He estado fuera de mi país, pero ya he vuelto y sigo escribiendo. Otro capítulo más, espero que os guste!


Capítulo Once

Heridas


Kagome subió las escaleras del templo sintiendo que sus piernas temblaban. Al divisar la puerta de entrada a su casa agradeció que su familia estuviera fuera visitando a una de sus tías.

No podían verla con esa herida en el hombro o tendría que dar muchas explicaciones.

Estaba tan nerviosa que hasta el tercer intento no consiguió que la llave encajara en la cerradura. Una vez dentro de casa cerró la puerta y subió las escaleras lentamente, apretando el trozo de tela contra su hombro con fuerza.

Entró en el baño y jadeó al ver su reflejo en el espejo. Estaba muy pálida, tenía los ojos rojos y el rostro lleno de lágrimas. Y su pañuelo estaba cubierto de sangre.

Lo lanzó al lavabo, abriendo el grifo del agua caliente con manos temblorosas. Así sería más fácil librarse de las manchas.

Desabotonó su camisa con cuidado y la dejó caer dentro del agua, arrugando la nariz cuando la tela rozó su herida.

Los ojos se le volvieron a llenar de lágrimas al observarla mejor. Era un mordisco bastante profundo y todavía estaba sangrando.

Tras una ducha rápida se envolvió el pelo en una toalla y volvió a ponerse frente al lavabo, sacando su ropa y escurriéndola.

Suspirando, se agachó para coger la botellita de agua oxigenada que guardaban en el mueble. Primero lavó la herida con agua fría, apretando los dientes para aguantar el dolor, y tras eso dejó caer unas gotas del líquido transparente sobre ella.

Kagome cerró los ojos con fuerza, reprimiendo un grito cuando el desinfectante empezó a burbujear. Parecía que le estaba quemando la piel.

Se sujetó al borde del lavabo con las dos manos, jadeando mientras esperaba a que el dolor disminuyera. Unos segundos después, cuando volvía a ser soportable, abrió los ojos y se colocó de lado para poder ver mejor el mordisco.

Estaba justo entre su cuello y su hombro. Kagome sintió algo de alivio al pensar que, al menos, podría ocultarlo bajo su ropa. Si esa cosa le hubiera mordido en el cuello habría sido mucho más difícil evitar que la gente viera la herida.

Y, además, probablemente habría muerto desangrada.

Sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos y, tras cortar un trozo de gasa, la colocó sobre su piel de forma que cubriera toda la herida.

Pasó la media hora siguiente limpiando la ropa y el pañuelo, asegurándose de que su familia no descubriera lo que había pasado.

Nadie podía enterarse. Jamás.

Una vez vestida con su pijama, Kagome metió la ropa recién lavada en la secadora y caminó hasta la cocina, preparándose algo rápido de almuerzo.

Poco después volvió a subir a su cuarto y sintió que se quedaba paralizada por el terror.

Un yōkai la había mordido. Existían de verdad, y ella había estado a punto de no salir con vida de allí.

Aterrorizada, entró en su habitación y se acercó a la ventana, contemplando el patio del templo con nerviosismo.

No podían salir del bosque. Algo los retenía allí dentro y no podían ir a buscarla.

Si no se acercaba, no volvería a ver a los demonios nunca.

Su respiración se calmó lentamente.

Estaba a salvo. Había escapado.

El teléfono empezó a vibrar sobre la mesa, donde acababa de dejarlo, y Kagome se acercó para mirar la pantalla.

Era una llamada de Inuyasha.

La furia la invadió. Estaba enfadada tanto con él como con ella misma.

¿Por qué había entrado en el bosque sola? ¿Por qué Inuyasha no había salido a buscarla? ¿Y por qué no había corrido a ayudarla al escuchar sus gritos?

Cabreada, rechazó la llamada y apagó el teléfono. No quería saber nada de él ni de nadie. Solo quería estar tranquila.

Kagome se llevó una mano al hombro, apretando con suavidad sobre la herida y haciendo una mueca al sentir que todavía le dolía bastante.

Se tumbó sobre la cama, cubriendo su cuerpo con las sábanas. Lo único que quería era que ese día terminase y no pensaba levantarse hasta que volviera a amanecer.

Aunque intentó contenerse, su almohada acabó húmeda cuando finalmente consiguió quedarse dormida.


Inuyasha parpadeó varias veces, arrugando el entrecejo.

Kagome no había contestado, y ahora cada vez que la llamaba escuchaba una voz metálica diciendo que el número no estaba disponible.

Suspiró y dejó el aparato en el suelo, arrugando la nariz al sentir un dolor agudo en el pecho.

Se cubrió la enorme herida que afortunadamente había dejado de sangrar con una mano, resoplando. Su cuerpo se recuperaba mucho más rápido que el de un humano por lo que en un par de días no quedaría rastro del ataque de Sesshomaru.

Apretó los dientes, apoyándose en el tronco del árbol para levantarse.

Por la cantidad de luz del sol que se filtraba a través de las hojas debían ser las primeras horas del atardecer.

Inuyasha empezó a caminar por el bosque, maldiciendo entre dientes cada vez que sentía un pinchazo en el pecho. Si andaba más rápido la herida volvería a abrirse.

Necesitaba asegurarse de que Kagome estaba bien o no iba a poder quedarse tranquilo.

Y de ninguna forma iba a esperar hasta la siguiente luna nueva para descubrirlo.


Ya estaba atardeciendo cuando Inuyasha recogió su chaqueta roja, recién lavada en el agua del río que había a unos pasos de su cueva. El tejido era mágico y se regeneraba por sí solo a la vez que paraba flechas, lanzas y cuchillas como si fuera un escudo.

Aunque no era lo suficientemente fuerte como para detener las garras de Sesshomaru. Nada lo era.

La escondió en el sitio de siempre junto con la espada de su padre. Si iba a intentar salir al mundo humano, lo mejor era llevar la misma ropa que ellos por si se cruzaba con alguien.

Sus dos orejas eran imposibles de disimular, pero contaba con ser capaz de ocultarse de miradas indeseadas.

Antes de abrochar su camisa, observó la herida de su pecho con el ceño fruncido. Aunque se había cerrado, todavía le dolía al caminar.

Hubo un momento en el que su vista se había vuelto borrosa mientras regresaba a la pradera. Con el paso de las horas su cuerpo había absorbido y neutralizado el veneno, por lo que ya se encontraba mucho mejor.

El maldito de Sesshomaru se las pagaría.

Una vez que terminó de vestirse avanzó en dirección sureste, hacia la gran valla metálica, andando lo más rápido que podía sin arriesgarse a que su herida se abriera de nuevo.

Estaba casi seguro de que podía encontrar el punto más cercano al templo de Kagome.


La oscuridad envolvía el bosque de los demonios cuando Inuyasha divisó la valla.

Se había cruzado con varios yōkai, pero ninguno lo había detectado y se alegraba por ello. No tenía ganas de pelear esa noche.

Tras detenerse, sacó el teléfono e intentó llamar a Kagome una última vez. Gruñó al escuchar de nuevo esa voz extraña y lo guardó en su bolsillo.

Se mantuvo oculto tras el tronco de un árbol durante unos minutos, con sus orejas apuntando en todas direcciones para comprobar que no había nadie cerca.

Una vez que estuvo completamente seguro de que estaba solo, Inuyasha se acercó a la valla sigilosamente. Levantó una de las manos y dudó un momento, pensando si sería buena idea arriesgarse a tocar el metal.

No era un demonio, ni tampoco era humano. ¿Podría cruzar al otro lado?

Su instinto le decía que sí, por lo que apretó la mandíbula y rozó la valla con la punta de sus dedos. Al instante sintió una corriente eléctrica recorriendo todo su cuerpo y atacando sus músculos.

Inuyasha contuvo un gruñido y se movió hacia delante, apoyando las dos manos en la valla.

Dolía, pero no estaba muerto. Si lo intentaba podría pasar.

Se sujetó a la valla y empezó a escalar, murmurando maldiciones cada vez que sentía un latigazo bajando por su espalda.

Cuando consiguió llegar a la parte alta, jadeó y miró a su alrededor.

Ningún humano a la vista. En aquella zona solo había árboles y a lo lejos se veía una pequeña colina, donde sospechaba que se encontraba el templo.

La fuerza de la barrera iba a hacer que se desmayara si seguía ahí mucho tiempo. Dio un gran salto y aterrizó en la rama de uno de los árboles que había enfrente.

Inuyasha clavó las garras en su corteza y se incorporó, mirando sobre su hombro.

El bosque Yōkai seguía pareciendo estar en completo silencio, como cada vez que lo observaba desde fuera.

Una sonrisa de satisfacción se extendió por su rostro.

Lo había conseguido. Había salido de allí sin ser humano, y sabía que era el primero en lograrlo porque no había más híbridos en su bosque.

Todavía sonriendo, Inuyasha comenzó a saltar de árbol en árbol, deteniéndose cada pocos segundos para escuchar a su alrededor.

Aquel pequeño bosque era de los pocos lugares de la ciudad donde seguía habiendo naturaleza. Los humanos solo pasaban por allí de vez en cuando y habían hecho varios senderos de tierra que serpenteaban entre los árboles.

Una vez que llegó al pie de la colina, Inuyasha se detuvo a olfatear.

El olor de Kagome era cada vez más intenso. Nunca había seguido su rastro estando en su forma híbrida y así le resultaba mucho más fácil captar su aroma.

Recorrió con la mirada la cuesta que tenía delante, entrecerrando los ojos.

A lo mejor ella no estaba en el templo. Llevaba toda su vida viviendo ahí por lo que toda la zona estaba marcada con su olor.

Siguió avanzando con pasos sigilosos, temeroso de que algún humano estúpido estuviera haciendo una excursión nocturna por aquella zona. Al llegar a lo alto, subió a una de las ramas superiores del primer arbol que encontró y se quedó en silencio, recorriendo con su mirada el gran patio de piedra.

Un gran altar antiguo en el centro estaba cubierto de ofrendas. Justo a la derecha había un pequeño cobertizo de madera con un cartel en la puerta.

"Pozo devorador de huesos". Inuyasha sacudió la cabeza, preguntándose qué podía ser eso.

A la izquierda había dos edificios pequeños que anunciaban ser la oficina y el almacén, también de madera. Y justo delante de él estaba la casa familiar de dos pisos.

Inuyasha apuntó con sus orejas hacia delante, intentando escuchar algo. Consiguió distinguir cuatro corazones latiendo a un ritmo tranquilo.

Todos estaban dormidos.

Bajó hasta el suelo con cuidado y presionó una mano contra su pecho, comprobando que su herida seguía cerrada.

Sin hacer ruido, rodeó la casa hasta que estuvo delante de la puerta principal. Todo estaba apagado, no había ninguna luz en el interior.

Inuyasha alzó la cabeza y cerró los ojos, concentrándose en sus sentidos.

El olor de Kagome era más fuerte en el segundo piso, justo detrás de una de las ventanas.

Volvió a abrir los ojos y saltó ágilmente hacia el tejado, aterrizando con suavidad.

Tras asegurarse de que los humanos no se habían despertado se sentó justo en el borde y, agarrando el filo con las manos, se descolgó sobre el alféizar de la ventana.

El marco era de madera blanca y el cristal tan fino que con un pequeño golpe podría romperlo en mil pedazos. Pero no había ido hasta allí para eso.

Inuyasha metió sus uñas en la parte izquierda del marco de la ventana, empujando muy despacio hacia la derecha.

Sonrió cuando la madera empezó a moverse. No estaba cerrada.

Una vez abierta, se deslizó por el hueco y aterrizó agachado sobre una alfombra violeta.

Fue como si alguien lo golpeara. El aroma de Kagome era tan intenso que sintió que se mareaba. Cerró los ojos y se concentró en su respiración, obligando a su cuerpo a concentrarse.

Todo olía a ella en aquella habitación.

Inuyasha miró a su alrededor con los ojos muy abiertos, siguiendo la dirección de los latidos. Kagome estaba dormida en su cama, aunque parecía bastante agitada.

Se puso de pie, mirándola fijamente. ¿Estaba teniendo una pesadilla?

Dio unos pasos hacia ella mientras una de sus orejas apuntaba hacia la puerta. No quería arriesgarse a que alguno de los otros humanos lo descubriera allí dentro.

Al detenerse justo al lado de la cama, su respiración de la humana se ralentizó y su expresión se relajó.

Inuyasha frunció el ceño, recorriendo el rostro de aquella chica con su mirada.

El aroma a sal inundaba la habitación, debía haber llorado antes de quedarse dormida. Llevaba puesto un conjunto de color rosa y el pelo negro recogido en una larga trenza que estaba apoyada sobre la almohada.

Inuyasha se inclinó, buscando la zona donde sabía que estaba su marca. Aunque estaba cubierta el olor a sangre era inconfundible.

Con sus ojos fijos en los de Kagome, movió hacia un lado el cuello de su camiseta hasta que dejó al descubierto su hombro.

Ella seguía tan tranquila que ni se movió.

Inuyasha apretó los labios. Aunque estuviera dormida, podía sentir su presencia y eso la había calmado.

Decidió no pensar en eso y, con mucho cuidado, levantó la gasa que estaba cubriendo el mordisco.

Al conseguirlo, se mordió la lengua para no maldecir. Esa herida tenía que doler bastante.

Volvió a mirar a Kagome y, muy despacio, se agachó hasta que rozó su piel con los labios. Recorrió la herida con la punta de su lengua, pendiente de cualquier señal que indicara que la humana iba a despertarse.

Kagome suspiró, pero siguió durmiendo.

Él volvió a lamer la marca dos veces más y se alejó para ver el resultado. Tenía mucho mejor aspecto que antes.

En el libro de su padre había leído que la saliva de los yōkai tenía poderes curativos, y parecía ser cierto. Aunque solo tenía efecto sobre sus compañeras.

La piel se estaba poniendo de color rosa, como si la herida tuviera días en vez de horas.

Satisfecho, volvió a colocar la gasa sobre el mordisco y dio dos pasos hacia atrás.

Caminó hasta la ventana sin dejar de observar a la humana. Cuando estaba a punto de salir escuchó que su respiración se aceleraba y miró hacia atrás con los ojos muy abiertos, temiendo que se hubiera despertado.

No, Kagome seguía dormida. Pero volvía a estar inquieta.

Inuyasha puso los ojos en blanco. Volvió a su lado y se sentó en el suelo, apoyando la espalda en el borde de la cama.

Se quedaría un rato para que Kagome no tuviera pesadillas. Después de lo que le había hecho, si podía ayudarla a tener una noche tranquila... se lo debía.

Inuyasha rodeó sus piernas con los brazos, apoyando la barbilla en sus rodillas y suspirando.

Todo se estaba volviendo cada vez más complicado.


Cuando Kagome se despertó, lo primero que hizo fue llevarse una mano al hombro.

El mordisco ya apenas le dolía.

Se sentó en la cama, mirando a su alrededor y frunciendo el ceño al ver que la ventana estaba un poco abierta. Eran solo unos centímetros, pero tenía el recuerdo de haberla cerrado del todo antes de dormir.

Suspirando, se levantó y caminó hasta la pared para cerrarla. Kagome sintió algo bajo sus calcetines y arrugó el entrecejo, confundida.

¿Por qué había tierra en el suelo de su habitación?

Se encogió de hombros. Probablemente había caído de su ropa sucia cuando volvió a casa y no se había dado cuenta.

Todavía era muy temprano. La luz del sol estaba empezando a entrar en su habitación y se escuchaba el canto de los pájaros que vivían en los árboles del templo.

Kagome abrió un poco más la ventana para que entrara aire fresco y, tras coger ropa limpia, se dirigió al baño. Cuando se quitó la camiseta del pijama tuvo que taparse la boca para no gritar.

Su herida había cambiado.

La noche anterior seguía roja y se estaba empezando a formar una costra horrible, pero en ese momento no había ni rastro de la sangre. La piel estaba cicatrizada como si la hubieran mordido hacía bastante tiempo.

Kagome pasó sus dedos por encima de la herida, arrugando la nariz al sentir escozor.

¿Cómo demonios se había curado tan rápido?

Todavía pensando en ello, entró en la ducha y abrió el agua caliente. Tenía un examen en unas horas y necesitaba repasar sus apuntes. Contaba con haberlo hecho la tarde anterior, pero después de lo que pasó en el bosque prohibido no tuvo fuerzas para estudiar.

Ya vestida, Kagome bajó las escaleras y saludó a su familia.

Su madre estaba un poco preocupada por no haberla visto al llegar, pero ella le quitó importancia diciendo que estaba muy cansada y había decidido irse a dormir pronto.

Después de desayunar recogió sus apuntes y los metió en su mochila, colocándose los zapatos en la entrada.

Su abuelo se asomó al pasillo, deseándole suerte antes de que saliera. Kagome le dedicó una sonrisa y abrió la puerta principal.

El patio del templo estaba completamente vacío. A esas horas nadie iba a rezar o entregar ofrendas en el altar.

Al pasar junto a su árbol favorito, el más grande de todos, Kagome rozó el tronco con los dedos y suspiró.

Sintió que una oleada de tranquilidad la invadía y frunció el ceño, levantando la vista hacia las ramas más altas. El viento movía sus hojas verdes y el árbol centenario estaba tan imponente como siempre.

Suspirando de nuevo, se alejó hacia las escaleras del templo mientras encendía su teléfono.

Tenía dos llamadas perdidas de Sara, cuatro de Inuyasha y decenas de mensajes de sus amigas.

Kagome lo guardó de nuevo en el bolsillo. Todavía no estaba preparada para contestar las preguntas de Sara, que sabía que había ido al bosque. Ni sabía qué decirle a Inuyasha.

Lo único que importaba ahora era su examen.


Inuyasha se escondió mejor entre las hojas del árbol en cuanto la vio salir por la puerta.

Se había quedado dormido en la habitación de Kagome y ella casi lo había pillado. Sus orejas captaron un cambio en su respiración y se despertó antes que ella, saliendo por la ventana a la velocidad del rayo y con su corazón desbocado.

Kagome caminó hasta el árbol donde él estaba, deteniéndose junto al tronco. Él cerró los puños, pegando más la espalda contra la rama en la que estaba tumbado.

La vio mirar hacia arriba y pensó que lo había descubierto. Pero Kagome siguió su camino, descendiendo la escalinata de piedra.

Inuyasha suspiró, secando el sudor de su frente con el brazo. Había faltado poco.