Capítulo Quince

Conversación de hermanos


Inuyasha aterrizó en el suelo, pasándose una mano por el pelo para apartar las hojas que habían quedado enredadas entre sus mechones.

Las enormes puertas del palacio Taisho estaban a pocos metros, siempre abiertas y con seis yōkai vigilándolas a todas horas.

Desde su pelea con Sesshomaru había temido que no le volvieran a permitir el paso. Pero los guardias lo saludaron con una inclinación de cabeza, sin decirle nada.

Parecía que ningún yōkai sabía que tenía una compañera humana. Su hermano no había compartido ese secreto con nadie.

Y ahora era un secreto que ambos compartían.

Inuyasha atravesó las puertas, dirigiéndose primero hacia el patio trasero donde entrenaban los soldados.

Como cada día Shippo estaba allí, y sus ojos verdes no tardaron en posarse sobre él.

—¡Inuyasha!

No pudo evitar sonreír mientras veía al pequeño zorro correr hacia él. Shippo era el primer yōkai que se alegraba al verlo y al que le gustaba pasar tiempo con él.

Inuyasha lo rodeó con un brazo cuando saltó sobre él y Shippo hundió la cabeza en su hombro, agarrándose a su kimono rojo con ambas manos.

—¿Has venido a verme?

—Pues claro, enano. También he venido a hablar con mi hermano —murmuró Inuyasha, recorriendo el jardín del palacio con la mirada.

Shippo levantó la cabeza, mirándolo fijamente.

—Lord Sesshomaru está dentro del palacio. No lo he visto salir hoy.

Inuyasha arqueó una ceja.

—¿Ya lo llamas por su título?

—La última vez que me escuchó decir su nombre, me miró fijamente desde lo alto del cielo y vi que sus ojos se oscurecían... no quiero que me haga daño —confesó Shippo, temblando entre sus brazos.

—Aquí estás a salvo. Nadie te va a atacar, te lo prometo.

—¿Ni siquiera tu hermano?

—Ni siquiera él —confirmó Inuyasha, asintiendo.

Sonrió al ver que Shippo se relajaba.

—Me da miedo —susurró el demonio, como si fuera un gran secreto.

Inuyasha contuvo una carcajada, mirando a su alrededor.

—Lo sé, mocoso. Voy a ir a hablar con él, luego nos vemos.

Despeinó el cabello rojizo de Shippo con la mano, dedicándole una sonrisa. El zorro volvió al suelo de un salto.

—¿Comeremos juntos antes de que te marches?

Inuyasha asintió con su mirada fija en el palacio blanco. Regresó sobre sus pasos y ascendió lentamente la gigantesca escalinata, olfateando hasta detectar dónde estaba el idiota de su medio hermano.

Se habían peleado muchas veces durante los años que Inuyasha vivió en el palacio Taisho, pero nunca habían llegado a hacerse heridas graves. El día que Kagome entró en el bosque fue la primera vez que Sesshomaru utilizó su potente veneno contra él.

Inuyasha atravesó las puertas de roble y recorrió el pasillo lleno de dibujos sobre el clan Taisho, adornado con una larga alfombra escarlata.

Al pasar por el salón principal, las puertas estaban abiertas. Inuyasha sabía quién iba a estar allí pero no pudo evitar mirar.

Irasue estaba sentada en uno de los tronos, su largo pelo recogido como siempre a ambos lados de la cabeza y su kimono púrpura rodeado por la estola peluda que llevaba sobre los hombros y que era parte de su cuerpo.

Sus ojos dorados se entrecerraron al verlo y sus labios rojos se curvaron hacia abajo, formando una mueca de desprecio.

Irasue agitó una mano y las puertas se cerraron de golpe.

Inuyasha resopló.

—Tan simpática como siempre —gruñó entre dientes, continuando su camino hasta el estudio de su hermano.

El olor a yōkai aumentaba con cada paso. Inuyasha se detuvo ante la puerta oscura, completamente seguro de que Sesshomaru estaba dentro.

—¿A qué esperas para entrar?

Y su hermano también había sentido su presencia. Inuyasha chasqueó la lengua, atravesando el umbral y cerrándola una vez que estuvo dentro.

Sesshomaru estaba de pie junto a una de las ventanas, observando los jardines del palacio. Ni siquiera se giró para mirarlo.

—¿Qué quieres, Inuyasha?

Él cerró los puños, intentando contener su rabia. Todavía podía recordar el horrible dolor que había sentido durante más de un día por su culpa.

—Tenemos que hablar.

—No.

Un rugido resonó en lo más profundo de su garganta ante la negativa de su hermano.

—Sesshomaru... —gruñó Inuyasha, apretando los dientes.

Finalmente, el yōkai giró su cuerpo y lo miró a los ojos. Sesshomaru apretó los labios y señaló con la mano su escritorio.

Inuyasha arrugó la nariz, pero obedeció y se sentó en una silla. Permaneció en silencio mientras su hermano rodeaba la mesa y se sentaba frente a él.

Sesshomaru levantó las cejas.

—Habla.

«Maldito cabrón, estuviste a punto de acabar conmigo.»

«Nuestras compañeras son humanas, por mucho que quieras negarlo.»

«¿Por qué no la mataste?»

«¿Qué vamos a hacer?»

«Estoy sintiendo cosas que no había sentido nunca, y eso me asusta.»

«He estado yendo a la casa de Kagome todas las noches, y mi presencia evita que tenga pesadillas.»

«Ella tiene poderes de sacerdotisa y, si aprende a utilizarlos, podría matarme.»

«Las dos humanas saben demasiado. Bueno, en realidad ahora son tres las que saben el secreto de nuestro bosque.»

Inuyasha sacudió la cabeza, intentando organizar sus pensamientos. Lo primero era lo primero.

—¡Podrías haberme matado!

Los ojos de Sesshomaru centellearon.

—Si hubiera querido matarte, estarías muerto.

Eso era cierto. Si esa hubiera sido su intención, Inuyasha no habría salido de allí con vida.

Pero eso no significaba que pudiera olvidar lo que le había hecho.

Inuyasha lo señaló con una de sus largas uñas, mostrando sus colmillos.

—¡Me envenenaste! Estuve a punto de perder la visión, y cualquier yōkai podría haber aprovechado esa oportunidad para destruirme.

Sesshomaru frunció el ceño.

—No me desafíes de nuevo y no volverá a suceder.

—¿Desafiarte? —repitió Inuyasha, resoplando. —No podía dejarla morir, y sé que ahora lo entiendes. Tú también protegiste a esa humana.

El demonio entrecerró los ojos.

—Cuidado, hermano. Yo que tú elegiría muy bien mis palabras —siseó con dureza.

Inuyasha ignoró su amenaza.

—Feh, a mí no puedes asustarme. Dime la verdad, Sesshomaru. ¿Defendiste a la humana al verla en peligro?

El poderoso Lord del Oeste le dedicó una mirada llena de frialdad y no dijo nada, lo que era suficiente respuesta para Inuyasha.

—Pues a mí me ocurrió lo mismo con Kagome. Mi intención era matarla, pero... no pude hacerlo. No quería verla morir.

Sesshomaru meditó sus palabras en silencio, sin apartar la mirada.

Inuyasha suspiró, sacudiendo la cabeza. Estaba a punto de levantarse cuando la voz de su hermano lo detuvo.

—¿Qué vas a hacer ahora?

—¿Y tú? —preguntó Inuyasha, levantando una de sus cejas.

Estaba seguro de que su hermano no querría volver a oír una sola palabra sobre su compañera humana.

—Ambos vamos a olvidar lo que pasó ayer y no volveremos a hablar sobre ello.

Inuyasha puso los ojos en blanco. Justo lo que esperaba.

—Pues yo no puedo olvidar a Kagome —admitió en un susurro, cruzándose de brazos.

Sesshomaru apoyó la espalda en su silla, observándolo con aire burlón.

—Recuerdo que ayer también mencionaste su nombre. ¿Te estás encariñando, Inuyasha?

—Ella es buena y amable, Sesshomaru. Leí el libro de nuestro padre y creo... creo que... siento algo por Kagome.

Era la primera vez que lo admitía en voz alta. Inuyasha desvió la mirada, esperando las burlas de su hermano.

—Explícate.

Volvió a mirarlo, muy sorprendido. Sesshomaru había apoyado las manos sobre su mesa y lo observaba con gesto serio.

Inuyasha tragó saliva, sintiéndose muy nervioso de repente. Nunca había hablado de sus sentimientos con nadie.

—Al principio lo negaba, pero me gustaba pasar tiempo con ella. Kagome me hace sentir bien, con ella me siento aceptado. Es cariñosa y confía en mí. Cuando me besó, yo... —cerró los ojos, dejando salir un suspiro mientras apretaba los puños. —La verdad es que quiero que vuelva a hacerlo. Quiero poder estar cerca de ella sin tener que esconderme. Quiero contarle la verdad.

Sesshomaru se rio entre dientes.

—¿Quieres ser sincero con la humana? ¿Y qué crees que hará ella cuando sepa que tú eres el monstruo que la atacó aquel día? ¿Piensas que te perdonará?

Inuyasha asintió, no muy convencido.

—Kagome es comprensiva. Creo que me entenderá y será capaz de perdonarme.

—Eres un iluso, hermano. Esa humana te odiará y contará nuestro secreto al mundo, poniendo nuestra existencia en peligro.

—No puede. Sus líderes condenan la entrada al bosque y ni ella ni su amiga pueden admitir que nos han visto o se arriesgan a acabar en prisión —contestó Inuyasha, levantando la barbilla.

Sesshomaru arqueó una ceja, mostrando su sorpresa.

—Además, nadie las creería si lo cuentan. Los humanos piensan que no existimos, que todo lo que cuentan sobre nosotros tan solo son leyendas —añadió Inuyasha, agitando la pierna con nerviosismo.

—¿Eso lo has descubierto durante tus visitas a la ciudad humana en las noches tenebrosas?

Inuyasha asintió, tamborileando sus dedos sobre una de sus rodillas con impaciencia. Su hermano pasó su mano por su estola blanca, que se enroscó más alrededor de su cuerpo.

—No entiendo tu fascinación con los humanos.

—No me fascinan —protestó Inuyasha, bufando. —Pero no todos son tan repulsivos como pensaba, y Kagome... ella es especial.

Sesshomaru puso los ojos en blanco.

—Estás cometiendo los mismos errores que nuestro padre. Él también se obsesionó con una humana, y ya sabes el final de la historia.

La actitud de Sesshomaru lo estaba poniendo cada vez más furioso.

—No era una obsesión, hermano. Simplemente encontró a su compañera, justo lo que nos ha pasado a nosotros dos.

Los ojos del yōkai se entrecerraron.

—Te he dicho que no quiero volver a hablar sobre eso.

Inuyasha golpeó la mesa con su puño.

—¡Pero nos ha pasado lo mismo a los dos, Sesshomaru! ¡Eso tiene que significar algo!

—Significa que estamos malditos, al igual que nuestro padre —murmuró Sesshomaru entre dientes.

Sus ojos se estaban oscureciendo, por lo que Inuyasha suspiró y decidió que era mejor no insistir.

—¿Qué crees que debo hacer?

Sesshomaru cerró los ojos, inhalando lentamente. Cuando volvió a abrirlos eran tan dorados como siempre.

—¿Quieres estar con esa humana?

—No quiero alejarme de ella —contestó Inuyasha, apoyando ambos codos sobre sus rodillas.

—No puedes traerla aquí, estaríais los dos muertos a los pocos días. Y vivir en su mundo no es una opción porque solo puedes visitarlo durante una noche. No veo ninguna solución, Inuyasha —dijo el yōkai, encogiéndose de hombros.

Una gran sonrisa burlona curvó los labios de Inuyasha.

—Puedo salir del bosque cualquier día, hermano. De hecho, he estado visitando la casa de Kagome cada noche y entrando en su habitación. Ella siempre está dormida cuando llego y me marcho antes de que despierte.

El entrecejo de Sesshomaru se arrugó. Había vuelto a sorprenderlo.

—¿Puedes atravesar la barrera mágica?

—Es doloroso, pero puedo hacerlo —admitió Inuyasha, asintiendo.

Y cada vez era más doloroso, aunque su hermano no necesitaba saber eso.

Sesshomaru meditó toda esa nueva información unos minutos. Inuyasha esperó en silencio, todavía impaciente.

—No deberías contarle la verdad a la humana hasta que haya pasado más tiempo desde el ataque. Espera un par de meses, y mientras intenta pasar todo el tiempo que puedas cerca de ella para que el vínculo se fortalezca y la humana se sienta más unida a ti. Cuando llegue el momento oportuno puedes decirle la verdad. Entonces descubriremos si Kagome es tan comprensiva como dices —murmuró Sesshomaru, dedicándole una pequeña sonrisa burlona tras sus últimas palabras.

Inuyasha se pasó la lengua por los dientes mientras pensaba. Aquella parecía una buena idea.

—Está bien, eso es lo que haré —respondió, poniéndose de pie.

Sesshomaru asintió, haciendo lo mismo y volviendo a colocarse frente a la ventana.

Antes de salir del despacho Inuyasha se giró para mirarlo una última vez.

—Si te interesa mi opinión, creo que deberías replantearte lo de Sara.

—¿Quién es Sara? —preguntó Sesshomaru, con la mirada fija en los demonios que entrenaban en el patio trasero.

—Tu compañera.

El yōkai le lanzó tal mirada de odio que Inuyasha dio un paso atrás sin darse cuenta.

—Solo era una idea —añadió en voz baja, saliendo de allí a paso rápido.

Volvió a recorrer el pasillo central del palacio con aire ausente, pensando en dónde podía ir a buscar algo de alimento para compartirlo con Shippo.

Levantó la vista mientras descendía las escaleras y contempló la puesta de sol entre las montañas. Cada tarde el bosque de los demonios se teñía de colores rojizos y la cálida luz iluminaba las copas de los árboles, haciendo que todo pareciera mucho menos siniestro.

Era el momento del día favorito de Inuyasha.

Al pisar de nuevo la tierra, suspiró y caminó hacia donde sabía que estaría Shippo.

Solo faltaban dos días para la noche tenebrosa. Dos días más y podría ver a Kagome otra vez.


Kagome dejó salir un suspiro, sacudiendo la cabeza con frustración.

Se sentía como si tuviera trece años otra vez y lo odiaba.

Durante el día o cuando su familia estaba en casa prácticamente no pensaba en ello. Pero si se quedaba sola y empezaba a oscurecer, todos los recuerdos del bosque prohibido volvían a su mente para torturarla.

Su familia se había marchado al sur de Tokio donde pasarían el fin de semana en casa de una de sus tías, y Kagome se había quedado porque debía preparar el discurso de su graduación.

Ella había sido una de las tres elegidas para representar a su promoción y tenía que estar a la altura.

Arrugó la nariz, tachando el último párrafo que había escrito.

A ese paso no iba a terminar nunca. El maldito discurso le estaba dando dolor de cabeza.

Escuchó el crujido de una rama a lo lejos y se le pusieron los pelos de punta. Todos los músculos de su espalda se contrajeron y sintió un escalofrío bajando por la columna.

Kagome miró hacia la ventana, notando cómo se aceleraban los latidos de su corazón.

Desde el incidente, como Sara y Sango habían decidido llamar a su encuentro con los dos yōkai, cualquier ruido la ponía muy nerviosa.

Kagome se levantó y caminó hasta la ventana de su cuarto, abriéndola del todo para poder asomarse.

El patio del templo estaba tan tranquilo como siempre. A la derecha estaba el árbol sagrado, su favorito, y el viento mecía sus ramas, agitando sus hojas.

El sonido de la brisa atravesando las ramas llegaba desde cada rincón del templo, que estaba completamente rodeado de árboles.

Kagome suspiró, apoyando los brazos en el alféizar de la ventana. Cualquiera de sus ramas había crujido por culpa del viento y esa tontería la había asustado.

Se sentía completamente indefensa y cada vez le resultaba más insoportable. Odiaba tener tanto miedo.

Como cada vez que sentía ansiedad, se recordó a sí misma que los demonios no podían salir del bosque. Había algo que los contenía allí dentro y no tenían forma de llegar hasta ella.

Estaba a salvo. Nadie volvería a atacarla si se mantenía lejos de aquel lugar.

Kagome contempló la puesta de sol hasta que el astro se ocultó tras las montañas. Las nubes se tiñeron de rojo y ella suspiró de nuevo, cerrando la ventana y saliendo del cuarto para darse un baño caliente que la ayudara a relajarse.

Rojo, como aquellos ojos que la observaban desde la oscuridad.

Rojo, como los ojos del monstruo que se abalanzó sobre ella y clavó los colmillos en su piel.

Kagome apretó la mandíbula, cerrando los puños bajo el agua.

No podía permitir que la oscuridad la asustara. Estaba en casa y a salvo.

Hacía solo unas horas que había hablado con Inuyasha y él le había prometido que aquella noche se verían, pero todavía no sabía nada de él.

Dejó su ropa en el lavabo y se sentó en la bañera cuadrada, apoyando la cabeza en el borde mientras el agua caliente la rodeaba.

Aquellos ojos rojos de iris azules volvieron a su mente pero Kagome se obligó a sí misma a dejar de pensar en eso.

Estaba a salvo. Ellos no podían atraparla, todo estaba bien.

Repitió su mantra hasta que sintió que su cuerpo se relajaba.

Estabo a punto de quedarse dormida cuando el sonido de su teléfono la sobresaltó. Kagome salió del baño envuelta en una toalla y volvió a su cuarto, desbloqueándolo para ver quién le había escrito.

¿Estás en casa?

Era Inuyasha. Kagome jadeó, corriendo hacia su armario para vestirse.

Sí. ¿Dónde estás tú?

Abrochó los botones de su blusa, pasándose el peine por su larga melena mientras esperaba su respuesta.

Escuchó el timbre de la puerta principal y frunció el ceño.

¿Sería él?

Kagome bajó las escaleras a toda velocidad, corriendo hacia la puerta. Al abrirla, los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Inuyasha —murmuró, llevándose una mano temblorosa a los labios.

Allí estaba, tan imponente como siempre. El viento le trajo su olor varonil, y hasta ese momento no se dio cuenta de lo mucho que lo había echado de menos.

Un mes entero sin poder verlo, sin poder hablar con él sobre lo que había pasado cara a cara. Habían hablado casi a diario por teléfono pero no era lo mismo.

Kagome necesitaba verlo en persona, contarle con todo detalle lo que había ocurrido dentro del bosque y ver su reacción. Además, todavía no estaba segura de si lo había perdonado por no esperarla para entrar allí.

En cuanto lo miró a los ojos, supo que ya no le guardaba rencor.

Por fin estaba ahí, tal como había prometido. Llevaba una camisa azul, como el día que se conocieron, y una chaqueta negra a juego con sus pantalones rasgados.

Su pelo estaba recogido en una coleta y sus ojos oscuros no se despegaban de los suyos.

Kagome pestañeó varias veces, intentando no llorar. Estaba sintiendo demasiadas emociones a la vez.

Inuyasha sonrió y ella sintió que una lágrima caía por su mejilla.

—Hola, Kagome.

Su voz grave pronunciando su nombre era lo más reconfortante que había escuchado en semanas. Incapaz de contenerse más Kagome se lanzó sobre él, hundiendo la cabeza en su pecho mientras más lágrimas escapaban de sus ojos.

—Estoy asustada, Inuyasha. Tengo miedo todos los días.

Sus brazos la rodearon, envolviéndola en su calidez.

—Lo sé. Lo siento mucho, Kagome.

Ella se agarró con fuerza a su chaqueta, sollozando más fuerte. Inuyasha suspiró, apoyando la barbilla en su cabeza y apretándola más entre sus brazos.

—Tranquila. Ahora estoy aquí.