He estado de viaje, pero ya he vuelto a casa y tengo otro capi preparado!
Capítulo Veintiocho
Difícil
Inuyasha se levantó de la cama de golpe, sobresaltándola al moverse con tanta rapidez.
—¿Estás loca? —su rostro se suavizó y se acercó a ella despacio, sujetando sus hombros y mirándola a los ojos. —Pensará que soy peligroso, igual que te pasó a ti.
Kagome esperó a que su corazón se calmara y levantó la mano derecha, colocándola en el rostro de Inuyasha. Él apartó la mirada con aire enfadado.
—Oye —acarició su mejilla con el pulgar, sonriendo cuando él suspiró por la nariz. —Mírame.
Y lo hizo. Inuyasha se inclinó hacia ella hasta que sus alientos se mezclaron.
Sus ojos dorados la dejaban sin aliento cada vez que la miraba, pero Kagome se concentró en su objetivo. No era el momento de distraerse y pensar en besarlo.
—¿Confías en mí? —preguntó en voz baja, ladeando la cabeza.
Inuyasha paseó la mirada entre sus ojos y arrugó la nariz, dando un paso atrás.
—Feh. Supongo que sí —gruñó, cruzándose de brazos.
Ella apoyó la espalda en la pared y suspiró, tratando de volver a respirar con normalidad.
¿Por qué le afectaba tanto tener a Inuyasha cerca?
—Mi madre y yo siempre nos hemos dicho la verdad. Si le digo que eres un buen chico me creerá.
Inuyasha separó sus labios, mostrando sus colmillos, y sus ojos centellearon.
—No soy un buen chico. Ni siquiera soy humano —siseó con rabia.
Kagome puso los ojos en blanco al ver su mala cara y volvió a acercarse a él, buscando su mirada.
—Deja de fingir que eres malvado. Los dos sabemos la verdad —susurró, tocando su nariz con el dedo índice.
Inuyasha gruñó algo entre dientes que no consiguió escuchar pero que parecía otra queja. Se puso de puntillas y besó su mejilla, deteniendo sus protestas al instante.
Al alejarse él la estaba mirando a los ojos otra vez. Kagome le dedicó una pequeña sonrisa y caminó hacia la puerta.
—Voy a hablar con ella. Te avisaré cuando puedas venir —añadió, sacando el teléfono del bolsillo de su pantalón y agitándolo en su mano.
Inuyasha se pasó la lengua por los dientes, pensando en sus opciones. Él llevaba el suyo donde siempre, escondido entre los pliegues de su cinturón de tela.
—¿No sería mejor que me conociera una de las noches que soy humano?
Así al menos no vería sus orejas ni sus colmillos.
—No —aseguró Kagome, negando con la cabeza. —Quiero que sepa quién eres en realidad. Odio las mentiras.
El corazón de Inuyasha se encogió al pensar en todas las veces que le había mentido a ella desde que se habían conocido. Desvió la mirada hacia la pared, rascando una de sus orejas.
Le resultaba increíble el cambio de opinión que había tenido en unos meses, y todo gracias a esa humana que había despertado algo en su interior que no sabía que tenía.
—Está bien. Espero que sepas lo que estás haciendo.
Ella asintió, volviendo a sonreír.
—Deja de preocuparte, Inuyasha. Mi madre es muy comprensiva.
Él se mordió la lengua para no contestar. Ella era la única humana que lo toleraba y dudaba que existiera otro humano que pudiera sentirse cómodo en su presencia.
Inuyasha volvió a hablar justo cuando la mano de Kagome estaba sobre el pomo.
—Entonces bajo cuando me avises, ¿no?
Ella se quedó congelada, mirándolo fijamente con los ojos muy abiertos.
—¡No! —siseó, sintiendo cómo su corazón martilleaba en su pecho. —¡No puedes bajar por las escaleras! Nadie sabe que estás en mi cuarto.
¿Qué pensaría su madre si supiera que había estado a solas en su habitación con un chico?
Él apretó los labios y ella suspiró, relajando la postura.
Ese demonio había perdido a sus padres y ni siquiera podía recordarlos. Era normal que no comprendiera algo así.
—Sal por la ventana y llama al timbre, como si acabaras de llegar.
Los labios de Inuyasha se curvaron hacia arriba.
—¿No decías que siempre le dices la verdad? —cuestionó en tono burlón, arqueando una ceja.
Kagome entrecerró los ojos.
—Hay cosas que es mejor que no sepa —murmuró, abriendo la puerta de su cuarto. —Espera mi mensaje.
Inuyasha asintió, dejándose caer sobre el colchón cuando se quedó solo. Fijó la mirada en el techo y arrugó el entrecejo.
—Todo esto es jodidamente complicado —gruñó, resoplando con fastidio.
Aunque la idea de alejarse de Kagome resultaba mucho peor. Ya no existía esa opción, era demasiado tarde para él.
Tras conocerla no se veía capaz de no tenerla en su vida, por mucho que le costara aceptarlo.
Alzó una de sus manos, dejando que la luz del techo la iluminara y recorriendo sus afiladas uñas con la mirada.
Si fuera humano todo sería mucho más fácil. No tendría que huir de los demonios una vez al mes, podría vivir en la ciudad y a nadie le parecería mal que estuvieran juntos.
Inuyasha cerró el puño, dejando caer la mano sobre su pecho y apretando los dientes.
No. Él era un medio demonio, y le gustaba serlo.
Y lo mejor de todo es que Kagome lo aceptaba tal y como era.
Inuyasha sonrió, cerrando los ojos y relajándose contra el colchón. El aroma de Kagome lo envolvió, llenando su pecho de calidez.
Todo saldría bien.
Kagome esperó en lo alto de las escaleras a que su sonrojo desapareciera antes de bajar.
Sota y su abuelo seguían durmiendo en el sofá. Su madre estaba sentada en el sillón leyendo un libro y levantó la mirada al escuchar sus pasos.
Kagome caminó hacia ella, agachándose a su lado y hablando en voz muy baja.
—Hay algo que tengo que contarte, mamá.
Kimiko levantó las cejas, sorprendida, y cerró su libro con cuidado dejándolo en su regazo.
—¿Ha pasado algo hoy en el trabajo? —preguntó, recorriendo el rostro de su hija con mirada preocupada. —¿Estás bien?
Kagome sujetó una de sus manos, apretándola para tranquilizarla.
—No es eso —se mordió el labio inferior, pensando en la mejor forma de decírselo. —Verás... no he sido completamente sincera contigo.
¿Cómo podía explicarle a su madre que se había enamorado de un demonio que había intentado matarla?
Kagome apretó los labios. Mejor no mencionar esa parte.
Las cejas de Kimiko se juntaron. Su hija nunca le había mentido.
—¿Recuerdas a Inuyasha? —preguntó ella, recorriendo su rostro con la mirada.
Kimiko volvió a sonreír.
—¿Tu novio? —respondió, ampliando su sonrisa al ver que se ruborizaba. —Es imposible olvidar ese nombre.
Kagome miró con nerviosismo hacia el sofá, asegurándose de que los demás miembros de su familia seguían dormidos.
Su madre se aclaró la garganta, volviendo a captar su atención.
—¿Cuándo vas a decirle lo que sientes por él?
Todo el aire se le salió de los pulmones. Kagome volvió a mirar a su madre fijamente con los latidos de su corazón retumbando en sus oídos.
Maldita sea. Inuyasha estaba escuchando todo lo que decían.
—Pronto, pero tampoco quiero hablar de eso —murmuró entre dientes, mirando de reojo hacia el pasillo y maldiciéndose internamente. —Él no es... no es como nosotros. Es diferente.
Kimiko pestañeó.
—¿Diferente? —repitió, confundida. —¿No es japonés? Con ese nombre nunca habría imaginado que es extranjero.
—No me refiero a eso —contestó Kagome, sacudiendo la cabeza. —Inuyasha no es completamente... humano.
Su madre frunció el ceño.
—¿No es humano?
—Una parte de él sí lo es —se apresuró a añadir Kagome, volviendo a apretar su mano. —Pero también es un demonio.
Kimiko dejó salir un largo suspiro.
—Kagome... si estás bromeando, esto no tiene gracia.
—No es broma, mamá —insistió ella, acercándose más y mirándola a los ojos. —Estoy diciendo la verdad.
El cuerpo de Kimiko se tensó, y observó a Kagome en silencio un momento.
—¿Un demonio? —repitió en voz baja.
Kagome sonrió. Sabía que ella creería en su palabra.
—Inuyasha vive dentro del bosque prohibido —explicó en un susurro.
El rostro de Kimiko palideció y Kagome sujetó sus manos con fuerza.
—Tranquila, mamá. Respira hondo —pidió, mostrándole cómo hacerlo.
Ella la imitó y poco a poco el color volvió a sus mejillas.
—¿Dentro del bosque? —siseó, entrecerrando sus ojos que eran del mismo color que los de Kagome. —Eso quiere decir que tú has estado allí.
Kagome asintió y su madre cerró los ojos, sacudiendo la cabeza con pesar.
—Por los dioses, Kagome... —suspiró, volviendo a abrirlos. —¿En qué estabas pensando?
Kagome dejó salir un suspiro tembloroso.
Se veía incapaz de expresar con palabras la atracción que había sentido siempre hacia esos árboles milenarios, o los saltos que dio su corazón cuando vio a Inuyasha por primera vez, o la alegría que sintió cuando volvió a verlo aquel día de lluvia y decidió que iba a confiar en él.
—Es una historia muy larga —pestañeó varias veces, intentando contener las lágrimas al ver la preocupación que había en el rostro de su madre. —Necesito que confíes en mí, mamá.
Kimiko puso los ojos en blanco.
—Sabes que lo hago, cielo. Siempre has sido una chica muy inteligente y sabes tomar buenas decisiones.
Kagome suspiró aliviada. El apoyo de su madre era lo que más necesitaba en ese momento.
—No todo lo que habita en ese bosque es malvado —sonrió al pensar en Sara y en cómo aquel demonio que estaba en su cuarto le había salvado la vida. —Inuyasha es una buena persona.
Kimiko asintió, volviendo a apoyar la espalda en el sillón.
—¿Entonces son ciertas las leyendas?
Resopló ante el asentimiento de su hija.
—No me lo puedo creer... Tenías razón después de todo —hizo una mueca, dejando su libro sobre la mesita. —No sé si seré capaz de volver a dormir bien por las noches.
Kagome se sentó en el brazo del sillón, colocando una mano sobre su hombro. Lo último que quería es que su madre tuviera pesadillas tan horribles como las suyas.
—Una barrera mágica impide que los yōkai salgan del bosque. Estamos a salvo.
Kimiko la miró por el rabillo del ojo.
—Pero Inuyasha sí puede salir, ¿no? —cuestionó, enarcando una ceja.
—Es el único. Lo descubrió no hace mucho tiempo —admitió Kagome, colocando las manos sobre su regazo y observando el pecho de su hermano subir y bajar con cada una de sus respiraciones.
¿Qué diría Sota si se enterara de que estaba saliendo con un medio demonio?
—¿Por qué me cuentas todo esto ahora, hija?
Kagome se mordió el labio inferior. Había llegado el momento de decírselo, y esperaba que Inuyasha estuviera equivocado.
—No quiero seguir ocultándote cosas, mamá —contestó, peinando su melena oscura con los dedos y evitando la mirada de su madre. —Me gustaría que lo conocieras.
Kimiko jadeó y sus ojos se abrieron más.
—¿Ahora?
Kagome asintió.
—¿Está en el templo? —preguntó ella, mirando por la ventana.
Estaba atardeciendo y los rayos anaranjados atravesaban el cristal, iluminando las paredes con reflejos dorados.
—Vendrá si lo aviso.
Kimiko tomó aire y se puso de pie, cruzándose de brazos.
—De acuerdo —aceptó, dedicándole una pequeña sonrisa. —Tengo ganas de conocer al chico que ha conseguido robarte el corazón.
Kagome se atragantó con su propia saliva.
—¡Mamá! —protestó mientras tosía.
Maldito Inuyasha y sus orejas de demonio.
—Es la verdad —dijo Kimiko, encogiéndose de hombros.
Kagome resopló, levantando su flequillo con su aliento. Parecía que estaba destinada a que Inuyasha supiera todos sus secretos.
—Voy a escribirle —murmuró entre dientes, sacando su teléfono.
Las palabras de la madre de Kagome todavía estaban dando vueltas en su mente.
«¿Es que ella también está enamorada de mí?»
No había dicho nada al enterarse de cómo se sellaba el vínculo, ni cuando le explicó que en unos años tendría que abandonar el mundo humano. Tal vez no estaba dispuesta a hacer todo eso.
El corazón de Inuyasha se saltó un latido cuando su teléfono vibró, sacándolo de sus pensamientos.
Ya puedes llamar al timbre
Suspiró, incorporándose hasta quedar sentado sobre el colchón. Decidió dejar la espada allí, aunque no le gustaba desprenderse de ella.
Seguramente ya iba a asustar bastante a la mujer humana sin llevarla encima.
Abrió la ventana y bajó al patio del templo de un salto, respirando profundamente varias veces mientras recorría los árboles que lo rodeaban con la mirada.
¿Por qué sentía ganas de escapar? Se había enfrentado a cientos de yōkai, la reacción de una humana no podía asustarlo.
Aunque Inuyasha sabía bien que lo que temía era ser rechazado de nuevo.
Se acercó a la puerta con pasos lentos, agachando las orejas.
«Tranquilo. Ella va a gritar pero no pasará nada malo. Tienes que confiar en Kagome.»
Inuyasha cogió aire una última vez y pulsó el timbre. Escuchó pasos al otro lado de la puerta y lo primero que vio cuando se abrió fue el rostro de Kagome.
Estaba seguro de que podría oler su ansiedad desde el otro lado del templo.
—Hola —saludó ella con nerviosismo, moviéndose a un lado. —Pasa.
Inuyasha apartó la mirada de su rostro y sus pasos se detuvieron al ver a una mujer al final del pasillo, observándolo con cautela.
Olfateó el aire, frunciendo el ceño al no detectar miedo.
—Ven conmigo —susurró Kagome, sorprendiéndolo al coger su mano.
Los dos avanzaron juntos por el pasillo, deteniéndose delante de la mujer.
—Este es Inuyasha, mamá —dijo Kagome, paseando la mirada entre ambos. —Ella es Kimiko, mi madre.
Inuyasha estaba tan tenso que se veía incapaz de moverse. Asintió con un breve movimiento de cabeza, fijando su mirada en el rostro de aquella mujer.
Se parecía bastante a Kagome, y reconocía su aroma. Estaba por toda la casa.
Kimiko ladeó la cabeza sin despegar la mirada de Inuyasha.
—Así que así son los demonios del bosque, ¿eh? —preguntó en tono tranquilo.
Inuyasha contuvo el aliento.
—No todos tienen forma humana —se apresuró a decir Kagome, entrelazando sus dedos con los de él al sentir sus nervios.
Tenerla tan cerca era un gran consuelo. Inuyasha giró la cabeza, concentrándose en el aroma dulce que emanaba de su pelo.
Sus orejas se movieron y vio que la mirada de Kimiko subía hasta ellas.
—Esas orejas son adorables —comentó la mujer.
Sus manos se movieron a cámara lenta. Inuyasha las siguió con la mirada, encogiéndose cuando se acercaron a su rostro.
—Mamá, no... —Kagome intentó interponerse, pero su madre le lanzó una mirada que la silenció.
Inuyasha jadeó cuando Kimiko agarró sus dos orejas blancas.
—Tan suaves como las de un cachorrito —dijo ella, ampliando su sonrisa mientras las acariciaba. —¿Te apetece un poco de té, Inuyasha?
La mujer dio un paso atrás, mirándolo con ojos amables, y él pestañeó, confundido.
¿Así de fácil? ¿Y los gritos?
—¿Inuyasha?
Las dos mujeres dieron un respingo al escuchar la voz que venía del salón. Kagome soltó su mano, cubriendo el umbral de la puerta con su cuerpo.
—¡Sota! ¡Vuelve dentro! —exigió con voz aguda.
Su hermano la ignoró, apartándola a un lado con sus brazos.
Su boca se abrió al ver a Inuyasha. Lo miró de arriba a abajo, observando su traje rojo con interés.
—¿Este es Inuyasha? —preguntó, levantando una ceja. —Tú no eres humano —dijo, señalándolo con un dedo acusador.
Inuyasha apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas de las manos.
—No.
La enorme sonrisa de Sota lo descolocó por completo.
—Mola —añadió el humano, mordiéndose el labio al fijarse en sus orejas. —¿Puedo tocarlas?
Kagome golpeó su brazo cuando lo extendió en su dirección, interponiéndose de nuevo entre ambos.
—No, Sota. Déjalo en paz.
Inuyasha sintió la mano de Kagome tirando de la suya otra vez. Escuchó un grito al entrar en el salón y vio a un hombre mayor junto al sofá, sujetando varios trozos de papel entre sus dedos.
—¡Un yōkai! ¡Vuelve al inframundo, demonio! —chilló, lanzándolos contra él.
Los tres papeles chocaron contra el pecho de Inuyasha y cayeron al suelo lentamente. Miró a Kagome de reojo y ella puso los ojos en blanco.
—Cállate, abuelo —dijo, lanzándole una mirada de advertencia al hombre, que volvió a sentarse con mala cara. —Ignóralo —susurró, empujándolo suavemente hacia la mesa del comedor.
Los dos se sentaron mientras Kimiko llenaba la tetera de agua y Sota buscaba algo dulce en los cajones. Inuyasha se mordió el interior de la mejilla, extrañado ante la tranquilidad que emanaba de todos.
¿Qué demonios le pasaba a esa familia? ¿Por qué no se asustaban?
Volvió a mirar a Kagome, que lo observaba con una sonrisa en su rostro.
—¿Tiene poderes como tú? —murmuró, señalando hacia el sofá con su barbilla.
—No, pero él cree que sí —Kagome resopló, siguiendo su mirada. —¡Abuelo!
El hombre acababa de sacar más papeles de su bolsillo, pero los dejó a un lado mientras refunfuñaba.
—Inuyasha es nuestro invitado hoy —dijo Kimiko, dejando la tetera en el centro. Se sentó frente a Inuyasha y apoyó los brazos sobre la mesa. —¿Te quedarás a cenar?
Inuyasha separó sus labios pero no le salió la voz.
¿Quedarse a cenar?
—Yo... —vio por el rabillo del ojo la sonrisa de Kagome y suspiró. —Sí.
Su felicidad lo rodeaba, llenando cada rincón de la habitación y haciendo que su corazón latiera con más fuerza. Así era imposible negarse a algo.
Si Kagome se sentía feliz significaba que todo iba bien. Podía relajarse un poco, o intentarlo.
—Bueno, Inuyasha. Cuéntanos cómo conociste a mi hija.
Inuyasha jadeó al escuchar la petición de su madre. Cruzó una mirada asustada con Kagome y ella se aclaró la garganta.
—Será mejor que yo cuente esa historia —dijo, volviendo a entrelazar sus dedos con los de él sobre la mesa.
