Capítulo Veinticuatro

Nunca más


Toda la sangre abandonó su rostro de golpe al escuchar sus palabras.

¿De verdad había dicho lo que ella creía?

—¿Mo-mostrármelo? —repitió Kagome con los ojos muy abiertos.

Inuyasha volvió a mirar al frente, frunciendo el ceño al fijarse en el televisor.

—Sí.

—¿Estás hablando de volver al bosque? —insistió ella en voz baja.

No podía estar refiriéndose a eso. Todo el aire salió de sus pulmones cuando él asintió, y Kagome se levantó de golpe.

—¿Cómo puedes decir eso, Inuyasha? ¿Pretendes que vuelva al lugar donde casi perdí la vida cuando tú...?

Inuyasha agarró una de sus muñecas, sacudiendo la cabeza, y Kagome dejó de hablar.

—Esta vez no estarías sola —dijo con voz grave, tirando hasta que consiguió que ella se volviera a sentar a su lado. —Yo estaría contigo.

Kagome resopló, cruzándose de brazos. La intensidad con la que la miraba Inuyasha hizo que se le olvidara lo que iba a decir. Él sujetó una de sus manos con cuidado, apretándola.

—Juro por mi vida que te protegeré, Kagome. Ningún yōkai te pondrá la mano encima mientras estés a mi lado.

Kagome sintió que su corazón iba a estallar. Los ojos dorados de Inuyasha la seguían mirando fijamente, sin pestañear.

La sensación de calma y seguridad que sentía al tenerlo cerca no la ayudaba a pensar con claridad.

—Y-yo —suspiró, desviando la mirada. —No estoy preparada para volver allí, Inuyasha. y no sé si seré capaz algún día.

—Está bien —aceptó él, todavía sin soltar su mano. —Pero no debes tener miedo. Nadie volverá a tocarte mientras yo siga con vida.

Kagome tragó saliva, volviendo a mirarlo.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Adelante —contestó Inuyasha, asintiendo.

—¿Qué ocurre con los humanos que entran en el bosque?

Aquella pregunta no le gustó. Apretó los labios y tardó unos segundos en contestar.

—Mueren.

Tal y como había sospechado desde que se atrevió a caminar entre esos árboles tenebrosos. Kagome recordó la figura de Inuyasha saltando para interponerse entre ella y el demonio que la arrastró a la parte más profunda del bosque.

En aquel momento no lo reconoció, pero ahora sabía que era él.

¿Había intentado salvarla?

Su rostro había cambiado al mirarla, transformándose en el ser que la mordió y que la había perseguido cada noche en sus pesadillas durante semanas.

Kagome pestañeó, alejando la imagen de sus ojos rojos de su mente.

—¿Cuántos humanos han salido con vida del bosque de los demonios?

Los ojos de Inuyasha centellearon.

—Dos, que yo sepa.

Ella y Sara. Nadie más lo había conseguido, porque nunca antes un demonio había intervenido para defender a un humano.

Había sido él. Kagome estaba cada vez más segura.

—Y tú ibas a matarme aquel día, pero cambiaste de idea.

Su rostro se endureció mientras asentía.

—¿Por qué me mordiste?

Otra pregunta que no le gustó. Vio cómo apretaba la mandíbula, intentando controlar sus sentimientos. Su mano seguía envolviendo la suya con firmeza pero sin apretar demasiado.

Lo justo para que Kagome supiera que él estaba ahí, y que no pensaba marcharse por muchas preguntas que hiciera.

—No pude evitarlo, tu olor... —Inuyasha sacudió la cabeza, cerrando los ojos. —Nunca había estado tan cerca de ti en esta forma y perdí el control. Mi lado yōkai tomó el control y te marcó.

Kagome palideció.

—¿Tu lado yōkai? —repitió, pestañeando y reprimiendo un escalofrío.

Entonces en eso era en lo que se había transformado. En un demonio completo.

—Soy mitad humano y mitad demonio, ¿recuerdas? —contestó Inuyasha, paseando la mirada entre sus ojos con ansiedad. —A veces mi parte demonio toma el control de mi cuerpo. Suele pasarme cuando me enfado.

Parecía que estaba esperando a que todo aquello fuera demasiado. A que Kagome decidiera que no quería saber más, y que no quería volver a verlo.

Nada más lejos de la realidad. Él ya no podía asustarla, aunque no se diera cuenta.

Todo había cambiado.

—¿Y me harías daño si te transformas?

Inuyasha respondió al instante.

—No.

El entrecejo de Kagome se arrugó.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Simplemente lo sé —dijo él, encogiéndose de hombros. —No puedo hacerte daño, ya lo intenté y no soy capaz. No quiero que vuelvas a sufrir por mi culpa.

—¿Ni aunque pierdas el control?

—Ni aun así. Jamás volveré a causarte dolor, Kagome.

Ella lo miró a los ojos, con los latidos de su corazón retumbando en sus oídos.

Todo estaba empezando a encajar. Ya no le quedaban dudas.

—Tú sacaste a Sara del bosque, ¿verdad?

Inuyasha hizo una mueca de dolor e intentó soltar su mano. Kagome la sujetó entre las suyas, impidiéndole que se alejara.

—Ella no recuerda cómo salió de allí, solo que se desmayó. ¿Fuiste tú? —insistió, buscando su mirada.

Él dejó salir un resoplido muy largo.

—Sí.

Los labios de Kagome se curvaron, mostrando una pequeña sonrisa.

—Ese borrón de color escarlata que ella vio eras tú.

Inuyasha entrecerró los ojos.

—Has dicho que ella no recordaba nada.

—Y no lo hace, pero vio algo rojo y sabe que alguien la llevó en brazos —murmuró Kagome, trazando sus nudillos con el dedo pulgar.

Tan cálido como un rayo de sol, aunque intentaba esconder su buen corazón bajo una armadura de indiferencia y brusquedad.

Inuyasha ya no podía esconderse. Ella era capaz de ver quién era en realidad.

Un medio demonio que protegía a otro demonio huérfano. Que salvaba a dos humanas de una muerte segura.

Llevaba dos siglos vagando por el bosque y reprimiendo su lado humano, pero no lo había conseguido del todo. Se preocupaba por los demás, aunque intentara no hacerlo.

—Feh. Sabía que era tu amiga y no podía dejarla morir allí —dijo él, torciendo los labios hacia un lado y arrugando la nariz.

Kagome sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. El rostro de Inuyasha cambió, perdiendo algo de color, y sus ojos dorados se abrieron más.

—Joder. No quería hacerte llorar otra vez, Kagome.

Ella sacudió la cabeza subiendo las manos por su pecho hasta hundirlas en su pelo blanco. Todavía estaba húmedo, y con la luz del sol parecía ser plateado.

Alguien así no podía ser real, pero Inuyasha lo era.

—Inuyasha... —murmuró, mirándolo a los ojos e intentando tragar el nudo que sentía en la garganta.

Ese demonio había salvado la vida de una de sus mejores amigas. Si necesitaba más pruebas de que en realidad no era malvado, aquella lo era.

Kagome sonrió al ver que cerraba los ojos para disfrutar de sus caricias. Le gustaba que le tocaran el pelo tanto como a ella.

—Gracias —susurró, levantando la barbilla.

Sus labios se juntaron y Kagome suspiró. Los brazos de Inuyasha no tardaron en rodearla y la besó de forma lenta, recorriendo su labio inferior con la punta de la lengua antes de morderlo suavemente.

Estaba experimentando, al igual que ella. Y todo lo que hacía le gustaba.

Sus afilados colmillos volvieron a rozar sus labios, presionando lo justo para no atravesar su piel.

Kagome se perdió entre sus besos, disfrutando del sabor a vainilla que el té había dejado en su lengua.

Las llamas que atravesaban su cuerpo cada vez que lo besaba recorrían su piel a toda velocidad, llenándola de calidez.

Era como si saliera el sol después de una larga noche de oscuridad. Jamás se había sentido tan feliz, tan completa.

No sabía cuánto tiempo llevaban besándose cuando Inuyasha se apartó de golpe.

Abrió los ojos, sorprendida ante su brusquedad, y vio que él tenía los suyos entrecerrados en dirección a la ventana. Un leve rubor cubría sus mejillas y sus orejas blancas no dejaban de moverse sobre su cabeza.

—Alguien está subiendo la escalinata.

Kagome sintió que se le helaba la sangre. Miró el reloj que colgaba de la pared y jadeó.

—¡Sota! —gritó, poniéndose de pie de un salto. —No puede verte aquí.

Inuyasha se levantó también, apretando los labios hasta que formaron una fina línea. Dio unos pasos hasta la cocina y abrió la secadora, sacando su traje rojo. Kagome levantó una mano cuando lo vio abrir una de las ventanas.

—¡No! No quiero que te vayas.

Inuyasha la miró con gesto sorprendido. Se había quedado paralizado, con una de las piernas elevada.

Kagome avanzó hacia él y cogió una de sus manos, llevándolo hasta el pie de la escalera.

—Quédate en mi cuarto. Subiré en cuanto pueda.

Inuyasha le dedicó una sonrisa.

—Allí estaré.

Desapareció a toda velocidad y ella suspiró, girándose al escuchar el ruido de las llaves.

Debía tener más cuidado la próxima vez o le daría un infarto.

Kagome se mordió el labio ante sus pensamientos.

«La próxima vez.»

¿Querría Inuyasha seguir visitándola?


Kagome resopló, dejando los palillos sobre el plato. Sota levantó la mirada del suyo, todavía masticando.

—Voy a dormir un rato.

—¿No vas a esperar a que lleguen mamá y el abuelo? —preguntó él, levantando las cejas.

Ella sacudió la cabeza y bostezó.

—Estoy cansada, Sota. Los veré en un rato cuando despierte.

Su hermano se llevó el último trozo de carne a la boca.

—Vale, yo limpiaré esto. Ser médico tiene que ser agotador.

Kagome intentó sonreír. Odiaba mentir, y se le daba fatal.

—Lo es.

Sota sonrió, recogiendo los platos al ponerse de pie. Kagome esperó hasta que estuvo de espaldas y sacó la ración que había escondido en un estante mientras cocinaba.

Salió del salón caminando hacia atrás, con el plato escondido tras ella por si su hermano se daba la vuelta.

—Nos vemos luego, Sota.

—Descansa, hermana.

Kagome dejó salir un suspiro de alivio al estar en el pasillo y subió las escaleras a paso rápido.

Inuyasha llevaba casi una hora completamente solo en su habitación.

¿Se habría marchado?


Inuyasha tuvo que contener la respiración al abrir la puerta del cuarto de Kagome.

Tan solo habían pasado seis días desde la última vez que estuvo allí, pero el aroma de su compañera era tan fuerte que casi se le nubló la vista.

Inuyasha cerró la puerta, apoyando la espalda en ella y suspirando.

Lo mejor era fijarse en algún objeto para conseguir concentrarse.

Era la primera vez que entraba en ese cuarto con permiso. Podía relajarse y mirar, algo que no había tenido oportunidad de hacer antes.

La alfombra violeta seguía en el mismo sitio, bajo la ventana. Un escritorio de madera estaba justo al lado.

Inuyasha se acercó hasta la mesa, observando los libros que había allí con curiosidad. Todos eran de medicina, con términos muy complicados en sus portadas que no había leído antes.

Abrió uno y arrugó la nariz al leer el interior, volviendo a cerrarlo. La profesión de Kagome tenía que ser algo muy difícil.

Inuyasha miró de reojo el corcho que colgaba de la pared, donde había fotografías de ella y otros humanos.

Reconoció a dos de sus amigas, las que había visto alguna vez saliendo de su casa, pero el resto de caras eran desconocidas.

Frunció el ceño al ver una foto de Kagome abrazada a otro humano, muy sonriente.

¿Quién demonios era ese? Esperaba que fuera su hermano y no uno de esos estúpidos que estaban interesados en ella.

Inuyasha se detuvo frente a un mueble con espejo y un pequeño asiento delante. Abrió uno de los cajones, chasqueando la lengua al ver pequeños objetos de diferentes colores.

No sabía lo que eran, pero aquellas cosas no olían nada bien.

Pasó frente al armario, reprimiendo las ganas de abrirlo para ver lo que había dentro.

Inuyasha se acercó de nuevo a la puerta, pegando una de sus orejas a la madera. Kagome estaba hablando con su hermano y se escuchaba el chisporroteo de algo, como si estuvieran cocinando.

Inuyasha suspiró de nuevo y su mirada se detuvo en la cama.

Parecía bastante cómoda.

Decidió sentarse en ella a esperar, apoyando la espalda en la pared.

La ropa humana que Kagome le había dado también era muy agradable y suave.

Después de tanto estrés en los últimos días, por fin se sentía tranquilo. Los párpados empezaron a pesarle e Inuyasha gruñó, obligándose a sí mismo a mantener los ojos abiertos.

No podía quedarse dormido en el cuarto de Kagome otra vez.

«Ella dijo que vendría. No pasaría nada si cierro los ojos mientras espero.»

Inuyasha torció los labios y miró la almohada de reojo.

«Feh. ¿Por qué no?»

Se tumbó sobre el colchón, abrazando la espada que todavía no había soltado desde que entró en la casa humana.

Inuyasha inspiró profundamente, cerrando los ojos. El olor de Kagome era mucho más intenso ahí.

En aquella habitación no podía pasarle nada malo.

Todos sus músculos se relajaron poco a poco y se quedó dormido sin darse cuenta, envuelto en el dulce aroma de su compañera.


Kagome abrió la puerta, sujetando el plato lleno de comida en su mano derecha.

Sus ojos recorrieron la habitación, buscando a Inuyasha, y no pudo evitar sonreír al verlo en su cama.

Estaba dormido, respirando profundamente y con su cabeza apoyada en la almohada.

Kagome cerró la puerta muy despacio, intentando no despertarlo. Una de sus orejas se movió pero sus ojos siguieron cerrados.

Caminó hasta su escritorio a pasos lentos, dejando el plato en la mesa. Cuando se giró hacia su cama, el corazón se le subió a la garganta al ver los ojos dorados de Inuyasha fijos en ella.

Kagome jadeó, llevándose una mano al pecho.

—Inuyasha, me has asustado. ¿Te he despertado? —preguntó en un susurro.

Él negó con la cabeza, incorporándose hasta quedar sentado sobre el colchón.

—Tú no. El olor —gruñó él con voz áspera, carraspeando.

—¿El olor de esto? —dijo ella, tocando el borde del plato.

Inuyasha bajó la mirada hacia la comida un segundo y volvió a mirarla sin decir nada.

—¿Tienes hambre? —insistió ella con una sonrisa.

—¿Eso es para mí? —preguntó él, sorprendido.

—Claro.

Kagome se sentó a su lado, ofreciéndole el plato. Su corazón aleteó cuando Inuyasha volvió a sonreír, sujetándolo con una mano y llevándose un pedazo a la boca.

—¿Lo has preparado tú?

Ella asintió, sonrojándose.

—Está muy bueno, Kagome.

—Gracias.

Inuyasha siguió comiendo despacio, mirándola por el rabillo del ojo de vez en cuando.

—¿Es ese tu hermano? —preguntó, señalando una de las fotos que había en la pared tras su escritorio.

Kagome asintió y vio que él relajaba la postura.

—¿Sigue aquí?

—Está abajo. Probablemente se pasará la tarde jugando a la consola.

—¿Consola?

—Videojuegos. Le encantan.

El entrecejo de Inuyasha se arrugó.

—No sé lo que es eso.

—Otro día te lo enseño. Puede que a ti te gusten también —comentó Kagome, recordando la forma en la que había mirado la televisión cuando se sentó frente a ella en el sofá.

Probablemente tampoco sabía lo que era.

Inuyasha seguía levantando los palillos con cuidado, como si no estuviera acostumbrado a hacerlo de esa forma.

—¿Comes así cuando estás solo?

Él se encogió de hombros mientras masticaba.

—Puedes comer a tu ritmo, Inuyasha. Nadie te está viendo.

Kagome sonrió cuando él tragó antes de contestar. Hasta un demonio tenía mejores modales que Sota.

—Tú sí.

—A mí no me importa —añadió ella, encogiéndose de hombros.

Inuyasha la miró fijamente un momento antes de levantar el plato. Empezó a devorar lo que le quedaba de comida a toda velocidad, justo como había hecho al principio de su primera cita.

Kagome se rio entre dientes, levantando las manos cuando él le lanzó una mirada de odio. Inuyasha no volvió a hablar hasta que terminó toda la comida.

—En el bosque no puedo desperdiciar el tiempo comiendo. Tengo que estar alerta en todo momento.

La sonrisa de Kagome se desvaneció.

—Vivir allí tiene que ser muy duro.

Él dejó el plato vacío en su mesita de noche, relamiéndose los labios.

—Todo es más fácil desde que tengo esto —murmuró, palmeando la vaina de la espada que estaba a su lado sobre la cama. —Ahora soy más poderoso.

Kagome se acercó a su mesa, cogiendo su botella de agua y ofreciéndosela. Él la abrió, bebiéndose el contenido de un trago.

Volvió a sentarse a su lado, trazando los nudillos de la mano de Inuyasha con el dedo índice. Sus uñas ya no parecían tan peligrosas como la primera vez que las había visto.

—¿Crees que podríamos ser amigos? —preguntó, mirándolo a los ojos.

—¿Amigos? —repitió Inuyasha, apretando la mandíbula. —¿Eso es lo que quieres que seamos?

Kagome bajó la mirada hasta su mano otra vez, entrelazando sus dedos entre los suyos.

—Quiero que confíes en mí, Inuyasha. Y que me digas siempre la verdad.

Él sujetó su mano con firmeza.

—No volveré a mentirte, Kagome. Te doy mi palabra.

—Te creo —dijo ella, asintiendo. —¿Te quedarás esta tarde conmigo?

—¿Y si viene tu hermano y ve que hay un yōkai en tu habitación?

Kagome negó con la cabeza.

—Mi familia nunca entra en mi cuarto sin llamar a la puerta.

Él cruzó sus piernas sobre la cama, echándose hacia atrás hasta que su espalda rozó la pared, y recorrió su rostro con la mirada.

—Pareces cansada.

Y lo estaba. Kagome notó el peso de todas las emociones que había sentido durante ese día caer sobre sus hombros.

—Estaba estudiando antes de... antes de sentir que te acercabas.

Aquello capturó su atención. Inuyasha se cruzó de brazos, volviendo a mirarla fijamente.

—¿Desde cuándo puedes sentir mi presencia?

¿Es que él no sabía que las personas se sentían intimidadas cuando alguien las miraba así?

No, probablemente no.

—Siempre ha habido algo que me atraía hacia el bosque, pero hace unos meses lo empecé a sentir con mucha más fuerza. Creo que eras tú, Inuyasha.

Kagome sonrió cuando él confirmó sus sospechas asintiendo.

—Desde que te vi por primera vez he estado yendo todos los días al borde del bosque para observarte. Puede que fuera por eso.

Los ojos de ella se abrieron más.

—¿Cuándo me viste por primera vez?

—Un mes antes de la noche que nos conocimos —dijo él, levantando una de sus oscuras cejas. —Acababa de volver de pasar mi primera noche tenebrosa en esta ciudad.

Un escalofrío bajó por su espalda al recordar el momento en que descubrió los ojos de aquel chico tan llamativo fijos en ella.

Parecía tan lejano... pero en realidad solo habían pasado unos meses de aquella noche.

—¿Noche tenebrosa? —repitió Kagome, confundida.

Una de las comisuras de los labios de Inuyasha se curvó hacia arriba.

—Las noches de luna nueva.

—Es cuando te conviertes en humano, ¿verdad?

—Normalmente me escondía en lo más profundo del bosque, esperando a que volviera a salir el sol para recuperar mis poderes —explicó Inuyasha, ladeando la cabeza. —Pero ahora las paso en Tokio.

Kagome se dejó caer sobre la almohada, suspirando y cerrando los ojos.

—Entonces... ¿soy tu compañera?

No había sido capaz de dejar de pensar en todo lo que le había dicho cuando hablaron en la frontera entre la ciudad y el bosque de los demonios.

—Sí.

—¿Me contarás lo que significa eso cuando me despierte?

Escuchó la risa suave de Inuyasha.

—Claro.

Kagome golpeó la parte derecha de la almohada con su mano.

—Puedes tumbarte conmigo, si quieres.

Abrió un poco los ojos y vio a Inuyasha dejar la espada a los pies de la cama. Cuando se tumbó, ella apoyó la barbilla en su hombro, observando su rostro con interés.

Sus pestañas eran tan negras como sus cejas.

Inuyasha dejó salir un suspiro largo.

—¿Me ves muy diferente? —preguntó en un susurro, con los ojos cerrados.

La respuesta llegó a su mente de inmediato.

«No.»

Su olor era el mismo y su cercanía seguía provocando las mismas mariposas en su estómago que desde el primer día. Además ahora que había podido fijarse en ellos, sus ojos dorados eran increíbles. Los más bonitos que había visto en su vida.

Su larga melena blanca plateada era igual de suave que cuando tenía un color oscuro. Y sus orejas triangulares eran una monada.

Kagome no se veía capaz de decir que versión de Inuyasha le gustaba más, la humana o la que tenía ahora a su lado, dándole calor.

Suspiró, moviendo la cabeza hasta que rozó la curva de su cuello con la nariz.

—Sigues siendo tú, solo que un poco más... —Kagome sonrió al pensar en que parecía ser más sensible cuando era humano. —Más borde.

—Feh.

—Y más peligroso —añadió en un susurro.

El brazo derecho de Inuyasha se enroscó alrededor de ella, descansando en la parte baja de su espalda.

—No para ti, Kagome.

Ella apoyó la mano sobre su pecho, justo donde latía su corazón, y sonrió.

—Lo sé.