer a un sitio donde podría atiborrarse a noodles. Hacía días que había terminado con su reserva de comida humana y no podía echarla más de menos, la carne de los animales que cazaba y las frutas que crecían en los árboles no tenían ni punto de comparación con esa pasta tan deliciosa.
Encima había tenido que compartirla con el yōkai zorro, que no se apartaba de su lado por muy desagradable que fuera con él. Más de una vez se había enfadado demasiado y le había gritado que se marchara, pero Shippo lloraba y le decía que no tenía a donde ir... e Inuyasha no era tan malvado como para abandonarlo a su suerte.
Aunque necesitaba pensar en algo urgentemente. Si se marchaba un par de horas al pequeño zorro no le importaba, pero si se iba un día entero Shippo intentaría seguirlo. Y en la próxima noche tenebrosa se adentraría de nuevo en la ciudad humana, un lugar al que él no podía acompañarlo.
Cualquier yōkai se desintegraría al salir del bosque. El hechizo lanzado por monjes y sacerdotisas sobre la frontera tras la firma del pacto de sangre se encargaba de mantenerlos a distancia del mundo humano.
Pero Inuyasha, al ser un híbrido, estaba seguro de que podría salir sin problemas... aunque por el momento solo lo había intentado en su forma humana.
Se estremeció al recordar el primer día que vio a Kagome, cuando se transformó en yōkai y trató de salir del bosque. Si Sesshomaru no lo hubiera detenido, tal vez se habría desvanecido sin dejar rastro.
Inuyasha no sabía bien qué pensar. Aunque estuviera transformado, en realidad seguía siendo un medio demonio. En secreto siempre le agradecería al prepotente de su hermano mayor que no lo hubiera dejado arriesgarse a comprobarlo.
Volvió hacia su cueva saltando de árbol en árbol, recogiendo todo el alimento que pudo por el camino.
Al llegar, vio que Shippo había encendido la hoguera y estaba asando unos peces. Seguramente los habría capturado en el río que había a pocos metros de distancia.
—¡Inuyasha! ¿Tienes hambre? —preguntó al verlo a su lado.
—Siempre estoy hambriento, mocoso —gruñó él, sentándose frente al fuego y dejando en el suelo las frutas que había traído.
Las compartieron mientras el pescado terminaba de cocinarse. Shippo le preguntó lo que había estado haciendo, pero Inuyasha se limitó a golpearle en la cabeza y decirle que no se metiera en sus asuntos.
—¡Eres un idiota, Inuyasha! Estoy harto de que me pegues cada vez que te pregunto algo —se quejó el demonio, frotándose la frente mientras le mostraba sus colmillos.
—Deja de entrometerte en mi vida y no volveré a hacerlo, enano.
Terminaron de comer en silencio y Shippo le enseñó lo que había aprendido a hacer. Los yōkai zorro poseían magia y él estaba tratando de controlar su fuego fatuo. Ya era capaz de hacerlo aparecer y desaparecer a su voluntad, pero todavía no podía controlar una gran cantidad.
—Tengo ganas de que seas capaz de valerte por ti mismo. Estoy cansado de ser tu niñera —se quejó Inuyasha, lanzando los restos de pescado fuera de la cueva.
—¿Tanto te molesto?
Al girarse, vio que Shippo tenía de nuevo lágrimas en los ojos. Resopló y se sentó a su lado.
—-No me molestas, pero estoy acostumbrado a vivir solo desde muy pequeño. ¿Lo entiendes?
Él asintió, apartando las lágrimas con sus manos.
—Imagino que los híbridos estáis acostumbrados a la soledad... pero yo no. Echo de menos a mis padres —reconoció en voz baja.
Inuyasha puso los ojos en blanco, dejando salir un largo suspiro.
Ese pobre yōkai tan solo tenía ciento veinte años. En edad humana, eso equivalía a unos seis o siete años, demasiado joven para tener que ver como alguien asesinaba a sus padres. El bosque de los demonios era así, a todos sus habitantes les gustaba luchar entre ellos por el control del territorio y él lo había sufrido en su propia carne.
Empezó a vivir solo más o menos a su edad, aunque los híbridos envejecían el doble rápido. Ahora tenía doscientos cincuenta años, pero Shippo no alcanzaría su apariencia hasta que tuviera cinco siglos. Cincuenta años de Inuyasha equivalían a cinco años humanos, razón por la que técnicamente no había mentido al decirle a Kagome que tenía veinticinco.
Su región estaba dominada por los Taisho, es decir, por Sesshomaru y su madre, los yōkai perro más poderosos que vivían en el palacio donde él creció.
Inuyasha entrecerró los ojos, pensando en que tal vez acababa de encontrar la solución a su problema. A lo mejor podía convencer a Sesshomaru si estaba allí, aunque con su madre no tendría nada que hacer.
—Nos vamos de viaje, Shippo —anunció, poniéndose de pie.
El pequeño zorro lo imitó.
—¿A dónde iremos?
Lo miró a los ojos, detectando una chispa de emoción en sus iris verdes. Llevaba semanas sin alejarse mucho de la cueva y tenía que estar muy aburrido.
—Al palacio del Lord del Oeste.
Shippo palideció.
—¿Por qué? Yo... yo no puedo ir allí, no soy importante.
—No te preocupes, allí vive mi hermano y nos dejarán entrar. Recoge lo que necesites y vámonos —respondió Inuyasha, mirando a su alrededor mientras colocaba mejor la espada en su cinto.
El demonio zorro recogió un par de objetos que utilizaba para sus trucos de magia y los guardó en sus bolsillos.
—¿Tu hermano es el Lord del Oeste? —preguntó, sorprendido.
—Medio hermano. Sí, cuando murió mi padre él ocupó su lugar.
—¿Es un híbrido como tú?
—Feh, no digas estupideces. Nadie aceptaría a un híbrido como Lord. Él es un yōkai perro y tiene más de quinientos años —contestó Inuyasha, bufando con impaciencia.
—Tú también eres un demonio perro. Se nota en tus orejas —dijo Shippo, señalando las orejas blancas y peludas que sobresalían por encima de su cabeza.
—Qué listo eres —murmuró él con sarcasmo.
Inuyasha se agachó y el zorro se sujetó a su espalda, agarrándose con fuerza a su cuello. Cogió impulso y saltó a la copa del árbol más cercano, empezando a avanzar hacia el norte.
Hacía siglos que no se acercaba al palacio. Sesshomaru y él siempre se encontraban por el bosque. Podía olerse mutuamente cuando estaban cerca, por lo que se veían siempre que querían.
Bajó al suelo de un salto y corrió lo más rápido posible. A pesar de su velocidad, tardarían unas cuantas horas en llegar.
Las puertas de la muralla que rodeaba el palacio siempre estaban abiertas. Nadie se atrevía a traspasarlas sin permiso porque sabía que su vida terminaría en menos de un pestañeo.
Los guardias reconocieron a Inuyasha e inclinaron levemente la cabeza como saludo. Shippo se estremeció y se escondió bajo su melena blanca, todavía sujeto a su espalda.
—Vienes conmigo y nadie te va a hacer daño. Tranquilo, enano —aseguró él en voz baja.
Sintió que su agarre se aflojaba y el zorro saltó sobre su hombro, olfateando el aire con curiosidad. Los jardines del palacio eran enormes y estaban llenos de todo tipo de plantas, también había pequeñas casitas donde vivían los yōkai que servían a la familia Taisho con sus familiares. Vieron a algunos de los guerreros que no estaban de guardia descansando junto a una de las fuentes, disfrutando del calor de los rayos de sol.
El palacio estaba justo en el centro. Era muy antiguo, de la época feudal, pero con los cuidados de todos los sirvientes se conservaba en perfecto estado. Sus columnas eran blancas y el tejado de color marrón oscuro. Por dentro estaba adornado con todo tipo de decoraciones, desde alfombras a tapices, y muchas de las paredes estaban cubiertas con pinturas que contaban la historia de los yōkai perro y de la firma del pacto de sangre, que había tenido lugar mil años atrás entre los cuatro yōkai más fuertes (entre ellos el padre de Inuyasha) y las cuatro sacerdotisas humanas más poderosas de todo Japón.
—¿Para qué hemos venido?
—Necesito hablar con mi hermano y pedirle un favor —contestó Inuyasha, frunciendo el ceño.
Iba a ser complicado que Sesshomaru aceptara a Shippo bajo su protección, pero no perdía nada por intentarlo.
El aroma de su medio hermano empezó a ser más intenso, señal de que había notado su presencia y venía hacia ellos. Inuyasha subió las escaleras del palacio y, al llegar a la puerta principal, la figura de Sesshomaru estaba junto a ella. Tenía sus ojos dorados fijos en él.
—Hace casi doscientos años que no venías por aquí, Inuyasha.
—No me gusta estar en donde no soy bienvenido —dijo él, desviando la mirada hacia la puerta de la sala central, donde sospechaba que estaría su madre.
—Mientras yo esté vivo aquí serás siempre bien recibido —contestó Sesshomaru, observando al pequeño yōkai zorro que su hermano llevaba sobre el hombro.
—¿Podemos hablar en privado? —preguntó Inuyasha con una ceja levantada.
Sesshomaru asintió y se adentró en el palacio, dirigiéndose a su estudio. Solo con ver su forma de caminar se podía saber que pertenecía a la realeza. Más que andar, parecía flotar. Shippo bajó al suelo de un salto y los dos lo siguieron, caminando sobre una alfombra roja con bordes negros.
Inuyasha sonrió al ver como los ojos de Shippo se abrían al ver las pinturas que adornaban el pasillo. Mostraban a un perro gigantesco de color blanco que tenía en sus fauces a una serpiente del mismo tamaño.
—¿Quién es? —preguntó el zorro, señalando la silueta del demonio perro.
—Era nuestro padre —contestó Sesshomaru sin girarse.
Shippo palideció y se agarró a una de las mangas rojas del kimono de Inuyasha con fuerza, asustado. Acababa de darse cuenta de que quien caminaba delante de ellos era su medio hermano, el Lord del Oeste y uno de los yōkai más poderosos de todo el bosque de Japón.
—No tiene orejas de perro como tú —susurró, mirando a Inuyasha a los ojos.
Él se llevó un dedo a los labios para advertirle que guardara silencio. Las orejas de su hermano se parecían a las humanas aunque terminaban en punta como las de Shippo. Su padre y su madre también las tenían así, igual que todos los yōkai de alto rango. Solo los híbridos como Inuyasha y los yōkai no humanoides tenían orejas diferentes.
Sesshomaru abrió una de las puertas de madera y la sujetó, observándolos pasar en silencio. Entró tras ellos y la cerró, sentándose detrás de su enorme escritorio oscuro.
Las paredes estaban cubiertas de estanterías llenas de libros y pergaminos antiguos y en el centro de la pared había un cuadro de un perro sobre un risco. Era muy parecido a las pinturas que habían visto minutos antes del padre de Inuyasha, pero la luna que tenía en la frente señalaba que no lo era.
—¿Y él quién es? —preguntó Shippo en voz baja, volviendo a saltar sobre su hombro.
—Es mi hermano Sesshomaru, en su forma demoníaca —contestó Inuyasha, observando el cuadro con interés.
—Pues no parece tan grande como tu padre —susurró el zorro en su oreja.
Inuyasha suspiró con resignación. Los demonios perro tenían el mejor oído del mundo, por lo que su hermano había escuchado cada una de sus palabras... y sabía que no le habría gustado que un cachorro lo subestimara.
Al mirar a Sesshomaru, vio que su rostro empezaba a cambiar.
Inuyasha puso los ojos en blanco. El espectáculo de macho alfa comenzaba y el pobre Shippo no tenía ni idea de lo que le esperaba.
