Esta historia ha ganado el tercer puesto al "Mejor Drama" en los Inuyasha Fandom Awards y no puedo estar más contenta :) Gracias a los que votaron!
Capítulo Dieciséis
La casa humana
En lo alto del árbol más grande del templo Inuyasha estaba contemplando la puesta de sol. Llevaba ropa humana y estaba sentado en una de las ramas, esperando a que su cuerpo se volviera humano.
Podía escuchar a Kagome moviéndose por el interior de la casa de dos plantas, y nada más llegar había olido su miedo.
Estaba asustada, aunque no tanto como aquella mañana en el bosque.
En cuanto sintió el cosquilleo de su transformación, Inuyasha sacó su teléfono del bolsillo y le escribió.
¿Estás en casa?
Escuchó un jadeo que salía de su habitación y no pudo evitar sonreír. Kagome era tan ruidosa que podía escucharla incluso cuando era humano.
Sí. ¿Dónde estás tú?
Inuyasha bajó de un salto al suelo, sacudiéndose el polvo de su chaqueta. Avanzó hasta la puerta principal y observó con desconfianza el botón que había en uno de los lados.
Había visto muchas veces a las amigas de Kagome pulsarlo pero seguía sin fiarse de la electricidad.
Tras un suspiro, alargó la mano y el timbre resonó dentro de la casa.
Escuchó pasos tras la puerta y retrocedió, tensándose de golpe.
Por fin iba a volver a ver a Kagome. Había pasado casi todas las noches en su habitación, pero echaba de menos ver sus profundos ojos y su sonrisa sincera.
Inuyasha frunció el ceño cuando se abrió la puerta.
—Inuyasha.
Ella estaba ahí. Al decir su nombre su voz había sonado temblorosa y tenía los ojos llenos de lágrimas.
Inuyasha tardó un par de latidos en reaccionar. No sabía lo que hacer, probablemente todavía estaba enfadada. Decidió sonreír y vio que una lágrima caía por su mejilla.
—Hola, Kagome.
Al escuchar su voz, ella dio dos pasos más y se lanzó a sus brazos, ocultando el rostro en su pecho. Inuyasha contuvo el aliento, completamente sorprendido.
—Estoy asustada, Inuyasha. Tengo miedo todos los días.
La rodeó con sus brazos sin pensarlo, sintiéndose muy culpable. Kagome estaba llorando y él era el causante de todos sus problemas.
—Lo sé. Lo siento mucho, Kagome.
Sintió sus manos sujetando su chaqueta y dejó salir un suspiro, abrazándola más fuerte mientras apoyaba la barbilla en su cabeza.
Hasta ese momento solo había abrazado a Shippo, y todavía le resultaba un poco raro... pero era agradable. El olor dulce de Kagome le resultaba muy relajante, y probablemente sería aún mejor si no estuviera en su forma humana.
—Tranquila. Ahora estoy aquí.
Inuyasha se maldijo a sí mismo interiormente, apretando los dientes con frustración.
¿De verdad acababa de decir eso? Su maldito lado humano era demasiado sensible.
No volvió a hablar ni a moverse hasta que notó que ella se tranquilizaba. Kagome dio un paso atrás, apartándose de él con las mejillas sonrojadas.
—Perdón, Inuyasha.
Él se cruzó de brazos, chasqueando la lengua.
—Feh, no importa.
Kagome estaba muy inquieta y eso lo estaba poniendo todavía más nervioso a él. Se aclaró la garganta, recordando que ella quería contarle todo lo que había pasado dentro del bosque de los demonios.
Como si él no lo supiera demasiado bien.
Inuyasha sabía que al final terminaría contándole la verdad, pero no aquel día. Era mejor esperar, como había dicho Sesshomaru.
—¿Quieres hablar de lo que pasó?
Kagome asintió, retorciéndose las manos con nerviosismo.
—No quiero ir a ningún sitio público, alguien podría escucharnos y prefiero no arriesgarme. Mi familia no está, podríamos cenar aquí.
Inuyasha arrugó el entrecejo, sintiendo cómo se aceleraban los latidos de su corazón.
—¿Quieres que cenemos en tu casa? —preguntó con incredulidad.
Kagome arqueó las cejas.
—¿Tienes una idea mejor?
Inuyasha pestañeó varias veces, sorprendido.
¿De verdad iba a dejarlo entrar en su casa? ¿Tanto se fiaba de él?
¿Qué pensaría si supiera que en realidad ya había entrado decenas de veces? Probablemente se enfadaría, y mucho.
—Nunca he estado dentro de una casa antes —murmuró entre dientes.
Al ver la cara de confusión de Kagome, Inuyasha carraspeó.
—Me refiero a la casa de una chica.
Ella se rio entre dientes, ladeando la cabeza.
—¿Es que no debería dejarte entrar? ¿Eres peligroso?
«Sí, y deberías mantenerte lo más lejos posible de mí.»
Inuyasha apretó los puños, sabiendo que nunca le diría algo así.
—No.
Kagome sonrió.
—Lo sé, Inuyasha. Desde el primer día siento que puedo confiar en ti, es como si te conociera de toda la vida.
«Mierda.»
Inuyasha se tragó toda la culpabilidad que estaba sintiendo y asintió.
—Además, ya te dije que yo pagaría la próxima vez. Puedo hacer ramen y empanadillas —añadió ella, abriendo más la puerta para dejarlo pasar.
Hasta ese momento solo había visto el cuarto de Kagome, pero el resto de la casa era igual de acogedora. Sospechaba que, si entrara allí siendo medio demonio, podría detectar el aroma de ella y del resto de su familia en cada esquina.
Aunque con su olfato humano solo percibía el de Kagome.
La siguió hasta una habitación bastante grande donde había una mesa a uno de los lados. Kagome la señaló.
—Puedes sentarte. Yo me encargo de todo.
Inuyasha se sentó en una de las sillas, mirando a su alrededor con nerviosismo. Era la primera vez que visitaba una casa humana.
Kagome se colocó detrás de una encimera blanca muy parecida a las que había en las cocinas del Palacio Taisho. Encendió uno de los fuegos y puso una olla encima.
—¿Cuándo has llegado a Tokio? —preguntó, buscando algo en uno de los armarios.
Inuyasha seguía recorriendo aquella habitación con la mirada, observando todo lo que había allí. Al otro lado vio un rectángulo negro bastante raro justo enfrente de un gran sofá que parecía muy cómodo.
¿Sería un espejo?
Al volver a mirar a Kagome, se sintió muy incómodo. Nunca nadie había cocinado para él, y no podía ofrecerse a ayudarla porque no sabía utilizar ninguno de esos aparatos humanos que ella estaba tocando.
—Hace una hora —contestó, esquivando su mirada.
Mentiras y más mentiras.
Kagome tapó la olla y rodeó la encimera, dando un pequeño salto para sentarse encima.
—Oye, Inuyasha... quiero que me cuentes tu versión de aquel día en el bosque.
Inuyasha tragó saliva.
—No tengo mucho que decir. Llegué allí antes que tú y me adentré entre los árboles, como he hecho siempre. Vi unos ciervos a lo lejos y me distraje, pero recibí tus mensajes. Volví a la zona por la que había entrado y no te vi por ninguna parte. No estabas en el bosque, ni fuera... y me empecé a poner nervioso. Te llamé por teléfono, pero no contestaste.
—Estaba enfadada, y muy asustada —dijo Kagome, suspirando.
Él asintió.
—En ese momento pensé que te habías arrepentido y que habías vuelto a casa, por lo que yo también me fui. Dos días después fue cuando conseguí hablar contigo y me enteré de lo que te había pasado.
«Maldita sea, se me da demasiado bien mentir.»
Inuyasha ignoró la voz de su conciencia.
Tras aquella conversación los dos habían evitado volver a hablar sobre el tema porque Kagome decía que no era seguro hacerlo por teléfono. Y él había tenido muchos días para pensar en lo que le diría cuando se vieran otra vez.
Los ojos de Kagome volvían a estar vidriosos.
Inuyasha sintió un nudo en el estómago al verla triste otra vez. No se le daba bien consolar a los demás, pero leer el libro de su padre había sido una muy buena idea. Ahora entendía mejor las emociones humanas.
—Kagome...
—Estoy bien. Solo necesito un momento —murmuró ella, cubriéndose los ojos con la mano.
Inuyasha se mordió la lengua, maldiciendo de nuevo su lado humano y emocional. Se levantó y avanzó hacia ella a pasos lentos, deteniéndose justo delante de sus rodillas.
—No importa si lloras. Lo entiendo.
—Pasé tanto miedo, Inuyasha... pensaba que iba a morir.
Inuyasha sacudió la cabeza con rabia.
—Todo fue culpa mía.
Los brazos de Kagome tiraron de él, y un jadeo escapó de su garganta cuando se encontró rodeado por ella. Podía sentir sus piernas a ambos lados de su cuerpo.
Kagome dejó salir un largo suspiro, apoyando la frente en su hombro y entrelazando las manos sobre su espalda.
—No digas eso. No debiste entrar sin mí, pero ya no estoy enfadada.
Inuyasha volvió a rodearla con sus brazos, apretando los labios. Probablemente ella podía escuchar los latidos de su corazón.
—¿Qué fue lo que viste? —preguntó en voz baja, girando un poco la cabeza hasta que rozó su pelo con la nariz.
«Joder, Kagome huele demasiado bien.»
—Una cuerda extraña se enredó en mis pies y algo me arrastró hacia dentro. Cuando por fin me soltó, vi unos ojos rojos... eran iguales que los que vi en mi pesadilla, Inuyasha —murmuró ella, reprimiendo un escalofrío. —Se iba a lanzar sobre mí cuando otro demonio vestido de rojo se interpuso entre nosotros.
Los brazos de Inuyasha se tensaron y Kagome contuvo la respiración al notarlo, pero siguió hablando tras unos segundos.
—Dijo un nombre raro, creo que era el nombre del otro demonio. Entonces se giró, me miró, y... y su cuerpo cambió. Sus ojos se oscurecieron, volviéndose tan rojos como el del primer yōkai. Me había torcido el tobillo, pero corrí tan rápido como pude para salir de allí. No fue suficiente, me atrapó y... me mordió —confesó Kagome en un susurro, respirando con dificultad y apretando su agarre alrededor de él.
Inuyasha dejó un beso en su pelo, como había visto hacer a Sara más de una vez, y se alejó unos centímetros de ella para poder mirarla a los ojos.
No entendía por qué, pero necesitaba conseguir que se sintiera mejor.
—¿Puedo ver ese mordisco?
Kagome asintió y levantó una de las manos hasta su cuello. Tiró del cuello de su camisa, mostrándole parte de su hombro.
Las cejas de Inuyasha se juntaron mientras observaba aquella herida, que tenía muchísimo mejor aspecto que la última vez que la vio. Estaba completamente curada y se estaba aclarando, perdiendo el color rosado.
Pronto sería una cicatriz blanca con forma de medialuna y no volvería a dolerle.
—¿Te molesta? —preguntó, levantando la vista.
Kagome sacudió la cabeza, con sus ojos marrones fijos en los suyos y un pequeño rubor en sus mejillas.
—Ya casi nunca siento dolor.
—Mucho mejor.
Inuyasha volvió a levantar la cabeza y sus rostros quedaron a poca distancia. Kagome seguía mirándolo tan fijamente que sus mejillas empezaron a arder.
Nunca habían estado tan cerca. Podía sentir su aliento en el rostro y veía como el suyo le movía el flequillo.
Quería besarla. Necesitaba sentir sus labios otra vez, recordar su sabor.
Pero... ¿Cómo debía hacerlo?
¿Querría ella que lo hiciera?
Las manos de Kagome dejaron su espalda y subieron hasta enredarse alrededor de su cuello. Sus dedos atraparon varios mechones de su larga coleta y una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Es más suave que el mío.
Inuyasha pestañeó, incapaz de comprender lo que ella estaba diciendo. Se sentía confundido, incluso un poco abrumado.
Tener a Kagome tan cerca...
—¿Qué?
—Tu pelo.
Sus uñas le rozaron la nuca. Inuyasha cerró los ojos al sentir un escalofrío.
—Kagome, yo... yo nunca he estado así con nadie.
Los dedos de Kagome dejaron de acariciar su pelo y él abrió los ojos. Su rostro estaba todavía más rojo y sintió que sus manos empezaban a temblar.
Ella también estaba nerviosa, lo que era un pequeño consuelo.
—Quieres decir en casa de una chica, ¿verdad? Sí, ya me lo has dicho antes.
Inuyasha negó con la cabeza y apoyó las manos sobre la encimera, a ambos lados de su cuerpo.
—No, quiero decir así, tan... tan cerca.
Kagome contuvo el aliento.
—¿Qué?
Era el momento de confesarse. No podía arriesgarse a besarla y que ella se diera cuenta de que no sabía lo que estaba haciendo.
—No... no había besado a nadie antes de conocerte.
El rostro de Kagome se quedó congelado un segundo, y después se endureció.
—¿Me estás diciendo que tu primer beso ha sido conmigo? —preguntó con la voz más aguda de lo normal.
Inuyasha asintió, frunciendo el ceño.
¿Por qué se estaba enfadando?
Los brazos de Kagome abandonaron su cuello, volviendo a caer sobre su falda.
—No te creo —siseó entre dientes, levantando la barbilla y entrecerrando los ojos.
Inuyasha arqueó una ceja.
—¿Por qué?
Kagome tartamudeó, y aquello lo hizo sonreír.
¿Por qué le resultaba tan extraño?
—Pero... ¿Pero tú te has visto, Inuyasha? ¿Cómo puedes decir que no has besado a nadie? Es imposible, no puede ser —comentó en voz baja, arrugando el entrecejo con incredulidad.
La sonrisa de Inuyasha se amplió.
«Así que me encuentra atractivo, ¿eh?»
—Pues es la verdad. Tú me robaste mi primer beso, Kagome —susurró, bajando la cabeza hasta que sus miradas estuvieron a la misma altura.
La respiración de Kagome se alteró y sus ojos se agrandaron.
—¿Lo dices en serio?
Inuyasha asintió con la mirada fija en ella. Vio a Kagome tragar saliva y sus ojos marrones bajaron un poco, hasta sus labios. Al momento volvió a mirarlo a los ojos, sonrojándose aún más.
Él se sentía igual de nervioso, aunque estaba acostumbrado a ocultar sus sentimientos y sabía que no se le estaba notando tanto como a ella.
—Yo tampoco había besado a nadie antes —soltó Kagome de repente.
«¿Qué?»
¿Cómo podía ser cierto?
Inuyasha recorrió su rostro con la mirada, completamente confundido.
Kagome era muy hermosa. No se había dado cuenta al principio, pero aquella humana llamaba mucho la atención. Sus ojos eran muy expresivos, tenía una sonrisa muy bonita y además era encantadora.
¿Quién no se fijaría en ella?
Inuyasha sintió una punzada en el pecho al pensar en el humano que estuvo hablando con ella la noche que la conoció y que intentó acompañarla a casa.
¿Seguiría Kagome hablando con ese idiota?
—¿Qué te pasa, Inuyasha?
Él pestañeó al escuchar su voz, volviendo a la realidad. Kagome estaba frunciendo un poco el ceño pero no se había alejado ni un centímetro.
Inuyasha volvió a carraspear, sintiendo una oleada de rabia en su interior.
—¿Y ese chico?
—¿De qué chico hablas? —preguntó ella, levantando las cejas.
Inuyasha desvió la mirada y resopló suavemente.
—Ya sabes, ese que quería acompañarte a casa la noche de la discoteca.
Kagome estaba apretando los labios para no sonreír.
Él entrecerró los ojos, incorporándose para alejarse un poco de ella aunque no movió los brazos, que seguían atrapándola entre su cuerpo y la encimera.
Ella dejó salir una risita y eso solo lo cabreó más.
—¿Qué es tan gracioso?
—¿Estás celoso, Inuyasha?
Él apretó la mandíbula, lanzándole una mirada de odio.
¿Celos? ¿Eso era lo que estaba sintiendo?
—Feh, por supuesto que no —gruñó entre dientes.
Kagome dejó salir un largo suspiro.
—Hojo solo es un amigo. Sé que está interesado en mí, aunque yo no siento lo mismo. Se lo he dicho muchas veces pero sigue insistiendo.
Inuyasha arqueó una ceja.
—¿Y en quién estás interesada tú?
Kagome se mordió el labio inferior y los ojos de Inuyasha siguieron el movimiento. Ese tic nervioso le gustaba demasiado.
Ella colocó una mano en su rostro, acariciando su mejilla, y él contuvo el aliento al sentir el contacto.
—¿Por qué me siento tan bien cuando estás cerca, Inuyasha? ¿Por qué me siento tan... segura? —preguntó Kagome en un susurro, mirándolo a los ojos.
Inuyasha no pudo resistirse más. Volvió a inclinar la cabeza y cerró los ojos, juntando sus labios con los de ella.
Ese fuego volvió a erizar toda su piel y suspiró al sentir un escalofrío bajando por su columna vertebral.
La otra mano de Kagome apareció sobre su otra mejilla, tomando su rostro y atrayéndolo más hacia ella.
Un pequeño gruñido resonó en su pecho. Besarla era increíble, y no quería parar.
Dio un paso hacia delante, rodeándola con sus brazos. Kagome atrapó su labio inferior entre los suyos e Inuyasha la imitó, siguiendo el movimiento de sus labios.
Cuando la punta de su lengua le rozó el labio inferior pensó que iba a perder el control.
El sabor de Kagome era tan adictivo que no pudo evitar preguntarse lo que sentiría al besarla siendo un medio demonio, cuando lo percibía todo con mucha más intensidad.
Inuyasha también utilizó la lengua para saborear sus labios, jadeando suavemente sobre ellos.
Tener a Kagome entre sus brazos era la mejor sensación que había tenido en su vida. Era como haber encontrado su hogar tras más de dos siglos de búsqueda. Su aliento dulce le acariciaba el rostro y ella seguía acariciando sus mejillas con los pulgares mientras separaba y volvía a juntar sus labios una y otra vez.
El beso se estaba volviendo más intenso y los dos jadearon cuando sus lenguas se rozaron por primera vez.
Inuyasha se apartó, apoyando su frente sobre la de ella y abriendo los ojos. Tenía la respiración muy agitada, y sonrió al ver que Kagome estaba igual.
«Joder con los besos humanos.»
Notó un olor raro, como a quemado, y alzó la cabeza con el ceño fruncido, mirando a su alrededor.
—¿A qué huele?
Kagome jadeó, abriendo mucho los ojos.
—¡Las empanadillas! —gritó, empujándolo hacia atrás y volviendo al suelo de un salto.
Corrió hacia la sartén y suspiró aliviada.
—Menos mal, no se han quemado.
Inuyasha apoyó los brazos en la encimera, observándola mientras colocaba la comida en los platos y repartía el ramen en dos cuencos.
Quería besarla otra vez.
«Contrólate, idiota.»
La ayudó a llevar todo a la mesa y cenaron mientras ella le hablaba de su graduación y del discurso que estaba preparando.
Él le contó varias anécdotas sobre Shippo, haciéndola reír.
Tras terminar, Kagome preparó una infusión para ambos y se sentaron juntos en el sofá. Inuyasha estaba perdido en sus pensamientos, pensando en lo que iba a hacer.
No quería estar otro mes más sin verla, pero tampoco podía contarle que él era el demonio que la había mordido en el bosque.
Necesitaba un plan, y rápido.
Kagome dejó su taza sobre la mesita, suspirando y apoyando la cabeza y una mano sobre su pecho.
—¿Puedes quedarte un rato conmigo? No quiero estar sola —pidió en voz baja.
Inuyasha miró hacia la ventana. Era noche cerrada y todavía quedaban bastantes horas hasta que saliera el sol.
—Está bien. Me quedaré hasta que te duermas —aceptó, rodeando su cintura con el brazo y apoyando la mejilla en su cabeza.
