Capítulo Veinticinco
El aroma prohibido
Algo estaba moviendo su flequillo.
Kagome se concentró en esa sensación, percatándose de que era el aliento de alguien.
Inspiró lentamente, sonriendo al detectar ese aroma amaderado que tanto le gustaba. Era como pasear por el bosque tras un día de lluvia.
Quería abrir los ojos y descubrir quién estaba junto a ella pero los párpados le pesaban demasiado.
¿Sería un sueño?
Kagome se tensó al sentir unas uñas muy afiladas recorriendo la piel de su antebrazo.
—Despierta, Kagome.
¿Inuyasha?
Abrió los ojos al escuchar su voz áspera, con los latidos de su corazón retumbando en sus oídos.
No había sido un sueño. Inuyasha de verdad había vuelto y estaba ahí, en su cuarto.
Kagome seguía con la cabeza apoyada en su pecho, igual que cuando se quedó dormida, y él estaba trazando círculos en el dorso de la mano que tenía apoyada sobre su cuerpo.
Se sonrojó al ver en la postura que estaba, con un brazo rodeando el pecho de Inuyasha y su mano sobre su corazón.
Sus ojos se quedaron justo ahí, observando lo cuidadoso que era con sus garras cuando la tocaba. Inuyasha carraspeó al ver lo que estaba mirando.
—Me gusta cuando tú me lo haces —confesó en voz baja, apartando la mirada hacia el techo y encogiéndose de hombros.
Siguió trazando formas en sus nudillos con la punta de sus dedos. Kagome había hecho lo mismo unas horas antes, cuando estuvieron hablando sentados en el sofá.
—A mí también me gusta —admitió ella con una sonrisa tímida, volviendo a mirarlo a los ojos. —¿Cuánto tiempo he dormido?
Los ojos dorados de Inuyasha volaron hasta el reloj de su mesita.
—Casi dos horas. Tu hermano ha subido a su cuarto, y se está haciendo tarde. Creo que debería marcharme antes de que vuelva el resto de tu familia.
Kagome no pudo evitar hacer una mueca.
—Pero... pero yo no quiero que te marches —contestó en un susurro.
La risa suave de Inuyasha hizo que su pecho vibrara y ella levantó la barbilla, pestañeando varias veces para despejar su mente.
No recordaba la última vez que había dormido tan profundamente, y se sentía un poco desorientada.
Él se incorporó, sentándose sobre el colchón y mirándola de reojo.
—¿Quieres que vuelva?
Ella asintió, pasando sus dientes por su labio inferior al verlo estirar los brazos y peinar su larga melena blanca con los dedos.
¿De verdad no se daba cuenta de lo atractivo que era?
Su rostro empezó a arder al pensar en que había estado durmiendo a su lado. Parecía increíble, pero había pasado de verdad.
Aquel medio demonio se había quedado en su habitación, esperando pacientemente a que ella descansara un rato. Kagome sospechaba que él no había dormido ni un minuto.
Un escalofrío bajó por su espalda cuando lo vio levantarse, caminando con tranquilidad hacia donde estaba colgado su kimono rojo. Lo sujetó entre sus manos y se giró para mirarla, arqueando una ceja.
Kagome enrojeció, dándole la espalda y fijando su vista en la pared. El sonido de la ropa cayendo al suelo la sobresaltó.
Entrelazó los dedos de sus manos sobre sus rodillas, intentando controlar sus nervios.
—Te puedes quedar con ese pijama, Inuyasha. Mi hermano no lo echará de menos.
—Feh.
Kagome sonrió al escuchar su resoplido. Giró la cabeza cuando él estaba ajustando la espada a su cinturón de tela.
—Todavía tengo muchas preguntas.
Él asintió, cruzándose de brazos mientras recorría las paredes del dormitorio con su mirada.
—Entonces mañana vendré a visitarte.
La idea de volver a verlo hizo que su corazón latiera con más fuerza. Kagome sabía que estaba sonriendo otra vez, pero no podía evitarlo.
—Trabajo por la mañana. A las tres estaré en casa.
Inuyasha desvió la mirada, pero pudo ver un pequeño sonrojo en sus mejillas.
—Vale.
Avanzó hacia la ventana, entrecerrando los ojos para escanear el patio del templo. Satisfecho, relajó la postura y la abrió.
Kagome agradeció vivir a las afueras de la ciudad y tener aire acondicionado cuando el aire cálido de junio entró en la habitación.
Sabía que él no tenía nada de eso en su hogar, aunque dudaba que en el bosque de los demonios hiciera tanto calor como en Tokio.
—Que duermas bien.
Kagome jadeó al escuchar su voz y verlo apoyar un pie en el alféizar de la ventana.
—¡Espera! ¿Por qué entrabas en mi cuarto por las noches?
Los hombros del demonio se tensaron y volvió a incorporarse, pero no se giró hacia ella. Kagome tragó saliva e insistió. Necesitaba saberlo.
—¿Lo hacías para que no tuviera pesadillas?
Inuyasha le echó una mirada rápida y suspiró, volviendo a fijar sus ojos en los árboles que rodeaban el templo.
—Sí.
Ella observó el movimiento de sus peludas oreja y una nueva sonrisa se extendió por su rostro.
Eran adorables. Tuvo que cerrar los puños para contener las ganas de ponerse de pie, acercarse y volver a tocarlas.
—Gracias. Hasta mañana, Inuyasha. Y ten cuidado.
Él asintió en su dirección y flexionó sus rodillas, desapareciendo en menos de un segundo.
Kagome se levantó y corrió hacia la ventana.
Un borrón de color rojo estaba saltando de árbol en árbol y, al pestañear, no volvió a verlo.
Aquel medio demonio era muy rápido. Muchísimo más que cualquier humano.
Kagome suspiró, cerrando la ventana y paseando por su cuarto mientras ordenaba sus cosas y hacía la cama.
Cogió uno de sus libros de medicina, bajando hasta el salón y dejándolo sobre la encimera de la cocina.
La toalla de Inuyasha seguía tendida al lado del radiador, junto a la suya.
El miedo la paralizó.
Si Sota había visto las dos toallas...
Sacudió la cabeza, recogiendo ambas y metiéndolas dentro de la lavadora.
Su hermano era demasiado despistado como para haberlas visto y, si le preguntaba, le podía decir que había usado una de ellas para secarse el pelo.
Resopló y volvió a coger el libro, tumbándose en el sofá y apoyando la espalda en su cojín favorito.
Quería repasar un poco más antes de cenar, aunque sabía que iba a ser muy difícil dejar de pensar en Inuyasha y en todo lo que había pasado en las últimas horas.
Inuyasha aterrizó a pocos metros de las grandes puertas de madera, sacudiéndose hasta que las hojas que habían quedado enredadas en su pelo cayeron al suelo.
Atravesó la muralla que rodeaba el palacio Taisho y los dos guardias inclinaron la cabeza para saludarlo, como hacían siempre, pero se dio cuenta de que uno de ellos estaba arrugando la nariz.
Sabía que esos yōkai lo despreciaban aunque nunca dijeran nada, como casi todos los demonios que habitaban el bosque, pero era la primera vez que hacían gestos desagradables en su presencia.
Inuyasha frunció el entrecejo, chasqueando la lengua con disgusto. Decidió ignorarlos y siguió caminando, cruzando los jardines y subiendo la gigantesca escalinata que llegaba hasta la entrada principal del palacio.
Se sorprendió al ver a su medio hermano caminando hacia él. Sesshomaru iba pasando una de sus garras por su larga estola peluda de forma ausente y se detuvo al verlo.
Arrugó el entrecejo, olfateando el aire y haciendo una mueca.
Inuyasha gruñó, mostrándole los colmillos. ¿Otro igual?
—Apestas a humano —murmuró Sesshomaru, arrastrando las palabras con desprecio.
Él cerró los puños para intentar contener su reacción.
«Mierda. Huelo a Kagome.»
Entrecerró los ojos, lanzándole una mirada de odio a su hermano.
Por eso los demonios que vigilaban las puertas de la muralla habían actuado de esa forma. A pesar de haberse cambiado de ropa y llevar el pijama escondido entre los pliegues de su kimono, todos podían detectar el aroma de su compañera.
Seguramente hasta su pelo olía a ella.
—Feh —Inuyasha levantó la barbilla, enfrentándose a la dura mirada del poderoso yōkai que tenía frente a él. —¿Y qué si huelo a humano?
Sesshomaru dio varios pasos hasta que solo hubo unos centímetros de distancia entre ellos. Clavó sus ojos dorados en el rostro de su hermano, hablando entre dientes para que el resto de demonios no escuchara sus palabras.
—Sé que tú no eres capaz de matarlos, y no hueles a sangre. Este aroma es de hembra humana —sentenció, arqueando una ceja al ver que Inuyasha se tensaba. —¿Has estado con ella?
Inuyasha apretó la mandíbula. El olfato de su hermano era tan bueno como el suyo y no había forma de engañarlo.
Se cruzó de brazos, escondiendo las manos en las mangas de su chaqueta roja, y dio un paso hacia delante en un gesto de desafío.
—¿Acaso te importa?
Sesshomaru puso los ojos en blanco, apartándose de su camino.
—Me da igual lo que hagas con tu vida, Inuyasha. Pero procura que nadie más se entere de esto.
Dicho esto, el yōkai continuó su camino hasta salir del palacio y levitó hasta perderse en la lejanía.
Inuyasha resopló, sacudiendo la cabeza.
—Estúpido Sesshomaru —gruñó entre dientes mientras caminaba.
Una vez que llegó a su antiguo dormitorio y abrió la puerta escuchó un chillido, y al instante un pequeño demonio saltó sobre él.
—¡Inuyasha! ¡Has vuelto!
—Te dije que volvería —dijo él, palmeando su cabeza suavemente.
Shippo volvió a saltar al suelo, mirándolo fijamente con sus expresivos ojos.
—Hueles raro.
Tras cerrar la puerta, Inuyasha maldijo en voz baja y se sentó sobre su cama. El yōkai zorro avanzó hacia él, subiendo a su regazo de un salto y olfateando su ropa.
Shippo tenía una gran sonrisa en el rostro cuando volvió a mirarlo.
—Es ella, ¿verdad?
Inuyasha se dejó caer hacia atrás, resoplando con fuerza.
—Sí.
—¿Entonces has estado con Kagome? —preguntó Shippo, colocándose junto a su cabeza.
Él lo ignoró, cerrando los ojos y concentrándose en su respiración. Todavía se sentía un poco alterado por todas las emociones que había experimentado ese día.
Esperanza. Miedo. Curiosidad. Vergüenza. Tranquilidad.
Inuyasha tragó saliva al recordar los besos de Kagome y el peso de su cabeza descansando sobre su pecho.
Fuego.
Era la única palabra que podía describir lo que sentía al estar tan cerca de ella. Era como si todo su cuerpo ardiera pidiéndole que volviera a besarla, que la abrazara más fuerte.
Sabía que también sentiría unas ganas insoportables de marcarla si no lo hubiera hecho meses antes. Al menos no tenía que controlar las ansias de clavar los colmillos en su piel.
—¡Cuéntamelo! —exigió Shippo, golpeando su brazo.
Él abrió los ojos, lanzándole una mirada de odio que hizo que el zorro chillara y se arrastrara hacia atrás para poner distancia entre ambos.
—Eres un miedica, mocoso —protestó Inuyasha, usando los codos para incorporarse. —Esta mañana me acerqué a su casa. Solo quería asegurarme de que estaba bien, pero ella sintió mi presencia y me llamó. Hemos estado hablando, y... creo que me ha perdonado.
Shippo dudó, aunque al final decidió que era seguro y volvió a acercarse, colocando la mano en su hombro.
—¡Eso es genial, Inuyasha!
Él torció los labios.
—Es mejor no cantar victoria tan pronto. Todavía hay muchas cosas que la humana no sabe sobre mí.
—¿Y se las vas a contar?
—Solo si ella quiere —admitió Inuyasha, asintiendo.
Shippo se mordió el interior de su mejilla, sentándose sobre el colchón con las piernas cruzadas.
—Quiero conocerla.
No se cansaba de pedirlo, por mucho que él le dijera que no era una opción.
Inuyasha escondió una sonrisa, observando la reacción de su amigo cuando le dio una respuesta distinta por primera vez.
—Quizá algún día.
Los ojos verdes de Shippo se abrieron de par en par.
—¿En serio?
Podía servir para que Kagome superara el terror que sentía hacia los yōkai.
Inuyasha se pasó la lengua por uno de sus colmillos, entendiendo por primera vez lo que había llevado a su padre a construir una cabaña en la zona más profunda del bosque para poder vivir con su madre humana.
Si quería tener un futuro con Kagome, ella tendría que aceptar el bosque de los demonios como su nuevo hogar. No había otra solución.
—Así tal vez ella se dé cuenta de que no todos los demonios son unos seres diabólicos sedientos de sangre —comentó en voz baja.
Iba a ser muy complicado conseguir algo así. No se imaginaba a Kagome abandonando su mundo y a su familia voluntariamente.
El rostro de Shippo se oscureció tras sus palabras.
—Hay muchos que son malvados.
Probablemente estaba pensando en los asesinos de sus padres. Inuyasha revolvió su pelo, suspirando.
—Algunos van a lo suyo y no te molestan si los ignoras —dijo, pensando en sí mismo y en la vida que había llevado en el bosque durante tantos años. Bajó la mirada hasta el pequeño zorro, dedicándole una pequeña sonrisa. —Y otros son bastante agradables, aunque demasiado cotillas para su propio bien.
Shippo bufó, ofendido.
—¡Yo no soy un cotilla!
—Sí que lo eres.
—¡No!
Inuyasha levantó una ceja, sonriendo todavía más cuando vio la cara de enfado del yōkai. Se puso de pie, avanzando lentamente hacia la puerta.
—¡Los amigos se cuentan sus cosas, Inuyasha!
Aquello detuvo sus pasos. Inuyasha se giró, mirando al zorro fijamente.
—Está bien, tienes razón.
El rostro de Shippo se relajó y volvió a sentarse sobre la cama.
—¿No te quedas aquí esta noche?
Él sacudió la cabeza.
—Ahora tengo una habitación de adulto.
—Pero te gusta más esta —aseguró el zorro sin apartar la mirada.
Era una tontería negarlo, así que Inuyasha asintió.
—Es más... acogedora, pero ahora es tuya —contestó, encogiéndose de hombros mientras abría la puerta. —Hasta mañana, Shippo.
—¡Te estaré esperando a las ocho para entrenar!
Inuyasha se rio entre dientes mientras caminaba por el pasillo, dirigiéndose a las escaleras.
El entusiasmo de Shippo era contagioso.
Había pasado varias horas en casa de su compañera, y Kagome quería volver a verlo. El vacío que sentía dentro de su pecho casi había desaparecido por completo y se sentía mejor que nunca.
Inuyasha entró en su habitación muy sonriente.
Todo estaba tal y como lo había dejado. Las sábanas blancas eran tan suaves como una nube y la luz de la luna se colaba a través de las ventanas.
Se puso el pijama que le había dado Kagome y que tenía su aroma por todas partes, dejando su kimono dentro del armario.
Tras eso se lanzó sobre el enorme colchón, abrazándose a la almohada y hundiendo la nariz en ella.
No entendía por qué, pero la cama de Kagome era mucho más cómoda.
Inuyasha dejó salir un largo suspiro. La había visto dormir muchas veces, pero poder observarla tan de cerca y tumbada a su lado era una experiencia totalmente diferente.
Aquel había sido uno de los días más felices de su vida y las malas caras del resto de demonios no se lo iba a estropear.
Kagome suspiró por quinta vez.
El McDonald's que había a dos calles del hospital solía estar lleno, pero ellas tres eran las últimas que quedaban dentro.
Sango había estado patrullando por la zona aquella mañana y había llamado a Sara para almorzar con ellas, por lo que decidieron no ir a la cafetería de la planta baja y cambiarse directamente de ropa para poder comer fuera.
Y sus dos amigas no habían reaccionado demasiado bien a la noticia de que Inuyasha había vuelto a aparecer.
Sara se había sorprendido, pero cuando Kagome terminó de contar la historia estaba sonriendo mientras removía los hielos de su bebida con la pajita.
En cambio, el entrecejo de Sango se había ido arrugando más con cada una de sus palabras.
—Estoy preocupada por ti, Kagome. No creo que sea una buena idea —repitió su amiga por tercera vez con sus ojos marrones perforándola sin piedad.
—No lo entiendes, Sango.
—Pues explícamelo.
—Aquí no puedo —susurró Kagome, mirando a su alrededor con nerviosismo. —Además, debería irme ya. Le dije a Inuyasha que volvería a casa a esta hora y me estará esperando.
Sango se levantó de golpe.
—Vamos contigo.
«Ni hablar.»
—No —Kagome frunció el ceño, negando con la cabeza. —Primero quiero hablar con él y preguntarle si le parece bien conoceros.
—Pues claro que nos va a conocer —siseó Sango, golpeando la mesa con el puño y haciendo que Sara y ella saltaran. —No dejaré que ese monstruo se acerque a ti hasta asegurarme de que no es peligroso.
El corazón de Kagome se encogió. Todavía recordaba la expresión de dolor que cruzó por el rostro de Inuyasha cuando le dijo esa misma palabra tras descubrir su verdadera identidad.
—Por favor, Sango. No lo llames así —pidió en voz baja con ojos suplicantes.
Sango arrugó la nariz, apoyando la espalda en su silla.
—Tú también lo decías hasta no hace mucho.
—Lo sé, pero estaba equivocada —admitió Kagome en voz baja.
Sango suspiró, encogiéndose de hombros.
—¿Confías en él, Kagome? —preguntó Sara.
Ella la miró de reojo, bebiendo un trago de su refresco.
—Sí.
—Vaya —Sango jadeó, abriendo mucho los ojos. —Esto no me lo esperaba. ¿Qué es lo que ha cambiado?
La imagen de Inuyasha trazando sus nudillos con cuidado cruzó por su mente y Kagome sonrió.
—Todo. —confesó, suspirando. —Os contaré más detalles el sábado cuando vengáis a casa y, si Inuyasha está de acuerdo, os lo presentaré ese día.
Sango asintió, mirándola con gesto serio.
—Debes tener mucho cuidado, Kagome. Si el gobierno descubre que estás en contacto con una de esas criaturas...
—Lo sé —la cortó ella, sujetando una de sus manos entre las suyas y apretándola con cariño. —Él es muy cuidadoso y nunca se deja ver. Nadie va a enterarse.
Saber que Sango estaba de su parte a pesar de haber jurado delatar a gente como ella la hacía sentirse muy especial.
Nunca encontraría amigas tan buenas como las dos que tenía sentadas a su lado en ese momento.
—Eso espero —murmuró Sango mientras las tres se levantaban.
Salieron del local juntas y ambas la acompañaron hasta donde había aparcado su moto de policía. Kagome se aclaró la garganta cuando Sango se puso el casco.
—Eri me ha escrito esta mañana. Quiere que volvamos a salir una noche, y he pensado que a mis dos mejores amigas también les apetecería venir.
—¡Sí! Cuenta conmigo —contestó Sara con entusiasmo.
Sango abrió la visera de su casco, mirando a Kagome a través de sus pestañas.
—¿Puedo... puedo invitar a Miroku?
Kagome sonrió. Sabía que su amiga estaba sonrojada dentro de ese casco blanco.
—Claro. Es bastante complicado ponernos de acuerdo, pero seguramente será la semana que viene. Os avisaré a las dos en cuanto lo sepa.
Sango asintió, arrancando la moto con su pie derecho. Sara y ella se quedaron en la acera, agitando sus manos mientras su amiga se alejaba a gran velocidad por la avenida.
Caminaron juntas hasta la esquina donde sus caminos se separaban y Sara se despidió de ella con un gran abrazo.
—Dile a tu demonio que me gustaría hablar con él algún día —susurró en su oído antes de soltarla.
Kagome asintió y se despidió de ella, cruzando la calle y desviando la mirada hacia la gran valla metálica que se veía a lo lejos.
En once días había luna nueva, y coincidía con un viernes.
Tal vez...
Kagome se mordió el labio inferior, recordando la primera noche que había visto a Inuyasha en aquella discoteca.
¿Estaría él dispuesto a repetir la experiencia?
