Capítulo Nueve
El libro
En cuanto la figura de Kagome desapareció en lo alto de la escalinata, Inuyasha resopló y miró a su alrededor con gesto confundido.
¿Qué demonios era lo que esa humana le había hecho?
Necesitaba hablar con Sesshomaru, y cuanto antes.
Tras dar media vuelta caminó en dirección al bosque, que estaba tan solo a diez minutos de distancia. Al llegar se quedó un momento junto a la valla, comprobando que no hubiera ningún humano curioso asomado en la ventana de los edificios cercanos. Cuando estuvo completamente seguro de que nadie lo observaba trepó la valla metálica y saltó al otro lado, escondiéndose tras los árboles.
Inuyasha apretó los puños, sacudiendo la cabeza con frustración. Todavía podía sentir los labios de Kagome sobre los suyos. Levantó un brazo y se pasó la manga de la camisa por ellos, frotando para que esa sensación desapareciera.
Tras gruñir entre dientes utilizó sus brazos para subir hasta la rama más alta de uno de los árboles cercanos a la valla. Por suerte no perdía sus músculos al convertirse en humano o le habría resultado imposible trepar. Se sentó sobre ella y suspiró.
Hasta que saliera el sol no podía adentrarse de nuevo en el bosque. Le tocaba esperar.
Kagome prácticamente corrió escaleras arriba hasta que la puerta de su casa se cerró tras ella. Recorrió el pasillo caminando de puntillas y subió las escaleras en silencio, entrando en su cuarto a oscuras.
Una vez dentro apoyó la espalda en la puerta de madera y dejó que su cuerpo se deslizara por ella hasta que estuvo sentada en el suelo. Extendió las piernas y observó sus manos, que todavía estaban un poco temblorosas. Suspiró y se cubrió la cara, cerrando los ojos.
¡Lo había hecho! Había besado a Inuyasha, aunque todavía no podía creérselo.
La idea no había dejado de dar vueltas en su cabeza desde que lo vio esperando al final de la escalinata de piedra. Quería que su primer beso fuera con Inuyasha, él era el indicado. Ese chico le hacía sentir cosas que parecían imposibles y, cuando estaban terminando de cenar, ya lo había decidido. Si él intentaba besarla, dejaría que pasara.
Pero no fue así. Inuyasha la acompañó hasta su casa y no hubo nada que indicara que iba a hacerlo.
Por eso Kagome decidió ser valiente. Estuvo a punto de darle el beso en la mejilla, pero pensó que no era suficiente y besó los labios que llevaba toda la noche intentando no mirar.
No pudo mirarlo a la cara después de aquello, estaba demasiado avergonzada. Había subido las escaleras de piedra sin mirar atrás y ahora estaba pensando en que no tenía que haber huido de esa forma.
Él no había reaccionado, no había dicho ni una palabra. Se había quedado completamente quieto, como si estuviera congelado.
Tal vez Inuyasha quería ser quien diera ese paso, o a lo mejor no le había gustado que ella fuera tan directa. ¿Y si lo había malinterpretado todo y él solo estaba interesado en ser su amigo?
Kagome sacudió la cabeza, apretando los dientes. Inuyasha le había dicho más de una vez que ella había llamado su atención desde que la vio por primera vez. Y lo de aquella noche había sido una cita, su primera cita de verdad con un chico.
Presionó las piernas contra su pecho y las rodeó con sus brazos, dejando caer la cabeza sobre sus rodillas.
Necesitaba pensar en otra cosa, relajarse y dormir. Comprobó que no tenía ningún mensaje nuevo antes de dejar el teléfono sobre la mesa. Al asomarse por su ventana, el único lugar de la casa desde donde se veían las escaleras del templo, vio que Inuyasha se había marchado.
Suspiró, dirigiéndose al baño para lavarse los dientes. A la mañana siguiente podría seguir pensando en cómo iba a evitar ruborizarse cuando volviera a verlo después de aquel beso.
Inuyasha dejó salir un suspiro de alivio cuando sintió ese hormigueo bajo su piel, poniéndose de pie y sujetándose al tronco del árbol con una mano. Por fin había salido el sol y su cuerpo estaba cambiando.
No había pasado ningún demonio por allí cerca, aunque no había estado preocupado. Tan solo tendría que haber cruzado al otro lado de la valla si se hubiera sentido en peligro, donde ningún yōkai podía alcanzarlo. Pero no había hecho falta.
Saltó al suelo, flexionando las rodillas al caer, y corrió hasta su prado. Se cambió de ropa en el interior de su cueva, volviendo a llevar su kimono rojo y atando la espada de su padre en su cintura.
Cerró los ojos y resopló con pesadez, apretando los puños. Necesitaba a Sesshomaru, seguro que él sabría el significado de lo que había pasado. Su hermano era uno de los demonios más cultos de todo el bosque y tenía conocimientos sobre todos los temas, incluyendo los humanos.
Inuyasha empezó a correr otra vez a toda velocidad, adentrándose de nuevo entre los árboles en dirección norte, hacia el Palacio Taisho.
En cuanto vio la alta muralla de piedra ralentizó sus pasos y se detuvo justo en la entrada, saludando a los guardias con un gesto de su cabeza. Ellos hicieron lo mismo y se apartaron, permitiéndole el paso.
Inuyasha atravesó los jardines del palacio a paso ligero, olfateando para descubrir dónde estaba su hermano. Su olor no venía de dentro del edificio, sino de la parte trasera.
Frunció el ceño, cruzándose de brazos y escondiendo sus afiladas uñas dentro de las mangas de su kimono. Chasqueó la lengua al llegar al área de entrenamiento, donde los yōkai más jóvenes aprendían el arte de la guerra en cuanto eran capaces de sostener una espada.
Había cuatro yōkai de la luna rodeando a uno más pequeño del que solo podía ver su pelo pelirrojo. Esos demonios incrementaban sus poderes con la luna llena, llegando a ser casi invencibles esa noche. Inuyasha reconoció el olor de su pequeño amigo y resopló, pensando en si debía o no intervenir.
De repente una bola de fuego azulado apareció en el centro, haciendo que los cuatro yōkai retrocedieran mientras miraban fijamente el fuego con ojos temerosos. Inuyasha sonrió cuando el fuego fatuo desapareció y un Shippo muy sonriente señaló a los demonios con su dedo índice.
—¡Eso por venir los cuatro a por mí, cobardes! —gritó el zorro con rabia.
Los yōkai de la luna arrugaron la nariz, pero retrocedieron sin decir nada.
—Te has defendido muy bien, Shippo.
El demonio zorro soltó un grito agudo al escuchar su voz y corrió hacia él, saltando sobre su pecho. Varios yōkai pusieron mala cara al verlos y desviaron la mirada, alejándose de ellos.
—¡Inuyasha! ¡Has venido a verme!
Él sintió una punzada de culpabilidad al saber que no era verdad.
—Sí, bueno, no exactamente. He venido a hablar con mi hermano, pero tenía pensado buscarte después —respondió en voz baja, dejando que Shippo se sentara sobre su hombro.
El zorro entrecerró los ojos.
—Sesshomaru es cruel. No me gusta —admitió en un susurro.
Inuyasha le dedicó una sonrisa burlona.
—Te deja vivir aquí, así que no te quejes.
Levantó la vista, escaneando la enorme porción de tierra donde los hijos de los yōkai que protegían el palacio entrenaban. A unos tres metros de altura había una figura flotando en la lejanía, observándolo todo con sus ojos dorados.
—En un rato volveré, Shippo. Podemos comer juntos antes de que me marche.
Él asintió con una sonrisa, volviendo a saltar al suelo.
—¡Tengo que enseñarte todo lo que he aprendido a hacer!
Inuyasha sonrió también antes de caminar hacia el fondo de aquel gigantesco patio, dirigiéndose a donde estaba su hermano. Sesshomaru aterrizó con suavidad frente a él.
—Pareces preocupado.
—Lo estoy —admitió Inuyasha con el ceño fruncido.
Sesshomaru asintió.
—Hablemos en mi despacho.
Inuyasha lo siguió, atravesando de nuevo aquel lugar hasta llegar a las interminables escaleras que conducían al interior del palacio. Al llegar a lo más alto escuchó un resoplido tras pasar por la puerta principal. Giró la cabeza y le dio tiempo de ver una figura envuelta en un largo vestido morado perdiéndose en la sala más lejana.
Irasue.
—Ignórala —murmuró Sesshomaru sin detenerse.
—¿No es eso lo que he hecho siempre?
Una pequeña sonrisa curvó los labios del demonio, tan pequeña que Inuyasha no estaba seguro de si se lo había imaginado.
Una vez dentro del despacho, Sesshomaru le indicó que tomara asiento con una mano.
—¿Lo has conseguido esta noche? —preguntó al sentarse.
Inuyasha resopló, sacudiendo la cabeza.
—No quiere acompañarme al bosque de noche. Le da miedo y no he podido convencerla.
Sesshomaru entrecerró los ojos y se cruzó de brazos.
—Pero tengo un plan. He pensado en otra forma de acabar con ella —añadió Inuyasha, cerrando y abriendo los puños varias veces.
—¿Cuál?
—Conseguiré que entre en el bosque de día, y entonces la mataré.
Sesshomaru asintió, relajando la postura.
—Espero que funcione.
—Funcionará —aseguró Inuyasha con voz grave.
Sesshomaru observó a su hermano en silencio, fijándose en su rostro y en sus manos, que estaban algo temblorosas.
—¿Qué es lo que te pasa?
Inuyasha suspiró. No quería, pero tenía que preguntárselo.
—Anoche, la humana... hizo algo raro —murmuró, bajando la mirada.
Sesshomaru frunció el ceño.
—¿Algo raro?
—Sí, ella... —Inuyasha se llevó una mano a los labios de forma inconsciente, recordando el sabor que había dejado Kagome en ellos. —Ella se acercó, y... no sé lo que hizo ni por qué. No lo entiendo —admitió en un susurro.
Sesshomaru chasqueó la lengua y su ceño se pronunció aún más.
—¿Te ha besado?
—¿Besado? —repitió Inuyasha, confundido.
—Así lo llaman ellos. A los humanos les gusta hacerlo, juntan sus bocas con las de sus parejas. Es asqueroso —gruñó Sesshomaru, arrugando la nariz.
Inuyasha levantó una ceja.
—¿Y tú cómo sabes todo eso?
—Te recuerdo que nuestro padre abandonó a mi madre por una humana —comentó el demonio, poniéndose de pie y avanzando hacia una de las estanterías llenas de libros. —Cuando todavía no había frontera entre nuestros mundos él se relacionaba con algunos humanos y empezó a escribir un libro sobre ellos. Lo terminó justo antes de marcharse.
—¿Lo has leído?
Sesshomaru asintió.
—Hay muchas cosas escritas sobre tu madre. Creo que deberías leerlo, te vendrá bien saber cómo actúan los humanos para tus futuras noches tenebrosas.
—¿Y por qué no me lo has dado antes? —protestó Inuyasha, apretando los dientes para controlar su enfado.
Su hermano se volvió a sentar y dejó el libro sobre la mesa.
—Porque no me he acordado de este libro hasta ahora. Además, tú nunca has querido saber nada sobre tu madre o los humanos.
Inuyasha le lanzó una mirada de odio, aunque sabía que tenía razón. Cogió el libro y se levantó, dispuesto a marcharse.
—Una última cosa, Inuyasha.
Ya tenía la mano sobre el pomo de la puerta, pero se giró para mirar a su medio hermano. Sesshomaru tenía los codos apoyados en la mesa y estaba inclinado hacia delante, apoyando la barbilla sobre sus manos unidas.
—Si esa humana te ha besado significa que siente algo por ti. Puedes usar eso en tu beneficio.
—¿Que siente algo por mí? ¿A qué te refieres? —preguntó Inuyasha, arrugando el entrecejo.
—Lo llaman amor. Lee el libro, está todo explicado ahí. Estoy seguro de que ahora podrás convencerla para que entre en el bosque —dijo Sesshomaru, señalando el libro que su hermano llevaba en la mano con sus ojos.
Inuyasha cerró los ojos un momento, intentando ralentizar su respiración. Tenía que tranquilizarse, pero todo eso de los besos le había puesto de los nervios.
—Lo leeré y acabaré con ella esta misma semana —sentenció, abriendo la puerta con demasiada fuerza y saliendo al pasillo.
Sesshomaru seguía sentado, observando el lugar en el que hasta hacía unos segundos estaba Inuyasha. Entrecerró sus ojos dorados, que brillaron antes de oscurecerse.
—Me aseguraré de ello, hermano.
Ya estaba atardeciendo cuando Inuyasha volvió a llegar al borde del bosque. Había pasado un buen rato con Shippo, como le había prometido, y el zorro le había hecho todo tipo de preguntas que él no había querido contestar.
Se encaramó a lo alto de un árbol, sacando el teléfono que llevaba atado en su cinturón de tela. Tenía que empezar ya con su nuevo plan.
Al encenderlo le extrañó no recibir ningún mensaje de Kagome. ¿A lo mejor estaba enfadada? ¿O se arrepentía de lo que había hecho?
Necesitaba leer ese maldito libro sobre los humanos y sus emociones cuanto antes. Suspiró y empezó a escribir en la pantalla.
Hola, Kagome. ¿Estás ahí?
Prefería no llamarla, si quería pensar con claridad lo mejor era no escuchar su voz. Pasaron unos minutos y, justo cuando estaba a punto de marcharse hacia su cueva, el teléfono vibró en su mano.
Sí. Hola, Inuyasha
Un poco extraño que solamente le dijera eso porque a Kagome le encantaba hablar. Cuando iba a contestar recibió otro mensaje.
Si te molestó lo que hice, lo siento. No volverá a pasar
Inuyasha frunció el ceño. ¿Estaba hablando del beso?
¿Por qué iba a molestarme?
No dijiste nada, y llevo casi un día entero sin saber nada de ti
Inuyasha gruñó, golpeando el tronco del árbol con su puño derecho. Que ella estuviera así no ayudaba, tenía que conseguir convencerla.
Me dejaste sin palabras, pero llevo todo el día pensando en ti
Apoyó la frente en el tronco del árbol, resoplando. Técnicamente no estaba mintiendo y eso era lo peor de todo.
¿En serio?
Tengo que irme de Tokio otra vez, me marcharé mañana. Pero antes quiero que hagamos algo
Kagome no tardó en contestar.
¿El qué?
Por la mañana iré al bosque y quiero que vengas conmigo. Te enseñaré que no es peligroso, y después te besaré yo para que no te olvides de mí estos días
¿Cómo iba a olvidarme de ti?
Inuyasha sonrió. Esta vez lo iba a conseguir.
Te esperaré a las diez en las afueras de la ciudad, justo donde la valla desaparece. No llegues tarde
Contuvo el aliento, esperando su respuesta.
De acuerdo, allí estaré
Una enorme sonrisa se extendió por su rostro. ¡Al fin! Kagome iba a entrar en el bosque después de casi dos meses intentando convencerla. Apoyó la espalda en el tronco del árbol, sintiendo que todo el cansancio del día anterior se adueñaba de su cuerpo. Necesitaba dormir un poco.
Hasta mañana, Kagome
Hasta mañana
Inuyasha volvió a apagar el teléfono para que no se gastara la batería y corrió hacia su cueva, riendo entre dientes.
Lo había conseguido. Ya solo tenía que esperar a que ella atravesara los primeros árboles y la arrastraría hacia dentro hasta asegurarse de que nadie pudiera escuchar sus gritos. Y entonces acabaría con ella de una vez por todas.
Tras encender el fuego se tumbó en el suelo de piedra y dejó todas sus cosas en él, cogiendo el libro que le había dado Sesshomaru. Tenía que leerlo entero antes de dormir, necesitaba saberlo todo sobre las emociones humanas para ser capaz de convencer a Kagome si por la mañana volvía a tener dudas.
Una pequeña vocecita en su cabeza le decía que matarla no iba a ser tan fácil como él pensaba, pero Inuyasha no la escuchó.
En menos de un día todo habría terminado.
Kagome se dejó caer sobre su cama. Sabía que estaba sonriendo como una idiota, pero le daba igual.
Inuyasha quería verla otra vez antes de marcharse. Y quería besarla.
Llevaba todo el día preocupada, pendiente de su teléfono por si él le escribía, y no había recibido nada más que algunos mensajes de sus amigas. En pocos días empezaban sus exámenes finales y Sara quería saber si podía visitarla ese fin de semana otra vez. Sango había prometido llamarla al día siguiente, y Eri le había preguntado si iba a ir a estudiar a la biblioteca.
Kagome estuvo a punto de escribir a Inuyasha un par de veces, aunque al final decidió que no era buena idea. Ella lo había besado y ahora le tocaba a él dar el siguiente paso.
Con el paso de las horas se fue poniendo más nerviosa.
¿Y si estaba enfadado? ¿Y si lo había estropeado todo al ser tan lanzada?
Justo cuando cerró el libro de inmunología, maldiciendo entre dientes porque no podía concentrarse, le llegó otro mensaje.
Miró el teléfono de reojo, sospechando que sería Eri otra vez, pero su corazón se aceleró al ver el nombre de Inuyasha en la pantalla.
Tras respirar hondo un par de veces y contestarle habían estado hablando casi diez minutos.
Kagome no podía sentirse más aliviada. Él no estaba cabreado, al revés. Le había gustado el beso y quería quedar volver a quedar con ella.
Un pequeño paseo por el misterioso bosque y después un beso de despedida. El plan sonaba genial.
Siempre se sentía segura cuando él estaba a su lado y sabía que no le iba a dar miedo.
Kagome apretó los labios al recordar que no le había preguntado cuánto tiempo tardaría en volver a Tokio. Se encogió de hombros, pensando en que se lo podría preguntar por la mañana cuando estuvieran juntos, y se incorporó.
Eran casi las siete y su madre estaría empezando a preparar la cena. Bajó las escaleras para ayudarla, todavía muy sonriente.
El día había empezado mal, pero todo se había arreglado. Inuyasha sentía lo mismo que ella y Kagome estaba deseando volver a estar con él.
Cenó rápido y se acostó, deseando dormirse para que el tiempo pasara y ya fueran las diez de la mañana.
