Capítulo Veintiuno

Regreso


Inuyasha no se detuvo hasta saltar la valla y estar de nuevo en su bosque. Golpeó el tronco de un árbol con el puño, furioso consigo mismo.

Otra vez se había quedado dormido en el cuarto de Kagome, y en esta ocasión ella lo había descubierto.

¿Por qué se relajaba tanto cuando esa humana estaba cerca?

Inuyasha sacudió la cabeza, bajando al suelo de un salto.

Ahora que Kagome lo sabía no podría volver a visitarla por las noches. Apretó los puños, levantando la barbilla y observando el húmedo bosque que lo rodeaba.

Aquella había sido la última vez que se acercaría a la humana.

Sentía tanta rabia que todo su cuerpo empezó a temblar. Sus uñas se alargaron aún más, al igual que sus colmillos, y su mirada se tiñó de rojo.

Inuyasha se dejó llevar por su lado yōkai, abrazando la semiinconsciencia y olvidando el rostro de Kagome.


Kagome apartó las sábanas y se levantó, acercándose a la ventana con pasos lentos. La cerró y suspiró, contemplando el patio del templo y la escalinata.

¿Había sido un sueño?

Giró y se detuvo en el lugar donde había visto a Inuyasha sentado, agachándose y observando el suelo de madera con atención.

Kagome alargó la mano y atrapó un pelo, levantándolo para verlo de cerca. Era plateado, casi blanco, y mucho más largo que el suyo.

Un suspiro tembloroso escapó de sus labios.

No había sido un sueño. Inuyasha había estado ahí de verdad.

¿Por qué?

Volvió a incorporarse y cogió el teléfono de su mesita de noche, marcando el número de una de sus mejores amigas. Aún era muy temprano, pero sabía que ella ya estaría despierta.

Tras tres tonos escuchó su voz y solo con eso se sintió más tranquila.

—¿Kagome? ¿Estás bien?

—Sí. Perdona por llamarte tan temprano, Sara.

—No importa, estoy preparando el desayuno. ¿Estás nerviosa por ser tu primer día?

—La verdad es que no te llamaba por eso.

Kagome se mordió el labio inferior, no muy segura de cómo contarle lo que acababa de pasar. Era peligroso hablar del bosque y de lo que escondía en su interior por teléfono.

—¿Qué ocurre, Kagome? —preguntó su amiga con voz preocupada.

—Cuando me he despertado... Inuyasha estaba aquí.

Sara jadeó.

—¿En tu habitación?

—Sí. Estaba dormido, apoyado en la pared. En cuanto me he despertado él se ha dado cuenta y se ha marchado.

Su amiga suspiró.

—¿Seguro que no ha sido uno de tus sueños?

—No, Sara. He encontrado un pelo suyo justo donde estaba sentado. Realmente ha estado aquí.

—Eso es... es muy extraño. ¿Qué hacía ahí?

—Eso me gustaría saber a mí —contestó Kagome, resoplando y sentándose en el borde de su cama.

—¿Te ha dicho algo?

—No. Al verme despierta ha saltado por la ventana y ha desaparecido.

Kagome escuchó a su amiga coger aire y soltarlo lentamente.

—Tengo una teoría, pero no sé si vas a querer escucharla.

—Soy toda oídos, Sara.

Una pausa.

—Creo que simplemente te echa de menos.

Kagome soltó un resoplido lleno de incredulidad.

—En serio, Kagome. Si de verdad quisiera hacerte daño... ha tenido la oportunidad perfecta al entrar en tu cuarto. Pero no te ha tocado, ¿verdad? Y además se ha quedado dormido. Un asesino no se echa una siesta junto a su víctima.

—En eso te doy la razón —admitió ella en voz baja. —No creo que haya venido para atacarme. Además... hoy he dejado de tener pesadillas a mitad de la noche, y sospecho que ha sido cuando él ha entrado por la ventana.

—¿Crees que está relacionado?

Kagome se dejó caer sobre el colchón, cerrando los ojos.

—Las pesadillas volvieron justo después de mi pelea con Inuyasha. ¿Y si se colaba todas las noches en mi cuarto antes de ese día? Lo normal es que después de eso dejara de venir, ¿no crees?

—Sí, probablemente. ¿Y cómo puede Inuyasha influir en tus sueños?

—No tengo ni idea, pero todo esto es demasiada coincidencia. Lo he estado pensando y estoy casi segura de que cuando no soñaba con demonios era porque él estaba aquí. Hoy he descansado casi tan bien como la noche que los dos nos quedamos dormidos en el sofá.

Kagome recordaba con claridad la sensación de tranquilidad y paz que había tenido al dormir apoyada en su pecho. Hubo un silencio demasiado largo y empezó a ponerse nerviosa.

—¿Crees que estoy loca? A veces siento que estoy perdiendo la cabeza —preguntó con ansiedad.

—No, no estás loca —aseguró Sara con voz dulce. —Solo tienes una forma de averiguar si lo que dices es cierto.

—¿Cuál?

—Preguntarle a él.

Kagome se quedó helada y sacudió la cabeza.

—No puedo volver a entrar ahí.

—No tienes que hacerlo —contestó Sara. —Recuerda lo que os conté el otro día. Yo pude hablar con Sesshomaru desde fuera.

—Eso fue una locura casi peor que la mía. Todavía no me puedo creer que fueras hasta allí tú sola otra vez.

—Sabía que él no me haría daño —dijo ella, y Kagome la imaginó poniendo los ojos en blanco. —Creo que ellos pueden detectar nuestra presencia igual que nosotras la suya. Lo que todavía no entiendo es por qué yo solo puedo sentir la de él.

—Y puede que lo que yo siento al mirar esos árboles sea la de Inuyasha —añadió Kagome en un susurro.

—Probablemente.

Ella suspiró otra vez.

—Creo... creo que te voy a hacer caso. Necesito entender lo que está pasando.

Sara soltó una risita nerviosa.

—¡Genial! Recuerda quedarte al otro lado y todo irá bien. ¿Quieres que vaya contigo?

—No —respondió ella. —Él es el único que puede salir, y parece que no quiere hacerme daño. No voy a estar en peligro.

—Aun así... ten cuidado. Y no tardes que a las diez empieza tu turno —le recordó Sara.

—Allí estaré. ¿Nos vemos luego en la cafetería para comer juntas?

—Claro, Kagome. Y espero que me lo cuentes todo.

—Lo haré. Hasta luego, Sara.

—Nos vemos más tarde.

Kagome colgó la llamada y dejó el teléfono sobre el colchón.

La pantalla indicaba que eran casi las siete. Tenía tiempo de sobra para vestirse, acercarse a la frontera del bosque de los demonios y llegar a las diez al hospital.

Al levantar las manos vio que le temblaban. Kagome respiró hondo un par de veces y se puso de pie, eligiendo la ropa que llevaría al hospital y encerrándose en el baño.

Con algo de suerte el agua caliente la ayudaría a calmar sus nervios.


Inuyasha llegó hasta un pequeño riachuelo y hundió las manos en el agua, observando cómo la corriente se llevaba la sangre.

Acababa de luchar contra un yōkai oso y había salido victorioso sin apenas un rasguño.

En el reflejo del agua vio que su camisa estaba rota y cubierta de manchas oscuras. Sus ojos todavía eran rojos y sus iris azules parecían brillar en la penumbra del bosque.

Aún seguía en su forma de demonio completo.

Inuyasha miró las dos marcas de sus mejillas un momento antes de volver a incorporarse y sacudir sus garras.

Ya se sentía algo más tranquilo y sabía que no tardaría en volver a su forma de medio demonio. Pero le gustaba demasiado la sensación de poder y de invulnerabilidad que recorría su cuerpo cuando se transformaba.

Y también le gustaba dejar de pensar, aunque fuera solo por un rato.

Inuyasha abrió y cerró una de sus garras. Lo mejor era buscar otro rival antes de que su cuerpo volviera a la normalidad.

Saltó a la rama de un árbol, frunciendo el ceño y olfateando el aire en busca del rastro de un yōkai.

Sus ojos se abrieron como platos cuando detectó algo muy diferente. Un olor dulce que le resultaba conocido pero que no era capaz de recordar por qué.

Inuyasha subió hasta la rama más alta, volviendo a olfatear en todas direcciones.

El rojo de sus globos oculares se aclaró y sus iris volvieron a ser de color dorado cuando reconoció el olor extraño.

Kagome estaba cerca. Podía oler su aroma, y también sentía su presencia.

Estaba acercándose a la frontera entre los dos mundos.

Inuyasha pestañeó y sus ojos volvieron a ser completamente blancos. Estaba demasiado nervioso para sentirlo, pero las rayas horizontales de sus mejillas desaparecieron y sus garras y colmillos volvieron a su tamaño normal.

¿Qué mierdas hacía Kagome volviendo al bosque? ¿Se había vuelto loca?

Inuyasha saltó al árbol más cercano y apoyó una mano en el tronco, cerrando los ojos y concentrándose en la presencia que sentía cada vez más cerca.

Los volvió a abrir y bajó al suelo, corriendo a toda velocidad entre los árboles y esquivando a un yōkai serpiente que siseó al verlo.

Sabía exactamente dónde estaba y pensaba detenerla antes de que pusiera un pie en su territorio.

Tardó solo unos minutos en llegar hasta el final del bosque. Inuyasha se detuvo en uno de los últimos árboles, intentando ver algo a través de las hojas.

Kagome estaba caminando por el sendero de tierra con la mirada fija en el bosque.

Más bien parecía estar mirándolo a los ojos, como si supiera dónde se ocultaba.

Inuyasha apretó los dientes, apoyando la espalda en el tronco y quedándose completamente quieto.

Ella siguió avanzando por el sendero hasta llegar a donde terminaba la valla metálica. Todo su cuerpo se tensó cuando la vio acercarse hasta el primer poste, pero Kagome no dio un paso más.

Miró a su alrededor, volviendo a fijar la mirada en el árbol donde él estaba, y la oyó susurrar.

—¿Inuyasha?

Él suspiró a través de la nariz. Hacía semanas que no la escuchaba decir su nombre y hasta ese momento no se había dado cuenta de lo mucho que lo echaba de menos.

Se agachó hasta quedar sentado sobre la rama y siguió observándola.

La vio suspirar y apretar los puños, volviendo a mirar hacia el árbol.

—Sé que estás ahí, Inuyasha. Puedo... puedo sentirlo.

Eso lo sorprendió.

¿Acaso ella también podía sentir su presencia?

Inuyasha entrecerró los ojos, recordando todas las veces que la había observado mientras Kagome contemplaba el bosque de los demonios con ojos curiosos. Casi siempre parecía que estaba mirando la zona donde él se escondía, aunque en aquel entonces pensó que solamente era casualidad.

Pues se había equivocado. Por alguna extraña razón, aquella humana también era capaz de notar la presencia de su compañero demonio.

Kagome torció los labios hacia abajo, ladeando la cabeza.

—Bueno, no estoy segura de si lo que siento eres tú, pero creo que sí.

Inuyasha sonrió. Los seres humanos eran más inteligentes de lo que los demonios creían.

—Solo quiero hablar. Por favor.

Dejó salir un largo suspiró y bajó la mirada, clavando los dientes en su labio inferior. Le daba la impresión de que ella no se iba a marchar hasta que accediera así que se sujetó a la rama con un brazo y se dejó caer al suelo.

Los ojos marrones de Kagome se abrieron más al verlo aparecer entre la maleza.

—¿Inu... Inuyasha?


Sí, era él, aunque no tenía muy buen aspecto. Llevaba puesta la misma camisa negra que cuando lo había descubierto en su cuarto, pero la parte delantera estaba destrozada y manchada de un líquido oscuro.

¿Sangre?

Tenía varios arañazos bastante profundos en el pecho. ¿Estaba herido?

Kagome se llevó la mano a los labios, intentando que su voz no temblara.

Era tan diferente y tan parecido a la vez al Inuyasha de sus recuerdos. Aunque el color de sus ojos fuera distinto, la mirada seguía siendo la misma. Tenía el entrecejo arrugado y la miraba fijamente con los puños apretados.

Kagome observó un momento las dos orejas peludas que había en lo alto de su cabeza. No dejaban de moverse, como si estuviera asegurándose de que no hubiera nadie cerca.

—¿Estás bien?

El rostro de Inuyasha se endureció.

—Feh. Esto no es nada, en una hora estaré como nuevo —gruñó, cubriendo sus heridas con la mano.

Kagome tragó saliva al ver lo largas que eran sus uñas.

—¿Qué te ha pasado?

Inuyasha arrugó la nariz.

—¿Para qué has venido? Este lugar es peligroso para ti, Kagome.

Se quedó sin aliento al escuchar a aquel demonio decir su nombre. Su voz era grave y profunda, tal y como recordaba.

—No voy a entrar en el bosque.

—Bien. Entonces da media vuelta y vuelve por donde has venido —contestó él, resoplando y señalando el sendero por el que ella había llegado hasta allí.

Kagome sacudió la cabeza, cruzándose de brazos.

—Quiero que contestes a algunas preguntas.

Sus ojos dorados se entrecerraron.

—Yo no obedezco órdenes, humana.

Kagome dio un paso atrás.

—¿Qué?

—Ya me has oído.

Tal vez se parecían mucho físicamente, pero la personalidad era totalmente diferente. Aquel Inuyasha era frío y distante, nada que ver con el que ella había conocido en la ciudad.

—¿Por qué me hablas así?

Inuyasha pestañeó un par de veces y suspiró.

—Márchate, y no vuelvas nunca por aquí.

Kagome apretó los labios.

—No.

Inuyasha se pasó la lengua por uno de sus colmillos, dando algunos pasos hacia delante hasta que estuvo a tan solo un metro de distancia.

—¿Quieres que te obligue a hacerlo? —preguntó, arqueando una ceja mientras le mostraba una de sus garras.

Ella alzó la barbilla, mirándolo a los ojos.

—No me das miedo, Inuyasha. Sé que no vas a hacerme daño.

Los ojos del demonio se agrandaron, pero disimuló su sorpresa al instante. Desvió la mirada, chasqueando la lengua.

—Entonces eres más estúpida de lo que pensaba. No soy el único monstruo que habita entre estos árboles, humana.

Kagome no pudo evitar sonreír. Aunque intentara negarlo, Inuyasha no pensaba atacar. Estaban completamente solos y podía acabar con ella fácilmente, pero no parecía tener interés en acercarse más.

—Pero sí eres el único que puede salir del bosque, ¿verdad?

Inuyasha volvió a mirarla, atravesándola con la frialdad de su mirada.

—Tú mismo lo dijiste aquella mañana —añadió en un susurro.

Kagome suspiró al verlo asentir y relajó la postura, cuadrando los hombros.

—¿Y por qué?

—Porque no soy un demonio completo.

Kagome frunció el ceño, confundida.

—¿Qué significa eso?

—Soy un medio demonio —murmuró él, señalando sus orejas. —Pero eso no quiere decir que no sea peligroso —añadió en voz baja, dando un paso atrás.

Ella jadeó al comprender lo que quería decir.

—¿Eres mitad humano y mitad demonio?

Inuyasha volvió a asentir con gesto serio.

—He contestado a tus preguntas. Vete, ahora.

Kagome se mordió el labio inferior con nerviosismo. Todavía tenía demasiadas dudas sin resolver como para marcharse.

—¿Por qué estabas en mi habitación, Inuyasha?

Él hizo un gesto de dolor, dando otro paso atrás.

—¿Habías venido para matarme? —insistió Kagome, sintiendo que los latidos de su corazón se aceleraban.

Inuyasha sacudió la cabeza, bajando la mirada al suelo.

—No.

—¿Entonces?

—Solo... solo quería comprobar que estabas bien —murmuró el demonio, dándole la espalda.

—¡Espera! —gritó ella, dando otro paso hacia el bosque.

Inuyasha giró la cabeza y siseó en su dirección.

—Ni un paso más —gruñó con enfado.

Kagome asintió, mirando a ambos lados.

Estaba justo a la altura de los carteles clavados en el suelo. Aún no había atravesado la frontera.

—¿Qué es lo que impide a los yōkai salir de este bosque?

—Hay una barrera mágica. Cualquiera que la intente atravesar quedará reducido a cenizas —comentó el demonio, cruzándose de brazos y ocultando las garras de su vista.

—Y tú puedes salir porque no lo eres. Al menos, no del todo.

Inuyasha no respondió, aunque no era necesario. Kagome se llevó la mano al cuello, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas al recordar aquella mañana en el bosque.

—¿Por qué me mordiste, Inuyasha?

Él resopló, sacudiendo la cabeza.

—Perdí el control, pero no ocurrirá otra vez. No volveré a hacerte daño.

Lo mismo que le había dicho cuando se despertó y descubrió quién era en realidad. Kagome suspiró, intentando entenderlo.

—¿Es que querías matarme? —preguntó en voz baja, no muy segura de si quería saber la respuesta.

Inuyasha titubeó, lo que significaba que sus sospechas eran ciertas.

—Esa era mi idea al principio, pero cuando te conocí, yo... cambié de opinión —admitió él en un susurro, evitando su mirada.

Kagome arrugó el entrecejo, confundida.

—¿Querías matarme antes de conocerme?

—Te observaba desde los árboles —contestó Inuyasha, pateando una pequeña rama en el suelo. —Y pensaba que lo más fácil sería acabar contigo. Los humanos sois débiles y estúpidos, o eso era lo que yo creía antes de conocerte —añadió, mirándola a los ojos un segundo. —Nunca he matado a ninguno y nunca lo haré. Puedes estar tranquila.

Kagome se llevó las manos a las mejillas y limpió sus lágrimas.

—Entonces realmente querías matarme...

—No lo entiendes, Kagome.

—Pues explícamelo.

—Es complicado.

—Me dijiste que todo tenía una explicación. Pues aquí me tienes, Inuyasha. Estoy dispuesta a escucharte —dijo ella, extendiendo los brazos.

Inuyasha cogió aire y lo dejó salir muy despacio.

—Los demonios como yo siempre tienen una compañera destinada y la mayoría dedica su vida a buscarla dentro de este bosque. Yo no contaba con ello porque no soy un yōkai por completo, pero entonces... te olí.

—¿Me oliste? —repitió ella, sorprendida.

—Me habían contado que el aroma de una compañera es muy fácil de reconocer, y tenían razón.

Kagome jadeó.

—¿Soy yo tu compañera?

Él asintió, apretando la mandíbula.

—No pude aceptarlo al principio. Era imposible que tú, una simple humana... —sacudió la cabeza con rabia. —Por eso decidí acabar contigo, prefería seguir solo a tener una compañera de tu especie. No hacía mucho que había descubierto que podía salir de este bosque al estar en mi forma humana por lo que te seguí aquella noche, cuando estabas con tus amigos.

Kagome palideció. La noche de la discoteca.

—¿Ibas a matarnos a todos? —preguntó con voz temblorosa.

Inuyasha puso los ojos en blanco.

—No. Mi plan era convencerte para que vinieras conmigo hasta aquí, pero no salió bien. Y después, cuando al fin conseguí que entraras en el bosque... no quería hacerlo.

Antes de que pudiera contestar, Inuyasha volvió a darse la vuelta.

—Pienso cumplir mi palabra, Kagome. Los monstruos no volverán a molestarte —murmuró, saltando hasta perderse entre las hojas de un árbol.

Ella alargó su mano.

—¡No! ¡Espera, Inuyasha!

Nadie contestó. Solo se oía el canto de un pájaro muy cerca de allí.

—¡Inuyasha! ¡Vuelve, por favor!

Silencio.

Kagome se limpió las lágrimas con el dorso de su mano, esperando.

Aquello que la llamaba desde dentro del bosque era cada vez más débil, hasta que sintió que esa sensación desaparecía.

Inuyasha se había alejado demasiado para poder sentir su presencia.