Capítulo Diez
Entre la oscuridad
Inuyasha estaba tumbado en el suelo de la cueva con la mirada fija en el techo de piedra y el libro sobre sus piernas. Hacía horas que lo había terminado.
Ya estaba amaneciendo, pero no había sido capaz de pegar ojo. Todavía estaba intentando asumir todo lo que había escrito su padre sobre los humanos.
Mucho antes de que Sesshomaru naciera, Toga Taisho se había unido a Irasue con el único propósito de concebir un heredero, un yōkai perro como ellos que fuera lo suficientemente fuerte como para continuar su legado.
Tras la firma del pacto de sangre todos los demonios se habían retirado a ese enorme bosque y la barrera entre su mundo y el de los humanos fue activada. Pero Toga llevaba siglos viviendo entre ellos, conociéndolos y observando sus costumbres.
Había plasmado todos sus pensamientos en ese libro, queriendo dejar constancia de que los humanos no eran tan despreciables como los yōkai pensaban.
En aquellos tiempos no había nada que separara el bosque del pequeño pueblo que pasaría a llamarse Tokio cincuenta años después. Algunos humanos se atrevían a adentrarse entre los árboles, incapaces de contener su curiosidad a pesar del peligro.
Así fue como Toga conoció a Izayoi, la madre de Inuyasha. Un yōkai serpiente estaba a punto de devorarla cuando la encontró. Él reconoció al instante ese olor tan distintivo, señal de que ella era su compañera destinada. Pero Toga reaccionó de forma muy diferente a Inuyasha, decidiendo salvarle la vida.
Ese día comenzó una extraña amistad entre uno de los Lores yōkai del bosque y una mujer del mundo humano, que además era hija de un príncipe.
El libro terminaba con las últimas palabras de Toga antes de renunciar a su título de Lord y abandonar el palacio, marchándose para compartir la cabaña que había construido al norte del bosque de los demonios con Izayoi.
"Hijo, si estás leyendo esto, nunca dejes de buscar a tu compañera. Puede aparecer cuando menos te lo esperes, incluso puede ser una humana. Si eso ocurre no la rechaces. Encontrar a Izayoi es lo mejor que me ha pasado en mis más de mil años de vida."
Inuyasha sabía que eso estaba dirigido a Sesshomaru, porque entonces él ni siquiera existía... pero le había afectado como si su padre lo hubiera escrito para él.
¿Lo mejor que le había pasado? Menos de diez años después de escribir eso él había muerto por su culpa.
Los demonios siempre estaban queriendo matarla, odiaban que una humana viviera en su bosque y no estaban dispuestos a permitirlo... y, al final, Toga murió intentando protegerla de un grupo de yōkais de la luna que atacaron por la noche, aprovechando el poder que les daba la luna llena.
Cuando Sesshomaru llegó no había ni rastro de los cuerpos de sus padres y solo quedaban cenizas de la casa donde habían vivido. Encontró a Inuyasha escondido entre la maleza, cubierto de heridas, y lo llevó de vuelta a su palacio.
Todo eso lo sabía gracias a su hermano. Sesshomaru le había contado la historia de sus padres y de cómo lo rescató de una muerte segura varias veces mientras entrenaban juntos en los terrenos del palacio Taisho.
Inuyasha pestañeó, volviendo al presente. Kagome iba a entrar en el bosque en pocas horas y por fin podría acabar con ella.
A su mente llegó la imagen de su cuerpo sin vida tirado en el suelo del bosque. Sus ojos marrones vacíos, una gran herida en su garganta, sus brazos cubiertos de sangre...
Inuyasha sacudió la cabeza. Tenía que hacerlo, no podía tener a una humana como compañera.
O la mataba o vivía el resto de su larga vida sabiendo que ella existía y estaba muy cerca, sobre todo cuando visitaba la ciudad durante las noches tenebrosas.
Él no estaba dispuesto a vivir así. ¿Y si se cruzaban y la veía con otro humano? ¿Y si no podía evitar sentirse atraído por su olor y todas esas noches iba en su busca? El impulso de querer estar cerca de ella era demasiado fuerte, aunque no le gustara admitirlo.
Kagome tenía que morir. No era para tanto, la vida de los humanos era corta de todas formas.
Inuyasha se incorporó, apagando las ascuas de la hoguera. Todavía faltaba un buen rato para ese momento pero prefería estar preparado. Dejó su espada escondida en las raíces de un árbol cercano, llevando tan solo el teléfono móvil encima.
Con sus garras podía matarla fácilmente. No necesitaba más.
Corrió hacia la frontera tras cazar algo para relajarse. Al llegar a donde terminaba la valla, se encaramó a uno de los árboles para esperar. Eran casi las diez.
Su teléfono vibró. Un mensaje de Kagome.
Estoy llegando, Inuyasha. ¿Ya estás allí?
Él no contestó. Subió hasta las últimas ramas y, al asomarse entre ellas, la vio. Iba caminando sola por un camino de tierra junto a la valla metálica.
Perfecto.
La valla solo estaba construida donde el bosque limitaba con la ciudad, el resto de la frontera estaba marcada con paneles clavados en el suelo. Inuyasha la vio detenerse justo delante del primero y mirar las letras escritas en él con los ojos muy abiertos.
Estaba asustada. Podía oler su miedo a pesar de la distancia.
Inuyasha sintió que el teléfono volvía a vibrar mientras descendía lentamente por el interior del árbol, intentando no hacer ruido.
¿Dónde estás?
Se detuvo sobre una rama que estaba a tan solo tres metros de altura para contestar.
Estoy esperándote dentro
La vio suspirar y guardar su móvil en el bolsillo. En cuanto dio un paso adelante, Inuyasha se quedó completamente paralizado. El corazón le latía a toda velocidad y lo único que pudo hacer era observarla mientras ella llegaba hasta el primer árbol y lo tocaba.
Tan solo tenía que saltar, arrastrarla unos metros hacia el interior y clavar las garras en su garganta. Intentó moverse, pero no podía. Estaba sintiendo una emoción nueva que no conocía.
¿Miedo?
Con asombro, Inuyasha se dio cuenta de que estaba asustado por primera vez. Y no temía precisamente por su vida, sino por la de esa humana que estaba cada vez más cerca.
Cerró el puño y golpeó el tronco del árbol con furia.
«Tanto planearlo y ahora no soy capaz de matarla, joder.»
Volvió a golpear el tronco, intentando asustarla para que se alejara de allí cuanto antes. Tendría que vivir sesenta o setenta años en agonía, esperando a que ella muriera para sentirse libre otra vez, pero estaba dispuesto a hacerlo si eso significaba que ella seguía con vida.
Esa humana era buena, amable... y, además, sentía algo por él. No merecía morir así.
Kagome contuvo el aliento al escuchar el golpe y las orejas de Inuyasha se movieron hacia delante al escuchar su voz.
—¿Eres tú, Inuyasha? No vuelvas a hacer eso, me estás asustando.
Él cerró los ojos, volviendo a golpear el tronco con fuerza. Kagome tenía que marcharse ya, llevaba casi treinta segundos dentro del bosque y seguro que algún yōkai la había escuchado hablar.
Inuyasha suspiró aliviado al ver que ella retrocedía. Pero, justo cuando estaba a punto de llegar a la primera fila de árboles, un látigo amarillento surgió entre la maleza y se enredó en sus tobillos, haciéndola caer al suelo.
El grito de Kagome le heló la sangre.
Sesshomaru estaba ahí y no la iba a dejar escapar. Ningún humano salía con vida del bosque de los demonios.
El corazón de Kagome se aceleró al ver los últimos metros de valla. Nunca se había acercado a las afueras de su ciudad y todo era exactamente igual que en su pesadilla.
Había postes clavados cada pocos metros sobre la tierra húmeda. Tenían advertencias en varios idiomas, indicando que estaba totalmente prohibido dar un paso más.
Aunque no había estado antes allí, era tan parecido a lo que recordaba de su sueño que se le pusieron los pelos de punta.
Tras detenerse al lado del primer cartel, miró a su alrededor en busca de Inuyasha. Él no le había contestado y no se escuchaba a nadie por allí.
¿Dónde se había metido? Parecía que iba a llegar tarde... ¿Y si se había arrepentido?
Kagome le volvió a escribir y, esta vez, la respuesta no se hizo esperar.
Estoy esperándote dentro
Levantó la mirada, observando esos árboles tan gigantescos. Kagome suspiró y guardó de nuevo su teléfono en el bolsillo.
Seguro que Inuyasha estaba cerca. Si él ya estaba paseando entre los árboles significaba que no había ningún peligro.
¿Tenían razón los que decían que las leyendas no eran ciertas? Tal vez lo que había en el bosque era otra cosa... ¿Radiación, quizás? ¿Y si había una antigua planta nuclear enterrada allí?
Kagome dejó de pensar en todas las teorías conspiratorias y avanzó hacia los árboles, conteniendo la respiración.
Al pasar junto al primero se detuvo para tocar su corteza. Recordó que en su sueño había hecho lo mismo, por lo que bajó la mano y siguió caminando lentamente. Cuando dio cinco pasos más ya no podía escuchar nada. Tan solo el canto de algún pájaro que estaba en las copas de esos árboles de más de veinte metros de altura.
El bosque de los demonios era increíble. Tenía un aire sobrenatural que le provocaba un nudo en el estómago, pero a la vez era lo más maravilloso que había visto en su vida. Era pura naturaleza salvaje. Prácticamente no se veía el suelo de tantas ramas, hojas y matorrales que lo cubrían. El olor a madera y humedad era muy intenso y todo estaba en penumbra. La luz del sol apenas atravesaba los inmensos árboles.
Miró a su alrededor, confirmando que no había nadie. Se escuchó un golpe seco no muy lejos y Kagome empezó a ponerse nerviosa. Estaba teniendo otra vez la sensación de que no debería estar ahí. Si Inuyasha no aparecía en cinco segundos daría media vuelta y se marcharía.
Cuando escuchó otro golpe mucho más cerca sus piernas se paralizaron y contuvo el aliento.
—¿Eres tú, Inuyasha? No vuelvas a hacer eso, me estás asustando —pidió en voz baja, intentando ver si había algo entre los árboles.
De nuevo, algo golpeó el tronco de un árbol. Kagome tragó saliva, dando un paso atrás. No debería haber entrado sola, tenía que haber llamado a Inuyasha por teléfono para que se reuniera con ella fuera.
Se dio la vuelta con los latidos de su corazón retumbando en los oídos. Empezó a caminar cada vez más rápido, volviendo sobre sus pasos, y suspiró al ver que le quedaban solo dos metros para salir de allí.
Pero algo se enrolló alrededor de sus tobillos. Kagome trastabilló, cayendo al suelo. Esa cosa estaba tirando de ella, arrastrándola a toda velocidad hacia las profundidades del bosque. El pánico la invadió y gritó más fuerte que nunca, intentando alcanzar la cuerda que la tenía atrapada.
Abrió lo ojos cuando todo se detuvo. Estaba tumbada en el suelo, con los brazos llenos de heridas y su pelo cubierto de hojas. Miró hacia atrás y jadeó al ver una cuerda amarilla muy brillante alrededor de sus tobillos.
¿Qué demonios era eso?
Como contestando a su pregunta, unos ojos teñidos de rojo se abrieron en la oscuridad a pocos metros de sus pies. Kagome palideció y sintió que iba a desmayarse.
Ojos escarlata con iris de color azul eléctrico, justo como en aquella horrible pesadilla.
¿Estaría soñando otra vez?
Ese ser soltó un rugido que congeló cada una de las células de su cuerpo. Lo escuchó moverse, como preparándose para saltar sobre ella, y en ese momento algo rojizo cayó de una rama cercana, interponiéndose entre los dos.
—¡No, Sesshomaru!
La misteriosa cuerda desapareció y Kagome pestañeó, confundida. Sabía que estaba mareada, pero tenía que salir de allí.
Huir, necesitaba correr. Aquello era demasiado real para ser un sueño.
Intentó levantarse, haciendo una mueca al sentir un pinchazo en el pie izquierdo. Se había torcido el tobillo y probablemente tenía un esguince.
Al volver a levantar la mirada vio que esa figura rojiza tenía forma humana. Sus brazos estaban extendidos y por su espalda caía una melena completamente blanca que le llegaba por debajo de la cintura. Vestía algo que parecía un kimono rojo muy extraño y era alto, mucho más que ella. Además, su voz ronca y varonil le resultaba familiar.
El tiempo parecía pasar a cámara lenta, pero en realidad todo había ocurrido en tan solo unos segundos.
Ese chico giró su cuerpo hacia ella y Kagome contuvo el aliento al ver que en realidad no era humano. Tenía ojos dorados, dos orejas peludas sobre la cabeza y la estaba mirando de una forma muy extraña.
De repente, su cuerpo empezó a cambiar a toda velocidad. Unos enormes colmillos empezaron a sobresalir de sus labios y sus ojos se oscurecieron, volviéndose rojos como la sangre.
Kagome corrió sin mirar atrás. Aquel sueño que todavía no había olvidado había sido una premonición. Iba a morir a manos de un monstruo y no le iba a dar tiempo de escapar.
Igual que en su pesadilla, sintió que algo se abalanzaba sobre ella y volvió a tropezar, deteniendo el golpe con los brazos. Ese ser la tenía inmovilizada contra el suelo con su peso y acababa de sujetarle los brazos, impidiendo que se moviera.
—¡Suéltame! —gritó, retorciéndose con desesperación.
Unas uñas muy afiladas rozaron sus muñecas y Kagome volvió a gritar, intentando que aquella cosa la soltara. La agarró más fuerte, clavándole sus pies en la espalda y haciendo que se le saliera todo el aire de los pulmones. Al sentir su aliento en el cuello se quedó congelada, temiendo respirar. El ser resopló y volvió a escuchar su voz.
—Joder.
Algo atravesó su hombro y Kagome sintió un dolor muy agudo extendiéndose por todo su cuerpo. Chilló al detectar el olor de su propia sangre, sabiendo que iba a morir. Aquella criatura le estaba mordiendo, había clavado los dientes en su piel.
Intentó empujar su rostro lejos de ella con una mano y una luz brillante la cegó.
El ser desapareció de un salto. Kagome no dudó y se levantó lo más rápido que pudo, recorriendo los pocos metros que le faltaban para salir de aquel infierno.
En cuanto consiguió dejar los árboles atrás, cayó al suelo entre lágrimas.
Colocó una mano sobre su hombro y, al mirarla, vio su palma cubierta de sangre. Le habían dado un mordisco que todavía dolía y probablemente tenía todo el cuerpo lleno de moratones.
Se limpió las lágrimas con la otra mano, intentando recordar cuándo había empezado a llorar. Giró un poco la cabeza, mirando hacia los árboles con el terror todavía recorriendo sus venas, pero el bosque estaba tan tranquilo y silencioso como siempre.
Kagome se puso de pie, deseando alejarse cuando antes de allí y no volver jamás. Se quitó el pañuelo que llevaba atado al cuello y lo presionó contra su hombro para que la herida dejara de sangrar. Toda su ropa estaba llena de tierra y su camisa tenía manchas de sangre.
Intentando controlar su respiración, fue cojeando hasta la zona del camino donde empezaba la valla de metal mientras maldecía su lado curioso.
Nunca debería haber entrado en ese bosque. Era una idiota.
Sacó el teléfono, dejando salir un suspiro de alivio al comprobar que no se había roto y seguía funcionando. Buscó en su agenda el número de teléfono de los taxis y pidió que uno fuera a recogerla a la parte industrial de la ciudad, que estaba al final de ese camino.
Nadie podía enterarse jamás de lo que había pasado. Si alguien descubría que había entrado en el bosque Kagome corría el riesgo de acabar en la cárcel.
Siguió cojeando hasta que llegó al polígono y el taxista frunció el ceño al verla, bajándose del coche.
—¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado?
—Me he caído —respondió Kagome, evitando mirarlo a los ojos.
El hombre dio unos pasos hacia ella, ayudándola a acercarse a una de las puertas.
—¿Necesitas que te lleve al hospital?
—No, solo quiero volver a casa. Allí puedo curarme esto.
No muy convencido, el taxista cerró la puerta una vez que ella se sentó dentro y volvió al asiento del conductor, arrancando el motor.
—¿Estás segura? Te cuesta andar bien y puede que esa herida necesite puntos.
Kagome tapó mejor el mordisco de su hombro con el pañuelo, sacudiendo la cabeza.
—Lléveme al templo Higurashi, por favor.
En cuanto sintió el sabor de su sangre, Inuyasha reaccionó. ¡Le estaba mordiendo!
Kagome lo empujó y su mano brilló, quemando su piel. Dio un gran salto hacia atrás, alejándose de ella y viéndola correr hacia el mundo humano.
Una garra rodeó su garganta, lanzándolo contra el tronco de un árbol. Inuyasha jadeó, usando las dos manos para intentar liberarse. Enfocó la vista, viendo a un Sesshomaru completamente furioso frente a él.
A Inuyasha no le importó. Cuando estaba en su forma yōkai no le temía a nadie, ni siquiera a su propio hermano.
—¿Qué has hecho, maldito híbrido? —gruñó Sesshomaru, levantando su otra mano.
Sus dedos resplandecieron con una luz verdosa, señal de que iba a usar su poderoso veneno.
Inuyasha clavó sus largas uñas en el antebrazo de su hermano, pero no sirvió de nada. Su garra venenosa le atravesó el pecho y él jadeó, sintiendo que se enfadaba todavía más.
—¡Ha escapado por tu culpa, estúpido!
—¿Y vas a matarme?
Sesshomaru frunció el ceño. Sacó su garra y la sacudió, manchando el suelo del bosque con la sangre de Inuyasha.
—Debería hacerlo —gruñó, apretando más el agarre alrededor de su garganta.
Inuyasha tensó la mandíbula, arañando con una de sus manos el rostro del yōkai. No podía respirar.
—Ya basta —añadió Sesshomaru, soltándolo.
Inuyasha todavía seguía furioso. Al no ser un yōkai completo no podía controlar la rabia tan bien como su hermano.
Sesshomaru respiró hondo y el rojo de sus ojos desapareció. Las líneas magenta de sus mejillas volvieron a su tamaño normal y sus iris cambiaron a color dorado. Se llevó una mano al rostro, pasando un dedo por los cortes que le había hecho Inuyasha.
Él seguía apoyado en el tronco del árbol, respirando con dificultad. Su sangre demoníaca clamaba venganza y quería destrozar al yōkai que tenía justo enfrente, pero algo le decía que no era buena idea.
Con una de sus manos, taponó la gigantesca herida que le había hecho Sesshomaru y volvió a jadear al sentir que el veneno le estaba quemando por dentro.
—¿Sabes lo que has hecho, Inuyasha?
Él le dedicó un gruñido como respuesta.
—Tenías que matarla, pero te has transformado y la has marcado.
—No he podido evitarlo. Al olerla tan de cerca mi sangre demoníaca ha reaccionado —contestó Inuyasha con voz grave.
Sesshomaru entrecerró los ojos.
—Pues ahora esa humana lleva la marca de un yōkai bajo la piel. Ya sabes lo que eso significa.
Inuyasha volvió a gruñir y Sesshomaru chasqueó la lengua.
—Te mereces el dolor. Sabía que no ibas a ser capaz de acabar con ella, eres demasiado débil.
—Repite eso —rugió Inuyasha, apretando los puños y clavándose sus propias uñas.
Sesshomaru alzó una ceja, resoplando con desprecio.
—Patético. Cuando te tranquilices y vuelvas a ser tú te darás cuenta de lo que has hecho.
Sin decir nada más, empezó a levitar y desapareció entre los árboles.
Inuyasha se deslizó por el tronco del árbol hasta quedar sentado en el suelo, presionando las dos garras contra la herida de su pecho. Intentó respirar profundamente, tratando de tranquilizarse para volver a su forma de medio demonio.
La humana había escapado... y ahora llevaría su marca durante el resto de su vida.
Ah, y tenía poderes de sacerdotisa. Pero Sesshomaru no había visto eso.
