Capítulo Diecinueve

Graduación


Inuyasha abrió los ojos, contemplando el techo blanco de su antigua habitación. Aún le costaba creer que estuviera en ella otra vez después de tantos años.

Ya llevaba casi dos semanas durmiendo allí. Sus heridas se habían curado pero todavía no se sentía con fuerzas para volver a la vida real.

Aún no se veía capaz de aceptar que había perdido a su compañera destinada para siempre.

Sacudió la cabeza, usando los codos para incorporarse. Pensar en Kagome era demasiado doloroso y necesitaba algo con lo que distraerse cuanto antes.

Se puso de pie sobre el colchón y cogió una de las espadas que estaban colgadas en la pared, pasando su dedo índice por el filo del acero y sonriendo al sentir lo afilada que estaba.

Estaba ayudando a Shippo a entrenar, y en esos diez días el pequeño zorro había mejorado muchísimo en el combate cuerpo a cuerpo.

Ya era capaz de blandir una espada, aunque las de práctica eran mucho más pequeñas que las que los yōkai utilizaban cuando luchaban unos contra otros.

Inuyasha frunció el ceño, pensando en la espada mágica de su padre. Seguiría escondida junto a su traje rojo bajo las raíces de uno de los árboles que había cerca de su cueva.

Tal vez debería volver a recoger sus pertenencias. Era lo único valioso que tenía y debía protegerlas.

Los únicos recuerdos de su padre, incluyendo el libro sobre los humanos.

Aunque, en realidad, nada de eso importaba si al final permitía que su lado demonio tomara el control de su vida. Sabía que, cuando eso ocurriera, dejaría de ser él mismo y se volvería un ser sediento de sangre al que solo le importaría el poder.

Jamás volvería a pensar en Kagome, ni en Shippo. Y tampoco volvería a sentirse solo.

Cuando estaba transformado en yōkai no podía utilizar la espada de su padre, y su traje de pelo de rata de fuego no le serviría de mucho si se dedicaba a ir por el bosque luchando contra todos los demonios que se cruzaban en su camino.

Nunca sería tan poderoso como un demonio completo, por lo que al final acabaría muerto.

Tal vez ese era su destino. Puede que lo mejor que pudiera hacer era desaparecer.

Nadie iba a echarlo de menos.

Inuyasha cerró los ojos y suspiró, saliendo de la habitación y recorriendo el pasillo del palacio en dirección a la puerta de entrada.

Desde la pelea con Kagome no dejaba de tener pensamientos negativos.

Shippo dormía con él todas las noches y no paraba de hacer preguntas, pero Inuyasha no quería compartir sus secretos con nadie. Con que lo supiera Sesshomaru era suficiente.

No habían hablado, aunque su medio hermano sabía que él estaba quedándose en el palacio y seguro que imaginaba la razón.

Ambos se evitaban mutuamente e Inuyasha solo lo había visto de lejos.

Descendió las escalinata con la espada de entrenamiento en su mano, sonriendo al ver a Shippo correr hacia él.

En aquel momento decidió que lo intentaría. Shippo sí lo echaría de menos, así que lo haría por él.

Si había podido vivir sin Kagome doscientos cincuenta años, podría continuar su existencia sin ella... por mucho que ahora sintiera un vacío dentro de sí mismo.

Nunca volvería a sentirse completo y nada sería igual, pero estaba dispuesto a intentarlo por su único amigo.

Y, si su vida se volvía demasiado insoportable, siempre quedaba otra opción.


Tras la puesta de sol Inuyasha estaba metido en las aguas termales con Shippo. Los dos necesitaban curar sus heridas rápidamente para seguir entrenando.

—Eres demasiado duro conmigo, Inuyasha —se quejó Shippo, limpiando un corte que tenía en su brazo derecho.

Inuyasha arrugó la nariz, resoplando.

—Es la única forma de que aprendas a sobrevivir en el bosque, mocoso. Los yōkai son muy crueles y acabarán contigo si detectan la más mínima debilidad en ti. Debes ser fuerte y saber esquivar cualquiera de sus ataques.

—Aún soy muy pequeño y me cuesta sujetar la espada. Pesa mucho.

Inuyasha le lanzó una mirada gélida.

—Te recuerdo que yo vivía completamente solo en el bosque a tu edad y tenía que luchar con una espada bastante más grande que la tuya.

Shippo gruñó entre dientes, mirándolo de reojo.

—Pero tú eras mucho más poderoso que yo.

—En eso tienes razón —contestó Inuyasha, dedicándole una sonrisa llena de arrogancia.

Sus primeros cincuenta años tras abandonar el Palacio Taisho habían sido un infierno. Siempre estaba asustado, huyendo de los demonios e intentando ocultarse de todos ellos cada día para evitar pelear por su vida porque todos querían acabar con un asqueroso híbrido como él.

Fueron años difíciles y sangrientos, pero Shippo no necesitaba saber eso.

Más de una vez estuvo a punto de regresar al palacio, pero sabía que nadie lo toleraba allí y no quería ser un estorbo para Sesshomaru. Por eso Inuyasha se dedicó a esconderse, descubrió cuevas en las montañas donde podía pasar las noches tenebrosas sin ser visto y aprendió a sobrevivir.

Y, desde que su cuerpo había terminado de crecer, ya no le tenía miedo a nada.

Aunque todo eso cambiaba cada vez que la luna desaparecía y perdía sus poderes.

Shippo le sacó la lengua e Inuyasha se rio entre dientes, hundiéndose más en el agua caliente. Los vapores que emitía eran muy relajantes y podía sentir cómo se cerraban sus heridas.

Pasaron unos minutos hasta que el demonio zorro volvió a hablar.

—Inuyasha... ¿cuándo vas a contarme por qué estás tan triste?

Él se mordió la lengua, apretando ambos puños bajo el agua.

Otra vez sus malditas preguntas.

—No estoy triste.

—Creía que éramos amigos.

Inuyasha frunció el ceño y lo miró fijamente al escuchar sus palabras. Los ojos de Shippo se estaban llenando de lágrimas.

—Pensaba que ya confiabas en mí —añadió en voz baja, alejándose hacia el borde de piedra con gesto derrotado.

Inuyasha hizo una mueca, mirando a su alrededor y moviendo sus orejas en todas direcciones para asegurarse de que no había otros demonios cerca.

—Está bien.

Shippo volvió a girarse hacia él con una gran sonrisa en el rostro y se sentó a su lado, mirándolo a los ojos con interés.

«Maldito manipulador.»

Inuyasha bajó la voz hasta que no fue más que un susurro.

—Esto queda entre tú y yo, Shippo.

—No diré una palabra —respondió él, asintiendo.

Tras comprobar una vez más que estaban solos decidió contarle la verdad.

Ya era hora de empezar a confiar en alguien, y ese demonio no iba a traicionarlo.

—He encontrado a mi compañera, y no está dentro de este bosque.

Los ojos de Shippo se agrandaron y lo escuchó jadear.

—¿Es una humana?

Inuyasha asintió.

—¿Y vas a visitarla esas noches que puedes salir del bosque?

Él volvió a asentir. Shippo apretó los labios sin apartar la mirada de su rostro.

—¿Cómo es?

Inuyasha sonrió.

Aquel pequeño yōkai era muy diferente a todos los demás. Ninguno había mostrado nunca el más mínimo interés por los humanos, pero su curiosidad era muy fuerte.

—Nunca había conocido a nadie como ella. Es valiente, cariñosa y muy leal.

—¿Y la quieres?

Inuyasha se atragantó con su propia saliva y tosió varias veces. Shippo saltó sobre su hombro y le dio un par de palmadas en la espalda.

—¿Qué pregunta es esa? Los yōkai no quieren a nadie —dijo, odiando el calor que sentía en las mejillas.

El zorro se encogió de hombros.

—Algunos sí. Mis padres se querían.

—Pues eso es muy raro. Y la respuesta es no.

«¿Estás seguro?»

Inuyasha sacudió la cabeza con rabia, intentando que su conciencia se callara de una vez.

Shippo lo seguía mirando con la boca abierta, lo que significaba que las preguntas no habían terminado.

—¿Es guapa?

Inuyasha puso los ojos en blanco, torciendo los labios hacia un lado.

Recordó los enormes ojos marrones y llenos de ilusión de Kagome, su largo pelo negro y lo bonitas que se veían sus piernas cuando llevaba vestidos.

Esa palabra se quedaba corta para describirla.

—Feh, podrías decir que sí.

—Nunca he visto a un humano de cerca. Me encantaría conocerla —murmuró el zorro, trazando círculos en la superficie del agua con su dedo índice.

El rostro de Inuyasha se suavizó.

—No creo que ella quisiera conocerte a ti. Los demonios le dan miedo.

«Y con razón.»

Shippo levantó las cejas, sorprendido.

—¿Es que sabe que existimos?

Él cuadró la mandíbula, desviando la mirada hacia uno de los árboles. Sus orejas blancas no dejaban de moverse sobre su cabeza, asegurándose de que ningún yōkai estuviera por los alrededores.

—¿Sabes lo que es una marca, Shippo?

El zorro asintió.

—Mi madre llevaba la marca de mi padre en el cuello. Cuando encuentras a tu compañera debes marcarla para que todos los demonios sepan que te pertenece.

Inuyasha dejó salir un largo suspiro. Los demonios eran demasiado posesivos.

—Es más que eso, es la forma de iniciar el vínculo... y yo he marcado a Kagome.

Casi sonrió al pensar en lo que diría ella si supiera que, en el mundo yōkai, oficialmente ahora le pertenecía.

Probablemente lo mandaría al infierno.

Shippo ahogó un grito, cubriéndose la boca con su mano.

—¿Has mordido a la humana? Seguro que le hiciste daño, mi padre siempre decía que su piel es mucho más fina que la nuestra.

El recuerdo del olor a sal en el cuarto de Kagome la primera noche que la visitó llegó a su mente. Inuyasha rechinó los dientes al pensar en lo mucho que le había dolido y en todo lo que había llorado por su culpa.

Al menos pudo aliviar un poco el dolor de la herida y acelerar la cicatrización con su saliva.

—No pude controlarme. Al sentir su aroma tan cerca me transformé, y ahora me odia.

Shippo resopló, sacudiendo la cabeza con tristeza.

—Tal vez, si se lo explicas...

—No quiere escucharme, enano. Lo mejor que puedo hacer por ella es dejarla en paz y no volverla a asustar. Ya ha pasado bastante miedo por mi culpa.

Shippo se quedó en silencio unos segundos, chapoteando con una de sus manos mientras pensaba.

—¿Se llama Kagome?

Inuyasha asintió. Aunque no había día que no pensara en ella, oír su nombre le hacía sentir aún peor.

—Mañana es su graduación.

—¿Graduación?

—Una especie de fiesta que celebran los humanos cuando acaban sus estudios.

—¿Y por qué nosotros no hacemos eso cuando un yōkai termina sus años de entrenamiento?

Los labios de Inuyasha se curvaron en una sonrisa triste.

—Porque no hay nada que celebrar. Terminar tu entrenamiento solamente significa que tu vida corre mucho más peligro que antes.

—Menudos ánimos me estás dando —protestó Shippo entre dientes.

Inuyasha se rio, levantando su mano y despeinándolo de forma cariñosa.

—Tú no estarás en peligro, enano. Yo estaré a tu lado cuando estés preparado para abandonar este palacio.

La sonrisa de Shippo volvió a su rostro.

—Nos protegeremos el uno al otro.

Inuyasha asintió, desviando la mirada hacia el cielo. La luna estaba menguando de nuevo e iba quedando menos para la siguiente noche tenebrosa.

La primera que no pasaría junto a Kagome desde que hablaron por primera vez, hacía ya casi tres meses.

—¿Por qué no vas a verla? Se nota que la echas de menos.

—Ella no quiere volver a verme.

—Pero...

Shippo se calló al ver la mirada que le estaba echando Inuyasha. Los dos se relajaron en las aguas termales hasta que, un minuto después, insistió en el tema.

—Podrías ir sin que la humana se enterara. ¿No quieres ver lo que hacen en esa graduación? —preguntó Shippo con sus ojos verdes muy brillantes.

Inuyasha puso los ojos en blanco. Se notaba que el zorro sentía mucha curiosidad.

—Podría ir, para... para asegurarme de que está bien —murmuró, rascándose la sien mientras pensaba en si era una buena idea.

Todo su ser se moría por volver a ver a Kagome, pero no quería romper su promesa.

Aunque, si ella no se daba cuenta de nada... técnicamente estaba cumpliéndola.

Shippo sonrió.

—Cuando vengas otra vez por aquí tendrás que contármelo todo. Yo también quiero saber más sobre los humanos.

Inuyasha arqueó una ceja, empujándolo con el puño hasta que cayó en la parte más profunda de las termas y sonriendo al escuchar su chillido.

—Ya veremos, mocoso.


Aquella noche Inuyasha tenía los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos abiertos mientras escuchaba la respiración de Shippo a su lado.

No podía dormir.

Se levantó despacio, intentando no hacer ruido, y se colocó mejor el kimono blanco que vestía desde que llegó al palacio.

Tenía que verla. Kagome había hablado tanto sobre lo contenta que estaba por terminar de estudiar que necesitaba saber cómo lo celebraban los humanos.

Y necesitaba verla feliz. No quería que su último recuerdo fuera su cara llena de lágrimas mientras lo amenazaba con un cuchillo para que saliera de su casa.

Al llegar a la puerta, se giró para mirar a Shippo.

—Volveré en unas horas.

Inuyasha caminó por los pasillos del palacio sin hacer ruido, intentando no despertar a nadie. Tras bajar las escaleras de piedra saludó a los demonios que estaban montando guardia en la puerta y corrió por el bosque, esquivando los árboles mientras se dirigía al que había sido su hogar desde hacía más de cien años.

Estaba amaneciendo, y quería recuperar sus cosas antes de volver a salir al mundo humano.


Kagome suspiró por quinta vez.

Llevaba puesta la toga azul de su universidad, con el escudo en la solapa, y ya había recogido su diploma.

Observó el papel que tenía entre las manos con orgullo.

Por fin estaba graduada en medicina. Su sueño se había hecho realidad y ahora podría dedicarse a ayudar a otras personas.

Tal vez incluso podría salvar vidas.

El gigantesco patio estaba lleno de graduados y sus familias. Era un día soleado y no hacía mucho calor por lo que los profesores habían decidido celebrar la ceremonia al aire libre.

Cuando el último de sus compañeros recogió el diploma, Kagome se puso de pie. Era el momento del discurso de despedida que llevaba días ensayando.

Se giró para dejar el título sobre su silla y levantó la mirada hacia el edificio de su facultad que estaba justo detrás.

La respiración se le congeló y sintió que todos sus músculos se tensaban.

En la parte más alta, justo sobre el tejado, había una figura vestida de rojo.

Kagome jadeó al ver el destello plateado de su larga melena.

¿Inuyasha?

Algo la golpeó suavemente en la mano y Kagome bajó la mirada, encontrándose con el rostro preocupado de Eri.

—Tienes que salir ya —susurró ella, ofreciéndole los folios con su discurso.

Kagome tragó saliva y asintió. Ayumi y Yuka le dedicaron una gran sonrisa alentadora.

—Lo vas a hacer genial, no te preocupes —murmuró Ayumi.

Ella todavía no se veía capaz de hablar, así que asintió de nuevo.

El pánico recorría todo su cuerpo, pero consiguió mover las piernas y caminar hacia el escenario. Apretó la mano donde llevaba su discurso para que dejara de temblar, arrugando las hojas.

Inuyasha había vuelto.

Subió los tres escalones y avanzó hacia el atril donde la estaba esperando uno de sus profesores, que se apartó y señaló el micrófono con un gesto de su barbilla.

Kagome dejó los folios sobre el atril y, con su corazón latiendo a toda velocidad, volvió a levantar la mirada.

No había nada. El tejado estaba vacío.

¿Tal vez se lo habría imaginado?

No, lo había visto claramente. Él había estado ahí y probablemente seguía cerca.

Dejó salir un suspiro tembloroso y se fijó en los cientos de estudiantes que estaban ante ella, todos observándola con atención.

Al mirar hacia la derecha vio a su madre, Sota y su abuelo muy sonrientes.

Kagome carraspeó y cogió aire.

Hora de despedirse de la universidad para siempre.


Eri, Yuka y Ayumi la envolvieron en un abrazo, con sus rostros llenos de lágrimas.

Kagome sonrió, rodeando sus hombros.

—¡Ha sido perfecto, Kagome!

—Sí, todos nos hemos emocionado.

—Me ha costado mucho contener las lágrimas —dijo ella, todavía sonriendo.

Sus tres amigas se rieron y volvieron a abrazarla, apartándose para buscar a sus familias.

La sonrisa de Kagome se amplió al ver a sus dos mejores amigas acercándose, ambas muy sonrientes.

—¡Kagome! —chilló Sara, abalanzándose sobre ella.

Sango se unió al abrazo y Kagome las apretó entre sus brazos. Ellas dos eran las únicas que sabían por lo que estaba pasando y que la entendían. Sus hermanas de distinta madre.

—Estamos orgullosas de ti —murmuró Sango, acariciándole el pelo con cariño.

Kagome suspiró, alejándose un poco para poder ver sus rostros.

—No me digáis esas cosas o al final voy a llorar.

Sango puso los ojos en blanco y Sara sacudió su mano mientras se reía.

—Llora todo lo que quieras. Hoy es un día muy especial.

—Nunca te había visto tan nerviosa, Kagome. Estabas completamente blanca cuando has salido al escenario —comentó Sango con voz burlona.

Kagome miró a su alrededor con nerviosismo y contestó en voz baja.

—No estaba nerviosa por eso.

Sango y Sara dejaron de sonreír.

—¿Qué ha pasado?

—Luego os lo cuento —susurró Kagome, sonriendo al ver a su madre y Sota caminando hacia ellas.

Ellas dos asintieron y dieron un paso atrás, dejando que su familia la felicitara.

Sango recorrió el patio y los edificios de la universidad con su mirada, entrecerrando los ojos.

—¿Sientes algo? —preguntó en un susurro.

Sara sacudió la cabeza.

—Solo puedo sentir esa sensación de que hay algo en el bosque que me está llamando, algo que quiere que entre allí. O mejor dicho... alguien.

Sango arrugó el entrecejo, mirando de reojo a su amiga.

—¿Cómo sabes que es alguien?

Sara dejó salir un largo suspiro.

—Yo también tengo algo que contaros a las dos.

Sango chasqueó la lengua, cruzándose de brazos.

—Me parece que hoy tendremos una noche de chicas en mi casa.

Sara volvió a sonreír.

—Muy buena idea, Sango. Pero ahora vamos a celebrar todo lo que Kagome ha conseguido con su familia, así que relájate.

—Lo intentaré, pero todo este tema de los yōkai me pone muy nerviosa y saber que uno de ellos puede estar por aquí suelto...

—Sango —siseó Sara, agarrando uno de sus brazos y apretando.

Ella frunció los labios, asintiendo.

—Está bien. Lo hablaremos luego.


Inuyasha jadeó, ocultándose tras una de las chimeneas.

Estaba casi seguro de que Kagome lo había mirado a los ojos.

¿Lo había visto? ¿Sabría que era él?

Soltó una maldición en voz baja y saltó al edificio de al lado. Siguió dando saltos en dirección a las afueras de la ciudad, moviéndose lo más rápido que podía para que los humanos no pudieran verlo.

Si alguno estaba mirando tan solo vería un borrón rojo pasando a toda velocidad sobre los edificios.

Había sido una muy mala idea, aunque al menos la había visto sonreír una última vez.