Capítulo Veintisiete

La elección


El silencio que había en el interior del bosque consiguió calmarlo, aunque todavía podía sentir su corazón latiendo a toda velocidad.

Inuyasha apoyó la espalda contra el tronco de un árbol, dejando salir un largo suspiro.

Sabía que había huido como un cobarde, pero no le había quedado otra opción.

El aroma de Kagome había cambiado en mitad de ese beso, cubriendo el aire con una nota picante. Se había excitado, y él lo había notado.

Su propia reacción había sido lo que lo asustó. Inuyasha había gruñido suavemente, lanzándose sobre ella y devorando sus labios.

Pero su cuerpo parecía pensar por sí mismo y los besos no eran suficiente. Quería más.

Inuyasha suspiró, levantando la mirada al cielo y sacudiendo la cabeza.

Esa humana iba a ser su perdición.

Ya no podía seguir negándolo, por mucho que quisiera. Le había ocurrido lo mismo que a su padre.

Estaba enamorado de ella.

Inuyasha apretó los dientes, cerrando los puños hasta clavarse sus propias uñas en las palmas.

Nunca se había sentido tan perdido como en ese momento, y solo había una persona que le podía ayudar a despejar sus dudas.

Corrió entre los árboles en dirección oeste, esquivando a todos los demonios con los que se cruzó y resoplando cuando vio las puertas del palacio.

Tras atravesarlas, recorrió los jardines mientras buscaba a su hermano con la mirada.

No tardó en encontrarlo flotando en el aire sobre el campo de entrenamiento. Le gustaba demasiado observar la evolución de sus futuros soldados.

—Sesshomaru.

Fue casi un susurro, pero aquel demonio tenía tan buen oído como él.

Sesshomaru giró la cabeza y suspiró al verlo, levitando en su dirección hasta aterrizar a unos metros de él. Inuyasha escondió las manos en sus mangas, esquivando su mirada.

—¿Podemos hablar?

Por el rabillo del ojo vio a su hermano alzar las cejas con sorpresa.

—¿Por qué no hablas con el zorro?

Inuyasha resopló, poniendo los ojos en blanco.

—Es demasiado joven para esta conversación.

Sesshomaru asintió y avanzó hasta la escalinata. Los dos subieron hacia la puerta principal del palacio, caminando por los pasillos hasta llegar a su despacho.

Una vez dentro Inuyasha se sentó en una de las sillas y suspiró.

Hora de sincerarse.

—Hoy he estado con Kagome.

—Lo sé —murmuró Sesshomaru, arrugando la nariz. —Hueles a ella otra vez.

Inuyasha se llevó las manos a la cabeza, hundiéndolas entre sus mechones blancos y tirando con desesperación.

—Yo no... no sé qué hacer, Sesshomaru —admitió entre dientes.

El demonio lo observó un momento en silencio antes de contestar.

—Supongo que acabar con su vida ya no es una opción.

Inuyasha levantó la mirada, clavando sus ojos dorados en los de su hermano y dejando salir un profundo gruñido lleno de rabia.

El yōkai puso los ojos en blanco, apoyando ambas manos sobre su escritorio.

—Entonces solo queda una pregunta. ¿Quieres que ella sea tu compañera?

—Técnicamente ya lo es —contestó él, cruzándose de brazos.

—No hasta que el vínculo esté completo —le recordó Sesshomaru, levantando una ceja. —Todavía puedes rechazarla.

Su corazón se encogió solo de imaginarlo.

—No voy a hacer eso —dijo Inuyasha con voz grave, alzando la barbilla. —Me he enamorado de ella.

La reacción de su medio hermano fue la que esperaba. Su rostro se oscureció y apareció un brillo escarlata en sus iris.

—Los yōkai no se enamoran.

Inuyasha sabía que estaba jugando con fuego, pero necesitaba contárselo todo y saber su opinión. Se pasó la lengua por los dientes, entrecerrando los ojos.

—Padre lo hizo.

Aquello solo sirvió para empeorar el mal humor de Sesshomaru. Cerró una de sus manos, dejando largos surcos en la mesa de madera con sus uñas.

—Era débil, y tú un estúpido —siseó con desprecio. —Estás cometiendo los mismos errores que él.

Inuyasha le enseñó los colmillos, poniéndose de pie de un salto.

—Yo tengo algo que él no tenía.

Sesshomaru se mantuvo impasible, esperando a que continuara.

—Puedo salir del bosque —le recordó Inuyasha, mostrándole una sonrisa burlona.

Atravesar la barrera le resultaba cada vez más doloroso pero eso era algo que su hermano nunca sabría.

—No te sirve de mucho —contestó el demonio, chasqueando la lengua. —Los humanos no pueden verte o sabrán lo que eres.

Inuyasha sacudió la cabeza, bajando la mirada.

Tenía razón. Tan solo había un día al mes en el que no necesitaba ocultarse de ellos.

—¿Y qué será de la humana, Inuyasha? —preguntó su hermano con el ceño fruncido. —¿Qué pasará cuando todos los que la conocen noten que no envejece?

Inuyasha apretó la mandíbula, volviendo a mirarlo a los ojos.

Sus vidas quedarían conectadas una vez que ella fuera su compañera y el vínculo estuviera completo, alargando la suya y haciendo que los dos vivieran el mismo tiempo.

Kagome tan solo podría seguir en el mundo humano unos años más. Después tendría que abandonarlo y despedirse de su familia, o se arriesgaría a que todos descubrieran su secreto.

Pero, si no lo completaban, ella seguiría siendo una humana normal e Inuyasha podría disfrutar de su compañía durante sesenta o incluso setenta años si tenía suerte.

Aunque verla envejecer sería demasiado doloroso, y no sabía si soportaría volver a quedarse solo cuando Kagome muriera.

—Espero que no seas tan idiota como padre y selles el vínculo —gruñó Sesshomaru, adivinando sus pensamientos. —Al final ella tendrá que venir al bosque y eso os pondrá en peligro a ambos. Vas a hacer que se repita la historia.

Él le lanzó una mirada de odio a su hermano, que se levantó y se colocó a su lado. Sesshomaru suspiró, relajando su expresión.

—No quiero que acabes como nuestro padre —murmuró, poniendo una mano en su hombro.

Inuyasha lo miró fijamente, sorprendido. No era normal que Sesshomaru fuera afectuoso.

—No lo haré —aseguró, asintiendo. —Se me ocurrirá algo.

—Buena suerte —susurró el yōkai, apretando los labios.

Lo miró a los ojos una última vez antes de abrir la puerta y dejarlo solo en el enorme despacho.

Inuyasha sacudió la cabeza, resoplando por la nariz. Todavía se sentía muy confundido pero al menos sabía lo que debía hacer.

Completar el vínculo con Kagome...

Cerró los ojos y apoyó la frente en la pared, sintiendo que sus mejillas ardían.

No sabía si aquella era una opción real. Primero tendría que hablar con ella, contarle toda la verdad... y nunca se le había dado bien expresar sus sentimientos.

No se había planteado hacerlo hasta que la conoció a ella.

Cuadró los hombros, apoyando la espalda en la pared mientras contemplaba el estudio de su hermano mayor. Su mirada se posó sobre una de las estanterías y sonrió al leer el nombre de los libros.

Al menos eso iba a ser mucho más fácil de lo que pensaba.


Al día siguiente Kagome tenía un mensaje nuevo en su teléfono cuando lo miró al salir del trabajo.

Tengo algo para ti

Frunció el ceño, planteándose si contestar o no. Todavía estaba un poco dolida por la forma en que se había marchado justo cuando se estaban besando de una forma muy distinta a las anteriores.

Dejó salir un largo resoplido y se lo enseñó a Sara, que iba caminando a su lado.

—¿Será otro regalo? —preguntó ella, encogiéndose de hombros.

El sol ya había empezado a descender, aunque todavía faltaban un par de horas para que se escondiera tras los rascacielos de Tokio.

—O el libro del que me habló —gruñó Kagome, sacudiendo la cabeza mientras alzaba la mirada al cielo. —Pero no sé si quiero verlo ahora mismo.

Su amiga suspiró, poniendo los ojos en blanco.

—¡Se fue, Sara! Y me dejó allí... —Kagome sujetó mejor su bolso y suspiró. —No lo entiendo.

Sara palmeó su hombro suavemente.

—Seguro que tiene una explicación.

Ella torció los labios, lanzándole una mirada llena de incredulidad que hizo reír a Sara.

—Es un demonio, Kagome.

—Medio demonio —corrigió ella, resoplando. —Es mitad humano.

Sara chocó su hombro contra el suyo, sonriendo.

—Me dijiste que ha estado siempre solo, ¿no?

—Más o menos.

—Y es la primera vez que le gusta alguien.

Kagome se cruzó de brazos, sonrojándose.

Su amiga tenía razón, pero aun así sentía que debía seguir enfadada con él.

—Debe estar muy confundido el pobre —murmuró Sara, mirándola de reojo.

—Siempre te pones de su parte —protestó Kagome entre dientes.

—Me salvó la vida. Creo que se ha ganado mi apoyo —dijo ella, riendo. —Sigo queriendo hablar con él —añadió al detenerse.

Kagome asintió, rodeándola con sus brazos.

—Se lo diré.

Sara le dedicó una gran sonrisa antes de girar la esquina.

—¡Hasta mañana!

Kagome subió la escalinata del templo muy sonriente. Su amiga siempre conseguía animarla, tuviera el problema que tuviera.

Su sonrisa flaqueó al ver el árbol sagrado. Recorrió todas sus ramas con la mirada, suspirando al no encontrar nada rojo escondido entre ellas.

Podía sentir su presencia. Inuyasha estaba muy cerca, aunque parecía no querer salir de su escondite.

Se encogió de hombros y abrió la puerta de casa, dejando sus zapatos junto a la entrada.

Su madre sonrió al verla entrar en el salón.

—Hola, cielo. ¿Estás cansada?

Kagome besó su mejilla y asintió.

—Bastante.

—Pues aprovecha ahora que están durmiendo —respondió la mujer, señalando el sofá con su barbilla.

Una sonrisa se extendió por el rostro de Kagome al ver a su abuelo y su hermano profundamente dormidos.

Tras despedirse de su madre subió la escaleras y sacó un pijama de uno de sus cajones. El agua caliente calmó sus nervios y, cuando volvió a entrar en su cuarto, estaba tan relajada que no vió que había alguien sentado en su cama.

—Hola.

Kagome jadeó, dando un paso atrás y llevándose una mano al pecho.

—¿Cuánto llevas ahí?

Inuyasha paseó la mirada entre sus ojos.

—He entrado mientras te duchabas.

Una vez que sus latidos volvieron a la normalidad, Kagome le dio la espalda y guardó su ropa en el armario sin prestarle atención.

—Estás enfadada —comentó él en voz baja.

Ella cerró el cajón, encarándolo y cruzándose de brazos.

—¿Cómo estarías tú si yo te besara de esa forma y después saliera corriendo?

Las oscuras cejas de Inuyasha se escondieron tras su flequillo. Kagome bajó la mirada, avergonzada por lo que acababa de confesar sin querer.

Lo escuchó suspirar.

—No fue por algo que tú hicieras, Kagome. Créeme, en realidad no quería marcharme.

—¿Entonces? —preguntó ella, volviendo a mirarlo con mala cara.

Inuyasha señaló la cama y ella puso los ojos en blanco, acercándose y sentándose a su lado.

—Verás... puedo oler las emociones —murmuró el demonio, esquivando su mirada y trazando símbolos sobre la colcha con su dedo.

El corazón de Kagome se saltó un latido.

—¿En serio?

Si no estaba mintiendo aquello iba a ser un gran problema porque a ella no se le daba muy bien controlar sus emociones.

Sobre todo cuando estaban relacionadas con el chico de pelo plateado y ojos dorados que tenía tan cerca.

Inuyasha asintió.

—En los demonios es un aroma muy sutil, aunque también las detecto. Con los humanos es mucho más fácil.

Kagome sintió que su cuerpo se paralizaba cuando la miró a los ojos.

—Por ejemplo, sé que ahora estás nerviosa.

Inuyasha abrió su chaqueta roja, sacando algo que llevaba dentro y dejándolo sobre el colchón.

Los ojos de Kagome se abrieron más al leer el título del libro.

—Ahí explica bastante bien lo que hacían las sacerdotisas. Seguramente te ayude a entender mejor tus poderes —añadió él, empujándolo hacia ella.

Kagome sujetó el libro, colocándolo en su regazo. Tragó saliva y levantó la mirada, decidiendo ser valiente.

—¿Qué fue lo que oliste ayer, Inuyasha?

Él pestañeó.

—Deseo.

Kagome sintió que todo el aire salía de sus pulmones de golpe.

El fuego que ardía bajo su piel cada vez que Inuyasha la besaba estaba empeorando, y la tarde anterior había sido como si las llamas bajaran hasta su vientre.

Y, como médico, sabía lo que eso significaba.

Inuyasha siguió hablando, mirando fijamente a un punto que había detrás de ella.

—Tu aroma cambió y sentí que me descontrolaba. Me recordó un poco al día que te hice esto —murmuró, trazando la pequeña cicatriz de su cuello con los dedos y haciendo que Kagome contuviera el aliento. —Y eso me asustó.

Inuyasha suspiró, volviendo a bajar su mano.

—No puedo volver a perder el control si tú estás cerca, Kagome.

Ella carraspeó, intentando organizar sus pensamientos.

—Dijiste que no me harías daño si te transformas.

—No me refiero a eso —dijo él, poniendo los ojos en blanco. —Soy más fuerte que tú y si no estoy atento podría herirte sin darme cuenta.

Kagome entrecerró los ojos.

—Yo no soy tan débil.

—¿Tú crees? —preguntó él, arqueando una ceja.

Se levantó y sujetó uno de los lápices que había sobre su escritorio entre los dedos. Kagome frunció el ceño al ver que cerraba el puño. Cuando lo volvió a abrir solo había astillas.

Inuyasha dejó los pequeños trozos de madera sobre la mesa, mirándola a los ojos.

—Es la primera vez que trato con humanos, Kagome. Hasta ahora solo había tenido una relación cercana con dos yōkai, y para hacerles daño tendría que usar toda mi fuerza —explicó, suspirando mientras se sentaba a su lado de nuevo. —Pero contigo... un despiste y podría arrepentirme el resto de mi vida.

Kagome sonrió al entenderlo. Estaba preocupado por ella.

—Siempre has sido muy gentil conmigo, Inuyasha. Incluso cuando se supone que me odiabas.

Él chasqueó la lengua con molestia.

—Feh, no te odiaba. Simplemente te veía como un problema.

—¿Y ya no? —preguntó ella en tono burlón.

Su sonrisa desapareció al ver la seriedad de su rostro.

—No —gruñó Inuyasha, y sus orejas se movieron. —Ahora quiero estar contigo.

Su corazón aleteó ante sus palabras. Kagome se lanzó a sus brazos, sonriendo cuando los suyos la rodearon. Apoyó la cabeza en su hombro y levantó la mirada.

—Sara y Sango quieren conocerte.

No hubo reacción salvo por un ligero tic en su ojo derecho. Kagome inspiró y decidió volver a intentarlo.

—Este sábado van a comer aquí... podrías venir tú también. Mi familia no va a estar.

Inuyasha sacudió la cabeza.

—No sé si es una buena idea.

—Mis amigas saben lo que eres —murmuró ella, recorriendo la curva de su mandíbula con sus dedos. —No van a juzgarte. Solo quieren conocer al chico con el que...

Vaciló, bajando la mano hasta apoyarla en su pecho.

—¿Con el que estás quedando? —terminó Inuyasha por ella. —¿Así lo llaman los humanos?

—Supongo que sí —admitió ella, sonrojándose.

—Tu madre dijo otra palabra.

«Mierda. Sí que nos escuchó.»

Kagome gruñó entre dientes y escondió el rostro en su pecho. Lo sintió vibrar con la risa de Inuyasha mientras pasaba sus garras por su pelo, provocándole escalofríos.

Parecía que él también sentía la necesidad de tocarla, como le pasaba a ella.

—Explícamelo —pidió en un susurro.

—¿Esto también sabes hacerlo por observar a mis amigas? —preguntó ella con curiosidad, conteniendo un suspiro cuando sus dedos rozaron su nuca.

Inuyasha resopló.

—Una vez os vi tumbadas bajo el árbol grande, y Sara te estaba haciendo esto.

Kagome cerró los ojos, moviendo las manos hasta rodear su cuello y relajándose contra él. Le gustaba demasiado que le tocaran el pelo.

—Cuando dos personas tienen una relación seria se dice están saliendo, y al chico se le llama novio —murmuró contra su ropa.

Era una suerte que él pudiera escucharla con sus super orejas.

—¿Tu madre y tu padre estaban saliendo?

Kagome sintió un pinchazo en el pecho al pensar en su padre.

—Lo estuvieron unos años, y después se casaron.

—¿Casarse? —preguntó Inuyasha, deteniendo sus caricias.

Ella levantó la cabeza y lo miró, sonriendo al ver su cara de confusión. Cogió su portátil y volvió a la cama, colocándolo sobre sus piernas.

Inuyasha observó todo lo que hacía sin decir nada, fijándose con atención en cada tecla que tocaba.

—¿Qué es eso?

—Se llama ordenador o portátil. Se pueden hacer muchas cosas con él, como escribir o buscar información —comentó ella, pulsando en una de las imágenes que acababa de buscar en Google y ampliándola. —Mira, esto es una boda. Significa que te comprometes a estar para siempre con esa persona y serle fiel.

Inuyasha contempló la foto de esa pareja con el entrecejo arrugado.

—Entonces es más o menos como ser compañeros en mi mundo. Solo puedes estar con ella una vez que el vínculo está completo —dijo, mirándola un segundo antes de apartar la vista para ocultar su sonrojo. —No quieres a nadie más.

Si seguía diciendo cosas así, Kagome sospechaba que le iba a dar un infarto.

Suspiró y cogió una de sus manos entre las suyas, trazando el contorno de la misma con los dedos. Sonrió al sentir cómo Inuyasha se relajaba ante el contacto.

—¿Y qué hace falta para completarlo? —preguntó en un susurro.

Sus iris dorados volvieron a mirarla.

—La hembra debe llevar la marca del macho —sus ojos bajaron hasta su cuello y Kagome se mordió el labio, tratando de no mostrar sus nervios. —Y también tienen que sellar el vínculo con... con sexo.

Sus músculos se tensaron.

—¿Sexo?

Inuyasha asintió.

—El aroma de ambos se mezcla en ese momento y permanecerán unidos hasta que uno de los dos muera.

—Vaya —Kagome pestañeó varias veces, intentando asumir lo que acababa de escuchar. —Hay algo que necesito saber, Inuyasha.

Él levantó las cejas, esperando su pregunta.

—¿El vínculo es lo que hace que queramos estar juntos?

El rostro del demonio cambió y su expresión se volvió fría.

—¿Ya has olvidado que al principio quería matarte? —murmuró entre dientes con enfado.

Kagome negó con la cabeza, volviendo a sujetar sus manos, y él puso los ojos en blanco.

—Los dos sentimos el impulso que nos empuja a buscarnos, pero el vínculo no influye en los sentimientos —añadió, entrelazando sus dedos con los de ella y apretando suavemente. —Tú eres la que me ha hecho cambiar de opinión, Kagome.

Una gran sonrisa se extendió por su rostro. Ella se inclinó hacia delante, juntando sus labios con los suyos.

Tal vez no se había dado cuenta, pero con lo que estaba diciendo Inuyasha había dejado muy claro que sentía algo por ella y que quería que fuera su compañera.

Y Kagome sentía exactamente lo mismo. Era como si los dos encajaran a un nivel muy distinto de como lo hacían las parejas humanas, haciendo que todo fuera mucho más intenso.

Él rompió el beso, sonriendo al escucharla protestar.

—Espera. Hay algo más.

Kagome abrió los ojos, hundiendo las dos manos en su larga melena blanca.

—Te escucho.

—Si tú y yo alguna vez... —Inuyasha carraspeó, desviando la mirada a la pared con incomodidad. —Tu vida se alargaría.

—¿Qué?

—Vivirías tantos años como yo.

La edad de Inuyasha era un tema que le preocupaba mucho desde que él le dijo la verdad, por lo que no pudo evitar sonreír.

—¿Entonces no me convertiría en una viejecita mientras tú sigues igual?

—También tiene un lado malo —le advirtió él, frunciendo el ceño. —Todas las personas que conoces seguirían envejeciendo, pero tú no.

—Oh.

Se sentía tan eufórica por todo lo que había escuchado que no había pensado en eso.

—Y en algún momento se darían cuenta de que pasa algo raro —añadió Inuyasha con voz grave.

Los ojos se le llenaron de lágrimas al imaginar a su hermano haciéndose mayor mientras ella seguía aparentando tener veintidós años.

—Al final tendrías que venir a vivir conmigo, Kagome —murmuró el demonio, dejando salir un largo suspiro. —Es la única manera de estar juntos.

Kagome jadeó, limpiándose las lágrimas con el dorso de su mano. No podía estar con Inuyasha si él iba a seguir siendo joven durante siglos, pero tampoco podía renunciar a su familia.

—No.

Se levantó de golpe, dando vueltas por su cuarto mientras pensaba. Al volver a mirar a Inuyasha, vio el gesto de dolor que tenía en su rostro y se acercó para acariciar su mejilla.

—Tiene que haber otra forma —susurró, sujetando su barbilla y obligándolo a mirarla a los ojos.

Recorrió la poca distancia que los separaba y dejó un beso sobre sus labios, sintiendo cómo él volvía a relajarse.

—Si se te ocurre algo, dímelo. Soy todo oídos —murmuró Inuyasha cuando se separaron, abriendo los ojos.

Ella miró sus dos orejas triangulares con una sonrisa y se cruzó de brazos.

—Podría contarle a mi familia la verdad.

—¿La verdad? —repitió el demonio, palideciendo.

Kagome asintió, tomando una decisión que sabía que era muy arriesgada pero que seguramente era la correcta.

—Creo que deberíamos hablar con mi madre.