"Toque de amor"
.
.
.
.
Era un día templado. El aire entraba por las cortinas, escurridizo. Amaneció en el escritorio, con el cuello torcida, los hombres tensos, las manos entumecidas por haber hecho presión con el peso de su cabeza y el borde del escritorio.
Sus cosas estaban intactas, justo como las dejó la noche anterior. Por alguna razón, le daba la impresión de que alguien entró mientras el dormía. Había un aroma ajeno al propio que lo desencajó en su sitio. No obstante, dejó el tema en segundo plano. Detenerse por averiguar quién estuvo en su cuarto tomaría demasiada de su energía.
Bajó a desayunar, saludando a la familia Bakugo y a su madre. Se sentó en el que comenzaba a ser su lugar en la mesa.
Katsuki se paró al cabo de un rato, diciendo un inexpresivo «me voy a la escuela» que si bien, Izuku se hallaba bastante acostumbrado de oír por las mañanas. Eran su recordatorio constante de que vivía en el mismo techo que el suyo.
El recordatorio de que Katsuki se enojó con él por la fotografía que fue tomada por Mitsuki.
Sin embargo, su desayuno fue interrumpido por el repentino acercamiento de Mitsuki, que lo ojeó mañosa.
—Vete con Katsuki—Apuró.
Izuku abrió las orbes, pausándose.
—Vamos, antes de que se les haga tarde.
Izuku se apuró, empeñado a terminar de comer por lo menos el pan tostado y salir corriendo tras Katsuki, quien salía por la puerta, luego de ponerse los zapatos.
Se fue hacia él cuando lo vio colocarse los zapatos.
—¿Qué sucede?
Katsuki no dijo nada. Solo lo miró. De pronto, su mano navegó en dirección a sus rizos y lo tocaron. Izuku se estremeció ante el tacto cálido del rubio. Vislumbró su inexpresiva fachada. Su corazón dio un vuelco. Katsuki lo tocaba. Lo tocó, porque separó su mano de sus rizos, formando un puño.
—Tenías migajas de pan—Sonrió de lado.
Izuku tragó saliva, embelesado. ¡Katsuki sonrió! ¡Le sonrió! No cabía de la vergüenza. Se estremeció en su sitio, luego de que Katsuki emprendiera la marcha rumbo a la escuela, seguido por la sombra de Izuku, que con una sonrisa de nervios, caminaba liviano, pareciendo como si caminara entre las nubes, pues la sonrisa de lado hecha por Katsuki, bastaba para olvidar las migajas de pan sobre sus rizos.
Esa noche previo a la cena, su madre lo retuvo con la intención de que la ayudara a preparar un banquete de agradecimiento a los Bakugo por haberlos dejado vivir bajo su techo. Encantado con la idea, aceptó participar en la tarea de ayudar. Cocinó tofú en salsa roja. Bueno, lo que se suponía era salsa roja, puesto a que era de color naranja, en lugar de roja. Hizo su mejor esfuerzo, pese a que la cocina no era su fuerte.
Su madre cocinó sus mejores platillos, entusiasmada por que los Bakugo probaran lo que años de esfuerzo habían logrado.
Por la noche sirvieron la mesa. Izuku colocó los platos, los tazones, las bebidas (principalmente agua de limón; Mitsuki tenía muchos de ellos en el tazón de frutas), los palillos, las servilletas. Los distribuyó de manera presentable. La misma que usaban en el restaurante de su madre.
Toshinori le había dicho que no se atascara de comida, porque al día siguiente tendrían entrenamiento a las cinco de la mañana con los del gimnasio vecino. Y necesitaban estar en buena forma, incluyéndolo.
Su madre puso los platos de la comida alrededor de la mesa, sonriendo por la gran cantidad de comida que preparó para los Bakugo.
Tan pronto como tuvieron todo listo, Mitsuki les hizo el favor de avisarles al resto de la familia que bajaran a cenar el festín que su madre hizo.
Izuku percibió el atisbo de nerviosismo en su madre; supuso que se debía a que con lo quisquillosos que eran los hermanos, pondrían objeciones en su cocina. Izuku esperaba que las críticas de los hermanos no llegaran a ser ofensivas. Éranse su única preocupación.
Una vez estuvieron presentes todos, Izuku vio el ceño fruncido de Katsuki, seguido del de Kota, que miraba a los Midoriya con gesto de pocos amigos. Aprendió con el tiempo que esa era su expresión usual; rara vez cambiaba, puesto a que sus gestos se asemejaban mucho a los de Katsuki.
—Este festín lo hice con la intención de mostrar mi agradecimiento por dejar que mi hijo y yo tuviéramos un techo donde vivir.
—No nos lo agradezcas, Inko. Sabes que este siempre será tu hogar— Apoyó Mitsuki.
Su madre sonrió, correspondiendo.
—Por favor, coman cuanto quieran. Esta comida es para ustedes.
—¿Y eso?— Señaló Kota al tofú, poniendo mala cara.
—Ah, eso lo preparó Izuku— Respondió su madre. Los hermanos miraron con disgusto el plato de tofú. —No se lo tienen qué comer si no quieren—Repuso al ver la desaprobación que estos emitían.
—Si no se lo quieren comer, yo lo probaré— Anunció Masaru, confianzudo. Cortó un trozo del tofú con su palillo y se lo llevó a la boca, sonriéndoles. Kota imitó a su padre. Al cabo de medio segundo, su expresión cambió a una de desconcierto, luego a otra de disgusto, que disfrazó con buenos modales. Kota no disimuló su desaprobación y mostró su queja a Izuku. Tras pasarse pesadamente el tofú, Masaru sorbió un gran sorbo del agua de limón, y suspiró. —No es el mejor tofú que he probado, pero puede mejorar.
Izuku esbozó una cara incómoda, sabiendo que Masaru era amable con él, pese al mal sabor que le dio con su comida. Izuku no era bueno cocinando. Eso lo sabía.
Hasta cierto punto era razonable cuánto podían odiarlo los hermanos, de ahí que no hacía mucho para cambiarlo. De todos modos, Izuku seguía esforzándose por conquistar a Katsuki, a su manera.
—No te preocupes, Izuku— Lo alentó Mitsuki. Éste volvió su mirada hacia ella, un poco ofuscado. —Ya tendrás tiempo para mejorar en tu cocina. Mientras tu sigue concentrándote en los entrenamientos, que Inko mencionó que pronto es tu próxima pelea.
A la mención de «próxima pelea» unas chispas se encendieron en su cerebro, avispadas.
—Es este fin de semana. El sábado por la noche— Reportó entusiasmado. —Mañana tendremos el entrenamiento de cierre con el otro gimnasio. Es de tres días intensos para llegar al pesaje en buena forma.
—Que dedicado eres— Elogió Mitsuki. —Sin duda, eres la mejor opción para casarte con Katsuki.
Un momento de silencio.
¿Qué? ¿Casarse? ¿Con Katsuki?
—¿Qué carajos has dicho?— Katsuki fue el primero en reaccionar, tras el silencio instalado en la mesa. Las mejillas del rubio se hallaban sonrojadas furiosamente. Las venas de sus puños marcaban el trascendente enojo que recorría sus venas.
—¡Me opongo!— Objetó Kota.
—¡No decidas sin preguntarme, maldita bruja!
—No me refieres así, mocoso malcriado— Refutó Mitsuki, autoridad. —Además, creo que Izuku es tu tipo, Katsuki.
—¿En serio cree eso?— Balbuceó Izuku, atontado.
—¡Eso no es cierto!—Izuku se volvió a este — ¡Ese idiota no es mi tipo!
—Tu tampoco eres mi tipo— Disfrazó. Era mejor ocultar sus sentimientos que revelarlos así como así. Ni su madre sabía tales declaraciones. Para él, seguía siendo su secreto, aunque el instituto lo supiera.
—¿Ah, sí?— Bufó Katsuki. —Me enviaste mensajes de amor apasionado.
Izuku arrugó las cejas, sin entender a qué se refería Katsuki con aquello. El rubio parecía estar bastante complacido con su reacción, aumentando su satisfacción cuando obtuvo la atención de todos en la mesa.
—Gusto en conocerte, Kacchan. Soy Izuku Midoriya de la clase F—Comenzó a citar, mostrando una gran burla en su gesto.—No sabes quién soy, ¿cierto?, pero yo sí sé quién eres tú. Desde hace dos años te he admirado por tu inteligencia y por ser tan genial después de haber dado tu discurso en la ceremonia de inauguración.— Izuku se paralizó. Era el contenido de su carta. ¡La había leído! La usaba para burlarse de él. La sangre se le subió a la cabeza, encomiando a su apretujado estómago por la opresión que dicha burla provocaba en él— No tengo esperanzas de estar en la misma clase que tú, así que te escribo mis sentimientos en esta carta con todo mi corazón. Kacchan— Izuku aterrizó un cruzado de derecha en la mejilla de Katsuki, callándolo.
Katsuki abrió los ojos, asombrado, como si no se esperara a que él fuera a hacer eso.
La boca de Izuku mostraba los dientes en defensa. Su postura retadora exteriorizaba la creciente frustración que conllevaba el hecho que fue rechazado dos veces por él. ¿Qué caso tenía que memorizara la carta? ¿Qué ganaba Katsuki con leerla sin permiso, aparte de humillarlo?
—¡Leíste mi carta!—Acusó. Luchaba contra sus propias lágrimas para no desbordarse delante de todos.
Los nudillos de Izuku marcaron la mejilla de Katsuki, tras haberlos enterrado en la redondez y blandura de su aparente textura.
—¿Y qué? Esa carta estaba dirigida a mí, idiota— Argumentó.
—Pero no debiste de haberla leído sin mi permiso.
—No es mi intención memorizarme todo lo que leo una vez.
—¡Era mi carta…!— Su voz sonó más aguda, producto de la desesperación causada por las burlas de Katsuki.
—¿Y eso qué? La dejaste afuera.
—¡Son mis sentimientos!— Exclamó agudo pero imperante.
Katsuki e Izuku se miraron por fracción de segundo, suficiente para verse distintivamente. Acallaron gritos, murmullos, en un solo instante. Un instante en el que ambos aguardaron un silencio invadido por la tensión. Izuku veía el rojo de sus orbes, el rojo del carmín que tiñe el resto, en vista de corroer todo con su vasto color abrasador.
Izuku pudo callarse antes, mas no lo hizo. Hay líneas que no se deben cruzar y Katsuki comenzaba a cruzar todas ellas.
—Pero, ¿Qué es esto?—Irrumpió Mitsuki, cortando la tensión entre ellos. Izuku estaba al borde de las lágrimas. Katsuki inmutado e impasible, lo miraba con ojos indelebles. —¿Es cierto que escribiste una carta a Katsuki, Izuku?
Inhaló hondo, humillado nuevamente por el mismo hombre.
Asintió.
—¿Cuándo escribiste una carta, Izuku?— Su madre escandalizó. —No me lo habías dicho.
—Vamos, no hace falta ponerse a reclamar entre ustedes— Intervino Masaru. —Lo hecho, hecho está.
Katsuki cruzó los brazos, atisbando una mueca insolente. Kota los miraba desorbitado, sin emitir palabra. Tal vez era mucho para él formar parte de una discusión de alguien ajeno a la familia, y más si eso conllevaba a que golpearan a su hermano mayor.
Izuku exhaló, aspirando aire de regreso. No lloraría delante de Katsuki; no mostraría señales de rendición tan pronto.
—Escribí una carta de amor— Confesó, apoyando ambas manos en el borde de la mesa, inclinando su espalda hacia adelante, como si quisiera apoyar el torso entero en el peso de la mesa, para no desplomarse. —Pero eso fue antes de que viviera en esta casa— Explicó, sentándose. —Lamento no habértelo dicho, mamá. Me daba vergüenza. Era mi secreto— Enfatizó el «era» en función de reafirmarse que había perdido esa batalla con sus sentimientos que cuando se trataban de Katsuki iban en contra suya.
—Izuku…—Su madre apoyó su mano sobre su espalda. Aceptó el consuelo. Se repitió que no lloraría. No lloraría. Debía ser fuerte. No lloraría. Aguantaría con la cabeza en alto el fin de esa conversación.
«No llores, Izuku»
—Pero, ya pasó—Afirmó pesadamente. —Perdónenme por los malos entendidos— Dirigió esas palabras a la familia Bakugo. —Estos sentimientos son sólo míos. No busco incomodarlos, o importunarlos con ellos. Yo mismo lidiaré con ellos.
«No llores, Izuku. Ya estás acostumbrado a la mala suerte. A que el mundo entero se vuelva en tu contra. A que hablen mal de ti. A que te vean con desdén»
—¿Por qué te disculpas? No lo hagas, Izuku— Opuso Mitsuki. —Eso significa que todavía hay esperanza para que estén juntos.
—No, por favor, no—Dijo Izuku.
Katsuki se levantó de la mesa sin haber probado bocado siquiera, miró de refilón a Izuku, esbozó una mueca inconforme. Lo odia. Sabe que lo odia. Lo siente en el peso de su mirada que es como un costal en sus hombros que lo obliga a mirar abajo. Huir de sus ojos fieros que fulminan a quien osa acercársele.
Antes de que pudiera decir algo, un golpe los estremeció. Venía de la ventana. A Izuku se le fue el color del rostro cuando atisbó los pelos parados y pelirrojos de Kirishima en el filo de la ventana.
—¡¿Kirishima?!—Articuló Izuku.
—Oh, tu amigo, Katsuki— Reconoció Mitsuki, cambiando su semblante esperanzado a uno de gusto.
Izuku se apresuró en abrirle la ventana corrediza, sorprendido con su visita. Por un instante olvidó que Kirishima sabía la ubicación de la casa de los Bakugo, por su amistad de años con el rubio. El pelirrojo entró echo una fiera en la casa, interceptando a Katsuki.
—Acabas de hacer sentir mal a Midoriya— Acusó, señalándolo con el dedo índice.
El rubio suspiró áspero.
—¿Me importa?
—Debería— Replicó Kirishima, situándose frente a Izuku. —Deberías de ser más amable con las personas, Bakugo. Midoriya escribió esa carta para ti. Lo menos que puedes hacer es expresar tu gratitud por recibir sus sentimientos.
Katsuki se negó a contestar, dando pie a que las miradas se enfocaran en Kirishima, quien al percatarse de ser el centro de atención, retrajo su comportamiento.
—Hola— Saludó, riéndose nervioso. —Un gusto volverlos a ver, señor y señora Bakugo. Hace tiempo que no venía a su casa. Y un gusto verla, señora Midoriya. Usted se ve tan radiante como siempre.
—Gracias, Kirishima— Agradeció su madre.
—¿A qué viniste, Eijiro?—Exigió saber, Mitsuki.
El pelirrojo, sin inmutarse, enderezó su postura cual general.
—Vine a declarar mis sentimientos por Midoriya— Anunció con una clara nota de convicción. —Y a advertirle a Bakugo que si no hace nada al respecto, yo me quedaré con él.
Mitsuki puso cara de cotorreo, llevándose una mano al pecho, feliz de oír tales declaraciones por parte del pelirrojo. Masaru estaba mudo viendo la escena, igual que Kota, que enmudecido por lo ocurrido, miraba cada tanto a Katsuki, que no decía nada, más que mostrar indiferencia.
Izuku, en cambio, lucía como si lo hubiera arrollado un tren. Escenas y más escenas intensas ocurrían a menudo en su día a día desde que rechazaron su carta. Parecía que la mala suerte lo perseguía como una sombra.
Todos hablaban alrededor de él, o por él, y no tomaban en cuenta lo que realmente decía. Aludía a que no confiaban en él, o peor aún, que no lo creían capaz de lidiar con su propia vida, a cuestas de que el resto de las decisiones han sido cosa suya; entre ellas, la carta, el instituto, la carrera deportiva, la clase F. ¿Debían dudar de sus decisiones? Claro que no.
Comenzaba a frustrarle aquello. La inmensa impotencia que causaba esa situación que bien podría llamarla «calamidad».
—Haz lo que quieras— Bramó Katsuki, desinteresado.
Izuku ojeó a Katsuki con cautela. La indiferencia de Katsuki quedaba muy clara en él. Entendía que no quería lidiar con él en ningún contexto imaginable.
—¿Qué clase de desinterés es este?— Lo interceptó Mitsuki, irritada, hacia que Katsuki se detuviera. Todavía le impresionaba el poder que Mitsuki tenía sobre Katsuki. —Desde que Izuku llegó a esta casa no has dejado de quejarte de él. Kirishima ha venido a decirte que quiere quedarse con Izuku, ¿Y no te interesa?
Katsuki torció el labio, mostrando la clara sombra de sus dientes.
—No— Replicó, fuerte y claro.
—¡Ya verás, jovencito…!— Vociferó Mitsuki, empuñando una mano en dirección a su hijo mayor.
—Mitsuki, está bien— Interfirió su madre, riendo nerviosa.
—¡Demonios!— Maldijo Mitsuki. Las venas de su sien palpitaban igual que las de Katsuki.
—Señora Mitsuki, no se preocupe—Aseguró el pelirrojo. —No obligaré a Midoriya a que me quiera. Él puede decidir con quién quiere estar. En cambio a ti— Dirigiéndose a Katsuki con rudeza. —Más vale que te cuides y aprecies lo que tienes, porque no hay segundas oportunidades.
Katsuki suspiró indiferente. —No me interesa
—No es varonil lo que estás haciendo.
—Tsk— Enarcó una ceja, disgustado. —Lo que suceda en la vida de este inútil— Señaló a Izuku.—No es de mi incumbencia.
—Te arrepentirás de lo que estás diciendo, Bakugo.
—Lo dudo. No me gustan los chicos estúpidos.
Izuku sintió un balde de agua fría cernirse sobre su cabeza. He ahí esa frase de nuevo: «No me gustan los chicos estúpidos» Izuku ya le había probado que no era un caso perdido en la escuela; que era inteligente.
¿A qué venía eso? No entendía nada.
—Que poco varonil eres, Bakugo— Kirishima sacudió la cabeza, decepcionado.
—Las personas pueden cambiar,¿sabes?— Opinó el rubio, cambiando la tensión del ambiente. Todas las cabezas se vinieron a él.—Un día puedes odiar a una persona, al otro lo puedes amar. Así de sencillo.
—¿Qué significa eso?—Kirishima antepuso su cuerpo con el de Izuku, protegiéndolo de la sarta de cosas que salían de la boca de Katsuki. Ni uno de los dos podía creerlo. Bueno, toda la mesa estaba del mismo color que ellos: atónitos. —Estás diciendo que…
—Que los sentimientos de las personas pueden cambiar— Enfatizó, alejándose de la mesa en aire desdeñoso. —Ahora si me disculpan, bola de inútiles. Me largo.
Ni uno de los presentes supo cómo reaccionar ante eso. De ello, derivó que Mitsuki fue la única que transgredió el tema, refiriendo el argumento como "pasable" a ojos de su hijo mayor, que franqueaba las palabras como si fuera un malabarista que fungía en su contra.
Sin embargo, Izuku acompañó a Kirishima a la puerta, tras haberlo invitado a formar parte del festín, que gratamente aceptó comer con ellos, pasando inadvertido por Izuku, que Kirishima estaba muy alterado por lo dicho por su amigo. Comprendió que eso también lo dejó atónito, sin saber cómo tomarse ese argumento o si de plano desecharlo en su memoria. Había muchas direcciones para ese dichoso argumento; y más viniendo de Katsuki.
Era demasiado confuso.
—Gracias por cenar con nosotros.
Kirishima le sonrió.
—No nada que agradecer. Solo vine porque me preocupaba por ti. Y seguiré viniendo si es necesario. No puedo dejarte en compañía de Bakugo.
—Puedo arreglármelas solo—Aseguró, formando puños con sus manos.
—Lo sé, Midoriya. Sé de lo que eres capaz. Pero Bakugo es muy orgulloso. Te puede lastimar con sus palabras. No toma en cuenta los sentimientos de los demás.
Izuku bajó la mirada, haciendo un mohín. —Lo sé—Suspiró, encorvando los hombros. —Me trata muy mal. Dice que soy un inútil. Un «Deku». Intento manejarlo, aunque a veces no sé cómo tomarme lo que dice. No lo entiendo por más que trato de acercarme él y ser amable. Siempre encuentra una manera para contrarrestar todos mis esfuerzos.
Kirishima paró su tren de palabras, poniendo ambas manos en cada extremo de sus hombros. Presionó.
—Así es Bakugo. Y así será siempre. A menos a que le pongas un alto.
—No sé cómo hacer eso.
—No tienes qué hacerlo— Afirmó. De pronto, sonriendo, añadió—: Yo te protegeré de él. No dejaré que te lastime. No sé cómo puede hacer que esos ojos— Lo miró enternecido. —Estén tristes.
—Kirishima…
—No lo permitiré—Manifestó contundente. —Mientras vivas en esta casa, te protegeré de sus insultos. Cualquier cosa que diga o haga, me lo haces saber y me encargo.
—No creo que funcio—
—Tus ojos jamás deben estar tristes. Jamás—Enfatizó el «Jamás» con una firmeza que provocó escalofríos en Izuku, que asintió despacio.
Según él, podía resolver las cosas solo, pero no estaba mal pedir ayuda.
Estaba parado en la cancha de basquet que quedaba en el estrecho de los dos gimnasios, a eso de las cinco de la mañana. Se había levantado media hora antes para hacerse un licuado con una ración de polvo de proteína. Sonreía mucho. Por fin vería a Todoroki después de estar incomunicados durante algunos días.
Toshinori fue el segundo en llegar, en compañía de Endeavor. Los saludó. Al cabo de unos minutos, arribaron los de su gimnasio, otros peleadores que estarían en el mismo cartelón de peleas del sábado. Los del gimnasio de Endeavor llegaron luego de los de su gimnasio y después Todoroki con cara de pocos amigos.
Lo social no era lo suyo. Izuku lo sabía. Muchas veces llegaba al final para no estar en contacto con los demás. Se acercó a saludarlo, viendo que sus ojos se medio cerraban y sus largas pestañas fungían de cortinas que ocultaban el brillo que irradiaba el bicolor de sus ojos.
—Buenos días— Le respondió su amigo, en tono de alguien que recién despertaba.
—Ha pasado tiempo desde que no entrenamos juntos— Comentó, para hacer conversación con él. Asintió. —Desperté motivado por entrenar. No puedo esperar a que nos digan qué hacer.
—Tan entusiasta, como siempre, Midoriya.
Izuku le dedicó una sonrisa deslumbrante. Le daba mucho gusto volver a entrenar a lado de su amigo/rival, que tanto lo motivaba a levantarse temprano con el objetivo muy claro de fortalecerse en la última etapa del entrenamiento.
La vista de Izuku se desvió hacia el cuerpo de su amigo. Frunció el entrecejo, extrañado. —¿Subiste de peso?
—Ah— Todoroki bajó la cabeza, viéndose igualmente. Tocó su abdomen, liviano. —Fuyumi ha estado cocinando comida de más. ¿Parece que he subido?
—De masa muscular, me refiero
—Ah…—Exhaló alivianado. —¿No engordé?
Negó.
Todoroki es a veces muy inocente para algunos temas; y muy denso para entender la índole de su pregunta.
—Creí que me decías gordo.
—No, ¿Cómo crees?— Rió con la inocencia de su amigo. —Te ves bien. Subir de peso no está mal.
—He comido un poco más porque Fuyumi dice que no hay que desperdiciar la comida. Y el viejo ha llegado tarde a casa estos días, no es que me importe. Puede hacer lo que quiera con su vida.
—¿Decidiste subir de peso por tu cuenta?
—El viejo jode mucho con mi peso. Dice que debo quedarme en las ciento treinta libras—Frunció el ceño. —Pero yo quiero estar en otra categoría. Más arriba. No le voy a hacer caso, solo porque me diga que no es lo mejor para mi carrera— Miró a su padre con desdén.
Izuku sabía de antemano la pésima relación que tenía Shouto con su padre, mas aún no pisaban de lleno todos los escalones de la confianza, pues el grado de intimidad que ambos sobrellevaban todavía había mucho terreno por abarcar.
Por su cuenta, apoyaba a Shouto en lo poco que sabía de su relación con su padre y del terrible pasado que ha tenido a su lado.
—Es bueno que sepas lo que quieres— Sonrió, tratando de aminorar la incipiente tensión que se cernía en el rostro de su amigo.
—¿Y tú?
—¿Yo?— Se fijó en su cuerpo.
—¿Subirás o bajarás?
—Me quedaré en el mismo peso—Dijo decidido.
En eso, Toshinori y Enji los llamaron para empezar. Calentaron en grupo, luego corrieron alrededor de la cancha de basquetbol por un corto circuito de tiempo, puesto a que entrenarían con el método de HIIT, que tanto usaba Enji en esos encuentros. Era duro, agobiante, pero bastante efectivo.
Enji trajo un set de llantas de carro, pequeñas y grandes, para que las pudieran usar de acuerdo a su peso y capacidad, sumándole que llevó consigo varios sets de herramientas de fortalecimiento muscular y control muscular.
Toshinori era muy bueno para motivar a los demás, pero Enji era un experto en los entrenamientos de fortalecimiento muscular, de aumentar la resistencia, el rendimiento.
Tenía los conocimientos necesarios para sacar su máximo potencial. Para Izuku, siempre era importante entrenar bajo su observación, puesto a que sabía que lo ayudaba a mejorar. Y aunque le pesara a su amigo aceptarlo como su padre, también opinaba que era un buen guía y profesor al momento de explicar lo que debían hacer y de mostrar una figura de autoridad.
Toshinori solamente ojeaba con atención la sesión, mientras Izuku (el único pupilo de Toshinori, puesto que los demás iban a su gimnasio, pero no eran sus pupilos. Tenían otros entrenadores) daba lo mejor de él con los ejercicios de miembro superior, con especial énfasis en los hombros.
Terminaron al cabo de una hora. Izuku sintiéndose realizado entre el exceso de sudor y agotamiento de la mañana llegarle en forma de letargo, pues las piernas le temblaban por el esfuerzo y los brazos los llevaba colgando a los costados.
Shouto lo acompañó un rato. Estando acostados con los vestigios de los rayos solares alumbrarles los rostros en el interfaz de la mañana, sonrió extático por haber tenido la suerte de entrenar con alguien tan profesional como el padre de su amigo.
Esa misma mañana, en la escuela, Katsuki irrumpió en el aula, causando una conmoción con todos en el aula. Las miradas atolondradas se fijaron ellos. Unas exclamaciones salieron de unos, cuando Katsuki lo agarró del brazo con fiereza, llevándolo rumbo al tablón de anuncios.
—¿Q-qué pasa, Katsuki? ¿Por qué me llevas aquí? Creí que no querías que te hablara en la escuela.
—Muy tarde— Respingó el rubio, asiéndolo del brazo con brusquedad. Sentía cómo sus músculos se tensaban. —Mira— Lo empujó hacia adelante de un movimiento. —¡Explica eso!— Demandó.
Izuku vislumbró un cartel gigantesco de color blanco y un par de líneas de color rojizo, hechos por una letra cursiva que trazaba un mensaje que los comprometía a los dos(¡Katsuki e Izuku se van a casar!), acompañado por un dibujo de ambos dormidos en la mesa de su habitación.
Por alguna razón, esto no le molestó en absoluto; al contrario, le pareció bastante gracioso, incluso consolador, porque a Katsuki era el único que le afectaba el cartel.
—Yo no tuve que ver con ese cartel— Excusó Izuku.
—¡Fue la bruja!
Izuku rió por dentro por el tipo de expresión que resaltaba en el rostro fruncido del rubio. Le daba un aire menos imponente, que no disimuló su gusto por verlo de ese modo.
—Pero, dijiste que los sentimientos de las personas pueden cambiar— Justificó Izuku, burlón.
—¿Hah?— A Katsuki se le cayó la cara de la indignación. Una risita escapó los labios de Izuku. —¿Qué es tan chistoso, idiota?
—Ayer dijiste que los sentimientos de las personas pueden cambiar— Repitió mañoso.—Eso significa que me puedes llegar a querer.
—¡Lo dije por la situación!— Estaba sonrojado.
Izuku comenzó a caminar de regreso a su salón, siendo seguido por el rubio.
—¡Oi! ¡Te estoy hablando! ¿Me escuchas?— Decía a través de bufidos. —¡No me ignores, idiota!
Izuku sonreía.
Por una vez Katsuki iba detrás de él.
Su madre lucía curiosamente alegre esa noche que visitó el restaurante, tras haber entrenado.
—¿Qué pasa, Mamá?— Se atrevió en preguntarle. Ella alzó la vista de su taza de té, mientras descansaba sobre la barra del restaurante. Era una barra de madera pulida.
—Me invitaron a una reunión de la primaria— Reveló con una sonrisa divertida. —Estoy feliz porque esta vez podré ir.
Ah, las reuniones a las que ella nunca puede ir porque trabaja. Recordó.
—¿A quién dejarás a cargo del restaurante?
—Por el restaurante no te preocupes. Dejaré todo listo para que no te encargues de él solo— Aseguró en modo tranquilo.
Izuku abrió los ojos desbordando de energía.
—Me da gusto que podrás ver a tus amigas.
Su madre depositó su mano sobre la suya, apretándola.
—Gracias, Izuku. Por estar conmigo. No sé qué hubiera hecho sin ti.
Izuku colocó su otra mano encima de la suya. —Yo tampoco sé qué hubiera hecho sin ti.
—Somos un equipo, Izuku— Afirmó, a punto de lagrimear.
Asintió agradecido.
Hablaron un rato en la barra. Su madre le comentó que también iría Mitsuki a la reunión que sería en Kyushu, lo que le pareció bastante bueno para que su madre se distrajera de las responsabilidades del día a día.
Una vez llegados el fin de semana, su madre se despidió de él entre lágrimas y frases de preocupación por su bienestar, frases que Izuku correspondió con cariño y comprensión. Abrazó muy fuerte a su madre, quien humedeció su playera de manga corta que decía "playera" en el centro con gráficos de color negro. Ella no paraba de chillar, mientras se aferraba a Izuku, que del mismo modo, lagrimaba, aunque no tanto como su madre.
La extrañaría, obviamente. Pero estaría fuera por dos días y una noche. Mitsuki abrazó a Izuku, deseándole suerte con cuidar la casa en compañía del resto. No obstante, lo que lo sacó de la seriedad del ambiente, fue que sonó el teléfono de la casa, justo cuando las dos mujeres estaban a punto de marcharse. Mitsuki atendió el teléfono.
—¿Sí?— La vieron asentir en la llamada. —¡¿Qué?! ¡Ay! No puede ser— La oyeron sorprenderse, llevándose una mano a la boca. —Pero, ¿Está bien? Oh, ya veo. Entiendo. Le diré a Masaru que vaya. Muchas gracias.
El silencio se hizo entre ellos, quienes miraron a Mitsuki, intrigados. Aquella llamada lo hizo preocuparse por la persona que más hacía su estancia acogedora en la casa.
—¿Qué pasó?— La cuestionó su madre.
—Es terrible— Entonces, se dirigió a Masaru que la veía con ojos curiosos. —Tu madre se cayó y está muy mal. Necesita que vayas a verla. Ve con Kota.
—Oh— Ese «Oh» no fue tan preocupado como aparentaba serlo. Izuku captó que entre Mitsuki y Masaru ocurría un intercambio extraño que no lograba descifrar. Parecía como si lo hubieran planeado con anticipación.—Iré a verla. Ustedes vayan a su reunión. Dejaré a los muchachos solos.
—Sí, llévate a Kota. Izuku y Katsuki pueden encargarse perfectamente de la casa— Insistió Mitsuki.
La realidad se vertió sobre la cabeza de Izuku de un violento arrebato. ¿Que se quedaría a solas con Katsuki? ¿En serio? No podía creerlo. ¡No estaba listo para eso!
Su madre aceptó la situación, sin inmutarse, al igual que Masaru, quien parecía estar muy de acuerdo con las órdenes de su esposa.
Kota, que estaba con ellos, se mostró en desacuerdo con aquello, mas nadie desobedecía las órdenes de la señora Mitsuki. Nadie. Ni siquiera Katsuki podía con ella.
En menos de cinco minutos lo habían dejado solo en la casa con Katsuki.
Suspiró.
¿Qué era lo peor que podía pasar?
Caminaba de un extremo a otro de la sala con la cabeza encorvada, los dedos sobre su barbilla en forma de reflexión. Sus pasos avanzaban de manera torpe, sin evitar hacer un sonido de golpecitos que se deslizaban en la madera.
No tenía la menor idea de qué cenarían, qué harían después, nada. Mitsuki lo había despedido con una sonrisa traviesa, que denotó sus intenciones de dejarlo a solas con Katsuki a propósito. Izuku no es tan denso como otros creen que es, porque entendió las intenciones de Mitsuki.
Ella quería que Katsuki y él fueran pareja. No negaría que él tampoco quería eso. Pero era realista. Katsuki no lo ve del mismo modo, en cambio, lo detesta. No puede verlo a la cara sin soltar un insulto o un adjetivo contra su persona.
Muy a su pesar, estaba acostumbrado a ser tratado de esa manera por éste, dado el tiempo que llevaba viviendo en aquella casa y por la convivencia diaria que tenían (por compartir el mismo techo).
Izuku por su cuenta, divagaba sobre qué hacer de cenar, si Katsuki bajaba; además, tenían que comer. Katsuki no había bajado desde que sus padres se marcharan, por lo que no sabía que pasarían la noche solos.
Izuku detuvo su caminata por la sala en cuanto realizó que pronto sería la hora de la cena y no había comida. Sus ojos se alumbraron frente a la posibilidad de que prepararía la cena; algo que claramente no tenía experiencia.
Busca entre el recetario de Mitsuki en la repisa del cajón y encontrando una receta de un platillo de carne ("Bifteck Bourgeoise"). Motivado, se dispuso a cocinar, tras sacar los ingredientes. No obstante su motivación se esfumó al cabo de un largo rato en que trató preparar el platillo.
—¿Qué es ese olor?— Quejó Katsuki, entrando por le comedor. Lo vio asomar la vista a la cocina y echó un vistazo a la situación. —¿Por qué carajos cocinas tu?—Lo apuntó con la mirada.
Izuku se giró y mostró con desgano el desastre que estaba cocinándose en el sartén. Y no solo el sartén, sino el resto de la cocina. Los ingredientes esparcidos y mal picados, los utensilios de cocina sucios en el zinc, la nube de humo que obscurecía la siempre impecable cocina de Mitsuki.
—Lo siento— Se disculpó apenado.
—Te pregunté por qué cocinas tú. No que te disculparas.
—Es que tú papá. El señor Masaru, se tuvo que ir por una emergencia. Y se llevó a Kota con él.
—¿Hah?
—Estamos solos—Siguió. —Lamento que tenga que ser así. Me esforcé en hacer la cena, pero salió esto—Enseñó la carne con costra quemada, la salsa con mal aspecto, los vegetales con los que supuestamente acompañaría el platillo mal cocidos y picados. —Fue lo que se me ocurrió, para no pedir comida. Pero si tu quieres pedir, podemos pedir.
Katsuki lo observó con el ceño fruncido.
—Eres un imbécil— Masculló entre dientes.
Izuku parpadeó un par de veces y bajó la cabeza, avergonzado por su fracaso, avergonzado porque no le pudo hacer a Katsuki una cena decente.
—Tira eso—Apuntó el sartén con desdén. —¿Qué fue lo que intentabas hacer?
—¡Ah! Ehm… Bifteck Bourg…Bourgeoi. O ¿Bourgi, ah, Bourgeoise?
Katsuki alzó la mano, callándolo.
—¡Tira eso! No vamos a comer esa basura que llamas comida— Regañó. Katsuki cogió el recetario en la página donde estaba la receta y la leyó. —Bien, tráeme un nuevo trozo bistec, el vino de cocinar rojo, unas zanahorias del paquete que está en el segundo cajón del refrigerador…—Ordenó los ingredientes que venían en la receta y en menos de lo que creyó, Katsuki estaba haciendo el platillo con una facilidad impresionante. Izuku no podía despegar el ojo de él.
Cocinaba con destreza, delicadeza y una finura exquisita.
En cuestión de minutos ambos estaban sentados en la mesa del comedor con un plato de ensalada y el bistec idéntico al de la fotografía. Izuku admiraba con ojos desorbitados la magnificencia del plato.
Katsuki era asombroso.
—¡Wa! Es idéntico al recetario— Dijo. —Eres impresionante, Katsuki.
Vio una sonrisa arrogante asomarse en los labios de Katsuki, que disimuló con una mueca.
—En tu carta me dijiste «Kacchan»—Recordó. Izuku se pausó en seco.
—Oh, bueno, eso es… ¿Cómo decirlo? Un apodo que te puse de cariño. Era una manera de demostrar mi afecto por ti—Para esos momentos Izuku estaba rojo.
Katsuki enarcó una ceja, adoptando una postura soberbia sobre la mesa. Partió un trozo de carne y se lo metió a la boca.
—¿Y por qué carajos no me dices así?
Transcurrió un segundo para que la pregunta se cerniera sobre su cabeza.
—¿Qué?— Tuvo que preguntarlo, porque no se la creyó.
¿Qué acaba de decir?
—No me gusta que me llames por mi nombre— Lo vio apartar la mirada de él, clavándola solo en el bistec. —Es incómodo.
—Oh…— Por alguna razón eso le dolió y entristeció. —No te gusta que te llame por tu nombre. Entiendo—Trató de sonar lo más convincente que pudo. —Kacchan, entonces.
No vio el gesto cómodo que plasmó el rubio, por estar tan ensimismado en la tristeza de que ya no podría decirle a Katsuki por su nombre.
Izuku resumió su labor de comer. Cabeceaba entre cada corte del bistec, procesando el hecho de que Katsuki no quería que le dijera por su nombre. Quizá para él era algo demasiado íntimo que lo incomodaba, sobretodo porque no eran tan cercanos, pese a verse a diario.
Izuku estaba tan ensimismado en sí mismo que no notó cuando Katsuki terminó de comer y dejó los platos en el zinc.
—Lava los platos— Lo oyó decirle.
Izuku asintió, tras ver la sombra de sus ojos deslizarse tras el comedor y desaparecer por las escaleras. Limpió los platos, colocándolos en la repisa de la alacena, a la cual pertenecían. También limpió el desastre que había dejado en la cocina, dejándola impecable. La experiencia en el restaurante de su madre fue de mucha ayuda en esa ocasión.
Subió a su habitación, tras recordar que debía hacer la tarea, puesto que se acercaban las vacaciones de verano y no había mucha diferencia entre hacerla ahora o hacerla después, justo cuando las vacaciones estuvieran a punto de terminar. De igual manera, no quería que se le juntara el trabajo por un descuido. Se recordaba que debía de emplear los conocimientos que Katsuki le compartió cuando le enseñó a organizar su tiempo. No debía desistir sólo porque boxeaba.
No tuvo problemas en hacer la tarea, hasta que llegó a la tarea de inglés y empezaron las dificultades. Inglés era la materia que peor le iba, no importaba cuánto estudiara, o cuánta atención pusiera en la clase, no podía pasar los exámenes ni hacer bien las tareas. Fallaba bastante.
Entonces, se le ocurrió la idea de pasarse a ver las notas de Katsuki. Solo verlas, no copiarlas.
Eran las once de la noche cuando fue entró a la habitación de Katsuki. Se hallaba dormido, envuelto bajo las cobijas, solo la cabellera rubia resaltaba de la cama.
«Aún dormido se ve lindo» Se ruborizó, a la vez que realizaba lo que pensó en un momento así. «Solo voy a revisar sus notas, no a verlo»
Hurgó entre los muebles. Abrió los cajones, pasó por el escritorio, movió los papeles, hasta que encontró la libreta donde venía las anotaciones que Katsuki redactaba algunas notas en inglés.
«¡Bien!» Se echó porras, orgulloso con su descubrimiento. Pero justo cuando se estaba por marcar, lo agarraron del brazo, tumbándolo contra la cama. Sus ojos se entornaron a los lados, asustado. Su cuerpo se tensó viendo que Katsuki se subía sobre su regazo.
Podía sentir el efecto que Katsuki tenía en él. Todo se aceleraba, todo se volvía vibrante. Perdió la noción de lo que estaba haciendo con ver el rojo de sus ojos posarse en los suyos.
—Kacchan— Pronunció mediante una exhalación.
—Qué manera de entrar al cuarto de alguien más a esta hora— Sonrió coqueto, empleando un tono de burla. —¿Acaso estás intentando hacer un movimiento conmigo? O…—Sus ojos chispearon. —¿Querías copiar mi tarea, Deku?
—¡No! Nada de eso— Contestó como pudo. Los nervios lo traicionaban. No sabía qué intenciones tenía Katsuki para con él en una situación como esa. —No quería copiar tu tarea o intentar algo contigo. Te lo juro. Solo quería-
—Querías esto, ¿no?— Sacó otra libreta idéntica a la que él tenía,
—Ehm. Bueno, yo no…—Tragó saliva.— No busco molestarte.
—Entonces, ¿Qué es lo que quieres?— Enredó sus muslos entre sus piernas, presionando su abdomen contra el suyo, acercándose de manera precisa. Izuku no reparaba el hecho de que Katsuki se atreviera a acortar la distancia. Al no responder por no saber qué decir, Katsuki acercó tanto su rostro que podía percibir su aliento. Lo intenso y cálido que era.
Si era lo que él creía que era, no estaba listo para eso.
Katsuki inclinó más la cabeza a él, quien perplejo por aquello, puso ambas manos sobre su boca.
—¡No estoy listo para esto!—Exclamó. —Tenemos que ir despacio. Necesitamos conocernos primero.
Katsuki soltó una carcajada despreocupada, apartándose de él. —Qué tonto.
¿Eh? ¿Se había burlado de él? ¿De nuevo? Izuku, dolido, salió corriendo de su habitación a encerrarse en la suya.
Se sentía tan mal, tan impotente, tan ingenuo de haber intentado meterse en el cuarto de alguien, sabiendo que estaba mal hacerlo desde el principio, pero su urgencia de terminar la tarea esa misma noche pudo más que él.
No obstante, se vio interrumpido por la presencia del rubio en su habitación, quien le importó poco haber irrumpido cuando él se encontraba muy afectado por ser el objeto de sus burlas.
—Oi, ¿Vas a llorar?— Lo zarandeó con el furioso tono que empleaba. —Voy a asesorarte. Acomódate y presta atención.
Izuku alzó la cabeza, estupefacto.
«¿Qué dijo?¿Que me a asesorar? Pero se burló de mi» Pensó confundido.
Sin embargo, acomodó su habitación lo más rápido que pudo, antes de que Katsuki se impacientara con él.
—¿Tienes problemas en inglés, otra vez?— Le preguntó Katsuki, después de sentarse en uno de sus cojines.
Izuku asintió bastante cauteloso, puesto a que no entendía la compleja personalidad del rubio. Temía molestarlo y en provocarle disgusto.
Aun así, pasaron gran parte de la noche estudiando inglés hasta que salieron los primeros rayos de sol, que Izuku se percató que debía irse a entrenar cuanto antes.
Lo bueno, fue que terminaron la tarea de inglés. Lo malo, que Izuku llegaría tarde al entrenamiento. De seguro, recibirá el castigo de Enji, lo que no siempre terminaba con buenos resultados.
Los castigos de Enji eran terribles. Nadie los quería.
—Gracias por tu ayuda, Kacchan— Disparó Izuku. —Pero, tengo que irme. Rejuntaré todo cuando regrese.
Katsuki frunció el ceño.
—Oi, ¿A dónde vas?
—A entrenar— Metió el traje de sudar en la mochila, junto con su celular y termo de agua y paquetes de proteínas para echarle al otro termo de agua que usaba para el después del entrenamiento. Viendo que tenía todo, miró a Katsuki con una sonrisa y salió precipitado por las escaleras.
No le pasó por la cabeza que su prioridad por el entrenamiento, por más pura que fuera, pudiera llegar a irritar a Katsuki por dejarlo de esa manera.
.
.
.
.
NOTA: Disfruten del capítulo.
