Capítulo Treinta y Uno
Ángel caído
Todavía era de noche cuando los cinco volvieron a salir a las bulliciosas calles de Tokio.
—Ha sido divertido —comentó Sango con una pequeña sonrisa.
Miroku asintió, rodeando sus hombros con un brazo.
—Sí, bastante más de lo que pensaba.
Sara le dio un pequeño codazo a Inuyasha.
—¿Te lo has pasado bien?
Él miró hacia el otro lado, apretando los labios.
Todavía sentía escalofríos al recordar lo que Kagome había admitido mientras bailaban (o más bien se movían) por la discoteca.
Ella compartía sus sentimientos. Y todo lo que le había dicho después era cierto.
Inuyasha realmente pensaba que su encuentro había sido cosa del destino. Tras tantos años de sufrimiento, el universo le había recompensado poniendo a una humana increíble en su camino.
Y él había estado a punto de arruinarlo todo.
Su ceño se arrugó aún más al recordarlo.
—Feh.
—En su idioma eso significa que sí —contestó Kagome, riendo entre dientes.
Inuyasha le lanzó una mirada de odio.
—Tú —rodeó su cintura con el brazo, acercándola hacia su cuerpo. —Cállate.
Ella sonrió.
—¿O qué?
El corazón le martilleó en el pecho al ver el brillo travieso de sus ojos marrones. Inuyasha se inclinó sobre ella, levantando una ceja.
—O te callaré yo delante de tus amigos —susurró, bajando la mirada hasta sus labios.
Kagome se ruborizó, pero la sonrisa no desapareció de su rostro.
—Eso no me asusta.
Miroku resopló e Inuyasha volvió a incorporarse, carraspeando y apartándose de ella.
—Kagome, tú y yo tenemos que hablar —murmuró el chico, soltando a Sango y colocándose a su lado.
Ella pestañeó, algo confundida.
—Vale.
—¿Y qué tienes que decirle? —preguntó Inuyasha con mala cara.
—Eso no es asunto tuyo, demonio —Miroku le dedicó una sonrisa torcida y cogió la mano de Sango, alejándose hacia un semáforo. —¡Te llamaré!
Sango agitó una mano, sonriendo, y los dos cruzaron la calle.
Kagome y Sara se despidieron de ellos y siguieron caminando juntas con Inuyasha siguiéndolas a poca distancia.
—Dime, Inuyasha. ¿Te hemos caido bien? —preguntó Sara, girando la cabeza para mirarlo.
Él puso los ojos en blanco.
—Sois soportables.
Kagome jadeó.
—¡Inuyasha! —chilló, apretando los puños.
—Qué chico tan duro —Sara soltó una risita y abrazó a Kagome. —¡Nos vemos mañana por la tarde, no lo olvides! —añadió, volviendo a fijar la mirada en Inuyasha.
Él asintió con desgana, observándola mientras giraba la esquina y desaparecía.
—¿Mañana por la tarde? —repitió Kagome mientras caminaban en dirección al templo de su familia.
Inuyasha apretó los dientes cuando un hombre miró a Kagome de arriba a abajo, pero no dijo nada.
—Tu amiga quiere hablar conmigo —contestó en voz baja, cruzándose de brazos. —Sospecho que tiene preguntas sobre mi hermano Sesshomaru.
Kagome se quedó sin aliento al escuchar ese nombre.
—Ese es el yōkai que me atacó cuando entré en el bosque, ¿verdad?
Inuyasha la miró fijamente con el ceño fruncido.
—Te escuché decir su nombre —añadió ella tras encogerse de hombros.
El recuerdo de aquella horrible mañana inundó la mente de Inuyasha.
Escuchó a Sesshomaru gruñir y vio que el rostro de Kagome palidecía. Su hermano se agachó, preparado para saltar sobre ella y destrozarla con sus garras.
Inuyasha apretó los puños. No podía permitirlo, no quería que Kagome muriera.
Bajó al suelo de un salto, interponiéndose entre ellos y extendiendo los brazos.
—¡No, Sesshomaru!
El yōkai siseó, agitando su mano y liberando los tobillos de Kagome. Inuyasha tragó saliva, sabiendo que iba a tener que luchar contra él para protegerla.
Sesshomaru jamás había dejado salir a un humano del bosque con vida.
Escuchó el crujir de una rama y se giró. Kagome se había puesto de pie y estaba retrocediendo mientras cojeaba.
Su sangre empezó a arder al mirarla. Su aroma era tan intenso que la mente de Inuyasha se nubló.
Su cuerpo saltó y la atrapó, haciéndola caer al suelo e inmovilizándola con su peso.
Inuyasha jadeó cuantro otra oleada de su aroma inundó sus fosas nasales.
No podía resistirse. Era su compañera y tenía que marcarla.
—Joder.
El gritó de Kagome cuando hundió los colmillos en su piel tensó todos sus músculos, pero no podía parar.
Su parte demonio llevaba más de dos siglos buscando a su compañera y no pensaba dejarla escapar.
—¿Inuyasha?
Él pestañeó, encontrando el rostro preocupado de Kagome frente a él.
Ambos estaban parados a un lado de la acera y ella estaba sacudiendo sus hombros suavemente.
Él sacudió la cabeza, empujando esos recuerdos hacia un rincón de su mente, y sujetó una de las manos de Kagome.
—Sospechaba que no iba a ser capaz de matarte y me estaba vigilando —explicó en voz baja, tirando de ella para que volviera a caminar. —Pero no volverá a hacerte daño.
—¿Por qué? —preguntó ella con voz temblorosa.
Inuyasha desvió la mirada, escondiendo su sonrojo.
—Porque es mi hermano y sabe... sabe que quiero estar a tu lado.
Kagome arrugó el entrecejo.
—¿Y va a respetar tu decisión?
—Eso creo —contestó él, asintiendo.
Ella resopló con incredulidad.
—Me resulta dificil de creer.
Podía sentir los temblores de la mano de Kagome y el nerviosismo que recorría su cuerpo.
—Deja de temblar —Inuyasha apretó su mano, mirándola a los ojos. —No tienes nada que temer.
Kagome volvió a sonreír y apoyó una mano en su pecho. Se puso de puntillas e Inuyasha cerró los ojos, estremeciéndose al sentir su aliento sobre sus labios.
—¿Inuyasha?
Los dos se separaron y él maldijo entre dientes, girándose hacia la voz que se acercaba hasta ellos.
—Vaya, creí que no volvería a verte... ¡Oh!
La chica se detuvo, mirando a Kagome fijamente con los ojos muy abiertos.
«Mierda.»
Ella estaba igual de sorprendida. Miró de reojo a Inuyasha, volviendo a mirar a la que parecía ser su doble.
—¿La conoces? —preguntó en un susurro.
—Apenas —Inuyasha se aclaró la garganta, fijando la mirada en la humana que estaba observándolos con curiosidad a pocos pasos de distancia. —¿Cuál era tu nombre?
Ella arrugó el ceño, molesta.
—Kikyo.
El nombre le resultaba familiar. Lo único que recordaba de aquella noche era el salto que había dado su corazón al ver a Kagome, y la decepción al descubrir que no era ella.
—Bien —Volvió a tirar del brazo de Kagome, alejándose de ella. —Hasta luego, Kikyo.
Kagome lo siguió, mirando hacia atrás con expresión confundida.
—¡Espera! —Inuyasha se detuvo, entrecerrando los ojos y aún dándole la espalda. —¿Por eso me mirabas tanto esa noche?
Apretó la mandíbula, mirando sobre su hombro.
—Pensé que eras ella —admitió entre dientes.
—Mmm. Entiendo —Kikyo paseó la mirada entre ambos, deteniéndose en el rostro de Kagome durante unos segundos. —Nunca había visto a alguien tan parecida a mí.
—Yo tampoco —murmuró Kagome.
Un gruñido resonó en su pecho. Jamás pensó que volvería a encontrarse con esa humana en una ciudad tan gigantesca, y mucho menos que tendría a Kagome a su lado cuando ocurriera.
—Vámonos.
Colocó una mano en la parte baja de su espalda, empujándola suavemente y caminando junto a ella con gesto serio.
—¡Oye, Inuyasha! ¡Si algún día quieres volver a hablar, voy a esa discoteca todos los viernes!
Él ignoró a la humana, poniendo los ojos en blanco.
—Feh.
Kagome no volvió a hablar hasta que llegaron a las escaleras del templo. Levantó la mirada con los labios apretados.
—¿Conociste a esa chica en la discoteca?
Inuyasha sonrió al reconocer el tono ácido de su voz.
—¿Celosa?
Ella le lanzó una mirada de odio y le dio la espalda, subiendo los escalones de piedra lo más rápido que podía. Inuyasha se rio y la alcanzó con facilidad, deteniéndola y rodeándola con sus brazos.
—Después de nuestra pelea, la siguiente noche tenebrosa fui allí solo. Estaba enfadado y... y te echaba de menos —admitió, hablando en su oreja y apretando más su agarre al escucharla suspirar. —La vi a lo lejos y creí que eras tú. Ella me vio mirándola fijamente y se acercó a hablar conmigo.
Inuyasha cerró los ojos cuando ella no contestó.
—No pasó nada, Kagome —aseguró, besando un lado de su frente. —Necesitaba volver a verte, así que me colé en tu casa.
Ella giró la cabeza y volvió a mirarlo.
—El día que te vi dormido en mi habitación.
No era una pregunta. Inuyasha asintió.
—¿No estás enfadada? —preguntó, ladeando la cabeza.
Kagome sonrió y giró su cuerpo, colocando una mano en su rostro y acariciando su piel con el dedo pulgar.
—Siento que te hayas sentido tan solo esas semanas —tragó saliva, conteniendo la emoción de su voz. —Ojalá todo hubiera sido diferente.
Él no pudo evitar sonreír. Por mucho que intentara disimular, podía ver todo lo que sentía en su rostro.
Kagome era demasiado expresiva.
—Lo es ahora.
Inuyasha juntó sus labios, intentando transmitirle en ese beso lo agradecido que estaba por la segunda oportunidad que ella le había dado.
Kagome se separó al quedarse sin aire.
—Sí —miró a su alrededor cuando llegaron al patio del templo, comprobando que estaban solos. —¿Podrás saltar hasta mi ventana?
—¿Dudas de mi fuerza? —Inuyasha arqueó una ceja, dedicándole una sonrisa burlona. —Ya lo he hecho otras veces.
No era la primera vez que se colaba en su cuarto siendo humano y ella lo sabía.
—Cierto —Kagome se alejó hacia la puerta principal, colocando la llave en la cerradura. —Nos vemos dentro —susurró tras abrirla.
Inuyasha esperó hasta que volvió a cerrarla y cogió impulso, saltando con todas sus fuerzas y agarrándose al alféizar de su ventana.
Levantó su cuerpo con los brazos y se sentó sobre él, sonriendo al deslizar la ventana hacia un lado con facilidad.
Kagome la seguía dejando abierta.
Tras lavarse los dientes, Kagome recorrió el pasillo de puntillas y entró en su cuarto. Su corazón se saltó un latido al ver a Inuyasha sentado en su cama con los brazos y las piernas cruzadas.
Se había soltado el pelo, que ahora caía sobre sus hombros y le llegaba hasta la cintura.
Kagome dejó el vaso de agua y el cepillo envuelto en plástico sobre su mesa y abrió el cajón superior de su armario.
—Hace un par de días compré esto para ti —susurró, sacando un pijama gris y lanzándolo sobre el colchón. —Para que estés cómodo cuando te quedes aquí.
Era un poco más claro que el color de sus ojos y se había acordado de él nada más verlo en la tienda. Sacó otro para ella y vio que los labios de Inuyasha se curvaban hacia arriba.
—¿Voy a pasar muchas noches en esta habitación?
Un sonrojo se extendió por su rostro y Kagome suspiró.
—Solo si quieres.
Inuyasha la miró fijamente, aún sonriendo, y cogió el pijama.
—Date la vuelta —pidió Kagome, que ya estaba desabrochando su vestido. —¡No mires, Inuyasha!
Él resopló con fastidio, dándole la espalda mientras se quitaba la camisa.
—¿Quién te crees que soy? ¿Un pervertido como tu amigo Miroku?
Kagome apretó los dientes.
—¡Él no es un pervertido!
Terminó de cambiarse y volvió a mirar a Inuyasha, que la observaba con los brazos cruzados y las cejas levantadas.
Los ojos de Kagome bajaron por su cuerpo y se mordió el labio inferior.
Otro color que le quedaba bien.
—Desde que está con Sango —añadió en voz baja.
Los ojos de Inuyasha centellearon.
—Lo sabía —contestó con expresión victoriosa.
Miroku tenía un historial algo turbulento, pero todo había cambiado cuando él y Sango se conocieron. Desde ese momento solo le interesaba ella y llevaba tres años demostrándole que había cambiado.
Aunque Sango todavía tenía algún ataque de celos de vez en cuando.
—Ten —Kagome sacó el cepillo del envoltorio y se lo ofreció tras echarle un poco de pasta. —Lávate los dientes.
Inuyasha lo sujetó entre sus dedos y ella le enseñó los dientes, agitando su mano delante de su cara como si se los estuviera lavando.
Inuyasha la imitó, limpiando sus dientes tranquilamente mientras Kagome recogía la ropa y la colocaba sobre su silla.
Lo vio coger el vaso de agua y bebérselo de un trago.
—¡No! El... —Kagome suspiró cuando él dejó el vaso ya vacío sobre la mesa, mirándola con gesto confundido. —El agua se escupe, no se traga.
Inuyasha frunció el ceño.
—Me podrías haber avisado antes.
—No importa —dijo ella, riendo en voz baja y empujando las sábanas de su cama hacia abajo. —Ven.
Inuyasha se tumbó a su lado, apoyando la cabeza en su almohada y rodeándola con sus brazos.
Kagome cerró los ojos, suspirando profundamente.
—Eres muy cálido.
—¿Es que tienes frío? —preguntó él, ojeando las sábanas.
Ella sacudió la cabeza.
—No —apoyó la cabeza en la curva de su cuello y volvió a suspirar. —Pero siempre me ha gustado tu calidez. Es muy agradable.
Inuyasha hundió una mano en su pelo, acariciando su nuca.
—Descansa, Kagome.
—Tú también.
Kagome abrió los ojos a la mañana siguiente, pestañeando para acostumbrarse a los rayos de sol que entraban por la ventana.
Lo primero que vio fue varios mechones de pelo plateados, casi blancos, tan cerca que podía rozarlos con la nariz.
El pecho de Inuyasha subía y bajaba lentamente. Todavía estaba dormido.
Se movió muy despacio para no despertarlo, apoyando la cabeza en una de sus manos y observándolo con atención.
Su rostro tenía una expresión tranquila que solo había visto en un par de ocasiones. Parecía que Inuyasha solamente se relajaba mientras dormía.
Lo vio arrugar la nariz y abrir sus ojos dorados lentamente, fijándolos en ella.
—Buenos días —saludó Kagome con una sonrisa.
—Mmm —Inuyasha se estiró, bostezando. —Hola.
Sus brazos la atraparon, abrazándola con fuerza hasta que acabó tumbada sobre su pecho otra vez.
Kagome se rio, moviendo su mano hacia arriba hasta que rozó una oreja peluda.
—Las había echado de menos.
Inuyasha giró la cabeza hasta que sus miradas conectaron.
—¿Me prefieres como medio demonio? —preguntó, moviendo sus orejas.
Ella sacudió la cabeza.
—Me gustas en todas tus formas —murmuró, besando el contorno de su mandíbula.
Inuyasha gruñó y giró hasta estar sobre ella, reclamando sus labios en un beso que despertó cada célula de su piel.
Kagome suspiró cuando se alejó, jadeando suavemente sobre sus labios.
—Debería irme.
Podría pasar horas mirando esos ojos dorados como el sol y trazando las oscuras cejas que los adornaban.
—Puedes quedarte un poco más —sugirió ella, hundiendo las manos en su pelo y bajando la mirada hasta sus labios. —Mi familia se despierta tarde los fines de semana.
Las pupilas de Inuyasha se dilataron.
—Kagome...
Ella cerró los ojos y tiró de él, atrapando su labio inferior entre los suyos y mordiéndolo suavemente.
Lo escuchó gruñir y sus brazos la rodearon de forma posesiva, hundiéndola más en el colchón y presionando su cuerpo contra el suyo.
Kagome jadeó al sentir algo duro contra su pierna. Una nube de mariposas explotó en su estómago, extendiéndose por todo su cuerpo.
—Joder —Inuyasha siseó, rompiendo el beso y sacudiendo la cabeza mientras se sentaba sobre la cama.
El corazón de Kagome se encogió.
—No te vayas.
Él la miró de reojo y se pasó una mano por el pelo, tumbándose de nuevo a su lado. Ella sujetó su barbilla y giró su cabeza, besándolo profundamente y recorriendo su labio con la punta de su lengua.
Los dedos de Inuyasha se clavaron en su cintura.
—Kagome, yo... no sé lo que estoy haciendo —admitió con un suspiro.
Ella jadeó al sentir el calor que emitía su cuerpo.
—Pues no pares —susurró entre sus labios.
Todo era tan intenso que no podía pensar. Tan solo sabía que no quería que se alejara, quería sentirlo más cerca.
Inuyasha soltó un gruñido, rompiendo el beso y apoyando la frente sobre la suya.
—Mierda.
Kagome abrió los ojos.
—¿Qué pasa?
Él inspiró profundamente, soltando el aire despacio.
—Nunca había sentido esto, Kagome. Nunca... nunca había deseado a nadie.
Su mirada la estaba atravesando, como si pudiera ver su alma y leer sus pensamientos. Ella tragó saliva.
—Yo tampoco.
Inuyasha la observó con intensidad unos segundos y volvió a apartarse, peinando su larga melena y resoplando con frustración.
A Kagome todavía le costaba creer que sus palabras fueran verdad, así que dejó salir aquello que llevaba tiempo queriendo preguntar.
—¿No has conocido a una demonio que llamara tu atención? —sintió un pequeño pinchazo al recordar el encuentro con Kikyo. —¿Ni a una humana?
Inuyasha apoyó la espalda en la pared, negando con la cabeza.
—Los demonios no sentimos esos impulsos humanos —la miró de reojo, haciendo que un escalofrío bajara por su espalda. —O es lo que pensaba.
Se levantó, atando su pelo en una coleta alta y bajando la mirada a la silla donde estaba su ropa.
Kagome carraspeó.
—Inuyasha.
Sus ojos volvieron a posarse en ella, esperando.
—Lo he pensado mucho, y yo... quiero ser tu compañera.
Inuyasha se quedó congelado.
—¿Qué?
—Mi familia ya lo sabe y mis amigos también —añadió ella, encogiéndose de hombros. —Podría seguir viéndolos aunque estemos juntos.
Su expresión se endureció y se sentó a su lado.
—Pero ellos envejecerán y morirán, Kagome. Tú no.
Ella sujetó una de sus manos entre las suyas.
—Creo que merece la pena —contestó, sonriendo al ver el brillo de sus ojos.
—¿Y tu trabajo? —insistió Inuyasha.
Las pocas semanas que llevaba en el hospital habían sido increíbles, aunque todo tenía su lado malo.
Kagome se pasó una mano por el rostro, peinando su flequillo.
—Podré ejercer como médico unos años, y cuando llegue el momento pensaremos en algo.
Él no parecía muy convencido.
—¿Estás segura?
Ella asintió, rodeándolo con sus brazos y sentándose sobre su regazo.
—Eres el único para mí, Inuyasha.
El medio demonio se estremeció, enterrando las manos en su pelo y mirándola a los ojos.
—Joder —gruñó, recorriendo su rostro con la mirada. —Me lo pones muy difícil.
Kagome sonrió.
—Pues no te resistas —susurró, buscando sus labios.
Inuyasha se apartó, dejándola caer suavemente sobre el colchón. Le dio la espalda y avanzó hacia la ventana, cerrando los puños.
—No, Kagome.
Su rechazo hizo que los ojos se le llenaran de lágrimas. Él olisqueó el aire y la miró, arrugando el entrecejo al ver su expresión.
—Quiero ser humano cuando eso pase. Al menos la primera vez —explicó en voz baja, desviando la mirada hacia el suelo. —Así no podré hacerte daño.
Kagome suspiró aliviada. No la estaba rechazando.
Él volvió a acercarse, agachándose delante de ella y sujetando sus rodillas con sus garras. Kagome jadeó al sentir sus afiladas uñas sobre su piel.
—Por suerte ya estás marcada —añadió el demonio con voz grave. —Ya solo queda...
Las mejillas de Kagome se encendieron.
—¿Acostarnos?
Inuyasha asintió, apretando los labios. Él también estaba sonrojado.
Ella rodeó su cuello con los brazos, presionando su cabeza contra su pecho y hundiendo la nariz en su pelo.
Su olor amaderado la tranquilizó al instante.
—El mes que viene —murmuró, besando su coronilla.
Inuyasha la sujetó entre sus brazos y su voz grave la sobresaltó.
—Serás mía para siempre —susurró, recorriendo la piel de su cuello con la punta de su nariz hasta llegar a su marca. —Mi compañera.
La besó y Kagome contuvo la respiración cuando un impulso eléctrico recorrió su columna vertebral. Inuyasha la miró a los ojos y le dedicó una sonrisa torcida.
Sabía perfectamente lo que había sentido.
—Volveré esta tarde —anunció, poniéndose de pie. —¿Cuándo vendrás al bosque?
Ella desvió la mirada cuando empezó a cambiarse de ropa, retorciendo sus manos con nerviosismo.
No sabía si estaba preparada para volver a enfrentarse a sus peores miedos.
—Lo pensaré.
Inuyasha asintió, caminando hacia ella y agachándose para besarla por última vez.
—Adiós —murmuró, abriendo la ventana.
La luz del sol iluminó su figura y Kagome abrió mucho los ojos. Su pelo ondeaba con la brisa mañanera y parecía un ángel caído del cielo.
Nadie pensaría que era un demonio si lo viera en ese momento.
—Adiós, Inuyasha.
Cuando volvió a pestañear, había desaparecido sin dejar rastro.
