Capítulo Trece

Solamente dos


Kagome abrió los ojos, mirando hacia su mesita de noche. Faltaban cinco minutos para que sonara la alarma.

No entendía por qué, pero llevaba varias semanas durmiendo mejor que nunca. No se despertaba en toda la noche, no tenía pesadillas y dormía profundamente.

Y, tras lo que ocurrió en el bosque, había esperado que pasara justo lo contrario.

Todavía sentía escalofríos cuando recordaba los ojos rojos de aquellos dos demonios. Los arañazos de sus brazos y piernas ya prácticamente habían desaparecido, aunque la marca del mordisco aún seguía en la curva de su cuello.

Hasta ahora nadie lo había visto. Kagome intentaba no usar camisetas de tirantes, pero una vez que empezara a hacer calor no iba a poder evitarlo. Para entonces esperaba que la cicatriz ya fuera más blanquecina y no se notara tanto.

Aún seguía siendo de color rosa, pero hacía días que no había vuelto a molestarle.

Suspiró, incorporándose y contemplando el libro que había sobre su mesa.

Aquel día tenía su último examen. Por fin iba a ser libre, ya no tendría que volver a estudiar más.

En un par de semanas empezarían sus prácticas en el hospital, donde podría almorzar con Sara cada día. Ella había estudiado enfermería y llevaba trabajando allí cuatro años.

Había quedado después con ella y Sango. Las tres iban a ir juntas al McDonald's para celebrarlo.

Tras una ducha caliente Kagome cogió su mochila y salió de casa, despidiéndose de su abuelo.

Cuando volviera a verlo ya habría dejado de ser una estudiante.


Kagome suspiró al llegar al centro comercial donde había quedado con sus amigas. Entró en el enorme edificio de cristal y subió por las escaleras mecánicas hasta la segunda planta, donde estaban todos los restaurantes.

No pudo evitar sonreír al ver a Sango apoyada en la barandilla de metal mirando su teléfono con aire ausente.

—¡Sango!

Ella levantó la mirada y le dedicó una sonrisa.

—¡Mi querida oncóloga!

La sonrisa de Kagome se amplió y se lanzó a los brazos de su amiga.

—¿Qué tal te ha ido? —preguntó Sango, rodeándola con sus brazos.

—Mucho mejor de lo que esperaba.

—¿Entonces ya es oficial?

Kagome se separó un poco de ella, ladeando la cabeza.

—Todavía tienen que decirme las dos últimas notas, pero... sí, creo que ya puedo decir oficialmente que he terminado.

—¡Genial! Esto tenemos que celebrarlo con una buena ración de comida rápida —dijo, cogiendo sus manos.

Kagome asintió.

—¿Sara todavía no ha llegado?

Sango sacudió la cabeza.

—No la he visto.

Kagome dio un paso atrás y sacó su teléfono. Era muy raro que Sara no fuera puntual.

—Voy a llamarla.

Justo cuando estaba a punto de marcar su número recibió un nuevo mensaje. Kagome frunció el ceño, abriendo la conversación.

Era de Sara.

No me esperéis, Kagome. No voy a llegar a tiempo

—¿Qué pasa? —preguntó Sango, extrañada al ver la cara de su amiga.

—Es un mensaje de Sara. Dice que va a llegar tarde.

Podemos esperarte

No lo hagáis. Estoy muy lejos

¿Dónde estás, Sara?

Lo siento, Kagome.

Kagome sintió un nudo en la garganta. Sango y ella ya habían entrado en el McDonald's y se acababan de sentar en una de las mesas.

¿Por qué te disculpas?

Sé que no querías que viniera, pero también sé que me has estado mintiendo.
Necesito ver con mis propios ojos lo que pasa en este bosque, y ahora que estás lejos no podrás detenerme

Kagome jadeó y Sango arrugó el entrecejo.

—¿Qué pasa? ¿Dónde está Sara?

¡No vayas! ¡No entres ahí, Sara!

Al ver que no contestaba Kagome pulsó el icono de llamada y se acercó el teléfono a la oreja, clavando la mirada en Sango que estaba justo frente a ella y no entendía nada.

Fuera de cobertura.

—Mierda, mierda, mierda —murmuró Kagome entre dientes, colgando y volviéndolo a intentar.

Sango sujetó una de sus manos.

—Me estás asustando. ¿Qué es lo que pasa?

Ella dejó el teléfono sobre la mesa y se llevó las manos al rostro, intentando contener las lágrimas. Sango también sabía que llevaba años obsesionada con la leyenda del bosque de los demonios, pero no le había contado su pequeña aventura en el mundo yōkai.

—Sara no va a venir, ella está... —Kagome tragó saliva, mirando a su alrededor y bajando la voz. —Ella acaba de entrar en el bosque prohibido.

Sango abrió mucho los ojos, cubriéndose la boca con la mano.

—Estás bromeando.

—Ojalá, Sango. Ella no me ha creído y ha ido ahora que no se lo puedo impedir —añadió Kagome, ahogando un sollozo.

Sango la observó en silencio un momento.

—¿Es que tú también has entrado?

Kagome asintió, evitando su mirada. No quería que se enfadara con ella.

—¿Sabes en qué parte de la valla está? —preguntó en un susurro.

Kagome sacudió la cabeza, haciendo que varias lágrimas cayeran sobre la mesa. Sango se levantó y volvió a sentarse a su lado.

—Dame un minuto —murmuró, sacando su teléfono.

Kagome miró su pantalla y la vio escribir el correo de Sara en una aplicación.

—¿Qué haces?

—Hay una forma de rastrear tu propio móvil. Tan solo necesito que Sara no haya cambiado la contraseña.

Kagome contuvo el aliento.

—¿Te sabes su contraseña?

—Me la dijo hace tres años, necesitaba mi ayuda para... No, sigue teniendo la misma. Ya estoy dentro.

Kagome siguió mirando la pantalla con asombro.

—Eres toda una hacker, Sango.

Ella resopló.

—Soy policía, necesito saber hacer estas cosas. Mira, aquí sale su última ubicación.

Sango amplió la imagen en la pantalla y Kagome vio que el puntito azul marcaba justo la valla que separaba Tokio del bosque, a las afueras de la ciudad.

Muy, muy cerca de donde ella tuvo su encuentro con los demonios.

Sus manos empezaron a temblar. Sango cogió una de ellas y la apretó.

—No te preocupes, Kagome. Vamos a ir a buscarla —susurró, poniéndose de pie y arrastrando a su amiga hacia la salida del local.

—¿En serio?

Sango asintió, caminando cada vez más rápido por el centro comercial.

—He dejado la moto en la puerta, podemos llegar hasta allí en quince minutos si no hay tráfico. ¡Vamos, corre!

—¿No vas a delatarnos, Sango?

Ella puso los ojos en blanco, tirando más de su brazo para obligarla a correr.

—¿Por quién me tomas?


Inuyasha estaba cerca de la frontera con el mundo humano, tumbado en la rama más grande de un árbol.

Había ido a visitar a Shippo un par de veces, pero cada noche volvía a saltar la valla para asegurarse de que Kagome estaba bien y podía descansar.

Estaba usando el teléfono todos los días para hablar con ella como le había prometido, y le relajaba verla dormir cuando se colaba en su cuarto. Y a ella también parecía tranquilizarle su presencia.

A veces no podía evitar quedarse profundamente dormido mientras escuchaba la respiración suave de Kagome.

Inuyasha no había sido capaz de dormir de esa forma antes. Siempre se despertaba poco después sobresaltado, mirando hacia atrás para comprobar que ella seguía durmiendo.

En el bosque no conseguía relajarse tanto. Además, no quería hacerlo. No era seguro. Sus orejas de demonio detectaban cualquier ruido, pero prefería estar siempre alerta.

En cualquier momento podía aparecer un yōkai buscando pelea y era mejor estar preparado. Solía dormir abrazado a su espada para poder desenvainarla rápidamente si necesitaba defenderse.

Tan solo él y su hermano lo sabían, pero la espada mágica servía para mucho más que para luchar. Toga Taisho había mandado hacerla cuando supo que iba a tener un hijo medio demonio, y su hoja tenía el poder de controlar la sangre demoníaca de Inuyasha.

Si la sujetaba podía evitar transformarse en yōkai y no perdía el control. Solo había tenido que hacerlo un par de veces, siendo más joven, para evitar lanzarse sobre Sesshomaru durante algunas de sus discusiones.

Nadie sabía sacarlo de quicio mejor que su medio hermano. A Sesshomaru siempre le había gustado poner a prueba su autocontrol, forzándolo a transformarse y a pelear contra él.

Al ser un demonio mucho más poderoso no tenía que esforzarse para esquivar a Inuyasha y disfrutaba haciéndolo rabiar, lo que lo ponía todavía más furioso y provocaba que estuviera transformado en yōkai más tiempo.

Por suerte, ese tipo de peleas habían terminado al abandonar el palacio, y su relación se había vuelto más tranquila.

Inuyasha arrugó la nariz. Todavía no había olvidado la herida que le hizo en el pecho, ni el terrible dolor que sintió por culpa de su veneno.

No había visto a Sesshomaru desde entonces. Parecía que lo estaba evitando.

Probablemente no quería volver a discutir sobre la humana.

Inuyasha se encogió de hombros, acomodándose mejor en la rama.

Tenía los ojos cerrados y estaba disfrutando de la brisa que agitaba las hojas del árbol. Sus orejas se movieron cuando escuchó unos pasos y dejó salir un largo suspiro.

No le apetecía nada luchar. Con un poco de suerte ese demonio pasaría de largo sin notar su presencia.

Sus ojos se abrieron de golpe al escuchar un grito desgarrador.

Esa voz no pertenecía a un yōkai, sino a una humana.

Su corazón se encogió y se sentó de golpe.

No, no podía ser Kagome. Ella le había dicho que tenía un examen y sabía que después había quedado con sus amigas.

No podía ser ella. Estaba demasiado traumatizada como para volver a intentarlo.

Asustado, decidió echar un vistazo. Bajó de un salto al suelo y corrió en dirección a donde había escuchado ese grito.

Una vez que llegó, lo que vio lo dejó con la boca abierta.

Se detuvo al pie de un árbol y contempló aquella escena tan surrealista, pestañeando varias veces para intentar comprenderlo.

Había restos de tres demonios diferentes esparcidos por el suelo, completamente destrozados. Solo quedaban trozos de ellos del tamaño de su puño.

El cuerpo de una chica estaba tirado justo en mitad de aquel cementerio, completamente inmóvil, y Sesshomaru se encontraba a varios metros de distancia, levitando y con su látigo brillante alrededor de los dedos.

Tenía sus ojos dorados fijos en la humana y ni siquiera pestañeaba.

Inuyasha reaccionó, corriendo hacia ella y agachándose a su lado. Su pelo oscuro era casi igual que el de Kagome pero el olor era muy diferente.

—¿La has matado? —preguntó, dándole la vuelta al cuerpo de la humana.

Inuyasha jadeó al reconocerla.

La había visto hacía un par de semanas en el templo de Kagome, era una de sus amigas. Su rostro estaba muy pálido y parecía haberse desmayado.

Colocó una mano alrededor de su garganta, presionando un poco, y suspiró al sentir su pulso.

Aún estaba viva.

Volvió a levantar la mirada, encontrándose con los ojos de Sesshomaru. Se mantenía a distancia y no se había movido ni un centímetro.

—¿Qué ha pasado?

Sesshomaru pestañeó, frunciendo el ceño y descendiendo hasta pisar el suelo.

—Llévatela, Inuyasha.

—¿Qué?

Sesshomaru dio un paso atrás, apretando los labios.

—Sácala de aquí o acabaré con su vida ahora mismo —gruñó, agitando su látigo de forma amenazadora.

Inuyasha se incorporó, sujetando a Sara entre sus brazos.

—Es una amiga de Kagome.

—Eso a mí no me importa. Ha entrado en nuestro territorio y debería morir.

Inuyasha entrecerró los ojos, recorriendo el rostro de su hermano con la mirada. Aquello era demasiado raro.

—¿Y por qué no has acabado con ella cuando has matado a esos demonios?

Sesshomaru siseó, chasqueando el látigo de nuevo y partiendo un árbol cercano por la mitad.

Inuyasha miró a su alrededor y sus ojos se agrandaron al comprenderlo todo.

—La has salvado —murmuró, volviendo a mirar a Sesshomaru.

—Llévatela o morirá —repitió Sesshomaru, mostrando sus colmillos.

Inuyasha dio un paso atrás, sujetando mejor a Sara contra su pecho.

—¿Te da miedo acercarte?

—No permitiré que me pase lo mismo que a ti —susurró Sesshomaru, apartando la mirada.

Inuyasha jadeó.

—¿Es ella tu compañera?

Los ojos de Sesshomaru se oscurecieron, tiñéndose de rojo, y un rugido gutural salió de lo más profundo de su pecho.

—De acuerdo, ya me voy —añadió Inuyasha, dando media vuelta y corriendo entre los árboles.

Sujetó a Sara con un brazo y con el otro se agarró a uno de los árboles, saltando sobre sus ramas.

El corazón le latía a toda velocidad mientras corría.

Lord Sesshomaru, uno de los yōkai más poderosos de todo el bosque, había encontrado a su compañera. Y era una humana.

Sabía que su hermano se llevaría ese secreto a la tumba. No había querido acercarse a ella por miedo a marcarla, como le había pasado a Inuyasha.

Sesshomaru no podía permitir que algo así ocurriera.

Los dos hijos de Toga Taisho tenían una compañera humana, justo igual que él. Eso tenía que significar algo.

Inuyasha siguió corriendo lo más rápido que podía en dirección a la frontera con la ciudad de Tokio, esquivando a todos los demonios que se cruzaban en su camino.

Se detuvo sobre el último árbol antes de la valla metálica, comprobando que la humana siguiera inconsciente.

Inuyasha apoyó la espalda en el tronco, intentando recuperar el aliento.

Todavía no podía creerse que Sesshomaru hubiera destruido a los demonios que la habían atacado y que no hubiera sido capaz de matarla a ella.

Jamás lo había visto dudar. Ni una sola vez.

Cualquier ser humano que se había encontrado con él había terminado reducido a cenizas en menos de un pestañeo.

Inuyasha bajó la mirada, contemplando el rostro de Sara una vez más.

Esa humana nunca sabría la suerte que había tenido. Si los dioses existían, se estaban encargando personalmente de protegerla.

Escuchó el ruido de un motor a lo lejos y trepó hasta una rama más alta, escaneando el camino de tierra que había tras la valla.

Una moto se acercaba a toda velocidad con dos humanos encima.

Inuyasha jadeó al sentir el aroma de su compañera.

Era Kagome. Se había enterado de que su amiga iba a entrar en el bosque y venía para intentar detenerla.

Pues llegaba demasiado tarde, pero al menos Sara seguía viva.

Inuyasha descendió al suelo de un salto, flexionando las rodillas al caer y sujetando el cuerpo de Sara con ambos brazos.

Empezó a correr junto a la valla metálica, dejando a la moto atrás en pocos segundos.

Sospechaba que se dirigían a la zona donde terminaba, el mismo sitio por el que Kagome había entrado en el bosque Yōkai.

Consiguió llegar antes que ella y, tras comprobar que estaba solo, atravesó el borde marcado por los postes de madera.

Inuyasha apretó los dientes al sentir el dolor agudo que siempre le provocaba la barrera mágica. Cerró los ojos y dio dos pasos más, resoplando cuando pudo volver a respirar con normalidad.

Abrió los ojos otra vez y sonrió al ver que estaba de nuevo en el mundo humano. Con mucho cuidado, dejó el cuerpo de la humana sobre la hierba y la miró por última vez, apartando algunas hojas que tenía enredadas en el pelo.

—Espero que aproveches esta segunda oportunidad —susurró en su oído, incorporándose de nuevo.

Podía escuchar el ruido del motor otra vez. Kagome estaba muy cerca.

Con un solo salto, volvió a caer sobre uno de los árboles del bosque de los demonios y se ocultó entre sus ramas.

Inuyasha cerró los puños, conteniendo el dolor. Cuantas más veces atravesaba la barrera, más doloroso le resultaba hacerlo.

Seguramente era parte de los poderes de los sacerdotes que la habían creado. Ningún demonio podía salir de allí y él estaba haciendo trampa.

Aunque técnicamente no era un demonio completo, por eso conseguía sobrevivir.

Inuyasha se quedó completamente inmóvil, viendo como la pequeña moto negra se detenía junto al cuerpo de la humana.

—¡Sara!

Entrecerró los ojos al escuchar la voz de Kagome. Parecía muy asustada.

Otra humana se arrodilló junto a Sara, quitándose el casco que llevaba en la cabeza. Kagome colocó dos dedos en la garganta de su amiga, soltando un pequeño sollozo.

—Está viva. Está viva, Sango —dijo, mirando a la otra humana y dedicándole una pequeña sonrisa.

Ella se dejó caer en el suelo, resoplando lentamente.

—Joder, menudo susto. ¿Qué hacemos ahora?

—No podemos llevarla al hospital, nos harían demasiadas preguntas —murmuró Kagome, levantando las mangas de la camisa de Sara y mirándole la piel con detenimiento.

Inuyasha arrugó el entrecejo, extrañado. ¿Qué estaba buscando?

Kagome apartó el pelo de su amiga y miró ambos lados de su cuello, comprobando también el estado de sus hombros.

Suspiró, dejando caer su cabeza en la barriga de Sara y cerrando los ojos.

—Menos mal, no la han mordido.

—¿Qué?

La otra humana no había conseguido escuchar ese susurro pero Inuyasha lo había oído perfectamente.

—Nada. Creo que lo mejor será llevarla a casa, parece que tan solo se ha desmayado. A lo mejor no ha llegado a entrar en el bosque.

—Puede ser —aceptó Sango, asintiendo.

—¿Sara? Sara, ¿puedes oírme? —preguntó Kagome, golpeando suavemente el rostro de su amiga.

Inuyasha se tensó al escuchar su temblorosa voz.

—¿Kagome?

—¡Sara! Sí, soy yo. ¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado?

Sara se movió y sus dos amigas la ayudaron a incorporarse hasta que quedó sentada sobre la hierba.

—¿Qué hago aquí?

—Eso queremos saber nosotras —contestó Sango con una sonrisa forzada.

Sara se apartó el pelo de la cara y miró fijamente a Kagome.

—Perdóname, Kagome. Necesitaba hacerlo, yo... no iba a quedarme tranquila hasta que lo hiciera. Siempre hemos estado juntas en esto, pero tu cambio de opinión tan brusco me hizo preguntarme si no sería porque viste algo ahí dentro. Yo...

Kagome puso una mano sobre los labios de su amiga, silenciándola.

—Ya hablaremos de esto. Ahora quiero que volvamos a casa, nos has dado un buen susto y estábamos muy preocupadas.

Sara desvió la mirada hacia Sango, mordiéndose el labio con nerviosismo.

—Sango, yo...

—No diré nada, tranquila. Seré policía pero antes soy vuestra amiga —dijo ella, sujetando una de las manos de Sara y colocándola en su pecho, donde tenía el corazón.

Sara sonrió.

—Gracias.

—Venga, salgamos de aquí —añadió Sango, poniéndose de pie.

Tardaron unos minutos en conseguir sentarse las tres en la moto, que no era lo suficientemente grande. Inuyasha trepó por el árbol y las vio alejarse por el camino de tierra en dirección a Tokio.

Esperaba que aquella humana no volviera nunca por allí. No volvería a escapar por segunda vez con vida del bosque de los demonios.

Solo existían dos humanas que habían vivido para contarlo, y las dos iban subidas en esa moto.