Capítulo Siete
Promesas
Los ojos de Sesshomaru se tiñeron de rojo y sus iris cambiaron de color, volviéndose azules. Las líneas magenta de sus mejillas se ensancharon, su rostro empezó a alargarse y les mostró una sonrisa llena de dientes afilados.
Shippo empezó a temblar violentamente.
—Cuando nuestro padre se transformaba, era tan grande como una montaña... pero yo tengo el tamaño de este palacio. ¿Quieres comprobarlo? —dijo Sesshomaru, con un tono amenazante en su voz gutural.
Shippo sacudió la cabeza y bajó la mirada, aterrorizado.
—No lo intimides. Es solo un cachorro —murmuró Inuyasha, cruzándose de brazos.
El rostro de Sesshomaru volvió a la normalidad y miró a su hermano fijamente, entrecerrando sus ojos dorados. Extendió una mano, señalando la silla frente a él. Inuyasha se sentó en ella con Shippo sujeto a su cuello y todavía temblando.
—Explícame por qué tienes a un yōkai zorro contigo —exigió el demonio, apoyándose en el respaldo de su silla.
—Me encontró hace un par de semanas. Unos yōkai del clan de la tormenta acabaron con sus padres y se ha quedado solo.
Sesshomaru colocó sus brazos sobre la mesa y paseó su mirada entre ambos.
—¿Entonces ahora eres su padre? —preguntó en tono burlón.
Un gruñido escapó de la garganta de Inuyasha y le mostró los colmillos.
—¡Feh! Cállate, tú también cuidaste de mí cuando apenas era un recién nacido —le recordó, apretando los puños.
—Y no fue agradable. Pero al menos conseguí que aprendieras a luchar y a valerte por ti mismo en solo cincuenta años.
Inuyasha asintió y sus ganas de seguir discutiendo desaparecieron. Sesshomaru le había salvado la vida y siempre estaría en deuda con él.
—¿Con cincuenta años te fuiste a vivir solo? —preguntó Shippo, muy sorprendido.
—Me gusta ser independiente. Era un poco más pequeño que tú, pero ya me veía capaz de defenderme y buscarme la vida —respondió él, encogiéndose de hombros.
Shippo se quedó en silencio un momento, muy pensativo.
—Debes pensar que soy un cobarde —murmuró, suspirando por la nariz.
Eso hizo sonreír a Inuyasha y le dio un pequeño golpe en uno de sus hombros.
—Yo era mucho más fuerte que tú, recuerda que la sangre de uno de los yōkai más poderosos que ha existido corre por mis venas. No puedes compararte conmigo.
—Supongo que no —aceptó Shippo, asintiendo.
Sesshomaru escuchaba la conversación en silencio, sumido en sus propios pensamientos.
—Intuyo que lo que me quieres pedir no me va a gustar —dijo de repente, entrelazando sus manos sobre la mesa.
Las mangas de su kimono blanco se bajaron un poco, mostrando las otras dos líneas magentas que tenía alrededor de sus muñecas. La mirada de Shippo voló hasta esas marcas y pestañeó varias veces, volviendo a agarrarse al kimono de Inuyasha en busca de protección.
—Necesito que permitas que se quede aquí hasta que crezca lo suficiente para poder marcharse y vivir por su cuenta —contestó Inuyasha, mirando a Sesshomaru a los ojos.
Shippo contuvo el aliento y lo miró como si se hubiera vuelto loco.
—¿Me vas a abandonar aquí? ¡Me matarán! —gritó, asustado.
Él lo ignoró, esperando la respuesta de su hermano.
—Y por qué iba a dar refugio a un cachorro de zorro? Que siga viviendo contigo —dijo Sesshomaru, frunciendo el ceño.
—Yo debo ir a sitios donde él no puede acompañarme y tú lo sabes —gruñó Inuyasha, alzando las cejas y mirándolo fijamente.
Sesshomaru asintió, comprendiendo que se refería a las noches tenebrosas.
—Además, en este palacio hay más cachorros de su edad. Si vive aquí aprenderá más rápido y se volverá más fuerte. Ya sabe cazar su propia comida y no será una molestia —añadió Inuyasha, agarrando a Shippo y dejándolo sobre su regazo.
—De acuerdo. Puede quedarse en tu antigua habitación y mañana empezará con su entrenamiento —aceptó su hermano con una mirada aburrida.
—Gracias, Sesshomaru —contestó él, inclinando un poco la cabeza.
El yōkai respondió haciendo lo mismo y atravesó con su fría mirada a Shippo.
—Es mejor que el resto de los yōkai no sepa que conoces a Inuyasha. Pocos aceptan a los híbridos como él —le advirtió en voz baja.
Shippo asintió, con sus manos todavía temblorosas. Sesshomaru se levantó y se desplazó hacia las puertas de roble, abriendo una de ellas.
Inuyasha la atravesó y miró sobre su hombro, viendo a su hermano alejarse por otro pasillo.
—Nos veremos por el bosque —murmuró en su dirección.
Sesshomaru se giró un momento para mirarlo y, tras asentir, siguió su camino, subiendo unas escaleras y desapareciendo de su vista.
Él continuó caminando hacia la habitación en la que había vivido durante cuarenta y nueve años, con Shippo siguiendo sus pasos.
La nostalgia lo invadió al entrar. Todo seguía igual a como lo había dejado. Sus libros de historia ocupaban las estanterías y las dos espadas con las que entrenó estaban colgadas en la pared, justo sobre el colchón de algodón donde había dormido durante tantos años.
Inuyasha apretó los labios, recordando lo incómodo que era dormir apoyado en la pared de una cueva o sobre la rama de un árbol. Sin pensarlo dos veces, se dejó caer sobre su antigua cama.
Suspiró y extendió los brazos, cerrando los ojos y disfrutando de la suavidad de las sábanas. Shippo dio un salto y se sentó a su lado, observando todo lo que había a su alrededor.
—¿Este era tu cuarto, Inuyasha?
—Sí, y espero que lo cuides —contestó él, abriendo los ojos y clavándolos en el pequeño yōkai.
—No me mires así. Tus ojos son igual que los de él y me dan miedo —se quejó Shippo, conteniendo un escalofrío.
Inuyasha puso los ojos en blanco y se incorporó, revolviendo los mechones pelirrojos del zorro con una mano.
—Aquí estarás a salvo y prometo venir a visitarte de vez en cuando. Donde voy tú no puedes venir, es peligroso.
—¿Y dónde vas a ir? Quiero ir contigo.
Él se cruzó de brazos y miró a Shippo de reojo con gesto serio. El zorro soltó un grito y colocó las manos sobre su cabeza, esperando recibir uno de sus golpes. Su reacción le hizo gracia e Inuyasha resopló.
—Está bien, te lo diré. Las noches de luna nueva salgo del bosque y voy a la ciudad humana que hay al otro lado.
—¿Qué? Eso es imposible. Los yōkai no podemos salir del bosque —dijo Shippo, volviendo a acercarse a él con la curiosidad brillando en sus ojos verdes.
—Recuerda que yo no soy un demonio completo —añadió Inuyasha, levantando las cejas varias veces.
Shippo sonrió.
—¿De verdad has estado en el mundo de los humanos? ¿Cómo es?
—Te lo contaré la próxima vez que venga a verte.
—¿Y para qué sales?
—No pienses que voy a contarte todos mis secretos, enano. Por ahora sabes suficiente —le advirtió él, frunciendo el ceño.
Shippo suspiró, tumbándose de espaldas sobre la cama.
—De acuerdo... me quedaré aquí y aprenderé a ser fuerte y a luchar para que te sientas orgulloso de mí.
—Así me gusta. Tienes que ser valiente, la vida en este bosque es dura y solo los mejores consiguen sobrevivir —dijo Inuyasha, poniéndose de pie.
—-Ojalá algún día sea tan valiente como tú —susurró Shippo, volviendo a suspirar.
—Te equivocas. A veces yo también tengo miedo —reconoció él, pensando en todas las noches tenebrosas que había tenido que ocultarse del resto de demonios.
—¿En serio? ¿Por qué?
Inuyasha se giró, mirando al pequeño yōkai zorro y torciendo los labios. Él bufó, haciendo una mueca.
—No me vas a contar tus secretos, de acuerdo —gruñó entre dientes.
El medio demonio le dedicó una sonrisa torcida y abrió la puerta de su cuarto.
—Pórtate bien y aprende a ser un gran yōkai. En una semana vendré a ver cómo te va.
Justo cuando iba a salir, sintió que Shippo saltaba y se agarraba a su cuello otra vez.
—No te olvides de mí, Inuyasha —pidió con voz temblorosa, abrazándolo.
Él suspiró y rodeó su cuerpo con uno de sus brazos, palmeando su espalda.
—No lo haré. Cuando seas más mayor y sepas pelear podrás venir a recorrer el bosque conmigo en busca de aventuras, si es lo que quieres.
Shippo se alejó un poco y asintió, mirándolo con sus ojos llenos de lágrimas.
Volvió al suelo de un salto y, tras sonreír una última vez, Inuyasha salió de su antiguo cuarto y abandonó el palacio de los Taisho.
Estaba seguro de que, cuando Shippo creciera y entendiera cómo funcionaba su mundo, también lo rechazaría por ser un híbrido y no querría volver a saber nada de él. Pero, mientras tanto, Inuyasha disfrutaría de tener lo más parecido a un amigo que había tenido en sus más de dos siglos de vida.
En cuanto atravesó la muralla del palacio trepó al primer árbol que encontró e inspiró profundamente, disfrutando del aroma del bosque. Era un olor salvaje que le recordaba a la libertad.
Tenía que estar siempre alerta, cierto, pero no podía sentirse más libre. Podía ir a donde quisiera, atravesar el inmenso bosque de punta a punta sin que nadie se lo impidiera... y, que él supiera, era el único híbrido que quedaba y por lo tanto nadie más había salido nunca de allí ni visitado la ciudad.
Antes del pacto de sangre los yōkai se extendían a lo largo de toda la isla, luchando entre ellos y contra los humanos por el territorio. Pero, desde que se firmó el acuerdo, todos los demonios se fueron a vivir al bosque y nadie había logrado volver a salir.
Algunos lo habían intentado, tentados por el olor de la carne humana, y habían sido destruidos por la barrera invisible que separaba los dos mundos.
Por suerte, los yōkai perro no se alimentaban de humanos. Inuyasha sentía mucho asco cada vez que se cruzaba con el cadáver a medio devorar de alguno que se había atrevido a adentrarse en el bosque.
En el momento que un humano pisaba su territorio, cualquier demonio tenía el derecho de acabar con su vida y hacer con su cuerpo lo que quisiera. Los yōkai serpiente eran los peores, los engullían sin siquiera masticarlos y no dejaban ni sus huesos.
Inuyasha sabía que Sesshomaru había matado a bastantes humanos, pero no para comérselos. Simplemente los destrozaba con su látigo luminoso hasta que no quedaba ni rastro de ellos. Era tan poderoso que prácticamente nunca tenía que utilizar su espada, que también era mágica y herencia de su padre. Sus garras venenosas eran suficiente para acabar con cualquier yōkai que osara desafiarlo.
Inuyasha abrió uno de los pliegues de su kimono y sacó una pequeña bolsita negra, donde guardaba el oro que le quedaba. Con eso sería más que suficiente para la cena que le había prometido a Kagome y, tras terminar con su vida, podría volver a disfrutar de sus incursiones en la ciudad humana sin tener que preocuparse por nada.
Se aseguró de que la espada y el teléfono estuvieran bien sujetos en su cinturón y volvió a toda velocidad hacia su cueva. Después de cuatro días sin dormir se merecía un buen descanso.
—¿Tú? ¿Una cita con un chico? ¿De verdad?
Kagome levantó la mirada y la enfocó en sus dos mejores amigas del colegio.
Habían ido a visitarla al templo y las tres estaban tumbadas bajo la sombra del árbol más grande de todos que, según los escritos de su familia, tenía más de cinco siglos de vida. Ya empezaba a hacer calor y era agradable resguardarse de los rayos del sol bajo sus hojas.
Le dio otro sorbo a la limonada que había preparado y asintió.
—Sé que es difícil de creer, pero es cierto. La semana que viene voy a cenar con él y la verdad es que estoy un poco nerviosa. Es la primera vez que un chico me gusta tanto.
Sango puso los ojos en blanco y Sara se rio entre dientes. Las dos eran un par de años mayores que Kagome y tenían bastante más experiencia con el sexo contrario.
—Ya era hora. Es de locos que con veintidós años todavía no hayas salido con nadie —protestó Sango, resoplando.
—Déjala. Si no le ha llamado la atención nadie hasta ahora, por algo será —la defendió Sara, dándole un codazo a Sango.
Kagome sonrió y se tumbó, apoyando la cabeza en el regazo de Sara. Su amiga hundió los dedos en su cabello y empezó a acariciarlo. Adoraba que le tocaran el pelo, por lo que Kagome cerró los ojos y se dedicó a disfrutar del momento, rodeada por sus amigas de la infancia.
—¿Cómo has dicho que se llamaba? —preguntó Sara de repente.
—Inuyasha —respondió ella, abriendo los ojos y buscando su mirada.
Sango la observó con sus ojos castaños, haciendo una mueca.
—Ese es nombre de bicho raro. A saber de dónde ha salido.
—Será que tu querido Miroku tiene un nombre muy normal —murmuró Kagome, levantando las cejas.
—Pues sí —gruñó Sango, cruzándose de brazos y provocando su risa.
No tardó en sonreír como ellas y se tumbó sobre la hierba, dejando salir un suspiro.
—Tengo que irme dentro de poco. He quedado con él en la calle de enfrente —añadió, dejando su vaso vacío en el suelo.
—Si tú también te echas novio me voy a quedar muy sola —se quejó Sara, tirándole un poco del pelo a Kagome.
—Jamás. La familia va antes que los chicos —aseguró Kagome, levantando una de sus manos.
Ellas hicieron lo mismo y agarraron la suya, estrujando sus dedos hasta que se quejó y las tres volvieron a reírse.
—¿Cómo vas con tus últimas semanas de estudio? Echo de menos la universidad —murmuró Sara, apoyando las dos manos en el suelo y dejando caer su cabeza hacia atrás.
—Estoy harta de estudiar, pero ya me han aceptado para hacer la especialidad en el hospital universitario de Kyorin, así que estoy muy contenta —comentó Kagome con una sonrisa.
—Vas a ser la mejor oncóloga de la ciudad.
—Lo dudo mucho, pero intentaré dar lo mejor de mí misma.
Sango se incorporó y recogió sus cosas antes de ponerse de pie.
—Cuando tengas algo de tiempo libre llámanos y salimos un rato por la noche —añadió Sango, pateando el pie de su amiga con suavidad.
Kagome giró el rostro para mirarla y le sacó la lengua. Seguía con la cabeza apoyada en las piernas de Sara.
—Nos vemos, chicas —se despidieron Sango y Ron, agitando la mano mientras se alejaban hacia la escalinata del templo.
En cuanto sus siluetas desaparecieron al bajar las escaleras, el teléfono de Kagome empezó a vibrar y ella lo sacó del bolsillo del pantalón.
—¿Hojo? —preguntó Sara, levantando una ceja.
Kagome negó con la cabeza y le acercó él teléfono a su amiga para que pudiera leer el mensaje.
Ella pestañeó un par de veces y le dedicó una sonrisa burlona.
—Vaya... parece que Inuyasha tiene muchas ganas de verte, ¿eh?
Aunque no quería, Kagome se sonrojó y volvió a mirar la pantalla.
El viernes por la noche estaré en Tokio.
Puedo ir a recogerte a tu templo, si quieres.
Dejó el móvil sobre su vientre y suspiró.
—Desde que me llamó está más pendiente de mí. Cada dos días me escribe y ayer me llamó otra vez —admitió, mordiéndose el labio con nerviosismo.
—Te veo bastante pillada por él para lo poco que os conocéis.
—Lo sé, no entiendo lo que me pasa... creo que ha sido un flechazo. Estoy deseando verlo otra vez.
Sara volvió a acariciarle el pelo y suspiró con pesadez.
—Ten cuidado, Kagome. Eres demasiado inocente y no quiero que te hagan daño.
Ella se levantó hasta sentarse a su lado y observó a su amiga. Las dos se parecían mucho físicamente y Kagome siempre la había considerado su hermana mayor.
—Hay algo que no le he contado a nadie... pero necesito decírtelo a ti —susurró, mirando a su alrededor para confirmar que su familia no estaba en el patio.
—Puedes confiar en mí, ya lo sabes —dijo Sara, mirándola con curiosidad.
El viento agitó sus melenas oscuras mientras Kagome decidía si era buena idea o no.
—Verás... Inuyasha dice que ha estado dentro del bosque de los demonios y me ha ofrecido ir con él.
Los ojos de Sara se abrieron como nunca y se llevó una mano a la boca. A ella también le atraía mucho el misterio del bosque desde muy pequeña, pero le daba mucho más miedo que a Kagome.
—¿Vas a ir? Por los dioses, Kagome... si te pasa algo me voy a morir. Hay un aura maligna sobre ese bosque que no me gusta.
—Lo sé, pero él lo ha visitado muchas veces y dice que no es peligroso... y sabes que yo me muero por saber si las leyendas son verdad. Llevo años pensando en esos árboles y en todos sus secretos.
—Entiendo que no lo hayas contado. Cualquier otra persona te diría que estás loca —dijo Sara, resoplando.
—Pero no lo estoy... ¿verdad? —preguntó Kagome, retorciendo un mechón de su pelo entre los dedos.
Sara sonrió.
—No. Yo también quiero saberlo, ese bosque es como un imán... si vas me lo tendrás que contar con todos los detalles.
Kagome suspiró y se apoyó en su hombro.
—Te llamaré en cuanto haya pasado, lo prometo —aseguró en voz baja.
Sara asintió y Kagome miró la hora en su reloj de muñeca. Su descanso del domingo por la tarde se había terminado.
—Tengo que volver dentro de casa y seguir estudiando un rato. Te quiero, Sara. Puedes quedarte aquí todo lo que quieras —dijo, abrazando a su amiga antes de levantarse.
—Sabes que adoro este árbol. Me quedaré a ver la puesta de sol —respondió ella, sonriendo.
Kagome asintió y se despidió de ella, entrando en casa y subiendo las escaleras hacia su cuarto.
En cinco días estaría cenando con Inuyasha. Su corazón latió con emoción.
