Capítulo Catorce
Confesiones
Sango se detuvo al llegar a las afueras de la ciudad, aparcando junto a una parada de autobús.
—No podemos ir por Tokio así. Nos van a multar —siseó, sacudiendo la cabeza mientras Kagome bajaba de la moto y ayudaba a Sara a hacer lo mismo.
—Mi familia no está en casa. Nos vemos allí, Sango. Nosotras pediremos un taxi y llegaremos enseguida —respondió Kagome, lanzándole una mirada significativa a Sara.
Sango contempló a sus dos amigas con preocupación.
—¿Estáis seguras? ¿No prefieres venir conmigo, Sara?
Ella negó con la cabeza.
—Estoy algo mareada. Prefiero ir en coche.
Sango suspiró.
—Está bien. Os espero allí, no tardéis.
Kagome, que estaba hablando por teléfono, asintió. Una vez que su amiga había desaparecido por el final de una de las avenidas de Tokio Sara sujetó el brazo de Kagome con fuerza.
—Tenemos que hablar.
El taxista prometió llegar allí en diez minutos. Ella colgó la llamada, mirando a su amiga fijamente.
—Sí, lo sé. ¿Qué ha pasado? ¿Te has desmayado antes de entrar?
—No... he entrado, aunque no sé si ha sido todo un sueño o si ha pasado de verdad. Es demasiado increíble para ser real.
Kagome tragó saliva con nerviosismo. Ella se había sentido igual aquel día, pero la dolorosa herida cerca de su cuello se había encargado de confirmar lo que había vivido en el bosque.
Puso la mano en el hombro de Sara y se inclinó hacia ella.
—¿Qué es lo que has visto?
Sara se quedó en silencio unos segundos, pensando la respuesta.
—Primero dime la verdad, Kagome. ¿Viste algo en ese bosque cuando estuviste allí?
Kagome tembló, con los ojos oscuros de su amiga sobre ella. Había llegado el momento de sincerarse.
—Sí —admitió en un susurro.
Sara cerró los ojos, suspirando.
—Entonces no ha sido un sueño...
—¿Qué has visto, Sara?
Volvió a abrir los ojos y su rostro palideció ligeramente al recordar lo que había pasado.
—Al principio no había nada, solo naturaleza y oscuridad. El silencio me puso los pelos de punta, pero de pronto escuché a algo arrastrándose hacia mí. Al girarme había un... —Sara inspiró muy rápido, dejando salir un suspiro tembloroso. —Era un monstruo, un yōkai. Y a su lado apareció otro aún más grande siseando. Parecían serpientes, pero eran enormes. Intenté correr y entonces un tercer demonio se interpuso en mi camino. Recuerdo cerrar los ojos, pensando que había llegado mi fin...
Kagome rodeó a su amiga con los brazos, apretándola más contra ella. Sara no dejaba de temblar.
—Escuché un ruido raro, como si algo cortara el aire. Al abrir los ojos vi una luz amarilla alrededor de mí, golpeando a los yōkai. En pocos segundos los tres estaban muertos y sus restos esparcidos por el suelo. Esa luz amarilla voló hacia atrás y, al mirar, vi a un... a un... era otro demonio, Kagome. Pero era muy diferente, tenía forma humana. La luz amarilla estaba alrededor de sus dedos, y cuando me miró... Lo último que recuerdo son sus ojos dorados.
Kagome soltó el aire que había estado conteniendo en sus pulmones.
¿Un demonio de ojos dorados? Todo aquello le resultaba terriblemente familiar.
—¿Y qué pasó después?
—Me desperté porque tú me estabas llamando —contestó Sara en voz baja, llevándose una mano a la frente.
—¿Te desmayaste y después te despertaste fuera del bosque?
Sara asintió.
—¿Quién te sacaría de allí? —preguntó Kagome, muy sorprendida.
—No lo sé, aunque recuerdo la sensación de estar moviéndome y ver algo rojo... ¿Una chaqueta roja? No estoy segura, pero alguien me llevaba en brazos.
—¿Un yōkai te ha salvado? No puede ser, ellos... ellos no hacen eso —murmuró Kagome, sintiendo un pequeño pinchazo en la herida de su cuello.
Su mano derecha voló hasta ella, cubriéndola, y Sara se dio cuenta.
—¿Qué te pasa ahí, Kagome? ¿Te duele?
—A mí me mordieron, Sara. Me arrastraron hacia dentro del bosque y un demonio me mordió. Todavía no entiendo cómo conseguí escapar de allí, estaba segura de que iba a morir.
Todo el cuerpo de Sara volvió a estremecerse.
—Por los dioses, Kagome —susurró, sujetándose a ella con más fuerza.
—Tú no tienes ninguna herida, ¿verdad?
Había mirado sus brazos y hombros al encontrarla, pero aquellos monstruos podían haberla mordido en otro sitio.
—No, tan solo me duele la cabeza y todavía estoy un poco mareada.
El taxi apareció al final de la esquina, avanzando hacia ellas. Kagome se acercó más a la oreja de su amiga, hablando en voz muy baja.
—Puede que seamos las únicas personas que han escapado de allí con vida. No podemos hablar de esto con nadie, Sara.
Ella asintió con nerviosismo.
—¿Qué vamos a hacer con Sango? —preguntó, mirándola de reojo.
Kagome dejó salir un largo suspiro.
—Creo que se merece saber la verdad. Pero a nadie más, Sara. Esto tiene que quedar entre nosotras.
—Lo sé.
El coche se detuvo junto a ellas y Kagome soltó a su amiga, dedicándole una sonrisa falsa al taxista.
—Vamos, nos vendrá bien una taza de té caliente para tranquilizarnos.
—Sí, por favor —murmuró Sara, abriendo la puerta del asiento de atrás.
Una bebida caliente en casa de Kagome sería como estar en el paraíso. Todavía tenía la sensación de estar congelada, justo lo que había sentido cuando ese ser de iris dorados la miró a los ojos.
Al bajarse del taxi, Kagome vio la moto de Sango aparcada junto a las escaleras del templo y a su amiga sentada en uno de los peldaños, agitando una de sus piernas con nerviosismo.
—Por fin —siseó Sango cuando llegaron junto a ella, poniéndose de pie.
Miró a Sara y su rostro se suavizó. Todavía seguía muy pálida.
—Vamos, te ayudaremos a subir —dijo, cogiendo uno de los brazos de su amiga.
Kagome sujetó el otro y las tres empezaron a subir las escaleras en silencio. Podía sentir la tensión emanando del cuerpo de Sango. Estaba muy, muy enfadada.
Una vez que llegaron a la explanada del templo ella soltó a Sara y caminó hacia la puerta frontal de la casa principal.
Kagome suspiró y la siguió con Sara todavía de su brazo. Abrió la puerta y sus dos amigas entraron, dejando los zapatos en una esquina y avanzando hasta el salón.
Al mirar hacia la barra de la cocina vio que Sango ya estaba poniendo la tetera en el fuego y sonrió. Sus dos amigas habían visitado su casa desde que eran muy pequeñas y se sentían muy cómodas allí, tanto que parecían ser sus hermanas.
Kagome colocó varias galletas en un plato y se sentó junto a Sara, que tenía los brazos extendidos sobre la mesa y la barbilla apoyada sobre ellos.
—¿Estás muy enfadada con nosotras? —preguntó Sara en un susurro.
Sango dejó las tres tazas sobre la mesa con demasiada fuerza, lo que más o menos sirvió de respuesta.
—Mis dos mejores amigas me ocultan cosas. ¿Cómo quieres que me sienta? —contestó entre dientes, volviendo sobre sus pasos para apagar el fuego.
Kagome apoyó los codos en la mesa, cubriéndose el rostro con las manos.
—No queríamos hacerlo, Sango... pero trabajas en una comisaría. Si nos denuncias lo más probable es que acabemos en la cárcel.
Sango colocó la tetera sobre la mesa y se sentó frente a ellas, frunciendo el ceño.
—¿De verdad pensáis que os habría delatado?
Sara pestañeó, confundida.
—Hiciste un juramento. Deberías hacerlo.
Sango entrecerró los ojos en su dirección.
—Nuestra amistad está por encima de cualquier maldito juramento.
Kagome sintió que su corazón se encogía. Alargó un brazo y agarró la mano de Sango, apretándola con cariño.
—Nunca volveremos a ocultarte nada, Sango. Te doy mi palabra.
La mirada dura de su amiga se posó sobre ella y Kagome sintió un escalofrío.
—Más os vale. Y quiero que me lo contéis todo ahora mismo. Con todos los detalles.
—¿Todo? —repitió Sara, abriendo mucho los ojos mientras alzaba la cabeza.
Sango asintió, apretando la mandíbula.
—Todo. Se acabaron los secretos.
Sara y Kagome cruzaron una mirada, y la última suspiró.
—De acuerdo. Creo que será mejor que empiece con mi historia —murmuró Kagome, repartiendo el té en las tres tazas.
Sango se cruzó de brazos, apoyando la espalda en el respaldo de su silla.
—Tengo todo el tiempo del mundo, chicas. Y quiero la verdad.
Sango sacudió la cabeza por quinta vez.
Su rostro había ido perdiendo color a medida que escuchaba la historia de Kagome, y todavía se sintió peor cuando Sara relató lo que le había ocurrido a ella tras entrar en el bosque prohibido.
Los yōkai no solo existían en los cuentos infantiles que sus padres le leían de pequeña. Eran reales, vivían escondidos entre aquellos árboles siniestros y habían atacado a sus dos amigas.
Cerró los puños, sintiendo que sus uñas se clavaban en la palma de sus manos.
—Entonces... ¿un demonio de ojos dorados mató a los que querían acabar contigo?
Sara asintió y Sango desvió la mirada hacia Kagome.
—Y a ti también te salvó otro demonio de ojos dorados, pero después se lanzó sobre ti y te mordió.
Kagome asintió, apartando el cuello de su camisa hacia un lado para mostrarles la cicatriz.
Tenía mucho mejor aspecto y estaba empezando a aclararse, pronto sería blanca y se disimularía mejor con el tono pálido de su piel.
—Esa herida parece tener mucho más de un par de semanas, Kagome —comentó Sara, que estaba observando la cicatriz con el ceño fruncido.
—Lo sé. No tiene sentido, pero se curó muy deprisa. A los dos días la costra desapareció y tres días después ya estaba cicatrizada —contestó ella, encogiéndose de hombros.
Sango chasqueó la lengua.
—Eso es imposible.
—Pues es lo que ha pasado —añadió Kagome, suspirando.
Sango apretó los labios, volviendo a repasar en su mente todos los detalles de las dos historias.
—¿No nos crees? —preguntó Sara con rostro afligido.
Ella puso los ojos en blanco.
—Pues claro que sí. ¿Creéis que ese demonio del que habláis las dos puede ser el mismo?
Sara y Kagome se miraron de nuevo, recordando aquellos ojos dorados.
—El yōkai que yo vi vestía de rojo, pero Sara dice que ese demonio llevaba un traje blanco con adornos de color púrpura y rojo.
—Y tenía una luna creciente en la frente —añadió Sara, murmurando entre dientes.
Kagome volvió a mirar a Sango.
—El que me atacó a mí no era así. Son demonios diferentes.
Ella asintió con gesto pensativo.
—Y esos yōkai con forma animal eran muy distintos, ¿no?
—Eran como animales gigantescos, pero el demonio que me salvó no. Parecía humano, aunque recuerdo sentir un aura muy poderosa a su alrededor.
—¿Recuerdas si sus ojos se volvieron de color rojo? —preguntó Kagome, dejando su taza vacía sobre la mesa.
Sara negó con la cabeza.
—Eran dorados. Nunca había visto unos ojos tan bonitos.
—Porque no son humanos, Sara. Ese no es un color de ojos normal —dijo Sango, arrugando la nariz.
—El primero que me atacó con un látigo brillante también tenía los ojos rojos —comentó Kagome, llevándose una mano al cuello de forma inconsciente.
Era como si cada vez que recordaba aquel día la cicatriz le volviera a doler.
Sara jadeó y Sango se tensó de golpe.
—¿Qué pasa?
—¡Un látigo brillante! Yo también lo he visto, Kagome. Es la luz que he dicho, lo que el demonio usó para matar a los otros yōkai era algo brillante y de color amarillo.
Kagome palideció.
—¿A mí me atacó y a ti te salvó? No lo entiendo.
—Y la ropa roja que me pareció ver... ¿Y si era el mismo demonio que te mordió? A lo mejor los dos se conocen y suelen estar juntos.
La imagen de aquel ser transformándose ante ella apareció en la mente de Kagome. Sus ojos oscureciéndose, sus colmillos alargándose...
Sacudió la cabeza con firmeza.
—Aquel yōkai nunca te habría salvado, Sara.
—Puede que se sintiera mal por lo que te hizo y quisiera compensarlo sacándome de allí.
Kagome resopló, dedicándole una mirada incrédula a su amiga.
—¿Sentirse mal? ¡Quería comerme!
—No creo que esos demonios se alimenten de humanos —añadió Sara en un susurro, esquivando su mirada.
Sango escuchaba la conversación de ambas en silencio con una mano sobre la mesa y tamborileando los dedos con impaciencia.
—Ahora entiendo por qué está prohibido entrar ahí. Ese sitio no puede ser más peligroso.
Los ojos de Kagome buscaron a su amiga.
—Creo que los bosques prohibidos que hay en otros países son iguales que el nuestro. También estarán llenos de demonios.
Sango asintió.
—Es lo más probable.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Sara, mordiéndose el labio inferior con nerviosismo.
Sango y Kagome la miraron fijamente.
—¿A qué viene esa pregunta? No vamos a hacer nada, y las dos vais a manteneros bien lejos de ese bosque durante el resto de vuestras vidas —contestó la primera, dedicándole una mirada llena de frialdad.
—Exacto, Sara. No podemos compartir este secreto con nadie más, y hemos tenido mucha suerte al vivir para contarlo. El bosque de los demonios es el infierno sobre la tierra y no quiero volver a saber nada de él —añadió Kagome, reprimiendo un escalofrío.
Sara torció los labios hacia un lado pero asintió.
—De acuerdo.
Sango sonrió por primera vez, sujetando las manos de sus mejores amigas.
—Me alegro mucho de que estéis bien.
Ambas correspondieron a su sonrisa.
—Y nosotras también, Sango. Todo esto podía haber terminado muy mal —murmuró Kagome, levantándose para recoger la mesa.
Sara suspiró, apoyando la barbilla en una de sus manos.
—Los yōkai son reales... todavía no puedo creerlo.
—Ni yo —dijo Sango, resoplando suavemente.
Kagome volvió a la mesa y dejó tres vasos llenos de sake sobre ella.
—Creo que deberíamos brindar por el fin de mis exámenes... y por estar vivas.
Sara jadeó, llevándose una mano a la boca.
—¡Kagome! Es verdad, esta mañana era tu último examen. ¿Cómo te ha ido?
Una sonrisa burlona curvó los labios de Sango.
—Ya sabes que le ha ido bien, como en todos los que ha hecho. Tienes delante a la doctora Higurashi, futura oncóloga de Tokio.
Sara se levantó de un salto, estrujando a Kagome entre sus brazos.
—¡Y vamos a trabajar en el mismo hospital! ¡Esto es genial!
—No sé si nos veremos mucho, Sara —murmuró Kagome, intentando ocultar su sonrojo.
—Al menos comeremos juntas todos los días, ¿no?— preguntó ella, separándose para mirarla con ojos brillantes.
Kagome asintió con una sonrisa.
—Por supuesto.
Sango levantó su copa.
—Por Kagome y por los seres humanos. ¡Que se jodan esos malditos demonios!
Kagome y Sara se rieron, levantando también sus vasos.
—¡Por Kagome!
La risa de las tres humanas estaban perforando sus oídos. Eran demasiado escandalosas.
Inuyasha ladeó la cabeza, mirando hacia abajo desde la rama donde estaba sentado. Las dos amigas de Kagome estaban saliendo de la casa, despidiéndose de ella con abrazos y besos.
Poco después de dejar a Sara fuera del bosque había corrido hacia la colina donde estaba el templo Higurashi y, tras trepar al árbol más grande que había en el enorme patio de piedra, se había ocultado entre las ramas para esperar.
Las tres humanas no tardaron en aparecer, subiendo juntas por la escalinata.
Había escuchado toda su conversación con detenimiento porque quería saber lo que Sara podía recordar. Que estuvieran dentro de la casa no era un problema para las orejas de Inuyasha.
Todos sus músculos se tensaron de golpe cuando escuchó a Kagome contar la historia del día que la había mordido. No le gustaba recordarlo.
Y descubrir que Sara se acordaba de casi todo solo le había puesto de peor humor.
Aquellas dos humanas eran peligrosas. Sabían demasiado.
Una vez que Sara y la otra humana desaparecieron, Inuyasha apoyó la espalda en el tronco de aquel árbol y resopló con fastidio.
Sabía que no podía matarlas. No era capaz y, además, no quería hacerlo.
Mientras se mantuvieran lejos del bosque estarían a salvo. Ningún otro demonio podía salir de allí, y él no pensaba hacer nada.
Era la primera vez que veía a Sesshomaru desde que Kagome entró en el bosque. Había estado evitando a su hermano, asegurándose de que no estaba cerca cuando iba al palacio Taisho para ver a Shippo.
Sesshomaru tampoco había intentado hablar con él, pero había llegado el momento de buscarlo y plantarle cara. No podían seguir evitándose durante más tiempo, y menos cuando a los dos les había pasado lo mismo.
Ambos necesitaban afrontar lo que estaba pasando e Inuyasha quería contarle lo que estaba sintiendo al estar cerca de Kagome cada noche, asegurándose de que no tuviera pesadillas.
Decirle la verdad a la humana no era una opción. Podía imaginarla chillando y corriendo lo más lejos posible de él al descubrir que era el demonio que la había atacado en el bosque.
Inuyasha seguiría vigilando su sueño para compensar el daño que le había hecho, pero esa necesidad de estar cerca de ella era cada vez más fuerte y le costaba controlarse.
Necesitaba el consejo de su hermano mayor y cuanto antes. Aunque sospechaba lo que Sesshomaru le iba a decir.
Suspiró, observando la puesta de sol con aire distraído.
Ya solo faltaban cinco días para la siguiente noche tenebrosa.
