Capítulo Veinte

El sueño


Inuyasha subió la escalinata a toda velocidad, corriendo por el pasillo en dirección a su antiguo dormitorio.

Sesshomaru había vuelto. Había sentido su olor y decidió ocultarse, intentando evitar tener que enfrentarse a su medio hermano.

No quería ver su cara de decepción al descubrir que aún seguía en el palacio. Lo insultaría, llamándolo débil y patético.

Casi podía oír la voz grave del demonio en su mente.

«No deberías sentirte así por una insignificante humana.»

Pero todavía no estaba preparado para volver a su antigua y solitaria vida. Estar cerca de Shippo le ayudaba a soportar el vacío que sentía permanentemente en su pecho.

Inuyasha soltó un gruñido lleno de frustración al ver que su hermano lo estaba esperando junto a la puerta del cuarto con los brazos cruzados.

Sesshomaru alzó una ceja cuando se detuvo a su lado y él apretó los labios.

—Hola.

—¿Vas a continuar evitándome mucho más tiempo?

—Sesshomaru... —le advirtió, entrecerrando los ojos.

—Sígueme —gruñó el yōkai, dando media vuelta y alejándose por el pasillo.

—¿Por qué?

Sesshomaru no contestó. Inuyasha puso los ojos en blanco y caminó tras él hacia la parte central del edificio, subiendo las escaleras.

Avanzaron por un pasillo muy diferente con lámparas de aceite en las paredes y alfombras grises adornando el suelo. Inuyasha sabía que aquella era la zona donde estaban los dormitorios de Sesshomaru e Irasue.

—¿Dónde vamos? —preguntó, empezando a sentirse nervioso.

Nunca había estado en esa parte del palacio.

El yōkai se detuvo junto a una puerta de madera oscura y la abrió.

—Entra.

Inuyasha hizo una mueca pero atravesó el umbral. Era un dormitorio grande y muy cuidado con colores suaves y muebles claros.

—Este será tu dormitorio a partir de ahora.

Inuyasha casi se atragantó.

—¿Qué?

—Eres uno de los hijos de Toga Taisho y mereces algo acorde a tu posición.

Técnicamente tenía razón, pero era la primera vez que Inuyasha recibía algo así. Los labios de Sesshomaru se curvaron un poco al ver su cara de sorprendido.

—No sé de qué te extrañas. Tu antiguo dormitorio es demasiado pequeño para ti, aquí estarás más cómodo.

Inuyasha chasqueó la lengua, desviando la mirada.

—Pronto volveré a mi cueva.

Su hermano resopló.

—No seas cabezota. Puedes quedarte tanto tiempo como quieras, ya te lo he dicho muchas veces.

—El resto de yōkai no me quiere aquí —murmuró Inuyasha entre dientes.

Sesshomaru avanzó un paso y el blanco de sus ojos se enrojeció, dándole un aspecto amenazante.

—Yo soy el Lord de este palacio. La opinión de los demás no importa.

Inuyasha arqueó una de sus cejas.

—¿Y tu madre?

—Yo me encargaré de ella.

Sesshomaru salió de la habitación sin decir nada más, cerrando la puerta.

El aroma a limpio rodeaba toda la estancia. Inuyasha relajó los hombros, recorriendo cada mueble con su mirada.

La cama era enorme, mucho más grande que la que tenía Shippo en la planta de abajo. A Inuyasha le sobresalían los pies del colchón cuando dormía allí con él, aunque no le importaba.

En aquella cama cabían tres como él. Y parecía ser mucho más cómoda.

Inuyasha abrió el armario que había junto a una puerta. Tenía varios kimonos dentro que no pensaba usar.

El traje de su padre era demasiado valioso para no llevarlo puesto. No podía arriesgarse a que algún demonio celoso se lo quitara.

Dejó su espada y su teléfono dentro y volvió a cerrarlo.

Cada pocos días seguía acercándose a la frontera con el aparato humano enganchado en su cinturón, aunque ya casi había perdido la esperanza de que ella intentara ponerse en contacto de alguna forma.

Kagome le había dejado muy claro que no quería volver a verlo nunca.

Se acercó a la puerta y la abrió con curiosidad, jadeando al ver lo que había dentro.

Un baño de mármol blanco gigantesco. Para él solo.

Jamás había tenido tantos lujos.

Inuyasha arrugó la nariz, volviendo a cerrarla.

No quería vivir en ese palacio, ni convertirse en un soldado más a las órdenes de su hermano.

Se quedaría una semana más y después regresaría a su cueva.

Aunque tal vez volvería de vez en cuando y pasaría un par de días en su nuevo cuarto para estar cerca de Shippo.

Inuyasha sonrió.

Eso no sonaba tan mal. A lo mejor el resto de su vida no sería tan horrible como imaginaba.

Cayó sobre el colchón de un salto, suspirando al descubrir que no se había equivocado. Todo era mucho más suave, hasta las sábanas.

Inuyasha cerró los ojos, colocándose de lado y abrazándose a la almohada.

Seguro que Kagome ya ni se acordaba de él. Puede que hasta hubiera decidido darle una oportunidad al estúpido humano que se dedicaba a babear tras ella.

Un gruñido resonó en su pecho al pensar en ese chico tan idiota.

En realidad daba igual. Ya nunca sabría lo que Kagome hacía y no quería que fuera infeliz.

Si estar con ese humano era lo que necesitaba para olvidarse de él, pues que así fuera.

El dolor en su pecho volvió e Inuyasha apretó los dientes, intentando dejar de pensar y dormir.


—Mañana es tu primer día en el hospital, hermana. ¿Estás nerviosa?

Kagome suspiró mientras removía su sopa de forma ausente.

—No. Bueno, un poco —admitió en voz baja.

—Todo saldrá bien, hija. No te preocupes —murmuró Kimiko con una sonrisa.

Ella asintió. Tantas semanas sin conseguir dormir bien estaban arruinando su buen humor. Era rara la noche que no tenía pesadillas, y en casi todas aparecía Inuyasha en algún momento.

Pero en la última semana él había dejado de ser quien la perseguía. Simplemente se limitaba a observarla mientras otros demonios le daban caza.

Aunque anoche había escuchado su voz cuando pasó a toda velocidad por su lado, esquivando los árboles del bosque tenebroso.

Kagome.

Era lo único que había dicho.

Kagome suspiró, pestañeando para enfocar la vista en su abuelo. Estaba hablando y no le estaba prestando atención.

—... los Higurashi son fuertes y decididos. Estoy seguro de que serás una gran oncóloga.

—Gracias, abuelo —contestó ella con una sonrisa.

—Es viernes, cielo. ¿Hoy no vas a quedar con tus amigas? —preguntó su madre.

—No —dijo ella, sacudiendo la cabeza. —Estoy muy cansada, necesito dormir para estar preparada. Sara dice que el primer día es muy estresante.

—Sara es enfermera, ¿verdad? —preguntó Sota, masticando con la boca abierta.

Kagome puso los ojos en blanco. Siempre igual.

—Sí.

Kimiko caminó hasta estar al lado de su silla y le acarició el pelo, dejando un beso en su coronilla.

—Que duermas bien, Kagome.

Ella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Aunque no había hecho ni una sola pregunta, su madre sabía que no estaba pasando por un buen momento.

—Gracias, mamá.

Tras recoger y lavar los platos, Kagome subió las escaleras y se encerró en el baño para darse un baño relajante.

Media hora después entró en su cuarto con su pijama favorito ya puesto y se acercó hasta la ventana, que estaba medio abierta.

Había anochecido y se escuchaba el canto de los grillos en los alrededores del templo.

Kagome levantó la mirada, dejando salir un suspiro tembloroso al ver que no había luna en el cielo.

Luna nueva. Como las tres noches que había pasado con Inuyasha.

No estaba segura, pero sospechaba que esas noches él se volvía humano por alguna razón.

O tal vez se podía convertir en humano a voluntad.

«No.»

Inuyasha le había dicho durante meses que trabajaba fuera de la ciudad cuando en realidad estaba en el bosque de los demonios.

Solo podía quedar con ella las noches de luna nueva, así que eso significaba que era el único día que tenía apariencia humana.

Kagome frunció el ceño, cerrando la ventana de golpe.

Una pequeña parte de ella quería volver a verlo. Ya había pasado un mes desde aquella horrible mañana en la que descubrió que el chico del que se estaba enamorando no era un humano, sino un temible yōkai que había intentado matarla.

No debería echar de menos sus ojos, ni su aroma, ni sentir la calidez de sus labios sobre los suyos, ni los fuertes escalofríos que recorrían todo su cuerpo cuando él la tocaba, ni esa sensación tan extraña que sentía bajo la piel...

Kagome chasqueó la lengua, molesta consigo misma.

Inuyasha era un asesino, un manipulador y un mentiroso. No debería seguir pensando en él.

Se acostó en su cama, cubriéndose con las sábanas y cerrando los ojos.

Tardó más de una hora en sumirse de nuevo en sus pesadillas llenas de demonios.


Inuyasha saltó al otro lado de la valla en cuanto el último rayo de sol se ocultó tras las montañas y sintió el cosquilleo de su cuerpo al cambiar de forma.

Llevaba días pensando en si era buena idea volver al mundo humano o no, y al final decidió que no podía quedarse en el bosque y arriesgarse a morir a manos de un yōkai tan solo por miedo a encontrarse con ella.

Tokio era una ciudad gigantesca. La posibilidad de cruzarse con Kagome era mínima.

Siguió repitiendo esas palabras en su cabeza mientras se adentraba en una de las largas avenidas, deteniéndose en un puesto donde ofrecían comida para llevar.

Tras probar cinco platos diferentes, todos igual de deliciosos, Inuyasha siguió avanzando hacia el centro.

Había decidido comprar un par de libros humanos, así tendría algo con lo que entretenerse cuando volviera a su cueva.

Al girar en una esquina se detuvo en seco.

Recordaba esa calle. Estaba llena de gente joven y de locales con carteles muy luminosos.

Inuyasha apretó los labios al reconocer el nombre de la discoteca en la que había hablado por primera vez con Kagome.

Parecía muy lejano, pero solo habían pasado cuatro meses desde aquella noche.

Un escalofrío bajó por su espalda al recordar las ganas que tenía de matarla entonces. Aunque ahora todo era diferente.

Estaba dispuesto a sufrir unas cuantas décadas, permitiendo que ella tuviera una vida larga y feliz.

Pero dudaba que pudiera conseguirlo. Aunque fuera humana, Kagome también sentía la fuerza de su vínculo y no se sentiría completa sin él.

Inuyasha entrecerró los ojos, observando la pequeña cola de gente que había para entrar.

Aquel recuerdo era especialmente doloroso.

La primera vez que Kagome lo había mirado a los ojos. La primera vez que escuchó su voz. La primera vez que lo había tocado.

Quizás si pasaba algo de tiempo allí otra vez sería capaz de dejar de relacionar esa zona de Tokio con ella.

Inuyasha se pasó la lengua por los dientes, intentando decidirse.

Al final se encogió de hombros y cruzó a la otra acera, colocándose tras los últimos humanos que estaban esperando para entrar.

Sesshomaru le había dado más oro y lo había cambiado por yenes, así que tenía dinero de sobra para hacer todo lo que quisiera por la ciudad.

No iba a perder nada por intentar desconectar un rato mientras se bebía una cerveza y contemplaba a los humanos bailando como si estuvieran poseídos.

Hasta podría ser divertido.


Seguía sin tener nada de gracia.

Al menos la otra vez se había distraído observando a Kagome y a sus amigos hasta que se acercó a hablar con ella.

Inuyasha levantó el brazo cuando la camarera pasó cerca de él, apoyando el otro en la barra.

—Tú, quiero una cerveza.

—Y yo quiero ser rica, maleducado.

Los ojos de Inuyasha se entrecerraron, lanzándole una mirada llena de odio.

Estúpidos humanos. Si le mostrara sus garras seguro que no se atrevería a hablarle de esa forma.

—Por favor —añadió entre dientes, sintiendo que le empezaba a hervir la sangre.

La chica le dedicó una sonrisa burlona, sacando una botella de uno de los frigoríficos.

—¿Tan difícil era?

—Feh —gruñó él, dejando varios billetes sobre la barra de madera y alejándose a pasos rápidos.

Se terminaría la bebida, compraría los malditos libros y pasaría el resto de la noche sentado en uno de los árboles cercanos a la frontera de ambos mundos.

Ya había aguantado suficientes estupideces humanas por esa noche.

Inuyasha bebió un trago, suspirando al sentir el líquido helado y burbujeante en la lengua.

La verdad es que esa bebida estaba muy buena. Algo sabían hacer bien, aunque fueran pocas cosas.

Al bajar la botella, todo su cuerpo se tensó cuando detectó a una figura conocida al otro lado de la sala.

«¿Kagome?»

Tenía la misma estatura y el mismo color de pelo.

¿Era ella?

Aquella humana se dio la vuelta y sus dientes brillaron bajo las luces de la discoteca.

No era Kagome, pero se parecía muchísimo a ella.

Inuyasha resopló lentamente, recorriendo su cuerpo con la mirada.

¿Por qué era tan parecida? ¿Serían familia?

Los ojos oscuros de la humana se posaron sobre él y sonrió, arqueando una ceja en su dirección.

«Mierda.»

Inuyasha apretó los dientes, tragando saliva. La había mirado fijamente durante demasiado tiempo y ella se había dado cuenta.

La humana empezó a avanzar hacia él, esquivando al resto de los de su especie.

¿En serio se acercaba para hablar con él?

Inuyasha miró a su alrededor, no muy seguro de lo que debería hacer.

Estaba allí para pasar tiempo cerca de otros humanos y dejar de sentirse solo, ¿no?

¿Por qué no podía hablar un rato con ella? ¿Qué tenía de malo?

No le dio tiempo a pensar nada más. La humana se detuvo frente a él y se quedó sin aliento al verla de cerca.

«Kagome.»

—¡Hola!

Su voz era diferente y, al observarla mejor, se dio cuenta de que parecía ser más mayor.

Inuyasha carraspeó, incapaz de apartar la mirada.

—Hola.

—No te he visto nunca por aquí —comentó ella, ladeando la cabeza y pestañeando varias veces.

Se parecía tanto a Kagome...

«A Kagome no le importas.»

¿Y si esa humana era capaz de no odiarlo? ¿Y si conseguía sentirse un poco mejor al estar cerca de ella?

Sus ojos marrones seguían fijos en su rostro y la vio sonreír.

Eran un poco más oscuros que los de Kagome, llevaba el pelo mucho más largo y su flequillo era recto, pero por lo demás podría haber sido su hermana gemela.

Si su olor también se pareciera al de ella... pero eso ya era pedir demasiado.

Inuyasha correspondió a su sonrisa. Puede que esa chica lo ayudara a dejar de pensar en Kagome, aunque solo fuera durante unas horas.

—¿Cómo te llamas?

—Kikyo. ¿Y tú?

—Inuyasha.

—Un placer conocerte, Inuyasha —dijo ella, levantando las cejas y ofreciéndole su mano.

Inuyasha la estrechó y Kikyo tardó demasiado en soltarlo.

Él volvió a beber un trago de cerveza, sintiendo que su corazón latía más rápido.

¿Cómo podía ser casi idéntica a ella? ¿Y si el destino le estaba jugando una mala pasada?

«Ella no es Kagome.»

Pero se parecía tanto... tal vez...

Kikyo levantó una mano, sujetando varios mechones de su coleta entre sus dedos.

—Me encanta tu pelo largo. Te queda genial.

¿Cumplidos?

Inuyasha torció los labios. Nadie le había dicho nada bonito en su vida... excepto Kagome.

Y aquella humana no lo conocía, pero sospechaba que si intentaba besarla no se lo impediría. Si estuviera en su forma de medio demonio seguro que podría detectar la nota ácida que desprendían los yōkai cuando querían sexo, aunque de forma más débil.

Kikyo no era tímida, sino todo lo contrario. Sus dedos soltaron su pelo y rozaron el cuello de su camisa negra.

—Nunca había conocido a un chico tan atractivo en un lugar como este —murmuró, con su dedo índice aún bajando por la prenda lentamente.

El entrecejo de Inuyasha se arrugó.

«No es ella. Kagome nunca haría algo así.»

Inuyasha apartó su mano, dando un paso atrás.

—Tengo que irme.

—¿Qué?

Dio media vuelta y la ignoró. La humana lo llamó un par de veces pero Inuyasha caminó hasta el vestíbulo de entrada y salió a la calle, respirando profundamente cuando por fin estuvo fuera.

El aire fresco lo ayudó a pensar con mayor claridad.

«Estúpido. No se parecía en nada a ella.»

Inuyasha sacudió la cabeza con rabia. El maldito vínculo que lo empujaba a querer estar con Kagome iba a acabar con él.

No tenía ningún interés en conocer a más humanos. Eran aburridos e idiotas, ni Kikyo ni ninguno de ellos merecían la pena.

También se burlarían de él si supieran lo que era en realidad. Un híbrido que no pertenecía a ninguno de los dos mundos.

Esa tal Kikyo tan solo quería utilizarlo para su beneficio como muchos otros yōkai que había conocido en el bosque.

Kagome era la única que había tenido un interés sincero en conocerlo, sin segundas intenciones y sin exigencias.

Gruñó entre dientes. Si le hubiera contado todo desde el principio, seguramente a ella no le habría importado que no fuera humano.

Tenía tan buen corazón que lo habría aceptado.

Inuyasha giró hacia la derecha y empezó a caminar a paso rápido, desviando la mirada hacia un panel que marcaba la hora.

Las dos de la mañana.

«A la mierda. Necesito ver a Kagome otra vez.»

Cruzó la calle y siguió el camino que recordaba haber hecho con ella aquel día, en dirección al templo Higurashi.


Kagome suspiró, moviendo la cabeza hacia el lado. Sonrió con los ojos aún cerrados, estirando una de las piernas.

Las pesadillas la habían torturado al principio de la noche, pero después había conseguido dormir y se encontraba mucho mejor.

Esa tristeza que tenía siempre en su interior había disminuido tanto que casi no podía sentirla. Por fin las cosas empezaban a mejorar.

Abrió los ojos muy despacio, pestañeando un par de veces y buscando su despertador con la mirada.

Los primeros rayos de sol estaban a punto de salir, aunque aún estaba bastante oscuro. Eran casi las seis de la mañana.

Kagome volvió a suspirar y desvió la mirada hacia su armario, sorprendiéndose al ver un bulto justo al lado.

Pestañeó de nuevo y frunció el ceño.

Aún debía seguir soñando porque Inuyasha estaba ahí, con la espalda apoyada en la pared y las rodillas flexionadas. Tenía la cabeza sobre sus brazos y estaba durmiendo profundamente.

Kagome observó cómo sus hombros subían y bajaban con cada respiración.

En sus sueños nunca aparecía en su forma humana, pero aquel Inuyasha tenía el pelo tan negro como ella y podía ver una oreja humana en el lado de su cabeza que no tenía apoyado en sus brazos.

Los latidos de su corazón se habían alterado al verlo, pero volvieron rápidamente a la normalidad.

Ese Inuyasha no era peligroso. Ya llevaba ocho días sin atacarla en sus pesadillas y aquello no parecía una de ellas.

Kagome miró a su alrededor, esperando que los yōkai rompieran su ventana o atravesaran la puerta de su cuarto en cualquier momento.

Cerró los ojos y contó hasta seis. Nunca tardaban en aparecer.

Nada. Ni un ruido.

Kagome volvió a abrirlos justo cuando el primer rayo de sol se coló por el cristal, iluminando la figura de Inuyasha.

Sus ojos se abrieron más al ver que su cuerpo empezaba a cambiar.

En cuestión de pocos segundos la melena de Inuyasha cambió de color, volviéndose casi plateada, y aparecieron dos orejas triangulares y peludas sobre su cabeza.

Lo vio arrugar un poco la nariz mientras sus uñas se alargaban, pero no se despertó.

Kagome jadeó e Inuyasha abrió los ojos de golpe. Se quedó congelada mientras sus iris dorados se posaban sobre ella y lo escuchó contener el aliento.

—Joder.

Antes de que pudiera reaccionar Inuyasha había abierto la ventana y había desaparecido.

Kagome se incorporó en la cama, respirando con dificultad. Se le iba a salir el corazón del pecho.

¿Qué hacía Inuyasha en su habitación?

Sus ojos se abrieron más al comprenderlo. Él era la razón por la que no había tenido pesadillas durante gran parte de la noche.

¿Significaba eso que Inuyasha había entrado en su cuarto todas las noches desde el incidente en el bosque?

¿Por qué?


¿Os habéis asustado cuando ha aparecido Kikyo? Jaja

(Spoilers de Inuyasha. No sigas leyendo si tienes pensado ver la serie o leer el manga)

Odio el triángulo amoroso que pusieron en el anime (Inuyasha dudando entre las dos)

En el manga no ocurre eso. Él nunca duda, tiene claro que quiere estar con Kagome... pero se siente en deuda con Kikyo porque murió por su culpa. Por eso intenta protegerla cada vez que ella está cerca.

Por eso en mi historia él tampoco duda. Solo le interesa Kagome :)