Capítulo Diecisiete
Despertar
Kagome había soñado muchas veces con Inuyasha desde el día que lo vio por primera vez aquella noche en la discoteca.
Era la persona más interesante y llamativa que había conocido en su vida y le resultaba muy difícil dejar de pensar en él. Nunca se había encontrado con alguien así.
Al principio no fue capaz de comprender por qué se le había acelerado tanto el corazón al verlo. Todo su cuerpo tembló cuando descubrió sus ojos oscuros fijos en ella, y las manos le sudaban mientras lo veía acercarse cada vez más.
Días después encontró una explicación bastante razonable tras una charla con Eri y Ayumi. Había sido un flechazo, aunque lo que ella sintió en ese momento no se parecía en nada a la descripción de sus amigas sobre la primera vez que se habían fijado en un chico.
Lo que ella experimentó fue muy diferente... mucho más intenso, casi como si fuera algo planeado por el destino.
Sus sentimientos por Inuyasha no habían dejado de crecer a pesar de poder verlo solo una vez al mes, evolucionando a una velocidad que a Kagome no le parecía normal.
Nada de lo que estaba relacionado con Inuyasha era normal. Su mente científica llevaba semanas intentando encontrar una explicación razonable, pero simplemente no existía.
El corazón de Kagome se saltaba un latido cada vez que escuchaba su voz grave al otro lado del teléfono, y durante la primera cena con él le había costado un gran esfuerzo apartar la mirada de sus labios.
¿Por qué se sentía así? Siempre había querido conseguir tener una relación tan especial como la que tuvieron sus padres, y era como si Inuyasha fuera la respuesta a todas sus preguntas.
Aunque parecía ser una persona fría y distante, Kagome poco a poco estaba descubriendo lo que escondía en su interior. Inuyasha tenía un gran corazón y era todo lo contrario a lo que ella imaginó el día que se conocieron.
Y, por alguna extraña razón, se había fijado en alguien tan normal como ella.
Kagome todavía recordaba el agradable calor que había recorrido sus venas cuando lo había besado al pie de las escaleras del templo.
Aunque había sido solo un segundo, la reacción de su cuerpo cuando sus labios entraron en contacto la dejó sin aliento.
Y, desde aquel día, había estado deseando repetir ese beso y descubrir si volvía a sentir lo mismo.
Aquellos aterradores ojos rojos solo habían aparecido en sus sueños un par de veces desde el ataque, transformándolos en horribles pesadillas.
El resto de noches Kagome había podido dormir tranquila y descansar, despertándose con mucha energía y con ganas de hablar con Inuyasha.
Cada mañana sentía su olor y su presencia a su alrededor, como si él de verdad estuviera en su habitación.
Kagome sacudió la cabeza aquel día al despertarse. Inuyasha no estaba ni en la misma ciudad, pero seguía teniendo la sensación de que estaba muy cerca.
Los recuerdos del bosque prohibido la persiguieron durante horas, atormentándola con imágenes tenebrosas hasta que Inuyasha apareció ante la puerta de su casa.
Todos sus temores se desvanecieron al volver a verlo.
Su sola presencia le transmitía calidez y seguridad, como si no pudiera pasarle nada malo si él estaba con ella.
Kagome se sorprendió al verlo dudar cuando lo invitó entrar en su casa.
Realmente la primera impresión que se llevó sobre Inuyasha estaba muy lejos de la realidad. No era el chico ligón que ella había pensado.
Y todavía se sorprendió más cuando él confesó que era la primera chica a la besaba. Parecía una mentira, pero sus ojos grises eran sinceros.
Kagome sintió que se ahogaba cuando Inuyasha inclinó la cabeza para buscar sus labios. El beso de despedida tras su primera cita había sido muy rápido, pero aquel fue lento y pudo disfrutarlo.
Toda su piel se erizó al sentir su boca contra la suya y no pudo evitar rozar su labio inferior con la lengua.
Algo dentro de su ser necesitaba tenerlo más cerca, besarlo más profundamente.
Las yemas de sus dedos ardían al acariciar el cuello de Inuyasha mientras él seguía besándola como si fuera una fuente de agua en mitad del desierto.
Kagome jadeó cuando sus lenguas se rozaron por primera vez, recordando todo lo que Sango le había contado sobre sus besos con Miroku y cómo le robaban el aliento.
Ella sentía que la cabeza le daba vueltas, estaba completamente perdida y solo podía pensar en la agradable sensación de los labios de Inuyasha y su aliento cálido chocando contra su piel.
Justo cuando pensaba que su corazón iba a explotar él rompió el beso y juntó sus frentes, mirándola a los ojos.
Fue en ese mismo instante cuando Kagome lo supo. Mientras observaba el brillo de sus ojos, el rubor de sus mejillas y sus tupidas cejas negras se dio cuenta de que había ocurrido lo que parecía casi imposible.
Estaba completamente enamorada de Inuyasha.
Sintió ganas de que se la tragara la tierra cuando él arrugó el entrecejo y olfateó el aire, notando el olor del aceite caliente.
Kagome se ruborizó y corrió hacia la cocina para salvar la cena, compartiéndola con él mientras hablaban de su próxima graduación y de las travesuras de Shippo cuando Inuyasha estaba presente.
Tras dejar los platos en el fregadero, miró sobre su hombro y sintió que se le encogía el corazón al ver a Inuyasha sentado en el sofá, contemplando lo que tenía a su alrededor con gesto tímido.
No quería que se fuera todavía. Hacía un mes desde la última vez que había podido estar con él y un par de horas no era suficiente.
Solo de pensar en quedarse sola otra vez, Kagome sentía escalofríos.
Por eso preparó un poco de té y se sentó junto a Inuyasha, disfrutando un rato más de su compañía. Tras dejar la taza vacía sobre la mesita, apoyó la cabeza en su pecho y se dejó envolver por su calidez.
Se sentía genial cuando Inuyasha estaba cerca. Feliz. Protegida. Completa.
Su corazón tomó el control y habló por ella.
—¿Puedes quedarte un rato conmigo? No quiero estar sola.
Kagome se mordió el labio inferior con nerviosismo, pensando que no había sido buena idea pedírselo. No quería que Inuyasha pensara mal de ella ni se llevara la idea equivocada.
Aunque, ahora que sabía que los dos habían compartido su primer beso, lo más probable es que Inuyasha no esperara que pasara nada más entre ellos.
Su barbilla le rozó el pelo cuando él giró la cabeza hacia la derecha, contemplando el patio del templo a través de la ventana. En cuanto escuchó su voz grave volvió a tranquilizarse.
—Está bien. Me quedaré hasta que te duermas.
Uno de los brazos de Inuyasha la rodeó y él dejó la mano en su cintura.
Kagome sonrió, cerrando los ojos y apoyando la mejilla sobre su pecho.
Escuchar los latidos de su corazón era muy relajante.
Algo le estaba haciendo cosquillas en la nariz.
Kagome apretó los ojos, gruñendo suavemente. Todavía no quería despertarse, estaba demasiado cómoda y calentita para moverse.
Cogió aire lentamente, reconociendo al instante el aroma que invadía sus fosas nasales.
Era un olor varonil con un toque a naturaleza que le recordaba a las hojas de otoño tras un día de lluvia.
Inuyasha.
Lo podía escuchar respirando profundamente, y notaba el movimiento de su pecho bajo su cabeza. Él también se había quedado dormido.
Saber que Inuyasha se había quedado con ella aceleró los latidos de su corazón. No estaba sola, y había dormido mejor que nunca.
Kagome sonrió, levantando la mano que tenía sobre su pecho hasta que atrapó un mechón de su pelo. Tan suave como recordaba.
Al volver a moverla hacia abajo algo extraño le arañó la punta del dedo meñique y Kagome arrugó la nariz.
Abrió uno de los ojos, pestañeando varias veces para enfocar la vista.
La luz del sol entraba por la ventana y se escuchaba el canto de los pájaros en los árboles de alrededor de la casa.
Una de las manos de Inuyasha estaba junto a la suya, pero sus uñas eran tan largas y afiladas que se había arañado al rozarlas.
Más que una mano, parecía una garra.
Kagome frunció el ceño, girando un poco la cabeza hacia arriba. Él tenía apoyada la barbilla en su coronilla, por lo que lo único que podía ver era su camiseta azul y la curva de su cuello.
Su entrecejo se arrugó aún más al ver su color de pelo.
Era... ¿blanco? ¿Plateado?
Kagome volvió a pestañear, confundida.
¿Es que aún estaba soñando?
Alzó la cabeza un poco, intentando ver su rostro, y contuvo el aliento.
Sus ojos se abrieron como platos y su corazón latió a toda velocidad, completamente aterrorizado.
Estaba apoyada sobre el demonio que la había mordido en el bosque.
Se parecía a Inuyasha. De hecho, era casi igual excepto por el color de pelo y las uñas.
¿Es que se había transformado en ese yōkai durante la noche? ¿O había sido él desde el principio?
Kagome jadeó, incorporándose de golpe y cayendo en el otro lado del sofá. Toda la sangre huyó de su rostro al ver las dos orejas peludas que tenía sobre la cabeza.
Volvió a mirar su rostro y lo vio abrir los ojos lentamente, buscándola con su mirada.
—¿Qué...?
Kagome chilló cuando sus ojos dorados se posaron sobre ella.
Ya no cabía duda. Aquel ser era el demonio que la atacó, y ahora estaba dentro de su casa.
Inuyasha se levantó de un salto al escuchar su grito y ella hizo lo mismo, corriendo hacia la cocina con el corazón en la garganta.
Necesitaba encontrar algo con lo que pudiera defenderse o moriría en cuestión de segundos.
Sin pensarlo, abrió el cajón de los cubiertos y cogió el cuchillo más grande que había dentro.
Al girarse vio que Inuyasha se estaba mirando las manos con un gesto de dolor en el rostro. Sus ojos volaron hacia la ventana y lo escuchó resoplar.
—Joder —gruñó entre dientes, apretando los puños y volviendo a mirarla.
Kagome alzó el cuchillo, interponiéndolo entre los dos de forma amenazante.
—Kagome...
Ella apretó los dedos alrededor del mango para que su mano dejara de temblar.
—¡No te acerques a mí, monstruo!
El demonio se tensó y alzó las dos manos muy despacio.
—No voy a hacerte daño.
Su tono de voz era el mismo que tenía Inuyasha. Kagome lo observó un momento, percatándose de lo mucho que ambos se parecían.
Su labio inferior empezó a temblar. Inuyasha y el yōkai que la mordió eran la misma persona.
¿Cómo no lo había notado ese día en el bosque?
Algo caliente estaba cayendo por sus mejillas. Kagome se limpió el rostro con su mano libre, incapaz de recordar cuándo había empezado a llorar.
—Eras tú desde el principio. Tú me atacaste... ¿Cómo pudiste hacerme eso, Inuyasha? —preguntó con un hilo de voz, inhalando con fuerza para contener las lágrimas.
Kagome vio que sus dos orejas blancas se agachaban y lo escuchó suspirar.
—Yo no...
—¡Intentaste comerme!
El rostro de Inuyasha se endureció y bajó las manos, dejándolas a ambos lados de su cuerpo.
—¿Pero qué dices, mujer? ¡Yo no me alimento de humanos!
Ella sacudió la cabeza.
Su mente no podía aceptar que Inuyasha era el yōkai al que tanto temía. No podía ser cierto.
—¡Casi me matas, Inuyasha!
El demonio torció los labios, dando un paso hacia ella.
—Yo no quería...
Kagome apretó los dientes, sujetando el cuchillo con más fuerza.
—¡Fuera!
Inuyasha se quedó helado.
—¿Qué?
—¡Fuera de mi casa!
—Espera un momento. Todo tiene una explicación.
Ella dio un paso hacia delante y jadeó al ver que el cuchillo empezaba a brillar, pero no lo soltó.
—¿Qué está pasando? —preguntó en un susurro, bajando la mirada hasta su mano derecha que estaba emitiendo el mismo resplandor rosado que el cuchillo.
Inuyasha retrocedió con sus ojos fijos en la afilada hoja.
—Tienes poderes, Kagome. Y podrías matarme si me atacas con eso.
—¿Qué?
—Alguna de tus antepasadas era una sacerdotisa, y tú también lo eres. Baja el cuchillo —añadió él, frunciendo el ceño de nuevo.
—¿Y dejar que termines lo que empezaste aquel día? ¡No voy a permitir que me mates!
—¡No voy a hacerte daño, joder!
Kagome reprimió un sollozo y colocó su mano sobre su hombro.
—Ya me lo has hecho.
Inuyasha resopló con fuerza, cerrando los puños.
—No volverá a pasar jamás. Te doy mi palabra.
Ella desvió la mirada, esquivando sus ojos tristes.
—Márchate.
—Pero...
—Vete, Inuyasha. Y no vuelvas nunca.
Sentía que se le estaba rompiendo el corazón al pronunciar esas palabras y no podía parar de llorar, pero no le importaba. Inuyasha había traicionado su confianza de la peor manera posible.
Él dio un paso atrás al escucharla, encogiéndose como si le hubiera dado una bofetada.
—¿No vas a dejar que te lo explique?
Kagome se tensó al recordar al otro demonio.
—¿Todos los yōkai pueden salir del bosque?
Inuyasha bajó la mirada, cruzándose de brazos y sacudiendo la cabeza.
—No. Solo yo puedo hacerlo.
Al menos le quedaba ese consuelo, aunque sabía que nunca volvería a sentirse segura.
—Vete.
—Kagome...
—No quiero volver a verte nunca. ¡Fuera de aquí, monstruo! —gritó ella con la voz llena de rabia.
Dio otro paso hacia él, moviendo el cuchillo en su dirección.
Inuyasha suspiró y le dio la espalda.
—Está bien. No volveré a molestarte.
Kagome se sorprendió cuando desapareció a toda velocidad. Al asomarse al pasillo vio que había dejado la puerta de entrada abierta.
Todavía temblando, avanzó a pasos lentos y se asomó al patio.
Era muy temprano y no había nadie en el templo, corría una suave brisa que agitaba las ramas de los árboles y el sol acababa de salir tras las montañas.
Y no había ni rastro de Inuyasha.
Kagome cerró la puerta y la luz de su mano desapareció. Dejó caer el cuchillo al suelo y se llevó las manos al rostro, ahogando el llanto entre sus dedos.
Si aquello era una pesadilla, estaba tardando demasiado en despertarse.
Inuyasha saltó al primer árbol que vio y no dejó de correr hasta que llegó a la valla que separaba su bosque de la ciudad humana.
Todo se había ido a la mierda.
El plan era esperar a que se durmiera y salir de su casa, pero se había relajado tanto al estar cerca de Kagome que se había quedado completamente dormido y no había notado que estaba amaneciendo.
Era la primera vez en su vida que dormía tan profundamente y durante tantas horas.
Y ahora, gracias a su estúpido descuido, Kagome sabía quién era realmente.
Su reacción había sido más o menos la que él esperaba, aunque eso no había hecho que sus palabras dolieran menos.
Monstruo. Justo lo que le decían los yōkai.
Era un maldito híbrido, un monstruo que no debía existir.
Saber que Kagome también lo veía así le hacía sentir un dolor punzante en el pecho. Ni siquiera le había dejado intentar explicar lo que había ocurrido aquella mañana en el bosque, aunque ni el mismo Inuyasha sabía cómo definir lo que le había pasado.
Su parte demonio había tomado el control al detectar su aroma tan cerca, hundiendo sus colmillos en ella para marcarla como su compañera antes de que pudiera alejarse.
Ni Inuyasha ni Sesshomaru sabían que eso podía pasar. En realidad, nadie sabía lo que ocurría si tu compañera era humana. El único que había pasado por algo así antes era su padre.
Y él era medio humano, lo que hacía todo aún más difícil de comprender.
Inuyasha trepó la valla de un solo salto, rechinando los dientes al sentir el latigazo de dolor que le provocaba atravesar el escudo mágico.
Jadeó al caer sobre la rama de un árbol, relajando los músculos y mirando a su alrededor para comprobar que estaba solo.
Con una mano se soltó el pelo, dejando caer su larga melena sobre sus hombros.
Volvía a estar solo, y lo estaría para siempre.
Inuyasha pestañeó varias veces al sentir que los ojos le escocían.
Nunca había llorado y aquella no iba a ser la primera vez. Cerró los ojos y respiró profundamente varias veces hasta que el picor desapareció.
Se sentía triste y le dolía cada vez más el pecho al pensar en Kagome, como si se le estuviera rompiendo el corazón.
Lo había rechazado. Su compañera destinada no quería saber nada de él.
Inuyasha apretó la mandíbula, dejándose caer por las ramas hasta que llegó al suelo.
Necesitaba distraerse, y para eso no había nada mejor que una pelea.
O tal vez pasar un rato con Shippo.
Inuyasha corrió por el bosque, dejando que el azar decidiera. Iría hacia el palacio Taisho y no se detendría a no ser que algún yōkai se atreviera a desafiarlo.
Sintió que su cuerpo temblaba y, al mirarse las manos, vio que sus uñas se estaban alargando.
Estaba tan furioso y dolido que se estaba transformando en yōkai.
Inuyasha se detuvo en seco, dejando que la ira lo invadiera por completo y anulara cualquier otro sentimiento.
Miró hacia la derecha y sonrió al ver a dos yōkai de la luna observándolo con gesto sombrío, sintiendo que sus largos colmillos crecían hasta estar sobre sus labios.
Shippo tendría que esperar. Ahora necesitaba luchar, y aquellos dos demonios eran muy poderosos.
Pero no más que él.
