Capítulo Veintiséis

Camelias


Era media mañana cuando Inuyasha dejó caer su espada al suelo de tierra, señalando el fin del entrenamiento.

—Sigues mejorando —comentó, secándose el sudor de su frente con el brazo mientras caminaba hacia las termas que había en la parte trasera del jardín.

Shippo lo seguía con una gran sonrisa en el rostro.

—Gracias —dijo, saltando de alegría. —Espero poder luchar tan bien como tú algún día.

Inuyasha se rio entre dientes.

—Necesitas entrenar mucho más para eso.

Las termas estaban completamente vacías, para alegría de ambos. Inuyasha dejó su ropa junto a la orilla, hundiéndose en el agua hasta estar completamente sumergido. Volvió a salir a la superficie y escuchó el chapoteo de Shippo mientras le seguía nadando.

Continuó sin detenerse hasta llegar a la pequeña cascada, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia delante.

No había nada mejor que la presión del agua para relajar sus músculos.

—Inuyasha.

Él abrió un ojo y miró a Shippo, que estaba a su lado con la espalda apoyada en las rocas y cientos de gotas de agua adornando sus mechones pelirrojos.

—¿Vas a ir a verla hoy también? —preguntó el zorro en un susurro.

Inuyasha observó sus alrededores, asegurándose de que no hubiera ningún yōkai demasiado cerca que pudiera estar escuchando su conversación.

—Sí.

Todavía no sabía cómo iba a responder a las preguntas de Kagome, ni si iba a ser capaz de contarle todos sus secretos. Estaba nervioso desde que se había despertado y hablar del tema no ayudaba.

—Podrías llevarle flores. A mi madre le encantaba que mi padre hiciera eso.

—¿Flores? —repitió Inuyasha, frunciendo el ceño.

Las mejillas le ardieron al imaginarse a sí mismo dándole un ramo de flores silvestres a Kagome.

—Seguro que le gustará que le lleves un regalo —insistió Shippo, asintiendo. —¿Cuál es su color favorito?

El entrecejo de Inuyasha se arrugó aún más.

—No lo sé.

—¿No lo sabes? —repitió Shippo con los ojos muy abiertos. —¿Pero qué clase de compañero eres tú?

Inuyasha soltó un gruñido, salpicando agua en su dirección.

—Cállate.

Se cruzó de brazos y apartó la mirada, escondiendo su sonrojo y bajando las orejas en un intento de no escuchar la risa de Shippo.

El color favorito de Kagome... ¿Cuál sería?

Inuyasha pensó en el cuarto de la humana, recordando los objetos que había visto en sus paredes y la alfombra sobre la que había aterrizado tantas veces.

Un color predominaba sobre todos los demás.

—Morado.

Su oreja derecha se movió cuando escuchó a Shippo saliendo del agua.

—¿Estás seguro? —preguntó el zorro, sacudiéndose.

Inuyasha se encogió de hombros.

—No, pero es un buen color.

Shippo puso los ojos en blanco.

—Supongo que tienes razón —admitió, resoplando suavemente mientras se vestía. —Muy cerca de las puertas del palacio hay una planta llena de flores moradas.

—Ya lo sabía —gruñó él, entrecerrando los ojos.

Shippo arrugó la nariz.

—Eres un borde. Solo intento ayudarte.

Inuyasha suspiró, alejándose de la cascada y saliendo de un salto.

—Lo sé, enano —murmuró, revolviendo su pelo húmedo con una mano al pasar por su lado.

Shippo esperó hasta que él también estuvo vestido y saltó sobre su hombro.

—¿Cuándo te marchas? —preguntó, intentando contener su curiosidad.

Inuyasha apretó los labios, intentando no sonreír. Su pequeño amigo no sabía disimular.

Desvió sus ojos dorados hacia arriba, observando la posición del sol en lo alto del cielo.

—Muy pronto. Te acompaño hasta la escalinata —dijo, caminando por el camino pedregoso que recorría el jardín.

Shippo se estiró todo lo que pudo para susurrar cerca de una de sus orejas blancas.

—¿Ella sabe que existo?

Inuyasha sonrió de lado.

—Sí.

El zorro jadeó, agarrándose al cuello de su chaqueta roja con ambas manos.

—¿Le has hablado de mí?

—Hace tiempo —contestó Inuyasha, fijándose en todos los demonios que paseaban por el jardín y que apartaban la mirada cuando él se acercaba. —No sé si se acordará.

Shippo se sentó sobre su hombro y suspiró. Él lo miró de reojo, sonriendo al ver la mueca que tenía en su rostro.

—Le volveré a hablar de ti hoy —añadió en voz baja, deteniéndose a pocos metros de las escaleras de piedra.

Shippo volvió a sonreír y rodeó su cuello con los brazos antes de saltar al suelo.

—¿Me lo contarás cuando vuelvas?

Inuyasha asintió y el zorro le dedicó una última sonrisa antes de subir a toda velocidad la escalinata, desapareciendo en el interior del palacio.

Ladeó la cabeza, dejando salir un largo suspiro, y atravesó el resto del jardín para salir del palacio. Sus pies lo llevaron hacia la planta que había mencionado Shippo.

Apretó los labios mientras contemplaba los pétalos morados de las camelias, todavía no muy seguro de si sería una buena idea.

—Feh.

Con un solo movimiento de sus garras cortó ocho flores por la parte baja del tallo y las sujetó entre sus dedos. Tras eso saltó sobre una de las ramas y corrió hacia la frontera de su mundo con el mundo humano.

La humana ya debía estar a punto de volver a su casa y no quería hacerla esperar.


Kagome subió los escalones de dos en dos, y cuando llegó a la explanada del templo estaba resoplando.

Suspiró, soltándose la coleta que llevaba siempre al hospital y cerrando los ojos cuando la brisa cálida acarició su rostro.

Cada vez hacía más calor en Tokio, pero los árboles del templo y la cercanía con el bosque hacían que la temperatura allí fuera siempre algo más fresca.

Kagome caminó hacia su casa con la mirada fija en su ventana.

¿Estaría Inuyasha esperando dentro?

Al pasar por el árbol sagrado vio algo escarlata por el rabillo del ojo y se detuvo, girando la cabeza.

Sí, definitivamente había algo rojo escondido entre sus ramas.

Kagome se acercó más con el ceño fruncido. Su corazón empezó a latir con más fuerza cuando vio un mechón de pelo plateado ondeando entre las hojas.

Se quedó sin palabras al verlo. Estaba tumbado sobre una de las ramas más grandes con la cabeza apoyada en el tronco y los ojos cerrados.

Kagome miró a su alrededor con nerviosismo, volviendo a levantar la vista hacia donde estaba durmiendo ese medio demonio.

¿Es que se había vuelto loco?

Inuyasha movió una de sus manos y se rascó la nariz.

No estaba tan dormido como parecía. Tan solo descansaba.

Kagome apoyó su mano en el tronco del árbol, mordiéndose el labio mientras contemplaba el rostro tranquilo de Inuyasha.

No estaba segura de si alguna vez lo había visto tan relajado.

—¿Inuyasha?

Sonrió cuando sus orejas se movieron al escuchar su voz.

—¿Hmm?

—¿Qué haces ahí? Alguien podría verte.

Inuyasha abrió sus ojos y miró hacia abajo, arqueando una ceja.

—Esta rama no se ve desde tu casa. Lo he comprobado.

—¿Y si hubiera subido la escalinata alguien que no fuera yo? —preguntó Kagome con las manos en sus caderas.

—Sabía que eras tú —él señaló su nariz y sonrió.

Ella no pudo evitar corresponder a su sonrisa.

—Eso es hacer trampa.

Inuyasha se incorporó, sentándose en la rama. De un salto bajó al suelo, manteniéndose oculto de miradas indiscretas tras el gran tronco.

Llevaba su kimono rojo y no tenía zapatos. Kagome dio unos pasos hacia él, mirando de reojo a su casa con nerviosismo.

—Tu hermano y tu madre están hablando en el salón y tu abuelo está dormido. Lo oigo roncar —comentó Inuyasha en voz baja.

Ella asintió, arrugando el entrecejo al ver que estaba escondiendo una de las manos tras su espalda.

—¿Qué llevas ahí?

Al volver a levantar la mirada, Kagome contuvo el aliento al ver que sus mejillas se teñían de rojo.

Ver a Inuyasha sonrojado y nervioso la alteraba aún más a ella.

—Te he... te he traído algo —murmuró él, esquivando su mirada mientras le ofrecía lo que tenía en la mano.

Un ramo de flores moradas. Estaban cortadas exactamente a la misma altura y tenían todos los pétalos abiertos, esparciendo un aroma muy dulce en el ambiente.

Kagome cerró la boca al darse cuenta de que la tenía abierta y volvió a mirar a Inuyasha a los ojos, tragando saliva al sentir que se sonrojaba.

Al menos los dos eran igual de tímidos, lo que no era un gran consuelo.

—¿Son para mí?

Él asintió, con su mirada aún fija en algún punto detrás de ella.

—Ha sido idea de Shippo.

Kagome sujetó las flores entre sus manos, que estaban atadas con un pequeño trozo de enredadera.

Era la tercera vez que Inuyasha decía ese nombre.

—Shippo es el niño que encontraste, ¿verdad? ¿Ese que es un poco travieso? —preguntó en voz baja, levantando el ramo para poder olerlo mejor.

Cerró los ojos, inhalando suavemente. Una gran sonrisa se extendió por su rostro cuando volvió a abrirlos. Era la primera vez que alguien le regalaba flores.

Inuyasha tenía su mirada fija en su rostro, observando su reacción.

—En realidad él me encontró a mí.

Kagome sujetó el ramo contra su pecho, sintiendo los latidos acelerados de su corazón.

—¿Es un medio demonio como tú?

Inuyasha sacudió la cabeza.

—No hay nadie más como yo. Shippo es un yōkai zorro.

Un pequeño escalofrío bajó por su espalda al escuchar la palabra yōkai. Kagome bajó la mirada hasta las flores, suspirando con pesadez.

Si Inuyasha había resultado no ser tan temible, existía la posibilidad de que hubiera más demonios que tuvieran buen corazón como él.

No todos serían malvados devoradores de seres humanos, como había pensado cuando descubrió lo que el chico que estaba frente a ella era en realidad.

—Inuyasha, gracias. Huelen muy bien. ¿Son camelias?

Él asintió, cruzándose de brazos.

—Las he cogido dentro del bosque, anque no son peligrosas.

Ella levantó las cejas, sorprendida.

—¿Hay flores peligrosas en el bosque?

—No muchas, pero sí.

Kagome volvió a mirar hacia su casa.

—Mi familia podría salir en cualquier momento —susurró con preocupación. —¿Nos vemos en mi cuarto? —preguntó, mirando de reojo a Inuyasha.

El demonio le dedicó una pequeña sonrisa antes de desaparecer de un salto entre las hojas del árbol.

Kagome suspiró, sacando las llaves de su bolsillo. El saludo de su madre no tardó en llegar en cuanto cerró la puerta.

—¡Kagome! Estamos todos aquí.

—¡Voy!

Encontró a Kimiko y a Sota en el sofá con su abuelo tumbado a su lado, completamente dormido.

Justo lo que había dicho Inuyasha.

Su hermano jadeó, abriendo mucho los ojos al ver el ramo de flores.

—¡Hermana! ¿Quién te ha dado eso?

Kagome entrecerró los ojos.

—No seas cotilla.

—¡Pero quiero saberlo!

Kimiko palmeó suavemente el hombro de su hijo antes de levantarse.

—No hables tan alto. Vas a despertar al abuelo.

Se acercó a Kagome con una sonrisa que se amplió al ver lo avergonzada que estaba su hija.

Tras besar su mejilla, Kimiko habló en voz baja.

—¿Sabes el significado de esas flores, cielo?

Kagome sacudió la cabeza, observando los pétalos morados con atención.

¿Cómo había sabido Inuyasha que ese era su color favorito?

—Son camelias, y en el lenguaje de las flores significan amor perfecto —murmuró su madre, riendo entre dientes al ver que el sonrojo de Kagome empeoraba. —Quien te las haya regalado debe sentir algo muy fuerte por ti.

Kagome deseó que se la tragara la tierra.

—Eso no es... él no...

—Habrá sido ese chico con el que ha quedado unas cuantas veces —interrumpió Sota, que se había puesto de pie y tenía una manzana en la mano.

Kagome le lanzó una mirada de odio.

—¡Sota!

Él se encogió de hombros mientras masticaba.

—¿Qué? ¡Si mamá también lo sabe!

—Cállate —siseó Kagome con rabia.

Era verdad. Ella nunca le ocultaba nada a su madre, y le había contado que estaba conociendo a alguien que le gustaba. Pero hacía semanas que no había vuelto a mencionar a Inuyasha delante de su familia.

—¿Ha sido él? Como has estado algo deprimida últimamente, pensaba que no lo habías vuelto a ver —preguntó su madre, ladeando la cabeza.

Kagome volvió a mirarla.

—¿Sabías que estaba triste?

—No he querido decir nada, pero las madres siempre nos damos cuenta de esas cosas. Estaba esperando a que tú vinieras a hablar conmigo del tema —contestó Kimiko, asintiendo.

Kagome suspiró.

—Todo está bien, mamá. Fue un malentendido, Inuyasha... la verdad es que me gusta mucho —admitió en un susurro.

Solo de pensar en que Inuyasha lo estuviera escuchando todo con sus orejas de demonio...

—Me gustaría conocerlo algún día, cuando estés preparada.

—¿Conocer a quién? —preguntó Sota, dándole un mordisco a su manzana y caminando hacia ellas.

—Al novio de Kagome.

Ella palideció.

—¡No es mi novio! Bueno... no lo sé. No hemos hablado de eso.

—Yo creo que sí lo es —murmuró su madre entre risas. —Deberías ponerlas en agua para que no se estropeen —añadió, señalando las flores.

Kagome aprovechó la oportunidad para alejarse hacia la barra de la cocina. Cogió un pequeño jarrón que estaba vacío y lo llenó de agua en el fregadero, colocando las flores dentro.

—Estaré en mi cuarto —dijo, avanzando hacia el pasillo.

—Descansa, cariño. Te llamaré cuando sea la hora de cenar.


Cuando le faltaban dos pasos para llegar hasta la puerta de su cuarto, esta se abrió sola.

Inuyasha estaba al otro lado. Se apartó para que ella entrara y la cerró mientras Kagome dejaba el jarrón en su escritorio.

Apretó los puños al ver que las manos le temblaban.

¿Por qué estaba tan nerviosa?

«Tienes veintidós años, Kagome. No puedes ser tan vergonzosa.»

Inuyasha y ella se habían besado cuatro veces. Se habían abrazado otras tantas, hasta habían dormido juntos en dos ocasiones, aunque una de ellas no había sido intencional y en la otra él no había pegado ojo.

Era lógico que a ella le gustara, y no pasaba nada porque él lo supiera. Seguro que ya se lo imaginaba.

Kagome se aclaró la garganta, girándose para mirarlo. Inuyasha estaba sentado en el borde de la cama y acababa de dejar su espada sobre el colchón.

—¿Lo has... lo has escuchado?

Él se cruzó de brazos, escondiendo las manos en las mangas de su chaqueta.

—Feh.

Otra vez estaba sonrojado y no era capaz de mirarla, señal de que había oído la conversación con su madre.

Kagome suspiró, sentándose a su lado.

—No es justo que puedas escucharlo todo con esas orejas que tienes.

—No puedo evitarlo —murmuró él entre dientes.

Ella levantó la mirada, contemplando las pequeñas orejas peludas que se estaban moviendo encima de su cabeza con nerviosismo.

—¿Puedo volver a tocarlas?

Inuyasha giró la cabeza tan rápido que, si fuera humano, probablemente se habría hecho daño en el cuello.

—¿Por qué? —preguntó con los ojos muy abiertos.

Kagome se encogió de hombros, sonrojándose.

—Son suaves y muy bonitas.

Tenía tantas ganas de tocarlas otra vez que sus manos le picaban. Inuyasha resopló, paseando la mirada entre sus ojos.

—Está bien —aceptó en voz baja, haciéndola sonreír. Empezó a agachar la cabeza, pero volvió a levantarla de golpe. —¿Puedo apoyarme en ti? —añadió, mirándola a los ojos.

Kagome asintió, no muy segura de a qué se refería.

Se quedó sin aliento cuando Inuyasha se tumbó sobre la cama, apoyando la cabeza en sus rodillas.

Él miró hacia arriba, observando su rostro y poniéndose serio al ver su expresión.

—¿Por qué me miras así?

Kagome intentó hablar, pero no le salía la voz. Llevaba una falda corta puesta y la melena plateada de Inuyasha caía por sus piernas, haciéndole cosquillas. Podía sentir el calor de su cuerpo en sus muslos, aunque lo que más le había impresionado es que él se colocara en una posición tan vulnerable, dándole acceso total a sus orejas.

—Te he visto estando así con tus amigas —añadió el demonio, frunciendo el ceño. —¿Es que los hombres no pueden hacerlo?

—Claro que pueden —contestó Kagome, moviendo la mano derecha lentamente hasta tocar un mechón de su pelo plateado. —No sabía que confiaras tanto en mí —añadió en un susurro.

Inuyasha la seguía mirando fijamente.

—Dijiste que no vas a utilizar tus poderes contra mí.

—Y no lo haré —aseguró Kagome, rozando su mejilla con los dedos. —Además, no sé usarlos.

Inuyasha se relamió los labios, cerrando los ojos.

—Podría traerte un libro sobre las antiguas sacerdotisas.

Los dedos de Kagome se detuvieron.

—¿En serio?

—Tendría que sacarlo de allí sin que nadie me viera... y creo que puedo hacerlo.

—Te lo agradecería mucho. Me gustaría saber si hay alguna forma de controlar esa energía —respondió Kagome, subiendo la mano hasta la parte más alta de su cabeza.

Justo cuando estaba a punto de tocarlas, Inuyasha habló.

—Ten cuidado, humana. Son muy sensibles.

Kagome rozó la punta de una de sus orejas, que se movió hacia delante. Tras un pequeño suspiro la sujetó entre sus dedos, frotando la parte de fuera con delicadeza.

Eran tan suaves como recordaba. Blancas y peludas por fuera, rosas por dentro. Acarició ambas con las dos manos hasta que vio a Inuyasha arrugar la nariz.

—¿Te molesta? —preguntó, deteniéndose.

Él apretó los labios sin abrir los ojos.

—No, pero es raro. No estoy acostumbrado a que me toquen las orejas.

Kagome sonrió y volvió a acariciarlas suavemente, trazando el contorno con la punta de sus dedos.

—Puedes hacer tus preguntas ahora —añadió Inuyasha en un susurro.

No se veía incómodo, parecía que le gustaba. Kagome recordó la conversación que habían tenido el día anterior justo antes de que se quedara dormida.

—¿Qué significa que yo sea tu compañera?

—Joder —gruñó Inuyasha, abriendo uno de sus ojos para mirarla. —Es la pregunta más difícil de todas.

—Si no quieres contestarla... —murmuró Kagome, intentando disimular la decepción que estaba sintiendo.

Él resopló, colocando mejor la cabeza en su regazo.

—Es más fácil si no te veo —dijo, cerrando los ojos de nuevo. —Ya te expliqué que los yōkai tienen compañeras. Creo que al ser medio demonio conmigo funciona de forma diferente, porque no he escuchado hablar de alguien que haya sentido lo mismo que yo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó ella, intrigada.

—La mayoría de los demonios no sienten emociones humanas, Kagome. Yo sí, y sé que Shippo también, pero no conozco a nadie más que le haya pasado.

—¿Y qué emociones humanas has sentido desde que me viste?

—Odio al principio. Pero también miedo, confusión y... —Inuyasha sacudió la cabeza, pero ella estaba pendiente de sus gestos y consiguió ver el leve sonrojo que subía por su cuello. —No importa. Solo hay una compañera destinada para cada yōkai. Si no la encuentra, o si ella muere, no volverá a tener otra.

Los dedos de Kagome se quedaron helados cuando él clavó sus ojos dorados en su rostro.

—Y tú eres la mía.

Kagome asintió, sintiendo un torbellino de emociones en su interior.

Todavía no lograba entender todo lo que aquello significaba, pero saber que Inuyasha nunca volvería a encontrar a alguien como ella provocaba un estallido de mariposas en su estómago.

—Estábamos destinados a encontrarnos, Kagome —añadió él con voz grave.

Ella tragó saliva al ver la seriedad de su rostro.

—¿Eso crees?

Inuyasha asintió.

—Estoy seguro. Mi padre conoció a mi madre humana y cambió de vida por ella, ahora yo te he conocido a ti y mi forma de pensar ha cambiado desde ese momento. Ya no veo las cosas de la misma manera.

—¿Qué ves diferente? —preguntó ella en voz baja, volviendo a acariciar sus orejas para distraerse y calmar sus nervios.

¿Inuyasha acababa de comparar la relación de sus padres con la suya?

—Los humanos no sois estúpidos, ni simples —murmuró el demonio, pestañeando un par de veces. —Sois fascinantes. Al menos tú lo eres.

El corazón le latía a toda velocidad y sabía que él podía oírlo. Inuyasha levantó una mano, enredando su dedo índice entre sus mechones oscuros.

—Somos distintos, pero tú me tratas como si fuéramos iguales.

Estaba sonriendo mientras hablaba. Kagome sonrió también, bajando una mano hasta su cuello y rozando su piel.

Su sonrisa se amplió cuando sintió su pulso bajo la yema de sus dedos.

—No somos tan distintos, Inuyasha.

Él sonrió más, mostrando sus colmillos.

—Puede ser.

Inuyasha se incorporó, sentándose a su lado, y Kagome cerró los ojos al sentir su aliento en el rostro. No tardó en besarla, reclamando sus labios como si fuera lo único que había querido hacer desde que ella había llegado al templo.

Kagome respondió a sus besos, rodeando su cuello con los brazos y separando los labios. Ella estaba pensando en besarlo desde que lo había visto, pero no se había atrevido a hacerlo.

Escuchó a Inuyasha gruñir suavemente cuando probó a morder su labio inferior. La rodeó con sus brazos y Kagome se encontró de repente tumbada sobre el colchón, con el demonio cuyos besos hacían arder su sangre sobre ella.

Sus cuerpos estaban tan pegados que notaba su calor por todas partes, fundiéndose con el suyo.

¿Sentiría Inuyasha el mismo fuego que se encendía dentro de ella cuando sus labios entraban en contacto?

Él la presionó contra el colchón, profundizando más el beso y hundiendo una de las manos en su pelo.

Kagome no pudo contenerse y un pequeño gemido escapó de su garganta. Inuyasha se tensó de golpe, rompiendo el beso.

Al abrir los ojos él la estaba mirando con una expresión muy rara. Se levantó de la cama de un salto, dándole la espalda.

—Tengo que irme. Te llamaré mañana.

Abrió la ventana y saltó hacia fuera sin esperar su respuesta. Ella se sentó sobre la cama, jadeando.

—¡Inuyasha! ¡Espera!

Cuando llegó hasta la ventana no había ni rastro de él.

Kagome suspiró, cerrándola y apoyando la cadera en el borde de su mesa.

No estaba segura de lo que había visto en los ojos de Inuyasha antes de que saliera corriendo.

¿Había sido miedo?


Dato curioso: He elegido las camelias por su significado en japonés (amor perfecto) pero en realidad son unas flores que no tienen olor.