Susanisa: muchas gracias!

kcar: gracias! espero que este también te guste

Guest: gracias!

Tatiana Ocampo: gracias :)

Guest: gracias!

Carli89: por fin Kagome y Shippo se conocen ^^

AbiTaisho: muchas gracias!

Yenn9494: jajaja aquí lo tienes!


Muchas gracias por todos los comentarios! Estamos a 6 capítulos del final :)


Capítulo Treinta y Cuatro

El primer disparo


Kagome escuchó con atención todo lo que el pequeño demonio le contaba. Shippo estaba sentado en su regazo, mirándola fijamente con sus llamativos ojos verdes mientras hablaba sin parar.

Casi se le saltaron las lágrimas con la historia del día que perdió a sus padres.

Inuyasha seguía apoyado en una de las paredes de la cueva y lo escuchó suspirar.

—Suficiente, Shippo —gruñó, acercándose a ellos con los brazos cruzados. —Es casi la hora de comer y Kagome tendrá hambre.

Él se levantó de un salto, caminando hasta la salida de la cueva y mirando de reojo a Kagome.

—¡Traeré peces para ti!

Ella sonrió al ver a Shippo saltar hacia fuera, perdiéndose entre las flores de la pradera mientras corría en dirección al río.

Inuyasha apoyó la mano en la pared de piedra y observó con detenimiento los alrededores de la cueva. Sus orejas blancas se movieron sobre su cabeza mientras una suave brisa hacía ondear su larga melena blanca.

—Voy a buscar algo de leña y fruta —anunció, remangado su camisa sin despejar la mirada de los árboles. —No tardaré en volver.

Una gota de sudor cayó por la espalda de Kagome.

—¿Me vas a dejar aquí sola?

Él avanzó hacia ella y colocó una mano en su mejilla, mirándola a los ojos.

—Estaré muy cerca —murmuró con gesto serio. —Si algún yōkai entra en la pradera lo escucharé.

Kagome tragó saliva, sonrojándose ante la intensidad de su mirada.

—Vale —aceptó en un susurro, dando un paso atrás y rompiendo el contacto.

—No tardaré.

Inuyasha desapareció a toda velocidad, corriendo hasta donde crecían los árboles. Ella dejó salir un largo suspiro, contemplando la explanada en la que crecían flores de todos los colores y tamaños.

Parecía un pequeño paraíso escondido dentro de un bosque repleto de criaturas sedientas de sangre.

Dio media vuelta y paseó por la cueva, que era más grande de lo que había imaginado. En el centro había piedras formando un círculo con ceniza dentro donde Inuyasha iba a encender una hoguera. En algunas de las paredes había marcas de garras que Kagome prefirió ignorar.

Se acercó hasta la única esquina donde había objetos. Una pequeña estantería de madera recogía las pertenencias de Inuyasha de forma desordenada.

Kagome sonrió al tocar la madera, sospechando que él mismo la había construído. Ropa humana, vasos y platos, y en el estante más alto había varios libros.

Y todos eran del mundo humano.

Frunció el ceño mientras cogía el primero, leyendo el título. Una guía de Tokio.

El siguiente explicaba la historia de la ciudad en los últimos doscientos años y era bastante grueso.

Kagome se ruborizó al ver el título del siguiente libro. Lo abrió, pasando las páginas, y sus ojos se abrieron más al ver de lo que trataba.

Explicaba con todo detalle cómo cortejar a una mujer y tener relaciones íntimas con ella.

Cerró el libro de golpe al escuchar pasos y levantó la mirada justo cuando Inuyasha volvió a entrar en la cueva.

Él se detuvo en seco al verla junto a la estantería y su rostro perdió el color cuando se fijó en el libro que tenía en las manos.

Kagome carraspeó, intentando romper la tensión que se estaba formando en el aire.

—No sabía que tuvieras libros humanos.

Volvió a bajar la mirada al libro e Inuyasha gruñó, cruzando la cueva de un solo salto.

—¡No! Dame eso.

Antes de que pudiera reaccionar, él se lo quitó de las manos y lo lanzó con todas sus fuerzas hacia fuera.

Kagome jadeó al escuchar el ruido del agua. Había caído en el río.

—¡Inuyasha!

Él esquivó su mirada, volviendo al lugar donde había soltado una gran cantidad de ramas y troncos de madera y llevándolos hasta el centro.

Se sentó delante de la hoguera, preparándolo todo para encenderla sin dirigirle la palabra. Kagome apretó los labios al ver su sonrojo y se acercó a pasos lentos, agachándose a su lado.

—Inuyasha, mírame.

Él arañó una piedra blanca con sus afiladas uñas, haciendo que saltaran chispas, y encendió el fuego en pocos segundos. Se pasó una mano por el pelo, resoplando con fuerza, y fijó sus ojos dorados en ella.

—¿Por qué tenías ese libro?

Inuyasha hizo una mueca, desviando la mirada. Cogió un pequeño palo y movió los troncos, avivando el fuego.

—A mí me puedes contar cualquier cosa —insistió ella en voz baja, colocando una mano en su rodilla.

Él se cubrió la cara con las manos, soltando un pequeño gruñido lleno de frustración. Cuando volvió a bajarlas a su regazo, su sonrojo había desaparecido.

—Cuando me diste otra oportunidad, yo… —Kagome sujetó una de sus manos, trazando círculos sobre sus nudillos como a él le gustaba para ayudarlo a tranquilizarse. Inuyasha relajó la postura al instante. —Quería aprender algunas cosas por si al final aceptabas ser mi compañera.

Él la miró y su ceño se arrugó al ver la expresión de incredulidad en su rostro.

—¡No sé nada, Kagome! —siseó con rabia, apretando la mano que tenía libre. —Y no quería correr el riesgo de hacer algo mal.

Ella apoyó la mejilla contra su hombro y se mordió el interior de su mejilla.

Era difícil de creer que un medio demonio tan poderoso como él sintiera tanta inseguridad.

—¿De verdad yo fui tu primer beso?

Siempre había pensado que aquel día Inuyasha le había mentido, aunque al besarlo había notado que tenía tan poca experiencia como ella.

Inuyasha inclinó la barbilla, asintiendo una vez, y los latidos de su corazón se aceleraron.

—Contigo serán todas mis primeras veces, Kagome —murmuró él entre dientes, cogiendo su mano con cuidado y trazando las líneas de su palma con sus uñas. —Si tú quieres.

Un escalofrío bajó por su columna vertebral. Esas garras habían matados muchos demonios, pero se movían con delicadeza sobre su piel.

—Puede que la primera vez todo sea un poco raro —admitió ella, soltando una risita nerviosa y encogiéndose de hombros. —Pero me da igual.

Inuyasha volvió a mirarla y sacó una manzana del bolsillo de su pantalón, ofreciéndosela.

—Tenemos todo el tiempo del mundo, ¿verdad? —preguntó Kagome, incorporándose y dándole un mordisco. —Y los dos no tenemos ni idea de lo que es estar en una relación.

Inuyasha la observó un momento, rascándose una de sus orejas.

—Pues creo que tú sabes muy bien lo que haces, Kagome —respondió, apartando la mirada mientras devoraba otra manzana. —Me cuesta creer que no hayas tenido novio antes de conocerme.

—No había conocido a nadie interesante —confesó ella, sonriendo cuando un pequeño sonrojo cubrió las mejillas del medio demonio.

Kagome le dio el último bocado a su manzana e Inuyasha cogió el corazón de ambas, lanzándolos fuera de la cueva.

—Conozco un libro que es mejor que ese —añadió, dejando una caricia en su mejilla. —Lo compraré y te lo daré la próxima vez que vengas a casa.

—Feh.

La sonrisa de Kagome se amplió y sujetó su barbilla, obligándolo a girar el rostro y mirarla.

—No te preocupes.

Inuyasha apretó los dientes, pero antes de que pudiera volver a protestar ella se inclinó y capturó sus labios en un beso lento donde quería demostrarle que hablaba en serio.

Todo eso no le importaba. Lo único que quería era que él siguiera en su vida y pudieran estar juntos.

Kagome rompió el beso al escuchar la risita de Shippo junto a la entrada de la cueva. Inuyasha lanzó una mirada de odio en su dirección.

—Cállate, enano.

El zorró se sentó junto a ella, colocando los tres palos donde había clavado los peces alrededor del fuego para que se asaran.

—¿Te gusta el pescado, Kagome?

Ella asintió.

—Claro —revolvió su pelo con la mano, sonriendo cuando él torció los labios. —Gracias, Shippo.

Él se echó hacia atrás, apoyándose en sus manos.

—¿Hasta cuándo te quedarás? —preguntó, volviendo a mirarla.

Kagome se mordió el labio inferior y buscó la mirada de Inuyasha.

No habían hablado sobre cuánto tiempo pasaría dentro del bosque, pero debía volver a la hora de la cena si no quería que su madre se preocupara.

—La llevaré de vuelta al mundo humano cuando terminemos de comer —contestó Inuyasha con voz grave, levantándose para coger tres platos.

—Pero volveré pronto —añadió ella al ver la cara triste del zorro.

Shippo le dedicó una gran sonrisa. Inuyasha se sentó de nuevo a su lado, pasándole uno de los platos.

—¿Lo dices en serio? —preguntó entre dientes.

Kagome cogió uno de los peces y miró a Shippo de reojo. Él le dio un bocado sin pensarlo, así que ella se encogió de hombros y lo imitó.

—Tenías razón, Inuyasha —dijo tras tragar, recordando todas las conversaciones en las que él le había asegurado que volver al bosque no sería peligroso. —Este sitio no da tanto miedo cuando estoy contigo.

Inuyasha sacudió la cabeza, intentando ocultar su sonrojo.

Los tres terminaron la comida y salieron a la pradera. Kagome observó el cielo azul que se veía desde allí y las miles de flores iluminadas por la luz del sol que crecían en aquella explanada tan extraña.

Era como si un gigante hubiera arrancado todos los árboles cientos de años atrás, impidiendo que volvieran a crecer.

—Ahora entiendo lo mucho que te gusta este lugar —comentó, rozando el dorso de la mano de Inuyasha mientras caminaba a su lado. —Es precioso.

Él suspiró, sentándose sobre la hierba y tirando de su brazo para que ella hiciera lo mismo.

—Aquí fue la primera vez que me sentí libre —confesó, arrugando la nariz cuando Shippo se acurrucó en el regazo de Kagome. —Por eso me quedé y lo convertí en mi hogar.

Ambos permanecieron en silencio mientras el sol empezaba a bajar por el cielo, escuchando los suaves ronquidos del demonio zorro.

—Shippo, despierta —Inuyasha agitó su hombro media hora después para despertarlo. —Tengo que llevar a Kagome a la ciudad.

Él se restregó los ojos, incorporándose hasta quedar sentado.

—¿Puedo ir con vosotros?

Inuyasha chasqueó la lengua y puso los ojos en blanco al ver la mirada suplicante de Shippo.

—Está bien.

Él gritó de alegría y se subió de un salto a su hombro. Inuyasha flexionó las rodillas, esperando hasta que Kagome se agarró a su cuello para salir corriendo hacia los árboles.

Ella cerró los ojos, concentrándose en el sonido del viento que chocaba contra ellos al moverse tan rápido. Antes de lo que esperaba, Inuyasha redujo la velocidad.

Ya estaban junto a la valla.

Shippo se subió a la rama del árbol más cercano.

—Espera aquí. Enseguida vuelvo —gruñó Inuyasha, mirándolo de reojo.

El yōkai zorro asintió y él sujetó las piernas de Kagome con más fuerza, santando sobre la valla y aterrizando en uno de los árboles que había al otro lado.

Ella sintió que Inuyasha se tensaba al saltar, relajándose de nuevo al estar en el mundo humano.

—¿Te ha dolido?

Él sacudió la cabeza, bajando la mirada hasta el collar de cuentas que colgaba de su cuello. Saltó de un árbol a otro, comprobando que no hubiera ningún senderista cerca, y trepó por la colina que llevaba hasta su templo.

Se detuvo antes de entrar en el patio, manteniéndose oculto tras los árboles. Había varias personas rezando ante el altar.

—Gracias, Inuyasha —Kagome se bajó de su espalda, sujetándose a su brazo para no tropezar con las raíces. —Creo que ya no volveré a tener pesadillas.

Él enroscó un brazo alrededor de sus hombros, atrayéndola hacia su pecho y hundiendo la nariz en su pelo.

—La próxima vez te llevaré al Palacio Taisho y te enseñaré el pacto de sangre.

Kagome alzó la cabeza y lo miró fijamente con el corazón en un puño.

Allí era donde vivía su hermano yōkai.

—¿Permitirán que una humana entre?

—Pensarán que eres una medio demonio como yo —contestó Inuyasha, moviendo las cejas con una sonrisa misteriosa en sus labios. —Que descanses.

Se inclinó y la besó. La chispa de siempre surgió en su interior en cuanto sus labios se rozaron, recorriendo todo su cuerpo y quemando cada célula de su piel.

El temor que sentía desapareció y Kagome abrió los ojos cuando él se apartó, dedicándole una sonrisa.

—¿Vendrás mañana?

Inuyasha asintió, lanzando una última mirada hacia las personas que rezaban en el templo antes de dar media vuelta.

—Ten cuidado —susurró ella, observándolo mientras su figura desaparecía entre los árboles.

Kagome entró en su casa con una sonrisa, agradeciendo haber aceptado volver a entrar en ese lugar.

El bosque de los demonios ya no era su enemigo.


—¡Kagome!

Ella sonrió al ver a sus tres amigas, dándole un abrazo a cada una.

—Hola, Yuka —Kagome se sentó a su lado, colgando su bolso en su silla. —Me alegro de veros a todas.

Eri cruzó los brazos sobre la mesa y Ayumi se acercó hasta el mostrador para ordenar sus bebidas. Hacía mucho que no se veían y habían quedado para merendar juntas.

—¿Cómo te va en el hospital? —preguntó Yuka, apoyando la barbilla en su mano.

—Genial. Sara trabaja en otra planta pero nos vemos mucho —Kagome esperó hasta que Ayumi volvió a la mesa y paseó la mirada entre sus tres amigas. —¿Y a vosotras?

—También estamos juntas —contestó Eri con una sonrisa.

—Estamos aprendiendo mucho —dijo Ayumi, dándole un pequeño codazo a Eri. —Y Eri ha conocido a un enfermero muy guapo.

Ella se ruborizó, bajando la mirada a la mesa.

—Me pidió una cita la semana pasada —admitió, retorciendo sus dedos mientras hablaba. —Y nos veremos esta noche.

—Vaya —Kagome cogió su mano y la apretó para mostrarle su apoyo. —Me alegro mucho de que todo os vaya bien a las tres.

—¿Y tú, Kagome? —preguntó Yuka, levantando las cejas. —¿Sigues viendo a Inuyasha?

Aunque llevaran bastante semanas sin verse, las tres habían seguido preguntándole a Kagome por el extraño chico que conoció una noche de discoteca.

Y ella nunca sabía qué decirles. No podía contarles la verdad y odiaba mentir, así que evitaba el tema todo lo posible.

Asintió en silencio, apartándose hacia atrás cuando la camarera trajo sus cuatro batidos.

—Ese chico tiene que ser un dios del sexo —murmuró Ayumi una vez que volvieron a estar solas, arqueando una ceja. —Aquella noche te comía con la mirada.

—¡Ayumi! —Kagome se ruborizó y apretó la mandíbula mientras las tres se reían. —Por ahora solo nos hemos besado.

Ella se tocó la barbilla con su dedo índice.

—Pensaba que te pediría que fueras a su apartamento esa misma noche.

—Pues no —gruñó Kagome, intentando controlar su rabia. —Inuyasha no es así. Estás muy equivocada.

Ella había pensado lo mismo el día que lo conoció, pero no tardó en descubrir que aquel chico misterioso no buscaba lo mismo que los demás.

—Pues te recomiendo probarlo, Kagome —la voz de Ayumi interrumpió sus pensamientos. Su amiga resopló, sacudiendo la mano con desdén. —Eso de esperar hasta el matrimonio como nuestras madres es demasiado aburrido.

Kagome entrecerró los ojos.

—Yo estaba esperando a conocer a la persona adecuada.

—¿Y ya lo has hecho?

«Creo que sí.»

—No quiero hablar más de eso —Kagome sacudió la cabeza, deseando cambiar de tema.

Ayumi buscó su mirada.

—Solo una cosa más —susurró con ojos brillantes. —¿Nos lo contarás todo cuando pase?

Kagome no pudo evitar la sonrisa que se extendió por su rostro.

—No prometo nada.


—Inuyasha —Kagome intentó sonreír al encontrarlo sentado en su cama, aunque sabía que se había sonrojado. —Hola.

Inuyasha olfateó el aire con el ceño fruncido.

—¿Qué te pasa?

Ella puso los ojos en blanco. Era imposible ocultar como se sentía delante de él.

—No es nada —aseguró, sentándose a su lado y dejando su bolso sobre el colchón. —Mis amigas me han preguntado por ti y me han puesto nerviosa.

Él hundió su mano derecha en su pelo, rozándole la nuca con sus uñas. Kagome dejó caer la cabeza sobre su pecho y cerró los ojos.

Sus dedos bajaron y subieron por su melena negra, rascando suavemente.

—¿Te sientes mejor ahora?

Kagome asintió. Le encantaría quedarse así el resto de la tarde, recibiendo las caricias de Inuyasha.

Rodeó su cintura con un brazo y se acomodó más contra su cuerpo.

—Si sigues haciendo eso me quedaré dormida.

El pecho de Inuyasha vibró con su risa.

—He pensado que hoy podría ayudarte a practicar tu magia.

Kagome abrió los ojos de golpe.

—¿En el bosque?

—Creo que sería buena idea probar a concentrarla en un objeto —murmuró Inuyasha, que todavía seguía repartiendo caricias por su pelo y cuello. —Como hiciste aquella mañana con el cuchillo.

Ella se incorporó, mordiendo su labio inferior con nerviosismo.

Odiaba recordar ese día.

—¿Sabes manejar una espada? —preguntó él, torciendo los labios hacia abajo cuando ella sacudió la cabeza. —¿Y un escudo?

Kagome volvió a negar, dejando caer las manos sobre su regazo.

—En el instituto era bastante buena en el tiro con arco —murmuró en voz baja. —Todavía guardo mi equipo en el trastero.

El rostro de Inuyasha se iluminó.

—Flechas —se levantó de un salto, volviendo a sonreír mientras la miraba. —Así podrías defenderte desde lejos.

Kagome pestañeó confundida al verlo abrir la ventana.

—Cógelas y nos vemos en el árbol.

Inuyasha desapareció y ella se puso de pie con su corazón latiendo a toda velocidad.

Sabía que las antiguas sacerdotisas eran capaces de acumular su poder en objetos y lanzarlos contra sus enemigos.

¿Podría ella hacer lo mismo?


—Cierra los ojos, Kagome.

Ella obedeció, respirando profundamente. Colocó la flecha en el arco y tensó la cuerda, intentando que su energía fluyera hacia ella.

Un minuto después resopló con fuerza y apartó el arco.

—No funciona —Kagome pateó el suelo con rabia. —Ya llevo una semana intentándolo, Inuyasha.

Cada tarde iban juntos al borde del bosque de los demonios y ella intentaba que su energía se acumulara en la flecha antes de dispararla. Y todavía no lo había conseguido.

Inuyasha se cruzó de brazos, escondiendo las manos en las mangas de su chaqueta roja.

—Y seguiremos hasta que funcione —afirmó con voz ronca, señalando el arco con su mirada.

Kagome apretó los dientes y volvió a colocarse en posición, apuntando al tronco del árbol que tenía frente a ella.

—El miedo te ayudó a controlar tus poderes —susurró Inuyasha en su oído, rozándole la cintura con sus dedos mientras la empujaba suavemente hacia la derecha hasta que estuvo en la posición perfecta para disparar. —Intenta recordar lo que sentiste cuando me viste en esta forma por primera vez.

Aquello era algo en lo que Kagome intentaba no pensar. La reacción que tuvo al ver a Inuyasha como medio demonio siempre le hacía sentir culpable.

Dejó su mente en blanco, concentrándose en la energía que había sentido dentro de su cuerpo cuando pensó que su vida estaba en peligro.

Sus manos resplandecieron levemente y ella jadeó, sorprendida.

—Lo estás haciendo genial, Kagome.

El brillo rosado desapareció.

—Otra vez —insistió Inuyasha, apretando su hombro.

Ella inspiró, dejando salir el aire muy despacio mientras apuntaba al árbol.

—Concéntrate en la flecha —Inuyasha dio un paso atrás cuando sus manos volvieron a brillar. —Y ahora dispara.

La luz se extendió hacia la flecha justo en el momento en que Kagome disparó. Atravesó la distancia que la separaba del árbol en un instante.

Al clavarse en el tronco un pequeño estallido de luz rodeó la zona donde había impactado durante varios segundos, desapareciendo sin dejar rastro.

—Si hubiera sido un yōkai, ahora estaría muerto —añadió Inuyasha con una gran sonrisa, rodeándola con sus brazos.

Kagome suspiró aliviada, apoyándose en su pecho mientras ambos observaban el árbol.

—Ya no es tan terrorífico, ¿verdad? —preguntó él en voz baja, soltándola.

—No —admitió ella mientras colgaba el arco en su hombro derecho. —Pero sigue siendo muy peligroso.

—Ahora me tienes a mí, y a tus poderes —una sonrisa presumida se extendió por el rostro de Inuyasha. Dio un paso más hacia ella y sujetó su barbilla, mirándola fijamente con sus ojos dorados. —Nadie volverá a tocarte, Kagome. Te lo aseguro.