Capítulo Dieciocho
Demonio completo
Inuyasha nunca había estado tanto tiempo en su forma yōkai.
Normalmente la transformación duraba solo unos minutos, pero esta vez había sido más de una hora y había momentos en los que no podía recordar lo que había pasado.
Cuando su parte demonio tomaba el control, Inuyasha no siempre era consciente de lo que ocurría.
Siguió avanzando por el bosque lentamente, arrastrando su pierna izquierda donde tenía una herida profunda que le cruzaba el muslo y que iba dejando un pequeño rastro de sangre a su paso.
Si algún yōkai decidiera atacar en ese momento, sería una presa muy fácil.
Ya no quedaba ni rastro de su camisa humana y el pantalón no estaba mucho mejor. Llevaba todo el pecho lleno de arañazos y cortes, y una gran quemadura le atravesaba la espalda.
Los yōkai de la luna eran unos de los seres más poderosos que habitaban en el bosque de los demonios, por lo que Inuyasha se sentía orgulloso al haber acabado con dos de ellos.
Sabía que todo habría sido muy diferente si hubiera luna llena en el cielo, aunque no podía evitar querer destrozarlos cuando se cruzaban en su camino.
Esos yōkai fueron los que acabaron con sus padres por lo que su sed de venganza no desaparecería nunca. Le habían robado la oportunidad de crecer sabiendo lo que era tener una familia, aunque al menos tuvo a su lado a Sesshomaru.
Un medio hermano era mejor que estar completamente solo como Shippo.
Inuyasha apretó los dientes y presionó su mano derecha contra su pecho al sentir otra vez ese pinchazo doloroso en el corazón.
Había destrozado la oportunidad de compartir su vida con alguien y ahora seguiría solo para siempre. Ninguna demonio lo aceptaría como su pareja, y ninguna humana que pudiera conocer durante sus noches tenebrosas sentiría por él lo que sentía Kagome.
Y él jamás volvería a sentir algo así por nadie.
Tal como su padre explicaba en el libro, un demonio solo podía enamorarse de su compañera. Y solamente los humanos estaban interesados en el amor, los yōkai tenían suficiente con hacerse compañía y engendrar algunos hijos para fortalecer su clan.
Inuyasha sacudió la cabeza, intentando no volver a pensar en ella. Hasta que conoció a Kagome no se había planteado la posibilidad de cambiar su solitaria existencia, y ahora su rechazo dolía demasiado.
Quisiera o no, le quedaban otros seiscientos años más de soledad... a no ser que algún demonio consiguiera acabar con él antes.
Las enormes puertas del Palacio Taisho aparecieron ante él. Inuyasha se detuvo, olfateando el aire para detectar a Shippo.
El aroma del pequeño yōkai zorro parecía venir de la parte central del recinto. Inuyasha se dirigió hacia las puertas y las atravesó lentamente.
Los yōkai que las guardaban lo contemplaron con curiosidad pero no comentaron nada.
Inuyasha recordó la sensación de calma que había sentido al estar en su forma demonio, como si nada ni nadie importara.
Tal vez sería mejor dejar de llevar la espada de su padre y permitir que su parte yōkai tomara el control. Así seguro que dejaría de pensar en Kagome.
Pero primero necesitaba recuperarse.
Llegó hasta el jardín central y oyó un pequeño grito.
—¡Inuyasha! ¿Qué te ha pasado?
Al escuchar la voz de Shippo, su aturdimiento se despejó un poco y el dolor empeoró.
Inuyasha cayó al suelo de rodillas, apretando los dientes y jadeando. Shippo sujetó uno de sus brazos.
—¡Estás sangrando mucho! ¿Quién te ha hecho esto? —preguntó el demonio, observando a Inuyasha con gesto preocupado.
—No importa. Están muertos — gruñó Inuyasha entre dientes, siseando al sentir un dolor agudo en el muslo.
Shippo miró a su alrededor con nerviosismo.
—¡Ayudadme a llevarlo a las aguas termales!
Inuyasha dejó salir un gruñido bajo cuando otros tres pequeños yōkai lo rodearon.
—Feh, estoy bien. Dejadme en paz.
—Cállate, Inuyasha. Tus heridas se están infectando —contestó Shippo, lanzándole una mirada de odio mientras lo levantaba del suelo con ayuda de los demás.
Entre los cuatro lo llevaron hacia la parte más lejana del jardín, donde había unas termas que los demonios usaban para descansar y curar sus heridas.
El mismo Inuyasha había pasado muchas horas dentro de esas aguas después de sus entrenamientos.
Los demonios lo metieron en las termas y dos de ellos arrugaron la nariz, alejándose de allí con rapidez. Un yōkai gato observó a Shippo con nerviosismo, mirando de reojo hacia el lugar por donde se habían marchado sus amigos.
—Avísame si necesitas mi ayuda otra vez —murmuró, desapareciendo entre las flores un segundo después.
Inuyasha arrancó lo que le quedaba de ropa humana de su cuerpo, lanzándola a un lado y resoplando mientras se hundía en el agua hasta los hombros.
Hacía demasiado tiempo que no se bañaba en agua caliente y ya podía notar el efecto de sus propiedades mágicas adentrándose en el interior de sus heridas.
—No serán tus amigos por mucho tiempo si ven que te juntas con gente como yo —comentó, desviando la mirada hacia el muro de piedra que rodeaba el palacio y fingiendo desinterés.
Shippo chasqueó la lengua con molestia, deshaciéndose de sus propias ropas y sentándose en una piedra a su lado dentro del agua.
—No entiendo por qué te desprecian por ser híbrido. Eres mi amigo y lo serás siempre, Inuyasha.
Inuyasha abrió los ojos y sonrió al ver a Shippo lavando su pelo pelirrojo con cuidado mientras su mirada verde seguía fija en él.
—Eres el primer demonio que no me encuentra desagradable.
—Piensan eso porque no te conocen. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué estás tan herido?
Inuyasha volvió a cerrar los ojos, hundiéndose aún más en el agua y suspirando.
—He luchado contra dos yōkai de la luna esta mañana.
—¿Tú solo? —preguntó Shippo, levantando las cejas con incredulidad.
—Sí.
—¡Pero si no tienes tu espada, Inuyasha! Podrían haberte matado.
Él echó la cabeza hacia atrás, dejando que su pelo se humedeciera.
—Me habrían hecho un favor.
Shippo jadeó, horrorizado.
—¡No digas eso!
Él lo ignoró y no se movió ni cuando lo escuchó salir del agua. Le dolían todos los músculos y sus heridas escocían, pero ya se encontraba algo mejor.
Estaba tan agotado que estuvo a punto de quedarse dormido.
—Inuyasha.
Al abrir los ojos vio a Shippo a su lado sujetando un kimono blanco entre sus manos.
—Ten, ponte esto. Puedes descansar un rato en mi habitación si quieres.
Inuyasha se incorporó, lanzándole una mueca de desprecio.
—Gracias por ofrecerme mi propio cuarto, mocoso.
Tras vestirse, avanzó hacia el gran palacio con un Shippo muy preocupado siguiendo sus pasos.
—Tu hermano no está —comentó el zorro en voz baja mientras subían la escalinata.
—No me importa.
Inuyasha recorrió los pasillos del edificio hasta llegar a la puerta de su habitación.
La abrió y se dejó caer suavemente sobre la cama, ahogando un gruñido en la almohada. Le dolía demasiado la cabeza.
—¿Por qué estás tan cansado? —preguntó Shippo, sentándose a su lado.
Él resopló y cerró los ojos.
—Transformarme en demonio completo siempre me deja agotado.
Sintió la pequeña mano de Shippo palmeando su brazo derecho.
—Descansa, Inuyasha. Volveré en un rato a ver cómo te encuentras.
Un pequeño gruñido resonó en su pecho pero no se movió.
—No necesito que me cuides.
—Lo voy a hacer igualmente —añadió Shippo, riendo entre dientes antes de salir de la habitación.
Inuyasha suspiró, ladeando su cuerpo y haciendo un gesto de dolor.
Había peleado siguiendo sus instintos, sin pensar, y todo se había descontrolado rápidamente.
Su parte demonio había matado a los dos yōkai y después también había atacado a otros dos que se había encontrado más adelante.
Cuando recuperó la consciencia estaba tumbado en el suelo del bosque rodeado de un charco de su propia sangre.
Sabía que seguía vivo de milagro.
Inuyasha se agarró a la almohada de plumas con fuerza, hundiendo la cabeza en ella.
Todavía no podía creer que todo hubiera terminado así.
Hacía tan solo unas horas estaba durmiendo en el sofá de Kagome con ella entre sus brazos. Y ahora estaba herido, escondido en el palacio de su hermano y con el corazón hecho pedazos.
Pero cumpliría su palabra. Kagome no volvería a saber nada de él nunca más.
Los monstruos no volverían a molestarla.
Kagome abrió los ojos, sonriendo al ver los rayos del sol entrando por su ventana.
Estaba tumbada en la cama, apoyada sobre el pecho de Inuyasha. Él se movió un poco en cuanto notó que ya se había despertado, hundiendo la nariz en su pelo.
—Hola, Kagome.
—Buenos días, Inuyasha. Te has quedado toda la noche —dijo ella, alzando la cabeza para poder ver su rostro.
Sus grandes ojos grises estaban fijos en el armario pero lo vio sonreír.
—Porque tú me lo pediste. ¿Has dormido bien?
—Mejor que nunca —reconoció Kagome en voz baja, estirando las piernas bajo las sábanas.
Inuyasha estaba tumbado encima del edredón y no dejaba de enredar uno de sus dedos en los mechones de su pelo, haciéndole cosquillas.
Kagome sonrió y apoyó la cabeza en el hueco de su cuello, disfrutando de su calor corporal y del olor varonil que tanto le gustaba.
En ningún otro lugar se sentía tan feliz como cuando estaba en los brazos de Inuyasha.
Él seguía jugando con su pelo y su mano bajó lentamente hasta su cuello. Kagome sintió sus largos dedos rodeando su garganta y presionando suavemente.
Frunció el ceño cuando apretaron un poco más fuerte, haciéndola toser.
—¿Inuyasha? ¿Qué haces?
Volvió a mirarlo, muy confundida, y se quedó sin aliento al ver que sus ojos ahora eran dorados y estaban fijos en ella.
Inuyasha le dedicó una sonrisa burlona, apretando más el agarre en su cuello y sujetando uno de sus brazos con su otra mano.
—Estúpida humana.
Kagome gritó y él la soltó, poniéndose de pie mientras se reía con tanta maldad que le puso los pelos de punta.
Su largo cabello ahora era blanco plateado y volvía a llevar el traje rojo que había visto en el bosque.
—Huye mientras puedas —siseó con desprecio, apretando los puños mientras se pasaba la lengua por los colmillos.
Kagome dio un salto y salió de su cuarto sin mirar atrás. Corrió y corrió hasta llegar a la puerta de su casa, la abrió y siguió corriendo aterrorizada.
De repente estaba en mitad del bosque tenebroso, esquivando árboles e intentando que los pies no se le enredaran en sus raíces mientras seguía huyendo todo lo rápido que podía.
Sabía que si él la atrapaba sería el fin.
El corazón le latía tan fuerte que se le iba a salir del pecho. La oscuridad era cada vez más profunda y con cada paso le costaba más avanzar entre la maleza.
Podía escuchar la risa de Inuyasha más y más cerca. Le estaba dando alcance.
Kagome ya no podía ver nada. Algo golpeó su pierna y perdió el equilibrio, ahogando un gemido de dolor al caer en la tierra.
Se incorporó como pudo, apoyándose en sus codos. El pantalón de su pijama estaba rajado y tenía cuatro cortes sangrantes en la pierna izquierda que le llegaban hasta el tobillo.
Levantó la mirada y vio a Inuyasha detenerse frente a ella, lamiendo la sangre que manchaba una de sus garras.
Kagome palideció. Era su sangre.
Los labios de Inuyasha se curvaron, mostrando una sonrisa cruel mientras sus ojos se teñían de rojo y sus colmillos se alargaban.
—Hasta nunca, humana —gruñó, abalanzándose sobre ella.
Kagome se despertó de golpe, sentándose en el colchón con una mano en el pecho y los ojos muy abiertos.
Era la tercera noche que tenía pesadillas horribles sobre el bosque y los yōkai, pero era la primera vez que Inuyasha formaba parte de ellas.
Recorrió su cuarto con la mirada, intentando tranquilizarse.
Estaba empezando a amanecer y todavía todo estaba en penumbra, pero no había nadie. Estaba sola.
Kagome respiró hondo.
«Solo ha sido un sueño.»
Levantó un poco las manos y vio que no dejaban de temblar.
«¿Y si te equivocas? ¿Y si es otro sueño premonitorio?»
Kagome sacudió la cabeza, restregándose la cara con las manos mientras de su garganta salía un suspiro tembloroso.
Él no iba a regresar. Y, si se atrevía a hacerlo, ella podía hacerle frente con sus poderes.
No tenía ni idea de cómo utilizarlos, aunque sabía que se activaban cuando estaba en peligro.
Ya había pasado en otra ocasión, el día que entró en el bosque. En ese momento no lo entendió, pero su mano había brillado y quemado al yōkai, obligándolo a alejarse de ella.
Y ese demonio era Inuyasha. Kagome se estremeció al recordar el dolor que sintió cuando él hundió los colmillos en su piel.
Aunque había prometido no volver, ella no se fiaba de su palabra.
Al menos parecía ser el único yōkai que era capaz de abandonar el bosque. Si aquellos monstruos pudieran adentrarse en la ciudad, habría más personas que los habían visto y el gobierno tendría problemas para controlarlos. Cundiría el caos.
Y, además, Kagome sospechaba que todos los humanos de la ciudad habrían muerto.
Los demonios eran mucho más fuertes y poderosos, y la prueba de ello era que las personas que se habían adentrado en su territorio no habían salido con vida de allí.
Excepto ella y Sara.
Kagome resopló suavemente al pensar en su amiga. Ella y Sango la habían llamado un par de veces pero no se sentía con fuerzas suficientes para tener una conversación.
No quería mentirles, y todavía no estaba preparada para admitir ante ellas que Inuyasha era el yōkai que había intentado matarla.
Kagome sentía un dolor muy punzante en el pecho cada vez que pensaba en él. Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras salía de su cama y pestañeó varias veces para no llorar.
¿Cómo podía haberla engañado así? Aquel demonio había conseguido que se enamorara por primera vez y no podía sentirse más traicionada.
Pero había algo que no dejaba de preguntarse a todas horas.
¿Por qué Inuyasha había insistido tanto desde el primer momento en llevarla al bosque? ¿Tan solo se había acercado a ella porque quería matarla?
Preguntas de las que nunca sabría la respuesta, y probablemente era mejor así.
No podría soportar que su corazón se rompiera todavía más.
Kagome salió de su habitación, encerrándose en el baño para prepararse un baño caliente.
Todavía podía sentir la adrenalina corriendo por sus venas. Necesitaba relajarse y dejar de pensar en los demonios que la torturaban cada noche en sus sueños.
En realidad lo que necesitaba era dejar de pensar en Inuyasha, aunque no iba a ser nada fácil.
—¿Kagome?
Ella abrió los ojos al escuchar tres pequeños golpes en su puerta.
—¿Quién es?
La puerta se abrió lentamente y sus dos mejores amigas entraron en el cuarto, observándola con gesto serio. Kagome suspiró, volviendo a dejar caer su cabeza sobre la almohada.
—¿Qué hacéis aquí?
—Venir a verte, por supuesto. ¿Se puede saber qué es lo que te pasa y por qué no contestas al teléfono? Hasta tu madre está preocupada —preguntó Sango, sentándose en el borde del colchón y entrecerrando sus ojos marrones.
Sara tomó asiento a su lado, poniendo una mano sobre su hombro.
—Más despacio, Sango. ¿No ves su cara? Está realmente triste —comentó en un susurro, apoyando su otra mano sobre las piernas de Kagome y apretando cariñosamente.
Ella desvió la mirada, sintiendo que sus ojos ardían otra vez.
—Si quieres hablar de ello estamos aquí para escucharte —añadió Sara en voz baja.
Kagome suspiró, secándose las lágrimas con el dorso de su mano.
—Está bien. Creo... creo que será buena idea hablar de esto con alguien. Pero os aviso de que no os va a gustar.
—Ya lo daba por hecho —contestó Sango con voz grave.
Unas horas más tarde, Sara se bajó en la última parada de autobús y avanzó hacia el borde de la ciudad.
Todavía estaba afectada por lo que les había contado Kagome. Inuyasha, ese chico que la hacía sentir tan especial, era el demonio que la había atacado.
Pero había algo que no encajaba.
Basándose en la descripción de Kagome y en lo que ella había podido ver mientras estaba medio inconsciente, Sara estaba segura de que él había sido quien la había sacado del bosque.
Si era una bestia asesina... ¿Por qué la había salvado a ella?
No tenía sentido.
Hacía semanas que no podía dejar de pensar en el otro yōkai, aquel que la había protegido matando a los tres demonios que la acorralaron cuando se adentró entre aquellos árboles tenebrosos.
¿Y si no todos eran malvados?
Sara se dejó guiar por esa extraña sensación que la empujaba hacia el bosque desde muy pequeña, caminando al lado de la valla hasta que llegó al polígono industrial.
Era tan tarde que estaba completamente desierto.
Ignorando el escalofrío que le recorrió la espalda, Sara se detuvo junto a la enorme valla de metal.
Aquello que la llamaba estaba ahí, justo detrás. Podía sentirlo.
—¿Hola?
Sara se acercó más, metiendo los dedos entre los agujeros metálicos en forma de rombo para agarrarse a la valla.
No parecía haber nadie entre los árboles milenarios. Todo estaba en completo silencio.
—Sé que estás ahí. Puedo sentir tu aura —añadió, intentando que no le temblara la voz.
Sara se mordió el labio inferior con nerviosismo, esperando pacientemente con sus ojos fijos en el lugar donde notaba esa presencia.
Cuando pasaron unos minutos escuchó el ruido de unas hojas al ser pisadas.
Se quedó sin aliento cuando ese ser salió de detrás de uno de los troncos, tan imponente como recordaba.
Aunque estaba sumido en las sombras pudo reconocer el mismo traje blanco con adornos que vio aquel día. Su largo pelo plateado caía sobre sus hombros y le llegaba hasta las rodillas, y una estola peluda cubría sus hombros.
—¿Qué quieres?
Sara jadeó. Aquella voz profunda jamás podría pertenecer a un humano.
—Tú... tú me salvaste.
Los ojos dorados del yōkai se entrecerraron. Cuando vio que no iba a contestar, Sara volvió a hablar.
—Solo quería saber tu nombre.
Aquel demonio dio dos pasos hacia delante hasta que solo estuvo a unos metros de distancia. Sara recorrió su rostro con la mirada, deteniéndose en la luna creciente de su frente y en las marcas de sus mejillas.
¿Cómo podía un ser maligno ser tan hermoso?
Sara sintió que su rostro enrojecía ante sus propios pensamientos.
—Mi nombre es Lord Sesshomaru.
No pudo evitar sonreír al escuchar cómo se llamaba.
«Asesino perfecto.»
—Yo me llamo Sara.
Sesshomaru dio un paso atrás, ocultándose de nuevo entre las sombras.
—No vuelvas por aquí, humana.
