Capítulo Veintitrés

Lluvia


Inuyasha rodeó el patio, saltando sobre el árbol más grande que ya le había servido de escondite varias veces.

Al ser tan frondoso, era prácticamente imposible que un humano pudiera descubrirlo.

Sus orejas apuntaron hacia la casa, intentando volver a escuchar a Kagome. A pesar de la lluvía podía distinguir los latidos de su corazón. Estaban acelerados.

Y, además, estaba sola. No había ningún otro humano cerca.

Su entrecejo se arrugó al escuchar pasos en el piso de arriba. Kagome estaba bajando las escaleras.

Inuyasha contuvo el aliento cuando la puerta de la casa se abrió. La lluvia era cada vez más intensa.

—¿Inuyasha?

«Mierda.»

Cerró los ojos, resoplando con pesadez. Kagome parecía saber perfectamente dónde estaba, como hacía seis días en el borde del bosque de los demonios.

Lo mejor sería ignorarla y esperar a que volviera a cerrar la puerta. Entonces podría marcharse.

Ella estaba bien, aunque parecía algo cansada y sus latidos indicaban que estaba nerviosa. Inuyasha podía dejar de preocuparse por ella y volver al bosque.

—Sé que estás ahí.

Él apretó los dientes, agachándose sobre la rama para intentar verla mejor a través de las hojas. Kagome seguía en el marco de la puerta con su mirada fija en el gran árbol.

—¿Has venido para hablar conmigo?

Su corazón se saltó un latido. ¿Acaso la humana estaba dispuesta a hablar con él otra vez?

Inuyasha olfateó el aire.

No parecía estar asustada, tan solo bastante nerviosa. No había rastro del miedo que había podido detectar en su aroma otras veces.

—No... no me pienso ir hasta que te vea. Necesito saber que no me estoy volviendo loca.

Inuyasha frunció el ceño cuando ella dio un paso más y la lluvía empezó a caer sobre su cabeza.

Muchacha estúpida. ¿Es que quería ponerse enferma?

Chasqueó la lengua, incorporándose y apartando algunas ramas con el brazo. Dio un salto y flexionó las rodillas al caer en el suelo de piedra.

Escuchó el jadeo de Kagome cuando se quitó la capucha de su chaqueta roja, dejando que ella viera su rostro.

—Inuyasha.

Su labio inferior temblaba y Kagome se lo cubrió con la mano.

No importaba. Él podía oler la tristeza que emanaba de su cuerpo y ver el brillo de sus ojos.

Inuyasha abrió y cerró los puños, suspirando.

—Kagome.

Ella pestañeó al escuchar su nombre y su labio volvió a temblar. Inuyasha dio un paso en su dirección, pero sacudió la cabeza y volvió hacia atrás.

No podía arriesgarse a asustarla.

—¿Por qué estás aquí?

La pregunta lo sorprendió. Arrugó el entrecejo, intentando pensar en una respuesta que fuera lo suficientemente buena.

Ni él mismo comprendía por qué había corrido hacia el templo esa mañana. Simplemente se había dejado llevar por las ganas de volver a verla.

Se cruzó de brazos y resopló.

—No lo sé.

Su larga melena estaba completamente mojada, aunque no le importaba. Siempre acababa empapado cuando cazaba durante una tormenta dentro del bosque.

Inuyasha se apartó el flequillo de su frente con los dedos y vio a Kagome poner mala cara.

—¿Me estás mintiendo?

«Joder.»

—No —aseguró, encogiéndose de hombros y desviando la mirada. —Tan solo quería comprobar algo.

El rostro de ella volvió a cambiar. Kagome rodeó su propio cuerpo con sus brazos y dio un paso hacia él.

—¿El qué?

Sus mentiras eran las que lo habían condenado, y no quería seguir mintiendo. No a ella.

—Que estabas bien —admitió Inuyasha, apretando los labios.

Tenerla tan cerca resultaba abrumador. Era como respirar profundamente después de llevar semanas sin poder hacerlo.

Kagome suspiró y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Te echo de menos —confesó en un susurro.

Fue como recibir un golpe. Inuyasha sintió que el corazón se le encogía al escucharla.

Dolía. Dolía tanto como cuando ella gritó que era un monstruo y que no quería volver a verlo.

Tragó saliva, volviendo a mirarla a los ojos.

—Yo también te echo de menos.

Kagome sacudió la cabeza y varias lágrimas escaparon de sus ojos, mezclándose con las gotas de lluvia que caían por su rostro. Inuyasha palideció cuando la vio avanzar hacia él.

Se acabó. Era el fin.

Apretó los puños y cerró los ojos, esperando sentir el ardiente poder de Kagome reduciéndolo a cenizas.

Sabía que se lo merecía y por eso no intentó alejarse. Si ella quería vengarse, él no se lo iba a impedir.

Sus ojos se abrieron de golpe cuando sintió que apoyaba una mano sobre su mejilla.

—¿Creías que iba a hacerte daño? —preguntó ella en voz baja, mirándolo a los ojos.

Inuyasha no contestó. Se había pasado toda su vida rodeado de seres vengativos y todavía le costaba aceptar que Kagome no era así.

Ella suspiró con una pequeña sonrisa en sus labios. Rodeó su cintura con el otro brazo y apoyó la cabeza en su pecho.

Inuyasha contuvo el aliento, quedándose totalmente paralizado.

¿De verdad lo estaba abrazando?


—Yo también te echo de menos.

Kagome sintió que su corazón se rompía al escuchar su voz ahogada admitiendo lo mismo que ella sentía en lo más profundo de sus huesos.

No podía soportarlo más. Ella lo había pasado muy mal y, por su aspecto, Inuyasha también estaba sufriendo.

Sacudió la cabeza y recorrió los pocos metros que lo separaban.

Le extrañó ver que él contenía el aliento, cerrando los ojos con fuerza y apretando los puños. Parecía estar esperando a que lo golpeara, o algo incluso peor.

Kagome recordó lo que él le había dicho semanas atrás cuando descubrió que era un demonio.

Tienes poderes, Kagome. Y podrías matarme si me atacas.

Colocó la mano suavemente sobre su mejilla y él abrió los ojos, muy sorprendido.

—¿Creías que iba a hacerte daño?

Inuyasha la miró fijamente sin decir nada, confirmando sus sospechas.

Su corazón se saltó un latido.

Aquel medio yōkai podría acabar con ella fácilmente si quisiera con sus afiladas garras. Y, aún así, no pensaba defenderse.

Suspiró, rodeando su cuerpo con el brazo y escondiendo el rostro en su pecho.

Su ropa estaba mojada pero seguía oliendo a él. Kagome respiró profundamente, llenando sus pulmones con ese aroma que tanto añoraba.

El miedo que había sentido al verlo transformado por primera vez había desaparecido por completo. Ahora tenía claro que Inuyasha jamás le haría daño y le resultaba más fácil creer que el mordisco había sido un error, aunque todavía no lograba comprender por qué había ocurrido.

—Aún no sé controlar la energía que sale a veces de mis manos, pero no voy a usarla contra ti.

Kagome lo sintió relajarse y escuchó un largo suspiro.

Inuyasha dio un paso atrás, mirándola con el ceño fruncido. Desató el nudo que mantenía su chaqueta roja cerrada y se la quitó. Ella abrió la boca para preguntar la razón pero las palabras se atascaron en su garganta cuando él la colocó sobre sus hombros, levantando la capucha hasta que cubrió su cabeza y quedó protegida de la lluvia.

—Te vas a poner enferma.

Su ropa olía a él y aún conservaba su calor corporal. Kagome metió las manos en las mangas, sonriendo al ver lo grandes que le quedaban.

La lluvía seguía cayendo sobre ambos sin tregua. Volvió a buscar su mirada y se ruborizó al ver sus iris dorados fijos en ella.

Inuyasha arrugó la nariz.

—Sé que está mojado, pero...

Kagome se puso de puntillas, presionando sus labios contra los suyos y dejándolo sin palabras. Inuyasha jadeó, sorprendido, pero no tardó en reaccionar. Sus brazos la rodearon y correspondió a su beso con la misma intensidad, sujetándola contra su pecho.

A pesar de no tener chaqueta, su cuerpo seguía emitiendo calor. Kagome se agarró a la camiseta blanca que llevaba puesta con las manos, ladeando la cabeza sin dejar de besarlo.

Era mucho mejor que en sus recuerdos. Los labios de Inuyasha parecían encajar con los suyos y sus brazos la envolvían por completo, rodeándola con su calidez.

Dio un respingo cuando él mordió suavemente su labio inferior y sintió sus colmillos. Inuyasha rompió el beso, escaneando su rostro con mirada preocupada.

—Estás tiritando, Kagome. Es mejor que vuelvas dentro —murmuró, señalando la fachada de su casa con sus ojos.

Seguía abrazándola, como si la idea de que ella se alejara fuera lo último que quería.

Y Kagome se sentía exactamente igual. A pesar de la lluvia, no había otro lugar donde quisiera estar más que entre sus brazos.

Hacía casi seis semanas de la última vez que habían estado tan cerca el uno del otro.

Sacudió la cabeza, enredando un dedo en los mechones húmedos que caían por sus hombros y llegaban hasta su cintura. Tan suaves como siempre.

—No tengo frío.

—Kagome...

Ella volvió a negar con la cabeza y él resopló, dando un paso atrás. Chasqueó la lengua, cruzándose de brazos y desviando la mirada.

—Feh. Qué cabezota eres.

Kagome sonrió, rozando el dorso de su mano derecha con los dedos y observando cómo su rostro cambiaba en cuanto lo tocaba.

Desde el primer día pensaba que él era muy cálido, y lo seguía siendo. Ni siquiera la lluvia afectaba a su calor corporal.

¿Tendría algo que ver con ser medio demonio?

El pequeño sonrojo que vio en sus mejillas la hizo sonreír todavía más. Inuyasha seguía algo tenso, aunque no tanto como antes, y estaba dejando que lo tocara sin apartarse.

Confiaba en ella. Y algo le decía que ella también podía confiar en él.

—Creo que deberíamos hablar.

Sus ojos dorados volvieron a contemplarla con cautela.

—Supongo que sí.

Kagome dio un paso atrás, señalando la puerta de su casa mientras sujetaba la capucha con su otra mano para poder verlo a través de la lluvia.

—¿Quieres entrar?

Los ojos de Inuyasha se abrieron aún más.

—¿Puedo?

Ella sonrió, alargando una mano. Él la miró un momento y dio un paso hacia delante, cogiéndola y entrelazando sus dedos con los suyos.

Un escalofrío bajó por su espalda cuando sus largas uñas le rozaron la piel. Kagome caminó hacia la casa sin soltar su mano, cerrando la puerta tras entrar.

—Los dos estamos empapados.

Inuyasha torció los labios.

—Yo estoy acostumbrado, pero tú deberías cambiarte de ropa.

—Y tú también —dijo ella, arrugando el entrecejo al ver que no llevaba zapatos. —¿Has venido descalzo?

Él se encogió de hombros.

—Así puedo correr mejor por el bosque.

Kagome se mordió el labio inferior, mirando de reojo hacia la escalera. No podían seguir así o llenarían toda la casa de agua.

—No te muevas. Vuelvo enseguida —murmuró, corriendo escaleras arriba.

Lo vio asentir por el rabillo del ojo mientras desaparecía en el piso de arriba. Entró en el cuarto de su hermano, abriendo su armario y cogiendo uno de sus pijamas.

Tenía tantos que no se daría cuenta, o eso esperaba Kagome.

Cuando volvió a bajar las escaleras Inuyasha seguía exactamente en el mismo sitio que lo había dejado. Estaba pasando una mano por su melena, intentando peinarla sin mucho éxito.

—Sigues en la entrada —comentó Kagome, bajando el último escalón.

—Me dijiste que no me moviera.

Otra sonrisa. Aquel demonio al que tanto había temido podía ser muy tierno.

—Ven, Inuyasha. Este es el baño de invitados, puedes darte una ducha y después vestirte con esto. Eres un poco más alto que Sota pero creo que te servirá —dijo ella, dejando la ropa sobre el lavabo.

Inuyasha observó el grifo de la ducha con el ceño fruncido y Kagome pestañeó. Seguramente no tenían nada parecido dentro del bosque.

—¿Es la primera vez que ves una ducha?

Él volvió a evitar su mirada, cruzándose de brazos mientras asentía. Kagome sonrió y abrió la mampara de cristal.

—Es muy fácil. Si giras este grifo sale agua caliente y si giras este sale fría. Así puedes ponerla a la temperatura que quieras —explicó, mostrándole como se hacía. —El agua saldrá por ahí arriba. Esos son los jabones y el champú, puedes usar los que quieras.

Dio un paso atrás, abriendo un pequeño armario y sacando una toalla.

—Puedes secarte con esto cuando acabes. Yo voy a ducharme en el piso de arriba y te estaré esperando cuando termines. Si me das tu ropa la puedo meter en la secadora.

Inuyasha seguía contemplando la ducha con curiosidad.

De repente, se quitó su camiseta y la dejó caer al suelo. Kagome sintió que su cara ardía cuando se empezó a bajar los pantalones.

—¡Espera! —chilló, corriendo hacia la puerta.

Inuyasha dio un salto, mostrando los colmillos.

—¿Qué pasa ahora?

Kagome salió y cerró la puerta, apoyándose en ella y dejando salir un suspiro tembloroso.

—¡No puedes desnudarte delante de mí!

Escuchó un resoplido que venía de dentro del baño.

—¿Por qué no?

¿En serio le estaba preguntando eso?

Kagome sacudió la cabeza. Puede que los yōkai del bosque utilizaran ropa, o tal vez preferían correr entre los árboles completamente desnudos.

Solo de imaginarse a Inuyasha sin nada de ropa se le aceleró la respiración.

—Pues porque... ¡porque no! Los hombres no se desnudan delante de las mujeres.

—Feh, los humanos sois muy raros. No sé de qué te asustas tanto si todos los cuerpos son iguales. Soy medio humano, así que el mío no es muy diferente de los que habrás visto.

Bueno, técnicamente tenía razón, pero aún así...

—No dejamos que los demás vean nuestros cuerpos, Inuyasha. Solo en ocasiones muy concretas, como cuando vamos a la playa o al médico o cuando... cuando estás con tu pareja.

La voz de Inuyasha repitió esa última palabra.

—¿Pareja?

Kagome se cubrió la cara con las manos, completamente avergonzada.

—Sí.

—¿Y tú no eras médico? No entiendo por qué te pones así cuando habrás visto a cientos de humanos desnudos.

«¿Cientos?»

Kagome suspiró, sacudiendo la cabeza.

—Voy a ducharme. Luego seguimos hablando.

Subió las escaleras sin esperar su respuesta y antes de entrar en su cuarto oyó el sonido del agua. Escogió un pijama y se encerró en el baño, dejando salir un largo suspiro.

Aquella situación era surrealista.

Kagome entró en la ducha pensando en lo difícil que iba a ser olvidar la imagen de Inuyasha sin camiseta. Siempre había imaginado los músculos que escondía bajo sus camisas, pero no esperaba que tuviera ese cuerpo de deportista profesional.


Kagome intentó ser lo más rápida posible.

Suspiró aliviada al bajar las escaleras. Inuyasha todavía seguía dentro del baño.

Tras secar su pelo con la toalla, la dejó cerca del radiador y puso sobre el fuego la tetera. Colocó algunas de las galletas que había hecho su madre en un plato y se tapó los ojos con su mano cuando oyó pasos por el pasillo.

—¿Estás vestido?

Inuyasha chasqueó la lengua con molestia.

—Sí.

Kagome apartó la mano y no pudo evitar sonreír al verlo con la ropa de su hermano pequeño.

Aunque Sota tenía cinco años menos, ya era bastante más alto que ella. Pero no tanto como Inuyasha.

Cogió los pantalones rojos y la camiseta que le estaba extendiendo él, metiéndolos en la secadora junto a su chaqueta.

—¿Esto se considera ropa delicada? —preguntó, observando la tela roja con interés.

—Mi traje está hecho de pelo de rata de fuego, un material muy resistente, y se repara solo.

Aquello explicaba que no estuviera húmedo por dentro a pesar de estar empapado por fuera.

—Y la camiseta es humana, ¿verdad?

—Sí.

—Entonces este programa será suficiente —murmuró, programando la secadora y volviendo a incorporarse. —He preparado un poco de té, supongo que te gusta.

Inuyasha dejó su toalla junto a la de Kagome, cerca del radiador, y volvió a cruzarse de brazos mientras escaneaba la habitación.

—El que probé aquí la otra vez estaba bueno.

Kagome suspiró al recordar lo feliz que se había sentido esa noche cenando con él, y cómo había cambiado todo cuando se despertó a la mañana siguiente.

Treinta y siete días después volvía a tener a ese demonio de pelo plateado en su casa, aunque todo era muy diferente. Colocó la tetera sobre la mesita frente al sofá, indicándole a Inuyasha que se sentara a su lado con un gesto.

Él obedeció, sentándose en el sofá junto a ella y sujetando una de las tazas entre sus manos. Se había atado el pelo en una coleta.

—Quiero que sepas que te creo, Inuyasha. Sé que no vas a volver a hacerme daño.

Él asintió con gesto serio.

—Gracias.

—Pero no puedo olvidar todo lo que ha pasado.

—Lo sé.

Kagome tragó saliva.

—¿Me lo explicarás?

—Puedo intentarlo —murmuró él, removiéndose con incomodidad. —¿Qué es lo que quieres saber?

Kagome cogió una de las galletas y le dio un mordisco, meditando bien la respuesta.

—Podrías contarme tu historia.

Inuyasha resopló.

—Es larga, pero te haré un resumen. Viví con mi hermano hasta que cumplí cincuenta años. A esa edad ya me sentía fuerte y decidí marcharme para arreglármelas por mí mismo. Los yōkai nunca me aceptaron, y no me gusta estar donde no soy bien recibido. Encontré un valle con una cueva y desde entonces vivo allí, aunque cuando apareció Shippo volví al palacio de Sesshomaru y he estado yendo a visitarlo de vez en cuando —dijo, poniendo mala cara. —Y he estado viviendo allí unas semanas, desde que... desde que tú y yo nos peleamos.

El rostro de Kagome había perdido el color.

—Inuyasha... ¿cuántos años tienes?

Él se pasó la lengua por los dientes, mirando de reojo las galletas.

—Doscientos cincuenta.

Kagome se atragantó con su té y él la miró.

—¿Qué?

—¡Me dijiste que tenías veinticinco!

—Y no te mentí —contestó Inuyasha, arqueando una ceja. —Los yōkai crecen de forma más lenta que los humanos, aunque yo envejezco un poco más rápido que ellos al ser solo mitad demonio. Mi edad física y mental corresponde a veinticinco años humanos.

Kagome asintió, intentando volver a respirar con normalidad.

—¿Es que no aparento esa edad? —preguntó él, devorando una galleta en dos bocados.

Tenía razón. En su forma humana Inuyasha parecía un chico normal de unos veinticinco años.

—La verdad es que sí —aceptó ella, apretando los labios.

Inuyasha cogió otra galleta.

—La edad no es importante para mí.

—Eso es porque puedes vivir cientos de años —gruñó Kagome entre dientes, entrecerrando los ojos.

Él se encogió de hombros, quitándole importancia.

Mejor dejar el tema de la edad para otro momento.

—Entonces... ¿Tu madre era humana?

El rostro de Inuyasha se oscureció y Kagome temió haberlo enfadado.

—Se llamaba Izayoi. Ella y mi padre yōkai murieron en el bosque cuando yo era muy pequeño y no los recuerdo. Mi hermano me encontró y me llevó al palacio donde vive con su madre.

—¿Qué tipo de demonio era tu padre?

—Un yōkai perro, igual que mi hermano y su madre.

—No te gusta hablar de ellos, ¿verdad?

—No —contestó Inuyasha, agachando sus orejas.

Ella las miró con curiosidad.

—¿Puedo tocarlas? —preguntó sin pensar.

El tiempo pareció detenerse. Inuyasha la miró fijamente durante tanto tiempo que Kagome estuvo a punto de retractarse.

Dejó salir el aire que no sabía que estaba conteniendo cuando lo vio encogerse de hombros y, tras dejar su taza sobre la mesa, se acercó más a él y levantó la mano hasta rozar una de sus orejas blancas con la punta de los dedos. Se sorprendió al descubrir que eran más suaves que las de Buyo y levantó la otra mano, tocando las dos a la vez.

—Son muy lindas.

Inuyasha la seguía mirando sin decir nada. De repente, le dio un escalofrío y cerró los ojos.

—Me haces cosquillas.

—Oh, perdona —contestó ella, bajando las dos manos y apoyándolas en su regazo.

—Es la primera vez que alguien toca mis orejas.

Kagome sonrió al ver su sonrojo. Sus mejillas debían estar igual.

Apoyó la cabeza en su hombro, mordiéndose el labio mientras pensaba en todas las dudas que tenía desde hacía años sobre los secretos del bosque prohibido.

—Tengo muchas más preguntas, Inuyasha. ¿Por qué hay una barrera entre el bosque y esta ciudad? ¿Quién la puso ahí?

Él suspiró, bebiéndose lo que le quedaba de té de un trago antes de mirarla de reojo.

—Es difícil de explicar... pero si quieres puedo mostrártelo.