Últimamente no he tenido tiempo para escribir, pero ya vuelvo a las andadas. Aquí tenéis un capítulo nuevo
Capítulo Doce
Mintiendo
A la mañana siguiente Inuyasha estaba tumbado en una de las ramas de un árbol cercano a la frontera del bosque de los demonios con Tokio. Había esperado hasta el atardecer para volver.
En la oscuridad era más difícil que algún humano consiguiera descubrirlo. Su visión nocturna era penosa.
Inuyasha levantó su teléfono, contemplando la pantalla en silencio. La batería estaba cargada otra vez y eran casi las diez de la mañana.
Necesitaba hablar con ella. Se iba a volver loco si no escuchaba su voz otra vez.
Apretó los dientes y pulsó el nombre de Kagome en la pantalla, saltando hasta la rama más alta del árbol.
Inuyasha resopló al escuchar el cuarto pitido. Parecía que ese día también lo iba a ignorar.
—¿Inuyasha?
El aire abandonó sus pulmones de golpe. Apoyó la espalda sobre el tronco y dejó salir un suspiro de alivio.
—Kagome.
Ninguno de los dos volvió a hablar durante lo que parecieron minutos. Inuyasha no sabía qué decir, y podía escuchar la respiración acelerada de Kagome. Estaba enfadada.
—Estaba preocupado por ti —añadió en un susurro, cerrando los ojos y sacudiendo la cabeza al escucharse a sí mismo.
Patético.
Kagome resopló.
—Me mentiste, Inuyasha. Me dijiste que no era peligroso.
—Te busqué por todas partes, pero... me perdí, Kagome. A veces me desoriento ahí dentro, y no tenía cobertura. Cuando conseguí salir te llamé, pero no contestaste.
—¡Me atacaron! ¡Casi muero ahí dentro!
Él sintió que los latidos de su corazón se aceleraban. No le gustaba la voz de Kagome cuando estaba cabreada.
—¿Qué?
—¡No te hagas el tonto conmigo, Inuyasha! Es imposible que no los hayas visto si has estado en ese maldito bosque tantas veces como dices.
Inuyasha arrugó el entrecejo. Ahora estaba completamente seguro de que no lo había reconocido al verlo en su forma de medio demonio.
—¿De qué estás hablando, Kagome? ¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado?
Escuchó un suspiro ahogado, como si ella estuviera intentando no llorar, y cerró los puños para contener la rabia.
—¿De verdad tú no los has visto? —preguntó Kagome en un susurro.
—¿Ver el qué? ¿Quién te atacó? ¡Dímelo, Kagome! —exigió él, apretando los dientes.
—¡Los demonios! No son ninguna leyenda, viven en el bosque y vinieron a por mí.
Una suave brisa movió su larga melena blanca plateada y algunos mechones se enredaron entre las hojas del árbol.
Inuyasha apretó la mandíbula, entrecerrando los ojos. Era difícil pensar en lo que contestaría un humano que no tuviera ni idea de lo que ocurría dentro del bosque Yōkai.
—¿Estás segura de que no fue un animal? A veces he visto osos en ese bosque.
—Vi a dos demonios, y uno de ellos conocía nuestro idioma. ¡Lo escuché hablar en japonés, Inuyasha! ¡Y después se abalanzó sobre mí y me mordió!
Inuyasha cerró los ojos y trató de no dejarse llevar por el calor que estaba empezando a sentir bajo su piel, recorriendo sus venas y abrasando todo a su paso.
Recordar todo lo que había pasado lo estaba poniendo furioso. Si no tenía cuidado podía transformarse en yōkai, y Kagome tendría pesadillas el resto de su vida si escuchaba uno de sus gruñidos por teléfono.
—¿Te mordió? ¿Dónde?
—En el hombro, muy cerca del cuello. Pensaba que me iba a desangrar, fue el peor momento de mi vida —murmuró ella, sollozando suavemente.
Inuyasha levantó la mirada hacia el cielo, contando las nubes para distraerse y no pensar más en las ganas que tenía de destruir algo... o a alguien.
—No me puedo creer que no escucharas mis gritos —añadió Kagome, casi sin voz.
Empezó a llorar y el corazón de Inuyasha se encogió.
—Lo siento, Kagome. No vi ni escuché nada... todo esto es culpa mía.
—Debiste esperarme. ¿Por qué entraste sin mí?
—No lo sé, estoy acostumbrado a pasear solo por el bosque y no pensé que fuera a pasar nada malo. Yo nunca te pondría en peligro, Kagome. Tienes que creerme.
Dos días antes esas mismas palabras habrían sido una gran mentira, pero Inuyasha se dio cuenta de que lo pensaba de verdad. Lo último que quería era volver a hacerle daño.
Escuchó otro sollozo y bajó la mirada, mordiéndose la lengua tan fuerte que sintió el sabor de su propia sangre.
Inuyasha sacudió la cabeza, resoplando. Definitivamente se estaba volviendo loco.
—¿Puedes venir a verme? No puedo hablar de esto con nadie, solo contigo —pidió Kagome en un susurro.
Él dejó caer la cabeza hacia atrás, golpeando el tronco del árbol.
—No puedo, Kagome. Esa misma tarde tuve que marcharme y no podré volver a Tokio hasta dentro de tres semanas.
Cerró los ojos al escucharla llorar otra vez.
—Te llamaré todas las mañanas hasta que vuelva, te lo prometo. Y en cuanto llegué a Tokio iré a verte.
—¿De verdad no viste nada, Inuyasha? ¿Ni escuchaste mis gritos?
—No.
Kagome dejó salir un largo suspiro.
—Odio que solo pases un día al mes en Tokio.
—La próxima vez me quedaré más tiempo.
Inuyasha se sentó sobre la rama, relajando su postura al notar que su rabia estaba desapareciendo.
Si Kagome se tranquilizaba, él también se sentía mejor.
—Prométeme que no volverás a dejarme sola —exigió ella en voz baja.
—Te doy mi palabra, Kagome.
Sus orejas se movieron al escuchar un ruido sordo. Ella se había dejado caer sobre su cama.
—¿Cuándo volverás?
—Aún no sé el día exacto.
Inuyasha se pasó la lengua por los dientes. Su propio mordisco ya se había curado.
—¿Cómo está tu herida, Kagome? ¿Es muy grande?
—Está bien... Es bastante raro, pero se está curando muy rápido. Ya casi no me duele.
Inuyasha sonrió.
—Me alegro de oír eso.
—Yo... Inuyasha, tengo que estudiar. En tres días tengo un examen y necesito concentrarme.
—De acuerdo, Kagome. Hablamos mañana.
—Hasta mañana.
Tras colgar, Inuyasha flexionó las rodillas y bajó de un salto al suelo. Las hojas amortiguaron el sonido de su caída, aunque la penumbra del bosque no era suficiente para ocultar su llamativa chaqueta roja.
Un yōkai lagarto fijó sus ojos negros en él, gruñendo en su dirección. Inuyasha se aseguró de que había atado bien el télefono en su cinto antes de girarse.
Le dedicó una sonrisa malvada, mostrándole sus garras y agachándose para saltar sobre él.
Todavía seguía con ganas de una buena pelea.
Kagome dejó el teléfono sobre la mesa, suspirando y apoyando la cabeza en sus brazos.
Todavía seguía bastante enfadada y le costaba creer que Inuyasha nunca hubiera visto nada raro en el bosque.
Pensó en la foto que él le había enviado el día después de conocerlo, una de las pruebas de que había estado allí dentro.
¿Y si ella había tenido mala suerte?
Kagome sacudió la cabeza, bufando.
Los demonios eran reales y el bosque prohibido era un lugar muy peligroso. Eso era lo que realmente importaba.
Tenía que convencer a Inuyasha para que no volviera a adentrarse nunca entre esos árboles. Kagome sintió un nudo muy doloroso en el estómago solo de pensar en que los yōkai lo atraparan y no pudiera volver a verlo jamás.
Su respiración se alteró al recordar la conversación que habían tenido.
Tal vez había sido demasiado dura con él, en realidad no todo era culpa suya. Ella era una mujer adulta y entrar en el bosque había sido su decisión. Debería haber insistido en que saliera a buscarla o llamarlo, pero Kagome prefirió ir en su busca.
Los dos tenían la culpa de lo que había pasado, no solo él.
Kagome dejó salir un suspiro tembloroso, cerrando los ojos. Habían pasado dos días, pero seguía estando muy tensa y nerviosa.
Su teléfono empezó a vibrar otra vez y lo miró, preguntándose si sería Inuyasha de nuevo.
Al ver el nombre de Sara en la pantalla se mordió el labio inferior y contestó la llamada.
No podía contarle la verdad a su mejor amiga.
—Hola, Sara.
—¡Kagome! ¡Prometiste llamarme para contármelo todo! Sé que tuviste un examen ayer pero necesito saber cómo fue vuestra pequeña aventura.
Kagome chasqueó la lengua, apoyando la barbilla en una de sus manos.
—Sabes que no podemos hablar de esto por teléfono.
—¿Y si voy a verte? Podríamos comer juntas y así descansas un poco de tanto estudiar.
Ella desvió la mirada un momento hacia la montaña de apuntes que había en el lado derecho de su mesa, suspirando.
—No es mala idea. Mi familia ha salido y estoy sola.
—¡Genial! En dos horas estaré allí, yo me encargo de la comida.
—Vale, Sara. Nos vemos en un rato.
—¡Hasta luego!
Kagome se llevó las manos al rostro, enredando los dedos en su flequillo tras colgar.
¿Qué le iba a decir a Sara? No podía contarle nada sobre los demonios, pero sabía que a ella también le llamaba mucho la atención el bosque prohibido y que no iba a detenerse hasta averiguar la verdad.
Gruñendo entre dientes, alargó la mano para coger sus apuntes de anatomía.
Los secretos siempre acababan saliendo a la luz, y todavía no estaba preparada para aceptar lo que había pasado.
Tendría que mentirle. No quedaba otra.
Cuando escuchó el timbre Kagome soltó el bolígrafo y se levantó, suspirando mientras se acercaba al espejo de su cuarto.
No tenía tan mala cara como el día anterior, pero Sara se iba a dar cuenta de que le pasaba algo. Intentó sonreír y desistió al ver la mueca que se formaba en su cara.
Movió un poco el cuello de su camiseta hacia el lado con un dedo, apretando los dientes al ver la cicatriz rosa en forma de media luna.
Al menos ya no le dolía. Tan solo sentía un pequeño pinchazo de vez en cuando.
Kagome salió de su habitación y bajó la escaleras de dos en dos, corriendo hacia la entrada.
Y, al abrir la puerta, allí estaba una de sus mejores amigas.
—¡Kagome! —chilló Sara, abalanzándose sobre ella para darle un gran abrazo.
Ella la rodeó con sus brazos, sintiéndose mejor con la presencia de su amiga.
—Hola, Sara.
—He traído comida para las dos —anunció ella, alejándose un poco y mostrándole una bolsa mientras se quitaba los zapatos.
Kagome sonrió y Sara frunció el ceño.
—¿Qué te pasa?
—No es nada. Solamente estoy cansada.
Sara puso los ojos en blanco, cogiendo su mano y arrastrándola hacia el comedor.
—Necesitas energía. Siéntate, yo me encargo de todo.
Kagome se sentó en una de las sillas, observando a Sara mientras sacaba platos y vasos del armario de la cocina y los colocaba en la mesa.
—Gracias —murmuró, sonriendo cuando colocó una bandeja llena de comida en el centro.
Sara sonrió, sentándose frente a ella con una jarra de agua en su mano.
—Te veo desanimada. ¿No te gustó la aventura en el bosque?
Todo el cuerpo de Kagome se tensó de inmediato. Suspiró, levantando la mirada.
—Fue una decepción. Solo vimos árboles y un par de ardillas.
Su amiga arrugó el entrecejo, ladeando un poco la cabeza mientras Kagome repartía el almuerzo en los dos platos.
—¿Hiciste fotos?
Ella sacudió la cabeza.
—No merecía la pena. Era todo un poco tétrico pero, por lo demás, era como cualquier otro bosque. No tiene nada de especial.
—¿Cómo puedes decir eso? Llevas años obsesionada con esos árboles y todo el secretismo que hay al respecto.
—No sé qué decirte, Sara —añadió Kagome, encogiéndose de hombros. —No he visto nada y sigo sin tener una explicación para lo que pasa en Google Maps. Supongo que nunca lo entenderemos.
Los ojos de Sara se abrieron mucho y soltó sus palillos en la mesa.
—¿Te vas a rendir? ¿Así, sin más?
—¿Qué más puedo hacer? Allí no hay nada y lo que pasa no tiene explicación.
—Tal vez no había nada donde miraste. El bosque de los demonios es gigantesco y estoy segura de que esconde algo en su interior.
Kagome se pasó la lengua por los dientes, desviando la mirada.
—No hay nada, Sara. Es mejor olvidar el tema y seguir con nuestras vidas.
Su amiga entrecerró los ojos.
—Me da la impresión de que me estás ocultando algo, Kagome.
Una gota de sudor bajó por su espalda, y fijó la mirada en Sara.
Necesitaba convencerla para que no se le ocurriera acercarse por allí. Cuanto más lejos estuviera del bosque de los demonios, mejor.
—¿Por qué iba a mentirte?
Sara se encogió de hombros.
—No lo sé.
—Estoy diciendo la verdad.
—Está bien, de acuerdo —gruñó ella, volviendo a sujetar sus palillos.
Kagome sabía que no estaba convencida, aunque al menos las preguntas habían terminado. Empezó a hablar de los exámenes que le quedaban y Sara suspiró.
—Estoy deseando que termines.
—Yo también. Ya solo me quedan tres —murmuró Kagome, sonriendo.
—¿Y cuándo empezarán tus prácticas en el hospital?
—El mes que viene.
—Es muy emocionante —comentó Sara, alargando una mano hasta atrapar la suya.
La imagen de unos ojos rojos apareció en su mente. Kagome sacudió la cabeza, apretando los dientes.
—Sí, lo es. Por fin voy a ser médico.
—Ojalá te toque en mi planta. Me encantaría trabajar cerca de mi amiga —comentó Sara, sirviéndose un poco más de agua.
Kagome sonrió de verdad por primera vez desde hacía varios días.
—A mí también.
Había intentado resistirse, pero al final no pudo evitarlo.
Aunque era de día, volvió a salir del bosque de los demonios por la parte más cercana al templo de la humana. Atravesar la barrera mágica seguía siendo doloroso, pero podía hacerlo.
Lentamente y muy atento a cualquier ruido fue saltando de árbol en árbol hasta llegar a la ladera. Una vez allí olfateó en todas direcciones hasta estar seguro de que no había nadie cerca y subió la colina, deteniéndose al llegar al templo.
Ni Kagome ni su familia estaban en el patio. Tampoco había ningún humano cerca del altar.
Inuyasha movió sus orejas en dirección a la casa, entrecerrando los ojos.
Dos latidos. Kagome no estaba sola.
Decidió volver a esconderse en el árbol más grande de todos así que corrió hacia él, ocultándose en las ramas más altas.
Inuyasha se tumbó, apoyando la espalda en el tronco y asegurándose de estar bien escondido.
Sus orejas se inclinaron hacia la izquierda al escuchar una risa femenina.
Esa voz no la había escuchado antes. No era la de la madre de Kagome.
Las horas pasaron y el sol empezó a ponerse.
Inuyasha arrugó la nariz cuando su estómago rugió. Debería haber comido algo antes de salir del bosque.
Escuchó el ruido de la puerta principal y se incorporó un poco, asomándose entre las hojas para poder ver a esa humana desconocida.
Arrugó el entrecejo al mirarla. Se parecía mucho a Kagome, aunque era mayor y tenía los ojos más oscuros.
Ella se giró, agitando la mano en dirección a la casa.
—¡Hasta pronto, Kagome!
—¡Adiós, Sara! ¡Gracias por venir!
—¡Nos vemos cuando termines los exámenes!
La humana caminó hasta el principio de la escalinata de piedra, descendiendo los escalones mientras tarareaba una canción.
Inuyasha se rascó una oreja, observándola alejarse. Era una amiga de Kagome, aunque no la recordaba del día que se acercó a ella en la discoteca.
Sacudió la cabeza, apretando la mandíbula y volviendo a mirar hacia la casa.
No le interesaban los humanos. Kagome era la única excepción.
Esperaría hasta que estuviera dormida y volvería a entrar para comprobar que estaba bien.
El canto de los grillos despertó a Inuyasha. Se había quedado dormido viendo la puesta de sol.
Apoyó una de sus garras en el tronco y se inclinó, escudriñando el hogar de Kagome en la oscuridad.
No había ninguna luz y podía escuchar los latidos de su corazón en la segunda planta. Ya estaba en su cuarto.
Bajó al suelo sigilosamente, saltando a lo alto del tejado. Como las otras veces, se sujetó al borde con ambas manos y se dejó caer hasta rozar el alféizar de su ventana con los pies.
Inuyasha tocó el marco de la ventana y sonrió.
No estaba cerrada, ella siempre la dejaba abierta.
La deslizó hacia la derecha y entró en el cuarto, aterrizando sobre la alfombra.
Kagome estaba en la cama, murmurando algo en sueños. En cuanto se acercó más su rostro se relajó y su respiración volvió a la normalidad.
Inuyasha apretó los labios, suspirando por la nariz.
Se quedaría de nuevo toda la noche para evitar que tuviera pesadillas con su presencia. Era la única forma que tenía de compensarla por lo que había pasado, y estaba dispuesto a hacerlo cada noche hasta que Kagome no lo necesitara.
Se sentó en el suelo, apoyando la espalda en el borde de la cama.
La escuchó suspirar y miró sobre su hombro, observando su rostro. Estaba calmada y sus labios se curvaban un poco, como si estuviera sonriendo.
Inuyasha frunció el ceño y volvió a mirar al frente, sacudiendo la cabeza.
No era una buena señal que se preocupara tanto por ella. Todo se estaba descontrolando.
