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Capítulo Veintinueve
Reunión
No le gustaba nada ser el centro de atención. Para nada.
Inuyasha tragó saliva, mirando a su alrededor con nerviosismo. Los cuatro miembros de la familia Higurashi estaban sentados alrededor de la mesa como él y lo miraban fijamente.
Kagome le dio un pequeño codazo en las costillas.
—Vamos, Inuyasha. Pruébalo.
Su madre había insistido en preparar su plato estrella: pollo con salsa de curry rojo.
Él no había probado nunca esa salsa. Y olía raro.
Inuyasha miró de reojo a Kagome y resopló, pinchando uno de los trozos de carne.
Su lengua ardió en cuanto lo rozó, todos sus músculos se tensaron y sus orejas temblaron. Lo escupió en el plato y se levantó de un salto, jadeando con fuerza.
—¡Quema!
Las carcajadas de Sota y el abuelo de Kagome retumbaron en sus oídos. Ella corrió hacia la cocina y abrió el frigorífico en busca de algo.
—Pensaba que a un demonio como tú le gustaría la comida picante —comentó Kimiko, suspirando con pesadez.
Inuyasha le lanzó una mirada de odio a Sota, que se estaba partiendo de risa.
—Mi lengua duele —gruñó entre jadeos.
Era como si hubiera comido fuego.
—Ten. Bebe esto.
Aceptó el vaso lleno de líquido blanco que Kagome le estaba ofreciendo y bebió el contenido poco a poco. El ardor se calmó e Inuyasha suspiró aliviado, terminando el vaso de leche de un trago.
—¿Mejor? —preguntó ella, mirándolo con preocupación.
Inuyasha asintió y los dos volvieron a sentarse. Kagome apartó su plato y le acercó otro sin salsa.
—No das tanto miedo como deberías.
Él apretó la mandíbula para no contestar. Ese pequeño humano debería aprender a estar callado.
—Créeme, Sota. Inuyasha puede dar mucho miedo si quiere —respondió Kagome, mirándolo de reojo mientras él probaba otro trozo de carne con desconfianza. —Pero no le gusta asustar a los humanos.
Un pequeño gruñido de aprobación resonó en su pecho. Aquello sí que estaba delicioso.
Kimiko sonrió y la familia siguió comiendo con tranquilidad.
—No me importan los humanos —murmuró Inuyasha, levantando la mirada hasta fijarla en el rostro de Kagome. —Solo algunos de ellos.
Una sonrisa curvó sus labios al ver que ella se sonrojaba.
—Pero tampoco quieres hacerles daño —respondió Kimiko en voz baja con gesto pensativo. —Jamás habría imaginado que las leyendas del bosque fueran reales.
El abuelo suspiró, dejando su tenedor a un lado.
—Mis papiros protectores no le hacen nada —protestó entre dientes, paseando su mirada entre Inuyasha y los papeles que tenía en su regazo.
Kagome se cruzó de brazos y frunció el ceño.
—¡Abuelo!
—¿Volverás a visitarnos pronto, Inuyasha? —preguntó Kimiko, ignorando al resto de su familia.
Cuatro pares de ojos volvieron a posarse sobre él. Inuyasha carraspeó, enderezando su espalda.
¿Qué podía responder?
—No lo sé.
—¡Sí! ¡Tienes que volver! —gritó Sota con emoción. —Puedo enseñarte a jugar a videojuegos.
—¿Videojuegos? —repitió Inuyasha, mirando a Kagome de reojo.
Ella asintió, sonriendo al ver que recordaba esa palabra.
—Es lo que te dije que le encanta a Sota. Se juega usando la televisión y unos mandos —explicó, señalando el rectángulo negro que había frente al sofá.
Inuyasha miró fijamente las imágenes que estaban saliendo, que cambiaban cada segundo. Los aparatos humanos eran fascinantes.
—Tal vez otro día —aceptó, poniéndose de pie tras mirar hacia las ventanas. —Es tarde y debería marcharme.
El cielo había oscurecido y probablemente faltaba poco para que los humanos quisieran dormir. Además, una parte de él todavía estaba esperando a que se dieran cuenta de quién estaba frente a ellos y empezaran a gritar.
Necesitaba salir de allí.
Kimiko asintió con una sonrisa. Ella y Kagome se levantaron y lo acompañaron hasta la puerta, seguidas por Sota. El abuelo se quedó sentado en el sofá gruñendo una protesta que Inuyasha ignoró.
—Gracias por venir a conocernos, Inuyasha. Pareces un buen chico —comentó la mujer mientras él abría la puerta principal.
Inuyasha se rascó la oreja al no saber qué decir y la sonrisa de Kimiko se amplió. Bajó la mano antes de que ella pidiera tocarlas de nuevo.
—¿Cómo vuelves ahora al bosque? —preguntó Sota con curiosidad, saliendo al patio del templo tras él.
—Saltando.
Los ojos del humano se abrieron más.
—¿En serio?
—Está en esa dirección —dijo Inuyasha, señalando los árboles del fondo. —Solo tardo un par de minutos en llegar.
Kimiko suspiró.
—Cuídate, cielo. Ese sitio tiene que ser peligroso.
Él asintió, apretando los labios. Era demasiado extraño que tantos humanos supieran su terrible secreto.
Sentía algo cálido dentro de su pecho desde que se había sentado a comer con ellos.
Al principio no había entendido lo que era pero al ver aquellos tres rostros sonrientes lo comprendió. Se sentía aceptado por primera vez en su vida.
Su mirada voló hasta la humana que había provocado todo eso y le dedicó una pequeña sonrisa.
—Adiós, Kagome.
Ella sonrió aún más, con las mejillas sonrojadas.
—Buenas noches.
Inuyasha volvió a mirar a la familia humana de reojo y saltó hacia arriba, desapareciendo entre las hojas del árbol más cercano.
—¡Guau! —exclamó Sota, siguiendo la mancha roja que saltaba de árbol en árbol a toda velocidad.
Tras unos segundos solo se escuchaba el canto de los grillos en el enorme patio.
—Es increíble —comentó su madre, rodeando los hombros de Kagome con su brazo.
Ella asintió.
—Realmente lo es.
Kimiko se rio entre dientes, sobresaltando a sus hijos que seguían mirando en la dirección que había desaparecido el demonio.
—Volvamos a casa.
Kagome arrugó el entrecejo al entrar en su dormitorio.
Podía distinguir la forma de la espada de Inuyasha en su colcha, lo que significaba que la había dejado ahí antes de bajar a conocer a su familia.
Pero ya no estaba, y no había ni rastro de él.
¿De verdad se había marchado?
Kagome cogió su teléfono y abrió el chat con Inuyasha.
¿Por qué no estás en mi cuarto?
Su respuesta llegó en menos de un minuto.
¿Querías que me quedara?
Ella resopló, sacudiendo la cabeza.
¡Pues claro! Todavía tenemos que hablar de muchas cosas
Se sentó en el borde de su colchón, dejando el teléfono sobre la mesita. Tres minutos después levantó la mirada cuando su ventana se abrió.
Inuyasha aterrizó de un salto sobre la alfombra, apoyándose en sus cuatro extremidades.
—¿Por qué no me lo has dicho?
Kagome sonrió al ver que estaba sentado igual que un perrito.
¿Cómo podía un demonio ser tan adorable?
—No podía decirte que saltaras a mi habitación con mi madre delante.
Inuyasha arrugó la nariz y se puso de pie, sentándose a su lado en la cama y cruzando sus piernas sobre el colchón.
—Cierto.
Kagome alargó la mano, trazando sus nudillos con un dedo.
—Gracias por aceptar conocer a tu familia.
—Son bastante raros —dijo él, mirándola a los ojos. —Igual que tú.
—¿Por qué dices eso?
Inuyasha desvió la mirada y se cruzó de brazos, escondiendo las manos dentro de sus mangas rojas.
—A los humanos no les gustan los demonios. Nos encerraron en ese bosque para mantenernos lejos de ellos.
—¿Os encerraron? —repitió Kagome, sorprendida. —¿La barrera mágica fue creada por humanos?
Los ojos dorados de Inuyasha volvieron a clavarse en su rostro y se quedó sin aliento al ver la intensidad de su mirada.
—Por sacerdotisas como tú.
Kagome jadeó.
—¿Qué?
Él estaba evitando mirarla de nuevo. Kagome sujetó una de sus manos y la apretó con suavidad.
—¿Entonces somos enemigos? —preguntó con un hilo de voz, temiendo su respuesta.
—Tus antepasados y los míos lucharon durante siglos —Inuyasha abrió su puño y colocó la palma de Kagome sobre la suya, contemplando la diferencia de tamaño con curiosidad. —Las sacerdotisas usaban sus poderes para purificar y destruir a los yōkai cada vez que se acercaban a una ciudad humana.
Kagome pestañeó, confundida, y su corazón se saltó un latido cuando los dedos de Inuyasha se cerraron sobre su mano. Observó sus largas y afiladas uñas en silencio, pensando en lo fácil que le resultaría acabar con una vida humana.
Pero no lo había hecho ni una sola vez.
Volvió a mirarlo y vio que su rostro mostraba preocupación.
—Ya te dije que es complicado —añadió Inuyasha tras un suspiro. —Lo mejor sería que vieras el pacto de sangre por ti misma.
—¿Pacto de sangre?
—Olvídalo —tiró de su mano hasta que Kagome apoyó la cabeza en su hombro. —No debes preocuparte por eso ahora.
Rozó su brazo con sus uñas, sin soltar su mano.
A Kagome le pesaban cada vez más los párpados. Cerró los ojos, disfrutando de las caricias que Inuyasha estaba dejando sobre su piel y no volvió a hablar hasta que él apoyó la barbilla sobre su cabeza y lo escuchó inhalar con fuerza.
—Inuyasha.
—¿Mmm?
—¿Qué haces?
—Hueles bien.
Un sonrojo se extendió por sus mejillas y Kagome tragó saliva.
Era la primera vez que él mencionaba su aroma desde que hablaron sobre lo que significaba ser compañeros. Y sabía que la nariz de Inuyasha era especialmente sensible.
—Hoy no llevo colonia.
Inuyasha se rio suavemente y pasó un brazo por su espalda, rodeándola.
—Lo sé.
Kagome apoyó la cabeza en su pecho, volviendo a cerrar los ojos. Era tan cálido y cómodo que podría dormir así.
—¿Te molesta cuando la uso? —preguntó en un susurro.
—No.
Kagome sonrió, girando la cabeza hasta rozar su cuello con la nariz.
—Ahora solo te falta conocer a mis amigas.
Escuchó un largo suspiro de Inuyasha justo antes de quedarse dormida.
—Algo me dice que eso no será tan fácil.
El sábado llegó antes de lo esperado, y Kagome estaba hecha un manojo de nervios desde que se había despertado.
Metió la comida en el horno y suspiró, limpiándose el sudor de su frente con la manga de su camisa.
Sonrió al escuchar los pasos de alguien bajando las escaleras y se giró justo a tiempo para ver a Inuyasha entrando en el salón.
En esta ocasión llevaba ropa humana y se había atado su melena plateada en una cola alta, igual que hacía cuando estaba en su forma humana.
—Hola.
—Hola, Inuyasha.
Él metió sus manos en los bolsillos, desviando la mirada, y Kagome sonrió al darse cuenta de que todavía era demasiado tímido como para acercarse a ella.
Avanzó hasta detenerse frente a él y se puso de puntillas, rodeando su cuello con los brazos y besándolo.
Los suyos no tardaron en estar alrededor de su cintura.
Kagome sintió un escalofrío cuando la lengua de Inuyasha recorrió su labio inferior antes de rozar la suya.
Las llamas que sentía dentro de sus venas cada vez que se besaban le nublaban la mente, y tenía su pecho presionado contra el suyo sin darse cuenta.
Kagome rompió el beso, jadeando sobre sus labios.
—Puedes besarme siempre que quieras. Lo sabes, ¿no? —preguntó, abriendo los ojos.
Inuyasha sonrió, apoyando su frente contra la suya.
—Lo sé ahora.
Sus labios reclamaron los suyos antes de que pudiera contestar. Kagome se dejó llevar, respondiendo a sus besos con la misma intensidad y gimiendo suavemente cuando él enterró las manos en su pelo.
El timbre los sobresaltó a ambos.
—Mis amigas —dijo ella, intentando recuperar el aliento y apoyando las manos en su pecho.
Inuyasha asintió y dio un paso atrás.
El timbre volvió a sonar y Kagome suspiró, saliendo al pasillo para abrir la puerta. Sara saltó sobre ella nada más verla.
—¡Kagome!
Ella sonrió, correspondiendo a su abrazo. Aunque se veían todos los días en el hospital su amiga seguía saludándola como si llevaran semanas sin verse.
—Hola —abrazó también a Sango y se apartó para dejarlas pasar.
—¿Está aquí? —preguntó Sara en voz baja.
No le hizo falta contestar. Inuyasha salió del salón, quedándose de pie al final del pasillo con gesto serio.
Kagome sabía que él estaba esperando una mala reacción por parte de sus amigas, y no se equivocó.
Sara jadeó, llevándose una mano a los labios.
—Joder —Sango colocó la mano de forma instintiva sobre la pistola que llevaba en su cadera e Inuyasha se tensó, cerrando los puños.
—Sango —siseó Kagome, sujetando su brazo. —Sé amable.
Ambas cruzaron una mirada y Sango resopló, cruzándose de brazos.
—Lo intentaré.
Sara avanzó por el pasillo con una gran sonrisa.
—¡Hola, Inuyasha! —saludó, envolviéndolo en un abrazo. —Te agradezco mucho lo que hiciste por mí.
Inuyasha arrugó la nariz pero no se movió hasta que ella se apartó y lo miró a los ojos.
—Oh, perdona. No debes estar muy acostumbrado a los abrazos —dijo Sara, alejándose para darle espacio.
Los ojos de Inuyasha buscaron a Kagome.
—Solo a los de ella.
Ella dejó salir una risita nerviosa, bajando la mirada para esconder su sonrojo. Sango puso los ojos en blanco y siguió a Sara, que ya había entrado en el salón.
Cada una se sentó en uno de los sillones mientras que él y Kagome ocuparon el sofá.
Sango entrecerró los ojos al ver a su amiga sujetando una de las manos de Inuyasha y le lanzó una dura mirada.
—Así que eres un demonio.
—Medio demonio —aclaró él con el ceño fruncido. —Puedo oler tu odio.
Sango apoyó los codos en sus rodillas, mirándolo fijamente.
—Querías matar a mi amiga.
El silencio que siguió a sus palabras fue sepulcral. Inuyasha no lo negó, pero tampoco intentó defenderse. Sango lo observó un momento y chasqueó la lengua, desviando la mirada.
—No me fío de ti.
—¡Sango! —protestó Kagome.
Inuyasha estaba cada vez más tenso. Entrelazó sus dedos con los suyos, acariciando el dorso de su mano con el pulgar para mostrarle su apoyo.
—¡Qué! ¡No pretenderás que confíe en él después de todo lo que ha pasado! —siseó Sango con enfado.
—¡Yo lo hago! —respondió Kagome, bajando la voz al ver que Inuyasha tenía las orejas aplastadas contra su cabeza. —Confío en él.
Sango apoyó la espalda en el sillón y apretó los labios, dando por finalizada la discusión.
Kagome relajó su postura y sintió que Inuyasha hacía lo mismo a su lado. Soltó su mano para repartir el té que había preparado en cuatro vasos.
—La comida estará lista en unos minutos.
Sango asintió, cogiendo una de las tazas, y Sara se aclaró la garganta.
—¿Puedo hacer una pregunta?
Kagome miró a su amiga y ella sonrió, fijando su mirada en el medio demonio que estaba sentado a su lado.
—¿Qué significa que Kagome y tú seáis compañeros?
Inuyasha dejó salir un largo suspiro, pasando su garra por su larga coleta.
—Nunca me había interesado por nadie hasta que la vi —admitió, bajando la mirada a su taza azul.
Kagome escondió una sonrisa tras la suya.
—Yo tampoco —reconoció ella en un susurro.
—Teníamos que conocernos. Estaba escrito en las estrellas —continuó Inuyasha en voz baja. —Los yōkai solo tienen una compañera y, cuando la encuentran, nunca vuelven a separarse de ella.
La noche anterior le había contado que algunos demonios podían leer el futuro en el firmamento, aunque no siempre todo lo que veían terminaba ocurriendo.
Sara apoyó la barbilla en una de sus manos.
—Eso es muy romántico —suspiró mientras paseaba su mirada entre ambos.
Sango bufó, sacudiendo la cabeza.
—Pues a mí más bien me parece una maldición.
Su entrecejo se arrugó al escuchar la risa suave de Inuyasha.
—¿Por qué te ríes? —preguntó con mala cara.
Él terminó su bebida de un trago y dejó la taza sobre la mesa, fijando su mirada dorada en Sango.
—Yo también pensaba así después de verla por primera vez.
Sango arqueó una ceja. Aquello había despertado su curiosidad.
—¿Entonces es inevitable?
Aquella era una pregunta de la que Kagome también quería saber la respuesta.
Si estaban destinados... ¿Podría haber evitado que todo esto pasara?
¿Podría no haberse enamorado de Inuyasha?
El demonio cruzó sus piernas sobre el sofá. Kagome empezaba a sospechar que esa era su postura favorita.
—El vínculo se puede ignorar. Créeme, lo intenté al principio —reconoció con voz grave, mirando a Kagome de reojo. —Los dos habríamos vivido una vida normal y larga, pero siempre nos habríamos sentido...
—Incompletos —terminó Kagome por él.
Sabía exactamente a lo que se refería.
—Sí —Inuyasha la miró, rozando la piel de su hombro con sus uñas para llamar su atención. —¿También lo sentías?
Kagome asintió. Todo empezaba a tener sentido.
El poco interés que despertaban sus compañeros de colegio y de universidad en ella, la fascinación que sentía por el bosque, esa sensación de que algo la estaba llamando desde dentro...
Había estado esperando a Inuyasha toda su vida sin saberlo.
—Siempre he tenido la impresión de que me faltaba algo —murmuró, colocando las manos sobre su regazo y mirando de reojo a Sara. —Nunca imaginé que ese algo me estaría observando desde dentro del bosque de los demonios.
Su amiga también había sentido lo mismo desde muy pequeña, y ahora sabían el significado. Aquel yōkai tan poderoso al que había visto una vez probablemente también era su compañero destinado.
Kagome y Sara se miraron a los ojos durante lo que pareció una eternidad hasta que ella rompió el contacto.
—Tengo más preguntas —murmuró su amiga. —¿Solo te vuelves humano un día cada mes?
Inuyasha miró a Kagome con los ojos entrecerrados.
—¿Se lo has contado? —siseó entre dientes.
Sus manos estaban temblando. Kagome volvió a agarrar la que tenía más cerca.
—Tranquilo —la acarició con la punta de sus dedos, intentando ayudarlo a relajarse. —Puedes confiar en ellas, Inuyasha.
Inuyasha se pasó la lengua por los colmillos mientras observaba a las otras dos humanas con desconfianza.
—No soy nada para ellas —gruñó, volviendo a mirarla a ella. —Podrían usar mi debilidad contra mí.
Kagome sacudió la cabeza.
—A mí nunca me traicionarían.
Sara y Sango asintieron, confirmando sus palabras.
—Tus secretos están a salvo con nosotras, Inuyasha —prometió Sara.
Él cogió aire y lo soltó lentamente, cuadrando los hombros.
—Solo soy humano en las noches de luna nueva —admitió en voz baja.
Kagome sonrió y besó su mejilla. Sabía lo difícil que era para Inuyasha confiar en los demás, y que lo estuviera intentando con sus mejores amigas significaba mucho para ella.
Sara dio unas palmaditas mientras una gran sonrisa se extendía por su rostro.
—¡Debes venir con nosotras la semana que viene! Vamos a salir juntas, y también vendrá el novio de Sango.
Kagome miró de reojo a Inuyasha. Tan solo faltaban seis días para la siguiente noche sin luna.
—Es una muy buena idea —opinó Sango con un brillo misterioso en sus ojos. —A Miroku le va a encantar conocerte.
Su corazón se aceleró ante la idea de pasar otra noche en la discoteca con él. Todavía sentía escalofríos al recordar la forma en la que la había mirado aquella vez... y la reacción de su cuerpo al escuchar su profunda voz por primera vez.
—¿Pasarás con nosotras la próxima noche de luna nueva?
Inuyasha la miró fijamente durante un momento antes de contestar a su pregunta.
—De acuerdo.
