Capítulo Treinta

Miroku


Las luces del patio del templo se acababan de encender cuando Kagome salió de su casa. Miró hacia arriba y una sonrisa nerviosa se extendió por su rostro al no ver la luna en el cielo.

Sus pasos fueron lentos hasta que llegó a la escalinata, y los latidos de su corazón se aceleraron al reconocer la figura que estaba esperándola abajo.

Inuyasha llevaba su largo pelo negro atado en una coleta alta, como cada noche de luna nueva que habían pasado juntos. Pero había algo que era muy diferente.

Con cada escalón, Kagome se dio cuenta de que sus ojos grises tenían una calidez al mirarla que no había visto antes.

El día que se conocieron le habían parecido fríos, como si él quisiera mantener la distancia. Y lo mismo había sentido durante su primera cita.

La tarde que fue a verla tras su encuentro con los demonios estaban llenos de tristeza. Pero aquella noche sus ojos no se despegaban de ella, y la pequeña sonrisa que le dedicó cuando se detuvo a su lado era completamente sincera.

Y Kagome sabía que ella también estaba sonriendo.

—Hola.

—Hola, Kagome —murmuró Inuyasha, dando un paso hacia ella.

Se inclinó y ella cerró los ojos cuando sus labios hicieron contacto.

Aquel saludo duró más de lo esperado. Los brazos de Inuyasha se enroscaron alrededor de su cintura y la cercanía la obligó a levantar más la barbilla, lo que él aprovechó para profundizar el beso. Kagome se apartó unos centímetros al quedarse sin aire, mirando fijamente sus ojos grises.

Sí, definitivamente su mirada era mucho más cálida que la última vez que lo vio siendo humano.

Los ojos le escocieron al recordar su expresión de dolor cuando lo echó de su casa tras haber descubierto que era un medio demonio.

Él la había consolado, se había quedado con ella para que no estuviera sola... y a cambio lo había echado a patadas.

Inuyasha frunció el ceño, sujetando su rostro entre sus manos.

—¿Qué ocurre?

—Yo... lo siento mucho, Inuyasha — susurró Kagome, pestañeando para contener las lágrimas. —Fui muy cruel contigo.

Vio el momento justo en que comprendió a lo que se refería. Sus ojos perdieron el brillo e Inuyasha dio un paso atrás, sacudiendo la cabeza.

—Me lo merecía.

Kagome sujetó su mano derecha y la apretó.

—No.

—Sí —insistió él, evitando su mirada. —Pero eso ya no importa.

Entrelazó sus dedos y empezó a caminar, tirando suavemente de ella para que lo acompañara.

—Supongo que no —admitió Kagome con un suspiro.

Aquella noche llevaba una camisa de manga corta del mismo rojo que su traje y unos pantalones oscuros. Ella apartó la mirada cuando Inuyasha la miró de reojo, alisando las arrugas de su vestido negro.

Cuando volvió a mirarlo vio que él estaba observándola justo como lo había hecho ella un minuto antes, paseando la mirada por su cuerpo y deteniéndose un momento en sus piernas. Kagome sintió que sus mejillas enrojecían.

¿Le gustaría su vestido?

Inuyasha chasqueó la lengua con impaciencia al llegar a la primera esquina, mirando a su alrededor.

—¿Dónde están tus amigos?

—He quedado con ellos cerca del parque Ayase —Kagome se rio en voz baja al ver el gesto de confusión en su rostro y señaló una de las calles que se podían ver desde allí. —Está a un kilómetro, muy cerca de la discoteca.

Él asintió y soltó su mano. Cruzaron por el paso de peatones y se dirigieron hacia la avenida, caminando muy cerca el uno del otro.

Kagome podía sentir la tensión emanando de su cuerpo como si fueran olas.

—Relájate, Inuyasha —murmuró, rozando el dorso de su mano con los dedos.

—Eso es fácil de decir —protestó él entre dientes. —A ti no te odian.

—A ti tampoco.

Inuyasha arqueó una ceja en su dirección.

—Sango solo se preocupa por mí —añadió Kagome, resoplando lentamente.

Sabía que su amiga había sido bastante borde con Inuyasha, pero era su forma de ser. Y tenia la esperanza de que su actitud fuera cambiando al conocerlo más.

—¡Kagome!

El grito de Miroku la sorprendió. Sus tres amigos estaban junto a la puerta de un edificio y él estaba agitando su mano con una enorme sonrisa en el rostro.

Kagome corrió hacia ellos y Miroku la envolvió en un gran abrazo. Hacía casi tres meses que no lo veía.

—¡Tan hermosa como siempre! —añadió él mientras la alzaba en el aire.

Kagome se estaba riendo a carcajadas cuando algo la empujó hacia abajo. Al abrir los ojos vio que Inuyasha la había rodeado con un brazo de una forma bastante posesiva, apartándola de Miroku, y miraba a su amigo con todo el odio que tenía dentro.

—¡Oye! —Sango se colocó al lado de Miroku y se cruzó de brazos con el ceño fruncido.

Kagome lo empujó hasta que consiguió mover a Inuyasha y lo miró con mala cara.

—¡Inuyasha!

Sus ojos abandonaron a Miroku para centrarse en ella.

—¡Te estaba tocando! —contestó con tono irritado.

—¡Es mi amigo!

Inuyasha desvió la mirada y metió las manos en sus bolsillos.

—Feh.

—Inuyasha. Discúlpate.

Al ver que la ignoraba, Kagome sujetó su barbilla con la mano y lo obligó a mirarla a los ojos. Inuyasha dejó salir un largo resoplido, girando la cabeza hacia donde estaban sus tres amigos.

—Lo siento —gruñó entre dientes.

Miroku volvió a sonreír y se encogió de hombros.

—Así que tú eres Inuyasha, ¿no? Mi nombre es Miroku.

Le ofreció una mano mientras Kagome se acercaba a saludar a sus amigas. Inuyasha se la estrechó y Miroku lo agarró, tirando de él hasta que sus rostros estuvieron a muy poca distancia. Su sonrisa había desaparecido.

—Sango me ha dicho lo que eres, y no pienso permitir que le hagas daño a Kagome. Te voy a estar vigilando.

Inuyasha miró fijamente sus ojos azules y apretó los labios.

¿Ese simple humano se atrevía a amenazarlo?

—Bien.

Miroku lo soltó en cuanto Kagome se giró hacia ellos, sonriendo como si no hubiera pasado nada.

—¿Vamos?

Los dos asintieron y ella esperó hasta tener a Inuyasha a su lado, entrelazando su brazo con el suyo y contemplando su rostro con preocupación.

—¿Qué te ha dicho?

Inuyasha arrugó la nariz.

—Nada.

Se notaba que estaba mintiendo pero Kagome decidió dejarlo pasar. Tras hacer una media hora de cola, finalmente consiguieron entrar en la discoteca.

Era temprano y todavía no estaba tan llena como otras noches.

Kagome chocó su hombro con el brazo de Inuyasha para llamar su atención.

—¿Quieres algo de beber? Yo invito.

Él lo meditó un momento, metiendo la mano en su bolsillo para contar los billetes que tenía.

—Una cerveza.

Kagome le dedicó una sonrisa y se acercó a la barra acompañada de Sara y Sango. Inuyasha apoyó la espalda en la pared, suspirando y alzando la vista hacia el techo cubierto de luces.

Miroku se apoyó a su lado con los brazos cruzados.

—Entonces solo eres humano una noche al mes.

Un rugido profundo resonó en el pecho de Inuyasha.

—Cállate.

Jadeó al sentir una fuerte energía junto a él y miró al humano con asombro. Él había levantado su dedo índice y justo sobre la punta flotaba una pequeña bola de luz morada.

—Tengo antepasados monjes, demonio. Y he heredado sus poderes.

Inuyasha tragó saliva, observándolo mientras cerraba la mano y la luz desaparecía. Miró a su alrededor con preocupación, pero parecía que ningún humano había notado nada raro.

—Como Kagome —murmuró entre dientes.

Los ojos de Miroku se abrieron como platos.

—¿Qué?

Inuyasha se mordió la lengua, poniendo los ojos en blanco. Si Kagome no se lo había contado, seguramente no le gustaría enterarse de que su amigo sabía su secreto por su culpa.

—¿Ella también tiene poderes? —insistió Miroku, golpeando su brazo.

Inuyasha se movió hacia un lado, alejándose de él, y asintió con el entrecejo arrugado.

—¿Desde cuándo?

Odiaba recordar ese maldito día. Siempre se sentiría culpable por hacerle daño a Kagome y haber provocado sus lágrimas.

—Lo descubrió cuando... cuando la ataqué —admitió en un susurro.

Miroku volvió a acercarse y lo escuchó suspirar.

—Sara dice que le salvaste la vida.

Tras su asentimiento, el chico volvió a palmear su hombro.

—Te daré el beneficio de la duda, Inuyasha... pero aún no me fío de ti.

Inuyasha lo miró de reojo.

—El sentimiento es mutuo.

Kagome apareció en su campo de visión, ofreciéndole una botella. Por el rabillo del ojo vio a Sango haciendo lo mismo con Miroku y a Sara riendo mientras señalaba el centro de la pista.

Aceptó la cerveza y ella se colocó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro.

Su contacto lo relajó al instante.

—¿Has vuelto por aquí desde aquel día? —preguntó, alzando la cabeza hasta que pudo mirarlo a los ojos.

—Una vez —admitió él, inclinando su barbilla. —¿Y tú?

—No.

A Inuyasha no le dio tiempo de preguntar la razón. Sara se agarró a su brazo libre, deslumbrándolo con su gran sonrisa.

—¿Cómo estás, Inuyasha?

Kagome sonrió al verlos hablando y se giró hacia Miroku. Inuyasha suspiró por la nariz y le prestó atención a su amiga.

—Bien.

Sara enredó un dedo entre los mechones de su pelo, retorciéndolo con nerviosismo.

—Tengo varias preguntas y me gustaría hablar contigo algún día. ¿Te parece bien?

Levantó una mano al ver que el rostro de Inuyasha se oscurecía.

—Kagome puede estar delante —añadió, señalándola con su mirada.

Inuyasha se pasó la lengua por los dientes tras beber un trago de cerveza y asintió.

—De acuerdo.

—¿Qué tal mañana por la tarde? ¿Nos vemos en el templo?

Esa chica no pensaba rendirse nunca. Inuyasha puso los ojos en blanco y volvió a asentir, lo que hizo que su sonrisa se agrandara. Sara lo soltó y tras darle un pellizco cariñoso en la mejilla se acercó a Kagome.

Ella estaba observando con expresión confundida a Inuyasha, que no dejaba de frotarse la mejilla con mala cara.

—Tu amorcito es un chico de pocas palabras.

Kagome enrojeció y bebió un largo sorbo de su gintonic.

—No lo llames así —se quejó, peinando su flequillo con los dedos. Al volver a hablar su voz tenía un tono más suave, casi protector. —Le cuesta bastante abrirse y confiar en los demás.

—Tendré que ganármelo entonces —comentó Sara, moviendo las cejas.

Kagome puso los ojos en blanco, aunque no pudo evitar reírse. Su amiga había aceptado a Inuyasha desde el primer momento y por eso le estaría eternamente agradecida.

De repente, Sara jadeó y levantó los brazos.

—¡Me encanta esta canción! —gritó, empujando a Sango y Miroku hacia la pista sin hacer caso de sus quejas.

Kagome dio tres pasos hacia Inuyasha y trazó su antebrazo con los dedos. Al levantar la mirada, sus ojos la estaban atravesando sin piedad.

Seguramente sabía lo que le iba a decir. Le quitó la cerveza vacía de las manos y la dejó en una de las mesas junto a su vaso.

—¿Vienes a bailar?

Inuyasha entrecerró los ojos y el gris de sus iris se oscureció.

—Ni de broma.

—Solo una canción —pidió Kagome, pestañeando mientras acariciaba su otro brazo. —¿Por favor?

Inuyasha puso los ojos en blanco pero se dejó llevar por ella cuando cogió sus manos y tiró suavemente de él.

Kagome lo llevó hasta un lado de la pista, evitando la parte central donde estaban sus amigos para que no se sintiera demasiado incómodo.

—Gracias —dejó un beso rápido en sus labios y levantó su mano derecha, colocándola a un lado de su cintura. —Pon tu mano aquí y la otra aquí —murmuró, colocando la otra en su espalda.

Inuyasha siguió sus instrucciones y le pareció ver un pequeño rubor en sus mejillas cuando ella puso las suyas alrededor de sus hombros.

—¿Así? —preguntó él en voz baja, apretando su cintura con sus dedos.

Kagome asintió, ignorando el salto que acababa de dar su corazón. Su olor amaderado la envolvió y tuvo que esforzarse para no dejarse caer en sus brazos y robarle otro beso.

—Ahora solo hay que moverse un poco al ritmo de la música. ¿A que no es tan difícil? —bromeó cuando empezaron a girar con pasos lentos.

Inuyasha señaló a la gente que tenían más cerca con su barbilla.

—Ellos no están bailando como nosotros.

—No importa —respondió ella, encogiéndose de hombros y apoyando la mejilla en su pecho. —Hueles muy bien.

Inuyasha relajó la postura y sintió cómo hundía la nariz en su pelo.

—Tú también.

Su voz fue tan grave que Kagome sintió un escalofrío bajando por su espalda.

—¿Incluso cuando eres humano? —sintió su barbilla moverse mientras asentía. —¿Y a qué huelo?

Siendo mitad demonio perro, probablemente su nariz detectaría muchos más olores que las humanas.

Los dos estaban bailando lento, siguiendo el ritmo de la música, hasta que escuchó a Inuyasha carraspear.

—A libertad —esa palabra la sorprendió tanto que levantó la cabeza y lo miró a los ojos, apoyando las manos en su pecho mientras se seguían moviendo por la sala. —Tu aroma me recuerda a las flores que crecen en mi prado, aunque es mucho más intenso.

Sabía que estaba sonrojada, pero no intentó esconderlo. Para alguien como Inuyasha la libertad tenía el olor de la naturaleza salvaje.

Había imaginado muchas veces el enorme prado que él describía, donde pasaba tantas horas tumbado contando estrellas y disfrutando de los sonidos del bosque. Era su lugar preferido, y que dijera que ella olía igual hacía que su corazón se acelerara.

Inuyasha era demasiado tierno, y lo peor era que no se daba cuenta de ello.

—Me gustaría verlo algún día —susurró, apoyando la frente en su hombro y suspirando.

—Kagome —ella volvió a colocar los brazos alrededor de su cuello, enredando los dedos en su larga coleta. —Quiero que vengas conmigo al bosque.

Sus músculos se congelaron. Inuyasha se dio cuenta y le acarició la espalda con sus manos hasta que volvió a relajarse contra él.

—Esto me trae malos recuerdos —confesó ella con voz entrecortada.

Él le había dicho lo mismo el día que se conocieron, y ambos sabían como había terminado aquello. Como si pudiera leer sus pensamientos, una de las manos de Inuyasha subió hasta la curva de su cuello y cubrió su cicatriz blanca con forma de media luna.

—¿Confías en mí? —Kagome buscó su mirada y asintió. Él levantó su barbilla, acercando sus rostros hasta que sus alientos se mezclaron. —Nadie ni nada podrá hacerte daño. Yo no lo permitiré.

Sus ojos grises la miraban fijamente, reflejando las luces de colores de la discoteca, y vio una promesa escrita en ellos.

Kagome tragó saliva, limpiándose el sudor de sus manos en la parte baja de su vestido.

Entrar de nuevo en el bosque removería todos sus recuerdos, y no quería tener que volver a soportar esas horribles pesadillas llenas de demonios sedientos de sangre.

El pulgar de Inuyasha acarició su mejilla, deteniendo el tren de pensamientos negativos.

—No te dejaré sola, Kagome.

Ella sonrió.

—Lo sé.

Y era cierto. Inuyasha le había demostrado que estaba realmente arrepentido, y ahora confiaba plenamente en él.

—¿Entonces vendrás conmigo? —preguntó él, ladeando la cabeza sin dejar de mirarla.

—¿Me explicarás lo del pacto de sangre?

Inuyasha le dedicó una sonrisa misteriosa.

—Mejor que eso —bajó la cabeza hasta que rozó su oreja con los labios. —Te lo enseñaré.

Kagome contuvo el aliento cuando los presionó contra su cuello. Dejó salir un suspiro tembloroso y asintió.

—De acuerdo, Inuyasha. Volveré a entrar en el bosque contigo.

—No debes tener miedo —aseguró él, volviendo a sujetar su cintura. —Yo te protegeré.

La oleada de sentimientos que sintió Kagome fue tan fuerte que la abrumó. Era la segunda vez que Inuyasha prometía protegerla, y la intensidad de su mirada le confirmaba que hablaba en serio.

—Inuyasha —él levantó una ceja al escuchar su nombre y ella respiró profundamente, intentando acumular todo el valor que tenía dentro. —¿Puedo decirte algo?

Inuyasha juntó sus frentes, mirándola a los ojos. La gente que estaba más cerca de ellos no dejaba de observarlos, aunque a Kagome le daba igual.

Solo existía él.

Bajó las manos por sus brazos, suspirando al sentir sus músculos, y las colocó sobre las suyas.

—Intenté negarlo al principio, pero ya no tiene sentido —Kagome bajó la mirada hasta sus labios, mordiéndose el suyo y admitiendo su gran secreto en un susurro. —Estoy enamorada de ti.

Ante su silencio, decidió que lo mejor era explicarse. Sabía que nadie le había dicho algo así antes.

—¿Sabes lo que significa eso? —preguntó, sosteniendo su mirada sin pestañear. —Te quiero, Inuyasha.

Él no dijo nada durante unos segundos que parecieron eternos. Simplemente dejó de moverse, quedándose petrificado mientras la miraba fijamente. Justo cuando la vergüenza estaba a punto de apoderarse de ella y hacer que saliera corriendo, la mano izquierda de Inuyasha se enredo en su pelo y la otra se movió hacia la parte baja de su espalda, sujetándola para que no pudiera alejarse.

Sus labios chocaron contra los suyos, reclamando sus besos con tal intensidad que la dejó sin aliento. Kagome sintió que se mareaba y agradeció que la tuviera entre sus brazos.

Inuyasha se alejó lo justo para poder hablar, murmurando las palabras sobre sus labios.

—Tú naciste para conocerme —ella abrió mucho los ojos, detectando un brillo dorado en los suyos. —Y yo nací para estar contigo. Ahora lo sé.

Escuchar aquello fue mejor que cualquier confesión con la que hubiera soñado. Suspiró y cerró los ojos cuando él besó su frente, apoyando la cabeza en su hombro y sonriendo cuando sus brazos volvieron a enroscarse alrededor de ella.

—¿Te quedarás conmigo esta noche?

Inuyasha asintió y volvió a mecerse, moviéndose alrededor de la discoteca.

Kagome se sentía tan feliz que no quería hablar. Le bastaba con estar así, abrazada a él y escuchando los latidos alterados de su corazón.

Ahora sabía que a él también le afectaba estar cerca de ella.

Inuyasha gruñó una maldición entre dientes cuando alguien tocó su hombro.

—Lamento interrumpir —dijo Miroku, con una sonrisa que decía todo lo contrario. —Kagome, querida. ¿Me concedes un baile?

Ella le lanzó una mirada de advertencia a Inuyasha antes de que pudiera quejarse y lo vio morderse el interior de la mejilla para contenerse.

—Claro.

Cogió la mano de Miroku y se alejó con él, mirando hacia atrás. Inuyasha leyó en sus labios las palabras "sé amable" y puso los ojos en blanco, asintiendo.

Él siempre era amable con los estúpidos humanos. O al menos lo intentaba.

Sara apareció a su lado y tiró de su brazo, llevándolo hacia la esquina donde había varias mesas altas. Sango estaba sentada en una de ellas, bebiendo pequeños sorbos de su botella con aire distraído.

Tras sentarse con ella, Sara empujó una cerveza recién abierta hacia él y apoyó la barbilla en su mano, mirándolo con interés.

—Oye, Inuyasha... ¿Por qué no nos cuentas algo sobre ti?

Él se encogió de hombros, bebiendo un trago y saboreando la espumosa bebida humana. Cada vez le gustaba más.

—¿Tienes hermanos?

Inuyasha arrugó la nariz, dejándola a un lado y cruzando los brazos sobre la mesa.

—Uno.

Sango levantó las cejas.

—¿Y cómo se llama? —preguntó, incapaz de ocultar su curiosidad.

—Sesshomaru.

Había cogido la cerveza para beber otro trago, pero no llegó hasta sus labios al ver la reacción de las humanas. Sara había palidecido y el entrecejo de Sango se había arrugado más que nunca.

Apartó la botella y paseó la mirada entre ambas.

—¿Qué?

Sara pestañeó.

—Nada.

Ella y Sango cruzaron una mirada significativa y volvieron a mirar a Inuyasha con expresión inocente. Él frunció el ceño, molesto.

¿Qué era lo que no le estaban contando?

—¿Nada? Esa mirada no era nada.

—No importa —dijo Sara, sacudiendo una mano para quitarle importancia y jadeando al ver que su amiga seguía mirándolo fijamente. —¡Sango!

Ella dio un pequeño salto al escuchar su chillido y le lanzó una mirada llena de frialdad.

—¡Qué!

—Tienes que darle una oportunidad a Inuyasha —contestó Sara, cruzándose de brazos y arqueando una ceja.

Sango chasqueó la lengua, apoyando la espalda en su silla.

—Lo estoy intentando —gruñó con enfado, entrecerrando los ojos. —Pero no confío en él.

Los labios de Inuyasha se curvaron, mostrando una sonrisa burlona.

—Tu novio y tú sois iguales.

La expresión de Sango se relajó.

—Él te ha dicho lo mismo, ¿verdad? —asintió para sí misma sin esperar su respuesta. —La verdad es que somos muy parecidos en eso. Los dos protegemos a las personas que nos importan.

El rostro de Inuyasha se endureció y su mirada se volvió fría.

—Yo también.

Sango lo observó en silencio, buscando algo en su mirada. Una vez que lo encontró volvió a asentir y se puso de pie.

—Me alegra saberlo —dijo, sonriendo y sorprendiendo tanto a Inuyasha que se echó hacia atrás, asustado. Sango sujetó las dos botellas ya vacías y dio un paso atrás. —Traeré más cerveza.

Inuyasha miró a Sara, que estaba intentando aguantar la risa sin mucho éxito.

—Eso significa que le caes bien —murmuró, encogiéndose de hombros y riendo suavemente.

Inuyasha resopló, arrugando el entrecejo y buscando a Kagome entre todos los humanos que había en la pista de baile.

No tardó en localizarla. Seguía bailando con Miroku, aunque los dos estaban hablando y ella parecía muy interesada en lo que él decía.

—Los humanos sois demasiado complicados.

La risita musical de Sara lo sacó de sus pensamientos y volvió a mirarla.

—Oh, Inuyasha... —ella estaba sacudiendo la cabeza mientras se apartaba el flequillo de la frente. Sonrió, dejando salir un largo suspiro. —Todavía no has visto nada, créeme.