Capítulo Veintidós

El árbol sagrado


Kagome entró en la cafetería del hospital y vio a Sara ya sentada en la mesa de la esquina. Compró un sándwich y una bebida y caminó hacia ella, sentándose a su lado.

Sara levantó la mirada de su plato y arqueó una ceja al verla.

—¿Estás más animada hoy?

Kagome suspiró con pesadez.

—No, parece que no —se contestó Sara a sí misma, apretando los labios.

Ella le dio un bocado a su sándwich y la miró de reojo.

—No sé lo que puedo hacer.

—No puedes hacer mucho más, Kagome. Ya has vuelto al borde del bosque una vez y él no apareció. Claramente no quiere verte.

Kagome siseó, indicándole a su amiga que hablara más bajo.

—No puedo olvidarme de él como dice Sango. No es tan fácil.

—Oh, Kagome —Sara sonrió con tristeza, rodeando sus hombros con su brazo. —¿Aún sientes que estás enamorada de él?

Ella apartó la mirada, recorriendo con aire ausente las mesas donde los médicos y enfermeros estaban comiendo.

Tras descubrir un par de veces a Inuyasha espiándola, la última de ellas en su propio cuarto, y conseguir hablar un poco con él... ya no podía seguir odiándolo.

Y tampoco le daba miedo. Estaba completamente segura de que él no sería capaz de volver a hacerle daño, aunque todavía tenía muchas preguntas rondando por su mente a todas horas.

Aún quedaban muchas dudas por resolver, y soñar con Inuyasha cada noche no ayudaba.

Las pesadillas habían cambiado y los demonios ya no la perseguían por el bosque mientras ella intentaba escapar para salvar su vida. Inuyasha siempre aparecía a lo lejos, mirándola sin decir nada, y se esfumaba en el aire cada vez que ella intentaba acercarse.

—No me sentía tan mal desde que mi padre murió. Si hubieras visto cómo me miró, Sara... cuando se llamó monstruo a sí mismo y desapareció se me rompió el corazón.

—Seguramente no le gustó que tú lo llamaras así aquella mañana y está dolido —murmuró su amiga, encogiéndose de hombros.

Kagome apoyó los codos sobre la mesa, escondiendo el rostro en sus manos y resoplando.

—Esto es una mierda.

—El amor lo es —comentó Sara, palmeando su espalda mientras se reía con suavidad. —Pregúntale a Sango.

—Miroku al menos no es un medio demonio que quería asesinarla a sangre fría —gruñó Kagome entre dientes, sacudiendo la cabeza.

Sara ladeó la cabeza y suspiró.

—En eso tienes razón, pero aun así le da muchos quebraderos de cabeza.

Las dos se rieron y Kagome apoyó la espalda en su silla, bebiendo un sorbo de agua.

—En el fondo Miroku es un buen chico.

—Sí, lo sé. ¿Qué te ha parecido tu primera semana como oncóloga? —preguntó Sara, cambiando de tema.

El rostro de Kagome se iluminó.

—Es maravilloso, Sara. Estoy aprendiendo muchísimas cosas y tan solo llevo aquí cinco días.

—Los tres años de preparación se te van a pasar muy rápido, ya lo verás. Yo aún no me puedo creer que ya terminé y ahora tengo un contrato de enfermera con decenas de pacientes a mi cargo —dijo su amiga muy sonriente.

Kagome correspondió a su sonrisa.

—El doctor Yoshida dice que empezaremos a ocuparnos de los pacientes en seis meses. No se si entonces ya me sentiré preparada.

—Tú naciste preparada, Kagome —contestó Sara, palmeando su mano con cariño. —Lo tuyo es ayudar a los demás.

Unos ojos dorados aparecieron en su mente y Kagome sintió un nudo en el estómago.

—No siempre puedo hacerlo.

—Encontrarás la forma —murmuró su amiga, acariciándole la mejilla antes de levantarse.

Kagome la miró a los ojos, mordiéndose el labio inferior.

—¿Y tú qué vas a hacer? ¿Vas a volver a ir para ver a ese yōkai? —preguntó en un susurro, asegurándose de que nadie las escuchaba.

No le había dicho nada a ninguna de sus amigas sobre lo que había admitido Inuyasha. Si ella era su compañera, sospechaba que Sara podía ser la de aquel demonio.

Su amiga arrugó la nariz mientras recogía su bandeja.

—¿Para qué? Me dejó muy claro que no quería que volviera por allí.

Kagome resopló, cruzándose de brazos.

—Inuyasha también dijo que nunca volvería y ha estado en la ciudad dos veces, que nosotras sepamos. Probablemente estuvo viniendo cada noche durante semanas.

—Recuerda que Sesshomaru no puede salir de allí.

—Pero...

—Él no es como Inuyasha, Kagome. Él es... peligroso. Tenía un aura a su alrededor que me puso los pelos de punta.

—¿Crees que ha matado humanos?

Sara asintió.

—Y más de uno —murmuró con mala cara, haciendo una mueca. —Ojalá pudiera preguntarle a Inuyasha cosas sobre él.

Kagome se atragantó y volvió a dejar su vaso en la mesa, tosiendo.

—¿Quie-quieres hablar con Inuyasha?

Sara recogió la bandeja de su amiga y dejó ambas en la barra, volviendo a su lado y pasándose una mano por su largo cabello oscuro.

—No sé si alguna vez tendré la oportunidad, pero me encantaría.

Kagome se puso de pie, mirando a Sara fijamente con los ojos muy abiertos.

—¿Es que piensas que va a volver?

Sara entrelazó su brazo con el suyo, caminando hacia la puerta de salida mientras se reía.

—Venga ya, Kagome. Pues claro que va a volver, ese demon...

Kagome siseó, entrecerrando los ojos. Sara se aclaró la garganta.

—Ese chico no puede pasar mucho tiempo sin verte —continuó, poniendo los ojos en blanco. —Volverá, pero no sabemos cuándo lo hará.

—Ten cuidado con lo que dices cuando no estamos solas —protestó Kagome en voz baja.

—No había nadie cerca, te preocupas demasiado —comentó Sara, abriendo la puerta de los vestuarios.

Kagome gruñó algo entre dientes y su amiga se rio, entrando tras ella y dirigiéndose a sus taquillas.

—El lunes comemos juntas a la misma hora, ¿no?

—Sí —aceptó Kagome, doblando su bata blanca antes de guardarla. —Aunque el mes que viene tendré turno de tarde.

—Pediré que me lo cambien a mí también —dijo Sara, encogiéndose de hombros.

Kagome sonrió, sacudiendo la cabeza.

Ver a su amiga todos los días era lo que más la ayudaba a distraerse y no pensar en cierto medio demonio de pelo blanco que definitivamente quería volver a ver.


Alguien golpeó su puerta tres veces. Inuyasha gruñó entre dientes sin abrir los ojos.

—Lárgate.

Otro golpe.

—Déjame entrar, Inuyasha.

Arrugó la nariz al escuchar la voz de Shippo.

—Vete a entrenar, mocoso.

—Ahora tengo un descanso.

—Pues ve a comer algo.

—¡Abre de una vez!

Inuyasha gruñó más fuerte, levantándose de la cama con mala cara. Abrió la puerta y le lanzó una mirada de odio al pequeño yōkai zorro.

—¿Qué demonios quieres?

—Aparta —Shippo lo empujó hacia un lado y entró en la habitación.

Se subió de un salto a la cama y dejó una pequeña cesta sobre el colchón. Inuyasha suspiró y cerró la puerta.

—Debes tener hambre —comentó Shippo, abriendo la cesta y mostrándole el interior.

Él torció los labios y se sentó en el borde del colchón, cogiendo una de las manzanas y dándole un mordisco sin decir nada.

Shippo sonrió.

—¿Vas a volver a entrenar conmigo?

—No tengo ganas, enano.

—Ya llevas casi una semana aquí encerrado, Inuyasha —protestó Shippo, cruzándose de brazos. —No puedes seguir así.

—¿Y quién lo dice? —contestó Inuyasha, arqueando una ceja.

—Tu amigo Shippo.

Él suspiró, dejándose caer de espaldas sobre la cama y cubriéndose los ojos con el brazo.

—Me apetece estar solo, eso es todo —murmuró entre dientes.

El rostro de Shippo se suavizó y se sentó a su lado, cruzando las piernas.

—Es por esa humana, ¿verdad?

Inuyasha resopló.

—Cállate.

—La has visto y te ha vuelto a decir que no te acerques más a ella. ¿Es eso?

—No exactamente —admitió Inuyasha entre dientes.

—¿Entonces qué es?

Inuyasha apartó el brazo, mirando a Shippo de reojo.

—Le gusta hacer muchas preguntas, igual que a ti.

—¿Hablaste con ella? —preguntó Shippo, sorprendido.

—Sí.

—¿Y qué te dijo al final?

—No sé lo que iba a decir. Me fui antes de que pudiera responderme.

—¿Te fuiste?

El entrecejo de Inuyasha se arrugó al escuchar su voz aguda. Lo último que necesitaba era que todo el palacio se enterara de lo de Kagome.

—No grites, Shippo.

El zorro chasqueó la lengua, poniéndose de pie.

—¡No puedes hacer eso! Tienes que hablar con ella, al fin y al cabo es tu compañera.

—Eso no importa.

—¡Claro que importa, tonto!

Inuyasha frunció el ceño y levantó uno de sus puños. Shippo chilló, saltando hasta el otro lado del colchón y cubriéndose la cabeza con sus manos.

Una de las comisuras de los labios de Inuyasha se curvó hacia arriba y bajó la mano, cogiendo otra fruta y mordiéndola de forma ausente.

Shippo se aclaró la garganta.

—Tengo una idea. Dile... dile a Kagome que venga. Iré contigo a la frontera y le explicaré que no eres tan malo como pareces —propuso, ladeando la cabeza.

Inuyasha lo miró fijamente unos segundos y soltó una gran carcajada.

—Eres muy gracioso, enano —dijo, sacudiendo la cabeza mientras se reía. —Esa humana no volverá a poner un pie en este bosque jamás, y es lo mejor que puede hacer. Sinceramente espero que no vuelva nunca.

Su rostro se había ido oscureciendo con cada palabra y la sonrisa había desaparecido. Shippo suspiró, alargando un brazo hasta tocar su hombro.

—No pierdes nada por intentarlo, Inuyasha. ¿Qué es lo peor que podría pasar?

Inuyasha entrecerró los ojos al recordar los poderes de Kagome.

«Podría acabar muerto.»

Cogió uno de los pasteles de hojaldre que había dentro de la cesta, comiéndoselo de un bocado, y se encogió de hombros.

—No sé si es buena idea —murmuró, caminando hacia la puerta.

Shippo bajó al suelo de un salto y lo siguió por el pasillo.

—¿Vas a salir?

—Creo que me vendrá bien tomar el aire —comentó Inuyasha con indiferencia.

El zorro sonrió.

—Sabía que te convencería para que salieras de esa habitación. ¿Nos vemos mañana?

Inuyasha gruñó y la sonrisa de Shippo se amplió.

—¡Hasta mañana, Inuyasha! —gritó, bajando las escaleras a toda velocidad.

Inuyasha descendió por la escalinata a pasos lentos con las manos escondidas dentro de sus mangas.

Atravesó el patio del palacio y al mirar a la derecha vio a su hermano caminando por uno de los jardines. Los ojos dorados de Sesshomaru y los de su madre se posaron sobre él al instante. Ambos habían detectado su olor.

Irasue le dedicó una sonrisa llena de desprecio y su hermano inclinó levemente la cabeza en su dirección como saludo. Madre e hijo apartaron la mirada a la vez y siguieron caminando por los jardines.

Inuyasha arrugó la nariz. Esa mujer yōkai era el ser más desagradable que había conocido en toda su existencia, y ella simplemente lo odiaba por haber nacido.

Él no tenía la culpa de que su padre la hubiera dejado cuando conoció a su compañera humana.

El rostro de Kagome volvió a aparecer en su mente e Inuyasha dejó salir un largo suspiro, levantando la mirada hacia el cielo.

Estaba cubierto de nubes grises y en el ambiente flotaba el olor a tierra mojada. Faltaba poco para que empezara a llover.

Inuyasha se cubrió la cabeza con la capucha de su traje rojo y salió a paso rápido del palacio.

Llevaba días pensando en que no debería haberse marchado así, aunque lo hubiera negado delante de Shippo. Todavía podía recordar la voz de Kagome llamándolo una y otra vez mientras él corría por el bosque, alejándose de ella lo más rápido que podía.

No quería escuchar de nuevo su rechazo. No podía arriesgarse a que ella volviera a decirle que quería que desapareciera de su vida.

Pero... ¿Y si eso no era lo que ella iba a decir?

¿Y si Kagome no quería vengarse haciéndole daño?

Inuyasha estaba acostumbrado a que todos los demonios que conocía fueran crueles y malvados, pero ella no era así. Desde el principio Kagome había sido amable y comprensiva.

Al adentrarse en el bosque sintió que volvía a ser él mismo. La naturaleza siempre le hacía sentir vivo, incluso cuando estaba de mal humor.

Apretó los puños y siguió caminando entre los árboles, con sus orejas moviéndose en todas direcciones para asegurarse de que ningún yōkai con ganas de pelea se cruzaba en su camino.

No pasaría nada por comprobar una vez más que Kagome estaba bien. Y así se quedaría más tranquilo.


Acababa de empezar a llover.

Kagome suspiró al escuchar las gotas de lluvia golpeando la ventana de su cuarto.

Su primera semana en el hospital había sido complicada y bastante dura. No era lo mismo leer sobre los distintos tipos de cáncer y sus tratamientos que verlo en la vida real.

Lo peor era visitar a los pacientes menores de edad que residían en el hospital mientras recibían sus dosis de quimioterapia. Los niños no deberían sufrir una enfermedad así, era demasiado cruel.

Pero ella pensaba ayudarles. En cuanto pudiera se uniría a la investigación de nuevas curas junto a otros médicos y conseguiría descubrir tratamientos con menos efectos secundarios.

Dedicaría toda su vida a ello en honor a su padre, como había querido hacer desde que él murió.

Kagome volvió a mirar el libro que estaba abierto sobre su escritorio, suspirando mientras pasaba una hoja.

Quería repasar todo lo que pudiera antes del lunes para ir mejor preparada y que no le surgieran tantas dudas.

El resto de compañeros que acababan de empezar estaban igual de perdidos que ella, pero Kagome quería hacerlo bien. Lo necesitaba, no podía fallar.

Pasaron varias horas y el cielo se oscureció todavía más.

Buyo saltó a su cama cuando se escuchó un trueno, escondiéndose bajo su almohada.

Kagome puso los ojos en blanco y siguió leyendo, sacudiendo la cabeza. Nunca había conocido a un gato tan cobarde como el de su hermano.

De repente sintió algo extraño y los latidos de su corazón se aceleraron.

La sensación rara que la empujaba hacia el bosque había vuelto. Llevaba días sin sentir esa atracción magnética hacia los árboles milenarios, pero ahora había aparecido otra vez en una esquina de su mente.

Kagome jadeó cuando lo sintió con más fuerza, levantando la mirada.

Inuyasha se estaba acercando.

Se levantó de golpe, acercándose a la ventana y recorriendo el patio con la mirada. Hacía muy mal tiempo y no había nadie rezando.

Su madre y su abuelo habían salido y su hermano todavía seguía en el colegio. Estaba sola, y la presencia de Inuyasha seguía acercándose cada vez más.

Kagome se mordió el labio inferior, intentando tranquilizarse.

No debía sentir miedo.

Él no iba a hacerle daño y lo sabía. Había tenido muchas oportunidades y no había hecho nada.

Todavía no entendía cómo no se había dado cuenta de que lo que podía sentir dentro del bosque era una presencia. Kagome no lo había pensado hasta que habló con Sara del tema.

Los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos cuando sintió que Inuyasha estaba cerca del patio del templo.

Kagome se quedó congelada con la mirada fija en los árboles que se veían desde su ventana.

Podía sentirlo con mucha más claridad desde que había hablado con él en el borde del bosque. Ahora sabía exactamente lo que era.

Su presencia se movía muy despacio, como si estuviera saltando de rama en rama, y finalmente se detuvo en los alrededores del árbol sagrado.

Kagome contuvo la respiración. Seguía junto a la ventana pero no lo había visto cruzar el patio.

Fijó la mirada en el gran árbol de tronco grueso que estaba cerca de la escalinata de piedra. Su árbol favorito, donde sospechaba que Inuyasha estaba oculto entre las ramas.

Sí, podía sentir su presencia muy cerca. Realmente estaba ahí.

¿Por qué había venido?

Kagome se alejó del cristal, apretando la mandíbula. Esperó unos minutos pero la presencia seguía en el mismo sitio.

Inuyasha no se movía.

Hizo de tripas corazón y salió de su cuarto, bajando las escaleras y caminando hacia la puerta principal.

No podía quedarse dentro de casa sin hacer nada si sabía que él estaba ahí, observándola bajo la lluvia.

Kagome giró la llave con manos temblorosas y abrió la puerta.

Las gotas de agua caían como una cortina sobre el patio del templo, formando charcos sobre las baldosas. Todo estaba mojado y las luces todavía no se habían encendido. Debía estar atardeciendo.

Se colocó bajo el umbral de la puerta y asomó un poco la cabeza, mirando hacia el gran árbol.

Solo podía ver las hojas, pero algo le decía que él estaba ahí.

—¿Inuyasha?

Silencio. Lo único que se escuchaba eran las gotas de lluvia golpeando el suelo.

Otro trueno retumbó entre las nubes y Kagome se encogió, dando un paso hacia delante.

—Sé que estás ahí.

O lo que estaba escondido no era Inuyasha, o él no pensaba dejarse ver. Kagome apretó los labios, decidida a seguir insistiendo un poco más.

Tenía que haber alguna razón por la que se hubiera acercado hasta su casa.

—¿Has venido para hablar conmigo?

Nadie contestó.

Kagome suspiró, rodeando su propio cuerpo con los dos brazos. Aquella tarde hacía bastante frío para ser verano y llevaba una camiseta de tirantes.

—No... no me pienso ir hasta que te vea. Necesito saber que no me estoy volviendo loca —pidió en un susurro, dando un paso más.

La lluvia empezó a caer sobre ella, haciendo que el flequillo se le pegara a la frente.

Su corazón se saltó un latido cuando vio movimiento entre las hojas. Un segundo después una figura vestida de rojo saltó, cayendo suavemente a los pies del árbol sagrado.

La mente de Kagome se quedó en blanco cuando él se quitó la capucha con sus manos, mostrando su rostro.

Era Inuyasha. Su largo pelo blanco plateado también estaba mojado, al igual que su extraño traje de color rojo fuego. Llevaba una espada atada a la cintura y sus brazos colgaban a ambos lados de su cuerpo.

Sus ojos dorados estaban fijos en los suyos, sin pestañear.

—Inuyasha —murmuró Kagome, cubriéndose la boca con una mano temblorosa.

Tenía muy mala cara, como si llevara bastante tiempo sin dormir bien, y llevaba una máscara de indiferencia en el rostro. Estaba intentando no mostrar ninguna emoción, aunque su mirada se suavizó al oír su nombre.

Lo escuchó inhalar muy despacio, suspirando por la nariz.

—Kagome.


Cuando empecé a escribir esta historia fue con la imagen de Kagome e Inuyasha mirándose bajo la lluvia junto al árbol sagrado dando vueltas en mi cabeza. No me puedo creer que ya hayamos llegado hasta aquí! :)