"Viviendo juntos es peligroso"

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La mañana en la casa de los Bakugo transcurría sin el menor contratiempo, excluyendo que las dos sillas adicionales que se encontraban en el comedor fueron tomadas por ellos, que, como Izuku, se sentía como intruso en la vivienda de los Bakugo.

No negaría que estaba en parte afortunado de tener el privilegio de ver a Katsuki comer. Era un deleite ver a ese hombre comer delante de él, pese a tener el ceño fruncido y una clara irritación en el rostro. Sin más, se veía atractivo a sus ojos, exceptuando que le había dejado en claro que no se entrometiera en su vida.

Katsuki no le enseñó dónde estaba el baño, por lo que en su intento de encontrarlo, dio a parar en la habitación de los padres de Katsuki a horas entradas la madrugada; afortunadamente dormían, mas eso no erradicó que casi se le saliera el corazón de la boca del mismo susto.

Había buscado entre las distintas habitaciones del segundo piso, notando que las únicas dos que tenían nombre en la puerta eran la de Katsuki y la suya, las demás no tenían dicho letrero, que le hubiera servido mucho para dar con el baño.

Tomó una ducha en la madrugada, debido a que no quería importunar a nadie (mucho menos toparse con Katsuki y que éste supiera que él no poseía piyamas, por no tener la economía para comprarse un set barato de piyamas).

Al sonar de su alarma a las cinco de la mañana, se dispuso a realizar sus estiramientos matutinos y los ejercicios de fortalecimiento muscular(ya que no conocía con exactitud los rumbos de la residencia y no poseía el suficiente valor como para salir de la casa sin ser acompañado por la señora Mitsuki; además, esta no era su casa, sino de los Bakugo. No podía entrar y salir como le placiera), mientras contemplaba las dimensiones de su habitación. Era tan espaciosa. Podía aventurarse y hacer un poco de sombra a la luz de los primeros rayos del sol que entraban por entre las cortinas, alumbrando el color azulado del cuarto.

—¿Cómo pasaste tu primera noche, Izuku?— Mitsuki le ofreció otra ración de arroz en su tazón medio lleno. Tal vez lo hacía porque su madre le habría contado sobre su estricta dieta de carbohidratos.

—Muy bien—Sonrió y fue observado por los hermanos Bakugo con creciente molestia.

Katsuki soltó un gruñido. Kota bufó a lo bajo. Esos signos no le pasaron desapercibidos a Izuku, quien sacudió la negatividad recibida.

—Me dijo Inko que tienes una dieta especial— Izuku asintió, entreviendo su rubor. —No te preocupes y come todo lo que necesites para rendir en tu entrenamiento.

—Ah, gracias, pero-

—Izuku necesita nutrirse lo suficiente para su próximo combate, ¿no es así, hijo?— Su madre le dirigió una mirada llena de orgullo.

—Sí—Musitó quedo.

Mitsuki pasó una mano en el hombro izquierdo de Katsuki, ejerciendo presión. —Izuku es profesional en su deporte. No es como alguien que piensa que el deporte desde una perspectiva profesional es una pérdida de tiempo.

—Hm— Katsuki frunció duramente el ceño.

—Así que no lo trates mal. No le des estrés innecesario—Advirtió Mitsuki, severa.

Notó un ligero temblor en el agarre de Katsuki en los palillos, a la vez que asentía a traves de un gruñido.

—¡Ah! No es necesario—Reaccionó Izuku. —Y-yo puedo con mi entrenamiento solo.

—¿Ves? El idiota dice que está bien solo.

—Silencio, Katsuki— Mitsuki lo jaló de la oreja, sacándole un feroz quejido y que dejara de desayunar. —Eso lo dice Izuku porque es amable y tiene sentido común. Cosa que no tienes.

—No me interesa, ¡Ah, oye!— Tiró de su oreja con agresividad. —¡Suéltame, vieja bruja!

—Buenos días, Izuku— Masaru entró en el comedor, sentándose. No parecía perturbado por el intercambio entre Katsuki y Mitsuki, lo que lo llevó a sospechar que esos arrebatos se daban con frecuencia en la mesa del comedor.

Izuku asintió.—Buenos días, señor Bakugo.

—¿Pasaste bien la noche?

—Sí, muy bien. ¿Y usted?

—Bien, gracias por preguntar. Espero que usted también haya pasado una buena noche, Inko.

—¡Oh! Sí, muy bien.

Ver a Katsuki discutir con Mitsuki lo hizo parecer lindo. Era una imagen bastante agradable a sus ojos.

—Tratarás bien a la visita si es lo ultimo que harás, ¿me escuchaste, mocoso malcriado?

—¡Argh! Sí, sí ya entendí, maldita sea.

Si algo aprendió esa mañana es el dominio que Mitsuki tenía sobre Katsuki: la única que había hecho temblar al genio de la clase A.

«Impresionante» Pensó asombrado.

—Llevarás a Izuku a la estación— Ordenó Mitsuki. —Y pobre de ti que no le enseñes el camino a la escuela.

—Tsk.

—¡N-no es necesario!—Irrumpió Izuku, alarmado. —Yo…¡Yo puedo averiguar el camino a la escuela! solo es la estación, ¿verdad?

—No te preocupes—Le guiñó Mitsuki. —Este mocoso debe aprender a ser amable con las visitas y no ser solo apariencia. Ya sabes que si te hace sentir mal, yo me encargo de corregirlo.

Podía jurar que veía un aura oscura rodeando a la señora Mitsuki cuando se dirigía a su hijo mayor, del cual sólo se encogía de hombros y se comportaba menos agresivo o indiferente que en las ocasiones en que conversó con él.

Mitsuki sí que tenía el control sobre su hijo mayor con mucha destreza y efusividad.

Katsuki rejuntó los platos del desayuno, los dejó en la cocina, regresó a la sala y tomó su mochila. —¿Qué esperas, imbécil?—Dirigiéndose a Izuku, quien de un sobresalto reaccionó a su llamado. —Vámonos.

—¡Sí!—Le dio rápidos bocados al arroz sobrante y salió disparado hacia la puerta, no sin despedirse de su madre y del resto de la familia Bakugo.

En el camino, el silencio ponía sus vellos de punta, porque en primer lugar, no quería incomodar a Katsuki, y en segundo, buscaba demostrar su agradecimiento por permitirle compartir su casa con él, aunque supiera que Katsuki no deseaba su compañía.

A Izuku no le gustaba dejar las cosas a medias.

—Este.

—No me hables.

—Lamento ser una molestia. Te juro que aprendo rápido.

—Dije que no me hables— Katsuki detuvo su marcha y se ladeó a mirarlo con grave desdén. —No quiero que los demás sepan que vives en mi casa.

—Esta bien.

Katsuki lo señaló con intención de que se callara.

—Además, no fue mi idea de que tú y tu madre vinieran a jugar a las muñecas.

Izuku frunció el ceño. —No insultes a mi mamá.

—Yo soy el que está hablando.

—De mi puedes pensar lo que quieras, pero no incluyas a mi mamá. Ella no te ha hecho nada.

—¿Me amenazas?

—No, pero no fue correcto lo que hiciste.

—Como quieras—Accedió a regañadientes. —La señora Inko no me ha hecho nada. Ya entendí. En cuanto a ti, no te quiero cerca de mi, ¿entendiste? A tu madre la toleraré porque es amiga de la bruja. Y tu, tú eres realmente molesto.

Izuku apartó la vista de él, sabiéndose despreciado por el rubio.

—Esta será la única vez que te enseño el camino a la escuela.

—Sí…

Retomaron el camino, con Izuku a dos metros de distancia de Katsuki, ya que no le quería causar mayores disgustos del que seguramente padecía por su intromisión.

Katsuki no le dijo nada de los señalamientos, ni de cuál metro debía tomar, de modo que tuvo que limitarse a seguirle, memorizando los nombres y la fachada de los locales en los que Katsuki daba vuelta o pasaba de largo.

Debía admitir que seguirlo no era lo más óptimo de hacer, aun cuando le resultaba sumamente atrayente observarlo de atrás. Su cabello rubio brillaba la luz del sol, sus movimientos atrapaban su total y absoluta atención sin esforzarse en hacerlo.

Sonrió.

Pudo haber sido tratado mal por Katsuki, pero al menos tuvo una hermosa vista esa mañana.


Rara vez los sucesos colisionaban entre sí y las piezas restantes se quedaban flotando en el agua, sobre la superficie de la piel mojada, embalsamada por partículas porosas que se formaban en la intemperie.

Esta era una de esas veces.

Por circunstancias que no valen la pena detallar, Izuku terminó mojado en el receso a raíz de que una manguera dejara de funcionar correctamente, asimismo explotando en una cascada explosiva.

No solo le cayó a él la cascada, sino a Kirishima, que por extraños azares del destino discutía con Katsuki sobre él. Le reprochaba la falta de decencia que tuvo al haber rechazado su carta la vez pasada y le pedía que por favor le diera una oportunidad para conocerlo. Izuku en su desesperación por detener tal discusión, presenció ese suceso raro, pero a la vez curioso, porque al ser el primero en recibir el impacto del agua, seguido de Kirishima, se abalanzó sobre Katsuki con el afán de protegerlo del chorro borboteante de agua que podría arruinar su impecable uniforme.

Sostener el cuerpo de Katsuki sobrepasó cualquier argumento que la razón que estuviera en contra de que se acercara a proteger a la persona que lo había rechazado dos veces y que ahora vivían en el mismo techo.

El roce de sus cuerpos desató una descarga de calor en su cuerpo. La mera proximidad fue más que una sobredosis de dulzura.

—¿Estás bien, Katsuki? ¿No te mojaste?—Se hubo despegado del rubio en cuanto el chorro cesó de atacarlos.

Katsuki le asestó un golpe en la cara, que lo sorprendió. —¡No me toques, imbécil!

—P-perdona.

—Bro, ¿Qué te pasa? Midoriya solo trataba de hacer que el agua no te mojara.

—No me importa. No quiero que este friki me toque.

—¿Te refieres a mi?— Izuku señaló a sí mismo, confundido.

—¿A quién más me puedo referir?—Bufó sarcástico.

—Midoriya no te ha dado motivos para que pienses así de él.

—Claro que me ha dado motivos— Alegó. —Desde que lo vi no ha dejado de joder.

—Se ha acercado a ti porque le gustas.

—Tsk— Chasqueó la lengua. —¿Y qué me dices de ti? A ti te gusta esta lagartija con esteroides—Apuntó a Izuku con repulsión.

Esto hizo que el gozo que experimentó al sostenerlo por cuestión de segundos se evaporara de la faz de su cerebro, apagando el interruptor de felicidad de tocar a su primer amor, quien lo odia de regreso.

Kirishima puso cara de desacuerdo, acercándose a Izuku en señal de protección. —Es cierto que Midoriya me gusta— Miró a Izuku, e Izuku lo miró a él. Luego Kirishima vio a Katsuki del mismo modo. —Pero entenderías a lo que me refiero cuando te digo que le des una oportunidad.

—Otra vez con eso—Puso los ojos en blanco.

—Lo entenderás cuando lo veas pelear—Katsuki esbozó una mueca de indiferencia. —Su manera de pelear es hermosa.

—¿Crees que me interesa ver a dos hombres pelear en un cuadrilátero? Aburrido.

—¡No lo entiendes!— En un impulso, el pelirrojo lo rodeó de los hombros con su brazo, aturdiéndolo. —Te estoy diciendo que-

—¿Terminaste? Tengo clase.

—Kirishima— Habló Izuku, sensato. Haría uso de su sentido común en esa situación. —Agradezco que me quieras ayudar con Katsuki, pero no lo podemos obligar a que haga algo que no quiera—Se separó de su brazo, dirigiéndose a Katsuki, que poseía gesto de pocos amigos. —Lamento haber sido una molestia en estos dos días. No quise meterme en tu camino de esa manera, porque te respeto y admiro. Por eso no quiero que te pelees con Kirishima por lo que pasó.

Katsuki soltó un resoplido, aunque lucía menos cabreado que antes de que él abriera la boca. —Bien—Dijo. Y se retiró de los pasillos directo a su salón.

Es cierto que aún le dolía ser tratado con indiferencia, mas lo dejó pasar porque gracias a ello, pudo sentir el calor de su cuerpo cercano al suyo.


En la tarde buscó a Katsuki en la clase A, al no verlo, lo esperó discretamente a unas cuadras de donde habían agarrado camino en la ida. Sus amigos no lo molestaron, debido a que lo vieron de buen humor, a comparación del día en que perdió su casa, que lloró como un niño en brazos de su madre.

—¿Qué haces aquí? Te dije que no me siguieras— Katsuki siseó asemejándose a un gato huraño.

—Hum—Se rascó la nuca entreviendo su nerviosismo.

Katsuki enarcó una ceja, inquisitivo.

—¿Es que necesitas que se te repitan las cosas?

—No.

—Vete a golpear costales, yo qué sé; no te quiero cerca de mi.

—Katsuki, espera— Fue tras él, sabiendo que no era la mejor idea, porque el rubio de nueva cuenta, le asestó un golpe en el costado, que supo bloquear con su antebrazo, gracias al uso diario de sus reflejos. Katsuki gruñó, apretando los dientes. —Es que me da vergüenza entrar y salir de la casa solo.

—¿Es que eres un niño de cinco años que necesita que lo lleven a la escuela?

—No, Katsuki. Es que quiero dar una buena impresión a tu familia.

—¿Por qué?— Interceptó, luciendo tan cabreado que hacía alusión que explotaría a los lados.

—Es la primera vez que vivo en una casa—Confesó.—Tengo miedo de arruinarlo. Así que quiero mostrar mi gratitud lo más que pueda.

—Qué excusas tan tontas.

—Katsuki, por favor—Suplicó con las manos juntas. —Realmente significa mucho para mi vivir en una casa.

—¿Eres idiota?

—Por favor, te lo suplico.

—¡Muérete!—Exasperó con las venas de su sien resaltando pulsantes.

—¡Katsuki!— Corrió precavido hacia éste, quien lanzó un feroz soplido entre su cara irascible. Lo había hecho cabrear.

—¡Jódete, imbécil!—Aceleró el paso. —Pídele ayuda a la bruja. A mi déjame en paz.

—Pero no tengo su número.

—Ugh.

—Por favor, Katsuki. Eres la única persona que va en la misma escuela que yo.

—No nos pongas en la misma página, maldito—Lo señaló furtivo.

—Y que vivo en la misma casa que él.

—Tampoco nos juntes en ese sentido. Me da asco de sólo saberlo.

—Lo siento.

Katsuki puso los ojos en blanco y siguió su camino sin prestarle el mínimo de atención a su evidente nerviosismo.

No ayudaba mucho que Katsuki mantuviera con ímpetu su malhumor que le acrecentaba el temor de sobrepasar su suerte e irritarlo con su torpeza natural o sus balbuceos incesantes que brotaban como producto de sus ansias de no saber con exactitud cómo comportarse delante de la persona que no hacía menos de dos días había rechazado y que además, le seguía atrayendo de sobremanera.

Por esa y muchas razones es que la mayoría de sus conocidos, incluyendo a sus mejores amigos lo consideraban un "idiota"; característica que Izuku no se atribuía porque tenía el suficiente autoestima para no infravalorarse de ese modo tan negativo.

Sabía que no le iba excelente en clases debido a su entrenamiento y preparación en el deporte de sus sueños, que apenas a sus diecisiete años comenzaba a dar frutos.

Se frotaba las manos desasosegado de ver la espalda recta y agradable de Katsuki. Sus orbes verdes no despegaban una pulgada de su vista centrada en su espalda y el comienzo de sus mechones rubios.

Suspiró embobado.

Realmente le gustaba Katsuki, pese al mal comienzo que tuvieron.


Los días pasaron e Izuku se acostumbraba cada vez más a su nueva casa, incluyendo la incondicional compañía de los Bakugo, con quien carecía de amabilidad de parte de los hermanos, excluyendo el gran trato que recibía de parte de los señores Bakugo, quienes lo trataban con impecable amabilidad; en especial Mitsuki, que lo trataba como a un hijo.

Mitsuki le daba las porciones de comida extra, que necesitaba para su entrenamiento, así como también lo apoyaba en los días en que llegaba entrada la noche y se ofrecía a recalentarle la cena.

En su vida había recibido esos tratos, por lo que los aceptaba con una gran sonrisa y mucho agradecimiento. Mitsuki fungía el papel de apoyo en los tiempos complicados en que su próxima pelea se acercaba; aunque desafortunadamente, los exámenes del top cincuenta de la escuela estaban a la vuelta de la esquina y en su confusión, desconocía hacia dónde dirigir su tiempo, porque por su lado, realmente quería entrar al top cincuenta, debido a que él sí era estudioso. Sí se esforzaba estudiando, lo que pasaba era que su deporte se entremezclaba en el camino y no siempre llegaba con antelación a las clases, o no solía organizarse bien y entregaba los trabajos tarde, asimismo llevándose malas calificaciones. No por su inteligencia, sino por su falta de organización.

Estas cuestiones las notó Mitsuki, quien con aparente sigilo sugirió a Izuku recibir asesorías de parte de Katsuki, para que éste le enseñara cómo organizar su tiempo, de modo que pasara los exámenes con colores brillantes.

Izuku sonrojó ante tal sugerencia, debido a que suponía un objetivo difícil de cumplir, por lo huraño y arisco que era Katsuki con él. Literalmente le dejó en claro que lo detestaba.

No necesitaba mayores recordatorios de eso.

—Señora Mitsuki.

—Madre—Corrigió.—Dije que me llamaras madre.

—Madre— Pronunció ruborizándose. —No creo que Katsuki me ayude a organizarme mejor para los exámenes. Ha de estar muy ocupado estudiando.

—¿Estudiando?— Bufó. —Mi estúpido hijo no estudia.

—Entonces, ¿Qué hace?— Pensó que Katsuki era de los que se la pasaba estudiando toda la tarde. He ahí el origen de sus buenas notas.

—Sólo lee, va a practicas de tenis, regresa a cenar y se duerme a las ocho. Esa es toda su rutina.

—¡¿A las ocho?!— Exclamó boquiabierto.

—Aburrido, ¿no?— Suspiró.—Mi hijo es tan básico e inexpresivo, que es una bendición tener a un chico tan divertido como tu— Pinchó una de las mejillas de Izuku con gesto cariñoso. —Me alegra que Inko haya tenido a un hijo como tu. Y respecto a tus estudios, yo me encargaré de que Katsuki te ayude.

—Realmente no es necesario. No quiero importunar a nadie.

—No importunas a nadie— Disuadió Mitsuki, despreocupada. —Es mi hijo el que inoportuna a todos en esta casa con su horrible actitud y pésimo carácter.

—Yo creo que su hijo es una persona encantadora— Opinó sabiéndose rojo de la cara, pero no le importaba expresar lo que pensaba de Katsuki un poco.

—¿En serio?— Esbozó una mueca de cero convencimiento con su opinión.

—Sí…—Dijo a lo bajo.—Katsuki es encantador e inteligente. Tiene una presencia imponente y todos en la escuela lo tienen en la mira.

—Eso no suena como a mi hijo— La vio poner un dedo en la barbilla, mirando a los lados.—Mi hijo en realidad no es así como finge ser—Izuku puso gesto interesado. Sus orbes verdes se abrieron curiosos. Mitsuki sonrió. —¿Quieres ver cómo era Katsuki de pequeño?

—¡Sí!

La señora Mitsuki salió y regresó a los minutos con un álbum nada llamativo, salvo el color marrón y el aspecto medio deteriorado de las esquinas.

La sonrisa socarrona de Mitsuki lo hizo suponer que moría de ganas de enseñarle el dichoso álbum, del cual depositó sobre sus piernas.

Izuku se imaginaba a Katsuki como un niño serio y sumamente reservado, o quizás era todo lo contrario: un niño risueño que lideraba a otros niños de su edad.

Cualquier posibilidad era un parecido a sus deducciones.

—¿Listo?

Izuku asintió emocionado.

Se le cayó la quijada de la sorpresa que se llevó al ver a un niño rubio con un vestido y falda en las fotografías. El corazón le rebobinó de golpe, desacelerando los latidos de la expectación de ver a Katsuki en otro contexto totalmente diferente del que formaba parte en las fotografías. Por un momento dudó si era el Katsuki que conocía, pero esa mirada penetrante y esa cosa que hacía con la boca cuando sus labios se curveaban en una mueca era idéntica a la del Katsuki del presente.

No tenía caso dudarlo, supuso.

¿Qué sentido tendría negar lo que claramente era el Katsuki verdadero?

—Esto no se lo he contado a nadie. Eres el primero en saberlo, Izuku.

—¿Por qué yo?

—Porque eres la dosis de alegría que Katsuki necesita en su vida y creo que el que veas su pasado te servirá para entenderlo mejor.

—Oh…

—Además, te regalo una de las fotos— Sacó una de las fotos del álbum. La que Katsuki salía con una falda con patoles rosa de tirantes y una blusa blanca muy pulcra, modelando un sombrero de sol con listones rosas que desprendían del sombrero. Sus ojos rojos poseían el mismo poder de ahora. —Guárdala de recuerdo.

—Sí.

Cuando estuvo solo, miró la foto desde su regazo y decidió guardarla en el cajón de la mesa de noche, porque el sentimiento de tener una foto tan comprometedora de Katsuki le producía una sensación de incomodidad lejos de la alegría de conocer un lado del mismo.

Además ¿Qué beneficio podría traerle esa foto?

No tenía ni idea.


Katsuki avanzaba a dos metros de distancia delante de él.

Confesaba que su manera de ser cortes con éste no era la mejor de todas, debido a su inexperiencia en la materia, pero apreciaba cada mañana que caminaban relativamente "juntos" mandaba a su humor por los cielos.

Admitía para sí mismo que era difícil mantener la cordura de no soltarse a reír por no olvidar la imagen de Katsuki en falda. Esa mañana en que desayunaron estuvo por escupir el desayuno de la risa. Era demasiado gracioso como para ocultarlo.

—Katsuki.

—No me hables—Aceleró el paso. Izuku lo siguió sin dificultad. Katsuki caminaba muy despacio para sus estándares.

—Katsuki—Presionó. Quería hablarle sobre el tema del estudio que habló con Mitsuki; solo por si acaso. No aguardaba esperanzas de que le diera chance de siquiera dirigirle la palabra, pese a que no había nadie de la escuela cerca. Aún faltaba para que comenzaran a surgir estudiantes de su escuela en el metro. —Quiero preguntarte algo.

—No.

—Es rápido.

Recibió un gruñido.

—¿Me ayudarías a organizar mi tiempo?

—¿Hah?— Exhaló exaltado.

Sus pasos se detuvieron.

—Me gustaría que me ayudaras a organizar mi tiempo. Mitsuki me dijo que te pidiera ayuda para poder estar en-

—No te voy a ayudar—Negó irritado.

—¿No me vas ayudar?

—¡No!

El rubio retomó su caminata y se alejó de él, dejándole solo; como lo hacía todos los días desde que vivía en su casa.

Tener esperanzas por alguien que lo ignoraba era tan complejo como saber organizar su tiempo debidamente.


Corría en pleno atardecer, alargando las zancadas, acompasando sus respiraciones con la rapidez que debía emplear con su cuerpo, contrayendo los músculos de sus piernas y relajándolos cuando no los necesitaba.

El sudor corría por su frente, pasando por sus mejillas, cayendo en su playera ensopada de sudor. Sus rizos bailaban rítmicos al compás de sus movimientos, elegantes pero rápidos.

Meditaba en los sucesos recientes relacionados con su convivencia con la familia Bakugo, quien excluyendo la amabilidad de los padres de Katsuki, ciertamente reflexionaba en el impacto que las palabras y el desdén de Katsuki para con el, calaban hondo y no entendía qué parte de él le desagradaba al rubio.

Había intentado ser amable, no funcionó. Intentó ser cortés e incluso caballeroso y tampoco funcionó. Intentó tratarlo a través de sonrisas y conversaciones triviales sobre deportes y no funcionó.

Sin embargo, con cada intercambio que tenía con él, le gustaba más, a la vez que se daba cuenta que su carácter era mucho más complejo de lo que este aparentaba.

Su corazón se negaba a darse por vencido en la ruta de conquistar el frío corazón del rubio, que a distancias parecía que carecía de uno.

Con una mueca de suspicacia, mantenía la imagen de los fieros ojos rojos de Katsuki mirándolo con fastidio y por alguna extraña razón lo motivaba a acelerar el paso de la corrida, aumentando el ritmo de la suela de los tenis chocar con el pavimento de la banqueta, traspasando los pequeños baches de la arena y algunos helechos secos.

Katsuki no le proporcionaba motivos de su fastidio, sin embargo, Izuku no se rendiría con solo un desplante, o en su caso, varios desplantes.

Debía confesar que ya estaba acostumbrado a los Bakugo y a sus rutinas habituales, memorizándose los horarios de Katsuki con la finalidad de evitar causarle disgustos al mismo. Cabía decir que Kota parecía el más desinhibido ante su presencia, por lo que era el que menor conversación mantenía y era difícil llegarle al chico, porque cada vez que lo saludaba en las mañanas recibía muecas de su parte.

Masaru sin duda lo trataba bastante bien, creaba conversación con él y su amabilidad sobrepasaba la cordialidad, ya que podían hablar de varios temas y no de trivialidades de la vida diaria.

Mitsuki era la que mejor lo trataba en la familia, así preparándole sus comidas favoritas, así como lavarle su ropa y asearle de manera somera el cuarto, para que cuando él llegara del pesado entrenamiento la viera limpia e impecable.

Recibir tan buenas atenciones estaba lejos de su comprensión, pero agradecía de sobremanera el gesto, ya que realmente le daba gusto saberse tomado en cuenta como parte de la familia, aun cuando ya tenía a su madre.

Con un aspecto serio, siguió corriendo con el cielo tornándose morado, hasta que la noche se asentó en el horizonte, dejándolo con el sonido de sus pensamientos agolparse unos con otros en remisión, mientras ejercitaba.

Acostumbrado estaba a correr en soledad durante las mañanas , pero cambiar la rutina un poco no alteraba su entrenamiento, o el rendimiento, que era lo esencial para la próxima pelea que no faltaba el mes.

Sacudió la cabeza.

No debía pensar en Katsuki en un momento como ese. Definitivamente lo distraía porque revivir en su cuerpo una inmensa tristeza que relucía de pies a cabeza en su cara con un gran énfasis en la luz vacía de sus ojos. En el brillo de su iris destacaba la tristeza del rechazo siendo la prueba evidente de lo desafortunado que fue aquello.

La escuela aún no olvidaba su humillación, constantemente recordándoselo cuando lo pillaban pasando por el pasillo cercano de las clases altas; excluyendo a la clas que no se burlaban de él, ya que lo apoyaban en su carrera deportiva, dejando de lado lo sucedido.

Además, tendría que arreglárselas para organizar su tiempo a falta de ayuda de parte de Katsuki, quien negó proporcionársela. No estaba enojado con el rubio por su negativa, dado a que el modo en que se lo pidió tal vez no fue el correcto y por que debía de ser algo que él necesitaba aprender por su cuenta. Era su tiempo, no el de Katsuki, ni el de nadie más.

Su tiempo, sus reglas.

He ahí su conclusión.

Sonriente, cambió la ruta, optando por subir una pendiente en el regreso de la playa, puesto a que de las dos rutas que habían. Una era del terreno plano y la otra la subida.

Eligió el camino más difícil, porque si el camino no era difícil, no valdría la pena el trabajo de recorrerlo.

Subió la pendiente sintiéndose realizado por tener el gusto de hacer algo por él mismo, luego de haberse estado comiendo la cabeza por entablar una amistad con Katsuki que en lugar de parecer una tarea fácil, comenzaba a parecer una tarea complicada.

Implicaba una especie de código o traductor integrado en su sistema para poder comprender la extrema complejidad de Katsuki, ya que por mucho esfuerzo que pusiera en la labor de agradarle al rubio, era algo lejos de su comprensión.

Igual, no se quejaba de Katsuki, pues continuaba atrayéndole. Contando los malos tratos y las indiferencias del mismo.

Ojeó el cronómetro de su celular, notando que llevaba trotando más de la hora a una velocidad moderada. El traje de sudar estaba más que ensopado en su propio sudor, bañando su cuerpo de una sensación húmeda, nada displacentera, porque sabía que era parte del labor que llevaba cargando en el lomo, debido a que debía mantenerse en forma, hasta que pudiera conseguir una pelea, ya que la pelea que supuestamente tendría en ese mes de primavera no se dio y tuvieron que cancelarla, a lo que su entrenador decidió mantenerlo en forma en lo que encontraba a un rival adecuado para él.

Izuku no emitía quejas al respecto, ya que entrenar sin una pelea próxima podía incitar a la pereza en algunos boxeadores que asistían al gimnasio, pero él no. Quedarse quieto y esperar a que le hagan las cosas era físicamente extenuante y no iba con él la idea de aguardar sin hacer nada y permitirse perder condición pese a tener diecisiete años, es decir, tenía toda la juventud por delante. Podía darse el lujo de descansar, mas la vida de constante lucha y constante estado de alerta lo llevaba a no poder encontrar el consuelo de tomar una siesta prolongada y sentarse a hacer la tarea.

Llegó a la pendiente sin mucho esfuerzo, saboreando el éxito de haberla subido teniendo en base esas cavilaciones relacionadas con el combate en espera que le quedaba en el costado.

Suponía que su entrenador se pondría en contacto con el gimnasio vecino, ya que cuando alguno se encontraba en las últimas etapas de la preparación del entrenamiento se juntaban a tener sesiones de sparring y entrenar al aire libre haciendo ejercicios de resistencia. La convivencia que se tenía con el gimnasio vecino siempre era amena, aunque al inicio no se llevaban del todo bien, por que el dueño del gimnasio era considerado el 2do mejor libra por libra por los últimos años y por muchas peleas y campeonatos del mundo no lograba tener el primer puesto.

Enji Todoroki, o como su nombre de peleador era referido como Endeavor, lideraba el gimnasio vecino con gran éxito, teniendo a buenos contrincantes y posibles campeones del mundo en la espera. Los métodos que usaba para preparar a sus boxeadores en la etapa final del entrenamiento siempre terminaban sacándole lágrimas de frustración por la exigencia que se le demandaba para concluir con la condición física que se requería en una pelea.

Enji tenía varios hijos, entre ellos a Todoroki Shouto, uno de los rivales más fuertes que ha tenido en su corta carrera del boxeo. Le decían "Shouto" porque ese era su apodo de boxeador y era uno de los prospectos más atractivos del montón. Su cabello bicolor, entre el rojo y blanco, sus ojos misteriosos y enigmáticos, la cicatriz de su rostro, su esbelta figura y complexión ligeramente robusta sin rayar en los enormes músculos que caracterizaban a los boxeadores de su categoría, su alta estatura y prominente precisión para dar los golpes lo convertían en un deportista respetable por muchos.

Izuku respetaba a Shouto verdaderamente. Admiraba su fervor al momento de golpear el costal, de hacer sombra bajo la luz del atardecer, sus ojos encendidos en determinación, los puños bien formados y cerrados entre las vendas que los cubrían, el sube y baja de su pecho regulando la respiración en el resto de su cuerpo cuando hacía sparring y golpeaba sin dudarlo un segundo.

Izuku admiraba enormemente su técnica de boxeo, pues era digna de alardear sobre ella y sobretodo, digna de ser alabada por cualquiera que fuera ávido admirador de los boxeadores y hasta los mismos peleadores se sorprenderían de su fabulosa manera de golpear a un oponente. El boxeo de Shouto suscitaba envidias entre sus contrapartes; Izuku escuchaba todo con agudeza, reconociendo él sí mismo que el boxeo de Shouto también suscitaba una envidia en su interior, mas eso no exceptuaba que consideraba al boxeador bicolor un igual.

Antes de ser su rival, era su amigo. Un amigo a distancia, ya que eso lo habían acordado para no suscitar curiosidad en ojos envidiosos y rumores falsos sobre éste, en particular, por su padre estricto.

No le hacía gracia tener que ocultar su amistad con Shouto, pero ambos consideraron que era la única manera en la que podrían nutrir su relación sin que los estímulos externos intervinieran en esta misma.

Las palabras podían mullir una relación, destrozándola. Podían marchitar una relación basada en el respeto y la igualdad de un chasquido de dedos. Podían impedir que creciera hasta transformarse en algo más que simple complicidad. Con justa razón, se mantenían aislados de los demás, por consiguiente se encontraban entre las tinieblas para intercambiarse una o dos palabras relacionadas con el próximo combate del otro.

A Izuku no le agradaba ocultarse tras las sombras para mantener intacta una amistad, pero sabía lo necesario que era hacerlo por el bien de Shouto; no por el suyo, sino por su amigo. Porque le importaba y se preocupaba por su bienestar.

Sumido en esas reflexiones, siguió corriendo hasta bañarse de su propio sudor.


El tema de los hermanos Bakugo le causaba espanto. Sumo espanto. Los dos hermanos le trataban peor que la basura en la suela de los zapatos. Era un trato del cual difícilmente podía soportar, debido a que vivía bajo su mismo techo.

Resultaba complicado huir de las críticas y los murmullos quejumbrosos que brotaban de los labios de los hermanos, quienes adoptaban una actitud nefasta hacia él cada que le veían en el comedor y en la sala (lugares únicos en lo que Izuku pasaba el rato en compañía de los Bakugo).

La convivencia era soportable gracias a los señor y señora Bakugo, quienes lo trataban como a un hijo más en la casa y de los cuales no lo atacaban con comentarios hirientes, ni le anclaban pesar en la espalda.

De momento, los causantes de su tormento en aquella casa/mansión eran los hermanos. No había otra manera de ponerlo en palabras, mas que les rehuía, aun cuando Katsuki le atrajera demasiado que la razón no tuviera ningún peso en su contra.

Consideraba su corazón como necio e inoportuno, sobretodo cuando Katsuki emitía quejas en contra de su olor a sudor por las noches, del incesante ruido de su boca al comer, de lo alto que podía llegar a ser su voz al hablar, de lo musculoso que era, de todo. Emitía quejas de todo lo que él hacía y comentaba.

No lo ayudaba en ocasiones donde se perdía entre el tumulto de gente matutina. No lo auxiliaba si perdía su lugar en el metro y tampoco le abría la puerta cuando estas se cerraban de golpe. No lo saludaba por las mañanas, ni siquiera le dedicaba una mirada de "buenos días".

Nada.

La indiferencia de Katsuki pesaba mucho sobre su cabeza, porque lo hería ser tratado con tanto desdén.

Tal es así, que comenzaba a pensar que mudarse de casa era la mejor opción que tenía en sus manos para ejecutarla sin chistar. Por lo que en uno de esos días pasó por el sitio donde supuestamente se encontraban reconstruyendo la casa que se cayó en el temblor. Llegando ahí se llevó la sorpresa de su vida al ver que el terreno estaba exactamente igual que la noche del temblor. Esperaba que al menos la entrada estuviera reconstruida, mas no había cambios, no había un milímetro movido del terreno.

Con la quijada caída de su lugar, los ojos salían de sus cuencas en una mezcla de asombro y desconcierto.

«No es posible que la casa esté igual» Pensó. «¿Acaso mamá no ha estado al tanto de la reconstrucción?»

Sacudió la cabeza.

No podía creer que todavía seguiría viviendo en el calvario fraternal de los Bakugo, de los que no hallaba modo de esconderse del grave trato que le propinaban. Encorvado entró a la casa, sin molestarse en dirigirse al gimnasio, pues la incredulidad pudo más que lo rutinario.

Por suerte, pilló a su madre en su día de descanso del restaurante.

—¡Mamá!

—Hijo, ¿Qué haces aquí? ¿No irás a entrenar?— Comía una galleta de mantequilla, sorbiendo de un café humeante en compañía de Mitsuki.

Izuku saludó a su madre, seguido de Mitsuki.

—Pasé por la casa y está en las mismas condiciones que el accidente— Comentó. —¿No se supone que deberían de estar arreglándola?

—Ah, sí. Pero-

—Yo pedí que no la arreglaran— Intervino Mitsuki, sonriente. Izuku le lanzó una mirada sorprendida.

—¿Qué? Pero, no podemos quedarnos aquí indefinidamente.

—Prefiero que se queden aquí a que se muden.

Su madre, apenada, miró con gesto comprensivo a su hijo.

—¿Por qué? Katsuki y Kota me odian. No me soportan

—Mis hijos idiotas no deberían de concernirte, Izuku— Afirmó Mitsuki, en gesto despreocupado. —Opté por que te quedaras aquí por tu entrenamiento. Si te quedas tendrás las atenciones que mereces para tus futuras peleas: comida, una cama, un techo.

Izuku apretó los dientes, debatido sobre si seguir la razón de mudarse de esa casa y olvidarse de los malos tratos de los hermanos; o, quedarse a vivir otro tiempo con los Bakugo por que tienen los medios para nutrirlo y dejarlo descansar más que en sus otras circunstancias.

Se mordió el labio, indeciso. Personalmente no quería oír a Katsuki decirle esos adjetivos:

"Inútil"

"Nerd"

"Imbécil"

"Idiota"

Si los volvía a escuchar se rompería a llorar.

Si los volvía a palpar entre su canal auditivo terminaría reclamándole a Katsuki el motivo de sus adjetivos.

Mitsuki notó el cambio drástico de su semblante, seguido de eso, su madre, quien se acercó a él, abordándolo con la mirada gentil.

—¿Qué sucede, hijo?

Los hombros de Izuku temblaron, sacudiéndose a los lados.

—Sé que se preocupan por mi pero no sé qué decidir— Musitó trémulo. —Katsuki y Kota me detestan. Me dicen nombres, se burlan de mi, me insultan. No lo soporto. No quiero estar en esta casa si me tratan como una basura.

—Mis hijos— Masculló Mitsuki entre dientes. —¿Qué te dicen?

Su madre lo abrazó como medio para consolarlo. Entonces, Izuku reveló los nombres que le pusieron los hermanos Bakugo, sumándole las miradas de indiferencia, el desdén de su tono, el desasosiego que le producían sus actitudes.

El semblante de Mitsuki se iba tornando sombrío, endureciendo sus facciones delgadas y afinadas, cobrando un aspecto tenebroso.

—¿Eso te han hecho mis hijos?—Su voz sonó como el filo de un cuchillo.

Izuku asintió velozmente. La vio empuñar las manos con ímpetu. —Pagarán por lo que te hicieron.

—¡No! No se tome esa molestia.

—Claro que lo haré. Eres parte de la familia, Izuku. Es obvio que te ayudaré en lo que necesites.

Izuku la miró con ojos lagrimosos, pese a que su madre lo abrazaba, transmitiéndole su preocupación por él, así como su amor; aquel que nunca cuestionaba, y que aceptaba sin reproches.

—Gracias, pero intentaré manejarlo por mi cuenta—Se forzó en decir, aun cuando su voz lo delató por completo. Se entrevieron las sombras que pululaban en sus adentros.

—Confío en que lo puedes hacer, Izuku, pero tendré que intervenir porque mis hijos no te están tratando como debe de ser. Yo no les enseñé a tratar a la visita de ese modo.

Rendido ante las muestras de cariño de ambas mujeres, agradeció el gesto, aun cuando no quería que Mitsuki interviniera en el lazo de los hermanos, porque sabía que se molestarían y Katsuki lo trataría con mayor indiferencia que antes.

Izuku ya no quería seguir siendo el saco de boxeo de los hermanos Bakugo. En el pasado, había tenido suficiente con ser la burla de sus compañeros durante gran parte de su juventud como para ser pisoteado mil veces por quienes lo dejaban permanecer bajo el techo de su casa.

A Izuku no le agradaba ser la burla de las personas, ni que le pusieran apodos, ni que se burlaran de su dedicación en su deporte favorito.

Por medio de esas burlas se percató que Katsuki tiene una personalidad horrible; su humor es tan agrio como el ácido del limón persa, pues cualquier gesto de repulsión que ejercían sus cejas fruncidas denotaba que hubiera comido un limón a secas.

Además, su voz al insultarlo, cobraba un tono áspero, despectivo, feroz. Al hacerlo, sus ojos se tenían de una capa oscura de frialdad, que acompañaba en perfecto balance el disgusto que Izuku le causaba a dicho rubio.

Sin embargo, no evitaba pensar que la repulsión que Katsuki profería hacia él podía deberse a otro factor bastante obvio, que no había considerado hasta ahora, es por que a Katsuki no le gustan los hombres, sino las mujeres. Tal vez el motivo de su odio es que lo encuentra repulsivo.

Tener a la persona que intentó dos veces confesarse y que las dos veces terminaron en un intento fallido, seguramente es la razón de tales tratos de parte del rubio.

Llegados a ese punto, Izuku sabía que no podía escapar de sus errores, sino que debía aceptarlos aunque Katsuki todavía provoque sentimientos en él. Son sentimientos que no tienen dirección, ni aceptación, ni oportunidad. Son sentimientos que para ojos ajenos son vacíos y ridículos, pero para él son sentimientos que aprecia por como son, y no por cómo los ven la gente; además, él no se detendría por que Katsuki se lo dijera de mil y un maneras.

A fin de cuentas, son iguales, aun cuando Katsuki no lo vea de esa forma. Son iguales por el sólo hecho de ser humanos. Y eso nada ni nadie lo podían cambiar.

Esa era su visión, si Katsuki lo veía como un estorbo, no había nada que pudiera hacer para cambiar la perspectiva del rubio, pues no se entrometía en limites donde cruzarlos afectaría su estancia en la casa de los Bakugo, por consiguiente, preocupando a su madre.

Por eso Izuku no hacía nada para corregir a los hermanos en que él no era un inútil para no meterse en problemas y que estos derivaran a un evento desafortunado con su madre, que entorpeciera su rendimiento y su estado anímico, del cual se esforzaba por preservar en las mismas condiciones en las que estaba de momento.

Por otro lado, sintió que había tenido suficiente de los desplantes de Katsuki cuando se hubo metido en la estación del metro aquella mañana y por razones que aún desconoce, le dio el paso a un señor mayor antes de ingresar al transporte, pilló que las puertas estuvieron a punto de cerrarse, llamó al rubio que las detuviera, ya que éste estaba en el mismo compartimento que el señor que había ayudado, pero lo ignoró, asimismo cerrándose las puertas tras sus narices, perdiéndose el transporte, a consecuencia de esto, llegó tarde a las clases, ganándose su tercer retardo, mismo que terminó en un castigo.

¡Su primer castigo en tres años de clases!

La indignación superó con creces su usual buen humor. Katsuki se había pasado de la raya en dejarlo plantado en el metro por tercera vez en el mes que llevaba viviendo con su familia.

Obtuvo tres retardos que en su vida escolar había tenido. Encima de eso, lo pusieron a limpiar los pasillos con una simple escoba que se doblaba con cada movimiento, y trapear el piso con un trapeador de mal olor y pésima pinta. Las hebras ennegrecidas despedían un aroma a humedad que rasgaba las entradas de sus fosas nasales de sobremanera.

En el descanso entre clases, abordó a Katsuki en el mismo sitio en que hablaron cuando intentó confesarse la segunda vez. Lo encontró solo.

La turbación en su rostro fue evidente.

—¿Qué quieres, imbécil? Te dije que no me hablaras en la escuela— Sus protestas murieron en la punta de la lengua al momento en que Izuku lo tomó por los hombros, empujándolo hacia atrás. Sus ojos rojos se abrieron, divisando su figura. —¿Quién te da el derecho de tocarme? ¿Eh?

—Estoy cansado de tus malos tratos— Expresó.

—Quién diría que el gran idiota de la sonrisa de perdedor se podía enojar—Mofó con una sonrisa ladina que incrementó su desazón. Izuku se advertía arder de frustración e impotencia.

—Me has tratado mal desde que llegué, aun cuando es probable que yo mismo te di razones para odiarme.

—Tu estúpida presencia es suficiente para molestarme, estorbo.

—Pero—Apretó sus hombros, externando su sentir. Sintió a Katsuki tensarse entre la palma de sus manos; sus hombros eran moldeables y vaporosos al tacto. Se podían apreciar las fibras de sus músculos apretarse y relajarse, moverse a la tangente de las fuerzas externas. No era tan fuerte como creía que era. —No merezco que me dejes atrás. Yo también puedo estar a la par contigo. Somos personas, humanos.

—No me metas en la misma página que la tuya— Contrarrestó, superior. —No somos iguales.

—Te equivocas. Los dos somos iguales, quieras o no. Merecemos un trato igualitario y justo.

—No lo tendrás de mi, idiota. Eres una piedrecita en medio de mi camino.

Izuku frunció las cejas, formando una mueca en sus labios.

—¡Tengo dignidad, Katsuki!—Vociferó.—No me trates tan mal, si no te he lastimado. No busco hacerte daño. Jamás. Te aprecio aunque no creas la mitad de lo que digo.

—Eres realmente molesto.

—Entiendo que sea molesto, pero no quiero que me trates mal. Yo quiero llevarme bien contigo.

—Ya te dije que yo no.

—Por favor, Katsuki—Pidió sinceramente.

El aludido soltó un gruñido, apartando su feroz mirada de la suya en señal de desafío.

—Eres molesto—Refunfuñó, haciendo un mohín.

A su ver, fue lindo.

—Pero, quiero llevarme bien contigo— Se sinceró, torpe.—No podemos estar peleados todo el tiempo.

—Entonces, salte de mi casa.

—No puedo hacer eso.

—Sí puedes, pero no quieres, porque te gusto— Lo abrasó con la mirada fiera. —Deku.

—Katsuki— Lo soltó de los hombros, retrocediendo ante la mención de su apodo, que paralizó sus extremidades. ¿Cómo se había enterado de su apodo si no se lo mencionó?

Una sonrisa triunfante brotó de sus labios.

—¿Cómo sabes eso?— Interrogó Izuku, conmocionado.

Su sonrisa se amplió a ambos extremos, otorgándole apariencia de un villano satisfecho con su cometido.

—Alguien me lo dijo.

Izuku parpadeó rápidamente mostrando indices de temor, alimentando la satisfacción del contrario, quien con su mentón alzado, exponía superioridad.

—¿Alguien?

Sus amigos no pudieron haberlo hecho. Su madre tampoco (ella jamás lo delataría, sabiendo lo mucho que sufrió por ese apodo).

—Así que te dicen "Deku", ¿eh? Te queda el sobrenombre. Te voy a decir así de ahora en adelante, ya que no te queda tu nombre.

Izuku apretó los labios en una fina línea. —Es mi nombre de boxeador—Admitió. —Pero Deku no significa inútil, significa alguien que da su mejor esfuerzo.

Katsuki rió a lo alto.

—Deku significa alguien que no puede hacer nada. Eso es lo que eres.

Nadie le habían vuelto hablar de esa manera desde la secundaria. Se advirtió entristecer en segundos, pues el modo en que Katsuki pronunció su apodo fue de la misma manera en que sus compañeros se lo decían.

No iba a fingir que no dolió, porque no mentía, aun cuando se burlaban de él a expensas de sus sentimientos.

No obstante, haría lo que fuera para que se llevaran bien, aunque Katsuki se negara. Sabía que no podía obligarlo, pues lo respetaba, pero Katsuki cruzó la raya al usar su apodo en su contra.

Necesitaba darle una probada de su propia medicina.

—Puede que sea un inútil a tus ojos— Manifestó Izuku, cauteloso.

—Lo eres.

—Pero, al menos yo no confundo los uniformes.

Katsuki frunció el ceño. —¿Qué quieres decir?

—Yo no uso uniformes de chicas— Retrocedió dos pasos, tocando el borde de su saco donde aquella foto del rubio en falda se encontraba.

—¿Huh? Yo tampoco.

—Al menos yo no usé falda.

La calma de Katsuki desapareció en un instante. Palideció.

Era la primera vez que lo veía perder la compostura de superioridad que había sembrado en todos con su actitud y porte.

Era algo nuevo, distinto. No le sentaba mal verse en un aprieto.

Izuku sacó la foto del bolsillo de su traje, mostrándosela sin ninguna reserva. Katsuki perdió el color del rostro, sus ojos miraban con horror la fotografía, su boca cayendo de su quijada.

—¿Cómo es que tienes eso, bastardo?— Se abalanzó a agarrarla, mas Izuku lo esquivó fácilmente. No cedería por que Katsuki corriera tras él.

—Tú madre me la dio— Sonrió mañoso.

—¡Esa bruja…!— Empuñó las manos, enfurecido. —¡Dámela, idiota!

Izuku esquivó y bloqueó sus ataques, aprovechándose de sus reflejos, los cuales impedían el logro del rubio de arrebatarle la fotografía de las manos. Sin embargo, halló divertido el cambio de aires que experimentaba viendo una faceta distinta de Katsuki, lo que lo volvía tan atractivo a sus ojos.

Rápidamente guardó la fotografía en donde estaba, regresándose a Katsuki portando una actitud solemne dentro de la emoción que le producía el tener a Katsuki viéndolo por una vez a la cara. Podía apreciar las formas redondas de sus mejillas ligeramente sonrosadas, la blanca tez que aludía a la porcelana en su finura, la menuda forma de sus dedos estirarse para atrapar la fotografía, la figura agradable y sumamente atrayente del rubio, los mechones rubios que brillaban a la luz del sol y encandilaban la vista, la pulcritud de su uniforme adherido a su cuerpo.

—Te la devolveré si me enseñas a organizar mi tiempo—Condicionó firme. No flaquearía por que le gustara el rubio.

—¿Hah?— Espetó indignado.

—Quiero aprender a organizar mi tiempo para poder entrar a los mejores cincuenta. Tengo una pelea cerca de la época de los exámenes y por mi falta de organización no he podido ingresar en la lista. Este año quiero alcanzar esa meta.

Katsuki lo ojeaba, incrédulo. Suspiró, recuperando la compostura.

—Bien, te ayudaré— Accedió, poniendo un puño cerca de su boca, en signo de estarlo meditando. —Pero de una vez te digo que es imposible.

—¿Qué?

—Es imposible que alguien de la clase F entre en la lista de los mejores cincuenta. Se necesitaría de una intervención divina para que lo logres.

—No es imposible para mi. Es sólo organizar el tiempo.

—Para eso, requieres de disciplina y dedicación.

—La tengo.

—Y puntualidad.

—La tengo también.

—Con tres retardos no creo que la tengas— Burló.

Izuku dejó pasar aquella mención de sus retardos, pues se encontraba bastante incómodo por haber obligado a Katsuki a que le diera asesorías de organizar el tiempo en base a un chantaje muy simplista. No obstante, era demasiado tarde para retractarse, por lo que optó seguir con la movida.

Esa misma noche después de cenar los cinco, Katsuki retiró sus platos primero que el resto.

—Prepara bocadillos para el cuarto de Izuku— Anunció a su madre, tras regresar de la cocina.

—¿Para qué?

—Voy a estudiar con el nerd—Ojeó a Izuku con reticencia, quien detuvo el feroz movimiento de sus palillos en el plato de Karaage.

—¿Qué?—Espetó Izuku con la comida en la boca.

Katsuki puso los ojos en blanco.

—¡Ah! Sí, sí. Vamos a estudiar juntos— Agregó a la mirada de incredulidad del resto de la mesa.

Mitsuki pestañeó unos instantes, mas dispuso una sonrisa de orgullo tras reponerse. Masaru se limitó a sonreír, Kota a poner cara de perturbación y su madre simplemente lució sorprendida, mas rápidamente terminó sonriendo por su hijo.

—Es bueno que se estén llevando bien—Dijo Mitsuki.

—Sí madre— Replicó Izuku.

—Me alegra que por fin estén en mejores términos.— Añadió su madre con una sonrisa, que Izuku devolvió.

—¡No nos estamos llevando bien!— Alegó Katsuki.

—Sí, mamá— Tropezó Izuku con sus palabras, pues Katsuki lo interrumpió justo antes de hablar.

—Oi, apresúrate— Lo llamó Katsuki desde el umbral de la puerta, con los brazos cruzados y los labios formados en un mohín.

—¡Sí!—Cogió el plato de Karaage y vegetales asados y subió al segundo piso detrás de Katsuki.

Tras sentarse en el cuarto de Izuku, donde el rubio lo observaba silencioso, Izuku se movía asaltado por los nervios que suponían tener Katsuki en la misma habitación que él.

Acomodó un cojín en la mesita de trabajo que yacía pequeña en el suelo, añadiendo un gran número de libretas y libros en la planicie de la mesa, tomando plumas, lápices, borradores, post-its , etc.

—No necesitamos tanto para trabajar— Comentó el rubio, ojeando la mesa de trabajo con reserva e indiferencia.

—Es por si acaso— Riéndose con una mano tras su nuca. Posteriormente siguió terminándose el plato de Kaarage.

—Tonto— Murmuró, tomando asiento en el cojín que le proporcionó.—¿Con qué tienes más dificultad?

Izuku se sentó frente a él. —¿Eh?

Katsuki lo miró con esas orbes penetrantes y volvió a repetir la pregunta.

—Ehm, pues tengo dificultad organizando mi tiempo para hacer mis tareas en la tarde, porque estoy casi toda la tarde en el gimnasio. Y a veces ayudo a mamá con el restaurante.

—No te pregunté qué haces, sino qué se te dificulta—Bramó.

—Podría decirse que son las tardes—Simplificó.

—Las tardes— Repitió pensativo. De pronto, agarró una hoja de la libreta más próxima, con la pluma comenzó a escribir. —¿Cuánto tiempo estás en el gimnasio?

—Dos horas— Katsuki enarcó una ceja. —De cinco a siete entreno, luego voy a correr para enfriarme durante una hora. Termino a las ocho. Después regreso al gimnasio, hago estiramientos, me cambio y me voy caminando a la casa. Esta casa—Especificó lo último.

—¿Tres horas de tu tarde desperdiciadas en un deporte de criminales?—Inquirió pesimista.

—No— Frunció el entrecejo. —El boxeo no es esa clase de deporte. El boxeo es un arte. Es disciplina, constancia, esfuerzo, dedicación.

—No pregunté eso y tampoco quiero saberlo.

Se palpaba una tensión agravante en el rubio que no quiso ingresar a su barrera. Resultaba bastante complicado comprenderlo y conocerlo. Katsuki parecía estar rodeado por una muralla impenetrable por todos los lados de su hemisferio corporal. Ni un rasguño, ni una grieta se formaba en medio de sus conversaciones, de las que Katsuki no quería formar parte.

—Está bien— Aceptó Izuku, cabizbajo.

—Aprende a distribuir los tiempos en determinadas horas—Ordenó Katsuki. —No lo gastes todo en el gimnasio. Según la bruja, necesitas dormir ocho horas y tener una dieta llena de calorías porque peleas.

Izuku jadeó perplejo. ¡Katsuki prestaba atención sobre sus asuntos! No podía sentirse más contento que eso. Sonrió. —Sí—Katsuki le dio un vistazo y se volvió hacia la hoja y siguió anotando con la pluma en forma ordenada.

—Corta el tiempo que usas para correr por la tarde y cámbialo a la mañana— Instruyó. —Tendrás mayor oportunidad para hacer la tarea a esa hora. Inténtalo.

—Supongo que lo intentaré.

—No supongas, hazlo.

Izuku sonrió afirmando lo dicho. De pronto, Katsuki lo miró de forma extraña, que no supo registrar del todo, pues la redondez de sus orbes rojas lo absorbían de sobremanera, vaciándolo y llenándolo como un vertedero.

En lo poco que llevaban de conocerse, Katsuki no lo había visto de esa manera. Parecía como si sus ojos le inyectaran una ráfaga de calor. Una onda de electricidad que chocaba en su cuerpo e inmediatamente pintó sus mejillas de rojo. Las pestañas alargadas y finas del rubio aludían a una luz bañada de fulgor.

Se sintió encender entre el verdor de sus cabellos y ojos rociando la blancura de su piel.

—¿Por qué me observas tanto, Katsuki?

—¿Huh?— Frunció. Enseguida apartó la mirada de él, disgustado. —¿Quién querría verte, idiota?

—N-no, es que, es que me estabas viendo mucho. No supe qué pensar— Rió nervioso.

—No hice eso—Negó.

—Pero-

—Cállate. Sólo haz lo que te digo y no me molestes—Indicó, señalándolo con el dedo índice con un claro dejo de fastidio.

—Sí.

—Ahora—Hojeó la página de la libreta y continuó anotando en la hoja de forma veloz. —Pasaremos a estudiar.

—¿Estudiar?— Articuló perplejo.

—Dijiste que quieres entrar en la lista de los mejores cincuenta— Expuso con el menor interés. —Necesitas estudiar. No entrarás con ese cerebro tuyo.

Izuku abrió los ojos llenos de brío. ¿Acaso Katsuki lo miraba de esa forma?¿Por su clase? Le dolió saber que Katsuki lo tenía en mal concepto por estar en la clase más baja del instituto.

El rubio le entregó la libreta indicando que contestara las ecuaciones que había formulado; Izuku las ojeó empecinado en demostrar que no era quien aparentaba ser.

Contestó las ecuaciones, sabiéndose observado por el rubio, quien lo escudriñaba de esa forma extraña, de la que no sabía descifrar en su totalidad, ni en el mínimo detalle, pues la extrañeza con que sus pupilas se posaban en él lo ahondaban, lo abanicaban.

Una vez, entregándole las ecuaciones, vio la ligera sorpresa en sus ojos. Enseguida se recuperó al saberse visto por él.

—Eran ecuaciones sencillas. Te pondré otras más difíciles. A ver si eres tan inteligente como presumes.

Izuku sonrió discreto, pues no intentaba sobrepasar las barreras que el rubio claramente tenía impuestas. Las esquinas de sus murallas no se escarapelaban con palabras bonitas y buenas intenciones. Eso era obvio. Tendría que haber algo más que penetrara sus murallas que la simple superioridad del flirteo.

Izuku contestó la siguiente serie de ecuaciones sin limitarse a mover rápido la pluma, ni a evitar murmurarse a lo bajo si meditaba su respuesta. Sin contratiempos, tuvo las respuestas correctas. Y Katsuki no hallaba manera de contrarrestar su habilidad. Se hallaba, pues en una posición difícil de zafarse.

—Estas operaciones las contesta la clase C sin problema, pero tú las contestas como alguien de la clase C o la B. ¿Cómo carajos estás en la clase F?

—Originalmente fui seleccionado para estar en la clase A— Katsuki se crispó ante aquella información. —Pero pedí que me trasladaran a la clase F por motivos de mi entrenamiento. En ese entonces, necesitaba desesperadamente entrar en el torneo regional de boxeo y apenas había encontrado al entrenador de mis sueños. Mi ídolo de toda la vida: All Might— Los ojos de Katsuki se alumbraron en lo último.

—¿El de las películas de acción?

—¡Sí! Antes de ser actor fue un boxeador de peso pesado muy reconocido en su época. Cuando se retiró se dedicó a hacer películas, no obstante, nos encontramos en la calle de casualidad y yo como un adolescente de catorce años que no tenía futuro en los guantes, necesitaba alguien que me guiara. Al principio se negó, pero después de que salvé a un compañero de ser atacado por un criminal, fue que decidió ser mi entrenador. Y a partir de ahí, puse la escuela en segundo plano. El deporte era primero.

Katsuki esbozó una mueca.—No pedí que me contaras tu historia—Quejó. —Aunque tampoco debiste poner los estudios de lado. Son importantes. La bruja diría que es tu futuro.

—Lo sé, pero cuando tienes una meta inalcanzable al frente. Es inevitable correr hacia ella.

Katsuki se vio contrariado por un momento, mas no articuló nada. Había estado muy hablador hacía unos momentos y al dejarse llevar por la emoción, enseguida interpretó que cruzó una línea que no debió haber cruzado.

El silencio de Katsuki lo atestiguaba rotundamente.

Sin embargo, Izuku no presionó el tema y tomó en consideración la instrucción de Katsuki, cambiando la hora de correr por las noches a las mañanas, despertándose a las cinco de la mañana con toda la dedicación que depositaba en sus metas.

Cruzar terrenos inhóspitos significaban peligro en su diccionario, puesto que involucraba sobrepasar la escasa confianza recién adquirida con el rubio. Si es que podía llamarle así, ya que la razón por la que entablaron conversación en primer lugar fue por el chantaje ejercido por Izuku, que en su dolor, buscó un método poco convencional para darle una probada de su propia medicina al rubio, por los insultos y los adjetivos ofensivos que le decía.

Izuku no estaba en posición de tolerar esos tratos, aun cuando Katsuki le gustara. Katsuki debía saber que a pesar de ir en salones diferentes y pertenecer a clases sociales distintas, eran iguales. Quisiera o no entenderlo. Son humanos. Merecen un trato digno.

A los cuantos días de aplicar la nueva rutina que Katsuki impuso sobre él, su entrenador se percató del cambio.

—¿Por qué no estás corriendo en las noches, joven Midoriya?—Lucía extrañado.

Izuku golpeaba el costal que se usaba para los golpes de poder, pues era uno alargado como una salchicha y pesado como un saco de rocas. Bastaba un puñetazo recto para sentir los nudillos torcerse y anestesiarse del dolor.

—All Might— Entornó los ojos hacia éste. Izuku llamaba a su entrenador por su apodo de boxeador, mas su nombre en realidad era Toshinori Yagi. No obstante el llamarlo de ese modo era raro, ya que decirle por su nombre de pila indicaba una cierta intimidad entre ellos. Decirle por su apodo indicaba la admiración que aún sentía por éste. —Lo hice para aprender a organizar mi tiempo— Dijo entre bocanadas de aire. —Quiero entrar a los mejores cincuenta.

—Ah…—Suspiró. —Espero que eso no te distraiga de la próxima pelea.

—No.

—Los chicos del gimnasio de Endeavor vendrán el próximo fin de semana a perfeccionar los últimos detalles.

La cara de Izuku se iluminó.

—Así que quiero que estés en tu mejor forma para cuando vengan. Te tocará hacer sparring con el hijo de Endeavor. Da tu mejor esfuerzo.

—¡Sí!

¡Qué emoción! Tiró un jab que impacto contra el costal; luego otro y otro. No se detuvo. Vería a Shouto después de varios meses de no entrenar juntos.

—Cuando termines, pasa a saltar la cuerda—Indicó su entrenador.

Izuku esperaba que reunirse con Shouto lo ayudaría a sentirse mejor de lo vivido en los primeros días que pasó en aquella casa/mansión, de la cual ya se encontraba más que adaptado.

Sonriendo, terminó el round del costal pesado y cambió a la cuerda.

Si bien, no podía decir que no extrañaba correr en la playa por la noche, porque mentiría. Extrañaba oler el aroma de la brisa del mar en medio del vasto silencio que sumido a sus pensamientos aplacaban de sobremanera su ruidosa mente.

Pero por otro lado, el tiempo de hacer tarea le alcanzaba bastante bien, asimismo terminaba las tareas a la hora de la cena, y dormía temprano. No pasaba por las constantes preocupaciones de hacer la tarea en las noches, resultando en esto que durmiera poco.

—Ten— Le dijo Katsuki a finales de la sesión.

—¿Qué es esto?— Cuestionó tras tomar la hoja impresa que estaba ordenada en forma de calendario.

—Tu horario— Coaccionó con las cejas alzadas en un nudo. —Lo seguirás tal como viene ahí—Indicó con la mirada. —Si no lo haces, reprobarás ese examen aunque seas moderadamente inteligente.

El «Moderadamente» hizo eco en su cabeza. Fue muy tupido y a la vez alargado, porque el énfasis que ejecutó con su tono hacía que entendiera la relevancia que tenía seguir el plan al pie de la letra, en lugar de cuestionar los diferentes motivos que pudo tener cuando realizó el horario. Quizás tomó en cuenta su manera de distribuir sus tiempos horrendamente, o el tiempo que consumía gran parte de su tarde en el gimnasio para que tuviera la oportunidad de estudiar acorde con su objetivo.

Aunque según Izuku, Katsuki lo elogió en decirle que era «Moderadamente inteligente», que lo tomó como algo positivo, lejos de preocuparse de la intención inicial del rubio.

—Viendo el horario, debo de estudiar en cualquier parte— Comentó, ojeando el horario.

—Lo tienes que hacer, aunque no quieras—Aseveró con gesto severo. —Aprenderás todas las fórmulas, llevarás tus notas hasta el baño. Jamás sueltes tus notas. Son importantes. ¿Entendiste?

Izuku asintió, tragando saliva.

Le esperaba una larga jornada de estudio con ese horario en el que no le hallaba sentido en cuanto al por qué Katsuki decidió hacerlo en primer lugar, si no se lo pidió. Sin embargo, optó por no preguntarle sobre la razón por la cual hizo el horario. Lo seguiría, pese a ello.

—Eres bastante obediente para ser un Deku— Adujo en tono burlón.

Izuku, sin saber cómo tomarse aquello, enmudeció. Simplemente lo miró. Las intenciones de Katsuki eran un completo misterio para él. Descifrarlo lo distrajera demasiado de su meta inicial.


El plan impuesto por Katsuki funcionó de maravilla. Izuku no podía estar más contento con eso, puesto a que sentía que la conversación con Katsuki no sonaba tan tajante como al principio y por que redujo la cantidad de insultos contra él, lo que hacía que la sonrisa de Izuku iluminara todo a su paso.

Rara vez, Katsuki lo miraba de esa forma extraña que no sabía descifrar, por lo que lo dejaba pasar. Atreverse a averiguarlo le rompería la cabeza. Se concentraría en ser un buen estudiante y en entrenar lo mejor posible. No había espacio para errores. Necesitaba comprobarse a sí mismo lo lejos que podía llegar si se proponía metas ambiciosas que también inculcarían mejores hábitos en él, que recurrir a sus cavilaciones, que en muchas ocasiones lo distraían en la flor de la nueva rutina que refulgía en todo su apogeo.

Al cabo de un día previo a la semana de exámenes, él y Katsuki hacían un último repaso de los temas que vendrían en el examen. Katsuki le había diseñado un examen donde abarcaban las materias que el examen se enfocaba, incluyendo los contenidos que ahondaron durante las tardes que pasaron estudiando, comiendo uno que otro bocadillo que Mitsuki les traía con mucho gusto.

—Si tienes la mayoría de las respuestas correctas, pasarás el examen— Le indicó.

Izuku tomó el lápiz, echándole un buen vistazo a la primera hoja. La letra de Katsuki era muy pulcra, delineaba una finura que no se comparaba con ninguna otra caligrafía antes vista por él. Repasaba con sus pupilas la delicadeza de los trazos ejercidos por esa muñeca delgada y afinada que se alargaba como ramas, cobrando espesura conforme llegaban a sus hombros detallados y redondos.

Escalaría los senderos de sus brazos si pudiera, trazándolos, explorándolos. Haría falta que sus impulsos no lo delataran en el ocaso del examen, pues sus ojos inmediatamente se centraron en el recorrido sus brazos, partiendo desde la muñeca.

La simpleza de su forma acompañaba con rebosante detalle la facilidad con que bastaba su mano entera para rodearla y que hubiera espacio de sobra.

Así de diminuto le resultaba la simpleza del rubio.

Sin más que admirar, porque Katsuki lo pillaría en su acto de contemplación, contestó el examen, concentrándose en sus respuestas y en leer bien las preguntas, en caso de dejar algo de lado.


—Terminé— Dijo al cabo de una hora.

Al no obtener respuesta, se volvió hacia Katsuki, quien tenía la cabeza recostada sobre sus antebrazos a modo de almohada.

—¿Katsuki? ¿Estás dormido?— Acercó la punta del lápiz, toqueteó su brazo, subió al trazo de sus mejillas y tocó esa parte. No hubo respuesta. Katsuki estaba dormido.

Recordó que estudiaban a partir de las ocho y media, hora en la que Katsuki dormía, y terminaban a las diez. No le sorprendió que Katsuki cayera rendido a esa hora.

Izuku movió el examen contestado, colocándolo a lado de éste, buscando de todos los modos posibles de no despertarlo. En lo poco que llevaban de conocerse, si es que podía clasificarse como eso, no lo había visto dormir. Lo había ojeado silencioso, gritando a todos lados su inminente frustración, lo había pillado formar su característico ceño fruncido y la manera en la que sus cejas se anidaban en el centro de su frente y la piel se arrugaba, juntándose en un solo lugar.

Lo había llegado a ver leer, escribir, comer, caminar, jugar tenis, correr en la pista de tenis junto al equipo, enojarse con Mitsuki, ignorar a su padre, hablarle de modo mecánico a su madre en señal de pura cortesía forzada, de enfurecerse con él y de mandar a volar todo lo que lo molestaba con sus palabras tajantes que lastiman.

Lo ha visto en muchas facetas, pero en esa no.

Puso la palma de su mano sobre su barbilla y lo observó. Se miraba tan calmado, impasible.

Suspiró.

Su ceño fruncido relajado denotaba el pacifismo incidiendo en sus facciones, a pesar de ello, realizaba lo lejos que Katsuki estaba de él. Permanecía incansable, pese a tenerlo a menos de un metro de distancia.

Katsuki con sus gritos y desplantes, con sus ceños fruncidos y sus miradas desdeñosas, con su caminado tajante y sus ojos fieros, es hermoso.

Enfrascado en verlo, no contempla el momento en que se queda dormido con el pensamiento flotante de que deseaba con todas sus fuerzas estar a su lado.


Al día siguiente, despertó con Katsuki aún dormido, pese a que la alarma sonaba y los rayos del sol encandilaban la vista. El calor penetrante sopesaba sobre los hombros entumecidos de Izuku, que a dura penas, estiró los brazos, sintiéndolos pesados. Los párpados caían en estupor. Haber dormido sentado lo dejó entumecido de todas partes del cuerpo.

Dio un ligero bostezo, parándose de la mesa y bajó a la cocina. Estaba vacío el comedor. ¿Y los demás? No pudo evitar preguntarse si era el único despierto en toda la casa, pues no oía los ruidos de Mitsuki preparar el desayuno, ni a Masaru hojeando el periódico, o a su madre reír con su amiga de la infancia, ni a Kota bufar.

Sorprendido, se encaminó a preparar un poco de café, sabiendo que era lo único que bebía Katsuki por las mañanas antes de partir a correr.

Preparó el café que sólo él sabía hacer, porque Izuku no sabía hacer muchas cosas en la cocina, pero preparar café era lo que le salía sin estropear ni un plato.

El aroma hipnotizante de la bebida era dulce con ciertos tintes de amargura. Las notas que destilaba en su contenido humeante.

Oyó pasos y alzó la cabeza.

—Buenos días, Katsuki— Saludó, complacido de verlo.

Éste asintió parco.

—¿Quieres café?—Ofreció.

Lo vio dudar una fracción de segundo, luego se compuso y asintió. Katsuki tomó asiento en el comedor, estirando los codos en el borde de la mesa.

Sus ojos amodorrados le daban una apariencia menos difícil de acercarse. Lo escuchó bostezar, agachando la cabeza, entrecerrando los párpados.

—Tu examen— Dijo.

—Dime— Vertió el café en las tazas afeminadas que su madre había comprado de una tienda de repostería. Eran de color rosa pálido de fondo y flotaban unas flores de diversos colores en el derredor de la taza.

Izuku le tendió la taza, que Katsuki aceptó con cierta desconfianza. Miró el café con imperiosa energía.

—Pasaste el examen. Sacaste todas las respuestas bien— Concluyó, aún escrutando el contenido humeante que desprendía de la taza, sin el menor recato de detenerse.

Izuku sonrió, con esa sonrisa boba y esos ojos expresivos que abarcaban todo el lugar.

—Eso es bueno— Murmuró Izuku.—No creí que me fuera a ir bien, aunque no es que no sepa estudiar. Mamá me considera capaz de pasar todos los exámenes que se me presenten, pero como puse mi carrera deportiva por encima de todo, dejé gran parte de los estudios en segundo plano, ya que eso impediría que entrenara tanto tiempo como lo hago ahora; además tengo pelea este próximo fin de semana, y entrenamiento de cierre, del cual no me puedo perder. Es importante. Estarán los peleadores de Endeavor en nuestro gimnasio. Será imperdible. Los encuentros que tenemos con sus peleadores son siempre buenos para el cierre de la preparación.

—Oi, cállate— Espetó Katsuki, frunciendo. —Haces mucho ruido.

—Oh, sí— Se rió por los nervios. —Perdona. No lo hago a propósito. Es un hábito que tengo para recordar las cosas que no debo olvidar. También lo utilizo para analizar a los boxeadores que me llaman la atención.

Katsuki lo fulminó con la mirada. Su café estaba sin beber. Intocable.

Entendió que más le valía dejarlo solo, sino recibiría una regata de la cual no olvidaría, mientras viviera en esa casa.

—Bueno, estaré afuera. Nos vemos.

—Quédate afuera todo el día—Refunfuñó en tono pesimista.

Izuku partió a correr esperando que le fuera bien en el examen y que los días que pasó con Katsuki no fueran un simple sueño.

Quería seguir acercándose a él, aun cuando pareciera un imposible a ojos de los demás; incluso de él mismo.


Los resultados estaban ahí, plasmados como un gran banderín a lo largo y ancho del pasillo de anuncios. El tipo banderín partía del número cincuenta hasta el uno. No pasaron unos cuantos minutos de haber sido colgada por los intendentes para que los alumnos de las clases superiores se situaran con ansias a buscar su nombre en la lista.

Izuku asomó la cabeza en la lista, hallando a Katsuki en el número uno. Sonrió gustoso. No le sorprendía que el genio de la clase A tuviera el mejor puesto de todos, y encima destacar de entre sus compañeros con puño de hierro.

Recordó lo amable que fue Katsuki durante la semana de exámenes. Lo esperó en el metro para que no llegara tarde, e incluso le susurró el "buena suerte" en el oído cuando se separaron en los salones. Fueron días de alegría.

De repente, vislumbró la inconfundible cabellera rubia posicionada en el gentío de estudiantes.

Incapaz de contenerse, lo abordó.

—Felicidades, Katsuki. Obtuviste el puesto número uno.

Esto no le hizo gracia al rubio, quien impasible, bufó.

—¿No has visto tus resultados?

—¿Eh…?

Otro bufido.

—Estás en la lista, idiota. Fíjate.

—¿Qué?— Boquiabierto, buscó su nombre entre la lista, sintiendo las ansias brotar de sus poros otorgándole un aspecto desencajado del rostro. —No puede ser…— Se dijo, perplejo. Su nombre. Ahí. Su nombre "Izuku Midoriya" ocupaba el puesto número cincuenta en la lista. Se llevó ambas manos a la boca, asombrado, paralizado. En su interior se gestó un sentimiento de orgullo que rápidamente se fue vertiendo sobre su pecho, llenándolo positivamente. Volvió a Katsuki, que lo esperaba con cara de pocos amigos; estiró la mano hacia él. Izuku la tomó en un flagrante impulso, apretándola.

No advirtió que Katsuki tensó su cuerpo.

—Gracias, Katsuki—Congratuló, entusiasmado. —¡Logré entrar en la lista! No pensé. No pensé que realmente pasaría. Digo, es, es maravilloso. Ehm, me es agradable saber que me ayudaste—Apretó su mano, atrayéndola hacia su pecho. Katsuki respingó, apartando su mano de él.

—Mi foto, imbécil— Demandó.—Anda. Mi foto. Dámela.

—¡Ah! Sí—Trastabilló.—Ten— Le entregó la foto tras sacarla del bolsillo de su traje. La había llevado en el traje, en caso de retractarse. Pero no lo hizo. El tiempo a lado de Katsuki durante los días anteriores fueron fructíferos en sus sentimientos, pues sembraron la semilla de la esperanza en él.

El rubio la arrebató de sus manos y empuñó la fotografía en la palma de su mano, guardándola en el bolsillo de su traje.

—El trato acaba aquí—Sentenció Katsuki, tajante. —No vuelvas a dirigirme la palabra después de esto. Mucho menos en la escuela.

—Claro— Sonrió, desvariando la seriedad expuesta en el rubio.

Un bufido salió de los labios de Katsuki y después desapareció entre el gentío. La sonrisa de Izuku iluminó el lugar.


Cuando hubo regresado al salón, sus compañeros lo felicitaron por su logro. Sus dos amigos lo congratularon por lo obtenido. Si bien, pese a que Iida era de los inteligentes de la clase F, también como él, había quedado en la clase A en el examen escrito, pero por su carrera deportiva, optó por irse a las clases inferiores. A diferencia de él, el deporte que Iida perseguía con imperioso deseo, era el atletismo.

Sin embargo, Iida no entraba a la lista de los cincuenta mejores, debido a la suma preferencia que la escuela le daba a los alumnos de rangos superiores. En su caso, Izuku debió sacar una buena calificación para haber quedado en la lista; o por haberse compadecido de él por el intenso esfuerzo que realizó en compañía de Katsuki («Kacchan», se decía en múltiples ocasiones en que pensaba en éste. «No es Kacchan. Es Katsuki. Katsuki»).

No obstante, ambos lo felicitaron extáticos con su logro. Kirishima lo envolvió en un cálido abrazo. Izuku sonreía con las muestras de afecto dadas por sus amigos y compañeros. El cariño ajeno siempre era bueno, y más si era de parte de alguien que él aprecia.

Entre platica y risas alrededor del asiento de Izuku, se cayeron sus cosas del pupitre, por el movimiento brusco que hicieron sus brazos cuando se echó a reír.

—Ah, lo siento. Se cayeron mis cosas—Murmuró, inclinándose a recogerlas.

Los útiles escolares yacían desparramados a unos centímetros de su mochila amarilla; entre ellas, una carta notoria, envuelta por un sobre de flores y una calcomanía de corazón. Era la carta que Mitsuki le dio el día del examen de fin del semestre, diciendo que era un amuleto de la suerte, y que por nada del mundo lo abriera hasta haber pasado los exámenes. Al ver la carta, realizó que olvidó haberla abierto después de ver sus resultados.

Uraraka, quien se había ofrecido a ayudarlo, vio la carta y la tomó.

—¿Qué es esto?

—Es un amuleto de la buena suerte.

—Ah… ¿lo puedo abrir?— Sus ojos centelleantes lucían curiosos y emocionados por ver el contendido en dicho sobre. Izuku, al no hallar motivo para negarle aquello, accedió a que abriera el sobre. La sorpresa en la chica fue evidente en cuanto sacó una fotografía bastante reveladora para él, que al posar sus ojos sobre ésta, palideció.

Era una foto de él y Katsuki dormidos en su cuarto. ¡Fue de aquella vez! Mitsuki capturó el momento en que pasaron la noche juntos.

—¿Qué significa esto? ¡Eres tú y Bakugo de la clase A!

—¡¿Qué?!— Kirishima fue el primero en abalanzarse y tomar la fotografía entre sus manos. Soltó un grito de sorpresa, seguido por el intercambio de miradas de sus compañeros perplejos por la noticia. —Pero, Bakugo te rechazó, Midoriya. Pensé que lo habías superado. No entiendo.

—Esto es indignante— Quejó Iida, empuñando una mano al aire. —Compartiendo espacio con alguien de la clase A es una situación demasiado comprometedora, Midoriya. Esto se puede prestar a malos entendidos.

—Sí— Coreó Uraraka, concertada. —Podemos pensar algo que no es. Tal vez le pediste ayuda a Bakugo para pasar los exámenes.

—Pudiste pedirme ayuda— Resopló Iida, mediante un bufido.— Sabes que me va bien en la escuela.

En eso, Izuku salió de su estupor. —¡Lo siento! Se supone que era un secreto— Se disculpó acongojado. —Es cierto que estoy viviendo en casa de Katsuki— Hubo jadeos de sorpresa.—Pero hay una explicación para eso: nuestras mamás son amigas de la infancia. Cuando pasó el accidente, el día que perdí mi casa, la señora Bakugo se puso en contacto con mi mamá y nos ofreció vivir en su casa temporalmente, de aquí hasta que encontremos un lugar donde vivir.

—Ah— Musitó Uraraka, reflexiva. —Así que por eso pasaste los exámenes. Le pediste ayuda al genio.

—Sólo le pedí que me enseñara a organizarme mejor— Aclaró. —Pero— Dirigiéndose a sus compañeros. —Por favor, guarden el secreto. Katsuki no quiere que nadie sepa que vivo en su casa— Pidió con las manos juntas en súplica.

—No diremos nada—Aseguraron unos.

—Sí, el secreto se quedará con nosotros—Siguieron.

—De aquí no sale nada— Afirmó Uraraka, haciendo seña de silencio.

—¿En serio? ¡Muchas gracias, chicos! Lo aprecio mucho—Sonrió y fue una sonrisa cegadora.


El día siguiente, rejuntaba pacíficamente sus cosas en el pupitre, listo para la primera clase. No obstante, fue interrumpido por un grito que lo propulsó hacia adelante de sopetón.

—¡Deku!— Salió áspero, con una fuerte entonación en las sílabas como si disgustara decirlo. Sobresaltado, giró la cabeza, viendo la cara enfurecida de Katsuki, en el umbral de la puerta. Sus ojos inyectados en furia. Sangre brotaba de sus orbes, sus mejillas enardecidas por un matiz rojo oscuro que remarcaba sus pómulos redondos.

—Katsu-

—¡Ven aquí, bastardo! ¡Ven!— Vociferó, asustando a todos los alumnos del aula. Paralizado por el miedo, permaneció parado. No se atrevía a acercársele, pues no entendía la razón de su enojo; además, Katsuki dijo que no le hablara en la escuela y cumplió con su palabra.

No entendía por qué venía a su salón a buscarle.

Impaciente, el rubio lo agarró del brazo con suma brusquedad, caminando a paso agigantado por los pasillos rumbo a lo que parecía ser el tablón de anuncios.

—Dijiste que no te hablara en la escuela— Musitó Izuku, titubeando.

—¡Muy tarde, bastardo!— Dijo, mientras tiraba de él con fuerza.—Mira— Lo lanzó, soltándolo del brazo a ver lo que estaba en el tablón de anuncios.

Sus ojos miraron horrorizados la foto tomada por Mitsuki en grandes proporciones pegada en el centro del tablón de anuncios. Entornó la cabeza, jadeando desconcertado al ver que Uraraka era quien entregaba las copias de la fotografía impresa a los demás compañeros de otras clases.

Sintió la temperatura subirle a la cabeza, estando en un punto de ebullición. La sangre se centró en las prominencias de sus pómulos bañando sus mejillas pecosas de un rojo escarlata que quemaba la cara.

Empuñó las manos, indignado.

—Explica eso, Deku— Demandó el rubio, atrás de él. Por un momento olvidó dónde estaba y con quién.

—Yo no lo hice— Explicó, apenas capaz de darle una debida explicación, puesto a que aún no se reponía.

—Si no eres tú, entonces quién— Exigió, una vena palpitando en su sien, sus labios apretados en una tensión sobresaliente. El rubio se encontraba muy alterado. —¡Eres el único que pudo haber tenido esa maldita foto!—Acusó.

—¡Puedo explicarlo!—Chilló, volteando a los lados, rodando los ojos de una mano a la otra sin dejar de moverlas. No agarraba el hilo de cómo explicaría lo que pasó, si él no lo entendía tampoco.

Katsuki con una grave mueca, movió la cabeza en negación y arrancó la gran fotografía del tablón, posteriormente destruyéndola con ambas manos.

Podía sentir su ira, su frustración, el intenso calor que despedían sus poros abiertos, derrochando una fina capa de sudor que pasaba invisible para el que no lo contemplaba con detenimiento. Izuku captaba sus movimientos y gestos con mesura.

Sin embargo, experimentaba su corazón volverse a acongojar. Katsuki lo seguía detestando, a pesar de haber hecho varias cosas para acercarse a él.

Esa foto arruinó todo. Arruinó su pequeño logro; dejando un recuerdo irreparable.

Con más razón, el rubio lo odiaría más que antes.

—No necesitas explicarme nada— Alegó.—Estoy harto de ti. De tu familia. De tu maldita presencia. Lo único que has hecho desde que apareciste es arruinar mi vida. No me vuelvas a hablar nunca más.

Dicho esto, desapareció entre las escaleras que daban con las clases superiores, sin darle oportunidad de replicar.

Una gotas salinas y amargas brotaron de sus lagrimales, recorriendo mal formadas por el trazo invisible de sus mejillas blanqueadas por el polvo de su piel tan blanca como el marfil de la piedra.

Sus dedos capturaron una lágrima en su yema.

—¿Por qué estoy llorando?— Se cuestionó al aire, sin obtener respuesta, pues ya la sabía. Nadie le contestaría lo que ya sabía.


Esa misma noche, sostuvo la carta que no fue leída para quien fue dirigida. Lloró en la tarde, quedándose seco de lágrimas por derramar. La felicidad que había creído obtener se esfumó en un instante. Un instante que se fugó de su agarre de sus manos cual granos de arena.

Inútilmente poseyó esperanzas en una fantasía que su mente había inventado. Otra lágrima cayó por el torrente de sus mejillas, salpicando el borde del escritorio, deslizándose por la madera pulida. Su lustre letra descansaba en los renglones alineados en el papel, ignorantes de la crueldad que sus palabras en aquella carta dejaron en su corazón: Una herida tan grande como una montaña. Una brecha imborrable en la superficie del mar, una que sangra dentro de la cicatriz que recelosamente guarda mediante las miles de sonrisas que derrocha abiertamente a los demás.

El entrenamiento sigue siendo su único escape. Su único medio de desestresarse de los precipicios que Katsuki ha dejado en él.

Otra lágrima brotó, luego otra y otra y otra, sin parar. Diluvios salieron de sus ojos, fruto de la tormenta interior que las palabras de Katuski taladraron hondamente en su cerebro, hallándose aledaños, acompasados a una pena más dolorosa que los días en que pasó hambre en el barrio rural donde apenas alcanzaba para comer una frugal hogaza de pan que él y su madre dividían entre dos. Él quedándose con la mayor parte del alimento, por la excusa de que aún era un niño en pleno desarrollo.

Leyó la carta una larga seguidilla de veces, recordándose lo ingenuo que es cuando se trata de Katsuki.

Gusto en conocerte, Kacchan. Soy Izuku Midoriya de la clase F

No sabes quién soy, ¿cierto?, pero yo sí sé quién eres tú. Desde hace dos años te he admirado por tu inteligencia y por ser tan genial después de haber dado tu discurso en la ceremonia de inauguración. No tengo esperanzas de estar en la misma clase que tú, así que te escribo mis sentimientos en esta carta con todo mi corazón.

Kacchan, te quiero.

«Gusto en conocerte»

Ser amable es parte de su naturaleza. Eso no ha cambiado en todos esos años.

«Soy Izuku Midoriya de la clase F»

Presentarse era parte de ser amable, pero también de hacerle ver quién era. De dónde era. No pensó que decir su clase fuera una especie de etiqueta que cargaría durante los tres años que asistió a ese instituto.

«No sabes quién soy, ¿cierto?, pero yo sí sé quién eres tú. Desde hace dos años te he admirado por tu inteligencia y por ser tan genial después de haber dado tu discurso en la ceremonia de inauguración»

Siempre supo quién era Katsuki. No su personalidad. Hubiera repensado el contenido de su carta tras conocerlo mejor. De cualquier forma, Katsuki, («Kacchan» cantaba en su mente como una armonía repetitiva. Una armonía que sus labios ansiaban pronunciar) le seguía gustando.

«No tengo esperanzas de estar en la misma clase que tú, así que te escribo mis sentimientos en esta carta con todo mi corazón»

Sí tenía esperanzas para estar en la misma clase que éste. Claro que las tenía. Renunció a esa clase por sus propios motivos. Izuku era un hombre de convicción, de firmeza, de decisión; Aparte, sería sincero con éste, incluso si éste lo trataba mal. Sería sincero, aun cuando le rompiera el corazón hacerlo, porque eso es lo que hace un verdadero hombre. E Izuku se considera uno.

«Kacchan, te quiero»

Lo quiere. Aún lo quiere. Lo quiero con vibrante anhelo. Es un amor que lo estremece, que lo sacude, lo envuelve, lo esclarece.

Las lágrimas nublan su vista y no es posible pararlas, pues lo dominen. Acarrean sus sentimientos en la visibilidad. Son tangibles, palpables, reflejos. Sus lágrimas transparentan las ventanas de su corazón.

La carta cae de sus manos al momento en que cede a dormirse.


Extra de Katsuki:

Unos minutos después, tocaron la puerta.

—Oi, Deku—Era Katsuki. Acababa de desocupar el baño. —El baño está listo.

Hubo silencio del otro lado.

Volvió a tocar con mayor presión en el ritmo de los nudillos.

—Deku— Llamó. Tras no obtener respuesta, bufó. —Voy a entrar—Avisó, moviendo la manija de la puerta con lentitud. Al verlo dormido, su curiosidad lo llevó a acercarse. Había un silencio prolongado en la habitación. Entonces, vio el trozo de papel que capturó su atención. Intrigado, tomó el papel, reconociendo la letra pulida de Izuku. Abriendo ligeramente los ojos al ver que estaba dirigida a él. Realizó que era la carta que rechazó. Izuku no la tiró como creyó.

Le echó un vistazo a Izuku, luego a la carta. Su vista navegó en el rostro quieto, intocable de Izuku. Notó lo largas que eran sus pestañas, lo trazadas en dirección al techo de sus puntas bañadas de negro.

Percibió la gentileza inescrutable que rayaban en la yema de sus dedos formadas en un pequeño puño a medio hacer. Vio lo expuesto que Izuku se muestra dormido, alcanzando a ver los rastros de que lloró previo a dormirse. Los recorridos de lágrimas secas marcan sus pómulos opacando la limpieza de su piel.

Supo que lloró por lo de esa mañana.

Emitió un bufido, comenzando a leer la carta. Su curiosidad pudo más que lo ocurrido con éste, poniéndose de inmediato a leerla.

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NOTA: Disfruten del capítulo. Es bastante largo.

Dejen sus comentarios si quieren la continuación.