Capítulo Treinta y Dos
Energía
Kagome se bajó del metro, subiendo las escaleras y volviendo a salir a las calles de la ciudad.
Estaba en la zona sur, muy cerca de la comisaría donde trabajaba Sango. Pero no había ido hasta allí para verla a ella.
El antiguo templo de la familia de Miroku estaba tres calles más abajo, oculto tras uno de los parques más grandes de Tokio.
Kagome tiró de su labio inferior con los dientes al detenerse ante la puerta principal. Hacía años que conocía al novio de su amiga, pero era la primera vez que lo visitaba.
Golpeó la madera suavemente dos veces, juntando las manos tras su espalda y esperando.
Lo primero que vio cuando la puerta se abrió fue el rostro sonriente de Miroku.
—¡Kagome! Has llegado muy rápido —él cerró la puerta tras salir, señalando el patio trasero con su mirada. —Es mejor que mi abuelo no escuche nuestra conversación.
Hablar sobre demonios era un tabú que no debían arriesgarse a romper. Kagome estaba deseando entender el porqué de tanto secretismo.
Siguió a Miroku, paseando la mirada por el pequeño patio de piedra que rodeaba la casa familiar. Aquel templo no era tan grande como el de su familia, aunque se notaba que era mucho más antiguo.
Él señaló el único banco que había bajo un árbol y ella sonrió, tomando asiento y jugando con el borde de su camisa.
Miroku era la única persona que conocía con poderes místicos como los que ella tenía y que todavía estaba intentando aprender a controlar.
—Gracias por venir —añadió el chico, sentándose a su lado. —Ya sabes que no es seguro hablar de esto por teléfono.
Tras suspirar, Kagome abrió su mochila y sacó un pequeño libro, colocándolo en el espacio que había entre ellos con cuidado.
—Este es el libro que te dije.
Los ojos azules de Miroku se agrandaron al leer el título.
—¿Te lo dio Inuyasha?
Ella asintió con el corazón latiendo a toda velocidad dentro de su pecho mientras lo veía cogerlo y ojear las primeras páginas. Aquel antiguo libro era como un tesoro y temía que pudiera dañarse.
—Estaba guardado en el palacio de su hermano —explicó en un susurro.
—Ese tal Sesshomaru debe ser uno de los yōkai más poderosos del bosque —comentó Miroku, cerrándolo y volviendo a dejarlo sobre el banco.
Un escalofrío bajó por la espalda de Kagome al escuchar el nombre del demonio que había querido acabar con su vida.
Tragó saliva y miró a su amigo a los ojos.
—¿Por qué lo dices?
—Los cuatro Lores eran los únicos que vivían en grandes palacios —Miroku se cruzó de brazos, frunciendo el ceño mientras pensaba. —Será el descendiente de uno de ellos.
Ella jadeó.
—El padre de Inuyasha.
Todas las piezas empezaban a encajar. El hermano de Inuyasha era un Lord y ambos se habían criado en un palacio, por lo que su padre tuvo que ser uno de los yōkai que firmaron el pacto de sangre antes de que los humanos levantaran la barrera que dividiría sus mundos para siempre.
—Puede ser —Miroku levantó una ceja. —¿No te lo ha contado?
Kagome apretó los labios. A Inuyasha no le gustaba hablar de sus padres, y ella evitaba hacer preguntas para no incomodarlo.
—Quiere enseñármelo en persona.
La idea de ver con sus propios ojos el pacto de sangre y entender todo el misterio que envolvía el bosque de los demonios era demasiado tentadora.
Y Kagome sabía que no iba a poder resistirse.
—¿Te va a llevar a lo más profundo del bosque?
Miroku entrecerró los ojos cuando ella asintió.
—Debes tener mucho cuidado, Kagome —murmuró, sacudiendo la cabeza mientras suspiraba. —Nadie sabe todos los peligros que se esconden ahí dentro.
Probablemente ella y Sara eran las únicas habitantes de Tokio que habían sufrido el ataque de un demonio y habían vivido para contarlo.
—¿Tú los has visto alguna vez?
¿Qué pensaría Sango si supiera que su novio se había adentrado en el bosque prohibido?
Miroku sacudió la cabeza y Kagome suspiró aliviada.
—Nunca he atravesado la barrera, aunque me he acercado varias veces para estudiarla —reconoció el chico en voz baja.
Al menos no le mentía a Sango.
—No me pasará nada. Confío en Inuyasha —aseguró Kagome con voz firme.
Aquel medio demonio había entrado fácilmente en su corazón y, por primera vez en su vida, esa sensación de vacío en su pecho era casi imperceptible.
¿Se sentiría él igual?
Miroku chasqueó la lengua.
—Y, sin embargo, él estuvo planeando tu muerte durante meses.
La necesidad de defenderlo la abrumó. Kagome apretó las manos hasta que se clavó las uñas para controlarse.
Era normal que Miroku desconfiara de Inuyasha. Ella también lo haría si alguna de sus amigas hubiera pasado por lo mismo.
Kagome había logrado entender su punto de vista. Vivir durante siglos en un bosque donde todos lo despreciaban, con la única esperanza de que algún día aparezca su compañera destinada y lo aceptara... solo para descubrir que era una humana que vivía al otro lado de la valla.
Había tenido que ser frustrante.
—Las cosas han cambiado —contestó entre dientes.
El Inuyasha que deseaba su muerte no tenía nada que ver con el que ella conocía. Ahora estaba dispuesto a morir protegiéndola y Kagome no tenía ninguna duda de que sus sentimientos eran sinceros.
Miroku contempló su rostro en silencio. Finalmente suspiró y sacó algo de su bolsillo, abriendo la mano y ofreciéndoselo.
Kagome sujetó el collar de cuentas oscuras entre los dedos, observándolo con curiosidad.
Nunca había visto nada igual.
—Esto es un rosario llamado collar de la dominación. Lleva en este templo desde hace siglos y es de la época en la que los yōkai y los humanos no vivían separados.
Los ojos de Kagome se desviaron hacia los suyos un segundo.
—Seguro que fue una época muy sangrienta.
Miroku sonrió.
—Ni te lo imaginas, querida Kagome —su sonrisa desapareció y su expresión se volvió seria. —Aunque los demonios siguen con sed de venganza y no permiten que ningún humano que entre en su territorio salga de allí con vida.
Kagome deslizó su dedo sobre una de las cuentas blancas con forma de colmillo. Podía sentir una extraña energía dentro.
—No les debe gustar estar encerrados —resopló, encogiéndose de hombros.
Miroku se apoyó en el respaldo de madera, levantando la mirada hacia la copa del árbol.
—Son la raza más poderosa y creen que deberían dominar el mundo —suspiró, pasándose una mano por el pelo. —Y lo habrían hecho si nuestros antepasados no los hubieran contenido allí dentro.
Ella lo miró de reojo.
—¿Cómo sabes todo eso?
—Mi abuelo tiene varios de los libros escritos por Midoriko. Ella fue una de las sacerdotisas que levantó la barrera protectora —Miroku la miró fijamente. —Y sospecho que tú eres su descendiente.
La sangre abandonó el rostro de Kagome. Aquel nombre le resultaba muy familiar.
—Vaya —soltó el aire lentamente, apartando la mirada de los penetrantes ojos de su amigo. —No puedo creer que hayas averiguado tantas cosas en tan poco tiempo.
—Desde que Sango me contó lo que había pasado, no he podido dejar de pensar en ello —Miroku sonrió de lado. —Y su ayuda me ha venido muy bien.
Kagome volvió a observar el extraño collar con el entrecejo fruncido.
—¿Por qué me enseñas ese rosario? —preguntó, levantándolo entre sus dedos.
—Tiene un conjuro ancestral con el que se puede controlar a los demonios —Kagome giró la cabeza rápidamente, mirando a Miroku con los ojos muy abiertos y llenos de pánico. —Antiguamente utilizaban collares como este para someter a los yōkai y obligarlos a obedecer.
Ella apretó los labios, dejando el rosario junto a su libro.
—Yo no quiero hacer eso con Inuyasha.
—Lo imaginaba —Miroku se rio entre dientes. —Aunque solo sea un medio demonio, la barrera mágica se levantó para contener a cualquier poder demoníaco dentro de ese bosque —Tocó el collar con su mano, arqueando las cejas. —Inuyasha debe sentir dolor cada vez que la atraviesa.
Kagome se mordió el labio inferior.
—No me ha dicho nada.
Miroku abrió el libro que él había sacado, acercándose más a ella y señalando la página cincuenta y cuatro. Kagome leyó ese párrafo lentamente.
Parecía un hechizo de protección.
—Creo que si añadimos este conjuro al rosario lo protegerá contra la barrera —explicó Miroku, sujetando el collar en su mano derecha. —Pero necesito tu ayuda.
—Todavía no he aprendido a utilizar mis poderes.
—No importa —él volvió a ofrecerle el collar sin soltarlo. —Sujétalo con una mano y relájate. Cierra los ojos, deja tu mente en blanco.
Kagome asintió y, una vez que ambos tenían el rosario bien sujeto y ella estaba tranquila, Miroku colocó el libro abierto en su regazo.
—Ahora lee las palabras conmigo.
Los dos leyeron el conjuro a la vez y la mano de Kagome empezó a desprender ese resplandor rosado que llevaba semanas sin ver. La de Miroku también estaba rodeada de una luz morada, pero la suya era mucho más brillante.
En cuanto dijeron la última palabra el rosario se iluminó durante un segundo y todo el resplandor desapareció, como si lo hubiera absorbido.
Miroku dejó salir un largo suspiro.
—Vaya, Kagome —se rio suavemente, ladeando la cabeza para mirarla. —Tu energía es mucho más poderosa que la mía.
Ella también lo había sentido.
—¿Crees que funcionará?
—Solo hay una forma de saberlo —Miroku empujó su libro hacia ella. —Llévatelo. Deberías leerlo.
Kagome sonrió mientras él se ponía de pie.
—Gracias, Miroku —ella también se levantó, guardando los dos libros y el collar en su mochila. —Eres un buen amigo.
—No confío en él, pero confío en ti. Si tú piensas que Inuyasha no tiene malas intenciones, yo también lo haré.
Kagome lo rodeó con sus brazos y Miroku sonrió mientras correspondía a su abrazo.
—Gracias —dio un paso atrás, mirando hacia la entrada del templo. —Tengo que irme.
Faltaba poco para la hora de comer y su familia ya habría vuelto a casa.
La voz de Miroku la detuvo mientras se alejaba.
—Recuerda, Kagome. Necesitas estar concentrada para que la magia fluya a través de ti.
—No lo olvidaré —ella miró hacia atrás, agitando su mano. —¡Nos vemos!
Se colocó bien la mochila y bajó las escaleras, sacando su teléfono para ver cuánto le quedaba al siguiente metro.
Necesitaba llegar a casa cuanto antes. Inuyasha no tardaría mucho en aparecer por allí.
Tras recoger su espada y cambiarse de ropa, Inuyasha recorrió kilómetros de bosque hasta llegar al palacio Taisho.
Los guardias lo saludaron con una inclinación de cabeza y él cruzó el jardín, olfateando para comprobar si Shippo estaba por allí.
Parecía que no.
Se adentró en el gran edificio, evitando pasar cerca de la sala central y subiendo a la segunda planta. Al girar hacia el pasillo que llevaba a su cuarto se encontró con un par de ojos igual de dorados que los suyos.
—Veo que has vuelto.
Inuyasha avanzó hasta estar a pocos metros de su hermano, cruzándose de brazos y escondiendo las manos dentro de las mangas de su chaqueta roja.
—Por poco tiempo —desvió la mirada hacia la pared derecha, contemplando el dibujo de varios yōkai lobo luchando contra un enorme perro blanco. —Esta tarde volveré al mundo humano.
Sesshomaru levantó una ceja.
—Kagome ha aceptado ser mi compañera —añadió Inuyasha en voz baja.
Su hermano señaló su cuarto con la mirada y él asintió, abriendo la puerta suavemente. Ninguno de los dos volvió a hablar hasta que ambos estuvieron dentro.
—Será divertido ver cómo te las arreglas para que esa humana sobreviva —los labios de Sesshomaru se curvaron, formando una pequeña sonrisa burlona. —Porque al final tendrá que dejar su mundo.
Inuyasha apretó los dientes.
—Yo la protegeré.
Su hermano agitó una de sus garras, cambiando de tema.
—Los guardias han escuchado rumores sobre una posible rebelión —murmuró mientras sus ojos se oscurecían. —Se dice que los yōkai de la luna quieren hacerse con el control de la zona Oeste.
Inuyasha sintió que la sangre hervía en sus venas.
Los asesinos de sus padres llevaban siglos intentando arrebatarles el castillo Taisho.
Sesshomaru contempló su rostro y asintió, entendiendo su ira.
—No lo permitiremos —aseguró con voz grave, colocando su mano sobre la empuñadura de su espada. —Te necesito a mi lado, Inuyasha. Y debes estar preparado para luchar de aquí en adelante.
Él asintió con firmeza.
—No volveré a separarme de mi espada.
Sin ella era vulnerable ante demonios tan poderosos como ellos, y el peligro incrementaba en las noches de luna llena.
Sesshomaru paseó por la habitación hasta llegar al balcón, observando el patio trasero del castillo.
—Supongo que debo informarte de que mañana llegarán a palacio veinte poderosas yōkai perro venidas de todos los rincones del bosque —comentó con tranquilidad. —Madre y yo hemos decidido que es el momento de que tenga un heredero.
Inuyasha jadeó, sorprendido.
—¿Qué?
—Tú y yo sabemos que no voy a encontrar a mi compañera entre las demonios, así que no tiene sentido esperar más —Sesshomaru se encogió de hombros, pasando una mano por su largo cabello plateado. —Necesitamos asegurarnos de que nuestro clan tenga un futuro líder digno de defender el título.
Todo eso le resultaba demasiado familiar.
—¿Vas a elegir a una yōkai con la que engendrar un hijo?
—A mí tampoco me apasiona la idea —Sesshomaru entrecerró los ojos. —Padre hizo lo mismo.
Y ambos sabían lo bien que había terminado esa unión.
—Esperaré hasta que sea fértil y pasaré una noche con ella. Tras eso, le permitiré vivir en este palacio y estará bajo mi protección el resto de su vida.
Inuyasha alzó las cejas. Su hermano no pensaba tomarla como compañera oficial, tan solo la usaría como concubina.
—No pareces muy entusiasmado.
—Lo único que quiero es un heredero —Sesshomaru puso los ojos en blanco. —Lo demás no me interesa.
Inuyasha se encogió de hombros mientras dejaba su espada sobre la mesa. Dentro del palacio no iba a necesitar defenderse.
—Si crees que es lo que debes hacer, adelante. Contarás con mi apoyo.
—Y tú con el mío —respondió Sesshomaru, inclinando su barbilla en señal de respeto mutuo. —Aunque ya sabes lo que pienso de todo esto.
El rostro de Inuyasha se tensó. No quería volver a escuchar su opinión.
—Está decidido, Sesshomaru. Ya no hay vuelta atrás.
El demonio chasqueó la lengua mientras abría la puerta, dándole la espalda.
—Solo espero que no te arrepientas.
Inuyasha se dejó caer sobre la cama, suspirando con cansancio.
¿Su hermano engendrando un heredero yōkai? Nunca pensó que llegaría a ocurrir.
Solo de imaginar a Sesshomaru teniendo sexo le daban escalofríos. La demonio elegida no sabía lo que le esperaba.
Inuyasha entró en su habitación una hora después de que Kagome hubiera llegado a casa. Había sentido su presencia acercarse hasta el templo y atravesar su ventana.
Kagome subió las escaleras escondiendo una sonrisa.
—Inuyasha.
Su corazón se saltó un latido cuando él también sonrió al verla. Una de sus orejas blancas se movió en dirección a la ventana.
—Tu amiga está cerca.
Kagome pestañeó y, antes de que pudiera contestar, los dos escucharon el timbre.
—Ojalá tuviera tan buen oído como tú —comentó, riendo mientras bajaban las escaleras juntos.
Inuyasha resopló.
—Feh. No siempre es algo bueno.
Él se apoyó en la pared, observando el intercambio de saludos desde lejos.
—¡Sara! Te estábamos esperando.
Las dos pasaron junto a Inuyasha y ella sonrió al verlo.
—¡Hola, Inuyasha! ¿Cómo has dormido?
Él se sonrojó, desviando la mirada.
—Bien.
Kagome apretó los labios para no sonreír. Que un medio demonio que luchaba contra grandes yōkai fuera tan tímido le resultaba adorable.
—He preparado té y mi madre horneó estas galletas ayer —señaló el plato que había sobre la mesa. —Estoy deseando probarlas.
Sara se sentó a su lado, mirando a su alrededor.
—¿Dónde están los demás?
Inuyasha tomó asiento frente a ellas, arrugando el entrecejo mientras paseaba la mirada entre ambas con interés.
—El abuelo está durmiendo y Sota estudiando en su cuarto —dijo Kagome, suspirando. —Mamá volverá en un rato.
Sara colocó las manos sobre la mesa, fijando su mirada en el único demonio de la habitación.
—¿Qué te parece la familia de Kagome?
—No gritan cuando me ven —Inuyasha se encogió de hombros. —Me conformo con eso.
Kagome se rio, sujetando la mano que él tenía sobre la mesa entre las suyas y mirándolo a los ojos con expresión dulce.
—Todos han aceptado a Inuyasha, igual que yo.
Él la miró de reojo y vio un pequeño sonrojo en sus mejillas. Inuyasha carraspeó, concentrando su atención en su amiga.
—¿Qué es lo que quieres saber?
Directo al grano. Kagome suspiró, cogiendo una galleta.
—Me gustaría que me contaras lo que ocurrió el día que entré en el bosque —pidió Sara en un susurro. —No consigo recordarlo y me estoy volviendo loca.
Inuyasha lo meditó unos segundos con los labios apretados. Finalmente puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos, explicándole lo que había visto y cómo la sacó de allí.
La mano de Sara que no estaba sujetando su taza de té no dejaba de temblar y Kagome la sujetó, apretando con suavidad.
Ella le dedicó una sonrisa de agradecimiento y volvió a mirar a Inuyasha.
—Entonces... ¿Él no quería matarme?
—No.
—¿Y ese yōkai es mi... —Sara miró a Kagome un momento antes de terminar la pregunta. —¿Mi compañero?
El rostro de Inuyasha se oscureció.
—Debes olvidarte de él —dijo, tajante. —Sesshomaru no es como yo. Solo siente desprecio hacia los humanos.
Sara abrió la boca para hacer otra pregunta pero el demonio la interrumpió.
—La única razón por la que no acabó contigo fue porque temía acercarse y que le ocurriera lo mismo que a mí —Inuyasha miró a Kagome de reojo, tragando saliva al recordar el día que la marcó. —Él jamás aceptará a una humana como compañera.
—Entiendo —Sara frunció el ceño, masticando una galleta con aire ausente. —Y es un asesino, ¿verdad?
—Todos lo somos —Inuyasha bajó la mirada a su regazo. —Aunque yo nunca he matado a un humano.
Las dos amigas cruzaron una mirada. Ambas sabían que él era cualquier cosa menos un asesino despiadado.
—Supongo que tuve suerte —añadió ella, suspirando. —Ya apenas noto esa sensación extraña que me empuja hacia el bosque.
Inuyasha dejó su taza vacía sobre la mesa.
—Y no volverás a sentirla. Sesshomaru se mantendrá alejado de los límites con el mundo humano mientras tú sigas con vida.
—¿Entonces es eso? —preguntó Sara, sorprendida ante su admisión. —¿Lo que sentimos sois vosotros?
Kagome apretó de nuevo la mano de su amiga, llamando su atención.
—Yo me di cuenta el día que Inuyasha y yo volvimos a vernos —miró al demonio, que la observaba con rostro serio. —Sentí cómo te acercabas al templo.
—¿Lo has sentido hoy también? —preguntó con curiosidad.
Kagome asintió.
—Puedo notar tu presencia cuando estás cerca.
Sara los estaba escuchando con la boca abierta.
—Fascinante —pestañeó, mirando a Inuyasha. —¿Sabes si esto pasa a menudo?
—Solo conozco a otro yōkai que encontró a su compañera en el mundo humano —contestó él, apoyando su espalda en la silla.
Kagome sabía a quién se refería.
—Tu padre.
Inuyasha la miró largamente antes de asentir.
—Prometo no volver a acercarme a ese bosque, siempre que Kagome prometa contarme todo lo que vea dentro —Sara les dedicó una sonrisa traviesa a los dos. —Soy demasiado curiosa.
—Tienes mi palabra, Sara.
Kagome correspondió a su sonrisa y ella se levantó, recogiendo su bolso.
—Me marcho entonces. Hoy me toca preparar la cena —Sara miró sobre su hombro antes de salir de la habitación. —Nos vemos en el hospital, Kagome.
—Hasta mañana.
Las orejas de Inuyasha se movieron, escuchando cómo salía de la casa.
—¿Crees que ella también tiene poderes? —preguntó al estar seguro de que estaban solos.
—Sara siempre ha sido muy intuitiva, es como si tuviera un sexto sentido —Kagome apoyó la barbilla en su mano. —Pero no he detectado en ella nada parecido a la energía que emana de Miroku.
Aquello sorprendió a Inuyasha.
—¿Puedes sentir su energía?
—Y la tuya —los labios de Kagome se curvaron hacia arriba, recorriendo su silueta con la mirada. —Solo tengo que concentrarme.
Él hizo una mueca.
—Eres más poderosa de lo que pensaba.
—¿Y eso te asusta? —preguntó ella con una ceja levantada.
Inuyasha le dedicó una sonrisa torcida que despertó un pequeño fuego en su interior. Se puso de pie y se detuvo a su lado, ofreciéndole su mano.
—Confío en ti.
Kagome lo siguió por el pasillo, entrelazando sus dedos con los suyos mientras salían al patio de piedra. A pesar de sus largas y peligrosas uñas, coger su mano la ayudaba a sentirse segura.
Inuyasha y todo lo que lo rodeaba era un mundo de contradicciones que resultaba difícil de explicar.
Cuando llegaron hasta el árbol sagrado Inuyasha se giró hacia ella y escaneó su rostro con la mirada, deteniéndose en su boca. Un segundo después estaba atrapada entre sus brazos mientras él devoraba sus labios lenta y tortuosamente, empujándola hasta que su espalda estuvo presionada contra el tronco.
—Me cuesta controlarme cuando no soy humano —Inuyasha gruñó suavemente y su aliento removió su flequillo. —Tu aroma no me deja pensar con claridad.
Kagome abrió los ojos, intentando recuperar el aliento tras un beso tan intenso.
—Desde dentro de casa no se puede ver este árbol.
Vio una chispa en los iris de Inuyasha antes de que se abalanzara sobre ella otra vez.
—Kagome —mordió su labio inferior suavemente con sus colmillos y un rugido resonó en lo más profundo de su pecho. —Mía.
Ella se estremeció, rodeada por sus brazos. Enterró las manos en su melena para alargar el beso pero él se aparto.
—Tengo que irme —Inuyasha dio un paso atrás y Kagome tuvo que apretar los labios para no protestar. —Mi hermano necesita mi ayuda y no podré volver hasta dentro de unos días.
Vio como se aseguraba de que su espada estuviera bien atada y miraba hacia la parte trasera del templo, el camino por el que siempre se marchaba.
—Estoy dispuesta a ir contigo al bosque.
Inuyasha la miró de nuevo con ojos brillantes.
—Entonces te llevaré cuando vuelva.
Kagome rodeó su cuerpo con sus propios brazos, dejando salir un gran suspiro. La idea de no poder ver ni hablar con Inuyasha durante varios días no era algo que le agradara.
—No te olvides de mí, Inuyasha.
Él la miró una última vez, sonriendo antes de desaparecer entre los árboles.
—Imposible.
